Controlar a los controladores

06/12/2010

Artículo en Expansión.

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La nociva cohesión de los controladores

06/12/2010

* Artículo publicado en el diario El Mundo el domingo 5 de diciembre de 2010.

Los controladores, movilizados como militares en estado de alarma y frente a la posibilidad de sanciones muy graves, están volviendo a sus centros de trabajo: han entrado o les han hecho entrar en razón. Sin embargo, después del caos, las pérdidas económicas y los daños morales que han provocado, muchos siguen y probablemente seguirán presentándose como víctimas de una campaña organizada e inmerecida de acoso y desprestigio. Ellos aseguran vehementemente que son personas normales, gente con familia, como todo el mundo, y profesionales que cumplen escrupulosamente con su deber, que es preocuparse por la seguridad de los demás, y que no han hecho nada malo: desgraciadamente para sus intereses, afirmar algo no lo hace automáticamente verdadero.

Seguramente culpen de este serio problema a la ineptitud de los altos cargos del gobierno y a sus jefes de Aena, que los provocaron durante todo el año y remataron sus agresiones con el decreto ley donde se explica cómo interpretar y calcular la jornada laboral. Ellos aseguran que avisaron ya hace mucho tiempo a la empresa de esta situación de falta de horas para cubrir los servicios y que no les hicieron caso: pero Aena afirma que les había informado de que su contabilidad del tiempo de trabajo era incorrecta, de modo que una ley que aclare cómo debe hacerse no debería pillarles completamente por sorpresa.

Alegan que abandonaron sus puestos de trabajo por indisposición psicofísica, algo muy difícil de determinar con seguridad de forma objetiva. Es posible que algunos de ellos se sintieran simultáneamente angustiados e incapaces de garantizar la seguridad del tráfico, prefiriendo dejar cientos de miles de pasajeros y aviones en tierra antes que arriesgarse a un accidente. Quizás no vean que resulta muy anómala su sincronizada hipersensibilidad, con esa reacción desmesurada de abandonar sus posiciones de control ante la publicación de una ley, en lugar de limitarse a recurrirla en los tribunales y manifestar su desacuerdo en los medios de comunicación. El recurrir a factores externos puede servirles para intentar evadir su responsabilidad, pero tal vez les impida reflexionar acerca de cómo ellos mismos pueden haberse metido en un callejón sin salida provocándose mutuamente la ansiedad unos a otros.

Las condiciones de trabajo y salarios muy favorables que disfrutó el colectivo de controladores durante los últimos años se deben en gran medida a su unión sindical. El criterio monolítico y la posibilidad de negarse en bloque a hacer horas extras (algunas de ellas necesarias) eran armas formidables en la mesa de negociaciones. Esa cohesión interna requiere mecanismos que integren al colectivo y lo animen a luchar como una piña, sin fisuras, sin desacuerdos, sin disensiones. Hay que llevarse bien internamente, fomentar las relaciones personales dentro del colectivo y presentar a la empresa como el enemigo ineficiente o corrupto. Los más radicales intentan manipular a los indecisos, que seguramente se dejen llevar y cedan ante sus pretensiones. Se inventan pseudoargumentos y se repiten consignas hasta que todos se las creen. No se hace caso a los disidentes, a los que hay que aislar o presentar como vendidos, traidores, esquiroles, colaboracionistas. Los jefes operativos que no están de acuerdo con las medidas de presión son demonizados y presentados como malos compañeros. Si la opinión pública no está de acuerdo es que son envidiosos o están mal informados. Y todas las actuaciones sindicales se presentan camufladas de defensa de derechos legítimos y de preocupación por la seguridad y la calidad del servicio.

Es difícil que un colectivo que lleva años huyendo hacia adelante y autoengañándose vea de repente la luz y reconozca la verdadera realidad. Necesitan grandes dosis de dolorosa reflexión y humildad para asumir sus excesos y ver que lo que conseguían era a costa de otros (las cuentas de Aena y las compañías aéreas, y los bolsillos o el tiempo de los pasajeros). Ya basta de servirse de los demás y de llegar a provocar perjuicios tan graves como los actuales: es hora de servir de forma competente y eficiente a los demás. Es hora de transparencia, de dejarse de tópicos y mitos y mostrar abiertamente cómo es el trabajo, a veces estresante pero muy a menudo rutinario, automatizado y aburrido. Es hora de auditar y cuantificar no sólo la seguridad sino también la eficiencia y la calidad del servicio. Es hora de ajustar los salarios a los resultados. Es hora de abrirse a la libre competencia sin trampa ni cartón.


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