Tonterías selectas

26/09/2017

La normalización de la extrema derecha, de Alberto Garzón

Alemania no es el modelo, de Miguel Urbán, Daniel Albarracín y Fernando Luengo, coordinador y miembros de la Secretaría de Europa de Podemos

Construyendo la ciudadanía alimentaria, de Estefanía Torres, eurodiputada de Podemos

Nos incumbe, nos inspira, de Alfonso “Alfon” Fernández Ortega

El mito de la regulación en la creación de empleo y la segmentación, de Alejandro Inurrieta

Uno de los mayores mitos que trasciende países, economistas y políticos de toda índole es el papel de la regulación (básicamente la protección) en la creación de empleo y el fomento de la segmentación.

… es imprescindible bucear en la monografía que sobre este tema ha publicado ETUI (Instituto Europeo de Sindicatos en sus siglas en inglés)…

… lo único que se ha conseguido es inclinar la balanza de forma descarada hacia el empleador, dejando al empleado sin ningún poder de negociación, salvo honrosas excepciones.

Yendo al caso particular español, podemos encontrar todas las contradicciones apuntadas que deberán hacer pensar a los que siguen apostando por mayores dosis de desregulación y pérdida de derechos laborales. No hay que olvidar que la Reforma Laboral en España es como la novela de Michael Ende: una historia interminable. Nunca es suficientemente radical para calmar la sed de los que pretenden desmontar el frágil equilibrio entre capital y trabajo. Pero también coincide con Ende en el símil fantasioso que generan los efectos de la misma.

… La demanda efectiva y las expectativas es lo que lidera las preferencias de los empresarios para la contratación temporal y no la excesiva protección de trabajadores.

… En conclusión, no cabe seguir ahondando en el desmantelamiento del marco de relaciones laborales en cierto equilibrio para dejar un solar detrás de la negociación colectiva. Si queremos construir un país mejor, solo cabe reforzar las instituciones que siempre han generado mejoras en las condiciones de trabajo y con ello la productividad. No hay que olvidar que la causalidad no va de la productividad hacia el salario, sino al revés. Son los incrementos salariales, y sus mejoras sociales, las que generarán las ganancias de productividad. Y de esto también hay evidencia empírica.

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Recomendaciones

24/09/2017

Truth? It’s not just about the facts, by Julian Baggini

The Perils of Letting Machines into the Hive Mind, by Steven Sloman & Philip Fernbach

Por un nuevo modelo de financiación para Cataluña y para España, de Juan Ramón Rallo

Our illusory sense of agency has a deeply important social purpose, by Chris Frith

Philosophy as the Las Vegas of Rational Inquiry, by Daniel Dennett


Tonterías selectas

24/09/2017

Catalanes: ¡no es España, es el Euro!, de Esteban Cruz Hidalgo, doctorando en Economía en la UEX, y Andrés Villena Oliver, doctor en sociología y periodista, miembros de Red MMT

No temas al robot robatrabajos: 3 síntomas de que ya está pasando algo mucho peor, de Héctor G. Barnés

Yo no soy un putero: contra la trata y la explotación sexual de las mujeres, de Octavio Salazar

La sombra de la prostitución, de Amparo Díaz Ramos, abogada especialista en violencia de género coordinadora del Turno contra la Trata del Colegio de abogados de Sevilla

… el derecho a la igualdad no casa bien con el hecho de que la mayoría de los altos puestos de poder (políticos, económicos, religiosos, sociales) sean ocupados por hombres, mientras que la mayoría de las personas en situación de prostitución son mujeres al servicio del ocio sexual de hombres.

La prostitución es el paraíso del machismo y del capitalismo más feroz, un espacio en el que los derechos de las mujeres, y no solo el de la igualdad, quedan en suspenso, y lo que se aplica es la ley del hombre consumidor. El hombre que consume el cuerpo y la energía de la mujer, sin restricciones, porque para eso paga, para sentir privilegios sin límites, para ser impune, pudiendo humillar y violentar si lo desea. Eso es lo que se compra, el machismo en estado puro, sin limitaciones: un espacio en el que el hombre puede hablar y actuar sin límites, y la mujer solo puede hablar y actuar en la medida y forma en la que eso complace al hombre.

… el efecto de la prostitución no termina ahí, se extiende sobre toda la sociedad y especialmente sobre todas las mujeres. Sobre nosotras planea su sombra alargada, al igual que la sombra de la violación, recordándonos que podríamos ser reducidas a objetos de consumo masculino, que podríamos sufrir violencia por parte de un hombre, si nuestras circunstancias fueran adversas o si un hombre lo quisiera, y que el único deseo necesario a la hora de tener relaciones sexuales es el del hombre. Las niñas aprenden pronto de los panfletos sobre el parabrisas de los coches, que hay hombres que pueden usar sexualmente a mujeres por 20 euros, y de los anuncios de carretera que el cuerpo de las mujeres es, en mayor o menor medida, público para los hombres. Aprenden que el deseo sexual de los hombres importa más que el de las mujeres, y que no pocas veces va unido a la agresividad. Que pueden ser dominadas por los hombres, y que hay muchas mujeres que tienen que conformarse con sobrevivir aguantando la agresividad masculina. Lo aprenden y, lo que es peor, lo interiorizan poco a poco como algo normal que les acompaña durante toda su vida, y que las limita.

Frente a esto nuestros políticos y políticas prefieren en la mayoría de las ocasiones mirar hacia otro lado porque la prostitución genera mucho dinero pero sobre todo porque la prostitución es un privilegio masculino al que muchos hombres -votantes- no quieren renunciar, incluso una forma de ser hombre extendida y consolidada. Por eso hay reuniones comerciales y políticas que terminan con servicios de prostitución, igual que competiciones deportivas.

La prostitución no es fruto de la libertad sexual de la mujer sino de la violencia sexual de muchos hombres. No sirve para igualar los derechos entre hombres y mujeres sino para situarnos a las mujeres como ciudadanas de segunda categoría. No es una salida profesional. No es justo que haya mujeres que se tengan que conformar con sobrevivir adaptándose a la prostitución, el Estado debe trabajar para garantizar nuestro derecho a tener una vida digna, libre, segura e igualitaria. Ya es hora de actuar para acabar con la prostitución y su sombra.

Cataluña y el dilema del prisionero, de José Carlos Díez


Tonterías selectas

22/09/2017

Los derechos de la derecha. El PP y la ley LGTBI, de Beatriz Gimeno

Cura Cáncer Natural (Susana Rodríguez)

Is taxation theft?, by Philip Goff

Outside of academia, almost everyone assumes that the money I get in my pay-packet before the deduction of taxes is, in some morally significant sense, ‘mine’.

This assumption, although almost universal, is demonstrably confused. There is no serious political theory according to which my pre-tax income is ‘mine’ in any morally significant sense. Moreover, this matters: this confused assumption is a major stumbling block to economic reform, causes low and middle earners to vote against their economic interests, and renders it practically impossible to correct the economic injustices that pervade the modern world.

… Your gross, or pre-tax income, is the money the market delivers to you. In what sense might it be thought that you have a moral claim on this money? One answer might be that you deserve it: you have worked hard and have done a good job, and consequently you deserve all your gross income as recompense for your labour. According to this line of reasoning, when the government taxes, it takes the money that you deserve for the work you do.

This is not a plausible view. For it implies that the market distributes to people exactly what they deserve for the work that they do. But nobody thinks a hedge-fund manager deserves many times more wealth than a scientist working on a cure for cancer, and few would think that current pay ratios in companies reflect what philosophers call desert claims. Probably you work very hard in your job, and you make an important contribution. But then so do most people, and the market distribution of wealth patently does not reward in proportion to how hard-working people are, or how much of a contribution they make to society. If we were just focusing on desert, then there is a good case for taxation to correct the amoral distribution of the market.

… Left-libertarian theories leave considerable latitude for the state to alter the distribution of wealth, perhaps through taxation, if some take more than their fair share of natural resources. Crucially, the claims of future generations must also be taken into account, leading naturally to an inheritance tax (or at least restrictions on the right to bequeath) to ensure that each future individual has a fair share of natural resources.

The second requirement – the denial of equal rights over the natural world – is particularly implausible, and something I’ve never seen any justification of from Right-wing libertarians. On the Right-wing libertarian view, it is perfectly morally acceptable for one person to claim a vastly unequal proportion of land and resources for himself, resulting in his propertyless neighbours being forced to work for him to avoid starvation. By what right can the natural world be appropriated in this way? It is one thing to say that one has exclusive natural rights over oneself, but how can we justify exclusive natural rights over the natural world? And if it can’t justify this, Right-wing libertarianism falls at the first hurdle.

Moreover, as I will now try to show, even if Right-wing libertarianism is true, even if there are natural property rights, even if such rights allow private individuals to carve off for themselves a vastly unequal share of natural resources, even then we cannot make sense of the idea that actual people living today have a moral claim on their pre-tax income.

The reason is that the world that Right-wing libertarianism theorises about is a very different one to the world we live in today. (It is no accident that Nozick’s 1974 book is called Anarchy, State and Utopia.) According to Right-wing libertarianism, the market distribution of wealth is morally significant because it is the distribution that respects the voluntary choices people have made with the property to which they have a natural right. But this is the case only if the market is perfectly free, ie if the state has no influence on the distribution of wealth. Yet there are very few countries in the world in which this is the case. In almost every country, there is a certain amount of taxation, at least to pay for roads and infrastructure, if not for education and healthcare. But even the smallest such state intervention entails that the market distribution of wealth no longer reflects the free choices of citizens, and hence by the lights of Right-wing libertarianism the citizens of these countries have no moral claim on their pre-tax income.

The point can be made clearer with some examples. Consider a Professor Schmidt, a Right-wing libertarian academic working in a German university, who is very annoyed about the state taking 42 per cent of ‘her’ income. Where did her salary come from? Well, German universities are publicly funded, and so Schmidt’s salary comes from general taxation, from the money the German state forcibly extracted from its citizens. But according to Right-wing libertarianism, this is an immoral state action that infringes the natural rights of its citizens; in effect, it steals from people to pay Professor Schmidt. It follows that Professor Schmidt has no right to her salary, and hence no right to complain that the state lets her have only 58 per cent of this stolen money.

Perhaps some radical libertarians will gleefully agree with me that professors who leech off the state have no right to resent taxation. But the point applies quite generally, although in a more subtle way. Now consider a Ms Jones, a libertarian British businesswoman who resents paying tax on dividends from her lucrative company. Although she is not directly paid by the state, the profits generated by Jones’s business are dependent on many things that are funded by the state: perhaps she receives state subsidies, but even if not, certainly the success of her company will depend on infrastructure, roads, rule of law, and an educated and healthy workforce. It doesn’t matter whether in principle these things could have been provided privately; in reality, they are provided by the state and funded through taxation. According to Right-wing libertarianism, these things were paid for by theft, and hence Jones has no right to the profits thus generated.

In theory, Right-wing libertarianism does entail that people have a moral claim on their pre-tax income, and hence that taxation is theft, but only in hypothetical societies where there is zero or minimal state interference in the economy. In states in which the government intervenes in the economy through taxation – ie, in almost every developed state – market transactions are tainted and so are morally void. The Right-wing libertarian is perfectly entitled to campaign for the day when her minimal-government Utopia is brought about, but until that day she cannot consistently argue that she has a right to her pre-tax income, and hence cannot consistently complain that the government is taking what is hers by right.

It’s hard to shake the feeling that the gross income figure on your payslip represents your money, and that the difference from your take-home pay represents how much the state has taken from you. In fact, there is no coherent way of justifying this conviction. Even if the most radical forms of Right-wing libertarianism are true, it remains the case that you have no special moral claim on your gross income.

Still, the vast majority happily vote for low taxes, rejoicing that they get to keep their morsel while in reality all they’ve done is protect the spoils of a tiny minority at the top. The result is our failure to create what we really need: a tax system that – as part of the wider economy – creates a just society.

Entrevista a Belén Gopegui

Desde el punto de vista de lo deseable, habría que plantearse por qué necesitamos un mundo donde para que las personas vivan tienen que pedir que las contraten, sabiendo que muchas caerán, serán expulsadas del trabajo o no lo tendrán nunca.

Lo lógico sería crear una sociedad donde todo el mundo pudiese trabajar, donde el paro no fuese una amenaza. Donde no hubiera prácticamente diferencias salariales, excepto en los trabajos más duros. Si a nadie le apetece estar limpiando baños, ese trabajo deberá estar mejor pagado. A todo el mundo le puede apetecer dirigir Repsol una temporada, no entiendo por qué hay que valorar eso más. Quizá lo idóneo fuera que los peores trabajos rotasen de tal modo que nadie tuviera que estar haciendo algo que no quiere durante cuarenta años o más de su vida.

… Google está dirigido por un mecanismo muy poco inteligente: la máxima rentabilidad, la caída de la tasa de ganancia. Un mecanismo que está dispuesto a destruir el medio que le permite vivir.

Recuperando al Estado: soberanía monetaria para una agenda progresista, de Esteban Cruz Hidalgo y Stuart Medina Miltimore, economistas y miembros de Red MMT


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21/09/2017

Sapolsky on the State of Nature: Hobbes or Rousseau? Why Not Locke?, by Larry Arnhart

The poor are carrying the cost of today’s climate policies, by Matt Ridley

Climate Change Will Reduce Incomes in 2100 from $97,000 to $95,000, by Ronald Bailey

Empoderar a las niñas, de Bjorn Lomborg

Book Review: Mastering The Core Teachings Of The Buddha, by Scott Alexander


Tonterías selectas

18/09/2017

La fiebre especulativa del bitcoin, de Rosario G. Gómez

The Date Of The Apocalypse: Predicted In The Bible & Confirmed by CalTech?, by Bill Sardi

Entrevista a Jaime Palomera (Sindicato de Inquilinos)

El filósofo David Schweickart propone como alternativa al capitalismo un modelo de ‘democracia económica’, basado en la democratización de los mercados de trabajo y de inversión y la eliminación del trabajo asalariado

La enseñanza del huracán Irma: el capitalismo no salva el planeta, lo destruye, de George Monbiot


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18/09/2017

El cereal y el estado, de Jesús Fernández-Villaverde

Stephanie, de profesión, inspectora de prostíbulos

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Is There a Culturally Evolved Prejudice against Atheists as Immoral?, by Larry Arnhart

What computers teach us about getting along, by Simon DeDeo