Libertad, derechos y contratos

11/05/2013

Conversación en Libertad con Luis Alberto Iglesias.

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Esperanza Aguirre y las garantías hipotecarias

29/05/2009

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, “insta al Gobierno a que cambie las leyes que sean necesarias”. Aguirre sugiere que la garantía de pago hipotecario se limite al piso, de modo que al perder su casa por no pagar la hipoteca al menos se cancele totalmente su deuda hipotecaria: el deudor entregaría al banco la vivienda y daría por cancelada la deuda pendiente de cobro. Según la actual legislación española, cuando se produce el impago de la hipoteca, si el valor del inmueble ejecutado no cubre completamente la deuda pendiente, el titular debe responder con el resto de su patrimonio presente y futuro.

La información de Raquel Díaz Guijarro contiene un error: “en el crédito hipotecario de Estados Unidos y del resto de países anglosajones el deudor responde sólo con la garantía hipotecaria”. La legislación hipotecaria no es completamente uniforme en Estados Unidos, y en algunos estados existen las garantías personales.

Si la ley se aplicara a los préstamos hipotecarios en vigor sería una agresión a lo libremente pactado por las partes en el pasado, beneficiando a una (el embargado) a costa de la otra (el banco). La noticia recoge con acierto que “cuanto menores sean las garantías de cobro, los créditos serán más caros”, y “que cualquier modificación retroactiva en los contratos existentes produciría unos efectos negativos mayores que el beneficio perseguido”. “Si la modificación se planteara sólo para las hipotecas futuras, a la luz de lo ocurrido con los préstamos subprime, los analistas vaticinan porcentajes de financiación mucho más bajos y plazos más cortos”.

El gobernante se cree muy sabio al proponer sus presuntas soluciones para los problemas sociales, y no suele aceptar que éstas pueden surgir de forma espontánea de la propia sociedad. Abundan las leyes que limitan la libertad de las partes al contratar, con la excusa general de proteger al más débil. Se impone coactivamente una normativa uniforme a todos y se impide que los contratantes adapten los pactos a sus circunstancias particulares. Los políticos discuten cuál debe ser el contenido de la ley, pero cada uno aspira a imponer su versión sobre todos los ciudadanos (qué duración debe tener un alquiler, cómo funcionan las garantías de una hipoteca…). No aceptan que las normas se generen sin su participación, que surjan libre y evolutivamente desde abajo, por los agentes económicos de forma voluntaria en sus múltiples transacciones, experimentando y copiando las variantes más exitosas.

El liberalismo no es sólo respeto al derecho de propiedad: también es libertad para contratar. No se trata solamente de respetar la ley, que puede ser liberticida, sino de que las leyes defiendan la libertad. No se trata de que la ley sea la misma para todos hasta sus últimos detalles: basta con que la ley prohíba la agresión contra la propiedad y garantice el cumplimiento de los contratos. El contenido concreto de estos contratos es asunto de las partes contratantes.

La ciencia ética puede estudiar qué normas son universalizables, pero esto no significa que todas las normas legítimas deban ser universales. Los contratos permiten particularizar las normas, y las partes no contratantes no tienen derecho a inmiscuirse y exigir que todas las normas sean iguales para todos. Quien quiera puede copiar a otros y contribuir a la uniformidad de la normativa, pero no se puede exigir a quienes quieren pactar de formas alternativas que lo hagan como todo el mundo.


Juan Francisco Martín Seco y los despidos

09/05/2009

Según Juan Francisco Martín Seco:

No deja de ser paradójico que el neoliberalismo económico, que ha sido el culpable la crisis y que, por tanto, debería aparecer como el villano de la función, quiera por el contrario erigirse en nuestro país en el protagonista y triunfador.

No se molesta en explicar cómo la libertad ha causado esta crisis, pero la libertad debe ser la malvada de la función.

España es diferente. Cuando en todas partes se vuelve la mirada hacia las políticas keynesianas y se abjura, aunque sea con la boca pequeña, del fundamentalismo de mercado, aquí, en nuestro país, la derecha política y económica, los empresarios, algunos técnicos y la mayoría de los medios de comunicación continúan, erre que erre, con la ideología neoliberal. Es más, quieren aprovechar la crisis para reducir las pensiones o abaratar el despido.

¿Ser diferente implica automáticamente estar equivocado? ¿Hay que hacer lo que hagan todos los demás porque sí? ¿Es verdad que en todas partes vuelven a políticas keynesianas? ¿Tan tontos son? Acierta al hablar de políticas keynesianas, porque el keynesianismo va de eso, de política, de falta de libertad, de coacción colectiva, de fraude a gran escala; y el mercado es “fundamentalista”, pero no en el mal sentido que Martín Seco pretende, sino porque tiene fundamentos, porque se sostiene sobre soportes sólidos.

…si algo sobra en el mercado de trabajo español es flexibilidad.

Lo que pasa con el mercado de trabajo es que está fuertemente segmentado entre grupos ultraprotegidos por la legislación y grupos con contratos más flexibles. Lo que le falta a ese mercado es libertad contractual para que ambas partes pacten libremente las condiciones de la rescisión del contrato.

Como Martín Seco no debe de saber lo que es la vergüenza, al menos en el ámbito intelectual, asegura que “La presidenta de la Comunidad de Madrid, ante la crisis debería callarse avergonzada, puesto que ha sido una de las mayores defensoras de las teorías que nos han llevado a la recesión”. Dice una estupidez acerca del liberalismo como causante de la crisis y luego acusa a los defensores del liberalismo de desvergonzados.

En 1979 se aprobó el Estatuto de los Trabajadores pactado por empresarios, trabajadores y partidos políticos.

¿Y por qué debía obligar a todos lo que pactaron unos pocos representantes de grupos de presión particulares? ¿Por qué lo pactado entonces debe obligarnos ahora? ¿Es que la gente no entiende que los pactos sólo obligan a las partes contratantes y que no se puede contratar en nombre de otros a quienes no se representa legítimamente?

En momentos de recesión como el actual, lo único que se consigue abaratando el despido es que el ajuste se traslade inmediatamente al mercado de trabajo sin que las dificultades afecten a las empresas o a las rentas de capital.

¿Cómo lo sabe si el despido no se ha abaratado? ¿Y de verdad que las empresas y sus accionistas no tienen o tendrían entonces ningún tipo de pérdidas o problemas? ¿Ha sido Martín Seco empresario alguna vez? ¿Entiende la empresarialidad aunque sea por referencias lejanas?

Sí, efectivamente, en España es necesaria una reforma laboral, pero no otra contrarreforma. Los sindicatos deben reclamarla, deben pasar a la ofensiva. Una reforma laboral que vaya en sentido contrario a las de los años 1984, 1994, 1997 y 2002. Únicamente sería preciso aplicar el sentido común. Para reducir la temporalidad y la precariedad sólo se precisa prohibir este tipo de contratos y permitirlos exclusivamente para aquellas actividades que son realmente temporales. ¿Que la indemnización de 45 días por año trabajado para los despidos improcedentes es muy elevada? Pues bien, eliminemos los despidos improcedentes. Cuando un juez declara que el despido es improcedente y no hay causa ni disciplinaria ni económica ni tecnológica, es decir, que la única razón del despido es el capricho y la voluntad del empresario, no impongamos ninguna indemnización sino, como ocurre en otros países, obliguemos a la readmisión. Los empresarios no quieren abaratar el despido basado en causas objetivas, sino poder despedir a su capricho y que, además, les salga gratis.

Vamos a prohibir contratos tralará, vamos a prohibir contratos. Qué gusto da prohibir, sobre todo siendo un mindundi que aspira a recomendar (mejor a obligar) a todo el mundo qué legislación debe adoptar. Y los jueces, que sustituyan a los empresarios, porque los juristas, aunque no tengan ni idea de economía ni asuman ningún riesgo empresarial ni tengan que satisfacer a los consumidores, seguro que ellos no tienen caprichos. Al fina y al cabo, son funcionarios y no se les puede despedir.


Normas, propiedad y contratos

03/01/2009

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El derecho de propiedad de una persona sobre un objeto significa que el dueño controla legítimamente ese recurso, que tiene el derecho a decidir qué hacer o no hacer con ello sin intromisiones violentas de otras personas. La propiedad es el ámbito de control legítimo de cada individuo, y tiene como límite la propiedad formalmente equivalente de los demás seres humanos: el propietario decide, los no propietarios no. Los derechos de propiedad bien definidos constituyen una partición del conjunto de las posibles entidades respecto a las cuales puede existir algún conflicto sobre su utilización: todas las entidades de usos potencialmente conflictivos tienen un solo propietario (no hay entidades sin propietario y no hay entidades con más de un propietario). Si el propietario es una persona individual, la propiedad sobre sus posesiones es plena o completa; si el propietario es un conjunto de personas, la propiedad es compartida.

El derecho de propiedad, el derecho a decidir sobre la realización de acciones con los objetos poseídos, es la norma fundamental de una sociedad libre, la regla básica por defecto, pero no es la única norma relevante posible. El derecho de propiedad puede considerarse como una metanorma (una norma de alto nivel de abstracción que indica cómo construir o generar otras normas más concretas): el propietario decide las reglas de uso de sus posesiones, expresadas mediante obligaciones o prohibiciones, que pueden ser absolutas (incondicionadas) o dependientes de alguna condición.

El derecho de propiedad es la norma primitiva a partir de la cual se generan otras normas derivadas. Es una norma abstracta universal, simétrica y funcional: se aplica por igual a todas las personas y sirve para la convivencia en sociedad. A partir de esta norma universal (y sus instanciaciones en individuos y objetos concretos) es posible construir normas particulares mediante contratos entre personas.

Un solo propietario puede establecer de forma unilateral normas de uso sobre su propiedad que sus invitados deben cumplir en dicho ámbito. También es posible establecer normas de forma bilateral o multilateral si un conjunto de propietarios establecen acuerdos sobre restricciones mutuas respecto a sus conductas y sus propiedades; estas restricciones pueden ser simétricas (si todos se obligan a lo mismo o se prohíben lo mismo) o asimétricas (se negocian unas restricciones para unos a cambio de otras limitaciones diferentes para otros).

En un lenguaje normativo adecuado es necesario referirse de forma completa a agentes, acciones y medios de acción. El derecho de propiedad parece referirse solamente a personas (dueños) y posesiones (objetos como medios de acción) ignorando las acciones, pero está implícito que la propiedad significa que el dueño puede hacer lo que quiera (actuar conforme a su voluntad) con sus posesiones (en el ámbito de su propiedad, sin agredir la propiedad ajena). La propiedad enfatiza la relación entre la persona y las cosas poseídas; la libertad enfatiza la relación entre la persona y sus acciones.

Los derechos de propiedad pueden transferirse plenamente y de forma definitiva (una compraventa) pero también pueden modificarse de forma parcial mediante acuerdos contractuales en los que dos o más partes pactan algo respecto a sus posesiones. Los contratos legítimos se basan en derechos de propiedad legítimos: pueden mencionar a otras personas o entidades, pero sólo generan derechos y obligaciones para las partes contratantes. Los contratos son compromisos formales exigibles mediante el uso de la fuerza (lo cual es comprendido y aceptado voluntaria y libremente por las partes contratantes porque en eso consiste un contrato, no es una promesa informal o una mera declaración de intenciones no exigible). Los contratos generan de forma recíproca derechos positivos (a exigir lo pactado a la otra parte) y deberes (a cumplir con lo acordado).

Las compraventas son actos generalmente simples, puntuales y directos; son mucho más interesantes y complejos los contratos que se extienden en el tiempo y que se refieren a acciones de los contratantes en función de diversas cláusulas o condiciones. Aunque la propiedad es la norma fundamental de una ética de la libertad, es un error considerar que los contratos son simplemente transferencias completas de derechos de propiedad y que el único delito posible es el robo; en una sociedad compleja pueden ser mucho más importantes los problemas de incumplimientos contractuales.


Voluntad, libertad, propiedad y contratos

29/01/2007

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

De niño yo quería tener el poder del deseo, y estaba preparado para cuando apareciese el genio de la lámpara: le pediría que se cumpliera siempre todo lo que yo quisiera, con lo cual sobrarían los otros dos deseos (genios expertos en metalógica y los problemas de la auto-referencia aclararían que no pueden conceder ciertos metadeseos para no quedarse sin empleo). Es una lástima, pero no existe el genio de la lámpara (ni los Reyes Magos, ni Santa Claus, ni Papá Noel): todo el mundo se entera antes o después.

La voluntad aspira a realizarse, pero los deseos suelen estar muy lejos de la realidad; para evitar la frustración puede recurrirse a la superstición, y así los creyentes de las diversas religiones rezan a sus divinidades para pedirles todo tipo de cosas (si son buenos negociadores prometen algo a cambio y agradecen lo ya concedido). Yo quería ser una estrella del baloncesto, salir con la chica más bonita y ser admirado por todos (nada original). Es una lástima, pero no existen las entidades sobrenaturales: solamente algunas personas consiguen romper el hechizo y se dan cuenta de ello. Si quieres conseguir algo, haz algo al respecto; simplemente desear intensamente no sirve de nada si esa motivación no impulsa a la acción. Querer mucho y hacer poco es garantía de frustración e infelicidad.

La relación entre hijos y padres es fuertemente asimétrica: el niño pide, exige, llora, y el progenitor se esfuerza para poder dar y satisfacer su voluntad (desde las necesidades hasta los caprichos). Es una lástima, pero es biológicamente imposible ser eternamente niños todos a la vez, alguien tiene que producir (dar puede ser emocionalmente gratificante, pero el altruismo puro es evolutivamente imposible).

Por otro lado el niño necesita ser educado, aprender mediante transmisión cultural, adquirir hábitos adecuados: los padres guían este proceso mediante prohibiciones y obligaciones que van contra la a menudo poco razonable voluntad del niño. La persona adulta no necesita los mandatos de sus mayores y actúa según su propia voluntad. Los colectivistas tal vez asumen que lo que funciona con los niños debe ser adecuado para los adultos, de modo que pretenden organizar la sociedad a golpe de leyes intervencionistas que impongan su voluntad sobre la de los demás (o quizás quede en ellos un residuo de resentimiento que les lleva a vengarse de su represión infantil coaccionando al vecino). Algunos intentan vivir siempre como niños, o simplemente fracasan en el proceso de maduración, no asumen su autonomía y su responsabilidad y se transforman en pedigüeños profesionales, intentan dar lástima y vivir de la caridad ajena (hay vagos muy hábiles en la manipulación de los sentimientos que consiguen recibir algo sin dar nada a cambio).

La biología, la psicología evolucionista y la praxeología indican que la voluntad (las preferencias, los deseos) es impulsora y guía de la acción adecuada que permite la supervivencia. Una persona madura e inteligente tiene posibilidades de éxito porque actúa conforme a sus deseos, no se limita a recrearse en sus ensoñaciones, a rogar a la divinidad, a esperar que pase algo, a recibir un regalo milagroso o un golpe de suerte.

Como los seres humanos son hipersociales cada persona actúa persiguiendo sus preferencias en un entorno en el que están presentes otras personas con sus propias preferencias. En las sociedades no libres unos seres humanos imponen por la fuerza sus preferencias a otros. En una sociedad libre se reconocen derechos de propiedad universales y simétricos, ámbitos de control legítimo dentro de los cuales cada propietario es soberano, sus valoraciones son las únicas relevantes y así se evitan, minimizan o resuelven los conflictos.

Los liberales tenemos una concepción humilde y realista de la libertad como ausencia de coacción y respeto al derecho de propiedad. Muchos enemigos de la libertad distorsionan el concepto de diversas formas arbitrarias, absurdas o incoherentes, que distorsionan el papel de la voluntad. Para algunos libertad es poder y riqueza (realización de los proyectos vitales personales), aunque se obtengan coaccionando a los demás (de forma directa o indirecta), garantía de que se cumpla mi voluntad obviando la escasez y los límites de la capacidad de actuación humana; para otros libertad es ausencia de influencias o condicionantes externos o internos, que nada perturbe mi voluntad considerada como una entidad causante pero incausada, que influye pero no es influida (no tengo necesidades, solamente deseos autogenerados); y según otros sólo soy libre si escojo entre dos bienes y no entre el menor de dos males (por ejemplo en una situación angustiosa, desesperada), mi elección es libre solamente si no hay ningún aspecto en ella que sea valorado negativamente (sin costes).

Las relaciones en una sociedad libre son voluntarias por ambas partes. Algunas relaciones son tan importantes que se formalizan explícitamente mediante contratos. Los contratos no son simples transferencias absolutas y definitivas de derechos de propiedad (eso más bien sería un simple apunte en un registro de la propiedad). Los contratos son acuerdos más o menos complejos mediante los cuales las partes contratantes deciden voluntariamente en el presente aceptar restricciones sobre la legitimidad de su actuación según sus preferencias futuras. Igual que el derecho de propiedad impone límites a la voluntad (la propiedad ajena), los contratos implican compromisos limitadores de la libertad que son exigibles mediante el uso de la fuerza, porque los contratantes entienden claramente que en eso consiste un contrato, que si no se transformaría en una mera declaración de intenciones fácil de incumplir. Los contratos son herramientas éticas y jurídicas importantes que permiten a las personas planificar de forma conjunta y así no tener que actuar improvisando en cada instante sin poder prever el futuro con algo de certeza. Quien sacrifica parte de su libertad no es necesariamente un enfermo mental sin voluntad propia. Contratar implica obtener algo renunciando a algo a cambio, así que no es sorprendente que una parte de lo contratado (lo que se pierde, se entrega, o se obliga uno a hacer) sea lamentado por el individuo: conviene no olvidar que lo que consigue le compensa de la pérdida, al menos en el momento de la realización del pacto.

Algunos comentaristas poco consistentes pretenden que es evidente (axiomatizan sin dar argumentos ni explorar alternativas de forma exhaustiva) que todo contrato laboral debe poder rescindirse cuando el trabajador lo desee (el empleador aparentemente no debe disfrutar de los mismos derechos humanos, y no les suena el concepto de cláusula de rescisión), porque si no se violaría su libertad: absolutizan la voluntad presente (la libertad no es simplemente poder hacer lo que te dé la gana en todo momento, rompiendo cualquier compromiso previo) y destruyen la esencia de los contratos y su capacidad de organizar la acción humana de forma cooperativa. No saben definir coherentemente qué es la libertad y se hacen un buen lío al respecto.

Tal vez por falta de capacidad intelectual estos comentaristas no suelen realizar análisis teóricos rigurosos: mezclan de forma patosa la esclavitud involuntaria con los contratos voluntariamente aceptados de sumisión parcial o total, tema delicado pero intelectualmente explorable (sin que su estudio implique que al pensador le guste la posibilidad de la sumisión). En lo que sí se esfuerzan es en mostrar a los demás sus preferencias particulares: insisten en lo horribles, vomitivas, aberrantes y repulsivas que les parecen las teorías éticas liberales más consistentes y radicales (la pesadilla hecha realidad del anarcocapitalismo como liberalismo fundamentado en el derecho de propiedad y los contratos). Según ellos los anarcocapitalistas son fulanos impresentables, hijos de puta, sectarios, locos aprovechados de la coacción estatal, herederos con un ejército de siervos y esclavos, canallas inhumanos, hedonistas aspirantes a ser lo más guay entre lo radical que compiten por decir la mayor burrada, promotores de barbaridades, vergonzosos devoradores de niños, proxenetas y clientes de niñas prostitutas, prima donnas, fantasmas, fraudulentos, enemigos de la sociedad abierta (y en realidad no liberales), partidarios de un feudalismo ciertamente contrario a toda idea de libertad burguesa, defensores de una libertad consistente en la impunidad y que se cagan literalmente en la libertad política, malos compañeros de cruzada, indiferentes frente a hechos cuya relativización supone algo rayano en lo criminal.