Sobre “Defendiendo lo indefendible” de Walter Block, con Luis Iglesias

03/06/2014

Sobre “Defendiendo lo indefendible” de Walter Block, con Luis Alberto Iglesias.

Conversación en Libertad con Luis Alberto Iglesias.


La defensa de lo indefendible y sus agujeros (y II)

14/02/2013

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La defensa de lo indefendible y sus agujeros (I)

Block dice que los vendedores de droga, en la situación actual de ilegalización, contribuyen a bajar sus precios asumiendo riesgos personales importantes. Pero no considera que a menudo venden productos nocivos, adulterados, de calidad defectuosa, y que suelen utilizar la violencia, con múltiples daños colaterales, para limitar o eliminar a la competencia y así poder mantener en lo posible un monopolio geográfico y precios más altos.

La corrupción del sistema policial y judicial es un fenómeno complejo: por un lado permite que al menos cierta cantidad de droga llegue al mercado a precios algo más bajos; pero por otro genera incentivos para dar poder a policías, jueces y políticos corruptos que tal vez se comporten igual de mal en otros ámbitos de interés común.

Sobre el adicto a las drogas, Block afirma que la opinión mayoritaria (sobre cualquier tema), la mayor parte de las veces, ha sido errónea: es una proposición muy genérica y atrevida para la cual no ofrece ninguna evidencia. La mayoría se puede equivocar, y puede hacerlo muy a menudo, pero asegurar que lo hace la mayor parte de las veces es simplemente excesivo porque en realidad no puede saberlo.

Block asegura que la heroína no puede dañar a nadie excepto a su usuario. Efectivamente el efecto directo nocivo del abuso de una droga sólo lo sufre su usuario; pero el posible deterioro físico y psicológico de un adicto puede doler también a sus seres queridos, que se preocupan por su bienestar.

Los capítulos dedicados al chantaje, al libelo y a la libertad de expresión son especialmente interesantes y problemáticos: ¿existe una libertad de expresión ilimitada o debe restringirse por cuestiones como la intimidad y el honor?; ¿es el derecho de propiedad de cada individuo sobre sus órganos lingüísticos y sobre los medios de comunicación la única norma éticamente legítima?; ¿es legítimo reclamar dinero a cambio de no decir ciertas cosas?

La comunicación es una de las acciones más importantes para los seres humanos, que como animales hipersociales utilizan el lenguaje para interaccionar, relacionarse, compartir información, presentarse ante los demás y manipular a los demás. A los individuos suele importarles lo que otros piensan y dicen de ellos, valoran mucho su reputación y su estatus social, y quieren preservar ámbitos de intimidad. La fuerza física produce daños físicos que se sienten como tales a nivel psicológico; el lenguaje también puede utilizarse para producir daños percibidos subjetivamente (insultos, burlas, difamaciones, difusión de información perjudicial, críticas destructivas, engaños), o para avisar de la posible realización de alguna acción nociva y negociar al respecto (amenazas, chantaje).

La forma más simple de regular el uso del lenguaje, compatible con el derecho fundamental de propiedad, es que cada sujeto tenga pleno derecho a expresar o callar lo que quiera, verdadero o falso, con sus propios medios, sin poder exigir a los demás que le atiendan o le proporcionen recursos para difundir su mensaje; pueden regularse restricciones siempre que sean aceptadas de forma contractual.

Ciertas normas tácitas tradicionales del lenguaje pueden servir para preservar la armonía en un grupo. El lenguaje puede utilizarse para causar conflictos o para ayudar a resolverlos, para fomentar la paz o para avivar el enfrentamiento violento. La convivencia social depende de cómo se utilice y regule el lenguaje. La distorsión de la realidad, la exageración, la mentira y la hipocresía son esenciales: las relaciones amistosas dependen de realizar expresiones de afecto o interés por los demás que suelen ser poco realistas, y de no hacer comentarios ofensivos o molestos; los enemigos sin embargo pueden y deben ser criticados y demonizados.

Estas costumbres sobre el lenguaje, que pueden llegar a convertirse en ley efectiva, tienen diversos inconvenientes: los individuos intentan hacer trampas, pretendiendo ser muy escrupulosos en público pero incumpliendo la norma en privado (cotilleos, rumores, difusión anónima); las normas se utilizan para que no se sepan ciertas verdades, especialmente aquellas que perjudican a los más poderosos; se difunden presuntas verdades oficiales que en realidad convienen a ciertos intereses; prohibir expresiones según si son o no verdaderas implica que alguien conoce la realidad con seguridad, lo cual es muy problemático, y puede dificultar el descubrimiento de la verdad mediante la exploración y el debate crítico entre alternativas.

Existen sesgos psicológicos que favorecen por lo general creerse las cosas frente a no creerlas. Un sano escepticismo puede ser una barrera efectiva contra el engaño (y el autoengaño), pero requiere un cierto esfuerzo de atención crítica. Los individuos pueden volverse muy crédulos si piensan que el gobierno garantiza de forma efectiva la veracidad de las expresiones.

Block afirma que el chantaje contra algunos homosexuales concretos puede haber contribuido a liberar a los homosexuales en general, al acostumbrar a la población a la homosexualidad al hablarse de ella. Esto es muy problemático: si un chantajista exige dinero a cambio de no revelar cierta homosexualidad, si el chantaje es efectivo no se hablará públicamente de la homosexualidad y hará que los homosexuales sean más cuidadosos para no ser descubiertos y sometidos a chantaje; para fomentar que un individuo reconozca su homosexualidad un chantajista debe amenazarlo con revelar algo peor.

A mi juicio Block, obsesionado con que no hay excepciones a la libertad de expresión, cae en el absurdo cuando asegura que la persona que grita “fuego” en un teatro lleno es un héroe que nos recuerda la importancia de la libertad de expresión; incluso imagina que se estaría prohibiendo a sádicos y masoquistas ejercer sus derechos. Parece no entender que existen normas de sentido común por defecto que no es necesario formalizar en un contrato porque se aceptan y entienden de forma tácita, y además sería muy costoso y ridículo explicitarlas en cada acceso a un local público.

Sobre los policías obsesionados con que se cumpla la ley, Block tiene razón en que pueden contribuir a hacer el mal si las leyes son ilegítimas y contrarias a la libertad de los ciudadanos. Pero eso no significa que el policía que vaguea y se echa una siesta sea digno de aplauso, ya que está recibiendo un salario a cambio de nada. El policía que acepta dinero a cambio de hacer la vista gorda y permitir una actividad ilegal pero legítima no está simplemente recibiendo un regalo: habría que ver qué hace ese policía si deja de recibir ese dinero; en realidad lo más probable es que esté chantajeando con un acto violento (el encarcelamiento) si no le dan lo que exige.

Block se equivoca de pleno al considerar un héroe al falsificador no gubernamental de dinero. Su argumento es que el dinero estatal es en realidad dinero falsificado, y que quien roba a un ladrón (o falsifica a un falsificador) no comete ningún delito: ambas ideas son erróneas. Que el Estado gestione mal y de forma ilegítima el dinero no exculpa a los falsificadores. Un monopolista no es un falsificador. Un banquero imprudente, público o privado, que emite demasiados pasivos (billetes y depósitos) o los respalda con activos ilíquidos no es un falsificador.

El dinero estatal de curso legal forzoso es una imposición liberticida pero no una falsificación, no pretende pasar por otra cosa que en realidad no es (salvo en los casos en los que se manipulaba el valor nominal de una moneda). El papel moneda del banco central fue en su momento una promesa de pago convertible o exigible a la vista (no eran certificados de depósito para guarda y custodia emitidos en exceso de las reservas disponibles); su no conversión implicaría un delito de impago, pero no de falsificación. Actualmente el papel moneda no pretende ser una promesa de pago de nada.

Block confunde el sudado de la moneda (agitar monedas en una bolsa para luego recoger y aprovechar el polvo de metal precioso) con su devaluación mediante el sellado a un valor facial mayor que el contenido metálico real.

Un problema típico de algunos liberales es que parecen querer deducirlo todo de algunos axiomas apodícticos irrefutables. Quizás no entienden que lo esencial en lógica es la consistencia, la no contradicción, y que hay proposiciones en los sistemas de ideas que no son simplemente deducibles. Al construir un sistema ético es posible que existan diferentes soluciones o propuestas alternativas para un determinado problema, sin que ninguna de ellas sea deducible de un principio abstracto fundamental: estas opciones deben tratarse como posibilidades, no como necesidades.

Por ejemplo: ¿qué deben decir las normas sobre la recepción y uso de bienes robados?; ¿depende la culpabilidad del vendedor o del comprador de un bien robado de su conocimiento del hecho de que es un bien robado?; ¿quién debe asumir las pérdidas cuando se descubre que un billete es falso? Según Block el que entrega un billete falso (se sobreentiende, supongo, que sin saberlo) es completamente inocente. Pero entonces ¿por qué afirma que probablemente la pérdida debería repartirse entre los dos? ¿Ese “probablemente” expresa que no está seguro de qué debe inferirse de los axiomas básicos de la ética de la libertad, o que reconoce que no hay una sola respuesta deducible de forma única?

Block afirma que no es ningún delito quitarle a un ladrón lo que ha robado, porque el ladrón no es el dueño legítimo. Efectivamente no se comete ningún delito contra el ladrón, pero sí contra el dueño original, ya que se está utilizando su propiedad sin su consentimiento. Quizás todo comprador o receptor de regalos debería asegurarse de que lo que recibe no es material robado o está sujeto a algún tipo de problema de legitimidad.

Que el sistema monetario estatal sea ilegítimo y defectuoso no implica que los falsificadores privados sean héroes. El falsificador privado viola los derechos de gente inocente, no beneficia a grandes cantidades de personas, y asume el mismo riesgo personal que los criminales en general.

Block asegura que el heredero será colocado en un merecido pedestal en nombre del individualismo y la civilización. Pero una cosa es insistir en la importancia del derecho de propiedad y la posibilidad de hacer regalos y otra muy distinta glorificar a quienes reciben herencias, que en principio no han hecho nada por nadie.

Al decir que uno de los grandes males de la caridad es que interfiere con la supervivencia de la especie humana, Block muestra que no entiende bien la evolución biológica, para la cual da una explicación superficial e incompleta. Los rasgos que se mantienen al ayudar caritativamente a otros no son necesariamente negativos o nocivos, sino simplemente menos aptos que otras variantes. El sentimiento moral de caridad suele activarse cuando puede hacerse un gran bien a un necesitado (que puede serlo por razones más o menos duraderas, por responsabilidad o por azar) a un coste bajo para el proveedor de ayuda, y especialmente si existe la posibilidad de reciprocidad y es importante la reputación social como cooperador en grupos de auxilio muto.

Al analizar al cascarrabias o gruñón que se niega a vender su propiedad y al hacerlo bloquea algún proyecto, Block afirma que cada persona es su propio dueño porque por la naturaleza de las cosas su voluntad controla sus acciones. Es el error típico de confundir el hecho del control (la posesión) con su derecho o legitimidad. Si yo consigo que mi voluntad controle el cuerpo de otros (mediante amenazas o algún mecanismo cibernético), ¿soy su dueño legítimo? Los animales tienen voluntad y controlan con ella sus acciones: ¿qué hacemos los seres humanos apropiándonos de ellos?

Respecto a la propiedad de terrenos que en el pasado fueron robados, según Block el actual propietario debe ser considerado legítimo si no se encuentra al propietario original o a algún heredero. ¿Pero significa esto que si uno consigue eliminar al propietario y a todos sus herederos se convierte en propietario legítimo?

Como a menudo se supone que los gobernantes son sabios y bondadosos, Block señala que en realidad los individuos que forman parte del gobierno no son diferentes del resto: por una vez se queda corto, ya que es probable que sean más necios, interesados o corruptos que lo normal.

Dos últimos detalles. Los especuladores no necesitan comprar y almacenar bienes sino que pueden operar mediante derivados financieros como opciones de compra y venta o contratos de futuros. Aunque las valoraciones son subjetivas, no son arbitrarias, y existen patrones comunes muy generalizados para la valoración estética: el desierto de una mina a cielo abierto no es equivalente a un desierto natural.


La defensa de lo indefendible y sus agujeros (I)

29/01/2013

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Es habitual defender el liberalismo solamente desde el punto de vista de la economía, como una ideología acertada según algún criterio utilitarista como el crecimiento de la actividad económica, los ingresos y la riqueza. Es menos frecuente promover la libertad en ámbitos que tienen un fuerte contenido moral o ético, especialmente si la exquisita sensibilidad de las personas, pobrecillos, puede verse afectada al tratar temas delicados y problemáticos de forma rigurosa, radical y consecuente, sin pelos en la lengua, sin eufemismos y llamando a las cosas por su nombre.

Hay aspectos de la realidad, cargados de tabús y prejuicios aparentemente inmutables, sobre los que resulta difícil pensar y argumentar sin dejarse llevar por intuiciones morales que a menudo están injustificadas, son arbitrarias o falaces, o se utilizan de forma deshonesta e hipócrita. A la gente le preocupa su imagen, su popularidad, su reputación como persona de bien, su estatus social: no quiere meterse en líos defendiendo cosas que los demás critican; vamos a llevarnos bien, repitamos de forma acrítica los tópicos propios de nuestro grupo o cultura, rechacemos el mal y apoyemos el bien según los entienda la mayoría.

Los individuos actúan según sus preferencias e intereses. Una posible acción es la promoción o imposición de normas imperativas sobre la conducta de los agentes para conseguir, mediante la coacción estatal institucionalizada, que se produzca lo que a uno le gusta, y que desaparezca, al menos en teoría, lo que le disgusta. Es un uso intolerante de la legislación como herramienta de ingeniería social para promover los valores de unos a costa de los valores de otros. Naturalmente, la intervención no se justifica así: se pretende que es por el bien de los afectados, o al menos de la mayoría de la población; o todo el mundo sabe que eso está mal (las drogas, la prostitución, los beneficios excesivos, las condiciones de trabajo indignas, etc.).

La auténtica promoción de la libertad consiste en defender que todo el mundo tiene derecho a hacer cosas que pueden no gustarme, pero que yo no puedo legítimamente prohibirlas porque son actividades que no suponen una agresión contra nadie: no hay víctimas, no hay violencia, no hay fraude ni estafa, no hay perjuicios claros y directos. No se trata de robos, secuestros, violaciones, asesinatos o daños en general contra las personas y sus posesiones. Tampoco son incumplimientos de contratos ni abusos de bienes comunes.

Puede haber personas que declaren verse negativamente afectadas por ciertos actos, interacciones o relaciones de otros. Pero esa sensibilidad no les da derecho a entrometerse en las vidas ajenas. Si así fuera, todo el mundo podría interferir permanentemente en todos los asuntos de todos los demás simplemente mostrando su oposición, lo cual haría la vida imposible. Por eso existe el derecho de propiedad como único derecho humano fundamental, como única norma universal, simétrica y funcional que permite evitar, minimizar o resolver conflictos: el propietario es quien legítimamente controla y decide sobre el uso de sus bienes; sólo las preferencias del dueño legítimo son éticamente relevantes; los demás pueden opinar y valorar lo que quieran, pero no tienen derecho a interferir mientras se respete su libertad y su propiedad.

Walter Block escribió en 1976 Defendiendo lo indefendible, libro recientemente traducido y publicado en español. Se trata de una obra que no profundiza en una justificación teórica de la ética de la libertad sino que se concentra en sus aplicaciones prácticas y aplicadas más difíciles, defendiendo como héroes a aquellos que no actúan violentamente contra nadie y sin embargo son víctimas de la opresión legal y el estigma social: algunas actividades, que pueden incluso ser profesiones, son despreciadas, consideradas inmorales, juzgadas como cosas objetivamente malas; no sólo son rechazables, o sea que se pueden rechazar; muchos insisten en que se deben rechazar, que son inaceptables.

El estigma social contra ciertos cabezas de turco o chivos expiatorios es algo que un liberal puede criticar pero difícilmente puede pretender prohibir: si los miembros de una sociedad quieren rechazar algo, allá ellos, se trata de sus vidas, sus creencias, sus opiniones, sus preferencias. Sin embargo la coacción legal es algo diferente, porque se trata del uso de la violencia organizada en contra de la propiedad privada y de la libertad de contratación voluntaria entre las partes.

Defendiendo lo indefendible es un libro valiente que explora ideas radicales y extremas que pueden resultar incómodas para muchos. Se trata de una obra muy recomendable que pondrá a prueba la consistencia intelectual y los principios liberales del lector. Tiene ciertas limitaciones, como el hecho de que se concentra en figuras típicas de la sociedad y la economía norteamericanas de hace varias décadas que quizás no son tan relevantes o comprensibles en otros lugares y en el momento presente.

Es una obra que también tiene carencias o errores, y en algún caso son relativamente importantes. Y si uno quiere defender posturas polémicas y que muchos van a considerar extremas e inadecuadas, conviene hacerlo con sumo cuidado y argumentando con consistencia.

Walter Block asegura que en la práctica estos héroes políticamente incorrectos benefician a la sociedad. Pero el hecho de que los participantes en un intercambio libre se beneficien subjetivamente a título individual, al menos a priori, no implica que el resto de la sociedad también valore positivamente su interacción. Y de hecho la oposición generalizada puede ser una muestra de que no es así. La acción demuestra las preferencias de los agentes directamente involucrados, pero los observadores pueden preferir que esas acciones o intercambios no se produzcan. La prohibición daña con seguridad a quienes libremente llevarían a cabo esas actividades, pero no necesariamente a todos los demás. Prohibir ciertos actos puede resultar perjudicial para muchos, o no, según las circunstancias, dependiendo de si se prohíben suficientemente bien o si surgen mercados negros y víctimas colaterales (como en la guerra contra las drogas).

Según Block el liberalismo condena solamente la iniciación de la violencia, y aquí conviene matizar: también condena actos no físicamente violentos contra la propiedad como los hurtos, y muy especialmente el incumplimiento de los contratos voluntariamente pactados. Y tal vez haya actos para los cuales la noción de violencia sea excesiva, pero pueden producir daños difusos a terceros (contaminación, externalidades negativas difusas).

Para el autor el mercado produce algunos bienes que son inmorales, o el mercado debe ser visto como amoral (ni moral ni inmoral): pero no define qué es la moralidad, o la virtud, qué normas o valoraciones implica, si es algo universal y objetivo y por qué algo concreto es inmoral. Block llega incluso a referirse a fines buenos y malos, como si olvidara que los bienes no tienen valores intrínsecos sino que las preferencias son siempre subjetivas y relativas.

Una carencia importante de esta obra es explorar por qué ciertos actos libres son mayoritariamente rechazados y generan repulsa. La psicología evolucionista puede explicar estos fenómenos como resultado de un conocimiento económico intuitivo defectuoso, por tendencias o instintos típicos de individuos en grupos pequeños que no son funcionales o adaptativos en sociedades extensas, y como señales de conformidad, pertenencia, lealtad o estatus en relación con un grupo.

Según Block el uso de la fuerza sólo está justificado para la defensa, como represalia, o para establecer la justicia como respuesta a una agresión previa. Olvida dos casos fundamentales: para exigir el cumplimiento de lo pactado en un contrato (que no son meras transferencias de derechos de propiedad sino generadores de normas prácticas concretas cuyo cumplimiento es exigible mediante la fuerza), y para garantizar el cumplimiento de las normas de uso de ciertos bienes comunes (como los espacios públicos) y evitar su abuso por parte de algunos.

Sobre la prostituta Block afirma que es un tipo de interacción en la cual todos los seres humanos participan, porque en realidad nadie da nada gratis, siempre se espera algo a cambio. Pero la moderna economía conductual muestra que los agentes interpretan de modos muy diferentes las relaciones amistosas personales, en las cuales se intercambian informalmente favores, y las relaciones comerciales impersonales en las que los afectos no son relevantes. A la prostituta se le paga no sólo para practicar el sexo, sino para que se marche después y no pretenda establecer una relación amorosa. La prostitución es una profesión, pero no es como cualquier profesión.

Respecto al machista o cerdo chauvinista, el libro está escrito en un momento y sobre un país muy diferentes de lo actual: hoy día los tribunales suelen tomarse muy en serio las acusaciones de violación; en algunos países el cliente masculino de una prostituta puede ser arrestado; ya no hay por lo general las restricciones a mujeres casadas respecto de sus maridos. Hoy es frecuente la discriminación positiva a favor de la mujer y la lucha generalizada contra el sexismo y contra el acoso sexual.

Block trata de un plumazo el tema del aborto (la mujer es dueña de su útero), que es un asunto enormemente complejo. También trata muy por encima el tema de ciertos bienes comunes como las calles, plazas y parques. Menciona que lo controlado por el gobierno es propiedad robada, y esto no es necesariamente el caso.

Los liberales critican, casi siempre de forma acertada, a los gobiernos y a los Estados, reclamando que se respeten los derechos de propiedad privada de los individuos. Pero la propiedad individual no siempre es posible porque hay ciertos bienes que se adquieren y gestionan de forma conjunta, como una tribu que se apropia colectivamente de una cueva o un grupo de colonos que se establece y funda una ciudad en la cual ciertos espacios, como las calles, son comunes y se gestionan mediante algún tipo de gobierno local: puede ser muy difícil separar ámbitos de control, o simplemente los individuos no desean hacerlo y consideran conveniente recurrir a normas de uso, respaldadas al menos en parte por el uso de la fuerza, para evitar las típicas tragedias de los bienes comunes.

La propiedad siempre es privada en el sentido de que hay propietarios y no propietarios de un determinado bien, y los no propietarios pueden ser excluidos de su uso; pero la propiedad privada no siempre es individual, y cuando hay varios usuarios es necesario establecer reglas de uso que sirvan de referencia para permitir la coordinación y minimizar los conflictos. Estas reglas pueden parecer liberticidas en el sentido de que pueden prohibir muchas cosas que una persona libre puede hacer en su propiedad, pero es que precisamente se trata de que los bienes comunes se limiten al mínimo posible y se dediquen a su función esencial: por ejemplo las calles para desplazarse, no para apropiarse de ellas a título individual, establecerse y bloquear el paso.

Un problema típico de estos espacios públicos es su limpieza. En el capítulo dedicado a quienes los ensucian, Block usa un juego de palabras con diferentes términos que se refieren a la basura, y según él la suciedad y los desperdicios que se tiran y limpian en el dominio público son algo esencialmente diferente de los del ámbito privado: los restaurantes permiten, al menos hasta cierto punto, que sus clientes dejen caer objetos al suelo, como trozos de pan, servilletas, o cubiertos, porque si no lo hicieran perderían clientes; los dueños exigen que se respeten normas relativas a la basura en función de los deseos de los clientes, según el local sea más o menos exquisito; pero en el ámbito público el gobierno no tiene en cuenta los deseos de los ciudadanos, y aunque quieran tirar basura se lo prohíbe.

¿Cómo sabe Block cuál es la norma que los ciudadanos consideran óptima respecto a la basura en los espacios públicos? La respuesta es que no lo sabe. Simplemente asume que los ciudadanos quieren tirar basura y el gobierno malvado no se lo permite. Tal vez no entiende que la basura es una externalidad negativa y que igual que un individuo no puede tirársela al vecino tampoco puede deshacerse de ella en el espacio público, que está para transitar por él y no es un vertedero. No todos los bienes públicos son ilegítimos ni son equivalentes a bienes no poseídos de los que cualquiera puede apropiarse. Los poderes públicos hacen bien en vigilar que algunos individuos poco respetuosos de lo común abusen de los espacios compartidos y provoquen costes que deben asumir otros.

Los ciudadanos suelen preferir calles limpias (igual que prefieren entornos privados limpios); la limpieza absoluta es imposible, y el grado de limpieza debe determinarse en función de sus costes, tanto de no ensuciar (no producir desperdicios o deshacerse de ellos en la propiedad privada o en espacios públicos dedicados) como de limpiar lo ensuciado.

El civismo típico de las sociedades civilizadas avanzadas, compatible con la libertad individual, consiste en que los individuos respetan los espacios públicos, no abusan de ellos, internalizan costes en la medida de lo posible y no producen externalidades negativas. Las calles están limpias en buena medida porque está prohibido ensuciarlas y se sanciona a quienes lo hacen para que dejen de hacerlo y asuman su parte del coste de limpiar. Las calles sucias, las pintadas, el vandalismo callejero, son típicas de países o zonas pobres y socialmente conflictivas.

Block cree haber demostrado que no hay nada malo en que la gente ensucie los espacios públicos (no viola los derechos de nadie) porque ya lo hace en algunos espacios privados. Ignora que en los peculiares recintos privados que él pone como ejemplos (cines, estadios) la basura se genera como residuos de productos que los dueños están interesados en vender (envases de refrescos y comida que suele estar prohibido traer de fuera), la basura que cada uno produce se queda a su lado sin molestar a otros para el disfrute del espectáculo, y el coste de recogerla al final es mucho menor que las molestias que supondría para cada persona moverse a un cubo de basura (especialmente durante el espectáculo).

También estudia Block la problemática de las heces de perro, básicamente para sugerir que si las calles fueran privadas se encontraría empresarialmente una solución satisfactoria para todo el mundo. Pero resulta que en los lugares donde las calles son privadas (centros comerciales, parques de atracciones, urbanizaciones privadas), tirar basura en el ámbito compartido suele estar estrictamente prohibido, y el caso de las heces animales es especialmente grave (a menudo ni siquiera se permite el acceso de animales). Mantener zonas dedicadas para que los animales hagan sus necesidades puede ser caro e inconveniente: estos lugares quizás no estén suficientemente cerca cuando el animal decida orinar o defecar, y vigilar su buen uso puede ser muy costoso.

Que los ciudadanos paguen sus impuestos y que estos sirvan para mantener y limpiar las calles no implica que tengan derecho a ensuciarlas. Es realmente absurdo pretender que el individuo que tira basura en la calle es un héroe cuando en realidad es un guarro incívico y mal educado.