Cooperación y competencia

13/12/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Cooperación y competencia

Con su capacidad de actuar y cambiar la realidad, un agente puede beneficiar o perjudicar a otros, ayudarlos o dañarlos, contribuir a que consigan sus objetivos o impedírselo, afectar a sus intereses. Algunas de las relaciones entre agentes que implican beneficios o daños son relaciones de cooperación o relaciones de competencia. Dos (o más) agentes cooperan si intentan beneficiarse mutuamente o de forma conjunta. Dos (o más) agentes compiten si intentan dañarse mutuamente, o si se esfuerzan en conseguir algo valioso que no queda disponible para el otro (o los otros).

Cooperar es actuar con, por o para otro u otros, para el beneficio mutuo de las partes o del conjunto si se trata de un grupo: los colaboradores se coordinan de algún modo, ajustan sus conductas, trabajan juntos o dividen el trabajo, se ayudan mutuamente, comparten o intercambian lo que producen, y todos salen ganando si la cooperación se hace bien. Los frutos del trabajo cooperativo se comparten (bienes comunes de un grupo, como una tribu o una empresa) o se intercambian entre diferentes unidades como productores y consumidores (compraventas en el mercado). Ejemplos: las hormigas de una colonia construyen y comparten un nido; los cazadores abaten juntos una presa y la reparten; en el mercado compradores y vendedores intercambian los bienes y servicios que producen.

Competir es actuar contra otro (u otros) para conseguir algo exclusivo o excluyente, que cuando uno lo consigue no está disponible para el resto: uno gana y otro pierde, y en casos de competencia destructiva ambos pueden resultar perdedores netos. Ejemplos: los organismos compiten por los recursos escasos en el entorno, como el alimento o el control del territorio; varios aspirantes compiten por el amor de una dama; dos jugadores se enfrentan para ganar un torneo; los comercios intentan captar clientes; un depredador intenta cazar y comerse a una presa.

La capacidad de los agentes para cooperar o competir depende de cuánto valor o beneficios pueden aportar o cuánto daño o pérdidas pueden causar. Los agentes pueden tener diferentes capacidades de beneficiar o dañar a otros, y de este modo son mejores o peores cooperadores o competidores. En la medida en que pueden elegir, los individuos tratan de asociarse con los mejores cooperadores y evitan enfrentarse a los mejores competidores.

El éxito en la competencia depende de las capacidades relativas de los contendientes: es posible incrementar la probabilidad de victoria mejorando uno mismo o empeorando al rival. Ejemplos: el boxeador puede entrenar o conseguir que su rival no pueda hacerlo; el ejército puede unirse, cohesionarse, o conseguir que el rival se disgregue (divide y vencerás). La competencia violenta o destructiva es común porque a menudo resulta más fácil destruir que construir.

Las interacciones cooperativas y competitivas pueden combinarse de múltiples formas y anidarse en múltiples niveles de forma recursiva: es posible cooperar con unos para competir con otros (soldados en ejércitos rivales), competir con unos para cooperar con otros (candidatos a un puesto de trabajo en una empresa), cooperar con unos para cooperar con otros (diversas unidades a diferentes niveles dentro de la jerarquía de un ejército o empresa), o competir con unos para competir con otros (partidos entre deportistas en un torneo por eliminatorias).

La apariencia de la interacción no siempre coincide con la realidad: es posible simular que compites cuando en realidad cooperas (comercios que se ponen de acuerdo para fijar precios y repartirse el mercado sin que los consumidores lo sepan), o simular que cooperas cuando en realidad compites (un espía en el país enemigo).

Los cooperadores (socios, colaboradores, aliados, camaradas, amigos) se benefician mutuamente, prosperan juntos y suelen gustarse (afectos positivos) porque son buenos unos para otros: pueden incluso amarse (como en la cooperación para la reproducción sexual). Los competidores (rivales, antagonistas, adversarios, contrincantes, enemigos) se perjudican mutuamente, prosperan unos a costa de otros y suelen detestarse (afectos negativos) porque son malos unos para otros: pueden incluso odiarse (como los enemigos a muerte).

La cooperación tiene aspectos negativos y la competencia tiene aspectos positivos: la cooperación tiene costes y riesgos que hacen que no estén garantizados los beneficios para todos; las pérdidas son posibles y tal vez no merezca la pena cooperar. La competencia puede servir de incentivo o mecanismo de mejora de los agentes (innovación, creatividad), y la existencia de alternativas en competencia posibilita la elección entre las mismas. Además las cosas no son buenas o malas, sino que son buenas o malas para algo o para alguien: tanto cooperación como competencia pueden ser buenas para algunos y malas para otros.

La cooperación no siempre es buena para todos, porque es posible cooperar con unos para competir contra otros y dañar a esos otros; y la competencia no siempre es mala para todos, porque es posible competir contra unos para servir a otros y cooperar con esos otros. Desde el punto de vista de terceros la cooperación es mala cuando es contra ellos, y la competencia es buena cuando es a su favor: la cooperación es buena para los cooperadores (cuando es exitosa), pero puede ser mala para terceros; la competencia es mala para los competidores (al menos para los perdedores), pero puede ser buena para terceros. Ejemplos: los jugadores de un equipo cooperan para vencer al equipo rival; los trabajadores de una empresa colaboran para ser más competitivos que las empresas rivales; las empresas compiten unas con otras para satisfacer mejor a sus clientes; los machos compiten para aparearse con las hembras.

Lenguaje sobre cooperación y competencia

La cooperación parece algo necesariamente positivo y la competencia parece algo necesariamente negativo, y frecuentemente se insiste en la necesidad de fomentar la cooperación y limitar la competencia. La cooperación sería algo social, altruista, bueno, constructivo, eficiente; la competencia sería algo individual, egoísta, malo, destructivo, ineficiente.

Aunque es cierto que la competencia puede ser violenta y que implica algún tipo de pérdida o derrota, frecuentemente se olvida que la cooperación puede salir mal, con las pérdidas consecuentes, o ser una disculpa o fachada para el parasitismo (exigencias de solidaridad, sistemas de redistribución coactiva de riqueza).

Es normal que en el lenguaje predominen las apelaciones a la cooperación y que estas resulten atractivas: uno tiende a relacionarse y hablar más con cooperadores reales y potenciales (quizás los miembros del propio grupo con quienes uno quiere llevarse bien), y al hacerlo intenta ser positivo y resaltar los beneficios de la asociación; además el discurso a favor de la cooperación puede mejorar la imagen y la reputación del hablante. El lenguaje competitivo es más hostil, está dirigido a los enemigos o se refiere a ellos, y puede ser ofensivo o incluso amenazante.

No es lo mismo hablar de cooperar y de los beneficios de la cooperación (algo fácil y barato) que realmente cooperar y aportar valor (algo difícil y costoso). Las apelaciones a la cooperación pueden ser simples declaraciones hipócritas para mejorar la imagen pública y gustar a los demás, o incluso engaños de parásitos para acercarse a sus víctimas y ocultar la realidad de la interacción: los tramposos o estafadores proponen cooperar pero lo que realmente pretenden es aprovecharse del otro, recibir sin dar o conseguir mucho más que lo que contribuyen. Esto puede suceder en interacciones bilaterales si el tramposo puede escapar sin ser castigado, o en relaciones multilaterales complejas (sociedades con muchos individuos e interacciones) en las cuales es difícil vigilar y detectar a los parásitos.

Las apelaciones a la competencia también pueden ser engañosas o manipuladoras: es posible resaltar los problemas que pueden causar los enemigos externos de un grupo, enfatizando la necesidad de cohesión social contra ellos, para ocultar o que se olviden problemas o conflictos internos, quizás causados por los mismos que enfatizan la rivalidad y la competencia contra los otros.

Evolución, aptitud y mente

Tanto la cooperación como la competencia son fenómenos esenciales en el proceso de la evolución biológica. La competencia entre seres vivos es una presión evolutiva que tiende a producir mejoras relativas de aptitud entre estos, ya que los menos capaces desaparecen o se reproducen en menor proporción. Esta competencia no consiste meramente en luchar de forma violenta, de modo que no se trata solamente de ser más fuerte y destructivo, sino de realizar de forma más eficiente las tareas necesarias para la supervivencia y el desarrollo. La competencia es esencial en los procesos evolutivos y no desaparece prácticamente nunca porque los recursos son limitados y escasos, pero también existe la posibilidad de asociarse y cooperar con otros, lo cual resulta ser una estrategia evolutiva adaptativa altamente exitosa. Los seres vivos cooperan para competir mejor contra otros equipos de cooperadores, y compiten para ser elegidos como miembros de buenos equipos de cooperadores.

Los agentes no necesitan ser conscientes o saber que están cooperando o compitiendo, pero la posibilidad de cooperar y competir tiende a producir inteligencia y consciencia: la importancia de los procesos de cooperación y competencia para la supervivencia y el éxito vital de los organismos es una fuerte presión evolutiva que contribuye al desarrollo progresivo de capacidades cognitivas y emocionales adaptativas como la inteligencia estratégica, el lenguaje comunicativo para la coordinación y los sentimientos morales como protectores y garantías de la cooperación. La mente es una poderosa herramienta para el control de la interacciones de cooperación y competencia con otros agentes.

Ayuda o daño unilateral frente a cooperación y competencia

Tanto cooperación como competencia son interacciones al menos bilaterales: involucran a dos (o más) agentes, y ambos participan activamente, actúan para o contra el otro o los otros. En algunas relaciones sólo uno actúa y el otro solamente recibe los efectos positivos o negativos de esa acción: no hay acciones en ambos sentidos, no hay reciprocidad, sino que se trata de conductas unilaterales (no son realmente interacciones de un agente a otro y viceversa); la ayuda o el daño suceden en una única dirección de forma asimétrica.

Aunque no todas las relaciones entre agentes son estrictamente de cooperación o competencia, muchas sí lo son porque quienes dan ayuda no suelen hacerlo gratis sino que les interesa recibir algo valioso a cambio de los costes asumidos (reciprocidad), y quienes son agredidos suelen intentar defenderse de su agresor para conseguir sobrevivir: la ayuda unilateral se transforma en cooperación, y el daño unilateral se transforma en competencia.

La competencia puede ser asimétrica en el sentido de que un agente puede intentar causar un daño a otro sin que este otro haga nada más que intentar defenderse de la agresión, como en el caso de un depredador y su presa, un parásito y su huésped, o un asesino y su víctima. Las víctimas de daños por agresión no tienden a quedarse pasivas sino que suelen intentar hacer algo para evitarlos en la medida de sus posibilidades. La competencia también puede ser muy asimétrica o desequilibrada si un agente agresor es mucho más fuerte que una víctima que apenas puede hacer nada.

La ayuda supone un coste a quien la da y un beneficio al receptor, de modo que el que ayuda pierde poder y tiene menos posibilidades de éxito vital, y el receptor, que podría ser un competidor, gana en poder: la ayuda unilateral del altruismo no parece una conducta adaptativa. Existe una relación especial de ayuda casi totalmente asimétrica que es la reproducción de los organismos, que implica costes para los progenitores sin recibir nada a cambio de las crías (en algunos animales sociales pueden contribuir como fuerza de trabajo subordinada a los progenitores o cuidar de ellos cuando sean ancianos). Esta relación altruista tiene sentido si se considera desde el punto de vista de los genes que se reproducen y son compartidos por progenitores y crías (aptitud inclusiva, que también considera a otros parientes como tíos, hermanos, abuelos, primos).

La ayuda unilateral puede ser parte de un proceso de cooperación extendido en el tiempo o diferido: un agente entrega algo valioso hoy a cambio de recibir algo valioso en el futuro. La ayuda unilateral (entendida a menudo como caridad) puede servir para mejorar la reputación y prestigio de quien ayuda, y también para generar sentimientos de deuda y agradecimiento en los receptores que quizás puedan devolver el favor en el futuro, transformando así la relación en cooperación bilateral. Algunas relaciones de cooperación son asimétricas en el sentido de que una parte contribuye mucho más que la otra o las otras y no se beneficia de forma proporcional: en algunos casos se disfraza de cooperación lo que en realidad es caridad para no humillar a la parte receptora neta de ayuda, o para que los más débiles se sientan parte de un grupo aunque individualmente aporten poco.

Dentro de algunos grupos de cooperadores con relaciones multilaterales la reciprocidad no tiene por qué ser directa (intercambio entre solamente dos agentes en el cual ambos dan y reciben), sino que puede ser indirecta: un agente ayuda a otro pero recibe ayuda de un tercero. Los miembros del grupo ayudan a otros miembros del grupo sin fijarse en su carácter  individual.

Competencia

La competencia puede ser violenta (conflicto entre depredador y presa, combate entre machos que pelean por hembras) o no violenta (comercios que buscan clientes, machos de aves que intentan atraer a las hembras mostrando sus cualidades como belleza o habilidad para el canto, el baile o la construcción de nidos). La competencia puede suceder con contacto físico con el rival o no, o sabiendo que existen rivales o no: las ardillas compiten por nueces sin necesidad de ver a otras ardillas, saber que existen o pelarse con ellas.

La competencia contra otro le causa algún daño físico (el depredador mata a la presa) o le priva de la posibilidad de algún beneficio, le arrebata alguna oportunidad (competencia entre comercios que venden productos iguales o semejantes; competencia entre animales que buscan el mismo alimento). En algunos casos pueden darse ambos fenómenos: los boxeadores intentan hacerse daño y ganar un trofeo que el otro pierde; los machos pelean, se causan heridas hasta que uno se rinde, y el vencedor se aparea en exclusiva con las hembras.

La competencia puede estar sometida a algún tipo de reglas (competencia en el mercado con respeto a los derechos de propiedad y los contratos libremente acordados) o no (competencia en conflictos violentos). Incluso en los conflictos violentos es posible recurrir a algún tipo de reglas (que luego pueden cumplirse o no) para intentar reducir los daños posibles, como es el caso de las leyes de la guerra (qué hacer con los prisioneros, los heridos, los civiles; qué tipo de armas usar).

Algunos casos de aparente competencia son en el fondo cooperación: un corredor que hace de liebre marca un ritmo rápido para animar y acelerar una carrera que él no pretende ganar; un rival deportivo puede servir para entrenarse y mejorar las propias capacidades; las competiciones deportivas pueden ser una forma cooperativa de entretenimiento para los participantes.

La cooperación forzada es en el fondo competencia: una parte debe utilizar la violencia para imponer su voluntad a la otra, como en el caso de la esclavitud. En una relación de esclavitud o servidumbre involuntaria y forzosa la parte sometida ayuda al opresor a cambio de que este renuncie a hacerle un daño del cual es capaz: el esclavo no recibe valor a cambio de su trabajo (quizás alimento, alojamiento, vestido), pero al menos evita un perjuicio mayor (castigos físicos, torturas o muerte). Hay una apariencia de cooperación pero la relación fundamental es de competencia por el control de la capacidad de trabajo del esclavo. La auténtica cooperación no requiere de la fuerza de una parte para imponerse sobre la otra.

Aunque la competencia implica la posibilidad de perder o sufrir daños, el acicate de la competición, el espíritu competitivo, el deseo de igualar o superar a otros, pueden servir de estímulo para mejorar las capacidades propias y así ser más apto, competente y competitivo. De forma alegórica puede hablarse de competir contra uno mismo para referirse al deseo de superación personal que puede servir para mejorar individualmente. Esta forma de perfeccionamiento tiene dos problemas: un agente en solitario tal vez no pueda saber qué nivel de aptitud es posible alcanzar y quizás se conforme con poco; y la ausencia de auténticos rivales puede significar que las emociones competitivas no se activan de forma adecuada y el esfuerzo realizado es insuficiente. La competencia contra otros permite disponer de referencias de lo que es posible y de modelos a imitar, y además despierta deseos intensos de victoria que incentivan el rendimiento propio. Los humanos son agentes muy preocupados por su estatus social, y en algunos ámbitos este se consigue al superar a otros (combates, competiciones deportivas, éxito profesional).

Cooperación

La cooperación se realiza cuando se espera que sea eficiente, beneficiosa, que incremente los rendimientos del trabajo aislado o autónomo, que aproveche sinergias. La cooperación no siempre es beneficiosa porque aunque es posible conseguir más al cooperar varios agentes, ese resultado hay que repartirlo o dividirlo entre más individuos, y la cooperación no siempre es más eficiente porque tiene costes de búsqueda (encontrar al cooperador, comprobar competencia y fiabilidad) y coordinación (costes de transacción, de gestión, de vigilancia, de contabilidad). La cooperación puede estar mal coordinada y siempre es posible el fracaso.

La acción individual puede fallar, y la cooperación entre individuos puede fallar por más motivos: porque falle alguna acción individual o porque falle el ajuste o coordinación entre ellas. La cooperación a menudo es difícil y puede salir mal: malentendidos, mala ejecución, errores, trampas (incumplimiento de lo acordado), expectativas frustradas. El fracaso o la ruptura de la cooperación puede ser muy costoso y doloroso, incluso llevando del amor al odio (proceso típico en relaciones afectivas sexuales y otras alianzas rotas o traicionadas).

La cooperación puede ser beneficiosa para unos pero no para otros según lo que se aporte a la cooperación y lo que se reciba de ella. Un problema esencial es la asociación con tramposos o parásitos que reciben pero no aportan valor: conviene detectarlos y evitarlos, y comunicar fielmente a los otros que uno es un buen cooperador mediante señales honestas costosas de reputación, honorabilidad y competencia. Las posibilidades de cooperación dependen mucho de la confianza, del carácter moral de los individuos y de las instituciones sociales que velan por el cumplimiento de los acuerdos.

Los agentes pueden tener diferentes habilidades y capacidades de realizar trabajo (energía o potencia si es por unidad de tiempo). Las acciones son de diferentes tipos, requieren diversas habilidades y pueden ejecutarse con diferente intensidad. La cooperación incrementa la capacidad total de acción tanto en fuerza total como en habilidad. Tareas difíciles o imposibles para uno solo (por no disponer de la fuerza, velocidad, o combinación de habilidades suficientes), son accesibles a dos o más cooperadores.

La cooperación puede realizarse mediante la unión de esfuerzos iguales o mediante la división en funciones diferentes complementarias. Ambos tipos requieren de una adecuada coordinación para que la cooperación sea efectiva y eficiente.

Al unir esfuerzos iguales varios cooperadores hacen lo mismo, suman el mismo tipo de trabajo (quizás con diferente intensidad y habilidad) y consiguen un efecto total mayor cuantos más sean y más se esfuerce cada uno. Ejemplos: varios individuos empujan o tiran de un objeto; una cadena de transporte de cubos de agua; múltiples soldados de un mismo tipo como arqueros o fusileros; varios vigías observando; remeros en una barca. El resultado total puede ser una simple suma lineal de los resultados individuales (suma vectorial de fuerzas), pero también puede ser mayor (levantar entre varios algo muy pesado que uno solo no puede; desplazar un objeto al superar el umbral de rozamiento; hacer suficiente daño a un enemigo como para anularlo), o menor (si los esfuerzos interfieren de forma destructiva o no se aprovechan en su totalidad, como unos remeros estorbándose al golpearse sus remos o remando en sentidos opuestos, soldados que disparan contra el mismo enemigo ya muerto, soldados que disparan contra otros soldados del mismo ejército).

Al dividir el trabajo los agentes realizan tareas especializadas diferentes y complementarias: distintos trabajadores de una empresa, soldados diferentes en un mismo ejército como infantería o caballería. La división del trabajo a la que se refiere la ciencia económica no consiste en repartir un mismo trabajo entre varios agentes en unidades más pequeñas (dos traductores que se encargan de dos partes de un libro, dos trabajadores que cavan trozos de una zanja), sino en hacer cosas distintas.

La división del trabajo puede incrementar los rendimientos del mismo porque permite a los agentes descansar de una tarea mientras realizan otra (cavar una madriguera, vigilar en busca de peligros, cuidar de las crías, buscar alimento), o porque los agentes pueden entrenarse y especializarse en una función concreta; los trabajadores humanos además pueden producir y aprender a usar herramientas específicas para muy diversas tareas (bienes de capital duraderos).

La cooperación puede ser puntual, basada en relaciones no duraderas (intercambios comida por sexo en animales; intercambios comerciales en los mercados), o puede realizarse de forma estable, continua en el tiempo, repetida, en grupos organizados internamente (tribu, empresa): estos pueden tener un patrimonio compartido, actúan colectivamente con algunos intereses comunes, y los miembros se ayudan unos a otros. Es común considerar que la cooperación sólo se da entre miembros de un grupo estable, o con trabajadores físicamente próximos o unidos de algún modo o con un interés común, pero los intercambios puntuales entre desconocidos también son cooperativos.

Negociación

Las condiciones de la cooperación pueden formalizarse mediante un contrato o sistema de reglas. La cooperación puede requerir algún tipo de negociación para acordar qué recibe y da cada parte, cuáles son las condiciones de la cooperación. La negociación es un proceso parcialmente competitivo y sin garantías de éxito en el cual las partes piden (o exigen) y dan (o conceden), empujan y ceden, obtienen derechos y asumen deberes, normalmente intentando conseguir las mejores condiciones posibles, obtener más y renunciar a menos, pero sin forzar tanto que la cooperación no se lleve a cabo o se rompa.

El poder y habilidad de negociación de las partes puede ser diferente: depende de cuánto se necesite la relación cooperativa y de si existen o no otros cooperadores alternativos posibles. Una estrategia común de negociación incluye no mostrar cuánto desea uno un acuerdo (hacer creer que interesa poco, proponer como comprador un precio bajo, mencionar alternativas), enfatizar o exagerar los sacrificios propios, y convencer al otro de que un intercambio o pacto es muy beneficioso para él. En la negociación es muy útil conocer a la otra parte, saber qué quiere conseguir y qué puede aportar.

La negociación puede suceder antes de la cooperación o durante la misma si esta es duradera, cambiando las condiciones. La negociación puede tener componentes de competencia violenta, como cuando una parte amenaza a la otra con algún tipo de daño si no acepta ciertas condiciones (acuerdos con mafiosos, piquetes sindicales). Durante la cooperación o tras la misma pueden presentarse reclamaciones para aclarar las condiciones o reclamar incumplimientos de lo pactado.

Grupos

Las relaciones cooperativas tienden a producir grupos relativamente persistentes y cohesionados de individuos que conviven y comparten intereses: son alianzas duraderas que pueden reducir costes de búsqueda y transacción y riesgos o problemas de confianza y lealtad. Los grupos no son sólo unidades internamente cooperativas: externamente suelen ser unidades competitivas contra otros grupos, especialmente en el caso de los seres humanos y la guerra.

Dentro de un grupo puede haber relaciones de cooperación y competencia entre los mismos agentes: los trabajadores cooperan y cumplen sus funciones para la empresa, pero compiten por un ascenso, por poder, por influencia; los jugadores dentro de un equipo cooperan para derrotar al rival pero compiten para ser titulares y no reservas, para ser más importantes, tener más protagonismo y recibir más atención, y para conseguir mejores condiciones contractuales (recompensa salarial); los equipos de una liga deportiva compiten para ganar partidos, campeonatos y los premios asociados, pero cooperan para ofrecer un espectáculo interesante a los espectadores; las empresas de un determinado sector compiten por trabajadores, proveedores y clientes, pero pueden cooperar para obtener alguna subvención o protección para el sector.

Los grupos son unidades cooperativas que pueden verse dañadas si existe demasiada competencia interna destructiva. Para evitarla o limitarla los grupos suelen utilizar reglas que prohíban o encaucen las actividades competitivas. Las agresiones internas están prohibidas y son castigadas. La búsqueda individual de estatus social se regula para que beneficie en lo posible al grupo: los honores (premios, reconocimientos, nobleza) y los ascensos en la jerarquía del poder (cargos de gobierno, autoridades) están condicionados (al menos en principio) a los servicios prestados al colectivo. Algunos grupos fomentan la igualdad o la uniformidad, e incluso pueden desincentivar o evitar las muestras ostentosas de superioridad de belleza o riqueza (normas religiosas de vestimenta, de modestia, humildad, discreción, recato, decoro) para así evitar costes de señalización y riesgos por envidias y rencores entre los miembros.

Sociedad, mercado y libertad

Las sociedades libres tienden a producir combinaciones adecuadas de cooperación y competencia dentro de marcos normativos respetuosos de los derechos individuales de propiedad: tanto la cooperación como la competencia se deciden de forma voluntaria, y la competencia legítima es no violenta. Los contratos recogen acuerdos que regulan relaciones cooperativas duraderas. La existencia de alternativas en competencia permite elegir con quién cooperar. La competencia, o la posibilidad de la misma, estimula o incentiva a trabajar bien, a ser eficiente, a mejorar, a innovar: es un proceso de descubrimiento de los productores de cómo satisfacer a los consumidores y de cómo realizar procesos productivos de bienes y servicios de forma más eficiente.

Nadie está obligado a cooperar o competir, la cooperación no está prohibida, y sólo la competencia violenta está prohibida. Obligar a cooperar puede unir a individuos que no quieren asociarse. Prohibir o limitar la competencia puede implicar que no te dejen elegir libremente con quién cooperar. Es posible que quienes quieren obligar a otros a cooperar sean malos cooperadores (y por eso no son elegidos libremente como asociados), y que quienes quieren prohibir la competencia sean incompetentes o malos competidores (y por eso tienden a fracasar o ser derrotados por otros en un mercado libre).


Guerra y grupos

15/11/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La guerra es un conflicto social violento, un enfrentamiento destructivo entre grupos humanos relativamente grandes (tribus, naciones) con daños personales y materiales considerables (sufrimiento, heridas, muerte, destrucción, coste económico). Mediante la guerra un grupo intenta dominar o destruir a otro o no ser dominado o destruido por otro, o compiten por dominar o ayudar a un tercero. En la guerra se combinan cooperación y competencia: los miembros de un grupo (ciudadanos, soldados) cooperan para competir más eficientemente en el conflicto violento contra el grupo rival.

No se consideran guerras, aunque pueda utilizarse el término metafóricamente, a los conflictos violentos entre individuos sin considerar su pertenencia a grupos: sin embargo el conflicto entre individuos es la base o el germen de la guerra, porque los grupos surgen como asociaciones poderosas para luchar contra otros individuos o grupos (hay otros motivos de asociación, como la ayuda mutua ante riesgos accidentales, enfermedades o fluctuaciones en la obtención de alimento; la toma de decisiones colectivas mediante la agregación de conocimiento individual; la división del trabajo, la especialización y compartir o intercambiar).

La guerra es un fenómeno no exclusivamente humano (existe claramente entre insectos sociales, como las hormigas, y a pequeña escala entre grupos de chimpancés y otros animales), pero sí es algo específicamente y típicamente humano: explica en gran medida la naturaleza tribal y colectivista de los seres humanos, cuyos grupos requieren estar cohesionados y coordinados y ser grandes y poderosos para vencer en sus conflictos con otros grupos. El grupo humano sirve no solo para cazar presas y defenderse de depredadores, sino especialmente para atacar a otros grupos humanos o defenderse de ellos.

En la guerra el grupo actúa como una unidad: es una unidad de acción colectiva que ataca a otros grupos y se defiende de otros grupos. La guerra es la acción colectiva por excelencia, la que requiere más cohesión y organización de los individuos para intentar conseguir objetivos comunes como la supervivencia conjunta. Aunque en la guerra actúan individuos, la guerra no es una acción meramente individual: los individuos no pelean por su cuenta y riesgo ni se coordinan espontáneamente; la guerra se decide, planifica y ejecuta de forma colectiva, y requiere planificación centralizada y jerarquías de mando para atacar y defenderse juntos de forma más eficiente.

La guerra no es una gran cantidad de conflictos individuales sin conexión entre sí: es un conflicto a gran escala entre todos los individuos de un grupo contra todos los individuos del grupo rival (aunque algunas guerras pueden limitarse a los militares o combatientes y no extenderse a la población civil). El guerrero no ataca a título individual sino como miembro de un grupo, y el ataque es percibido no como un conflicto entre individuos sino como una agresión de un grupo a otro; el ciudadano atacado es defendido por el grupo como miembro del grupo; una persona no es atacada por su identidad particular, que puede ser ignorada, sino por su pertenencia al grupo enemigo.

El individualismo metodológico intenta comprender, analizar y reducir los fenómenos sociales en función de acciones individuales. Esto es una línea de investigación muy valiosa, pero que se equivoca si insiste en que los grupos o las acciones colectivas no existen. En cierto modo es como negar que los organismos multicelulares existen y afirmar que sólo hay células individuales que resultan estar físicamente juntas. Los grupos existen en la medida en que están delimitados y que sus miembros están cohesionados y coordinados para acciones con objetivos comunes: una colonia de animales sociales (un superorganismo) y un organismo multicelular sólo se diferencian en su grado de cohesión y coordinación y en la autonomía de sus individuos (si son capaces de vivir solos e independientes), y ambos tienen problemas más o menos graves de delimitación (quién forma parte del grupo) y permeabilidad (cómo se entra y sale del grupo).

Las acciones colectivas pueden ser más complicadas y problemáticas que las acciones individuales por múltiples motivos: puede no estar claro quién forma parte de cada grupo y por qué (adscripción libre y voluntaria o no por ambas partes); puede haber grupos dentro de grupos; algunos individuos pueden cambiar de grupo o pueden ser simultáneamente miembros de varios grupos con lealtades incompatibles; la decisión colectiva no emerge de forma simple de las preferencias individuales sino que depende de cómo se agreguen estas; no todos los miembros del grupo participan del mismo modo en la acción colectiva; algunos miembros de un grupo pueden no contribuir a la acción colectiva o incluso intentar sabotearla activamente; puede haber conflictos internos sobre cuáles son las reglas de funcionamiento del grupo, quién debe mandar y quién obedecer, y cómo se reparten las cargas y beneficios del grupo.

Los grupos con mayor capacidad bélica tienden a dominar y expandirse y desplazan a los grupos más débiles: estos son conquistados, esclavizados, sometidos o asimilados con un estatus social inferior, o son expulsados a territorios pobres en recursos, marginales y de difícil acceso donde la supervivencia es más dura (tierras menos fértiles, desiertos, montañas).

La capacidad militar crece con la cantidad y calidad de recursos bélicos disponibles y su adecuada organización o dirección: población total, eficiencia del sistema económico generador de riqueza (con producción o compra de armamento y recursos logísticos y pago de salarios a soldados), liderazgo político, cohesión social, competencia táctica y estratégica. La guerra tiene costes y riesgos, pero el éxito en la guerra permite apropiarse de recursos valiosos (territorio, población, bienes materiales) que a su vez incrementan la capacidad militar.

Los grupos más cohesionados hacen mejor la guerra, y además la guerra puede servir para reducir el disenso y los problemas internos, o al menos obviarlos temporalmente, y unir al grupo frente al enemigo exterior. Los grupos más grandes y heterogéneos pueden sufrir problemas de organización y conflictividad política interna que reduzcan su capacidad militar o incluso lleven a su destrucción desde dentro (guerra de secesión, guerra civil).

El éxito en la guerra requiere planificación centralizada y jerarquías de mando: los soldados deben aprender a trabajar juntos bajo las órdenes de superiores, y la competencia de los generales es crucial para la victoria o la derrota.

El Estado, entendido como el sistema institucional estable que organiza y estructura la acción colectiva de un grupo y gestiona sus bienes comunes, está íntimamente relacionado con la guerra: el Estado hace la guerra y la guerra hace al Estado. Para comprender el Estado es necesario comprender la guerra, y viceversa. Y para entender la guerra en necesario entender los conflictos entre individuos y especialmente los conflictos violentos.

NOTA: este artículo es una sección de un artículo más largo ya casi listo sobre la guerra, los grupos, la sociedad, el mercado y el Estado. Otras secciones son:

Cooperación (coordinación) y competencia

El conflicto

El conflicto violento

Psicología y economía del conflicto violento

El conflicto violento como competición estratégica

Capacidades para el conflicto violento

Armamento humano artificial

Estrategia militar

Estado, guerra y sociología

Sociedad libre, mercado libre y guerra


Fernando Herrera no entiende los tanques

21/10/2016

Según Fernando Herrera:

[…] es necesario explicar […] cuáles son las causas del progreso tecnológico. Hay gente, demasiada y sobre todo en el ámbito político, que piensan que el progreso tecnológico es algo natural y que pasa por qué [sic] sí. De hecho, los economistas mainstream carecen de una explicación para este fenómeno, y por ello se limitan a configurar la tecnología como algo exógeno a sus modelos. En el modelo de competencia perfecta, por ejemplo, la tecnología viene dada.

¿Alguna cita o referencia sobre toda esa gente que piensa que el progreso económico es algo natural (entiendo que en contraposición a artificial) y que pasa porque sí? ¿Conoce Fernando Herrera toda la economía mainstream? ¿Realmente cree que ningún economista mainstream se dedica a explicar la tecnología? ¿Se ha molestado en buscar un poco? ¿En todos los modelos la tecnología es algo exógeno? ¿Es el modelo de competencia perfecta el único existente? ¿Confía en que sus lectores ignoren tanto de la economía mainstream como él?

Sin embargo, la tecnología es un fenómeno humano, económico, y por la tanto su explicación y la de su progreso ha de encontrarse en la praxeología y la teoría económica. No es el momento ahora de extenderse mucho en el tema, para el cual recomiendo leer a Kirzner o a Rothbard.

¿Alguien cree que la tecnología es un fenómeno no económico? ¿Es la tecnología un fenómeno exclusivamente humano? ¿Qué entendemos por “tecnología”? Aunque la tecnología es un fenómeno esencialmente humano, ¿ningún ser vivo desarrolla nada de tecnología? ¿No es la evolución biológica un proceso de desarrollo de tecnologías orgánicas para sobrevivir y desarrollarse? ¿La praxeología y la teoría económica son necesarias y suficientes para entender todo lo humano? ¿Kirzner y Rothbard son las únicas figuras recomendables o son las únicas que él conoce?

En una nota al pie, al referirse a “las necesidades de los individuos”, Fernando Herrera realiza un interesante comentario:

Entiéndase individuo en sentido amplio, pero sin incluir a los Estados.

¿Qué quiere decir “individuo en sentido amplio”? ¿Quiere incluir a los grupos de individuos como individuos o tal vez como agentes? ¿No sería mejor hablar de agentes en lugar de individuos y aceptar que los grupos pueden actuar? ¿Por qué dejamos fuera a los Estados?

Si volvemos nuestra mirada al desarrollo tecnológico en armas, y siguiendo la hipótesis recién planteada, es claro que él [sic] mismo debería tener su explicación en las necesidades individuales. ¿Es así? Francamente, me cuesta ver de qué forma las necesidades individuales han podido dar lugar a la creación de un tanque o un bombardero, no digamos ya de un portaaviones o la bomba atómica. O planteado de otra forma, ¿para qué puede necesitar un individuo un tanque?

Es evidente que todos los individuos, en mayor o menor medida, tenemos necesidad de protección, de protegernos a nosotros, a nuestras familias y a nuestros bienes. Es esa necesidad de protección la que da lugar a la existencia de armas (sobre la faceta ofensiva hablaré un poco más abajo), y a su consecuente desarrollo tecnológico. Pero también es evidente que la inversión que estemos dispuestos a hacer en nuestra protección depende básicamente del valor de lo que queramos proteger, y de los recursos que tengamos disponibles.

Creo a Fernando Herrera cuando afirma que le cuesta ver todo esto que menciona. Tal vez debe revisarse la vista, pensando un poco sobre la guerra como fenómeno colectivo y sobre muchas tecnologías como algo muy relacionado con la guerra. Los individuos no sólo incrementan su capacidad ofensiva o defensiva con inversión en tecnología bélica (armas): también lo consiguen asociándose con otros individuos, sumando esfuerzos, formando grupos cohesionados y coordinados que atacan y se defienden juntos, como una unidad. Estos grupos son más fuertes cuantos más miembros tengan y cuanto mejor cohesionados y coordinados estén. Para el individualismo metodológico todo esto debe de parecer una herejía, claro está.

En estas condiciones, es hasta cierto punto imaginable que se desarrolle el tanque. Pero, ¿un caza? ¿Qué clase de propiedad ha de tener un individuo para que le sea rentable protegerla con un caza o con un portaaviones?

Un par de párrafos después Fernando Herrera afirma que comienza a ver para qué puede necesitar un individuo un tanque, aunque otras armas pesadas aún se le resisten. El problema es que en realidad no lo ha entendido porque ni menciona el carácter colectivo de la guerra ni, lo que me parece más sorprendente, las carreras de armamentos entre contrincantes, que son un fenómeno esencial para entender el desarrollo de la tecnología, y no sólo la armamentística (mucha tecnología civil se beneficia de avances en el ámbito militar).

[…] Al individuo que invierte en armas le tiene que salir bien el cálculo económico para su empresa: ¿qué beneficios se han de esperar de un asalto o robo para que esté justificada la inversión en un portaaviones? ¿Y en una bomba atómica? Es difícil de imaginar.

Los individuos, individualmente, no suelen utilizar portaaviones (que además no podrían manejar solos) para ningún asalto o robo. La inversión en armas pesadas no es individual sino colectiva, del mismo modo que son empresas con múltiples accionistas (corporaciones) y no personas físicas únicas quienes llevan a cabo grandes proyectos empresariales, industriales o tecnológicos. Los beneficios colectivos de un portaaviones o una bomba atómica pueden ser muy altos: te permiten ser muy poderoso tanto para atacar a otros como para defenderte de otros.

Como Fernando Herrera no encuentra explicación para la aparición de armas pesadas en el mercado libre, culpa de ellas, con acierto, a los Estados. Pero entonces surgen algunas preguntas: ¿las empresas de defensa del mundo anarcocapitalista no tendrían armas pesadas?; ¿cómo tendrían éxito contra enemigos con armamento pesado?; ¿un grupo humano establecido contractualmente para defenderse con armas pesadas es equivalente a un Estado?

Termina Fernando Herrera apelando a los pacifistas para que luchen contra el Estado y que así desparezcan las muy destructivas armas pesadas. Esto tiene varios problemas: los pacifistas pueden intentar desarmar a sus propios Estados (de los que son ciudadanos y en los cuales tienen voto y cuenta su opinión), lo cual podría dejarlos indefensos ante Estados enemigos; una vez hayan desaparecido los Estados y las armas pesadas, ¿el equilibrio resultante sería evolutivamente estable?


Cohesión social: guerra, ayuda y parasitismo

11/12/2013

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La vida solitaria es muy diferente de la vida social, tanto para los seres humanos como para otros seres vivos. Un organismo aislado tiene problemas que podría solucionar mediante la cooperación con otros individuos, sea de forma ocasional o en un grupo estable. Pero la convivencia colectiva tiene sus propios problemas y requisitos.

La vida solitaria tiene muchas limitaciones: cada agente tiene una fuerza, una capacidad de acción y trabajo y unas habilidades determinadas, que se pueden mejorar, pero no de forma indefinida, de modo que hay logros que están fuera de su alcance; es imposible, o más difícil o ineficiente, hacer algunas cosas simultáneamente, como por ejemplo cazar y cuidar de las crías; y el individuo no tiene nadie que le ayude a superar una situación delicada si sufre un accidente o enfermedad, de modo que ciertos peligros pueden resultar letales.

Un agente solitario puede intercambiar bienes o servicios con otro si ambos coinciden e interactúan de algún modo. Pero estos encuentros requieren algún desplazamiento, coordinación y costes de búsqueda, o son casuales, aleatorios; quizás son poco frecuentes y cuando ocurren tal vez las partes no tienen nada valioso que interese al otro o no existe la confianza necesaria para negociar y realizar un intercambio. Algunos individuos pueden ser amenazas (depredadores, parásitos, ladrones, tramposos, estafadores) y conviene mantenerse a cierta distancia o vigilarlos cuidadosamente. Muchos animales de vida individual sólo cooperan esporádicamente (o incluso una sola vez en su vida) con otros de sexo opuesto para la reproducción sexual.

La vida social en un grupo estable permite compartir ciertos recursos valiosos, como un refugio o reservas de alimentos; juntar esfuerzos y generar sinergias para tareas comunes (caza, ataque y defensa); dividir el trabajo temporalmente (vigilar, construir el refugio, cuidar de las crías) o especializarse en tareas diferentes complementarias y realizar intercambios; y tener a otros siempre cerca y recibir ayuda en caso de necesidad. La cohesión social en animales es frecuente en situaciones de estrés y peligro.

La cooperación colectiva precisa algún tipo de coordinación mediante señales informativas e incentivos adecuados para conseguir fines comunes. Las interacciones frecuentes con otros y el conocimiento mutuo permiten desarrollar la confianza entre los individuos. La convivencia en proximidad requiere normas para evitar conflictos: molestias, externalidades negativas, parásitos, agresores, tramposos.

La cooperación social proporciona seguridad a los individuos mediante la lucha conjunta y la ayuda mutua: siendo muchos y estando cohesionados y adecuadamente organizados para la guerra (la unión hace la fuerza para la defensa ante ataques de otros grupos; divide y vencerás); y teniendo siempre a alguien al lado que puede y quiere socorrer o cuidar a un necesitado. Sin embargo estos dos fenómenos tienen diferencias importantes: la guerra es una acción necesariamente colectiva, de grupos contra grupos; la ayuda solidaria es una acción que puede realizarse de múltiples maneras, individualmente o mediante distintos tipos de asociaciones que no tienen por qué coincidir con el colectivo políticamente organizado.

Aunque no todos los individuos participan igual, la guerra es una actividad colectiva que implica a todo el grupo. La fuerza militar se incrementa notablemente conforme crece el número de guerreros o soldados disponibles, su calidad, su coordinación y su cohesión: jerarquía de mando, disciplina, capacidad de luchar como unidades eficientes de combate, cerrar filas, resistir, no ceder, no huir. La victoria en la batalla es más probable si se dispone de más combatientes con el armamento, la organización y la motivación adecuadas. Los grupos que más crecen (tanto en número de miembros como en recursos) y están más cohesionados (sentimiento tribal, patriotismo, compromiso, lealtad) tienden a triunfar en los conflictos bélicos. También son muy importantes las posibles alianzas entre grupos, las cuales pueden llegar a producir fusiones en unidades mayores.

Si un grupo crece y se organiza para la guerra sus potenciales víctimas deben a su vez crecer y prepararse si quieren sobrevivir y continuar siendo libres. Si el número de miembros no puede aumentar rápidamente es necesario mejorar la cohesión y la coordinación. Los colectivos pequeños, divididos o aislados, son débiles y pueden ser derrotados más fácilmente; tienden a ser eliminados, esclavizados o asimilados por otros grupos más poderosos, y para mantener su independencia suelen localizarse en zonas pobres en recursos o de difícil acceso (montañas, desiertos, junglas).

Los grupos organizados son poderosos para bien y para mal: es difícil separar la preparación para la defensa de la preparación para el ataque. Un grupo puede imponerse sobre otro grupo externo: guerreros que se establecen como gobernantes en el territorio de otro pueblo menos poderoso o le exigen sumisión y tributos. Un subgrupo organizado puede controlar coactivamente a los demás miembros de su propia sociedad: la casta militar o policial oprime al resto de la población.

La ayuda a un necesitado no suele implicar a todo el grupo, sobre todo cuando el colectivo es grande y complejo y la necesidad relativamente pequeña: pueden ser suficientes interacciones individuales. Cada sujeto tiene una red de relaciones familiares y de amistad en las cuales pide y ofrece, da y recibe ayuda. Es posible organizar asociaciones cooperativas de ayuda mutua como hermandades o fraternidades: estas intentan atraer a muchos miembros para incrementar los recursos disponibles y compensar mejor estadísticamente los riesgos, pero estos grupos no suelen coincidir con el nivel de asociación preciso para la defensa, y tampoco tienen por qué coincidir con las agrupaciones por otros motivos como la gestión de recursos comunes (ayuntamientos). En una economía avanzada también existen empresas especializadas dedicadas, como las aseguradoras de salud, accidentes o muerte.

La ayuda mutua suele ser limitada, ocasional, temporal y condicional. Funciona en ambas direcciones (hoy por ti, mañana por mí) gracias a la empatía de los donantes y a los sentimientos de agradecimiento y deuda de los receptores. Un caso problemático y minoritario es el de los necesitados permanentes, ya que sólo reciben y no dan y son una carga neta para otros.

Los parásitos recurren al engaño y la coacción para exigir y recibir mucho más de lo que dan, si es que dan algo. En la medida de sus posibilidades los individuos productivos intentan librarse de ellos mediante la denuncia y el repudio o exclusión de las redes de cooperación social. Pero el polizón descarado insiste en su derecho a viajar gratis total, el incompetente y negligente exige a todos que le ayuden en su fracaso, y el imprudente e irresponsable se aferra a otros para no hundirse y ahogarse solo.

La convivencia en grupos extensos con estados intervencionistas proporciona grandes oportunidades para el parasitismo interno, ya que el control social mediante relaciones personales es muy limitado y los grupos de interés capturan con relativa facilidad las estructuras del poder. Los parásitos suelen ser hábiles en la manipulación, la picaresca y el engaño: no se presentan abiertamente como tales sino que suelen camuflarse hipócritamente y sin escrúpulos morales como altruistas, inocentes necesitados, pobres explotados, víctimas merecedoras de ayuda o proveedores de servicios públicos esenciales que actúan por el bien común.

Los grupos de presión e interés obtienen beneficios y privilegios a costa de los demás: rentas, proteccionismo, subvenciones, restricciones de competencia. Puede tratarse de reducidas élites extractivas con profesiones corporativistas de alto estatus y muy lucrativas (poderosos próximos al poder político, notarios, registradores de la propiedad, farmacéuticos con licencia para su farmacia, controladores aéreos, pilotos de algunas líneas aéreas), o de colectivos formados por gran cantidad de individuos (jubilados que votan según qué partido político les garantiza su pensión pública).

Las estrategias de extracción de rentas evolucionan: en las socialdemocracias estatistas diversas castas subvencionadas se esconden tras la prestación ineficiente de servicios de pobre calidad por funcionarios inamovibles y otros empleados públicos por lo general interesados en esforzarse lo mínimo y obtener el máximo salario posible, como cualquier agente racional. Son especialmente importantes, por su impacto presupuestario y su relevancia económica y social, en la educación y en la sanidad. Algunos colectivos profesionales, como los bomberos, ocultan sus privilegios tras su aureola de sacrificio y heroísmo, que hace más difícil criticarlos.

Son especialmente problemáticos, por su importancia esencial para el buen funcionamiento de la sociedad, la posibilidad de que abusen de su poder, la falta de competencia y la dificultad de conocer su auténtica eficiencia y productividad (más allá de las campañas de relaciones públicas lanzadas desde el poder para mejorar su imagen y respetabilidad), colectivos profesionales como el judicial, el policial y el militar.

Las apelaciones a la cohesión social y a la solidaridad a menudo son declaraciones grandilocuentes que sirven para mejorar la reputación del hablante sin necesidad de asumir costes reales, ayudando él en lugar de exigirlo a todos los demás. Frecuentemente se invocan miedos tribales ancestrales, carecen de argumentación correcta, no suelen explicitar las razones reales de su necesidad y ocultan los auténticos intereses particulares inconfesables de sus defensores.

La cohesión para la guerra exige algún enemigo o amenaza, normalmente inventado, exagerado o no identificado: es la cohesión de la falange militar, el puño cerrado que amenaza con golpear (saludo de ciertos partidos políticos) o la piedra utilizada como arma arrojadiza contundente. Los que demandan cohesión social pueden en realidad ser parte esencial del problema: los sindicatos amenazan con romper la paz social, provocando enfrentamientos violentos, saboteando y alterando el orden público si los gobernantes y empresarios no ceden ante su chantaje.

Los políticos liberticidas más megalómanos reclaman más unión política y colectivización en todos los ámbitos, cohesión social a niveles progresivamente más alejados de los individuos y sus relaciones voluntarias: más jerarquías de mando, más coacción, más burocracia, más planificación centralizada condenada al fracaso, mayor aislamiento de los gobernantes de las malas consecuencias de sus decisiones, y menos oportunidades para las personas de escapar de la tiranía e ineficiencia del socialismo.

Los parásitos apelan a la cohesión social propia de la sanguijuela y otros chupópteros: serían rechazados por otros en asociaciones voluntarias, y dependen de la coacción y el engaño para mantenerse pegados a sus víctimas y que estas, atrapadas, no puedan huir y librarse de ellos. El Estado, tradicionalmente una herramienta para organizar la fuerza y matar a gran escala, se ha transformado en una herramienta para organizar la fuerza y robar a gran escala.

El socialista acusa al liberal de egoísta por pretender decidir libremente con quién sí se asocia y con quién no. Sin embargo el socialismo, aunque presuma de superioridad moral, no ofrece auténticas redes de seguridad: las impone a todos, y además resulta que son de mala calidad. Es muy diferente la cohesión social que se consigue en una estructura social extensa mediante una gran cantidad y variedad de ligaduras locales, voluntarias, libres, dinámicas y potencialmente reconfigurables (una sociedad libre y abierta), y la conseguida mediante barreras coactivas que impiden la salida de los individuos (un Estado). Las cuerdas de seguridad que atan a montañeros libremente asociados son muy diferentes de las redes y cadenas utilizadas para capturar y retener esclavos. Los apretones de manos que sellan los acuerdos contractuales son muy diferentes de las vallas que impiden que el ganado escape.

Al oír “cohesión social”, sospecha: hipocresía, histeria, guerra, robo.