Los valores tóxicos de Vicenç Navarro

17/09/2009

La infrainteligencia ultraizquierdista de Vicenç Navarro no descansa.

Existe una amplia sensibilidad en la sociedad civil y en la vida política de nuestro país hacia los problemas que crea la contaminación ambiental. Esta sensibilidad ha generado una demanda popular para que las autoridades públicas, en nombre de todos, intervengan para evitar la contaminación atmosférica tomando medidas preventivas. Un tipo de contaminación que no tiene todavía mucha atención mediática en España y, por lo tanto, no ha tenido la suficiente prioridad por parte de la clase política ha sido un tipo de contaminación en la que la televisión es parte del problema. Me estoy refiriendo a la contaminación de valores tóxicos, es decir, valores que, distribuidos y promocionados a través de la televisión entre la población, crean patología. Los programas televisivos (y muchos otros medios también) promueven constantemente valores que son dañinos para la población. Entre ellos, los más destacados son la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad y otros mensajes que la literatura científica ha mostrado claramente que crean gran número de patologías.

La contaminación atmosférica es difícil de evitar, porque todos respiramos, y llevar máscaras o filtros es incómodo; además la contaminación puede considerarse una agresión difusa que es legítimo exigir que se detenga. Por otro lado es trivial evitar recibir “basura” por televisión: basta con no encenderla, o también se puede escoger una programación que al espectador le parezca adecuada.

Vicenç Navarro se cree muy sabio y nos dice a toda la población qué no nos conviene contemplar para no sufrir alguna patología. Resulta un poco ridículo que pretenda que los ciudadanos no están concienciados respecto a la telebasura, cuando por un lado es un tema frecuente de conversación y análisis y por otro es una realidad muy subjetiva: lo que a unos les parece degradante a otros les interesa o entretiene.

Navarro no ofrece ningún ejemplo concreto de programa televisivo que promocione “la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad”. El erotismo (manipulador o no) sí que es frecuente en la televisión (el sexo es importante para los humanos aunque moleste a los puritanos), y el alarmismo (que produce miedo e inseguridad) es de lo más normal, simplemente por aquello de que las buenas noticias no son noticia. Pero los medios de comunicación insisten de forma machacona contra la violencia, el racismo y el machismo, así que en este ámbito este ilustre profesor parece estar proyectando sus fobias e inventándose la realidad.

Si Vicenç Navarro asegura que la literatura científica ha mostrado claramente y de forma incuestionable algo, es casi seguro que la ciencia haya demostrado lo contrario o que se trate de un asunto muy problemático y cuestionable. La relación entre comportamientos violentos y el grado de exposición a programas televisivos violentos, por ejemplo, no está nada clara. Es posible un efecto de imitación simple, pero a menudo la violencia en las historias no es glorificada sino que es perpetrada por malvados criminales a quienes se intenta castigar.

Un ejemplo más de tal contaminación tóxica es la competitividad darwiniana de muchos programas televisivos, que ensalzan al vencedor a costa de derrotar al perdedor.

Cuesta tomarse esto en serio, tal vez resulte que los concursos televisivos sean una cuestión de vida o muerte. Y en el deporte, qué bonito aquello de que lo importante es participar, da lo mismo perder o ganar.

Otro ejemplo de promoción de valores tóxicos (es decir, que crean patologías) es el estudio llevado a cabo por investigadores de medios de información de la Universidad Pompeu Fabra, realizados en los años noventa para el Instituto de la Mujer de la Generalitat de Catalunya, que analizó la manera en que las cadenas televisivas en Catalunya proyectaban a la mujer en sus programas. Tal estudio, que nunca se publicó ni se distribuyó, mostraba una visión machista de la mujer, enfatizando una imagen de esta como objeto de deseo y placer para el hombre, acentuando su proyección erótica. Así, las presentadoras de programas televisivos, incluyendo los noticiarios, tenían que aparecer sexys, jóvenes y muy escotadas, contrastando con la manera más formal y discreta de vestir de los presentadores varones, que no aparecían nunca escotados. Esta situación no ha cambiado. Estos estereotipos –de lo que tienen que ser el hombre y la mujer– crean frustraciones y tensiones. Un estudio realizado por el Instituto de Higiene Mental de The Johns Hopkins University, antes citado, analizó la proyección de la mujer en las cadenas de televisión en varios países de América Latina, Europa y Norteamérica y mostró que a mayor machismo en la cultura de un país, más escotadas y sexys aparecían las mujeres en los programas de televisión (incluidas las presentadoras de noticiarios). Las más escotadas eran las de América Latina y el sur de Europa, y las que menos las del norte de Europa y de EEUU. Este estereotipo de mujeres como objeto de deseo crea patología. Y la evidencia de ello es abrumadora. Promueve una imagen de la mujer en la que se identifica belleza y atractivo con mujer joven, que atraiga eróticamente al hombre. Esta definición normativa crea gran frustración en aquellas mujeres (la mayoría) que no encajan en los parámetros de la norma de belleza.

O sea que el estudio analizado promueve valores tóxicos, ¿no? Superando los problemas expresivos de este catedrático de universidad, se entiende que el estudio ha descubierto lo obvio, que la gente prefiere observar personas atractivas, y que el aspecto físico es más importante en el caso de la mujer. No se trata de algo que los directivos de las televisiones impongan: es simplemente una realidad que reconocen. Tal vez los feos se vean frustrados al darse cuenta de que no resultan físicamente atractivos para los demás, pero si esto les provoca alguna patología no van a curarse engañándose con la falacia de que en realidad los cánones de belleza son estereotipos impuestos culturalmente que hay que prohibir o regular desde la coacción estatal.

Muchos programas que se definen como “programas basura” son, además de basura, nocivos y tóxicos. Soy consciente de que la respuesta a este artículo será que estoy exagerando el impacto de tales programas en la cultura popular. Pero la mejor prueba de que no exagero es que la propia industria televisiva cobra barbaridades para que aparezca un anuncio de sólo un minuto en los espacios televisivos.

Navarro confunde el que los programas tengan una amplia difusión, de modo que se puedan cobrar grandes cantidades por los anuncios televisivos, con que los contenidos de los programas sean nocivos, cosa que da por supuesta.

Estas reflexiones vienen a cuento de la publicación del cuarto informe anual del Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia, que cubre las denuncias recibidas sobre la programación infantil. Es sorprendente el escaso número de denuncias. En Cataluña, el número de denuncias es sólo de 125 al año, cuando, de haber una mayor concienciación del problema, debiera haber muchos más. En realidad, la Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña ha publicado un informe muy crítico sobre los programas televisivos, por su falta de sensibilidad hacia la adecuación de tales programas para los infantes y jóvenes.

Nada es sorprendente sino que los sucesos sorprenden a alguien, en este caso Navarro, incapaz de aceptar que otros no vean igual lo que él cree que es un gravísimo problema sobre el cual está empeñado en concienciar a todo el mundo, quieran o no: es la naturaleza del pesado metomentodo con ínfulas de sermoneador moralizante.

La Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña probablemente sean unos pocos telespectadores que tal vez pretendan hablar en nombre de todos, pero que lo único que hacen es expresar sus valoraciones particulares.

Dudo, sin embargo, que la autorregulación resuelva este problema. Lo que se requiere es un mayor intervencionismo público, que elimine tanta contaminación de valores. Las cadenas de televisión, sean públicas o privadas, utilizan el aire –un bien público– para su transmisión. De ahí que las autoridades públicas tengan toda la legitimidad para intervenir y proteger la salud e higiene mental de la población. Si es aceptable prohibir que se promueva fumar en los programas de televisión, debiera ser igualmente aceptable que se prohíban comportamientos y actitudes tóxicas que dañen la calidad de vida de nuestra población.

La higiene mental de la población se ve amenazada principalmente por demagogos descerebrados como este aspirante a pastor del rebaño, liberticida profesional que en cualquier ámbito defiende mayor intervencionismo público (naturalmente en la dirección que él prefiere y recomienda). Dada sus escasas luces, sus argumentos suelen ser intelectualmente patéticos. En este caso, las ondas electromagnéticas en realidad no utilizan el aire (se transmiten mejor en el vacío), y el espectro electromagnético no es ningún bien público sino que simplemente el Estado se ha apropiado de él y lo cede o no según sus caprichos políticos.

Navarro no considera la posibilidad de que la baja calidad de los mensajes televisivos se deba a que van dirigidos a una población cuyos rasgos morales y civilizatorios estén siendo erosionados por el colectivismo a ultranza que él defiende con pasión. El socialismo redistribuidor e hiperregulador produce chusma que reclama pan y circo. Todos estos telespectadores presuntamente enfermos de sexo y violencia resultan ser luego los ciudadanos que ejercen su sacrosanto derecho al voto que elige a esa autoridad pública cuyo activismo se reclama.


Vicenç Navarro y los funcionarios

13/07/2009

Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra, cree que no hay demasiados funcionarios, que España tiene un problema porque “el sector público está subdesarrollado en lugar de sobredimensionado”.

Es lógico que el número de personas que trabajan en el sector público sea mayor que el número de empresarios y autónomos. Ello ocurre en todos los países de la UE-15 (el grupo de países que tiene semejante nivel de desarrollo al nuestro). En realidad, España es el país europeo donde esta relación empresarios y autónomos versus empleados del sector público favorece más al primer grupo.

Todo un catedrático de universidad pública (y por lo tanto funcionario, quizás haya un conflicto de interés por aquí) confunde la lógica con la estadística. Es muy común entre quienes no tienen argumentos ni inteligencia citar muchos datos, para que al menos parezca que están muy informados. No importa si esos datos están mal interpretados, si las conexiones que se establecen entre ellos son irreales (correlación no es causalidad), o si las recomendaciones que se proponen son arbitrarias o no se infieren de ellos. El intervencionista se cree muy listo y se reafirma en su discurso con múltiples muletillas falaces: “es lógico”, “es razonable”, “como todos sabemos”…

Para Navarro, todos los miembros de un grupo determinado de forma arbitraria deben tender a la media: igualitarismo extremo que no tiene gran cosa que ver con la lógica, con las inferencias epistémicas y la consistencia. Parece que las diferencias son inaceptables y sólo la mayoría puede tener razón: los diferentes deben renunciar a su rebeldía y parecerse a los demás. Con lo cual no habrá diversidad ni evolución ni progreso, todos seremos igualmente mediocres en el paraíso de los incompetentes. ¿Será esta la motivación última de sus consejos políticos?

España se gasta 58.000 millones de euros menos de lo que debiera gastarse en su Estado del bienestar, para alcanzar la cifra del gasto público social per cápita que nos merecemos por el nivel de desarrollo económico que tenemos.

España debiera corregir las excesivas desigualdades sociales mediante políticas fiscales progresivas, con incremento notable de su Estado del bienestar, escasamente desarrollado.

La mayor causa del subdesarrollo del sector público es la falta de ingresos al Estado, consecuencia de la limitada carga fiscal, una de las más bajas de la UE.

Hay sujetos que se consideran economistas (ciencia positiva) cuando en realidad son malos moralistas sermoneadores incapaces de apearse del “hay que”, “debemos”, “es necesario”. Si algo no les gusta lo expresan de forma camuflada bajo afirmaciones aparentemente objetivas: es excesivo (las desigualdades sociales) o escaso (el Estado del bienestar). Aquí se le ha escapado un “nos merecemos”: no está claro si hemos sido buenos o malos y nos propone un premio o un castigo.

Pobrecito sector público español subdesarrollado que no consigue confiscar más riqueza a sus súbditos, o al menos no tanta como otros estados europeos: esta falta de recursos podría explicar que paguen mal a sus funcionarios y sólo puedan atraer a ineptos como Vicenç Navarro.


Vicenç Navarro y las pensiones

08/05/2009

Según Vicenç Navarro, diversas declaraciones sobre la insostenibilidad del sistema público de pensiones están “contribuyendo a crear una ansiedad en la población basada en el temor de que habrá recortes significativos de las pensiones”. Pobrecita población ansiosa y temerosa. Mejor ignorar la realidad, creer que no pasa nada, y esperar la bofetada en el futuro.

Además “la banca y las cajas están también promocionando esta ansiedad, pues quieren que la población vaya corriendo a aquellas instituciones para comprarse seguros de pensiones privados que sustituyan o complementen las pensiones públicas”. Qué malas son las aseguradoras que nos recuerdan que los desastres pueden ocurrir; qué malos los que nos incitan a ahorrar para el futuro y se ofrecen como intermediarios o asesores.

“Los argumentos que se utilizan para cuestionar la viabilidad de las pensiones, sin embargo, no tienen peso.” Esto ya son palabras mayores, que conviene atender al proceder de una lumbrera como Navarro, catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y ex catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona (toda la vida de funcionario, qué curioso que defienda siempre el gasto público). Es un “intelectual” de idea única: el gasto público nunca es suficiente.

Su “argumento” se basa en recordar que seremos más ricos en el futuro, así que nos podremos permitir más gasto en pensiones incluso sin olvidar otros servicios públicos. Además recomienda que trabaje más gente, en especial las mujeres, para lo cual propone más gasto estatal en conciliación laboral. Y además si hace falta las pensiones pueden financiarse no mediante cotizaciones sociales, sino mediante impuestos, porque según él son muy populares, “con lo cual el que fueran o no viables no es una cuestión económica sino política”. En todo su análisis la libertad individual brilla por su ausencia. Todo se hace colectivamente y de forma coactiva, se quita a unos para dar a otros sin ningún tipo de escrúpulo moral, y no se trata de ser productivos y responsables sino de hacer lo popular, lo que diga la mayoría. Los parásitos votan, los parasitados que se fastidien.

Navarro dice algo inteligente respecto a que los pobres tienden a vivir menos que los ricos, pero añade: “pedirle a las clases populares que trabajen todavía dos años más (algunos incluso piden cinco años más) para pagar las pensiones de las personas de rentas superiores que vivirán muchos años más es una enorme injusticia”. El problema es que su noción de “injusticia” se la saca del sombrero de la arbitrariedad. Se ha perdido la noción de justicia como igualdad ante la ley, y se ha sustituido por la de igualdad mediante la ley, de modo que las leyes privilegian a unos frente a otros y se considera injusto que los ricos no ayuden a los pobres. Que los pobres ayuden a los ricos es simétrico pero parece el colmo del escándalo.