Biología y humanidades: ciencias naturales y ciencias sociales

12/06/2017

Biología: ciencia de la vida

La vida no es algo misterioso, imposible o muy difícil de conocer, comprender, definir, describir o explicar. La vida puede estudiarse y comprenderse científicamente: la biología es la ciencia de la vida.

El conocimiento científico acerca de la vida (explícito, simbólico, lingüístico, formalizado, declarativo, descriptivo, explicativo, teórico y empírico) no es del mismo tipo que el conocimiento práctico que tienen los organismos para hacer lo adecuado para seguir vivos (implícito, subsimbólico, procedimental, práctico, predictivo): la inmensa mayoría de los seres vivos no saben describir o explicar qué es la vida y cómo funciona, pero están vivos y saben qué hacer, de forma limitada e imperfecta, para mantenerse con vida, desarrollarse y reproducirse. Un animal desea comer y beber y sabe cómo conseguir alimento y agua aunque no sepa nada de bioquímica y metabolismo; ese animal también evita sustancias nocivas sin saber que existen los microorganismos patógenos; un organismo busca un entorno con una acidez adecuada aunque no sepa qué son los protones responsables de esa acidez; una célula mantiene un metabolismo autocatalítico aunque no sepa qué es el metabolismo o la catálisis.

Los organismos necesitan tener conocimiento acerca de su entorno, el cual incluye partes inertes y otros seres vivos con los cuales interactúan: cooperadores o competidores, amigos o enemigos, presas o depredadores, parásitos o huéspedes, miembros o no del mismo grupo social. El conocimiento biológico es muy útil para los humanos: para la alimentación (los humanos son heterótrofos, se alimentan de materia orgánica procedente de otros seres vivos mediante la recolección, la caza, la pesca, la agricultura o la ganadería), la salud (medicina humana y veterinaria como biología aplicada), el medio ambiente (gestión de un entorno agradable y propicio), la ingeniería y la arquitectura (biomímesis: copia de soluciones naturales o inspiración en ellas).

Biología y humanidades

El conocimiento sobre biología y evolución puede servir como fundamento para comprender mejor las ciencias humanas y sociales y sus fenómenos esenciales: economía, psicología, sociología, grupos, moralidad, cultura, derecho, arte, lenguaje, intencionalidad, conciencia, religión. Todos estos ámbitos y fenómenos pueden explicarse a partir de ideas biológicas y evolutivas.

Para aprovechar el conocimiento que proporciona la biología a las ciencias humanas y sociales no es necesario dominar los detalles técnicos propios de especialistas: química orgánica, bioquímica, genética, terminología de partes de células y organismos y cómo funcionan, clasificaciones de especies de organismos (taxonomía o cladística). Es suficiente con conocer algunas ideas esenciales que son fácilmente accesibles y que son compartidas por otras ciencias como la economía y la psicología: acción, control, recursos, escasez, elección, costes, oportunidades, peligros, inversión, coordinación, comunicación, cooperación, competencia, asociación, tiempo, riesgo, incertidumbre, intercambio, negociación, interacción estratégica.

Una teoría integral de la acción y la mente no se limita al ámbito de lo humano sino que se fundamenta en una teoría de la vida y su evolución. Los seres humanos, como seres vivos, comparten algunos rasgos esenciales con todos los organismos, y muchos rasgos con muchos seres vivos. Las características peculiares de los humanos son respuestas evolutivas particulares a los problemas universales de la vida en las circunstancias concretas del nicho ecológico específico de la especie humana. Lo humano es continuo o común con lo animal porque procede de lo animal, y es discontinuo o diferente porque añade facultades propias diferenciadoras que generan nuevos problemas y soluciones.

Algunos errores intelectuales extendidos y persistentes se deben en buena medida al desconocimiento de realidades biológicas o naturales: el humano creado por los dioses y caído, el buen salvaje, la tabla rasa, el espíritu en la máquina, la moral o ley reveladas, la inteligencia y la conciencia como dones divinos o realidades irreducibles a lo material y determinista.

Solamente algunos seres humanos tienen conocimientos científicos de biología. Muchas personas no solo desconocen lo que aporta la biología sino que incluso tienen ideas contrarias a la realidad de la vida: creen que la vida requiere alguna intervención sobrenatural de un creador o un diseñador inteligente para su origen o mantenimiento, que la evolución biológica es imposible o está dirigida teleológicamente, o que hay vida tras la muerte (el más allá, la reencarnación, la resurrección).

La biología es una ciencia tan poderosa que puede explicar, con la ayuda de otras ciencias derivadas como la psicología evolucionista, la memética, la antropología y la sociología, por qué muchos humanos tienen ideas erróneas acerca de la vida: por limitaciones intelectuales; por sesgos cognitivos sistemáticos hiperactivos (atribución de intencionalidad, búsqueda de significado); por capacidades de engaño, autoengaño e hipocresía; por miedo a la muerte, ansias de inmortalidad, y necesidad de consuelo propio y ajeno ante la pérdida de seres queridos; por imaginación y deseo de una existencia ideal de riqueza, poder, estatus, placer, amor, amistad y éxito, en contraste con la soledad, los dolores, las miserias, los fracasos, las frustraciones, los problemas o las limitaciones de la realidad; por creencias religiosas con contenidos y normas de conducta útiles para la identificación, coordinación, control y cohesión de grupos sociales.

Biología, economía y psicología

La economía y la psicología son ciencias humanas, pero no son ciencias que estudien o expliquen exclusivamente lo humano: también se aplican a los seres vivos como agentes autónomos autopoyéticos. La biología está estrechamente relacionada con la economía y la psicología: los organismos son agentes económicos y su acción o conducta debe ser dirigida de algún modo. Los organismos actúan, necesitan obtener y utilizar recursos y deben economizar, asignar los medios escasos disponibles, elegir entre alternativas, asumir costes, riesgos e incertidumbre. Un organismo necesita un sistema de control cibernético, que para muchos animales es un sistema nervioso con una psique asociada que incluye emociones y cognición.

La vida implica competencia y cooperación. Existen relaciones conflictivas violentas (depredación, parasitismo, combates por estatus, guerras), pero también hay mercados biológicos: intercambios de bienes y servicios (alimentos, sexo, protección, cuidados corporales, transporte), precios, cantidades, calidades, negociaciones, publicidad, engaño, confianza, reputación. La competencia requiere capacidades estratégicas para vencer al rival, y la cooperación requiere habilidades de coordinación (y posiblemente comunicación) con los colaboradores. La cooperación social es muy exitosa y los grupos como unidades de convivencia y acción son adaptaciones evolutivas muy poderosas: por eso la mente de los animales sociales (y sobre todo la de los seres humanos) está especialmente orientada o dedicada a la interacción social, especialmente dentro de grupos delimitados.

La mente humana se diferencia de la de otros animales en que tiene capacidades singulares útiles para la construcción o fabricación de herramientas y la transformación del entorno (habilidades técnicas, físicas, ingenieriles), y en que es flexible y adaptativa ante entornos cambiantes (aprendizaje, curiosidad, investigación, creatividad). Sin embargo la mente humana destaca sobre todo por sus capacidades y preferencias orientadas a la cooperación social: cognición, emociones, intencionalidad, conciencia, moral, normas, instituciones, cultura, lenguaje.

La inteligencia técnica (para el mundo físico y el ámbito de la vida no humana) y la inteligencia social no son independientes sino que interactúan y se refuerzan mutuamente: la inteligencia técnica es socialmente útil (el conocimiento es poder) y atractiva (incluso sexualmente); las habilidades sociales pueden reforzar las capacidades técnicas o ingenieriles, ya que mediante la imitación o el lenguaje es posible aprender de otros, enseñar a otros, acumular conocimiento y transmitirlo mediante mecanismos culturales.

Los antecesores de los humanos se humanizan fundamentalmente mediante la socialización progresiva. Las oportunidades y amenazas principales no proceden solamente del entorno no humano (condiciones ambientales, alimentos, depredadores): lo más importante para un humano es otro ser humano como potencial competidor o cooperador, de modo que las interacciones entre humanos implican fuertes presiones evolutivas para los propios humanos (selección sexual y social). Estas presiones sociales constituyen bucles de realimentación positiva: cada mejora adaptativa de unos implica una necesidad para otros de mejorar o extinguirse gradualmente.

El ser humano tiene una teoría de la mente: es capaz de representarse y comprenderse a sí mismo y a otros individuos como agentes con mente intencional consciente, con creencias y deseos, con pensamientos y emociones; esta capacidad estratégica permite al individuo cooperar y competir mejor con o contra otros (mente humana maquiavélica que planifica, predice, se anticipa, considera alternativas, sorprende, se comunica, engaña).

La cultura se basa en las capacidades de innovación e imitación en un entorno social. La transmisión cultural es reforzada por capacidades de comunicación mediante un lenguaje simbólico sofisticado, el cual es simultáneamente producto y vehículo de la cultura. La cultura se genera socialmente y además sirve para coordinar, identificar y cohesionar grupos de cooperadores.

El ser humano inventa y cuenta historias, produce obras de arte y participa en retos físicos o competiciones deportivas. El arte y el deporte son productos del deseo de generar belleza (estímulos estéticos agradables, atractivos) y no solo admirar la existente; de la voluntad de superación personal; y del deseo de captar la atención de otros y conseguir atractivo sexual y estatus social mediante la producción de señales honestas costosas (con objetos, historias y eventos interesantes que son resultado de capacidades físicas, psicomotrices y creativas especiales).

Los sentimientos morales son emociones o afectos orientados a promocionar y proteger la cooperación social, premiando a los honestos y castigando a los tramposos. Las normas morales que regulan la convivencia y la cooperación eventualmente se formalizan y dan lugar a sistemas jurídicos (derecho).

Las creencias religiosas son autoengaños compartidos funcionales: son ideas atractivas, en parte resultado de sesgos cognitivos y emocionales, que pueden servir de consuelo personal ante los fracasos o pérdidas vitales y que son útiles para la cooperación social como marcos de referencia normativos comunes y señales honestas costosas de pertenencia y lealtad a un grupo.

Consiliencia

La consiliencia es un término que se refiere a la convergencia o concordancia de evidencias independientes como fundamento del conocimiento: si muchas pistas sin relación entre sí apuntan a la misma conclusión (como flechas que indican una misma dirección o un mismo objetivo), esta es probablemente válida; si varias mediciones con diferentes aparatos y mecanismos coinciden, los datos son seguramente buenos.

La consiliencia es también la unidad del conocimiento, la integración de las diversas disciplinas científicas especializadas en un marco unificado y consistente. La conexión entre ámbitos de investigación aparentemente separados e independientes es posible y fructífera, y es una tarea especialmente necesaria en el caso de la relación entre las ciencias naturales y las ciencias humanas: el ámbito de lo humano, lo social y lo cultural necesita librarse del lastre sobrenatural y místico y desarrollar una fundamentación física, biológica y natural.

La consiliencia se basa en que la realidad es una, conexa y coherente: no existen ámbitos aislados, y es posible construir los niveles más complejos a partir de los más simples. Lo físico y natural tiene una existencia previa a lo humano e independiente de ello: puede haber mundo inerte y orgánico sin presencia humana. En el sentido contrario, lo físico y natural es la base única de la existencia de lo humano: sin realidad física y biológica no hay realidad humana, y no hace falta nada más (ningún ámbito sobrenatural imposible) para comprender lo humano.

Los fenómenos humanos y sociales emergen evolutivamente a partir de regularidades físicas básicas: lo cultural y lo artificial son subconjuntos especiales de lo biológico y lo natural. Con la consiliencia no se trata de ignorar lo específico y diferente de las humanidades, sino de conectar lo humano con la naturaleza y anclarlo al mundo real para comprenderlo mejor.

Es posible hacer investigación en un ámbito concreto de la realidad sin necesidad de conectarlo apenas con los demás, y de hecho muchos avances científicos requieren una alta especialización: sin embargo la perspectiva integradora sirve para incrementar la consistencia y la salud de todo el árbol del conocimiento, obteniendo múltiples apoyos que refuercen las ideas verdaderas y eliminando errores que de forma aislada podrían no ser detectados o incluso prosperar y expandirse.

La consiliencia del conocimiento científico se demuestra de forma constructiva, explicando cómo a partir de lo físico y lo químico emerge espontáneamente lo biológico (ciencias naturales), y cómo la evolución de la vida produce lo humano (humanidades, ciencias sociales: antropología, psicología, economía, sociología, moralidad, cultura, arte, lenguaje, religión, instituciones, ciencia, tecnología, derecho). Esta explicación es simple en sus ideas principales pero compleja en los detalles: incluye teoría e historia, tiene muchos elementos y etapas, y emplea de forma complementaria el análisis y la síntesis, la descomposición y la reconstrucción, el reduccionismo y el holismo, el estudio de los elementos y las relaciones de un sistema y el estudio del sistema en su conjunto.

Un concepto fundamental y ejemplo de consiliencia y de la oposición intelectual a la misma es la teoría de la evolución biológica: es una teoría con múltiples apoyos de evidencias convergentes (genética, biología molecular, biología en general, paleontología, geología, biogeografía, anatomía y fisiología comparadas, taxonomía); es una idea que sirve para explicar cómo a partir de lo biológico surge lo humano y lo social (conecta la vida con la mente, la intencionalidad, la conciencia); y sin embargo sufre una fuerte oposición de grupos de interés cegados por sus sesgos ideológicos y sus creencias religiosas en lo sobrenatural (creacionismo, teoría del diseño inteligente).

Referencias

John Brockman, The Third Culture: Beyond the Scientific Revolution

Humberto Maturana & Francisco Varela, Autopoiesis and Cognition: The Realization of the Living

Humberto Maturana & Francisco Varela, The Tree of Knowledge: The Biological Roots of Human Understanding

Steven Pinker, The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature

Matt Ridley, Nature Via Nurture: Genes, Experience, and What Makes us Human

Michael L. Rothschild, Bionomics: Economy As Ecosystem

Michael Shermer, The Mind of the Market: How Biology and Psychology Shape Our Economic Lives

Edward O. Wilson, On Human Nature

_ Consilience: The Unity of Knowledge

_ The Social Conquest of Earth

_ The Meaning of Human Existence

_ Sociobiology: The New Synthesis

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Problemas de la Escuela Austriaca de Economía (I)

09/05/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Con este artículo comienzo una serie con la cual pretendo analizar los problemas de la Escuela Austriaca de Economía (EAE), sus debilidades, límites o errores. Para comprobar la solidez de una teoría no basta con defenderla, con intentar probarla o demostrarla con argumentos a favor o datos que la apoyen: es esencial intentar criticarla, atacarla, destruirla, romperla, ponerla a prueba, buscar sus puntos débiles, sus aspectos más flojos. La resistencia a las críticas imparciales, duras, inteligentes e informadas indica que la teoría de algún modo es sólida, consistente, resistente, correcta, verdadera, relevante, importante.

Para criticar con fundamento es necesario poder y querer hacerlo. Un análisis crítico (con el colmillo afilado) desde el conocimiento (nunca completo) y cierta simpatía (parcial, pero al menos no con antipatía) puede permitir reconocer lo valioso y válido y diferenciar lo que debe ser abandonado o revisado. Algunas críticas o ataques externos pueden deberse a desconocimiento o malicia: el conocimiento de una escuela de pensamiento a menudo se debe a pertenecer a dicha escuela, y desde un grupo puede percibirse a otros diferentes como enemigos a quienes destruir. Las críticas desde dentro pueden ser más difíciles por parcialidad, subjetividad o falta de perspectiva.

Si los problemas son reales y no se reconocen y corrigen o superan, entonces tal vez se enquisten y se vuelvan progresivamente más difíciles de extirpar. Algunos asuntos pueden ser discutibles, cuestiones de matiz o interpretación; otros pueden ser errores graves, flagrantes pifias o meteduras de pata que pueden dejar en ridículo a quienes las cometa. Las ideas erróneas, arbitrarias o absurdas, pero que se mantienen, se repiten, son creídas y defendidas con intensidad y sin actitud crítica, tal vez sean señales honestas costosas de pertenencia y lealtad a un grupo con ciertos rasgos sectarios: indican credulidad, conformidad, fanatismo, deferencia a los líderes y deseo de simpatizar con individuos y organizaciones con cierto poder (profesores, catedráticos, universidades, institutos).

Sería extraño que una escuela de pensamiento fuera perfecta, completa, intachable: el conocimiento humano es falible. Si las falacias existen y persisten es porque están bien construidas para engañar a sus portadores: su superación o eliminación requiere cierto esfuerzo y flexibilidad intelectual; es fácil ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. Una de las muestras más valiosas de integridad intelectual y científica es el reconocimiento de los errores propios: desgraciadamente es algo que no sucede a menudo, lo cual es comprensible dada la naturaleza humana con su preocupación por la reputación y el estatus.

Cuando los miembros de una escuela son incapaces de ver sus defectos tal vez no puedan o no quieran hacerlo: porque no son tan inteligentes como ellos mismos se consideran, porque están autoengañados, porque sufren de sesgos de confirmación sobre lo que creen, porque quieren defender su capital intelectual, porque disfrutan teniendo razón (o creyendo que la tienen) y sufren al descubrir errores en su pensamiento (sienten que pierden pie, que les falta apoyo), porque han aprendido una serie de consignas o dogmas que se limitan a repetir de forma poco reflexiva.

La EAE no es un grupo homogéneo de pensadores idénticos, de modo que algunos problemas seguramente no están generalizados sino que sólo son aplicables a algún subgrupo particular. Sus mayores debilidades probablemente estén en los más puristas e integristas, en los defensores de un pensador como si fuera un dios infalible o la única referencia posible: conviene tener mucho cuidado con los personajes carismáticos; ser atractivo no equivale a tener razón. Algunos problemas pueden no ser exclusivos de la EAE sino compartidos por otros grupos intelectuales, quizás de forma generalizada: reconocerlos en la EAE no implica que todos los demás sean inocentes. Algunos problemas pueden estar en lo que los austriacos defienden, mientras que otros pueden estar en lo que critican de otros, tal vez caricaturizando a quienes discrepan de ellos.

La EAE es minoritaria, no tomada muy en serio o incluso considerada pseudocientífica por algunos: tal vez sea una joya menospreciada por críticos que hablan de oídas sin entender lo que critican, tal vez la gente tiene fobia al liberalismo con el cual está estrechamente relacionada, pero también existe la posibilidad de que esté correctamente valorada en el mercado de las ideas.

Soy consciente de que algunos economistas o simpatizantes de la EAE pueden sentirse disgustados por este análisis crítico: tal vez me digan que no sé de qué estoy hablando o me recomienden que me dedique a criticar a otros. Un rasgo que detecto en muchos austriacos es su fanatismo y su tozudez, aunque es posible que se dé igualmente en otras escuelas de pensamiento. Mises tenía como lema Tu ne cede malis sed contra audentior ito (Jamás cedas ante el mal, sino combátelo con mayor audacia). Para muchos seguidores esto tal vez significa: eres un héroe que lucha valiente e incansable contra el mal; siéntete moralmente superior, no reconozcas jamás un error, no concedas nada a quien piense diferente, no transijas; tú no puedes estar equivocado porque eres lógico y partes de axiomas apodícticos irrefutables; mantén tu posición pase lo que pase, sé testarudo, terco, obstinado, cabezota; huye hacia adelante, no matices, siéntete seguro de que en tus análisis no hay nada importante que puedas haber pasado por alto; no explores los límites, defectos o problemas de tus ideas, y si los descubres no pienses en ellos, no los reconozcas como tales o no hables de ellos; si reconocieras un error parecerías poco inteligente, o menos inteligente que quien te lo ha hecho ver, y eso es inaceptable.

Algunos problemas de la EAE ya los conozco de primera mano y llevo varios años comentándolos. Por ejemplo en “Metodología de la ciencia en general y la economía en particular” en Procesos de Mercado, Vol. 6, Nº. 1, 2009, pp. 177-198. Y en “Cuestiones para economistas austriacos” y “Malas respuestas de un presunto economista austriaco”. La crítica contra la reserva fraccionaria de la banca es el error concreto más grave y vergonzoso (especialmente por la torpeza que refleja y la negativa a reconocerlo) de cierto sector de la EAE (Murray Rothbard, Jesús Huerta de Soto y seguidores), que además parece creer que lo sabe todo sobre dinero y banca; mis comentarios al respecto están en esta recopilación de artículos sobre dinero, crédito, banca y finanzas.

En estos artículos voy a aprovechar e investigar críticas ya existentes de pensadores que considero muy competentes: entre ellos Bryan Caplan, Lord Keynes (pseudónimo de un postkeynesiano), Milton Friedman, David Friedman, George Selgin y Arnold Kling. Agradeceré otras recomendaciones de los lectores. Juan Ramón Rallo ya ha ofrecido respuestas muy completas a algunos críticos (ver aquí y aquí).

Una de las críticas más conocidas a la EAE procede de Bryan Caplan, economista profesor de la George Mason University. En “Why I Am Not an Austrian Economist” (y en el artículo prácticamente idéntico “The Austrian Search for Realistic Foundations”, Southern Economic Journal 65(4), April 1999, pp. 823-838), Caplan explica por qué ya no es un economista de la EAE después de haberlo sido en el pasado: conoce la EAE en profundidad y sus ideas merecen atención. La crítica continúa en un debate con Peter Boettke (video), profesor de la misma universidad que defiende la EAE. Para Caplan los austriacos esenciales o referentes más distintivos son Ludwig von Mises y Murray Rothbard, cuyo pensamiento es casi equivalente; Friedrich Hayek sería un caso aparte.

Según Caplan los economistas austriacos han hecho contribuciones valiosas a la ciencia económica, pero han fracasado al intentar reconstruir la economía desde fundamentos diferentes de la escuela neoclásica moderna, la cual no han entendido bien; también han exagerado las diferencias entre ambas escuelas; además algunas afirmaciones típicamente austriacas son falsas o exageradas; y algunos descubrimientos de la escuela neoclásica moderna han sido ignorados por los austriacos. Estos se dedican frecuentemente a la metaeconomía (filosofía, metodología, historia del pensamiento) pero aportan escasos resultados sustantivos a la economía. Yo estoy esencialmente de acuerdo con estas afirmaciones genéricas.

En el ámbito de los fundamentos de la microeconomía, Caplan critica a los austriacos que sólo consideren o acepten preferencias estrictas que se manifiesten en la acción: insisten en que la indiferencia no puede motivar la acción, que no hay otra forma de conocer las preferencias que observar las acciones que estas motivan, y que si las preferencias no motivan una acción son económicamente irrelevantes. Los austriacos ignoran que la indiferencia puede ser parte (grande o pequeña) de una acción, y que existen preferencias que no se manifiestan en ninguna acción o inacción y que pueden resultar difíciles de conocer pero que pueden ser importantes para el bienestar de los individuos.

Se manifiesta indiferencia cuando escoges al azar, sin ninguna razón de por qué una cosa y no otra (por ejemplo que te dé igual el color blanco o azul de una camisa). No todas las elecciones son totalmente racionales en el sentido de tener una razón para todos los detalles, ni todas las elecciones manifiestan solamente preferencias: también pueden manifestar, al menos en parte, indiferencia.

Para que haya una acción intencional debe haber alguna preferencia: se escoge entre lo que se hace y todas las alternativas que no se realizan. Que sólo haya indiferencia en la acción sería raro, sería una conducta totalmente aleatoria que implicaría algún coste o consumo de recursos para no obtener ningún valor neto, no habría una mejora de la satisfacción psíquica. Pero parte del conjunto de alternativas posibles puede ser valorado por igual, y entonces la elección entre esas opciones debe ser por azar. Algunas cosas te dan igual: puedes elegir comer carne en vez de verdura pero te da igual qué tipo de carne; puedes preferir comer a no comer pero te da igual qué comer.

La acción revela preferencias, pero puede que no esté claro qué preferencias revela: si compro una camisa blanca puedo preferir una camisa blanca a una roja, o puedo preferir una camisa blanca o azul a una camisa roja, o a no comprar ninguna camisa. La acción no siempre revela preferencias estrictas, a veces hay una indiferencia que desde fuera de la mente del propio agente no es posible reconocer: pero el agente quizás sí sea consciente de qué le importa y qué es irrelevante.

La acción no revela todos los detalles de la preferencia: sólo muestro que estoy dispuesto a pagar algo por un bien, pero no si habría estado dispuesto a pagar más (siempre estaré dispuesto a pagar menos). El acto real revela parte de la información en mi mente, pero no toda la información: los agentes al negociar de forma estratégica suelen intentar mantener oculta buena parte de la información; algunas instituciones sociales sirven para intentar que las partes involucradas revelen honestamente sus preferencias (sin fingir poco o demasiado interés).

El insistir en que la indiferencia no motiva la acción no invalida el estudio de las curvas de indiferencia (la representación gráfica o funcional de combinaciones de bienes para los que la satisfacción del consumidor es idéntica). Las curvas de indiferencia son interesantes porque separan zonas del espacio de posibilidades: a un lado el agente escoge una cosa, y al otro escoge la otra. Justo en la curva se escogería al azar o el agente se quedaría bloqueado y sería incapaz de elegir; pero esta indiferencia se manifestaría entonces en la acción de elegir que no consigue llevarse a cabo (porque pensar y elegir son también acciones realizadas por el cerebro).

La relación entre acciones y preferencias es más complicada de lo que parece, y esto puede entenderse si se estudia también psicología en lugar de limitarse a la praxeología. No toda la conducta o acción humana es intencional (y no solamente los humanos son capaces de acción intencional): a veces la gente hace cosas sin saber por qué, sin planificar, de forma automática, sin ser consciente de que ha hecho algo cuando de pensarlo tal vez podría haber hecho otra cosa (reacciones, hábitos); también es posible autoengañarse sobre las motivaciones de las acciones e inventarse explicaciones que uno mismo sinceramente cree (como muestran diversos experimentos de economía conductual y neuroeconomía).

La EAE no se queda sólo en los hechos externos objetivos sino que reconoce la importancia de los fenómenos mentales subjetivos, pero su análisis de estos y su relación con la acción y el bienestar psíquico es incompleto. La gente tiene preferencias que no se manifiestan en la acción propia, y que a veces se expresan verbalmente (con la posibilidad de la mentira) como deseos de que alguien haga algo o de que ocurra algo (quiero que me hagas un favor, me gustaría que no lloviera mañana, prefiero tal forma de organización política): no se trata de preferir decir algo a otro o no decírselo, sino del contenido de la expresión del deseo o preferencia. Preferimos cosas en ámbitos que no podemos controlar (desear que llueva o no) y esas valoraciones muestran su existencia e importancia en cambios en nuestro estado de ánimo al suceder o no lo deseado: disfrutas del buen tiempo, sufres con el mal tiempo. Es posible mentir y engañar con las declaraciones verbales de preferencias, pero esto no significa que no existan, que no puedan conocerse de ninguna manera o que no sean relevantes para la ciencia económica en la medida en que esta se interesa por el bienestar humano: este no depende solamente de lo que elige y hace cada uno; también depende de lo que hacen los demás y puede afectarnos, y de cosas sobre las que apenas podemos hacer nada.

Igual que las acciones revelan preferencias de forma incompleta o imperfecta, tampoco está siempre claro qué información revela una inacción: no compras algo porque no quieres o porque no puedes (no tienes con qué pagar, o la cosa no existe aunque te gustaría que existiera, como un bien o servicio que aún nadie ofrece). La compra indica querer y poder, pero la no compra no aclara si es por no querer, por no poder o por ambas cosas (problema lógico de la negación de la conjunción).

La acción intencional suele explicarse de forma didáctica en primer lugar como la elección entre posibilidades existentes que se valoran de forma diferente (escala de valor o utilidad): las capacidades o medios están dados (son finitos, escasos) y sobre ellos operan las preferencias subjetivas (potencialmente inagotables) y la inteligencia para combinar los medios de modo que produzcan la mayor satisfacción posible. Un aspecto positivo de la escuela austriaca es el estudio de la empresarialidad como una inversión de este proceso: el empresario desea algo que quizás no existe, lo imagina, y se pregunta qué necesita, exista ya o no, para alcanzarlo: genera nuevos fines y medios. Los problemas relacionados con la empresarialidad serán analizados más adelante en esta serie de artículos.

El economista austriaco a menudo se defiende de estas críticas restringiendo el ámbito de lo que estudia: puede reconocer todos estos fenómenos relacionados con las preferencias, pero entonces argumenta que él sólo estudia la praxeología, sólo analiza formalmente la acción intencional, en la cual un agente actúa motivado por preferencias estrictas conscientes; además como praxeólogo no investiga la naturaleza de las preferencias: por qué existen, cómo se forman, por qué son unas y no otras, cómo están relacionadas las de unas personas con las de otras (todo eso sería psicología o sociología). El praxeólogo sólo conoce de forma abstracta una pequeña parte del mundo cuya importancia enfatiza y en la cual quizás se siente muy seguro, pero no es consciente de la relevancia y complejidad de lo que desconoce, e ignora que quizás las separaciones tan nítidas que propone (entre praxeología y psicología) son problemáticas: quizás no debería sorprenderse por que el resto del mundo no lo entienda o valore.


Acción, control, cooperación y competencia

12/05/2015

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La economía no se limita a estudiar únicamente la acción humana intencional: sus conceptos son aplicables a la acción y coordinación de todo tipo de agentes, como los seres vivos (agentes biológicos naturales) o los robots o máquinas inteligentes (agentes inorgánicos artificiales).

Un agente es una máquina que consume recursos (materiales y energía) y es capaz de producir trabajo, de hacer algo que afecte al mundo, de transformar unas cosas en otras, de alterar la realidad: la acción tiene costes (los recursos consumidos y la oportunidad perdida de hacer otras cosas) y produce resultados o consecuencias.

Un agente es un sistema dinámico persistente que es capaz de realizar trabajo generando fuerzas y movimientos mediante la liberación restringida de energía en ciclos termodinámicos: es una máquina que consume o disipa energía de alguna fuente (en principio recargable del exterior), funciona y tiene algún efecto (sobre el entorno o sobre sí misma), y preserva su identidad esencial (salvo algún posible desgaste o cambios de configuración). Un ejemplo típico de agente es un motor, solo o acoplado a algún otro dispositivo o mecanismo.

Un agente es más potente cuanto más trabajo es capaz de producir por unidad de tiempo. El agente es además más o menos preciso según cómo es capaz de distribuir la potencia en el espacio y el tiempo. Todo agente es imperfecto y tiene una capacidad de acción limitada, tanto en potencia como en precisión.

Un agente puede ser complejo si está compuesto por varios agentes (y posiblemente otros elementos pasivos) cohesionados y coordinados de algún modo: no existe solamente la acción individual, también los colectivos o grupos pueden considerarse agentes en la medida en que estén cohesionados y coordinados. Los agentes colectivos son abundantes o frecuentes: los grupos integrados son evolutivamente muy exitosos porque tienen gran capacidad de acción por la suma de esfuerzos, la compensación de fluctuaciones y los beneficios de la división del trabajo con especialización.

Un agente puede aparecer de forma natural y espontánea sin la intervención de otros agentes cuando sus partes interaccionan y se estructuran de forma adecuada. Los agentes artificiales son producidos por los seres humanos. Un posible efecto de la acción de un agente es la creación de otras entidades, las cuales pueden también ser agentes iguales o diferentes al agente creador. Un agente alopoyético produce cosas distintas de él mismo: una fábrica que produce muebles (no agentes) o automóviles (agentes). Un agente heteropoyético es producido por otro agente diferente de él: una fábrica producida por seres humanos. Un agente autopoyético se produce y mantiene a sí mismo: un ser vivo. Los seres vivos no sólo se autoproducen sino que además pueden reproducirse y evolucionar generando mejoras adaptativas.

Un agente es autónomo si tiene un sistema de control cibernético (que funciona con información y comunicación mediante sensores, procesadores y actuadores) y si actúa según sus intereses o preferencias (los cuales pueden considerar los intereses o preferencias de otros agentes), normalmente orientados para su supervivencia y reproducción. Un agente es heterónomo si es controlado o dominado por otro agente: un animal doméstico, una máquina al servicio de un humano, un esclavo a las órdenes de su dueño.

Algunos agentes son autónomos, al menos parcialmente, en el sentido de que poseen algún sistema de control, pero carecen de intereses o valoraciones: una máquina artificial como una lavadora automática o un automóvil autodirigido. Son extraños los agentes que tienen preferencias pero carecen de capacidad de control (como un humano paralizado por algún accidente o enfermedad), ya que las valoraciones sólo son funcionales si sirven para dirigir la conducta mediante el sistema de control. El control es necesario cuando la elección entre diferentes acciones es posible y relevante, cuando la conducta debe adaptarse a las circunstancias del entorno y del propio agente, y cuando el agente es una entidad compleja con múltiples agentes que requieren coordinación.

El control puede ser realizado por un sistema pasivo o por un agente controlador, en cuyo caso el control es un tipo de acción que dirige otra acción: el agente controlador dirige o supervisa la conducta del agente controlado. Los agentes controladores no necesitan ser capaces de realizar gran cantidad de trabajo, sino que deben funcionar de forma precisa para obtener y procesar información, servir para coordinar las diversas partes de un agente complejo y ajustar su conducta a las circunstancias del mundo. La máquina controlada tiene músculo o fuerza bruta, mientras que la máquina controladora tiene inteligencia.

La acción puede controlarse de formas más o menos sofisticadas mediante reacciones, hábitos o intencionalidad. Un agente intencional, teleológico o con propósitos actúa para conseguir fines, metas u objetivos percibidos o imaginados que considera valiosos mediante el desarrollo de planes de acción a partir de la situación y los medios disponibles.

El control no implica una independencia total: un agente autónomo no está aislado del mundo sino que necesita recibir influencias de su entorno para acoplarse a él y ajustar su conducta a las condiciones ambientales; suelen ser especialmente importantes las interacciones con otros agentes con los cuales es posible cooperar o competir.

La acción de un agente puede afectar al propio agente o a otros agentes: lo que uno hace puede beneficiar o dañar a otros. Los distintos agentes pueden competir por controlarse unos a otros, por conseguir que los demás hagan lo que les convenga a ellos, y por no dejarse controlar por otros: existen habilidades de persuasión, seducción, manipulación, publicidad; se dan órdenes, consejos, sugerencias.

El control es un fenómeno gradual y relativo: un agente puede tener un sistema de control propio pero ser dominado o supervisado por otro agente más poderoso, con más capacidad de manipulación o más habilidad de control (un animal doméstico, un esclavo). Esta relación de control y sometimiento puede ser voluntaria (un trabajador y su jefe en un contrato pactado libremente con integración en una jerarquía de mando) o involuntaria (el esclavo y su dueño, un animal que debe ser domado o domesticado), o sin sentido de la voluntad (una máquina controlada por un usuario).

Los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos: son sistemas naturales que se producen a sí mismos a partir de recursos limitados obtenidos de su entorno. Además de autoproducirse pueden reproducirse, evolucionar y adaptarse a su entorno. Como un organismo tiene más poder y posibilidades de supervivencia y desarrollo cuantos más medios controle y utilice de forma eficiente y económica, los procesos evolutivos implican que exista cierta competencia por los recursos escasos necesarios para la vida. Como un ser vivo puede ser un agente útil como medio para otro ser vivo, existe una competencia por el control de la capacidad de trabajo: los organismos intentan controlarse unos a otros.

Un agente puede utilizar medios que no son agentes (materias primas o recursos naturales inertes, bienes semiprocesados, herramientas estáticas) o también medios que son agentes, tanto heterónomos como autónomos. Algunos animales son capaces de producir y utilizar herramientas estáticas poco sofisticadas como ramas o piedras. Algunos seres vivos no sólo se alimentan de otros seres vivos sino que pueden utilizar a otros como fuerza de trabajo o como productores de algún alimento: hormigas que pastorean áfidos y se alimentan de sus secreciones; humanos que domestican animales.

El ser humano tiene una gran habilidad para producir herramientas y máquinas que utiliza para incrementar su poder o capacidad de acción. Las máquinas más sofisticadas tienen mecanismos de control que permiten dirigir, programar, regular o automatizar su actividad. La disponibilidad de más poder o medios de acción puede ser buena o mala según para qué o para quién: las capacidades pueden utilizarse para bien o para mal, para beneficiar o perjudicar, para crear o para destruir, para ayudar a vivir o para matar.

Los diversos medios o recursos disponibles para la acción pueden ser complementarios o sustitutivos. Los diferentes agentes pueden cooperar unos con otros, competir unos contra otros, o no afectarse de ningún modo. Los cooperadores se benefician mutuamente, trabajan con y para el otro; los competidores se perjudican unos a otros, actúan contra el otro. Es posible cooperar para competir (soldados en un ejército, jugadores en un equipo deportivo) o competir por cooperar (diferentes candidatos a un puesto de trabajo, vendedores de un mismo bien o servicio).

La competencia puede ser no violenta (búsqueda de alimentos, competencia en el mercado libre por clientes) o violenta y destructiva (luchando contra otro para expulsarlo o matarlo, posiblemente para comérselo; peleas entre machos por hembras).

La coordinación entre cooperadores puede ser planificada, diseñada, en grupos delimitados con relaciones duraderas y estructuras centralizadas de mando como empresas o asociaciones civiles, militares o políticas, o no planificada, descentralizada y no diseñada que funciona mediante intercambios comerciales puntuales y señales informativas como precios y mecanismos de beneficios y pérdidas.

Tanto el uso de herramientas por un agente como la cooperación entre agentes exigen que ambas partes estén convenientemente acopladas: la herramienta debe tener características ergonómicas que faciliten su uso fácil y eficiente; el operario debe saber manejar la herramienta, necesita una capacitación técnica o capital intelectual; los cooperadores potenciales deben poder comunicarse, coordinarse y confiar unos en otros (lenguaje, teoría de la mente para representar y comprender a otras entidades como agentes cognitivos intencionales, señales de competencia, fiabilidad y honestidad, inteligencia emocional y social). Algunas de las facultades técnicas pueden ser adquiridas por los agentes mediante procesos educativos o formativos; las habilidades más emocionales, sociales o empresariales pueden ser más difíciles de transmitir u obtener mediante enseñanza o entrenamiento.

Empresarios y jefes son agentes coordinadores con habilidades especiales para la gestión de la cooperación. El empresario especula, intenta predecir qué productos y servicios desean los consumidores y pueden ser producidos con beneficio; el jefe organiza los recursos humanos, asigna tareas y vigila su cumplimiento eficiente.

Los agentes competidores pueden respetar normas de propiedad, no agresión y cumplimiento de contratos en un mercado libre, y unos triunfan sobre otros si son más competitivos, económicos, eficaces y eficientes. Pero los competidores también pueden actuar de forma violenta o exigir algún tipo de subsidio, protección o privilegio: los trabajadores, productores o vendedores menos competitivos pueden impedir el acceso al mercado de otros más competitivos, o prohibir el uso de herramientas que los reemplazan o que ellos no saben manejar, o exigir formación a costa de otros.


Biología, economía, psicología y toma de decisiones

06/02/2015

Conferencia en la Universidad Francisco Marroquín (video).


Malas respuestas de un presunto economista austriaco

22/12/2014

Fernando Herrera cree que mis preguntas no son relevantes para economistas austriacos, y que en realidad no tienen nada que ver con la economía: él se considera economista austriaco, y quizás esto refleja por qué tan poca gente hace caso a los economistas austriacos; o al menos a los que son como él.

Toda pregunta se puede hacer a quienquiera: pero por su especialización algunas preguntas, y sus respuestas, tienen más sentido para ciertos profesionales que para otros. Cuando un individuo no contesta a una pregunta, puede ser que no la haya recibido, que no le interese responder, o que no conozca la respuesta. Si no conoce la respuesta y lo reconoce, al menos sabe que no sabe, y las preguntas pueden serle muy útiles, sobre todo si creía que sabía. Tal vez no esté seguro de si conoce o no la respuesta e intente averiguarlo aventurando alguna contestación. Si no conoce la respuesta pero no quiere reconocerlo puede pretender que no contesta porque no le parece interesante o porque no ha recibido la pregunta. No haber recibido la pregunta puede reflejar estar mal comunicado. Reconocer que no le interesa informa acerca de sus preferencias. Asegurar que una pregunta es irrelevante para una determinada clase de personas implica conocer lo esencial de esa clase: tal vez el desconocimiento de la persona no se limita a las respuestas a las preguntas, y no sabe distinguir un astrofísico, un ingeniero de minas, un músico profesional y un economista.

Cree Fernando que lo primero que yo debería entender es “hasta dónde llega el ámbito de la teoría económica. Los teóricos economistas nos conformamos con entender y explicar los fenómenos económicos: valor, precio, salario, tipo de interés… No es nuestra ambición explicar las conductas de los seres humanos, ni lo que les mueve a hacer una cosa u otra.”

Tal vez no está tan claro hasta dónde llega ese ámbito, y lo que para unos es teoría económica no lo es para otros: las palabras son etiquetas a las cuales los hablantes otorgan significados que quizás no están completamente claros ni son totalmente compartidos.

Aunque uno sea un téorico economista (que no sé si es lo mismo que un economista teórico) tal vez no debería hablar en primera persona del plural en nombre de todos. Ni tampoco mezclar libremente la teoría económica con la economía austriaca como si fueran lo mismo.

Si uno acaba una lista de fenómenos económicos con puntos suspensivos, no queda claro cuántos faltan, si se trata de unos ejemplos ilustrativos o si la lista pretende ser más exhaustiva. No aparecen términos como acción, elección (decisión, selección), coste, riesgo, incertidumbre, y muchos otros.

Dados esos fenómenos económicos: ¿con qué se entienden y explican?; porque entender y explicar implica relacionar con otras cosas, integrar en un modelo teórico previo.

Tal vez lo que quiere decir Fernando es que el economista teórico (al menos según lo entiende él) no quiere explicar las conductas concretas, específicas, de los seres humanos, por qué en unas circunstancias hacen una cosa y en otras circunstancias algo distinto, o por qué unos hacen una cosa y otros hacen otra en las mismas circunstancias. Eso lo dejan para los ámbitos que ellos llaman historia o psicología. Tal vez por eso la economía teórica dice tantas generalidades, concreta tan poco y se acaba tan rápido.

Ludwig von Mises, claro representante de la escuela austriaca, escribió “La acción humana”, que es una obra que en realidad trata sobre la acción intencional. Pero según Fernando “que la acción sea intencional es irrelevante para el economista”, luego Mises no era economista. Por si no estuviera claro, insiste: “El preguntante asume que los economistas austriacos asumen que la acción humana es intencional, cuando tal asunción no es necesaria; así que es su asunción la errónea.” Si la asunción de intencionalidad no es necesaria hay muchas páginas de “La acción humana” que sobran o al menos cuesta explicar para qué están ahí. Y no es sólo Mises: muchos economistas austriacos, según mi experiencia personal, comienzan a hablar de muchos temas describiendo cómo el ser humano actúa para perseguir objetivos valiosos, es decir intencionalmente.

Según Fernando me corresponde corresponde “explicar de qué forma quedaría alterada la teoría económica si la acción fuera no intencional en vez de intencional”. Es algo que voy haciendo progresivamente en diversos artículos y seminarios, pero que espero no tener que hacer yo solo de forma indefinida. Él no parece muy interesado en la tarea.

Sigue Fernando: “hasta donde alcanzo, la evidencia empírica es abrumadora al respecto de la ausencia de fenómenos económicos visibles en el ámbito animal”. Esto es informativo, pero no de los animales y la economía, sino de su corto alcance en este ámbito. No sólo los animales sino absolutamente todos los seres vivos son agentes económicos: consumen recursos escasos, asumen riesgos, eligen, cooperan y compiten, a menudo intercambian, etc.

Acierta Fernando al asegurar las ciencias sociales “no tratan solo de lo que la gente cree o piensa, sino principalmente de hechos objetivos”. Pero algunos austriacos o no lo ven así, o se expresan mal y parece que sólo se interesan por los fenómenos subjetivos en la mente de los agentes.

Sobre las constancias y la economía, según Fernando “como es sabido, la razón por la que no se puede aplicar el método científico en las ciencias sociales, en particular en la teoría económica, es que no se puede asumir la constancia en el tiempo de las relaciones entre las variables independientes y las explicativas”.

Bastantes economistas parece que no “saben” esto, y tal vez por eso asumen en sus modelos ciertas constancias e intentan probar dichos modelos. Fernando no contesta por qué no se puede asumir esa constancia de las relaciones entre variables: ¿se conocen esas relaciones y se sabe que no son constantes? Y aunque esas relaciones no fueran constantes, ¿cómo de importantes son los cambios? ¿Y si resulta que la constancia es una buena primera aproximación? El economista, contra lo que asegura Fernando, sí se plantea si asumir constancias o no. Y no descarta el método científico sino que trabaja con él y con sus limitaciones.

El hecho de que las preferencias del individuo varíen (más correcto, que puedan cambiar) no significa que no pueda haber ciertas relaciones estables entre fenómenos. Esas relaciones podrían tener en cuenta esas preferencias, pero el economista austriaco parece renunciar a conocer dichas preferencias. O las variaciones de un individuo podrían compensarse con las variaciones contrarias de otros individuos y así los cambios se cancelarían estadísticamente.

Según Fernando confundo ciencias sociales con ciencias humanas, pero él no explica la diferencia. Según él la medicina es científica (“es una disciplina sujeta al método científico”) pero la economía… ¿no? Sobre el cuerpo humano asegura que “es esencialmente inanimado y cuyo funcionamiento responde a leyes físicas, químicas y biológicas, no económicas”. Así que el cuerpo humano es esencialmente inanimado, y sin embargo funciona. Tal vez no imagina que las leyes económicas son un subconjunto o consecuencia de las leyes biológicas, las cuales a su vez son resultado de las leyes físicas y químicas. Tal vez ignora los muchos agentes que constituyen el cuerpo humano que obedecen leyes económicas. La biología no es lo suyo.

Fernando asegura que la teoría económica sólo predice si nada más cambia, es decir nunca. Entonces sería necesario explicar qué utilidad tiene la teoría económica: porque el conocimiento suele existir por su utilidad para conocer el mundo y decidir qué hacer, para lo cual suele ser necesario predecir algo.

Sigue: “La crítica de la intensidad y la irrelevancia se puede extender a cualquier disciplina científica imaginable”. La física y la química tienen nociones de intensidad extremadamente precisas y cuantificadas. Otras ciencias hacen lo que pueden para medir y cuantificar y no decir solamente más que o menos que, crecer o decrecer. Respecto a la relevancia, Fernando cree que se trata de algo meramente subjetivo, de lo que interese al individuo. Pero la ciencia es objetiva e investiga qué factores son importantes, relevantes, y cuáles se pueden descartar, sin importar las preferencias o intereses del científico: la masa resulta ser importante para la gravitación; el color del objeto es irrelevante; las preferencias del observador y el teórico, también.

Fernando anda tan confundido que asegura que para el científico económico son interesantes “la viabilidad y legalidad de la banca de reserva fraccionaria”: la viabilidad, tal vez, pero ¿la legalidad?; ¿es que los juristas o los filósofos morales no tienen derecho a que se respete su ámbito de especialización?

Fernando: “No creo que a Newton le preocupará [sic] mucho el número de manzanas que iban a caer en el mundo cuando decidió investigar la razón por la que caía [sic] al suelo”. Pero a Newton sí le interesaba mucho la dependencia funcional de la fuerza con masas y distancia, y no decía solamente cuándo sería mayor o menor: incluso incluyó una constante de acoplamiento que puede medirse.

Insiste en que “el papel del teórico económico no consiste en preguntarse si sus teorías son relevantes o no, o con qué intensidad aplican en un momento dado. Lo único que pretende es, una vez más, explicar un fenómeno económico observado”. El problema es que los fenómenos observados se observan con datos históricos concretos, y un modelo teórico sin noción de intensidad y sin ninguna cuantificación puede parecer que se ajusta a los datos cuando en realidad lo que pasa es que se interpreta con excesiva libertad.

Mis preguntas no han sacado a Fernando Herrera de su zona de confort: seguramente se trata de sesgo de confirmación. Sin embargo según él es que no eran preguntas incisivas o la mayoría ya estaban resueltas: hay unos dogmas en el credo del culto a la ortodoxia austriaca de los cuales no hay que salirse bajo pena de excomunión.


Cuestiones para economistas austriacos

08/12/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

¿Acción humana es sinónimo de acción intencional? ¿Crees que acción debe significar acción intencional? ¿El ser humano sólo actúa intencionalmente? ¿No tiene reacciones o hábitos no intencionales, sin propósito deliberado, sin planificación? ¿Cómo de importante es la acción intencional en comparación con la no intencional? Si la acción intencional tiene resultados accidentales no previstos o no deseados, ¿cómo de importantes son estos en comparación con los objetivos previstos conseguidos?

¿Crees que lo no intencional es aleatorio? ¿La conducta no intencional no implica algún tipo de procesamiento de información y toma de decisiones? ¿No consume recursos escasos que podrían ser asignados a otras acciones? ¿No tiene costes y riesgos? ¿No tiene consecuencias o resultados en el mundo real? ¿No será que no estudias la acción no intencional porque no sabes cómo hacerlo o porque por algún motivo la desprecias? ¿Estudias la acción intencional como único modelo de la acción humana porque la comprendes fácilmente, igual que quien busca las llaves donde hay luz en lugar de hacerlo donde se han perdido? ¿Es fácil distinguir y clasificar una acción concreta como intencional o no intencional?

¿Sólo actúa el ser humano? ¿Crees que llamando conducta o comportamiento a lo que hacen los animales estás haciendo una distinción relevante? ¿Son sinónimos acción, conducta, comportamiento? ¿Sólo el ser humano actúa intencionalmente? ¿Ningún animal tiene conducta intencional? ¿Los animales no eligen? ¿Cuánto sabes, por estudio o por observación personal, de la conducta animal? ¿Por qué limitar el análisis económico al ser humano y a las acciones intencionales, con propósitos y planes? ¿No hay economía de los seres vivos no humanos? ¿Los organismos no actúan, y sus acciones no tienen consecuencias, costes y riesgos?

¿Todo lo que sabes sobre las preferencias es que son subjetivas? ¿Quizás también que son relativas y dinámicas? ¿Por qué existen las preferencias o valoraciones, de dónde vienen, por qué son las que son y no otras? ¿Son arbitrarias o aleatorias? ¿Son todas igualmente dependientes del sujeto y cambiantes? ¿Lo único interesante para el economista es saber que las preferencias se utilizan para elegir qué hacer? ¿No hay acciones que no sólo se basan en preferencias sino que tienen como objetivo construir o modificar preferencias? ¿La psicología y la economía son ciencias mutuamente excluyentes?

¿Crees que la naturaleza humana queda descrita de forma correcta y completa con la idea de acción intencional? ¿No hay otros rasgos importantes característicos de los seres humanos que los diferencian de otras entidades?

¿Es la intencionalidad una especie de misterio sobrenatural inexplicable? ¿Viola la intencionalidad las leyes de la física porque el futuro causa el presente? ¿Es posible explicar la intencionalidad mediante conceptos de física, biología, cibernética, cognición, psicología y evolución? ¿Son compatibles la intencionalidad y el determinismo? ¿Qué es y cómo funciona el libre albedrío? ¿Sabes qué es y qué implican el determinismo y el indeterminismo? ¿No te interesa investigar y conocer cómo funciona la máquina que realiza las tareas de pensamiento, valoración, elección, planificación, toma de decisiones? ¿Por qué, al hablar de ciencias naturales, algunos pensadores parecen referirse exclusivamente a la física y tal vez a otras ciencias de la naturaleza inerte? ¿No saben que existe la biología?

¿Te gustan las teorías o esquemas de pensamiento en las cuales puedes tener certezas absolutas, o al menos una gran sensación de seguridad? ¿Te incomodan los matices, las dudas, los problemas, los límites de la teoría, la posibilidad de equivocarte? ¿Prefieres decir cosas verdaderas aunque sean muy genéricas y poco concretas y aplicables? ¿Crees que sólo pensando, sin observar ni manipular el mundo, puedes conocer mucho acerca de la realidad? ¿Cuánto? ¿Eres consciente de que quizás en tu teoría praxeológica faltan las nociones de intensidad y relevancia? ¿Qué pasa si lo que dices es verdadero pero impreciso? ¿Y si se trata de verdades irrelevantes?

¿Crees que los seres humanos comprenden cómo actúan los seres humanos porque son seres humanos? ¿Entonces las partículas fundamentales entienden a otras partículas fundamentales porque son partículas fundamentales?

¿Es posible e interesante estudiar científicamente los errores y limitaciones de la acción y la toma de decisiones?

¿Puedes proporcionar alguna cita, referencia o pensador donde se afirme que la intencionalidad o la teleología no existen o no son aplicables a nada? ¿Te conformas con asumir como axioma que existe la acción intencional y te sientes orgulloso de poder demostrarlo lógicamente recurriendo a contradicciones performativas? ¿Intentas interpretar cualquier acción como intencional y si no encaja simplemente la ignoras?

¿Los hechos de las ciencias sociales son exclusivamente lo que la gente cree o piensa? ¿Las ciencias sociales sólo tratan con el interior de la mente humana y no con hechos externos objetivos?

¿Tu rechazo de las matemáticas en la economía tiene algo que ver con que seas de letras y no sepas matemáticas y te sientas incómodo con los números, las fórmulas y las estadísticas? ¿O es un mantra que repites como señal de identificación y pertenencia a un grupo? ¿Conoces los modelos matemáticos que criticas?

¿Tus ideas sobre economía pueden estar distorsionadas por tu ideología política o moral?

¿Cómo sabes que en el ámbito de la acción humana no hay constancias? ¿Es algo a priori o ex ante? ¿Es una afirmación apodíctica o hipotética? ¿Lo has observado o tal vez medido de algún modo? ¿Cómo de importantes, intensos o rápidos son los cambios? ¿Y si las desviaciones de la constancia son tan pequeñas que pueden despreciarse, al menos en una primera aproximación? ¿Estás seguro de que los eventos históricos son esencialmente irrepetibles, de modo que todos sus detalles son relevantes y la historia no puede utilizarse para apoyar o refutar ninguna teoría económica?

¿El conocimiento científico en economía no sirve para predecir nada en absoluto con ningún nivel de precisión y seguridad? ¿Y si los individuos son impredecibles individualmente pero predecibles estadísticamente? ¿Es lo mismo afirmar la no existencia de regularidades que reconocer que puede ser muy difícil conocer esas regularidades? ¿Hay constancias en otras ciencias humanas como la medicina? Si ciertas industrias, como la del seguro, utilizan de forma fiable estadísticas sobre cosas que a la gente le pasan, ¿no será posible emplear también datos estadísticos sobre lo que la gente hace? Cuanto más conozcamos de un individuo y sus circunstancias, ¿no podremos predecir y controlar mejor su conducta?

¿Sólo los individuos escogen y actúan? ¿Qué es un individuo? ¿Dónde y cuándo empieza y acaba un individuo? ¿La noción de individualidad quiere decir indivisibilidad? ¿El ser humano es indivisible? ¿El cerebro, como órgano director de la acción y encargado del procesamiento de la información y de la toma de decisiones, no tiene partes? ¿Y si el cerebro es en realidad un colectivo complejo, una sociedad de agentes que cooperan y compiten de forma parcialmente coordinada? Si una sociedad de agentes como el cerebro humano puede considerarse como un individuo con propósitos, planes, intereses, pensamientos, creencias, preferencias, ¿qué características pueden o deben tener otros colectivos para considerarse como unidades de acción, es decir agentes?

¿Sólo hay procesos de coordinación en las sociedades y mercados humanos? ¿No en los colectivos animales? Si es posible explicar fenómenos de la sociedad humana y el mercado a partir de acciones individuales, ¿no será también posible explicar al individuo a partir de sus constituyentes, su organización interna y sus interacciones con el entorno?

¿Son todos los seres humanos creativos, innovadores, empresariales? ¿Cómo es de importante la innovación en comparación con la copia, la imitación y la repetición? ¿Es el emprendedor un héroe, un personaje épico?

El espacio de posibilidades de la cultura es gigantesco, pero ¿son todas las diferencias entre ideas igualmente relevantes?

¿Crees que las palabras tienen significados claros, precisos, objetivos, y que reflejan esencias conceptuales inmutables? ¿Entiendes el lenguaje, su evolución y sus limitaciones?

¿Mencionas a menudo la evolución y la complejidad pero en realidad no sabes muy bien en qué consisten?

¿Sabes diferenciar una necesidad de una posibilidad? ¿Te conformas con decir que las cosas son seguras, imposibles o posibles, o intentas estimar probabilidades?

¿La lógica es solamente deducir teoremas a partir de axiomas o tiene también que vez con la consistencia, la coherencia, la no contradicción?

¿Sólo defiendes tus ideas e intentas confirmarlas o las criticas y atacas para comprobar su solidez y consistencia?

¿Estas preguntas te incomodan? ¿Te refuerzan en tus creencias y prejuicios? ¿O tal vez te incitan a salir de tu zona de confort, cuestionarlo todo, corregir errores y aprender algo nuevo?


Economista o moralista: pensiones

27/05/2014

Juan F. Jimeno, en “¿Qué será de mi pensión?”: Recomendación de lectura para jubilados y los que aspiran a serlo afirma:

El sistema público de pensiones de reparto, basado en un pacto intergeneracional por el cual la población en edad de trabajar provee, conjunta y solidariamente, de pensiones vitalicias a la generación anterior, constituye un avance social muy importante sobre la situación previa en la que el soporte de la renta durante la vejez dependía exclusivamente de vínculos familiares. Por tanto, debe mantenerse y consolidarse.

Este párrafo incluye una descripción problemática, una valoración subjetiva camuflada como un hecho objetivo irrefutable, y una conclusión normativa infundada.

La descripción:

El sistema público de pensiones de reparto, basado en un pacto intergeneracional por el cual la población en edad de trabajar provee, conjunta y solidariamente, de pensiones vitalicias a la generación anterior…

No aclara cómo cada individuo decide o no participar en ese pacto, si es por consentimiento explícito o tácito; tampoco especifica los contenidos de ese presunto pacto; ni se aclara cuál es la edad de trabajar; si son las generaciones como entes colectivos los que pactan, cómo se definen y quién los representa. Ni siquiera se menciona cuál es la población afectada, si se refiere a la de un municipio, región, país o ente supranacional. Se olvida mencionar que esa presunta solidaridad, algo que suena muy bien, en realidad es redistribución coactiva de riqueza.

La valoración:

… constituye un avance social muy importante sobre la situación previa en la que el soporte de la renta durante la vejez dependía exclusivamente de vínculos familiares.

Se trata de una afirmación hecha básicamente por la cara a ver si cuela. Y el problema es que normalmente cuela. O tal vez sea simplemente fruto de la falta de reflexión o de la comprensión de las valoraciones humanas como algo subjetivo. “Avance” y “social” son términos que suenan muy bien y a los cuales resulta difícil oponerse. Además se trata de un avance social muy importante, no uno cualquiera. El autor parece no atreverse a decir que simplemente él lo prefiere así, y tal vez otros también. La descripción de la situación previa es incorrecta: no se trata de que dependiera exclusivamente de vínculos familiares; uno podía ahorrar para sí mismo sin necesidad de recurrir a sus hijos y también podía solicitar ayuda a personas que no fueran miembros de la familia; pero lo esencial es que se trataba de relaciones voluntarias, en algunos casos informales y en otros casos mediante contratos libremente pactados por cada individuo.

La conclusión normativa:

Por tanto, debe mantenerse y consolidarse.

“Por tanto” indica que el autor cree estar siendo lógico y riguroso o quiere parecerlo. El “debe” indica una orden o una norma que ha de cumplirse. No se trata de un deber técnico o condicionado a algo previo: no se dice que se mantenga si se considera valioso. Como es valioso y punto y no se puede dudar de ello, el sistema debe mantenerse y reforzarse, es un imperativo categórico: como mucho puede reformarse de forma marginal, pero no conviene considerar alternativas, como la capitalización individual, que al parecer no son relevantes para este análisis.

Se supone que la economía es una ciencia positiva, libre de juicios de valor personales, que supera la moralina normativa. Pero quizás no sea cierto.