Tonterías selectas

22/10/2017

Liberalismo de estrambote, de El Club de los Viernes

El rebelde siglo XXI, de César Antonio Molina, escritor y ex ministro de Cultura

Quienes hemos vivido más años en el siglo XX que los que viviremos en este presente, pensamos a la caída del Muro de Berlín que el sistema democrático no solo se extendería por el resto de la Europa dividida tras la Segunda Guerra Mundial, sino también por Rusia y otros muchos países del mundo…

… la globalización inquietó a los ciudadanos, la crisis económica desestabilizó la sociedad del bienestar, y la incapacidad de los gobiernos para proteger los intereses de sus representados dio pábulo a la aparición de los populismos de ambos extremos.

… La democracia, para esas masas que votaron a los populistas, abandonó a sus ciudadanos, los arrojó a manos de grupos de empresas extranjeras, los dejó sin protección frente a los flujos de nuevas poblaciones incontrolables sean refugiados o inmigrantes. Los ciudadanos también tuvieron que pagar con la austeridad la crisis de los bancos y del sistema neoliberal extremo. Y por si todo esto no fuera poco, el desfase entre el desarrollo tecnológico y el ser humano creó y crea miedos, ansiedades, aprensiones, un sentimiento de pérdida de control sobre nuestras vidas, unos sentimientos de ineptitud e inservibilidad. ¿Qué haremos con nosotros mismos cuando los robots controlen nuestras vidas? ¿Viviremos dedicados al mundo virtual?El ser humano siente negado su valor y dignidad y se considera marginado, excluido, un nuevo paria moderno al filo de los límites de su dignidad. La globalización económica y la información superabundante han creado también la sensación, en muchos casos verdadera, de la desaparición de la autoridad territorial.

… La democracia y, sobre todo, los partidos de la izquierda parlamentaria, deberían haberse preocupado por las vidas destrozadas por el capitalismo desbordado desde la desaparición de los estados comunistas que marcaban los límites.

… A la socialdemocracia, que tendría que erigirse como muro de contención de los populismos de izquierdas, le queda por defender los derechos humanos, la igualdad de género, la libertad individual, los servicios públicos, el trabajo digno, el futuro de los jóvenes. Es decir: proteger al individuo frente a cualquier tipo de agresión política o económica y también tecnológica. Evitar la muerte civil a tantos de sus ciudadanos. El paro, las prejubilaciones, el trato de la persona como una mera mercancía, adelanta la muerte física e inevitable con otra anterior, terrible e injusta: la muerte social o civil.

… Al individuo no se le puede dejar solo, indefenso, abatido frente a las coacciones sociales y los procesos de cambio que trastocan todo el ecosistema familiar y social. Al individuo no se le puede abandonar frente a los mercados y a la “violencia simbólica” a la que se refería el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Al individuo no se le puede dejar sin la solidaridad de su Estado, su Gobierno, en definitiva, sin la democracia protectora.

… Los ideales igualitarios de la democracia han chocado con los neoliberales absolutistas de creación privada de la riqueza y con la cruel indiferencia de las corporaciones transnacionales.

… No confiemos tampoco en que internet es el nuevo parlamento. Internet es menos igualitario, abierto y democrático de lo que parece. Internet controla nuestras vidas. La privacidad será uno de nuestros bienes más escasos, y junto a ello, la libertad. Noticias falsas, insultos, engaños, un mundo alegal e incontrolado donde el usuario es él mismo un producto. Todo tiene que cambiar. Todo tiene que modificarse y el ser humano volver a estar en el centro. El mundo sin él carece de sentido. La política debe seguir siendo el cuidado y mejora de la vida de sus ciudadanos.

Antón Costas: “Hay márgenes empresariales elevados para subir salarios e invertir en tecnología”

Entrevista a Alberto Garzón

Cuando afrontamos preguntas fundamentales como por qué crece la extrema derecha, por qué la izquierda no es capaz de llegar a las clases populares con la fuerza con la que debería, por qué asistimos a una crisis política derivada de una crisis económica, cómo ha cambiado la estructura de clase de nuestras sociedades y cómo está en la base de todos estos fenómenos. La mejor herramienta para responder a estas preguntas es la perspectiva marxista.

Lo primero es tener una perspectiva rigurosa de lo que ha sido el comunismo como ideal movilizador de las masas. La idea comunista ha sido por la que la gente se ha movido en favor de los derechos sociales en todas las partes del mundo. Las naciones emancipadas en los procesos descolonizadores, la lucha por el sufragio universal y de los derechos civiles como el derecho al trabajo o a la huelga. Es más, de una forma bastante evidente la democracia tal y como la conocemos es el producto del empuje de la clase obrera bajo el ideal del comunismo y del socialismo.

… Tenemos que ser conscientes de que es una idea que ha sido criminalizada especialmente desde la caída del Muro de Berlín cuando el combate cultural se hizo muy desigual. La misión que tenemos es resignificar el comunismo como hemos resignificado otras cosas. Para eso hay que ser valientes y decir con tranquilidad “yo soy comunista”.

… Autores como Adam Smith o David Ricardo decían que el proceso económico era lo que se ve en la superficie, pero Marx dice que detrás de eso está la explotación, que es el eje central por el que funciona el capitalismo. Así el capitalismo funciona por la lógica de la ganancia lo que tiene una serie de consecuencias estudiadas en ‘El Capital’, un libro denso y con complicaciones importantes.

150 años después, tenemos una crisis capitalista en la que podemos entender fenómenos como la deslocalización de empresas, las bajadas salariales o las reformas laborales. Procesos económicos que parecen ajenos a lo escrito por Marx pero que están perfectamente descritos en ‘El Capital’ porque aunque el capitalismo ha tenido modificaciones superficiales no ha cambiado tanto. Esa base de análisis es fundamental para entender fenómenos que vemos día a día.

… cuando el derecho de autodeterminación lo exigen las partes más ricas hay que tener un elemento de sospecha.

Entrevista con Alberto Garzón

El marxismo sigue siendo una herramienta que arroja luz. No es un sistema cerrado y, de un modo modesto, nos puede ayudar a entender la realidad mucho mejor que otros. A los comunistas lo que nos corresponde es resignificar todos estos elementos en una época, la nuestra, con características muy diferentes de las de otros tiempos pero también con muchos elementos de continuidad. El capitalismo no es azaroso, está sometido a reglas y lógicas que Marx descubrió con acierto, y es ese conocimiento el que nos permite acercarnos a fenómenos sociales como la globalización, la desestructuración social o el aumento de poder de las grandes empresas, asuntos que en ausencia de una teoría como la marxista parecerían desconectados.

… La globalización del capital ha producido que los trabajadores de todo el mundo compitan entre sí y los muchos millones de obreros de China e India lo trastocan todo. Por eso ocurre el regreso nacionalista. Si no logramos articular una defensa positiva de las clases trabajadoras del mundo, iremos a guerras tribales.

… Hay un diagnóstico esencial, el de Karl Polanyi, que señala cómo cuando avanza el libre mercado se produce un deterioro en las clases desfavorecidas. Si privatizas la sanidad y la educación hay mucha gente que al final no puede acceder en condiciones normales a esos servicios, lo que producen un contramovimiento de defensa. Es lo que está ocurriendo ahora y en la base de este movimiento está el deseo de protección frente a un mundo inseguro.

… el votante de la izquierda hoy no es de clase obrera, sino de clase media ilustrada…

Alemania es neomercantilista, se ha protegido en el sector de la alta competitividad y afronta los retos del futuro desde esa posición…

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21/10/2017

Tácticas golpistas en el ‘procés’, de Adrià Pérez Martí

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Why Are So Many Monsters Hybrids?, by Stephen T. Asma

El final del porro secesionista, de Joaquim Coll


Tonterías selectas

20/10/2017

¿Qué camino debe seguir la socialdemocracia española?, de Ann Pettifor

Balas de fogueo contra la desigualdad salarial, de María Pazos Morán

… los mozos cobran más que las limpiadoras. A nosotras nos parece que no debería ser así porque esos dos son trabajos de igual valor…

La principal causa, la que nos coloca a todas las mujeres la etiqueta de “menos disponible para el empleo” es que los hombres no asumen su parte del cuidado. Y no lo van a hacer si lo que se les ofrece es asumir el cuidado familiar en las condiciones de esclavitud en las que ahora lo asumen las mujeres. Sin embargo, sí existen medidas efectivas para que todos y todas lo hagamos en igualdad y con condiciones dignas. La primera, la más emblemática, efectiva, barata, popular y fácil de implementar, es la equiparación del permiso de paternidad al de maternidad (ambos intransferibles y pagados al 100%), tal como propone la PPIINA. ¿Por qué sigue paralizada en el Congreso la Proposición de Ley para esta reforma, si el Pleno ha votado a favor por unanimidad ya varias veces?

Además, es necesario proveer los servicios públicos cuyo escandaloso déficit están supliendo las mujeres con trabajo no pagado. Según el INE, solamente el 16,4% de los hogares españoles con alguna persona dependiente recibe cuidados a domicilio (el número de plazas de centros de día cubre menos del 3%, y el de plazas residenciales menos del 8%). Solamente el 43% de los menores de 3 años están escolarizados, y los horarios son más que insuficientes. ¿Para cuándo una Ley que establezca el derecho universal a la escolarización a partir de los cero años y un plan para un verdadero sistema de educación infantil de calidad? ¿Para cuándo una reforma de la Ley de Dependencia que establezca el derecho universal a la atención por parte de los servicios públicos, de calidad y suficiente para suplir la falta de autonomía funcional?

Finalmente, es necesario revocar las últimas reformas laborales y acabar con las interminables e inestables jornadas de trabajo (¡malditos cuadrantes semanales!), que hacen el empleo incompatible con la vida. Para ello es crucial la jornada máxima de 35 horas semanales a tiempo completo.

Kids? Just say no, by David Benatar

In 2006, I published a book called Better Never to Have Been. I argued that coming into existence is always a serious harm. People should never, under any circumstance, procreate – a position called ‘anti-natalism’.

… Anti-natalism will only ever be a minority view because it runs counter to a deep biological drive to have children. However, it is precisely because it is up against such odds that thoughtful people should pause and reflect rather than hastily dismiss it as mad or wicked. It is neither. Of course, distortions of anti-natalism, and especially attempts to impose it forcefully, might well be dangerous – but the same is true of many other views. Appropriately interpreted, it is not anti-natalism but its opposite that is the dangerous idea. Given how much misfortune there is – all of it attendant on being brought into existence – it would be better if there were not an unbearable lightness of bringing into being.

But even if life isn’t pure suffering, coming into existence can still be sufficiently harmful to render procreation wrong. Life is simply much worse than most people think, and there are powerful drives to affirm life even when life is terrible. People might be living lives that were actually not worth starting without recognising that this is the case.

… Both overestimation and underestimation of life’s quality are possible, but empirical evidence of various cognitive biases, most importantly an optimism bias, suggests that overestimation is the more common error.

… When lives go as well as they practically can go, they are much worse than they ideally would be. For example, knowledge and understanding are good things. But the most knowledgeable and insightful among us know and understand inordinately less than there is to know and understand. So, again, we fare badly. If longevity (in good health) is a good thing, then once more our condition is much worse than it ideally would be. A robust life of 90 years is much closer to 10 or 20 years than it is to a life of 10,000 or 20,000 years. The actual (almost) always falls short of the ideal.

… An analogy: given that a mouse’s lifespan in the wild is usually less than a year, a two- or three-year-old mouse might be doing really well – but just for a mouse. It does not follow that mice fare well on the longevity standard. Mice are, in this way, worse off than humans, who are worse off than bowhead whales.

… it is difficult to escape the conclusion that all lives contain more bad than good, and that they are deprived of more good than they contain. However, such is the affirmation of life that most people cannot recognise this.

… Having children is widely seen as one of the most profound and satisfying experiences one can have – though hard work, of course. Many people do it, for reasons of biology, culture and love. Given how rewarding and widespread procreation is, it is really difficult to see it as wrong.

The case against procreation need not rest on the view, for which I have been arguing, that coming into existence is always worse than never existing. It is enough to show that the risk of serious harm is sufficiently high.

If you think, as most people do, that death is a serious harm, then the risk of suffering such a calamity is 100 per cent. Death is the fate of everybody who comes into existence. When you conceive a child, it is just a matter of time until the ultimate injury befalls that child. Many people, at least in times and places where infant mortality is low, are spared witnessing this appalling consequence of their reproduction. That might insulate them against the horror, but they should nonetheless know that every birth is a death in waiting.

Some might wish to follow the Epicureans in denying that death itself is bad. However, even discounting death itself – no mean feat – there is a wide range of appalling fates that can befall any child that is brought into existence: starvation, rape, abuse, assault, serious mental illness, infectious disease, malignancy, paralysis. These cause vast amounts of suffering before the person dies. Prospective parents impose these risks on the children they create.

… The foregoing arguments all criticise procreation on the grounds of what procreation does to the person who is brought into existence. These I call philanthropic arguments for anti-natalism; there is also a misanthropic argument. What is distinctive about this argument is that it criticises procreation on the grounds of the harm that the created person will (likely) do. It is presumptively wrong to create new beings that are likely to cause significant harm to others.

… If any other species caused as much damage as humans do, we would think it wrong to breed new members of that species. The breeding of humans should be held to the same standard.

… The misanthropic argument does not deny that humans can do good in addition to causing harm. However, given the volume of harm, it seems unlikely that the good would generally outweigh it. There might be individual cases of people who do more good than harm, but given the incentives for self-deception in this regard, couples who are contemplating procreation should be extraordinarily skeptical that the children they create will be the rare exceptions.

Just as those wanting a companion animal should adopt an unwanted dog or cat rather than breed new animals, so those who want to rear a child should adopt rather than procreate. Of course, there are not enough unwanted children to satisfy all those who would like to parent, and there would be even fewer if more of those producing the unwanted children were to take anti-natalism to heart. However, so long as there are unwanted children, their existence is a further reason against others breeding.

Rearing children, whether one’s biological offspring or adopted, can bring satisfaction. If the number of unwanted children were to ever come to zero, anti-natalism would entail the deprivation of this benefit to those who accept the moral prohibition on creating children. That does not mean that we should reject anti-natalism. The reward of becoming a parent does not outweigh the serious harm procreation will cause to others.

The question is not whether humans will become extinct, but rather when they will. If the anti-natalist arguments are correct, it would be better, all things being equal, if this happened sooner rather than later for, the sooner it happens, the more suffering and misfortune will be avoided.

Presos políticos, claro, de Francesc-Marc Álvaro

Canibalismo, capitalismo y moral legal, de Jordi Moya, doctor en Ciencias Biológicas y Científico Titular en el CSIC; Joaquín Hortal, biogeógrafo e investigador contratado en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC); Luis Santamaría, doctor en Ciencias Ambientales, investigador del CSIC y presidente de la Asociación para el Avance de la Ciencia y la Tecnología en España (AACTE); y Fernando Valladares, doctor en Ciencias Biológicas, profesor de investigación en el CSIC y profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos

… a pesar de que el canibalismo nos pueda parecer una conducta aberrante, la realidad es que en el ultracapitalismo neoliberal que actualmente sufrimos un solo individuo puede causar un daño varios órdenes de magnitud superior a lo que supondría que este mismo individuo se alimentara exclusivamente de humanos que él mismo matase. Esta conducta caníbal no sólo no está penalizada, sino que es potenciada y venerada por nuestros gobiernos.

… En ecología distinguimos entre dos tipos de competencia, la competencia por interferencia y la competencia por explotación.

El primer caso se da cuando los organismos compiten directamente por la adquisición de un recurso, o bien usan unos patrones rituales (demostraciones, olores) para defender su territorio. En animales esto llega a su extremo en el canibalismo o depredación intragremial, en la que competidores potenciales se matan y comen uno al otro, obteniendo un doble beneficio, la eliminación de un competidor, y los nutrientes que aporta directamente el hecho de alimentarse de la víctima.

Parecen empresas luchando por el mercado, ¿no? Otra manera es el cleptoparasitismo, mediante el cual, un individuo le roba el alimento o recurso que ya ha ahorrado o almacenado, a otro. Un poco como el caso de las preferentes. En plantas, la competencia por interferencia puede ocurrir por el uso de sustancias alelopáticas, que inhiben el crecimiento de las plantas competidoras. De manera similar a la publicidad negativa sobre empresas competidoras.

El segundo tipo de competencia es la muy apropiadamente llamada competencia por explotación, en la cual cuando un recurso es escaso (o limitante), generalmente los individuos mejor capacitados para acceder a él y consumirlo monopolizan su uso, eliminando su disponibilidad para los individuos con menor capacidad competitiva, destinándolos a morir de hambre, emigrar o utilizar otro recurso menos adecuado. O también desarrollarse más despacio, tener menos descendientes y vivir de manera subóptima.

Como la monopolización del acceso a la vivienda por bancos y grandes propietarios o el acaparamiento de los recursos del estado por parte de bancos y grandes empresas en detrimento de los trabajadores más jóvenes, que se ven obligados a emigrar o abdicar de su desarrollo personal y familiar. Los ultracapitalistas neocon sonreirán al oír que precisamente lo que hacen es seguir las leyes de la naturaleza.

… en nuestro mundo globalizado con un acceso casi ilimitado a la información (al menos para algunos individuos privilegiados), en un solo día un sólo humano puede movilizar (y por tanto acaparar) una cantidad de recursos varios órdenes de magnitud superior a la que le correspondería según su tamaño corporal; es decir, sin límites ni constricciones de tipo ecológico o evolutivo, más allá de las dictadas por la escasez del recurso.

En un mercado neoliberal sin límites esto está ocurriendo y es perfectamente legal. Dado que los recursos del planeta son claramente limitados y nos estamos acercando vertiginosamente a la capacidad de carga del Planeta, deberíamos preguntarnos por qué está penalizado el asesinato y el canibalismo pero no una adquisición de recursos tan extravagante.

Matarnos y comernos unos a los otros supone una fuente de estrés social que no podemos permitirnos, sin embargo, el daño a otros individuos y al medio ambiente que supone la ultra-explotación de recursos por unos pocos miembros de la sociedad es mucho más grave, sobre todo si nos centramos en el daño que puede infligir un solo individuo.

Aunque es cierto que muchos de nosotros ya estamos indignados, como sociedad deberíamos aprender a estresarnos de la misma manera, o incluso más, cuando vemos que se cometen abusos financieros que cuando viésemos que un vecino se está comiendo a otro, ya que el daño producido por lo primero es muy superior.

Todavía no se ha inventado la hormona que estrese a los individuos ultra-acaparadores de la misma manera que si estuviesen viendo el baño de sangre que supondría el daño físico a todos los individuos que sufren y mueren debido a sus acciones.

Por eso, las leyes del futuro (¡que es ya!) deberían obviar la moral de lo directamente sangriento y penalizar de la misma manera (o incluso más severamente por la diferencia en la magnitud del efecto) a un individuo ultra-explotador que a un caníbal. Si esto parece demasiado radical, lo mínimo que deberían hacer las leyes de todos los países es poner un límite máximo a la riqueza que puede acumular no sólo un individuo, sino toda una familia. Y este límite no debería ser muy alto. O, al menos, debería ser proporcional al mínimo que recibe el individuo más pobre.

Lamentablemente, lo que ocurre actualmente es al revés, cuando unos pocos individuos ultra-explotados se rebelan contra los defensores de estos individuos ultra-explotadores (los guardianes de la ley), que por otra parte son pagados con los impuestos de los mismos individuos ultra-explotados, se habla en todos los medios como de una actitud intolerable y se obvia la razón primera que llevó a esa situación.

Se elimina del debate quién está ejerciendo violencia social de manera masiva. Si queremos seguir habitando este Planeta de recursos limitados, es de suma importancia que asumamos que el ultracapitalismo es una forma de violencia sin precedentes, tanto con otros individuos como con el Planeta en su conjunto.

Economía feminista y fronteras de justicia de Agustín Franco Martínez, profesor universitario, Cáceres


Tonterías selectas

19/10/2017

Régimen de excepción y superexplotación del trabajo, de Emir Sader

Ruthless Guardia Civil target small villages, by Jordi Badia i Pujol

El empresario que llama a los catalanes a tomar las calles y plantar cara al Ejército

Politizar la alimentación para acabar con el hambre, de Jose Luis Vivero, investigador del Centro de Filosofía del Derecho y del Earth and Life Institute de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, y Tomaso Ferrando, docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Bristol

… las políticas de austeridad del Gobierno y la UE prefieren recortar en almuerzos escolares de comida sana, fresca y local para poder salvar bancos en quiebra, autopistas privadas y empresas de fracking que no funcionan.

En el mundo también hay hambre, un aumento brutal de enfermedades no transmisibles (relacionadas con la dieta), un notable incremento en la ingesta de comida basura, un aberrante desperdicio alimentario y desiertos alimentarios donde solo se puede comprar comida basura e industrial.

Estos son algunos de los efectos más visibles del sistema alimentario convencional. Lo que es menos visible son el desempleo y el abandono de las zonas rurales, la urbanización descontrolada, la producción intensiva de carne y su efecto invernadero, la destrucción de bosques con alta biodiversidad para la producción de soja o aceite de palma, la privatización de las semillas y la transformación del acto de comer en un ritual solitario y aburrido que nos roba tiempo para otras cosas más importantes.

En la vida frenética del capitalismo contemporáneo, son los aclamados emprendedores 4.0 los que nos llevan la comida preparada a casa, pedida a través del Smartphone, sin necesidad de hacer la compra, inventar un plato o simplemente cocinar. Una serie de TV, una pizza o un libro. Todo se trata como pura mercancía, distribuida por una logística perfeccionada para la venta por internet y, cada vez más, controlada por las mismas compañías.

Por lo tanto, sería un error hablar solamente de hambre, malnutrición y de los problemas de los consumidores sin vincularlo con el discurso de justicia, derechos y dignidad. Por cierto, en España, y en los otros estados de la UE, comer no es todavía un derecho, tal y como defiende la FAO y ha vuelto a pedir de manera explícita el Papa Francisco. La inclusión de este derecho en la reforma constitucional y la institución de un observatorio sobre su defensa, protección y promoción representarían pasos en la dirección correcta hacia un sistema de cobertura alimentaria universal.

No obstante, lo que producimos y consumimos no tiene que ver solamente con comer o no comer, con la obesidad y el hambre ¿Podemos considerar justo y digno que los pobres que no pueden acceder a suficiente comida en el mercado sean alimentados con el desperdicio que genera nuestro sistema alimentario industrial?

¿Debemos conformarnos con un sistema donde la producción industrializada y las largas cadenas globales llevan comida estandarizada alrededor del mundo, sin considerar los impactos en términos de biodiversidad, impacto climático, condiciones de trabajo o bajos precios a los productores?

Necesitamos repensar el paradigma que sostiene las políticas y las leyes del sistema alimentario y qué utilidades y bienes colectivos debería generar el sistema alimentario que queremos. Las políticas públicas, a nivel micro, meso y macro, se podrían repensar con otros objetivos e incentivos, partiendo de la idea que el sistema alimentario no debe solamente producir comida al precio más barato, para vender la mayor cantidad y desperdiciar cualquier cantidad en aras de la maximización del beneficio.

Los sistemas alimentarios desarrollan múltiples funciones económicas, sociales, medioambientales y culturales, tanto a nivel personal como colectivo, y generan diversidad, trabajo, comunidad, cultura, identidad y, en muchos casos, pasión. Todo eso no tiene precio, y no puede comercializarse, por mucho que pongan valores ficticios a los denominados servicios ambientales o ecosistémicos.

De entrada, podríamos pensar en un sistema que garantice a través de diversas políticas nacionales, leyes autonómicas y disposiciones municipales que todo el mundo tenga acceso a suficiente comida cada día. Un sistema de Cobertura Alimentaria Universal que esté articulado en torno al territorio, el desarrollo local y los limites ecológicos.

Este sistema puede implementarse a través de diversos marcos institucionales, con un abanico de acciones que irían desde programas de almuerzos escolares garantizados en todas las escuelas, hasta el empleo directo de agricultores por parte de hospitales, cuarteles o ayuntamientos. Igual que hay jueces, celadores, conductores y arquitectos que trabajan para el Estado, también puede haber granjeros y pastores que produzcan comida para determinadas instituciones.

La formación de partenariados público-comunitarios (con los comunes y autoridades locales) sería otra forma de colaborar en la gobernanza policéntrica del nuevo sistema alimentario, oportunidades para canalizar más fondos públicos para las iniciativas ciudadanas que promueven e innovan formas diferentes de producir, consumir y reciclar la comida.

Ejemplos de una gestión común abundan en España con las Cofradías de Pescadores y Mariscadoras, el Tribunal de las Aguas de Valencia, los Montes Vecinales en Mano Común de Galicia (que ocupan el 20% de esa comunidad autónoma), la gestión de los pastos marismeños en el Rocío o el marco legal que ampara la propiedad y uso de la red de cañadas y caminos rurales que atraviesan España desde la Edad Media.

Considerar los alimentos como un bien común exige crear nuevos espacios para generar decisiones democráticas sobre dónde, cómo y qué producir, basándose no solo en leyes de mercado para maximizar el beneficio a toda costa sino en garantizar el bien común y el acceso a la comida para todos.

Esta propuesta de cambio es innovadora con respecto a la idea dominante en el sistema alimentario industrial, pero emana de la tradición que ha pervivido en muchos lugares del mundo, incluyendo nuestra geografía. Este sistema de gobierno de los comunes se está revitalizando en algunas “ciudades del cambio”, como Barcelona, Madrid, Zaragoza o Ferrol.

También en la UE, donde la propuesta de una nueva Política Alimentaria Común, avanzada por IPES-food y Slow Food (en oposición a la Política Agrícola Común de subsidios y productivismo), podría abrir las puertas a una nueva consideración de la comida no solamente como acto de consumo individual o bien de mercado, sino como elemento central en la construcción de un futuro democrático, ecológico y colectivo. Un futuro convivial y solidario, como corresponde al acto de almorzar en compañía (que viene del latín cum-panis, compartir el pan).

Si los alimentos son solo una mercancía de consumo, entonces dejemos al mercado y a las finanzas actuar para equilibrar oferta y demanda. Pero si consideramos que son mucho más y comer no es solo el acto de nutrirse individualmente, los que comemos y los que producen lo que comemos (el 70% viene de los pequeños productores) debemos retomar el control del sistema alimentario en todas sus fases, y entender el valor político de comer.

La democracia alimentaria que defiende el antiguo relator del Derecho a la Alimentación, Olivier de Schutter, la soberanía alimentaria que promulga el movimiento rural de la Vía Campesina o la agroecología que defienden los movimientos de transición urbanos y rurales ofrecen alternativas para producir y comer de manera justa y sostenible. Todos estos movimientos defienden que la alimentación no puede ser solo una mercancía (un commodity, dicen). Nosotros proponemos que deben ser valorados y gobernados como bienes comunes.

En la semana del Día Mundial de la Alimentación debemos levantar nuestras voces para hacer de la alimentación un derecho constitucional en España, así como hizo hace poco Eslovenia con el agua. Con ese objetivo, la creación de un Observatorio sobre el derecho a la alimentación en España se antoja un primer paso relevante.

Sin embargo, reconocemos que la alimentación es mucho más que un derecho humano o una necesidad. La alimentación es política. Comer es un acto político por las implicaciones que tiene. Las fallas del sistema alimentario global (hambre, calentamiento global, pérdida de biodiversidad, desempleo rural, obesidad) no son inevitables o naturales, sino la consecuencia de decisiones políticas tomadas en Davos, Madrid, Washington o los despachos de un fondo privado de inversión en Suiza. En todo caso, decisiones tomadas fuera de cualquier control democrático, participativo y colectivo.

Reconsideremos la narrativa del sistema alimentario y cambiemos el paradigma. Solo cambiando nuestra concepción de los alimentos de mercancía a bien común podremos conseguir una verdadera transformación y no pequeñas victorias. Comer es vida. No la rindamos a la mano invisible del mercado capitalista.

¿Es posible la libertad económica sin igualdad?, de Agustín Franco Martínez, profesor universitario en Cáceres

Todas conocemos el triste destino que ha corrido el mantra revolucionario de ‘libertad, igualdad y solidaridad’… la única libertad que ha quedado es la ‘libertad para explotar’, esto es, la libertad de los empresarios.

… se ha hecho posible la libertad económica sin necesidad de ninguna igualdad (léase patriarcado) y, mucho menos, de solidaridad (léase aquí, por ejemplo, personas refugiadas).

… no hay nada más irresponsable, por definición, que una empresa capitalista, cuya fuente de enriquecimiento es la explotación del trabajo ajeno, por narices y porque no queda otra.

… el principio de libertalidad asegura los límites en los que tiene sentido hablar de libertad y más allá de los cuales ya se pierde. Esto es, la libertad del zorro en el gallinero no es libertad, es una masacre y una irresponsabilidad. La libertad de evadir impuestos legalmente a paraísos fiscales no es libertad, sería otro ejemplo.

Y cuando esto está garantizado o incluso cuando esto no es posible, entonces llega el segundo paso, la libertaridad, entendida como libertad en el marco de la solidaridad, donde las relaciones son desiguales de partida, por lo que ningún acto de libertad puede dejar igual o empeorar la posición más débil. Se eliminan de aquí todos esos criterios pareto-eficientes y rawlsianos que admiten ganancias sociales siempre que no empeore la situación del más débil y cosas por el estilo (como el efecto trickle-down o efecto goteo).

En consecuencia, el principio de libertaridad asegura la legitimidad y viabilidad de propuestas como la limitación de salarios máximos, los impuestos a las transacciones financieras internacionales, la lucha contra la pobreza a través de mecanismos como la renta básica universal o las reivindicaciones de igualdad de género mediante la concesión de permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles a hombres y mujeres.

Y el último paso, una vez dados los dos anteriores, es la dignidad. Una palabra que, pese a su longevidad, curiosamente no está muy gastada, de hecho es quizá la palabra menos usada durante el periodo capitalista. Si se me permite la analogía, es hora de sacarla del armario. Porque sin dignidad no es posible la democracia ni a nivel político ni económico.


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