Recomendaciones

31/05/2010

The Myth of the Model, by Max Borders

Would You Leave $1 Million Alone? No? Then Why Leave Your Kid?, by Lenore Skenazy

Cigarette black markets in prison, by Tyler Cowen

A Black-Cowen Model of the Recession, by Arnold Kling

Los ojos y la demagogia de González Pons, por Juan Ramón Rallo

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Basura selecta

31/05/2010

Revista Sin Permiso

Aquí hay menos libertad que en Honduras, de Isaac Rosa

¿Recortes en desarrollo humano?, de Adela Cortina

Lo bien cierto es que a cuenta de la crisis se retrasa todavía más el propósito de alcanzar los célebres Objetivos de Desarrollo del Milenio, que proclamó en 2000 la Asamblea General de Naciones Unidas, contando con los líderes mundiales de 189 países, objetivos cuyo cumplimiento se preveía inicialmente en 2015. Realmente, no pueden ser más básicos, calificarlos de modestos es poco: erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre géneros y el empoderamiento de la mujer, reducir la mortalidad de los niños menores de cinco años, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una alianza mundial para el desarrollo.

¿Puede pedirse menos en materia de justicia?

La ayuda al desarrollo humano es vital para los países más pobres de la tierra, para sus gentes la cuestión es de vida o muerte. Sin ayuda externa no pueden ni siquiera poner el pie en el primer peldaño que lleva a salir de la pobreza extrema. No se puede, pues, retroceder un ápice: erradicar el hambre y la pobreza extrema es, en realidad, un “Deber Ya” de la humanidad, y no un simple “Objetivo del Milenio”. No hay recortes que valgan.

¿Estamos preparados para el siglo XXI?, de Francesc Reguant, economista

Los bucles del tiempo platean mi sien, de Jordi Sevilla

Había una vez un sistema económico cuyo objetivo era ganar dinero. Para ello, sólo atendía aquellas necesidades humanas a las que pudiera ponérseles precio y sólo para aquellos ciudadanos que pudieran pagarlos. Como esto dejaba a mucha gente, con derecho al voto, fuera del sistema por no tener recursos suficientes, desarrolló un sector público que atendiera las necesidades básicas de los más pobres. Durante mucho tiempo, la mejor manera de ganar dinero era fabricando productos que luego se vendían por una cantidad de dinero superior a lo que había costado producirlos. Como muy pronto la capacidad de producir creció más que la de consumir, a pesar de ampliar mercados hasta alcanzar todo el planeta, desarrolló un sector financiero capaz de conceder créditos que facilitaran el acceso al consumo, incluso a personas con una capacidad de compra real por debajo de sus compras efectivas.

Aunque en España el origen del problema no puede situarse en la actuación del Estado y, a pesar de que el principal problema de endeudamiento a refinanciar se centra en el sector privado (nuestra deuda pública se sitúa en torno al 60% del PIB y la privada en torno al 160% del PIB, muy concentrada en sector inmobiliario), aquí hemos convertido al sector público en el centro de todas las polémicas y en la esperanza de todas las soluciones.

Mientras Estados Unidos investiga presuntos comportamientos delictivos de gestores privados irresponsables, aquí todas las sospechas recaen sobre los políticos, y cuando en todos los países se imponen medidas para controlar los escandalosos bonos de algunos directivos de empresas salvadas con recursos públicos, entre nosotros predomina rebajar el sueldo a los funcionarios.

Con ello no digo que nuestro sector público no merezca ser sometido a profunda revisión. Pero señalo que estamos equivocando el tiro. Por tres razones. La primera tiene que ver con la moralidad. Al golpear sólo al débil estamos reforzando un mensaje de impunidad respecto a quienes han tenido un comportamiento directamente responsable de nuestra recesión, a la vez que lanzamos señales negativas sobre el sector público cuando, sin él, no tendríamos los niveles de equidad, bienestar, libertad y seguridad de que, a pesar de todo, disfrutamos.

La tercera razón confronta democracia y mercados financieros internacionales. O mejor, autonomía política e intereses económicos. Y me sorprende que algunos, tan preocupados por la constitucionalidad del Estatut de Cataluña, no presten atención a esta limitación efectiva de la soberanía nacional, vía imposición de intereses particulares sobre los generales. El dinero no tiene patria.

Una drástica reducción del gasto público reduce también el crecimiento de la economía, y sin crecimiento, nos haremos viejos, con pensión reducida, escuchando, como en un bucle temporal, una especie de Bolero de Ravel contra lo público. Mientras, siempre habrá quien seguirá ganando dinero. Cosas del sistema, cuando se autonomiza de las personas. O refundamos el capitalismo o el capitalismo nos recortará a su medida.


Basura selecta

30/05/2010

Lo primero que haremos, matar a los ‘quants’, de Michael Lewitt

Los sistemas monetarios alternativos y su dimensión social

Según la doctrina militante de los sistemas monetarios sociales, los bancos centrales crean escasez de dinero, y es precisamente la escasez de dinero la que genera las crisis y paraliza los sistemas económicos locales.

En efecto, “las monedas nacionales convencionales y lo sistemas monetarios han sido programados para generar competencia y mantener la escasez. Si existen otras monedas disponibles, tendrá sentido continuar usando las monedas convencionales para los negocios, adquirir un auto, pagar el combustible o la cuenta del teléfono; pero para comunicarse con los vecinos, ocuparse de las personas mayores o ampliar los horizontes educativos de los niños, tal vez deba contemplarse el uso de una moneda que favorezca la cooperación”. (Lietaer)

Los autores plantean una nueva forma de desarrollo económico regional estimulado por las monedas regionales o monedas complementarias.

Ovejas que no necesitan pastor, de Borja Vilaseca

Nuestra manera de comprender y de relacionarnos con la realidad está en constante evolución. De ahí que no sirva de nada resistirse al cambio. Tan sólo hace falta echar un vistazo a lo que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. Todos los sistemas sociales, filosóficos, políticos y económicos han tenido su origen, un punto de máxima expansión, un proceso de decadencia y su consiguiente finalización. No es que hayan desaparecido ni se hayan destruido, sino que se han ido transformando a través de las “crisis sistémicas”.

Esto es lo que le está sucediendo al sistema capitalista. No puede seguir desarrollándose como lo ha venido haciendo desde el crash de 1929. Y no por argumentos morales ni éticos, sino por cuestiones de ineficiencia e insostenibilidad. Mientras no sepamos hacia dónde vamos, crecer por crecer no va a llevarnos a ninguna parte. Es hora de madurar. Sin embargo, a pesar de todas las señales de alarma que estamos recibiendo, parece que no vamos a asumir las riendas de este necesario cambio hasta que nuestras circunstancias personales y laborales devengan insoportables. Y esto pasará cuando nuestra insatisfacción y nuestro sufrimiento superen nuestro profundo miedo al cambio.

Algunos sociólogos afirman que, hoy, la mayoría de seres humanos seguimos pensando y actuando, a grandes rasgos, como en 1990. Y existe una minoría cada vez más numerosa que lo está haciendo tal y como se hará probablemente en 2030. De ahí que, aunque la realidad sea la misma para todos, cada uno la está interpretando según su manera subjetiva de ver el mundo. Y esta visión sesgada está estrechamente relacionada con nuestro “paradigma psicológico”, con el sistema de creencias con el que nos identificamos.

El paradigma económico actual -el “viejo paradigma económico”- parte de la premisa de que tanto la naturaleza de la realidad como nuestra propia naturaleza humana están compuestas solo por una dimensión tangible y material. El materialismo es la filosofía imperante, y el consumismo, la conducta predominante. Desde que nacemos se nos programa para que pensemos que lo más importante es lo que tenemos, una creencia que determina nuestra manera de ganar y de gastar dinero. Al valorar solamente lo que podemos ver con los ojos y tocar con las manos, dejamos en un segundo plano lo que experimentamos en nuestro corazón. Por eso el triunfo económico y material suele ser una máscara que esconde el verdadero fracaso: la infelicidad, el sinsentido vital y el vacío interior.

Muchas de estas creencias, normas e ideas no las hemos escogido. Nos han sido impuestas por la sociedad. Son un legado que va pasando de generación en generación -de forma mecánica e inconsciente- y que obstaculiza y limita nuestro propio descubrimiento de la vida. De ahí que, a menos que nos atrevamos a revisar y cuestionar nuestro sistema de creencias, nos conformemos con llevar una vida de segunda mano, obedeciendo con resignación los dogmas marcados por el statu quo.

Paradójicamente, la conservación de estas estructuras tan tradicionales es posible, en gran parte, debido a nuestra tendencia de apegarnos ciegamente a las creencias con las que hemos sido condicionados. A este fenómeno se le conoce como “materialismo intelectual”, que podría definirse por medio del refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Por temor al cambio no queremos salir de nuestra zona de comodidad ni siquiera cuando esta nos provoca malestar. Odiamos cambiar porque siempre lo hemos hecho cuando no nos ha quedado más remedio.

Este miedo al cambio nos convierte en cómplices guardianes del orden establecido, actuando como ovejas que no necesitan pastor. Al ridiculizar a quienes se salen de la norma, proponiendo una nueva manera de organizarnos como sociedad, nos encerramos a nuevas formas de crecimiento y aprendizaje. De hecho, los psicólogos definen esta actitud tan arrogante como “la autoestima del sabelotodo”, que nos lleva a ponernos a la defensiva cada vez que escuchamos información diferente y desconocida. Así es como intentamos preservar nuestra identidad rígida y estática.

Por el contrario, podemos optar por “la autoestima del aprendiz”, que se basa en la humildad de no saber y de estar dispuesto a escuchar nuevos puntos de vista que nos permitan cuestionarnos a nosotros mismos y poder evolucionar como seres humanos. Para lograrlo es necesario abandonar la postura victimista y asumir nuestra responsabilidad personal. Y es que, si de verdad queremos que cambien las estructuras y organizaciones sociales y económicas, no nos queda más remedio que empezar por nosotros mismos. Al adentrarnos en esta zona de riesgo empezamos a entrenar nuestra confianza y valentía, dándonos cuenta de que nuestro mayor enemigo es el autoengaño, pues para dejar de ser infelices el cambio es sin duda nuestro mejor aliado.

¿Y ahora, qué?, de Soledad Gallego-Díaz

La crisis no parece que vaya a llevarse por delante los mecanismos del sistema capitalista que han demostrado mayor peligrosidad. Todo lo más, se pretende modificar algunos de los elementos de evidente toxicidad para el correcto funcionamiento del sistema.

Lo que la crisis puede llevarse por delante, lo que, sin que se sepa cómo ni por qué, puede resultar fatalmente dañado en todo este proceso es el concepto de lo público. Ese es el paso atrás que debemos dar para comprender la naturaleza del problema y eso es en lo deberíamos fijarnos.

Tony Judt, el historiador británico, está tan alarmado por esa posibilidad que dedica sus últimos días de vida (padece una cruel enfermedad degenerativa) a hacer un llamamiento para que los ciudadanos no cejen en su compromiso político con lo que ha representado la idea de la socialdemocracia. “La socialdemocracia esta hoy en día a la defensiva, pidiendo perdón. Nadie se enfrenta a los críticos que aseguran que el modelo europeo es muy caro o económicamente ineficiente”, protesta. Porque nadie parece comprometido con la defensa del servicio público, nadie parece prepararse para sostener y preservar el camino andado.

“El Estado de bienestar sigue siendo popular, y en ningún lugar de Europa se predica la abolición de la sanidad publica, la educación gratuita o la necesidad de mantener transportes eficientes”, recuerda Judt, y es cierto. Nadie pone en duda ante los ciudadanos esos avances sociales, pero lo cierto es que todo eso depende también, realmente, de la defensa de lo público. Si se permite que el gasto destinado a objetivos sociales sufra recortes letales, se estará renunciando a la idea misma de lo público como elemento imprescindible para el avance de las sociedades. “Si ha de tomarse todo esto en serio, la izquierda debe encontrar su voz”, mantiene Judt.

Es importante evitar que la inseguridad expanda el miedo, sobre todo el miedo al cambio, porque no hay duda de que se precisan cambios, importantes y urgentes. Por ejemplo, “hay que repensar el papel de los Gobiernos”, afirma el historiador inglés. “Si no lo hace la izquierda, otros lo harán por ella”. Pero lo más importante quizás sea comprender que “el pensamiento económico de los últimos treinta años no es intrínseco a los seres humanos, sino que hubo un tiempo en el que organizábamos nuestra vida de una manera distinta”, afirma Judt.

Entrevista a Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo

Hay muchos paradigmas de la ciencia económica que han caído rotos en añicos, aunque algunos todavía no lo quieren reconocer. Por cierto, que George Soros ha lanzado una iniciativa nueva con la creación del Institute New Economic Thinking, que acaba de celebrar su conferencia inaugural en Cambridge, con el propósito de buscar hipótesis más cercanas a la realidad, sobre todo en el mundo financiero. La gran víctima de esta crisis ha sido la creencia supuestamente científica, y en mi opinión, puramente supersticiosa, del funcionamiento eficiente de los mercados. Y hay que reconocer, sin embargo, que la capacidad política de regulación va muy por detrás del problema. Vivimos en un verdadero casino planetario. Un casino que se desarrolla en condiciones de extrema opacidad. Hoy la finanza globalizada está hipertrofiada, ha crecido desmesuradamente. Se intercambian casi 100 veces más activos monetarios que activos reales.

La pérdida de valor del euro tiene muchas ventajas. Es un soplo de aire fresco para una economía que necesita desesperadamente exportar, porque la demanda interna va a estar muy deprimida durante bastante tiempo. ¿Exportar a quién? Exportar fuera de la zona. Porque es difícil exportar al vecino si este está tan deprimido como tú. Eso vale para Alemania, porque un 75% de su superávit exterior lo consigue con los países de la zona euro. Esto me lleva a la consideración de que el euro es una sinfonía inacabada, interpretada por una orquesta sin director.

Falta arbitrar mecanismos de coordinación presupuestaria y fiscal y aceptar el principio de transferencias entre los Estados teniendo en cuenta sus situaciones de debilidad relativa. Hace falta, por supuesto, más disciplina, pero no podemos limitar la solución a reforzar los mecanismos de aplicación de un sistema que ha demostrado sus límites. El mercado único difícilmente sobrevivirá si no hay armonización fiscal y social.

Todos no podemos ser como Alemania. Para que alguien exporte, alguien tiene que importar.

El aumento de la desigualdad no es solo una consecuencia de la crisis, sino una causa de la crisis. Por ejemplo, los salarios de los trabajadores y clases medias estadounidenses no han aumentado con la productividad, y en vez de darles salarios les han dado facilidades de endeudamiento y provocado la burbuja de crédito en Estados Unidos. Si la renta nacional hubiera estado mejor distribuida, seguramente nos hubiésemos ahorrado una buena parte de las crisis.

El ciudadano puede acabar echándole la culpa a la construcción europea, cuando realmente Europa es el único instrumento para hacer frente colectivamente a esta transformación del mundo. No podemos pensar que los problemas de los griegos no son problemas también del conjunto de Europa.

Hay que aceptar la necesidad de buscar reglas que eviten la competencia fiscal que existe. Es legítimo que el trabajador francés se pregunte por qué debe él con sus impuestos asegurar la deuda irlandesa, cuando Irlanda ha mantenido tipos de impuestos sobre sociedades del 12% y, por tanto, ha estado haciendo una competencia fiscal clara e incentivando la deslocalización de la actividad. O por qué las edades de jubilación son tan diferentes de unos países a otros. Esto es como un cesto de cerezas, si usted empieza la integración, es difícil quedarse a mitad de camino. Porque lo que tenemos delante es o convergencia o desintegración.

Los Gobiernos deberían ser los policías de los mercados en vez de que los mercados sean los policías de los Gobiernos. Los Estados siguen sin establecer mecanismos de regulación que impidan esta especulación masiva. Y de cuando en cuando se enfadan y les amenazan, pero no parece que eso les importe mucho. Yo creo que los Gobiernos en la crisis griega han estado jugando al póquer con los mercados y han perdido la partida. Han estado diciendo, cuidado, no te pases en tus exigencias de rentabilidad a los bonos griegos porque, si te pasas, yo voy a intervenir y vas a perder hasta la camisa; pero al mismo tiempo decían, bueno, estas medidas que estamos anunciando, las anunciamos con la esperanza de no tener que aplicarlas, es decir, estamos jugando al póquer, y los mercados saben más de esto que los Gobiernos y les han estado derrotando una y otra vez.


Basura selecta

29/05/2010

Rafapal: Periodismo para mentes galácticas y psicomagia cotidiana

Las enseñanzas de Spiderman, de Gustavo Martín Garzo, escritor

La crisis económica actual hunde sus raíces en una crisis más honda de carácter moral. Hace pocas semanas, uno de los altos cargos de Google declaró sin ningún empacho que “de lo que se trata es que todos ganemos mucho dinero”. Pero hay algo que evitó decir: que somos siete mil millones de habitantes en la Tierra y no es posible que todos seamos ricos, suponiendo que eso sea lo que queremos. Claudio Magris dice que nunca el mundo ha estado más necesitado de política que ahora, y la política debe reivindicar una cultura de la mesura y la solidaridad. El problema de la crisis que sufrimos no está solo en los banqueros, ni en los especuladores, sino en la sociedad en su conjunto. Los paraísos fiscales, los sueldos desmesurados, los contratos blindados, lejos de provocar rechazo suscitan más bien la envidia general, pues hemos interiorizado de tal forma los valores de los poderosos que no sabemos vivir sin mirar por sus ojos y sin anhelar sus lujos. Hemos sustituido el Dios severo de las antiguas religiones, por otro mucho más peligroso: el Dinero.

¿Pero las variaciones en la Bolsa, los oscuros negocios inmobiliarios, los movimientos de la especulación, los paraísos fiscales, qué relación tienen con la vida de los hombres y las mujeres de esa aldea de cien habitantes? Grandes masas de dinero cambian de unas manos a otras, dotadas de una vida tan indescifrable como caprichosa, mientras ese hombre individual y minúsculo repite las mismas acciones en su pequeña aldea: abrir su taller, ir a su oficina, llevar a los niños a la escuela, atender las demandas de sus pacientes. La economía de su país, o la del mundo entero, entra en fase de crecimiento o de recesión sin que en apariencia haya ninguna relación entre lo que ese hombre está haciendo y el que tales cambios se produzcan.

Por ejemplo, ¿cómo es posible que mientras un peón de albañil tenga que trabajar 10 horas al día para ganar un sueldo ridículo, a uno de esos especuladores bursátiles les baste con una llamada telefónica o el simple trasladar los papeles de una mesa a otra para amasar una fortuna que aunque viviera 100 años no podría gastar?

Todos recordamos la forma en que las televisiones del mundo dieron la noticia del atentado de las Torres Gemelas. Las imágenes que mostraban los edificios ardiendo, su derrumbe y su tragedia, se alternaban en las pantallas con compulsivas conexiones con las Bolsas para ver cómo se comportaba el Dinero. Pero ¿el Dinero qué es exactamente, quién decide cómo se comporta? Recuerda al antiguo Dios de las religiones monoteístas, y sus oficiantes se confunden con los viejos teólogos. Así, cuando unos días después del terrible atentado se produjo la reapertura de la Bolsa de Nueva York, a lo que asistimos fue a un acto de clara significación religiosa. El silencio, la música sacra, la sensación de estar en un lugar de fuerza inaudita, tan incomprensible como extraño y vengativo. La Bolsa era el templo y sus sacerdotes trataban de aplacar a su iracunda divinidad. Lo mejor de la cultura política de Occidente ha nacido de su empeño de regirse por la siempre prudente razón y ahora nos descubrimos volviendo al seno de un nuevo sistema religioso en que reina una divinidad no menos caprichosa e implacable que la antigua. La de ese Dinero al que solo unos pocos iniciados son capaces de comprender, y en el que parece estar contenido la posibilidad de nuestra salvación.

No cabe ninguna duda, hay que hablar de una crisis moral, de un mundo sin honor. “El sentimiento de honor perdido, escribe Sánchez Ferlosio, no es un conflicto psicológico. El honor es una relación de lealtad con los demás”. De forma que el deshonor no es tanto “haberse fallado a uno mismo”, sino “haberles fallado a los otros”.

Para evitarlo, también nosotros, los simples habitantes de esa aldea que es el mundo, debemos asumir nuestra parte de responsabilidad en lo que sucede. ¿O es demasiado tarde y en nuestra mirada, como en la de esos nuevos héroes de las tarjetas bancarias, ya no cabe otra cosa que la complacencia y la codicia?

Ayuda para el desarrollo en cinco sencillos pasos, de Jeffrey D. Sachs

La fuga hacia la calidad, de J. Bradford DeLong

El fin de una idolatría, de Juan Manuel de Prada

Hubo un momento en que economía dejó de ser una mera «ciencia social» para convertirse en una religión; o, dicho más exactamente, en un sucedáneo de religión, una idolatría. La economía instauró un sistema de creencias, sometió el mundo a sus designios y nos explicó el papel que se nos había encomendado en ese mundo (que no era otro sino el de pobres esclavos a quienes se entretiene con el caramelo del consumismo); y, por supuesto, entronizó un dios omnipotente: el dios del mercado. La caída del comunismo -que, en términos estrictos, no fue sino una herejía del capitalismo- hizo más incontestable la omnipotencia de ese dios que extendía su dominio hasta el último rincón del planeta. Por supuesto, los sacerdotes de la idolatría se esforzaron en que sus crédulos adeptos no percibieran el carácter seudorreligioso del tinglado, pues de lo que se trataba era de que la idolatría siguiese siendo percibida como una «ciencia» tangible y cierta.

Así la economía fue desempeñando el mismo cometido que antaño desempeñó la fe religiosa: el mercado era el dios providente que tenía un plan de salvación para la humanidad; plan que, a simple vista, no se distinguía muy bien, por lo que hubo de crearse una casta de sacerdotes que lo explicaran. O que más bien lo enturbiaran; porque, a medida que la idolatría iba conquistando los corazones de los hombres, esta casta sacerdotal fue desarrollando jergas cada vez más abstrusas que impedían desentrañar el embeleco sobre el que la idolatría se sustentaba; y cuando tal embeleco se tornó por fin impenetrable, la idolatría ingresó en una nueva etapa, que podríamos calificar irónicamente de «escatológica», por lo que tiene de consumación o desenlace, aunque sin la recompensa que las escatologías religiosas reservan a sus fieles. En esta fase escatológica de la idolatría, vivimos en lo que Santayana denominó proféticamente «la niebla de las finanzas», un dominio de naturaleza fantasmagórica, volátil, que los sacerdotes de la idolatría lograron instaurar haciéndonos creer que el dinero podía crecer exponencialmente desligado de la riqueza real, con tan sólo apostarlo en la ruleta bursátil; y nos dijeron que, si participábamos del juego, ingresaríamos en una nueva era de crecimiento perpetuo. De este juego participaron también los Estados; y, engolfados en la niebla de las finanzas, se dedicaron a crecer y crecer y crecer (o sea, a gastar y gastar y gastar), inflados por la levadura de la euforia y el optimismo.

Pero riqueza no hay otra que la riqueza real; el tinglado financiero era tan sólo un invento de la idolatría que, como las chirlatas de los tahúres, mantuvo engañados a sus crédulos adeptos mientras los saqueaban; pues el llamado «capitalismo financiero», cada vez que vende sus valores bursátiles o reparte dividendos -cada vez que hace efectivas sus ganancias-, no hace otra cosa sino vampirizar la riqueza real, hasta dejarla exangüe. Y ahora los sacerdotes de la idolatría, que tienen cogidos por los huevecillos a los Estados que ingenuamente se pusieron a crecer y crecer y crecer (o sea, a gastar y gastar y gastar), confiados en aquel crecimiento exponencial del dinero que enjugaría sus deudas, exigen histéricos que el derrumbamiento de la idolatría se amortigüe saqueando a los pobres esclavos (ayer autónomos y pequeños empresarios, hoy funcionarios y pensionistas, mañana trabajadores). A Zapatero le toca hacer ahora de pobre pelele en manos de los sacerdotes de la idolatría, como una marioneta desvencijada que pronto será arrojada al baúl de los cachivaches insensibles; pero puede consolarse pensando que detrás de él otros muchos irán a parar al mismo baúl.

Porque es el fin de una idolatría; y ya se sabe que las idolatrías siempre acaban muy malamente, provocando la inmolación colectiva de sus crédulos adeptos.


Basura selecta

29/05/2010

Amor verdadero, de Jesús Higueras

Latinización de Europa, de Juan Francisco Martín Seco

Durante muchos años los países en vías de desarrollo han estado bajo la dictadura del FMI, que les forzaba a políticas inclementes como condición para prestarles los recursos precisos, recursos que iban íntegramente a cancelar deudas externas.

La Unión Europea, empujada por Alemania, se equivoca. La solución de sus problemas no radica en disciplinar, como pretende, las finanzas de los Estados miembros. Debe comenzar más bien por dotarse de instrumentos para controlar a los mercados y a las entidades financieras.

Las propuestas miserables del Fondo Monetario Internacional, de Juan Torres López

El problema de la eurozona no está en la periferia sino en el centro, de Vicenç Navarro

Entrevista a Susan George, autora de “Sus crisis, nuestras soluciones”

“Tomo fenómenos que parecen complejos y los hago más simples sin simplificarlos”

Nada que ver con lo que se cuece en los mercados financieros. “Se hacen algunas cosas muy sucias que deberían estar prohibidas”. Y se lanza a explicar cómo se perpetra un ataque al euro o da otro ejemplo que, formulado así, pone los pelos de punta: “Compro el seguro de su casa sin que usted lo sepa, la incendio, queda reducida a cenizas, ¡y cobro el seguro!”. ¿Cómo dice? “Eso, más o menos, son los llamados derivados, algo muy común”. La incansable señora George (Akron, Ohio, 1934) lucha para que la gente reclame urgentemente reglas estrictas en esa selva de tiburones. “Algunas prácticas debe ser ilegalizadas; otras, gravadas”.

Ha perdido casi todas las batallas que ha librado. Y son muchísimas. Recuerda una victoria, a finales de los noventa: “Nos libramos de un texto horrible de la OCDE, el Acuerdo Multilateral de Inversiones, que daba barra libre a las corporaciones”.

Esta politóloga alta, coqueta, que votó por Obama, llegó a París en 1954. Fue a estudiar, se enamoró y se quedó -también es francesa-. Sigue al pie del cañón. “Me interesa quién manda. A los jóvenes siempre les digo: ‘Estudiad a los ricos y poderosos. Los pobres no necesitan que investigadores como nosotros les digan qué va mal. Ya lo saben”. A ella le aterra el cambio climático.

nsiste en que dinero hay, y mucho. El problema, asegura, es que no se busca en el lugar adecuado. “Tras la crisis de Lehman Brothers había nueve millones de personas que juntas tenían 38.200.000.000.000 dólares, con 11 ceros [más de un millón de años], dólares listos para invertir, casi en cash, no en casas, yates o cuadros. En efectivo”. Información “interesantísima”, cuenta, cortesía de Merrill Lynch.

“Cualquier banco que haya sido salvado con dinero público debe estar obligado a prestar dinero a gente normal. Con garantías, claro, no pretendo que repartan el dinero alegremente en las calles”, puntualiza.


Recomendaciones

28/05/2010

Rajoy, como Zapatero, por Juan Ramón Rallo

Exonerating the Community Reinvestment Act (from causing the crisis anyway), by Steven Horwitz

Sanidad: por un copago del 100%, por Gabriel Calzada

La corrupción de Zapatero, de Pedro Schwartz

The Worst of the West, by Josef Joffe


Recomendaciones

28/05/2010

The new order is chaos, by Chan Akya

What Austrian business cycle theory does and does not claim as true, by Anthony Evans

España ante la crisis, por Esperanza Aguirre

Conversaciones con ZP en una estación de esquí, por Fernando Trías de Bes

Separating environmental fact from fiction, by John Stossel