Tonterías selectas

30/09/2017

El flujo de conocimiento de lo público a lo privado: ¿No hay canon?, de Jordi Moya, Silvia Pérez-Espona, Joaquín Hortal, Fernando Valladares, Miguel Angel Rodriguez-Gironés, Luis Santamaría y Marta Montserrat

Gran parte del conocimiento y formación de personal cualificado se genera en nuestras universidades y centros de investigación públicos

Una forma de paliar el deterioro patente de la universidad pública sería implementar un “impuesto a la educación”, pagado por las empresas que usen personal o conocimiento en el que ha habido inversión pública previa

Dicha estrategia redundaría en una mejora del sistema educativo y científico, haciendo que ganemos todos, incluida la empresa privada, ya que una mejora de la educación pública se traduciría en un mejor acceso a personal cualificado y conocimiento puntero

… ¿Qué empresa invertiría 2,535 M€ anuales con la esperanza de que uno de esos 500 alumnos de la promoción le fuese a ser provechoso? ¿Cuántas estarían dispuestas a incrementar ese monto para además apoyar los másteres y doctorados de una porción de esos alumnos? Obviamente, ninguna. Entonces, es obvio que las empresas necesitan de esa inversión pública que forme trabajadores cualificados y con talento. Pero, ¿qué retorno recibe el Estado, y por ende la sociedad en su conjunto, desde las empresas? ¿Simplemente unas estadísticas de empleo?

Estamos muy acostumbrados a ver fichajes escandalosamente millonarios en el deporte, cuyo bien social puede ser discutible. Nadie pensaría que cuando salió Leo Messi de La Masía, la escuela de fútbol del F.C. Barcelona, lo podría contratar otro equipo sin pagar ninguna cláusula. ¿Por qué entonces ocurre eso con la educación pagada con dinero público? ¿No se tendría que establecer un canon de retorno y que las empresas que contratasen a personal formado con dinero público tuviesen que pagar un monto a modo de cláusula para contrarrestar esa inversión pública? Todos pagamos impuestos, incluidas las empresas, pero aquí estamos hablando de un impuesto a la educación que debería ser explícito, adicional y con el que se debería generar una caja exclusiva para la Universidad pública.

Algunos países optan por conceder créditos blandos a los estudiantes que no pueden costearse los estudios superiores, y luego estos estudiantes devuelven ese crédito mediante parte de su salario durante sus primeros años de vida laboral. Es el caso del sistema BAfÖG de Alemania, en el que la mayor parte de las veces los estudiantes ni siquiera tienen que devolver la totalidad del préstamo. A pesar de estas ventajas, este sistema no deja de exigir que parte del salario de los empleados se destine a pagar su formación, cuando los primeros beneficiados de tener un profesional bien formado o un investigador son la sociedad (que ya lo subvenciona a partir de los impuestos, la universidad pública y las quitas de la deuda) y las empresas que los emplean.

Parece mucho más justo entonces que obtener este canon no fuera, bajo ningún concepto, en contra del salario del empleado. Pero sin duda dicho canon al permitir recuperar parte de esa inversión podría contribuir a mejorar la calidad de la Universidad, incluyendo una reforma de los grados académicos y contratando más y mejores profesores, y la investigación a través de incentivos para mejorar la calidad y competitividad de los centros, la contratación de más investigadores a nivel internacional y presupuestos mayores para investigar tanto en la Universidad como en los OPIS (Organismos Públicos de Investigación). Estas medidas, entre otras, retroalimentarían positivamente a las empresas al poder optar a un personal más cualificado y poder disfrutar de un incremento en la cantidad y calidad del conocimiento generado. Estamos pues hablando de una situación win-win, en la que todos ganan.

El canon debería aplicarse no sólo a la formación de personas, sino a cualquier tipo de conocimiento generado con dinero público, dado que se ha demostrado que existe percolación público-privada a varios niveles, no sólo el del personal cualificado, como es por ejemplo el engrose del almacén de conocimiento, del que se benefician directa o indirectamente las empresas.

Nos gustaría recalcar que nos referimos aquí a aquella parte del conocimiento que pueda tener una aplicación directa para beneficio de las empresas. En ningún momento estamos sugiriendo que apoyamos que la educación y la investigación estén dirigidas únicamente al conocimiento de aplicación directa y que resulte únicamente en beneficios económicos a corto término. Creemos firmemente que todas las facetas del conocimiento deben mantenerse en las universidades, independientemente de su aplicabilidad directa a la empresa privada ya que el conocimiento tiene impacto en todas las facetas de nuestra sociedad. Y bajo ningún concepto entendemos que sean las empresas privadas las que dicten los grados, másteres y programas de doctorado, así como las asignaturas impartidas, tal y como se sugirió en un borrador del Plan Estatal de investigación 2013-2016.

Es obvio que invertir en conocimiento y educación beneficia a todos, y existen datos que así lo corroboran a nivel económico. Un canon a las empresas haría que el coste no recaiga sólo en los impuestos (la mayoría de los cuales los pagan los ciudadanos) y además incrementaría la inversión en educación e I+D, mejorando así el sistema en su conjunto.

El falso debate entre renta básica y pleno empleo, de Juan A. Gimeno Ullastres, patrono de Economistas Sin Fronteras, presidente del Foro de Economía Progresista y catedrático de la UNED

Gorka Castillo entrevista a Jorge Riechmann, filósofo y ecologista

P: ¿Tiene solución el planeta?

Pienso que sí. Lo que no tiene sentido es intentar salvarlo interviniendo sobre el consumo y dejando intacta la voraz cultura productiva. Ambas variables caminan de la mano aunque no valga sólo con esto. Por nuestro comportamiento depredador con los recursos naturales y la biosfera habría que hablar también del extractivismo y, a mi modo de ver, también del exterminismo, una noción acuñada por el historiador británico E. P. Thompson para explicar la estructura del mundo a finales del siglo pasado, cuando las dos superpotencias nucleares enfrentadas amenazaban con aniquilar cualquier rastro de vida en el planeta.

P: La medida referencial del éxito de un sistema es el PIB. Si crece significa que las cosas van bien y hay esperanza de una vida mejor.

Es la locura típica de una cultura denegadora como la nuestra. Digo denegar porque va más allá de ignorar lo que pasa y es no ver lo que tenemos delante de los ojos. Significa que no nos hacemos cargo de las consecuencias de seguir chocando contra los límites biofísicos de manera violenta. Nos hacen creer que vivimos en una especie de Tierra plana en la que podemos avanzar de manera infinita porque los recursos naturales son inagotables y la capacidad de absorción de la contaminación es ilimitada. Esto es una fantasía porque las leyes de la naturaleza, de la física, de la dinámica de los seres vivos nunca podremos cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones al respecto.

… El calentamiento global, siendo una realidad devastadora, es sólo la manifestación de otras dinámicas que deberíamos atajar si queremos evitar el apocalipsis climático hacia el que nos dirigimos. Nuestro principal problema ambiental es la extralimitación ecológica, el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra. Si utilizamos la herramienta de la huella ecológica como indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana podemos observar que, en la actualidad, consumimos los recursos inexistentes de 1,5 planetas Tierra. Y eso a pesar de las carencias y desigualdades que asolan a buena parte de la humanidad. Dicho de una forma más didáctica: si quisiéramos generalizar al resto del mundo el modo de vida de los españoles necesitaríamos tener 3 planetas como la Tierra a nuestra entera disposición. Y si quisiéramos generalizar el de EEUU, que muchas veces ponemos como ejemplo de éxito, necesitaríamos 6. Es una locura que emana de esa construcción económica de tierra plana de la que hablaba antes.

P: Entonces, ¿qué empuja al mundo a seguir enalteciendo el crecimiento económico pese a saber que conduce a la destrucción?

El capitalismo, cuya dinámica es autoexpansiva y deniega cualquier salida alternativa. Para hacer frente al cambio climático deberíamos cuestionarnos antes los resortes básicos del capitalismo, algo que parece prohibido.

… Aunque el síntoma sea el calentamiento climático, la enfermedad se llama capitalismo.

… Para hacer frente al calentamiento global necesitamos salir a toda prisa del capitalismo salvaje en el que hoy nos movemos.

… no nos creemos lo que sabemos. Si fuéramos capaces de hacerlo, tomaríamos decisiones racionales para cambiar un modelo que nos lleva a la destrucción. Para que esto se produzca nos haría falta un enorme ejercicio de reforma intelectual y moral. El problema es que nuestras sociedades están organizadas contra eso. Fatídicamente, el neoliberalismo se impuso con sus ideas aberrantes de que todo depende de los gustos y preferencias individuales, y que igualdad y libertad son dos principios contrapuestos, cuando una mínima reflexión indica que es una falacia. Necesitamos bienestar humano pero necesitamos que sea compatible con los límites biofísicos del planeta. Somos la primera generación de la historia que entiende perfectamente lo que está pasando y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos.

¡Viva Pozuelo Libre y Soberano!: sobre el ‘derecho a decidir’, de Luis Garicano

Los derechos a la autodeterminación no son compatibles con el estado del bienestar y los servicios públicos de calidad, especialmente en un mercado único e integrado. Los más ricos siempre tendrán un incentivo a disfrutar de lo bueno (el mercado único, la libertad de circulación) sin pagar por la redistribución a los más pobres.

Es por eso por lo que Europa nunca puede, ni debe, permitir que estas reivindicaciones insolidarias tengan éxito. Toscana o Baviera tendrían mucho que ganar si pudieran separarse, sin coste, del resto de sus estados, a costa de sus conciudadanos del sur de Italia o de Alemania del Este.

Cómo se fraguan los desastres, de Rosa María Artal


Recomendaciones

29/09/2017

Transcending Government — A Future of Competitive Governance Driven by “Governance Entrepreneurs”, by Lawrence J. McQuillan

What is reason for?, de Jesús Zamora Bonilla

Nuestros cerebros no crecerán en macetas, de Antonio Martínez Ron

Why Curiosity Can Be Both Painful and Pleasurable, by Mario Livio

Sapolsky (2): Is Inequality Making Us Sick?, by Larry Arnhart


Tonterías selectas

26/09/2017

La normalización de la extrema derecha, de Alberto Garzón

Alemania no es el modelo, de Miguel Urbán, Daniel Albarracín y Fernando Luengo, coordinador y miembros de la Secretaría de Europa de Podemos

Construyendo la ciudadanía alimentaria, de Estefanía Torres, eurodiputada de Podemos

Nos incumbe, nos inspira, de Alfonso “Alfon” Fernández Ortega

El mito de la regulación en la creación de empleo y la segmentación, de Alejandro Inurrieta

Uno de los mayores mitos que trasciende países, economistas y políticos de toda índole es el papel de la regulación (básicamente la protección) en la creación de empleo y el fomento de la segmentación.

… es imprescindible bucear en la monografía que sobre este tema ha publicado ETUI (Instituto Europeo de Sindicatos en sus siglas en inglés)…

… lo único que se ha conseguido es inclinar la balanza de forma descarada hacia el empleador, dejando al empleado sin ningún poder de negociación, salvo honrosas excepciones.

Yendo al caso particular español, podemos encontrar todas las contradicciones apuntadas que deberán hacer pensar a los que siguen apostando por mayores dosis de desregulación y pérdida de derechos laborales. No hay que olvidar que la Reforma Laboral en España es como la novela de Michael Ende: una historia interminable. Nunca es suficientemente radical para calmar la sed de los que pretenden desmontar el frágil equilibrio entre capital y trabajo. Pero también coincide con Ende en el símil fantasioso que generan los efectos de la misma.

… La demanda efectiva y las expectativas es lo que lidera las preferencias de los empresarios para la contratación temporal y no la excesiva protección de trabajadores.

… En conclusión, no cabe seguir ahondando en el desmantelamiento del marco de relaciones laborales en cierto equilibrio para dejar un solar detrás de la negociación colectiva. Si queremos construir un país mejor, solo cabe reforzar las instituciones que siempre han generado mejoras en las condiciones de trabajo y con ello la productividad. No hay que olvidar que la causalidad no va de la productividad hacia el salario, sino al revés. Son los incrementos salariales, y sus mejoras sociales, las que generarán las ganancias de productividad. Y de esto también hay evidencia empírica.


Recomendaciones

24/09/2017

Truth? It’s not just about the facts, by Julian Baggini

The Perils of Letting Machines into the Hive Mind, by Steven Sloman & Philip Fernbach

Por un nuevo modelo de financiación para Cataluña y para España, de Juan Ramón Rallo

Our illusory sense of agency has a deeply important social purpose, by Chris Frith

Philosophy as the Las Vegas of Rational Inquiry, by Daniel Dennett


Tonterías selectas

24/09/2017

Catalanes: ¡no es España, es el Euro!, de Esteban Cruz Hidalgo, doctorando en Economía en la UEX, y Andrés Villena Oliver, doctor en sociología y periodista, miembros de Red MMT

No temas al robot robatrabajos: 3 síntomas de que ya está pasando algo mucho peor, de Héctor G. Barnés

Yo no soy un putero: contra la trata y la explotación sexual de las mujeres, de Octavio Salazar

La sombra de la prostitución, de Amparo Díaz Ramos, abogada especialista en violencia de género coordinadora del Turno contra la Trata del Colegio de abogados de Sevilla

… el derecho a la igualdad no casa bien con el hecho de que la mayoría de los altos puestos de poder (políticos, económicos, religiosos, sociales) sean ocupados por hombres, mientras que la mayoría de las personas en situación de prostitución son mujeres al servicio del ocio sexual de hombres.

La prostitución es el paraíso del machismo y del capitalismo más feroz, un espacio en el que los derechos de las mujeres, y no solo el de la igualdad, quedan en suspenso, y lo que se aplica es la ley del hombre consumidor. El hombre que consume el cuerpo y la energía de la mujer, sin restricciones, porque para eso paga, para sentir privilegios sin límites, para ser impune, pudiendo humillar y violentar si lo desea. Eso es lo que se compra, el machismo en estado puro, sin limitaciones: un espacio en el que el hombre puede hablar y actuar sin límites, y la mujer solo puede hablar y actuar en la medida y forma en la que eso complace al hombre.

… el efecto de la prostitución no termina ahí, se extiende sobre toda la sociedad y especialmente sobre todas las mujeres. Sobre nosotras planea su sombra alargada, al igual que la sombra de la violación, recordándonos que podríamos ser reducidas a objetos de consumo masculino, que podríamos sufrir violencia por parte de un hombre, si nuestras circunstancias fueran adversas o si un hombre lo quisiera, y que el único deseo necesario a la hora de tener relaciones sexuales es el del hombre. Las niñas aprenden pronto de los panfletos sobre el parabrisas de los coches, que hay hombres que pueden usar sexualmente a mujeres por 20 euros, y de los anuncios de carretera que el cuerpo de las mujeres es, en mayor o menor medida, público para los hombres. Aprenden que el deseo sexual de los hombres importa más que el de las mujeres, y que no pocas veces va unido a la agresividad. Que pueden ser dominadas por los hombres, y que hay muchas mujeres que tienen que conformarse con sobrevivir aguantando la agresividad masculina. Lo aprenden y, lo que es peor, lo interiorizan poco a poco como algo normal que les acompaña durante toda su vida, y que las limita.

Frente a esto nuestros políticos y políticas prefieren en la mayoría de las ocasiones mirar hacia otro lado porque la prostitución genera mucho dinero pero sobre todo porque la prostitución es un privilegio masculino al que muchos hombres -votantes- no quieren renunciar, incluso una forma de ser hombre extendida y consolidada. Por eso hay reuniones comerciales y políticas que terminan con servicios de prostitución, igual que competiciones deportivas.

La prostitución no es fruto de la libertad sexual de la mujer sino de la violencia sexual de muchos hombres. No sirve para igualar los derechos entre hombres y mujeres sino para situarnos a las mujeres como ciudadanas de segunda categoría. No es una salida profesional. No es justo que haya mujeres que se tengan que conformar con sobrevivir adaptándose a la prostitución, el Estado debe trabajar para garantizar nuestro derecho a tener una vida digna, libre, segura e igualitaria. Ya es hora de actuar para acabar con la prostitución y su sombra.

Cataluña y el dilema del prisionero, de José Carlos Díez


Tonterías selectas

22/09/2017

Los derechos de la derecha. El PP y la ley LGTBI, de Beatriz Gimeno

Cura Cáncer Natural (Susana Rodríguez)

Is taxation theft?, by Philip Goff

Outside of academia, almost everyone assumes that the money I get in my pay-packet before the deduction of taxes is, in some morally significant sense, ‘mine’.

This assumption, although almost universal, is demonstrably confused. There is no serious political theory according to which my pre-tax income is ‘mine’ in any morally significant sense. Moreover, this matters: this confused assumption is a major stumbling block to economic reform, causes low and middle earners to vote against their economic interests, and renders it practically impossible to correct the economic injustices that pervade the modern world.

… Your gross, or pre-tax income, is the money the market delivers to you. In what sense might it be thought that you have a moral claim on this money? One answer might be that you deserve it: you have worked hard and have done a good job, and consequently you deserve all your gross income as recompense for your labour. According to this line of reasoning, when the government taxes, it takes the money that you deserve for the work you do.

This is not a plausible view. For it implies that the market distributes to people exactly what they deserve for the work that they do. But nobody thinks a hedge-fund manager deserves many times more wealth than a scientist working on a cure for cancer, and few would think that current pay ratios in companies reflect what philosophers call desert claims. Probably you work very hard in your job, and you make an important contribution. But then so do most people, and the market distribution of wealth patently does not reward in proportion to how hard-working people are, or how much of a contribution they make to society. If we were just focusing on desert, then there is a good case for taxation to correct the amoral distribution of the market.

… Left-libertarian theories leave considerable latitude for the state to alter the distribution of wealth, perhaps through taxation, if some take more than their fair share of natural resources. Crucially, the claims of future generations must also be taken into account, leading naturally to an inheritance tax (or at least restrictions on the right to bequeath) to ensure that each future individual has a fair share of natural resources.

The second requirement – the denial of equal rights over the natural world – is particularly implausible, and something I’ve never seen any justification of from Right-wing libertarians. On the Right-wing libertarian view, it is perfectly morally acceptable for one person to claim a vastly unequal proportion of land and resources for himself, resulting in his propertyless neighbours being forced to work for him to avoid starvation. By what right can the natural world be appropriated in this way? It is one thing to say that one has exclusive natural rights over oneself, but how can we justify exclusive natural rights over the natural world? And if it can’t justify this, Right-wing libertarianism falls at the first hurdle.

Moreover, as I will now try to show, even if Right-wing libertarianism is true, even if there are natural property rights, even if such rights allow private individuals to carve off for themselves a vastly unequal share of natural resources, even then we cannot make sense of the idea that actual people living today have a moral claim on their pre-tax income.

The reason is that the world that Right-wing libertarianism theorises about is a very different one to the world we live in today. (It is no accident that Nozick’s 1974 book is called Anarchy, State and Utopia.) According to Right-wing libertarianism, the market distribution of wealth is morally significant because it is the distribution that respects the voluntary choices people have made with the property to which they have a natural right. But this is the case only if the market is perfectly free, ie if the state has no influence on the distribution of wealth. Yet there are very few countries in the world in which this is the case. In almost every country, there is a certain amount of taxation, at least to pay for roads and infrastructure, if not for education and healthcare. But even the smallest such state intervention entails that the market distribution of wealth no longer reflects the free choices of citizens, and hence by the lights of Right-wing libertarianism the citizens of these countries have no moral claim on their pre-tax income.

The point can be made clearer with some examples. Consider a Professor Schmidt, a Right-wing libertarian academic working in a German university, who is very annoyed about the state taking 42 per cent of ‘her’ income. Where did her salary come from? Well, German universities are publicly funded, and so Schmidt’s salary comes from general taxation, from the money the German state forcibly extracted from its citizens. But according to Right-wing libertarianism, this is an immoral state action that infringes the natural rights of its citizens; in effect, it steals from people to pay Professor Schmidt. It follows that Professor Schmidt has no right to her salary, and hence no right to complain that the state lets her have only 58 per cent of this stolen money.

Perhaps some radical libertarians will gleefully agree with me that professors who leech off the state have no right to resent taxation. But the point applies quite generally, although in a more subtle way. Now consider a Ms Jones, a libertarian British businesswoman who resents paying tax on dividends from her lucrative company. Although she is not directly paid by the state, the profits generated by Jones’s business are dependent on many things that are funded by the state: perhaps she receives state subsidies, but even if not, certainly the success of her company will depend on infrastructure, roads, rule of law, and an educated and healthy workforce. It doesn’t matter whether in principle these things could have been provided privately; in reality, they are provided by the state and funded through taxation. According to Right-wing libertarianism, these things were paid for by theft, and hence Jones has no right to the profits thus generated.

In theory, Right-wing libertarianism does entail that people have a moral claim on their pre-tax income, and hence that taxation is theft, but only in hypothetical societies where there is zero or minimal state interference in the economy. In states in which the government intervenes in the economy through taxation – ie, in almost every developed state – market transactions are tainted and so are morally void. The Right-wing libertarian is perfectly entitled to campaign for the day when her minimal-government Utopia is brought about, but until that day she cannot consistently argue that she has a right to her pre-tax income, and hence cannot consistently complain that the government is taking what is hers by right.

It’s hard to shake the feeling that the gross income figure on your payslip represents your money, and that the difference from your take-home pay represents how much the state has taken from you. In fact, there is no coherent way of justifying this conviction. Even if the most radical forms of Right-wing libertarianism are true, it remains the case that you have no special moral claim on your gross income.

Still, the vast majority happily vote for low taxes, rejoicing that they get to keep their morsel while in reality all they’ve done is protect the spoils of a tiny minority at the top. The result is our failure to create what we really need: a tax system that – as part of the wider economy – creates a just society.

Entrevista a Belén Gopegui

Desde el punto de vista de lo deseable, habría que plantearse por qué necesitamos un mundo donde para que las personas vivan tienen que pedir que las contraten, sabiendo que muchas caerán, serán expulsadas del trabajo o no lo tendrán nunca.

Lo lógico sería crear una sociedad donde todo el mundo pudiese trabajar, donde el paro no fuese una amenaza. Donde no hubiera prácticamente diferencias salariales, excepto en los trabajos más duros. Si a nadie le apetece estar limpiando baños, ese trabajo deberá estar mejor pagado. A todo el mundo le puede apetecer dirigir Repsol una temporada, no entiendo por qué hay que valorar eso más. Quizá lo idóneo fuera que los peores trabajos rotasen de tal modo que nadie tuviera que estar haciendo algo que no quiere durante cuarenta años o más de su vida.

… Google está dirigido por un mecanismo muy poco inteligente: la máxima rentabilidad, la caída de la tasa de ganancia. Un mecanismo que está dispuesto a destruir el medio que le permite vivir.

Recuperando al Estado: soberanía monetaria para una agenda progresista, de Esteban Cruz Hidalgo y Stuart Medina Miltimore, economistas y miembros de Red MMT


Recomendaciones

21/09/2017

Sapolsky on the State of Nature: Hobbes or Rousseau? Why Not Locke?, by Larry Arnhart

The poor are carrying the cost of today’s climate policies, by Matt Ridley

Climate Change Will Reduce Incomes in 2100 from $97,000 to $95,000, by Ronald Bailey

Empoderar a las niñas, de Bjorn Lomborg

Book Review: Mastering The Core Teachings Of The Buddha, by Scott Alexander