Tonterías selectas de Juan Manuel de Prada y Chesterton: Capitalismo y antropología

01/09/2020

Tonterías selectas de Juan Manuel de Prada y Chesterton: Capitalismo y antropología

el reparto de la propiedad privada (frente a la concentración en la que se funda el capitalismo)

el capitalismo «crea una atmósfera y forma una mentalidad»; … no se limita a organizar la economía, impone una agenda antropológica arrasadora.

Chesterton nos advierte que, con frecuencia, quienes más claman contra el comunismo son los mismos que aplauden las calamidades que nos ha traído el capitalismo…

Chesterton es consciente del error histórico que están cometiendo muchos católicos al defender el capitalismo, que está dispuesto –exactamente igual que el comunismo– a crear «una civilización centralizada, impersonal y monó-tona», capaz de destruir las más numantinas resistencias humanas. Y no se cansa de proclamar que «el capitalismo ha hecho todo lo que amenazaba con hacer el socialismo». Incluso se atreve a precisar que los «placeres permisivos» que ofrece el capitalismo son mucho más corruptores que los que ofrece el socialismo. El tiempo no ha hecho sino darle la razón: sin duda, el comunismo ha matado más cuerpos que el capitalismo, pero ni de lejos ha matado tantas almas.

Chesterton sabe bien que el capitalismo no es sólo una fórmula económica nefasta –consistente en «forzar a la gente para que compre lo que no quiere comprar, y en fabricar tan torpemente como para que lo fabricado se pueda romper, suponiendo que lo querrán comprar de nuevo, manteniendo la bazofia en una rápida circulación»–, sino también una antropología destructiva que, para lograr sus fines, necesita destruir las comunidades humanas, tanto en el aspecto material –forzándolas a la emigración– como espiritual –desbaratando su vida moral y las estructuras que la sostienen, empezando por la familia–. De ahí que capitalismo y antinatalismo sean, para Chesterton, el anverso y el reverso de una misma moneda; pues el capitalismo necesita estimular todas las modalidades de ‘religión erótica’ que impiden o dificultan la fecundidad. Por supuesto, esta labor de destrucción antropológica la hará de forma taimada, mediante coartadas emotivistas y presuntamente humanitarias, presentándose como paladín de aquellos movimientos sociales e ideologías que interesen a su fin primordial; pero todas estas coartadas buscan siempre el mismo fin: «Se impiden los nacimientos –escribe sin paños calientes en El manantial y la ciénaga– porque la gente desea estar libre para ir al cine o comprar un tocadiscos o una radio. Lo que me hace desear pisotear a esas gentes como si fueran felpudos es que usen la palabra ‘libre’, cuando con cada uno de esos actos se encadenan al más servil y mecánico sistema que haya sido tolerado por los hombres».

Pues ese sistema ‘servil y mecánico’ no se limita únicamente a organizar la economía, sino que es fundamentalmente un sistema de ingeniería social que ha destruido las comunidades humanas. Sospechen siempre de los católicos que se proclaman defensores del capitalismo.


Epidemias: problemas y soluciones

13/07/2020

Epidemias: problemas y soluciones

Para comprender una epidemia por una enfermedad contagiosa y saber cómo evitarla o mitigar sus daños es necesario comprender qué tipo de fenómeno es: natural o humano, individual o colectivo (social, grupal), privado o público. Las epidemias son fenómenos complejos que combinan todas estas características: natural y humano, individual y colectivo, privado y público.

Epidemia: desastre natural y humano

Una epidemia es una catástrofe peculiar contra la vida, la seguridad y el bienestar humanos. Es un desastre natural y humano, y por lo tanto debe ser estudiada de forma integral por ciencias naturales y sociales. Sus causas son naturales y humanas, y tiene efectos sobre la naturaleza y sobre los humanos. Presenta diferencias esenciales con la guerra, la catástrofe humana y colectiva por excelencia, y el factor que mejor explica la existencia de los Estados.

Las epidemias por enfermedades contagiosas son fenómenos biológicos que pueden afectar a los humanos o a otros seres vivos en su entorno natural. Muchos seres vivos sufren epidemias que afectan de forma diferente a las diversas especies: los patógenos suelen ser específicos para una o pocas especies evolutivamente próximas. Como normalmente a los humanos les interesa más su propio bienestar y supervivencia, los contagios más importantes son los que resultan en un humano infectado, con el origen de la infección en un animal, en un vector de transmisión o en otro humano; sin embargo también son posibles transmisiones de humanos a otros seres vivos próximos, como por ejemplo animales domésticos o de ganadería. Los humanos también pueden ser perjudicados, sin enfermar ellos mismos, por las epidemias que afectan a las plantas o animales que utilizan para agricultura, ganadería, caza o pesca.

Una epidemia es un fenómeno causado en parte por la naturaleza orgánica y en parte por los humanos: su fundamento no es exclusivamente natural (como un terremoto, o el impacto de un meteorito), sino también humano.

El fundamento biológico natural de una epidemia está en los patógenos microscópicos, en los vectores activos de transmisión y en los animales reservorios de patógenos.

Las conductas humanas que pueden afectar a la aparición de brotes epidémicos son las interacciones con el entorno natural y las interacciones sociales con otros seres humanos: con ambos tipos de acciones es posible tanto causar como evitar epidemias, facilitando o dificultando la existencia de los patógenos y de sus portadores o vectores de transmisión, y facilitando o dificultando los contagios.

La presión humana sobre el medio ambiente altera ecosistemas de diversas maneras: invasión humana de entornos naturales; urbanización; eliminación o introducción de vegetación (deforestación o reforestación, cortes, podas, incendios, agricultura, pastos para ganadería); eliminación o introducción de animales (caza, ganadería extensiva o intensiva, especies invasoras introducidas de forma intencional o accidental); reducción de biodiversidad de animales y plantas; construcción o eliminación de barreras físicas (carreteras, vías de tren, embalses); drenaje de zonas pantanosas, inundación con presas, desviación de ríos, trasvases y aportación de agua a zonas secas; contaminación; cambio climático.

Estas intervenciones pueden eliminar o reducir la población de especies que son reservorios o vectores de transmisión de patógenos (introducción de un depredador, drenaje de zonas pantanosas contra los mosquitos y la malaria, desratización, desinsectación), o fomentar su expansión (condiciones ambientales más propicias para ellas, eliminación de sus competidores). Los humanos pueden también incrementar (o reducir) los contactos directos con animales portadores de patógenos, por ejemplo mediante la caza o la ganadería, facilitando así las zoonosis (contagios de animales a humanos). La ganadería intensiva de ciertas especies como aves o cerdos, con gran cantidad y concentración de animales, incrementa la probabilidad de zoonosis.

Una epidemia con transmisión comunitaria no es un fenómeno exclusivamente natural e incontrolable, función única del patógeno y de posibles vectores de transmisión. Las epidemias por enfermedades contagiosas con transmisión directa entre humanos son riesgos típicos de la vida social. Los patógenos se transmiten mediante acciones e interacciones humanas en un entorno de convivencia en proximidad. El factor humano es crucial: una epidemia es un fenómeno muy sensible a la conducta de los individuos, tanto para contagiar como para evitar contagios. Los individuos pueden contagiar a otros o ser contagiados por otros, y los individuos pueden ser proactivos, evitar contagiar a otros, protegerse y evitar ser contagiados por otros. Aunque los contagios y las epidemias normalmente son accidentales, también son posibles los provocados de forma intencional, con los patógenos utilizados como armas biológicas en crímenes, guerras o ataques terroristas.

Las epidemias presentan posibles mecanismos de realimentación positiva o círculos viciosos (a añadir a la propia reproducción exponencial de los patógenos en cada portador): como un infectado puede contagiar a muchos otros individuos que a su vez pueden contagiar a muchos otros individuos, el factor humano es recursivo y amplificador. Otras catástrofes naturales no biológicas no tienen esta amplificación sino que por el contrario los factores causantes tienden a atenuarse espontáneamente por la disipación de la energía disponible (pueden desencadenar otros procesos dañinos diferentes, como un terremoto que provoque un tsunami, explosiones, incendios, la rotura de una presa). Un incendio es una catástrofe natural y potencialmente humana que también presenta reacción en cadena: un árbol ardiendo puede hacer que ardan otros árboles cercanos, los cuales a su vez pueden expandir más el fuego.

La importancia del factor humano en su transmisión indica la forma más elemental de evitar brotes o de frenar rápidamente su crecimiento: parar los contagios mediante la vigilancia, la higiene, la distancia social prudencial, el aislamiento o la separación física de los infectados o potencialmente infectados (máscaras, equipos de protección individual, cuarentena, confinamiento), los tratamientos médicos preventivos y curativos. Los impactos de una enfermedad contagiosa pueden ser muy diferentes, entre individuos y entre grupos humanos, desde pequeños hasta catastróficos, dependiendo de la conducta de los individuos y de cómo esta afecta a la tasa de contagio.

Una epidemia no es un fenómeno puntual, rápido, brusco e intenso, como un terremoto o una erupción volcánica, con brusca liberación de energía y movimiento de materia. Es un proceso relativamente duradero, progresivo y con diversas fases, y con comienzo y fin difusos. Puede no estar claro cuándo empieza y cuándo acaba. Su comienzo es lento y poco notable, pero la realimentación positiva origina su potencial extensión, aceleración y crecimiento explosivo. Es un fenómeno suficientemente lento como para poder reaccionar, obtener información y adaptar la conducta de forma defensiva, pero que también puede descontrolarse si no se toman las medidas adecuadas a tiempo: son necesarios sistemas de vigilancia sanitaria para obtener información sobre brotes y para identificar posibles individuos, agentes o lugares infecciosos.

El factor humano es importante no solo durante las epidemias sino antes de las mismas. Las epidemias son fenómenos recurrentes, y es posible y necesario preparar sistemas de alerta y defensas que incrementen las posibilidades de éxito en la prevención y en la reducción de daños: acumular reservas de recursos (materiales de protección, reactivos químicos, maquinaria), obtener conocimiento científico (biológico, sanitario, psicológico, social), promover la higiene, educar a la sociedad, preparar y ensayar protocolos de crisis. Las medidas pueden ser muy diversas, centralizadas (estatales) o distribuidas (individuales o de distintas asociaciones), de bajo coste (mascarillas, higiene) o de alto coste (investigación en vacunas y tratamientos). El conocimiento científico de expertos (teorías y datos) y los avances tecnológicos son cruciales para evitar o controlar epidemias, pero pueden ser insuficientes si la población general no tiene experiencia práctica y hábitos cívicos de responsabilidad individual, o si las autoridades no aciertan con sus decisiones.

Las medidas a tomar ante un brote epidémico son problemáticas, especialmente por falta de información sobre un patógeno novedoso, la enfermedad que provoca y su extensión: cada epidemia tiene características únicas, y las lecciones aprendidas con una pueden ser no válidas para otras. Ante un brote es posible equivocarse y no reaccionar a tiempo y perder el control, o reaccionar en exceso y asumir costes sociales y económicos innecesarios. Al prevenir o resolver rápidamente una epidemia puede parecer que las medidas de previsión y protección fueron demasiado alarmistas, costosas o innecesarias. La asimetría en los riesgos es un factor a considerar para errar del lado de la excesiva prudencia: una epidemia es un evento de probabilidad relativamente baja, pero de resultados potencialmente muy graves si sucede en un sistema frágil como una sociedad no preparada.

Al ser fenómenos que combinan causas naturales y humanas, la no aparición de una epidemia puede indicar que la sociedad está bien defendida y las evita activamente, o que no se dan las circunstancias naturales pero la sociedad estaría indefensa si sucediera. La aparición de brotes con cierta frecuencia puede servir como entrenamiento social y para recordar la necesidad de prevención y defensas; una sociedad que no sufra ningún brote en mucho tiempo puede relajarse y considerar que no es necesario o eficiente dedicar recursos a prevenirlas. Aquellos grupos expuestos a los patógenos de forma uniforme y con más frecuencia sin ser destruidos pueden estar más preparados para ellas, con defensas naturales (inmunidad) y artificiales (culturales, sociales). La dinámica de las defensas sociales es semejante a la del sistema inmune de un organismo individual: necesita regularmente calibración y estresores, y la respuesta puede ser insuficiente o excesiva.

Las epidemias no solo producen daños relacionados con la salud o la vida. Una epidemia puede tener graves efectos económicos, tanto por las enfermedades y las muertes como por el distanciamiento social requerido para vencerla. Es una disrupción duradera que causa descoordinación entre los agentes económicos y dificulta la producción y el comercio de bienes y servicios, las interacciones y los intercambios que complementan la división del trabajo y la especialización; al dificultar el trabajo y el comercio afecta especialmente a los ingresos, a los pagos y a las finanzas; causa graves daños en pérdidas humanas (enfermedades, muertes) y económicas, pero sin destrucción material de bienes físicos (ni privados ni públicos, como las infraestructuras); pueden perderse o estropearse cosechas, ganadería u otros bienes perecederos que necesiten mantenimiento y no puedan atenderse, pero por la inacción humana y no por la epidemia en sí misma; el valor del capital físico, humano, social e intelectual de diferentes profesionales y empresas puede verse afectado por los cambios en la sociedad y en la economía; puede afectar especialmente al transporte (por la proximidad física entre individuos en los medios de transporte y por el posible traslado de personas contagiosas o vectores de transmisión) y a las actividades sociales y económicas que requieran proximidad o contacto físico o grandes aglomeraciones.

La solución inteligente a una epidemia no consiste en elegir entre la vida y la economía, en evitar contagios y las enfermedades asociadas y salvar vidas o evitar muertes por esas enfermedades a cualquier coste: el coste puede implicar perder por otro lado más vidas de las salvadas, y la vida no tiene un valor infinito para los individuos, los cuales asumen ciertos riesgos de enfermar o perder la vida para obtener otras cosas que consideran valiosas.

Un análisis económico completo de las diversas medidas posibles ante una epidemia debe considerar no solo las vidas o años de vida salvados (posiblemente ajustados por calidad de vida), sino también los costes o daños de todo tipo producidos por esas medidas: menos recursos sanitarios disponibles para prevención y tratamiento de otras enfermedades al dedicar medios escasos para la prevención o el tratamiento de la enfermedad contagiosa; posible falta de atención o retraso de tratamiento de ciertas enfermedades por miedo de los pacientes a infecciones en recintos hospitalarios; graves pérdidas económicas por confinamiento y distanciamiento social y paralización de actividades productivas y de consumo; abusos de drogas, maltratos domésticos, ansiedad, depresiones o suicidios por el aislamiento y la desesperación ante la crisis social y económica; empobrecimiento generalizado y menos riqueza a largo plazo, que puede implicar menos longevidad y calidad de vida.

Una epidemia puede tener importantes repercusiones históricas, culturales, sociales y políticas: diezmar poblaciones, alterar relaciones de poder entre grupos sociales (menos trabajadores disponibles para los mismos recursos físicos, tierras o bienes de capital), cambiar formas de actividad económica, provocar desórdenes sociales, revoluciones o guerras, facilitar o dificultar una conquista o colonización (si los conquistadores llevan una enfermedad a la cual ellos son inmunes, pero no así la población conquistada, o por el contrario si los invasores sufren una enfermedad endémica a la cual la población local es inmune). Las guerras pueden ir acompañadas de epidemias por las malas condiciones sanitarias, la proximidad de las tropas y sus desplazamientos.

Una epidemia o pandemia no es un riesgo existencial en el sentido de que ponga en peligro la supervivencia de toda la humanidad. Normalmente si son muy virulentas y letales no son muy transmisibles, y si son muy contagiosas no son muy letales, de modo que algunos individuos sobreviven a la infección y eventualmente se consigue la eliminación del patógeno o la inmunidad de grupo.

Epidemia: mal privado o público

Es posible analizar los contagios y las epidemias de forma complementaria y casi equivalente como externalidades negativas o como males públicos (opuestos a los bienes públicos). En ambos casos son esenciales la información y los incentivos incorporados en las normas de conducta de cada sociedad.

Los contagios son externalidades negativas: los individuos infecciosos no internalizan los efectos negativos de sus conductas y causan daños a otros al transferir patógenos que invaden un espacio ajeno. Las externalidades negativas y sus efectos nocivos pueden evitarse de dos maneras no excluyentes: evitando su producción, emisión o difusión desde su fuente u origen (parando la actividad generadora o colocando filtros o barreras de salida), o evitando su recepción por individuos afectados (manteniendo distancia de la fuente, o con barreras o filtros de entrada); una mascarilla es una barrera de salida para un individuo infeccioso, y una barrera de entrada para un individuo susceptible. Las normas sociales pueden indicar quién debe asumir los costes para evitar externalidades negativas, si sus productores o sus receptores: según la información disponible y las normas aplicables puede utilizarse uno u otro método.

Las externalidades negativas de una epidemia pueden limitarse o evitarse si se dispone de información sobre quiénes son contagiosos y si estos pueden separarse o aislarse (barreras, confinamiento, distancia social) o ser castigados por contagiar a otros: de este modo los individuos pueden regular su conducta para evitar dañar a otros y para evitar ser dañados por otros.

Para comprenden las peculiaridades de los contagios de patógenos como externalidades negativas es útil compararlos con la contaminación, una externalidad negativa típica. La contaminación puede ser por sustancias químicas nocivas o tóxicas en el aire o el agua (también suelo o subsuelo), por radiactividad, o por ruidos (también térmica, lumínica, visual); tiende a difundirse sola por aire o agua desde una fuente y puede presentar gradientes o diferencias de concentración; es difícil no recibir sus efectos nocivos; los agentes contaminantes no se reproducen pero sus factores materiales o sus efectos dañinos pueden acumularse en los organismos; suele ser posible localizar las fuentes y saber cómo se produce (combustiones de motores, cocinas y calderas, residuos industriales, ruidos de motores, materiales radiactivos). Los contagios son diferentes de la contaminación por su carácter orgánico, por su transmisión interpersonal, y por la gravedad de las enfermedades que provocan; en muchos casos se evitan con información, prudencia, higiene, pequeñas barreras físicas y mínima separación.

Normalmente las epidemias se consideran como males públicos o problemas de salud pública para los cuales la intervención del Estado es imprescindible o más eficaz o eficiente. La epidemia como mal público sería el inverso de la salud pública como bien público: el Estado evita epidemias garantizando la salud pública mediante servicios sanitarios de prevención y curación. Sin embargo los servicios de salud no son bienes públicos en sentido económico estricto aunque sean proporcionados o financiados por los Estados (son excluibles y de consumo rival), y pueden ser fácilmente proporcionados por el sector privado en mercados libres. Además la consideración de las epidemias como males públicos puede ocultar sus fundamentos individuales y las posibles soluciones privadas y de mercado.

Una epidemia puede entenderse como un problema de salud pública en el sentido de que puede afectar a muchas personas y su desarrollo depende de la conducta de las personas en sus interacciones sociales. Sin embargo, aunque una epidemia suele ser considerada como un mal público, colectivo o social, en realidad su fundamento es individual y relativamente separable si se dispone de la información y medios adecuados: cada persona puede evitarlo tomando medidas de protección, más o menos difíciles según las características particulares del modo de contagio de cada patógeno. Las infecciones por contagio son externalidades negativas que tienden a estar localizadas cerca del infectado, con el problema de saber quién puede o no ser portador de patógenos. La mayor disponibilidad de información debilita el carácter de mal público de una epidemia: a más información sobre cómo suceden las infecciones y quién es contagioso, menos características de mal público.

Un bien público se caracteriza por ser de uso, disfrute o consumo no rival y no excluible: una vez producido el bien, el consumo o disfrute de un individuo no detrae del de otros, y no es posible excluir, separar o hacer pagar a quienes lo disfrutan o se benefician del mismo. Un mal público es algo nocivo que causa daños de forma no rival y no excluible: dañar a uno no agota la capacidad de dañar a otros, y no es posible separar o discriminar los daños.

Una epidemia cumple una característica de mal público, la no rivalidad, ya que los patógenos se reproducen fácilmente solos, sin apenas costes económicos, si se les deja; pero no cumple estrictamente con la característica de no separabilidad o no exclusión de los efectos nocivos y de los causantes de los mismos, ya que la simple separación física de los individuos lo consigue (distanciándose de todos, o al menos de los infectados o de las fuentes de infección si se sabe cuáles son), y con la información adecuada es posible hacer pagar a los responsables de contagios sancionándolos de algún modo.

Una epidemia tiene más características de mal público si no se conocen los mecanismos de contagio o quiénes son contagiosos, y si no se penaliza a las personas que contagian a otros. El carácter de mal público o privado de una epidemia depende de las capacidades tecnológicas y de la información disponible en una sociedad acerca de la misma, y también de su organización institucional, de si aplica o no normas que responsabilicen a los individuos de los contagios que puedan provocar. La información y tecnología por un lado y las normas y los incentivos por otro no son independientes: la información facilita la aplicación de las normas, y con las normas adecuadas se incentiva la obtención de información. Para aplicar restricciones (como confinamiento) o penalizaciones es necesario disponer de información, saber quién ha contagiado a quién. Un nivel suficientemente alto de incentivos (recompensas por detectar contagiosos o contagios) o desincentivos (castigos por conductas negligentes, por provocar contagios) puede fomentar el desarrollo de la tecnología y los medios necesarios para obtener la información adecuada para obtener los premios o evitar los castigos.

Epidemia: soluciones individuales o colectivas

El éxito de un agente individual o colectivo (una organización) depende de su competencia o capacidad, de disponer de los medios necesarios (información y recursos materiales), de contar con un marco institucional adecuado, y de querer actuar de forma correcta para obtener beneficios o recompensas y evitar daños o castigos. La respuesta adecuada contra las enfermedades contagiosas y las epidemias, tanto preventiva como defensiva, depende del uso inteligente de la información y de los incentivos, ambos relacionados con las normas, tanto formales como informales, que rigen la conducta de los individuos y las organizaciones.

En una epidemia cada agente involucrado es un individuo que puede contagiar o ser contagiado como un fenómeno local y particular, y la epidemia o pandemia es la manifestación global, social, agregada, cuando los contagios están extendidos en un colectivo. Las relaciones o interacciones de infección pueden ser de uno a uno, de uno a muchos, de muchos a uno, o de muchos a muchos, y simultáneas o sucesivas. Los grupos afectados pueden ser muy diversos: asociaciones civiles, religiosas, profesionales, clubs, empresas, grupos de interés, colectivos políticos; pueden existir separados, intersectados unos con otros, o unos dentro de otros a múltiples niveles.

Las decisiones y las conductas, los problemas y las soluciones, los aciertos y los errores, pueden ser individuales o colectivos, privados o públicos, con individuos, asociaciones y procesos de mercado actuando espontáneamente de forma descentralizada o policéntrica, o mediante la coordinación central y monopólica del poder político por el gobierno del Estado.

Una defensa inteligente ante una epidemia combina las capacidades de los individuos y de los colectivos, de los participantes en los mercados y de los gobiernos de los Estados, de lo privado y de lo público, siendo conscientes de las limitaciones y problemas de cada uno en sus respectivos ámbitos o niveles de actuación. Las medidas concretas a tomar en cada epidemia por individuos y colectivos dependen de los daños estimados y de su probabilidad, y de los costes y problemas de las acciones necesarias para evitarlos.

En una epidemia no se trata de salvar vidas a cualquier coste, porque el coste puede implicar perder por otro lado más vidas de las salvadas. Un análisis económico completo de las diversas medidas posibles ante una epidemia debe considerar no solo las vidas o años de vida salvados (posiblemente ajustados por calidad de vida), sino también los costes o daños producidos por esas medidas: menos recursos sanitarios disponibles para prevención y tratamiento de otras enfermedades al dedicar medios escasos para la prevención o el tratamiento de la enfermedad contagiosa; posible falta de atención o retraso de tratamiento de ciertas enfermedades por miedo de los pacientes a infecciones en recintos hospitalarios; graves pérdidas económicas por distanciamiento social, cuarentenas generalizadas y paralización de actividades productivas y de consumo; ansiedad, depresiones, maltratos o suicidios por el aislamiento; empobrecimiento generalizado y menos riqueza a largo plazo, que puede implicar menos longevidad y calidad de vida.

Las infecciones como externalidades negativas o agresiones resultan de conductas individuales de agentes que perjudican a otras personas: pueden ser involuntarias, no intencionales, imprevistas y sin conocimiento de los individuos contagiosos, pero esto no significa que sean completamente incontrolables, que todos los individuos las provoquen o las sufran igual, o que no pueda exigirse ninguna responsabilidad. Tratarlas como cosas que pasan de forma totalmente aleatoria, y no como cosas que se hacen, dificulta solucionar los problemas.

En principio es posible dar algún incentivo o subvención a los agentes responsables para que internalicen el daño, pero de este modo los perjudicados estarían subvencionando a los generadores del mal para que no lo hagan: esto sería premiar por evitar malos comportamientos, lo que es injusto y además genera incentivos perversos para producir externalidades negativas y así ser compensado por dejar de hacerlo.

La respuesta eficiente y justa es aplicar sanciones contra quienes efectivamente causen infecciones: prohibir la externalidad, impedirla por la fuerza, aplicar desincentivos, penalizaciones, castigos a sus responsables y compensaciones a quienes las sufren. También es necesario poder defenderse frente a la posibilidad de las mismas regulando conductas peligrosas o negligentes, obligando a tomar precauciones para minimizar los riesgos y no perjudicar a otros (como uso de mascarillas o aislamiento obligatorio a contagiosos).

Si se penaliza contagiar a otros, en principio es responsabilidad por defecto de cada individuo intentar prever y evitar contagios obteniendo información y alterando de forma adecuada su conducta si es necesario: preocupándose por su higiene personal y la limpieza de su entorno privado, comprobando su propio estado de salud como contagioso o no, utilizando alguna barrera física (mascarilla), aislándose mediante confinamiento, moviéndose sin confinamiento pero sin acercarse a otros o apartándose de otros, o advirtiendo a los demás de la posibilidad o riesgo del contagio si son ellos quienes se acercan, por ejemplo con alguna señal visual o acústica con significado conocido (tradicionalmente algunos enfermos contagiosos debían llevar una campanilla o carraca para avisar de su presencia en caminos o espacios públicos). La responsabilidad de una infección también puede ser parcialmente del individuo que recibe la infección si este se pone activamente en peligro, si asume el riesgo acercándose a otro potencialmente contagioso que no pueda apartarse.

Algunas interacciones entre individuos que pueden resultar en contagios son meros acercamientos de poca duración y sin ninguna comunicación, como cruzarse por la calle. Otras interacciones pueden venir precedidas por algún tipo de negociación y acuerdo para regular más o menos formalmente los términos de la interacción: qué es obligatorio o está prohibido, quién se responsabiliza de un contagio y sus daños, a qué tienen derecho los damnificados.

Los contagios son más probables mediante interacciones más próximas y prolongadas, quizás en entornos cerrados. En espacios privados son los dueños o inquilinos responsables y sus invitados o visitantes quienes pueden acordar previamente las normas de acceso, como prohibir el paso a contagiosos, exigir alguna certificación de salud o someterse a alguna prueba, exigir mecanismos eficaces de protección, otorgar garantías o promesas de compensación por daños, o exigir la renuncia a reclamaciones por posibles infecciones. En los lugares públicos son los poderes públicos los responsables de establecer la normativa de uso común, especialmente importante en los sitios donde sea difícil mantener distancias.

Parte de los esfuerzos para evitar epidemias pueden ser comunes o compartidos a diferentes escalas, sobre todo en la medida en que las responsabilidades por los posibles daños, y los costes y los beneficios de las medidas sean iguales para todos, y se produzcan auténticos bienes públicos: controles de acceso en fronteras o entradas a espacios comunes, sistemas de vigilancia, higiene y saneamiento del entorno compartido, eliminación de vectores de transmisión, investigación en vacunas y tratamientos (posible bien público universal).

Un colectivo puede protegerse o defenderse contra epidemias de forma conjunta mediante barreras protectoras con filtros o controles en los puntos de acceso para evitar que penetren portadores contagiosos (seres humanos u otros seres vivos): en los límites del territorio de un grupo humano a distintos niveles (fronteras de un país, límites de una provincia, puertas de una ciudad, accesos a una aglomeración social), o en los puntos de salida y llegada de viajes (estaciones de tren o autobús, puertos, aeropuertos). Los límites locales a menor escala permiten ajustar los controles a las diferentes circunstancias y a la diferente gravedad de los problemas en los diversos lugares. Los controles pueden ser más o menos activos o exigentes según sea la probabilidad y la gravedad de las amenazas. Las barreras pueden utilizarse para no dejar entrar a individuos posiblemente contagiosos a una zona sana, o también para no dejar salir a individuos potencialmente contagiosos de una zona de confinamiento, aislamiento o cuarentena. Impedir la entrada de patógenos desde el exterior es importante, pero todos los sistemas son imperfectos y pueden fallar, y una epidemia puede comenzar en el interior de un país: conviene disponer de múltiples niveles de control y sistemas de protección.

Para evitar enfermedades y epidemias es necesario un entorno saludable, especialmente en lugares con alta concentración de individuos y quizás animales como pueblos o ciudades. La salubridad ambiental se consigue mediante acciones de saneamiento para la higiene del agua y los alimentos y para la eliminación adecuada de residuos orgánicos humanos y animales (excreciones como heces y orinas, restos de alimentos, restos de animales y plantas, basura orgánica): provisión de agua potable (embalses, pozos, fuentes, canalización, potabilización), recolección y tratamiento de aguas residuales (letrinas, baños, fosas sépticas, canales de desagüe, alcantarillado, depuradoras), recogida y tratamiento de basuras (vertederos, plantas procesadoras, reciclaje, incineradoras), enterramiento o incineración de cadáveres humanos en tanatorios y cementerios (con cuidado especial si la muerte ha sido por enfermedad contagiosa). También es importante controlar o eliminar animales que pueden ser fuentes de infección como ratas, insectos u otros artrópodos (desratización, desinsectación). Las tareas de saneamiento pueden combinar instalaciones, bienes y servicios privados y públicos.

La acumulación estratégica previa de recursos de protección (mascarillas) o de tratamientos médicos muy demandados y difíciles de producir durante la propia epidemia puede hacerse de forma privada por individuos, empresas o asociaciones civiles: el Estado puede participar pero no es imprescindible.

La posibilidad de decisiones libres por individuos y asociaciones permite soluciones creativas, flexibles, adaptadas a condiciones locales concretas, y que pueden copiarse, revisarse o abandonarse según se compruebe su éxito o su fracaso. Los poderes públicos responsables de decisiones colectivas requieren de vigilancia y control ciudadano para garantizar que son competentes y que realmente sirven al bien común en lugar de a sí mismos o a grupos de interés: para esto son necesarios la transparencia, la rendición de cuentas, la limitación estricta de su poder, y la compensación o el castigo según los resultados obtenidos.

Las intervenciones coactivas del Estado y de los responsables públicos pueden ser ineficientes, insuficientes o excesivas, por problemas de información e incentivos: no tienen información específica de las circunstancias particulares de los individuos, de sus necesidades y capacidades reales; y no asumen ellos mismos los costes o riesgos de sus decisiones (muertos, enfermos, pérdidas económicas por cuarentenas obligatorias generalizadas y paralización de la actividad).

Depender de un único agente estatal monopólico para la solución de problemas es muy peligroso. Los bienes o servicios comunes pueden tener problemas de ineficacia, ineficiencia o corrupción, ya que suelen ser proporcionados por burocracias poco ágiles o innovadoras, que se limitan al cumplimiento de normas que pueden ser inadecuadas, que buscan más su propia protección y supervivencia que la solución de los problemas, y que son difíciles de controlar por los ciudadanos. Querer que los poderes públicos lo solucionen o garanticen todo puede contribuir a desactivar la responsabilidad individual, y la sociedad queda indefensa si el Estado falla y además bloquea respuestas no estatales. Es conveniente disponer de una diversidad de estrategias o soluciones complementarias o sustitutivas a diferentes niveles, privados y públicos, para que los sistemas de protección sean más eficaces y resilientes (resistentes a fallos).

Estrategias sociales e individuales contra epidemias: erradicación o difusión

Las epidemias son problemas sociales muy complejos para los cuales existen diversas respuestas imperfectas, sin garantía de éxito, cada una con sus costes, riesgos, incertidumbres y problemas. La solución final a una epidemia consiste en eliminar completamente al patógeno o al menos reducir tanto su población que apenas pueda propagarse y hacer daño. Si no hay vacunas disponibles este resultado final puede conseguirse mediante diversas estrategias o procesos entre dos extremos opuestos según se eviten o no los contagios: evitar su propagación al aparecer un brote (erradicar o eliminar los patógenos), o permitir su difusión entre la población, la cual progresivamente se infecta hasta conseguir inmunidad de grupo. Los estados finales de la población son diferentes: tras la erradicación sigue siendo susceptible, y tras la difusión está inmunizada.

Es posible aplicar estrategias intermedias, como ralentizar, frenar o contener la propagación para no colapsar los servicios sanitarios (aplanar la curva) mientras se desarrollan tratamientos o vacunas (sin garantías de éxito), o permitir la difusión pero de forma selectiva, aislando o protegiendo a los grupos más vulnerables. Aplanar la curva puede reducir el número total de infectados, si se consigue finalmente la eliminación del patógeno, o solamente redistribuirlos en el tiempo si no se consigue esta eliminación. La estrategia óptima depende de los costes y riesgos de cada alternativa, los cuales pueden ser muy inciertos ante nuevos patógenos y sus enfermedades asociadas: es necesario considerar no solo los daños causados por la enfermedad sino también los asociados a las medidas de defensa.

La erradicación o la contención se consiguen mediante higiene, barreras protectoras, distanciamiento social o confinamiento: evitando que los individuos susceptibles sean contagiados por los ya infectados, y dejando que el patógeno desaparezca al ser eliminado en cada portador sin propagarse a otros anfitriones, por superar la enfermedad o por fallecimiento; el distanciamiento y el confinamiento pueden ser parciales y selectivos si es posible saber qué individuos son contagiosos o se sospecha que puedan serlo (por contacto reciente con otros contagiosos), o generalizados si este conocimiento no está disponible; los contagiosos asintomáticos son problemáticos. Las medidas más drásticas como distanciamiento social y confinamientos generalizados tienen costes más altos al interrumpir o dificultar la actividad económica, y además podrían ser poco útiles si la contención no se consigue y la epidemia termina expandiéndose. Mediante la contención no se consigue la inmunidad de grupo: la población sigue siendo susceptible y debe estar permanentemente alerta frente a nuevos brotes.

Permitir la difusión del patógeno provoca menos disrupción de las interacciones sociales y de la actividad económica, pero implica que más individuos enferman, los servicios sanitarios tienen más carga e incluso pueden colapsar, los enfermos no pueden llevar vida normal, y la enfermedad puede causar daños graves irreversibles o incluso la muerte. La inmunidad tras superar la enfermedad es posible pero no está garantizada, tal vez no sea permanente y quizás no sea útil frente a cepas diferentes de los patógenos. La inmunidad de grupo es un cambio de fase o transición que no significa que ya no haya más infecciones, sino que los contagios se ralentizan, que dejan de crecer exponencialmente y se frenan, porque es cada vez menos probable que un infectado interactúe con un susceptible.

Algunos patógenos nunca son eliminados del todo y pueden resurgir, eventualmente por mutaciones y brotes de nuevas cepas, o periódicamente por los cambios estacionales de las condiciones ambientales.

Estas estrategias son también de aplicación para cada individuo si le permiten decidir: protegerse, aislarse o distanciarse para no contagiarse y no contagiar a otros, o infectarse para intentar superar la enfermedad y ganar inmunidad; la infección intencional (variolización) puede realizarse de forma controlada a dosis mínimas y con supervisión médica para minimizar riesgos. Cada individuo puede decidir según sus propios intereses, necesidades y preferencias y teniendo conocimiento de sus circunstancias particulares. Cada persona puede internalizar costes, riesgos o beneficios de la enfermedad y de la inmunidad si cada individuo asume sus posibles problemas de salud y los costes de tratamiento asociados (posiblemente con algún seguro), y si se le permite beneficiarse en sus relaciones con otros de no ser infeccioso o de ser inmune no prohibiendo la discriminación a favor de estos. Los diversos seguros médicos privados pueden incluir diferentes cláusulas que regulen qué debe o no puede hacer el asegurado para mantener la validez del seguro, incentivando las conductas que se consideren más adecuadas y desincentivando las inadecuadas. Un problema de las sociedades con seguros médicos públicos universales es que al garantizar el tratamiento médico a todo el mundo los poderes públicos suelen también poner las mismas restricciones igualitarias a todos, acertadas o no, sin posibilidad de diversidad y experimentación según las particularidades de cada uno.

Referencias sobre epidemias y propagación en redes

Las epidemias de enfermedades contagiosas son un caso particular de propagación de entidades (memes, ideas, mensajes, modas, individuos, productos comerciales, vehículos) a través de redes.

Albert-László Barabási, Linked: The New Science of Networks (How Everything Is Connected to Everything Else and What It Means for Business, Science, and Everyday Life)

Jonah Berger, Contagious, Why Things Catch on

Mark Buchanan, Nexus: Small Worlds and the Groundbreaking Theory of Networks

Nicholas A. Christakis & James H. Fowler, Connected: The Surprising Power of Our Social Networks and How They Shape Our Lives (Connected: How Your Friends’ Friends’ Friends Affect Everything You Feel, Think, and Do)

David P. Clark, Germs, Genes, & Civilization: How Epidemics Shaped Who We Are Today

Jared Diamond, Guns, Germs, and Steel: The Fates of Human Societies

Adam Kucharski, The Rules of Contagion: Why Things Spread – and Why They Stop

Alex Pentland, Social Physics: How Good Ideas Spread—The Lessons from a New Science (Social Physics: How Social Networks Can Make Us Smarter)

Nassim Nicholas Taleb, The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable; Antifragile: Things That Gain from Disorder; Skin in the Game: The Hidden Asymmetries in Daily Life

Duncan J. Watts, Six Degrees: The Science of a Connected Age


Tonterías selectas de Ernesto H. Vidal (@Shine_McShine): Las pezuñas del Centauro

28/06/2020

Tonterías selectas de Ernesto H. Vidal (@Shine_McShine): Las pezuñas del Centauro

el racismo sistémico del país está profundamente embebido en los cimientos del sistema… una sociedad desigual y amordazada, una sociedad que ha criminalizado al pobre, aterrado a la clase media y colmado de riquezas e impunidad al rico. Una sociedad en la que el proyecto neoliberal se ha erigido triunfante.

Desde mediados de los 70 Estados Unidos se ha convertido en el perfecto laboratorio de pruebas del neoliberalismo. En nombre del sacrosanto “Libre Mercado”, las políticas tanto económicas como sociales emprendidas ya desde antes de que Reagan ganara las elecciones han transformado el país por completo, convirtiéndolo en lo que es hoy.

Es indiscutible que el modelo neoliberal de sociedad americana se ha cebado especialmente con los más pobres.

el neoliberalismo ha promovido activamente el auge del “Estado prisión”.

desde mediados de los 70, el crecimiento de esta riqueza se estancó, forzando a las familias a recurrir al crédito para poder pagar sus gastos. La desregulación del sector financiero, que permitió a los bancos fusionarse entre ellos, operar en cualquier estado sin restricciones y crear nuevos productos financieros posibilitó un flujo de crédito barato sin precedentes que se tradujo en una espiral de deuda por parte de las familias de clase media.

Esta situación de endeudamiento insostenible coloca a la clase media en una precariedad en la que la situación de desempleo supone no poder hacer frente a las deudas contraídas, con los consiguientes desahucios y congelación del crédito. Supone descender a esa clase baja marginalizada y criminalizada que la clase media americana ha aprendido gracias a los medios a temer y odiar.

Los más ricos, que se han beneficiado de desregulaciones económicas y rebajas de impuestos sucesivas, han operado con total impunidad ante la falta de supervisión intencionada del gobierno americano. Así, aquellos que arruinaron el país en la crisis de 2007, arrastrando con ellos al grueso de la economía mundial, lejos de ser castigados, han seguido gozando de tratamiento preferencial, y los mismos criminales que sumieron a millones de ciudadanos en la miseria se sientan hoy a cenar con el presidente en lujosos restaurantes.

De esta forma, el neoliberalismo ha estratificado la sociedad americana en tres capas: una clase alta que ha acaparado la mayor parte de la riqueza creada, que goza de tratamiento preferente por parte del gobierno en forma de desregulaciones y recortes de impuestos y a la que se le permite operar con total impunidad; una clase media rehén de una espiral descontrolada de endeudamiento que amordaza sus perspectivas de crecimiento; y una clase baja despojada de una red de protección, marginalizada y criminalizada, que puebla las cárceles y guetos del país y que sirve de chivo expiatorio para los miedos y paranoias del gran público. Una clase baja donde las minorías, especialmente negros y latinos, están sobrerepresentadas y son las víctimas habituales del “duro brazo de la ley” que el Leviatán neoliberal ha creado para proteger los intereses de las clases altas.


Tonterías selectas de David Pastor Vico

07/05/2020

Tonterías selectas de David Pastor Vico, filósofo: “El individualismo nos había llevado a olvidar al otro”

El hombre contemporáneo, el hombre moderno, no quería ver al otro como un igual. Hemos vivido en una espiral de individualismo…

Nos sorprende la solidaridad, la empatía y el reconocimiento del vecino: saber que hay un tejido social en el que se puede confiar

Mala filosofía o sociología sin datos: tal vez impresiones, intuiciones, críticas mal fundamentadas.

Los estoicos ya nos hablaban de esto y nos decían que, ante la naturaleza, no podemos hacer nada más que someternos y entender que, si no nos sometemos, vamos a ser profundamente infelices, vamos a pasarlo mal.

¿Así que no estamos haciendo nada más que someternos? ¿No hacemos nada contra la pandemia y seremos felices?

Poco podemos hacer contra él más que quedarnos encerrados en casa

¿Encerrarse en casa es lo único que se puede hacer y la única demostración de responsabilidad? ¿En Suecia están encerrados en casa? ¿Son irresponsables cuando no lo hacen?

Hemos redescubierto a nuestros vecinos también, esto es otro efecto positivo del confinamiento.

¿Todos los vecinos son agradables y se llevan bien, sin problemas de convivencia por el confinamiento?

hemos vivido durante muchos años de espaldas al otro, de espaldas al vecino, ni siquiera nos hablábamos en el ascensor cuando subíamos, adoptábamos una postura de indiferencia o de indolencia

¿Conoce a toda la gente y sus relaciones con sus vecinos o extrapola su propia experiencia? ¿No será que ahora quizás hay más relaciones con los vecinos, buenas o malas, al pasar más tiempo más cerca?

el tejido social que ha estado tan dañado durante mucho tiempo.

Los colectivistas siempre insisten en que el tejido social está dañado.

Nos hemos dado cuenta de que somos vulnerables, de que somos unos seres frágiles

¿Alguien creía ser invulnerable? ¿No enfermamos a menudo, y al final morimos todos?

Hemos visto estructuras, hemos visto iniciativas de la sociedad civil, que antes eran impensables, como gente que se ha dedicado a llamar a abuelos de la tercera edad que estaban solos en sus casas por el mero hecho de compartir tiempo con ellos. Esto hace dos meses habría sido impensable

¿Hace dos meses era impensable que hubiera solidaridad y ayuda mutua en una crisis? ¿En qué mundo cree que vive? ¿Es así su entorno, sus conocidos, o simplemente despreciaba a la sociedad en su conjunto?

También hemos abierto una ventana a la ecología. Nos hemos dado cuenta de que, en tan solo cincuenta días de confinamiento, muchas de esas cosas que parecían imposibles, como revertir el cambio climático, como revertir las emisiones de CO2 a la atmósfera, se han conseguido.

¿El coste humano y económico no importa?

Hemos descubierto las posibilidades de ser humanos, que no necesitamos demostrar que lo estamos haciendo, no tenemos que subir fotos a Instagram constantemente y simplemente tenemos que vivir.

¿Cursilerías pseudoprofundas?

el ser humano no vive solo.

¡Qué gran descubrimiento, el humano como animal social!

hemos descubierto que sí es posible una sociedad bien tejida, una sociedad que admita la disparidad de criterios y de pensamiento, que admita la pluralidad de formas de vida simplemente bajo la estructura básica de ser vecino, de poder convivir y de ser mejores personas.

¿La sociedad ya está bien tejida, no hay discusiones agrias, casi violentas, insultos y amenazas en redes sociales?

Sobre la educación, las evaluaciones y sus problemas: ¿ha medido o evaluado los beneficios y costes de esta situación o simplemente tiene impresiones?

¿Debemos buscar solo el lado positivo de las cosas o conviene también criticar lo negativo? ¿Los aprobados generales no importan, o no le importan a él?

Seguramente habrá muchísimas personas que estén deseando volver a la vida que tenían antes, en los mismos parámetros, pero creo que eso sería pobre.

¿El sabio filósofo va a decirles a los demás cómo deben vivir o solo va a opinar al respecto pero dejando que ellos tomen sus propias decisiones?

Recomienda a Edgar Morin: pensamiento sobre complejidad mal aplicado hacia el socialismo, ideología antisocial. Corríjase con Friedrich Hayek.

hemos tenido todos los habitantes del planeta un enemigo común y lo deseable habría sido estar absolutamente unidos.

Esto no es una guerra que requiera unir todos los recursos y cohesión social. Mejor separarse para no contagiar ni contagiarse, responsabilidad individual y asociaciones libres y voluntarias.

 


Tonterías selectas de Michael Sandel

03/05/2020

Tonterías selectas de Michael Sandel: ¿Estamos todos juntos en esto?

vamos a necesitar, además de pericia médica y económica, una renovación moral y política. Debemos hacernos una pregunta fundamental que llevamos mucho tiempo eludiendo: ¿qué obligaciones tenemos unos con otros como ciudadanos?

debemos debatir nuestra forma de lidiar con las desigualdades en general. Debemos premiar más las aportaciones sociales y económicas que hace la mayoría de los estadounidenses, sin ningún título universitario. Y debemos abordar los aspectos de la meritocracia que suponen una degradación moral.

incluso una meritocracia perfecta, en la que hubiera verdadera igualdad de oportunidades, debilitaría la solidaridad.

las meritocracias generan unas actitudes morales reprobables entre los que llegan a la cima. Cuando estamos convencidos de que hemos triunfado solo gracias a nuestro esfuerzo, es poco probable que nos sintamos en deuda con nuestros conciudadanos. El énfasis implacable en que hay que ascender y prosperar empuja a los triunfadores a emborracharse con su éxito y despreciar a quienes no tienen esas credenciales meritocráticas.

Esta actitud ha acompañado a la globalización mercantilista de los últimos 40 años. Los que han cosechado los frutos de la deslocalización, los acuerdos de libre comercio, las nuevas tecnologías y la desregulación financiera se han creído que lo habían logrado sin ayuda de nadie y que, por tanto, se merecían todo lo que habían ganado.

Muchos trabajadores considerados esenciales en esta crisis no necesitan poseer título universitario: camioneros, empleados de almacén, repartidores, policías, bomberos, operarios de servicios públicos, basureros, cajeros y reponedores de supermercado, auxiliares de enfermería, celadores, cuidadores a domicilio. Ellos no tienen el lujo de poder trabajar desde casa y reunirse a través de Zoom. Ellos son, junto con los médicos y enfermeros que atienden a los enfermos en los hospitales abarrotados, quienes están poniendo en peligro su salud para que los demás podamos resguardarnos del contagio. Además de agradecerles su labor, deberíamos transformar nuestra economía y nuestra sociedad para otorgarles una remuneración y un reconocimiento que reflejen el auténtico valor de sus aportaciones, no solo durante una emergencia, sino en el día a día.

debemos reflexionar, como demócratas, sobre qué actividades contribuyen al bien común y cómo hay que recompensarlas, sin dar por supuesto que los mercados lo van a resolver.

Por ejemplo, ¿deberíamos pensar en un subsidio federal que permita a los trabajadores tener unas familias, unos barrios y unas comunidades florecientes? ¿Deberíamos reforzar la dignidad del trabajo trasladando la carga impositiva de las rentas salariales a las transacciones financieras, el patrimonio y el carbono? ¿Deberíamos revisar nuestra política actual de tipos fiscales más elevados para las rentas del trabajo que para las del capital? ¿Deberíamos fomentar la fabricación nacional de ciertos productos —empezando por las mascarillas, el material médico y los medicamentos—, en lugar de trasladarla a países con salarios más bajos?

Confiemos en aprovechar los atisbos de solidaridad visibles ahora para reformular los términos del discurso público y encontrar el camino hacia un debate político con más solidez moral y sin el resentimiento que tiene el de ahora.

La renovación cívica y moral necesaria exige que nos resistamos a la incipiente polémica, angustiada pero equivocada, sobre cuántas vidas debemos arriesgar para revivir la economía, como si la economía fuera una tienda que, después de un largo fin de semana, vuelve a abrir como antes.

Más que el cuándo, importa el qué: ¿qué tipo de economía tendremos después de la crisis? ¿Seguirá siendo una economía generadora de desigualdades que envenenan nuestra política y erosionan todo sentimiento de unidad nacional? ¿O valorará la dignidad del trabajo, recompensará las aportaciones a la economía real, dará voz a los trabajadores y repartirá los riesgos de las enfermedades y los periodos difíciles?

Debemos preguntarnos si reabrir la economía significa volver a un sistema que nos ha dividido desde hace 40 años o dotarnos de un sistema que nos permita decir con convicción que estamos todos juntos en esto.


Tonterías selectas de Jorge Moruno

18/04/2020

Tonterías selectas de Jorge Moruno: Es la hora de lo impensable

el capitalismo seguirá.

El valor necesita seguir valorizándose, el dinero necesita seguir multiplicándose y el proceso subyacente del modo de producción e intercambio de mercancías sigue teniendo como finalidad crecer sin medida y sin término.

el trabajo seguirá siendo esa relación social que tiene por finalidad crear la riqueza como capital.

La potencia transformadora de la renta básica no se basa solo en reducir la pobreza mientras todo lo demás se mantiene igual. Su potencia reside en forjar un derecho de nuevo cuño que, junto con el resto de los derechos de existencia, aumente el margen de libertad individual y colectiva y haga avanzar hacia una época sustentada en lo que podemos llamar derechos incondicionales. Derechos de existencia desvinculados de la condición laboral a través de unos servicios públicos que incluyan el acceso a la vivienda y un ingreso monetario incondicional, con el objetivo de independizar a la vida de la necesidad de tener que someterse al escrutinio y la coacción del trabajo impuesto por necesidad.

El capitalismo eleva la productividad como ninguna otra forma social lo hizo antes. Sin embargo, dado que se rige por su propia ley inmanente, lo hace con una finalidad que no es la de mejorar la vida de la población sino la de incrementar su extorsión y extracción de plusvalor.

El fulcro de la libertad es, hoy al igual que ayer, el hambre social de emancipación y la voluntad de poder por mejorar.

El progreso humano no nace de la bondad ni del funcionamiento intrínseco del capitalismo, que solo le interesa la tecnología si le sirve para reducir el trabajo pagado, de ahí que en el siglo XIX insistiera en usar a mujeres para sirgar los canales en lugar de caballos porque salía más barato. La historia avanza cuando existe una posición de poder que permite decir ¡no! ahí donde la necesidad obliga a tener que decir sí, forzando así al capital a tener que abandonar “su zona de confort” e impulsar una transformación del tejido productivo. En la posibilidad de rechazar el trabajo impuesto es precisamente donde reside el instinto de libertad y la fuerza motriz que obliga al capital a tener que adaptarse y ofrecer una oferta acorde a una sociedad cuyas capacidades están muy por encima de las posibilidades actuales.

La propaganda liberal se pasa la vida reivindicado que el dinero está mejor en los bolsillos de los ciudadanos, pero es escuchar hablar de alquiler asequible y de renta básica y salen espantados echando mano de la pistola. Tampoco les gusta el dinero que se ahorra con la sanidad y la educación pública en lugar de pagar pólizas de seguros y escuelas privadas o concertadas. Las mismas voces que insisten en que “persigas tus sueños”, son las que se escandalizan cuando se habla del derecho a la existencia o del derecho al tiempo garantizado, porque, según ellos, de esa forma “nadie haría nada”.

podemos deducir que una sociedad que cuenta con derechos de existencia garantizados es una sociedad más inteligente y que aprovecha mejor su potencial. Establecer las condiciones que permiten ejercer la libertad a todas las personas, esto es, una libertad que está por encima de la libertad del dinero, no solo da pie, como recuerda Aristóteles, a que se agranden la justicia y la amistad, “pues es mucho lo que tienen en común los que son iguales”, además sienta las bases de un nuevo renacimiento intelectual y civilizatorio. Las mejores ideas no brotan de la exclusión privada, al contrario, se producen cooperando y afloran más cuantos más cerebros lo comparten y se enriquecen, pues las ideas, como decía Thomas Jefferson, “son como el aire que respiramos y no pueden ser, por naturaleza, sujetas a propiedad”.

Lo que se levante de este derrumbe que estamos viviendo pueden ser valores nuevos grabados en tablas nuevas, esto es, una nueva idea de ciudadanía y libertad basada en el Derecho a la existencia o, por el contrario, una sociedad hundida y segregada que endiosa como nunca a los más poderosos. Empezar, desde ahora mismo, un proyecto civilizatorio que frene el embiste de la muerte y al mismo tiempo sea capaz de abrir un horizonte y una voluntad que ambicione abandonar la riqueza propia de la modernidad capitalista: valor, dinero, trabajo, mercancía. Una riqueza fundada sobre el tiempo libre y sobre un tiempo propio, solo es pensable si primero nos atrevemos a imaginar lo que hoy parece impensable; solo es factible si nos atrevemos a ir más allá del bien y del mal, más allá del trabajo y el capital. Rescatar a la libertad del secuestro neoliberal; luchar para que lo que hoy parece imposible mañana se vuelva insuficiente.

¡Sanidad, renta, vivienda, derechos de existencia!


Tonterías selectas de Juan Torres López

18/04/2020

Tonterías selectas de Juan Torres López: La izquierda y las empresas

Defiende a las empresas ante la izquierda (bien), pero no evita diversas tonterías.

las empresas capitalistas son singulares y que en su seno se refleja el conflicto básico de nuestras sociedades, entre el capital y el trabajo. Al basarse la producción y distribución de lo que necesitamos en el trabajo asalariado, es decir, en la compra de tiempo de trabajo por los propietarios del capital, es inevitable que el valor total de todo lo que se produzca vaya a uno o a otro factor (el Estado puede apropiarse de una parte, pero acto seguido vuelve a repartirlo). Y de ahí el conflicto permanente para tratar de quedarse, cada uno, con la mayor parte de la tarta. Y la historia nos ha enseñado que si ese balance no se modula bien se producen desequilibrios y bloqueos que terminan minando tanto a las empresas en particular como a las economías en su conjunto.

existen muchas empresas que responden a objetivos y formas de actuar que no sólo no concuerdan con los del capitalismo dominante, sino que anticipan una economía diferente y mucho más satisfactoria desde todos los puntos de vista.

ese uno por ciento súper rico que se queda con todo

Se pueden presentar sólo propuestas como la elevación del salario mínimo, la creación de un ingreso mínimo vital o de gasto social en cualquiera de sus manifestaciones como medidas que benefician sólo a los trabajadores o a las personas más necesitadas o, por el contrario, también como beneficios que van a tener acto seguido las empresas en su conjunto puesto que prácticamente la totalidad del dinero que se gaste en todo eso se va a convertir casi inmediatamente en más ventas empresariales.

cada vez hay más propuestas imaginativas y rigurosas para tratar de corregir lo que de malo hay en los modelos empresariales del capitalismo de nuestro tiempo. Las propuestas de que Thomas Piketty realiza en su último libro Capital e ideología, o las nueva formas de comportamiento empresarial que viene promoviendo la Economía del bien común, inicialmente concebidas por Christian Felber y ya con un buen número de iniciativas y experiencias concretas, son una buena muestra de ello.


Tonterías selectas de Enrique Dans

15/04/2020

Tonterías selectas de Enrique Dans: El ‘reset’ como oportunidad

Entre enero y marzo de 2020, cada país se dedicó a ir repitiendo patéticamente los errores de los anteriormente afectados, sin aprender prácticamente nada, sin beneficiarse en absoluto de la experiencia existente.

el esquema de unidades territoriales administradas independientemente con arreglo a principios de soberanía nacional es algo que, en un mundo conectado, resulta completamente ineficiente y arcaico. ¿Qué habríamos podido hacer ante la pandemia con una administración única, eficiente y coordinada?

la infección proviene de haber explotado los ecosistemas hasta un límite absolutamente demencial.

Para enfrentarnos al futuro, debemos plantear, en primer lugar, el reto de la coordinación. Actuar como tribus independientes pudo ser interesante hace siglos. Pero hoy, en un mundo hiperconectado, lo interesante es actuar de manera coordinada.

a lo largo de los años, hemos demostrado que el mecanismo más eficiente para la innovación no es la competencia, sino la cooperación, el código abierto.

¿Por qué no plantearnos reconstruir nuestras economías con criterios de sostenibilidad?

Con buen criterio, Pedro Sánchez ha encargado pilotar esa transición a Teresa Ribera, la ministra para la Transición Ecológica

Si un mes de confinamiento nos ha demostrado hasta qué punto la contaminación dependía de los automóviles de combustion interna, ¿no es momento de adelantar su retirada, en lugar de, como piden algunos fabricantes irresponsables, otorgarles una moratoria para que puedan seguir contaminando?

Es el momento de que, parafraseando el mayo del 68 francés y por la cuenta que nos tiene, seamos realistas y pidamos lo imposible.


Tonterías selectas de Álex de la Iglesia

13/04/2020

Tonterías selectas de Álex de la Iglesia: Reflexiones tempestivas

Lo mejor del día, sin duda alguna, es aplaudir a las 20:00 mirando al vecino, que no sabemos quién es, pero le sonreímos, y aplaudimos con todas nuestras fuerzas. Sin embargo, a las 20:15, la cosa cambia y comienza el reino del capitán ‘A Posteriori’, el mundo del “ya te lo dije”, el planeta de “esto no se hace así”. Como en una producción de serie B, compartimos el mismo futuro que los neoyorquinos, franceses o italianos, el horror nos iguala, y, sin embargo, los cretinos hacen carreras para ver quién lo lleva mejor en las estadísticas, quién ha tardado más en tomar medidas, quién es el culpable de nuestra desgracia.

Cuando llega la noche no puedes criticar a nadie, salvo a ti mismo. Quizá sea un buen momento para aprender, y abandonar de una vez por todas el planeta Mongo, donde todo se hace mal, cuando se podía hacer mucho mejor…

El racionalismo del siglo XIX, el liberalismo pragmático, el bueno de Milton Friedman, en definitiva, el ‘capitalismo classic’ que ha regido los destinos del pensamiento occidental desde hace décadas, no funciona. Antes no se percibía con tanta claridad, porque los que escriben la historia se guardaban siempre un ‘deus ex machina’ para el tercer acto. Ahora no, ahora no se salva ni el apuntador, y advertimos con estupor cómo el sistema funciona si el viento sopla a favor, pero deja de hacerlo cuando surgen situaciones ‘imposibles’ como esta.

… Esta confianza en la bondad del futuro y la solidez de las instituciones es un regalo que nos ha dejado el neoliberalismo de los ochenta, que no leía a los hermanos Grimm. El endurecimiento de la conducta moral de cierta clase dirigente es comparable a la de Harry Lime, el personaje interpretado por Orson Welles en ‘El tercer hombre’. Desde la noria, algunos políticos ven pasar a las personas como si se tratasen de hormigas, y deciden con frialdad cuántos cientos de miles pueden aplastar con el dedo, para que la economía no se resienta.

… Nos vendieron que éramos héroes individuales, que cuanto mayor fuese nuestra libertad, mayores posibilidades teníamos de mejorar lo que se encontraba a nuestro alrededor.

… Apostar por el individuo parece probado que no es eficaz, que a Flash Gordon todo este asunto le queda grande. Por eso hay que repensar un sistema global que pueda hacer frente a lo que nos viene encima.

… Por favor, valorad lo que digo en la medida en que se lo merece: poco.

… Primero la vida, y luego todo lo demás. ¿Quién puede negar eso? Nadie con dos dedos de frente. La cultura nunca estará por delante de la supervivencia, pero tampoco detrás, porque sin la cultura no sabremos cómo sobrevivir. Sin la cultura no sabremos discernir qué es lo más urgente, no encontraremos la vacuna, no nos apoyaremos unos a otros en la adversidad, no saldremos a aplaudir al balcón. Sin cultura no aguantaríamos el confinamiento. Sin cultura no aguantaríamos la vida, que no deja de ser, en definitiva, un largo confinamiento.


Tonterías selectas de Eudald Carbonell

13/04/2020

Tonterías selectas de Eudald Carbonell

Un ejemplo reciente de colapso: la crisis económica de 2008.

… en los últimos años estamos viviendo procesos de colapso debido a nuestra incapacidad para sincronizar la conciencia como especie con el aumento exponencial de la tecnología.

… para algo tan endogámico del planeta como un virus no existe un protocolo universal consensuado. ¿Por qué? Porque no tenemos conciencia crítica de especie. Cada país, cada empresa, compite por desarrollar la tecnología para su propio beneficio. Si de esta revolución tecnológica que estamos viviendo se hubiera dedicado a la cuestión de los virus el 0,001 del PIB mundial, ya tendríamos la vacuna a punto cuando el Covid hubiera llegado.

… somos incapaces de coordinarnos entre países ni de tener una respuesta adecuada. Cuando las cosas se hacen mal, solo pueden ir a peor. Es una ley etnográfica. El coronavirus es el último aviso, tenemos que aprender la lección.

… es la primera vez que la humanidad entera se plantea desafiar a la selección natural. Todos los países, todas las estructuras de poder, amenazadas al mismo tiempo. Es algo único. La conciencia de especie hace que intentemos salvar todas las vidas posibles y lo hacemos gracias a la tecnología. Sin ella, el resultado del Covid-19 sería un diezmo de la población similar al de la gripe de 1918 o a la peste negra del siglo XIV. Ahora lo importante es salvar vidas, sin duda. Pero la tecnología sola no nos salvará si no empezamos a redistribuir la energía en lo realmente importante para nuestra superviviencia, como por ejemplo acabar con los líderes, que es lo peor que hemos conservado de nuestro grupo zoológico. Generalmente ponemos a los peores al frente y estas son las consecuencias.

Solemos elegir a los peores, tenemos esa incapacidad como especie, no se sabe bien por qué. En estas democracias formales se vota a gente que son los más ineptos. La selección natural consiste en eliminar a los menos adaptados, que no son necesariamente los más débiles. En el pasado, la propia estructura evolutiva expulsaba a los que no se adaptan. Porque si no, desapareces como grupo. Es algo obvio.

… El Covid-19 surge porque lo hemos hecho muy mal antes rompiendo los equilibrios del planeta en nombre de la globalización.

… Fíjese la Unión Europea, es un gigante con pies de barro porque no es una estructura social, es una estructura económica hecha por las clases extractivas para quedarse con los impuestos de la gente, cuando debería ser una Europa social que pensara en las personas. No solo en los europeos, sino en la especie. Y esto lo digo por los refugiados.

… P. ¿Cuándo se iniciaron estos colapsos de la especie?

R. Cuando se socializó el capitalismo. Hizo falta una revolución industrial y dos guerras mundiales para que las mercancías pudieran circular por todo el planeta. Eso nos costó 200 millones de muertos sobre una población de 1.500 millones, un 13% de la población mundial. En esa época es cuando se crean estos organismos supranacionales inservibles que en lugar de obligarnos a obtener consensos en un momento de crisis se dedican a aconsejar. El trauma de las guerras mundiales y la pobreza subsiguiente no nos ha llevado a tener una actitud crítica y responsable con el conjunto de la humanidad. Diría que al contrario, más competitividad y mayor desconfianza. La globalización es un error que pagaremos caro.

… P. ¿En algún momento hemos actuado con conciencia de especie?

R. La crisis de los misiles fue un aviso similar al de este Covid-19. El mundo pudo irse al garete por culpa de una guerra nuclear y ahí tuvimos conciencia de especie para frenar la escalada a tiempo. Por desgracia, los pequeños colapsos, por ejemplo las guerras en Oriente Próximo, la crisis económica de 2008, ahora el coronavirus, nos llevan irremediablemente a una guerra mundial. ¿Cuándo? No lo sabemos. Y en una guerra mundial varios países dispondrán de una energía nuclear que no se ha usado con fines de destrucción aún, pero que por supuesto querrán usar de forma destructiva. Si esto finalmente no ocurre es porque somos humanos, porque de nuevo volvemos a anteponer la conciencia de especie.

P. ¿Entonces el Covid-19 es un colapso más que nos aboca a la guerra?

R. Si seguimos por este camino, no lo dude. El Covid-19 o rompe o acelera el camino hacia una guerra mundial, pero nada se mantendrá igual.

… debemos reaccionar, porque si no, se acepta el nepotismo y que los genes no aptos de la especie tomen decisiones catastróficas. Tenemos los peores líderes posibles, fíjese quién manda en las principales potencias. Por eso me da pánico una guerra mundial.

… Debemos desacelerar rápidamente la globalización y apostar por la planetización, que es tener conciencia crítica de especie y evitar gastos inútiles y pérdidas de energia exponenciales provocadas, entre otros factores, por el consumismo. Si no, entraremos en una secuencia principal de colapso que puede provocar entre 2.000 y 3.000 millones de muertos, la pérdida del 15% al 20% de la población.