Religión y libertad

13/01/2016

Entrevista en el Instituto Juan de Mariana.

Conferencia en el Instituto Juan de Mariana.

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Entrevista (podcast) con la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares

06/03/2015

Entrevista (podcast) con la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares sobre psicología evolucionista, memética, evolución y religión.


El Papa Francisco y la libertad de expresión

17/01/2015

Según el Papa “si el doctor Gasbarri, que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. ¡Es normal!”. No aclara Francisco si es él quien daría el puñetazo, aunque es fácil suponer que sí. Así que el Papa tiene tan poco autocontrol que lo normal en él es dar puñetazos a quien diga una mala palabra de su madre, aunque sea un gran amigo (imaginen lo que hará a los enemigos): los demás quedan advertidos de lo que pueden esperar de alguien que parecía pacífico y bondadoso.

Algunas corrientes filosóficas o religiosas promueven la imperturbabilidad o ataraxia: este Papa quizás no las conoce, no las valora o simplemente no está de acuerdo. Tal vez ha olvidado lo que alguien muy importante para él dicen que dijo de ofrecer la otra mejilla y amar al enemigo. Quizás es que el catecismo cristiano católico defiende la pasividad frente la agresión violenta, pero la violencia física frente a los ataques verbales.

Cree el Papa que “matar en nombre de Dios es una aberración”. Entendiendo aberración como “grave error del entendimiento”, o como “acto o conducta depravados, perversos, o que se apartan de lo aceptado como lícito”, tal vez tenga razón, pero lo interesante es lo a menudo que fanáticos religiosos matan en nombre de Dios. Tal vez no sea un error sino un rasgo de diseño de las religiones.

Las religiones son creencias y prácticas que cohesionan grupos para la ayuda interna y el ataque o la defensa respecto al exterior: en la lucha se mata al enemigo por el bien del grupo y en nombre del grupo o de su representación simbólica que recae en la divinidad. Matar en nombre de Dios es visto como algo bueno o malo según las circunstancias: depende de si se convive en paz y se enfatiza el amor, o si se vive en guerra y deben activarse mecanismos de agresión.

Todas las religiones incluyen absurdos y engaños pero suelen pelearse, interna y externamente, sobre qué absurdos y engaños son los correctos, los verdaderos, la auténtica esencia de la religión: qué es lícito y qué no es lícito, qué está prohibido y qué es obligatorio, cuáles son las reglas de conducta y las creencias compartidas.

Asegura el Papa que “no se puede provocar… no se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede”. Según Francisco, la libertad de expresión “tiene un límite”. Así que el Papa decide cuál es la ley, qué puede y qué no puede hacerse, qué puede y no puede decirse. Y como no especifica que estas limitaciones se apliquen solamente a los creyentes de su religión, se supone que tienen carácter universal. La justificación de la norma es inexistente o floja, y falta estudiar qué castigo aplicar a quienes la incumplan.

Un grave problema de esta propuesta o imposición normativa es el flagrante conflicto de interés: el Papa no es de ningún modo imparcial u objetivo, es un profesional de la fe y el representante de un grupo de interés constituido por los seguidores que comparten sus creencias. Aquí está ejerciendo como defensor de sus intereses, preferencias y sensibilidades. A él, como a muchos creyentes, no le gusta que haya burlas contra la fe religiosa: así que hay que prohibirlas; si la fe merece burlas, se siente; si otros ven recortada su libertad de expresión, es su problema.

Como experto en absurdos, el Papa no tiene problema en decir también que “cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común (…) Pero sin ofender, porque es cierto que no se puede reaccionar con violencia”. ¿En qué quedamos? ¿Se puede o no se puede reaccionar con violencia ante las ofensas? Si no se puede ofender, ¿cuál es la respuesta legal o legítima contra los ofensores?

Sobre la obligación de todos de decir lo que piensan para apoyar el bien común: ¿y si lo que piensan está equivocado y sólo creen erróneamente que apoya el bien común?; ¿y si lo que piensan resulta ofensivo para algunos?; si todos tienen la obligación de decir lo que piensan, ¿están todos los demás obligados a escucharlos?; ¿cómo se gestiona un sistema en el que todo el mundo está simultáneamente hablando e intentando escuchar a todos los demás?; si lo hacemos por turnos, ¿cuántos recursos escasos deben consumirse para satisfacer esta obligación?

Para el Papa “cada religión tiene dignidad”: o sea, cualidad de digno, excelencia, realce, honorabilidad, autoridad, merecedor de respeto. Desde su posición parcial y engañada quizás no es capaz de ver que eso podría no ser tan cierto como cree.


David Sloan Wilson sobre evolución, religión, altruismo (videos)

02/12/2013

David Sloan Wilson – The Evolution of Religion: Two Sideshows and the Main Event

David Sloan Wilson – Religion and Spirituality in the Context of Everyday Life

David Sloan Wilson – Religion and Other Meaning Systems

David Sloan Wilson – Compassion and Altruism from an Integrated Evolutionary Perspective

David Sloan Wilson – Evolution for Everyone


Crucifijos

04/12/2009

Según el hermano corazonista Valeriano López, maestro del Centro de Educación Infantil, Primaria y Secundaria Sagrado Corazón (Madrid), lo de los crucifijos en los colegios públicos es “el primer paso para que vayan quitando todos los crucifijos de los centros que están subvencionados por el Estado. Comienzan con los crucifijos y luego nos quitarán todo”.

Que igual les quitan las subvenciones, vale; pero… ¿la vida también se la van a quitar?

Según Jorge Trías Sagnier:

No hace falta que nos escondamos, como creyentes vergonzantes, en la «cultura cristiana» para defender la presencia del crucifijo en las escuelas. La Constitución obliga a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y, mientras no se demuestre lo contrario, la mayoría de los españoles seguimos siendo cristianos, esencialmente católicos. Es cierto que si en algún colegio público los padres decidiesen retirar de sus aulas el crucifijo, habría que descolgarlo, pero no parece que eso sea un problema en la casi totalidad de los institutos.

Igual convendría cambiar la Constitución, y esta no especifica cómo se deben tener en cuenta las creencias religiosas. Los españoles tal vez son sólo nominalmente cristianos y más que demostrar que han dejado de serlo habría que demostrar que lo siguen siendo de forma activa.

Cuando en tiempos de la Segunda República se planteó lo mismo, Miguel de Unamuno dejó dicha su opinión: “La presencia del crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales”.

Qué sabio era Unamuno que conocía íntimamente y con detalle las mentes y corazones de todos sus compatriotas. Además seguro que esta evidencia de hace unas décadas sigue siendo válida hoy día.

Según el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, la Cruz no es sólo un símbolo religioso sino “de humanidad, de un humanismo que ha hecho transpirar al mundo entero con valores fundamentales, del perdón de la misericordia, dar la vida, saber entregarla”.

A gran parte del mundo la cruz no les dice nada, y para algunos representa al enemigo o al diferente. Si se quiere representar el humanismo, tal vez sea más conveniente no utilizar un símbolo con claras connotaciones de superstición religiosa.

Según la secretaria general de la Provincia Eclesiástica de Madrid, María Rosa de la Cierva, que ocupa un puesto en el Consejo Escolar del Estado, “Si tenemos que sufrir el martirio, lo sufriremos, pero no claudicaremos en nuestros compromisos de fe.”

El martirio ya no es lo que era.


Falaz presunción de intencionalidad

18/11/2009

Según el titular de Pablo Molina, “Ruedan una película española para ganarse la excomunión”.

El catedrático de la Complutense, Antonio Piñero, que ha participado en la producción como asesor, afirma que apenas tuvo que corregir el guión que le presentaron, y añade que se trata de una película desmitificadora “que moverá peticiones de excomunión”, lo que le parece “muy bien si con ello se abre el debate”.

Que un asesor (alguien bastante alejado de los puestos principales de decisión como son el guionista, el director y el productor) opine que la película causará peticiones de excomunión no implica en absoluto que ese resultado sea la intención buscada por sus creadores: existen los efectos secundarios, las consecuencias colaterales. Es posible que esa sea la intención de estos cineastas, pero es muy difícil, prácticamente imposible, saberlo con seguridad, y menos a partir de estas declaraciones.

Además que se realicen peticiones de excomunión no garantiza ganarse la excomunión, lo cual requeriría ser miembro de la Iglesia Católica y tal vez no sea el caso.


Los crucifijos y Juan Manuel de Prada

09/11/2009

Según Juan Manuel de Prada, sobre la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo que ordena la retirada de los crucifijos de las aulas, “detrás de esa retirada está el suicidio de Occidente”. Claro, quitamos un símbolo religioso particular de un espacio público y nos estamos suicidando.

Ha sido “victoria de la más feroz de las tiranías, que no es otra que aquélla que despoja a los seres humanos de su capacidad de discernimiento moral”. ¿Así que los seres humanos tienen capacidad de discernimiento moral sólo si los crucifijos permanecen en las aulas públicas?

Al parecer se trata de un “expolio de lo que es constitutivamente humano”: efectivamente, la fe religiosa es muy humana; pero eso no la hace verdadera ni útil (esto último dependerá de sus contenidos). Además a nadie le están expoliando nada, por muy tremendos que se pongan.

La nueva tiranía no actúa reprimiendo la conciencia moral, sino desembridándola, de tal modo que sus sometidos dejan de regir su conducta por la capacidad de discernimiento, dejan de ser propiamente humanos, para guiarse únicamente por la satisfacción de sus intereses y caprichos. Y la nueva tiranía, ataviada con los bellos ropajes de la libertad, otorga a esos intereses el estatuto jurídico de «derechos», sin importarle que sean intereses egoístas o criminales; porque en la protección de tales intereses la nueva tiranía ha encontrado el modo de mantener a sus sometidos satisfechos. Ya no son hombres, sino bestias satisfechas, porque han extraviado la capacidad para discernir lo que es justo y lo que es injusto; pero las bestias satisfechas en sus intereses y caprichos egoístas o criminales, además de adorarse a sí mismas, adoran a quien les permite vivir sin conciencia, pues si alguien les devolviera la capacidad de discernimiento la vida -su vida infrahumana- se les tornaría insoportable.

Claro, sólo la fe religiosa puede “embridar” la capacidad de discernimiento moral. Los agnósticos y los ateos son peligrosos inmorales capaces de cualquier crimen, impropiamente humanos que sólo quieren cumplir sus caprichos sin obedecer a las órdenes del más allá, bestias infrahumanas satisfechas sin discernimiento, que después de dejar de adorar a las divinidades no han decidido no adorar nada ni nadie sino mirarse mucho el ombligo.

Y ésa es la razón por la que la nueva tiranía ordena la retirada de los crucifijos: constituyen un recordatorio lacerante de que hemos dejado de ser propiamente humanos. Nos recuerdan que nuestra naturaleza caída fue abrazada, acogida, redimida, perdonada por aquel Cristo que murió colgado de un madero. Pero la noción de redención, como la de perdón, exigen una previa capacidad de discernimiento moral; exigen un juicio sobre la naturaleza de nuestros actos. Y cuando alguien se niega a juzgar sus actos, por considerar que están respaldados por una libertad omnímoda, la presencia de un crucifijo se torna lesiva, agónica y culpabilizadora. Y lo que la nueva tiranía nos promete es que podemos vivir sin ser redimidos ni perdonados, que podemos vivir sin culpa ni agonía; esto es, sin lucha con nuestra propia conciencia, por la sencilla razón de que hemos sido exonerados de tan gravosa carga. La nueva tiranía nos promete que todo lo que nuestra naturaleza caída apetezca o ansíe será de inmediato garantizado, protegido, consagrado jurídicamente; lo mismo da que sean meros caprichos de chiquilín emberrinchado que crímenes infrahumanos como el aborto. Frente a esta promesa de libertad omnímoda, el crucifijo aparece entonces a los ojos de esos hombres convertidos en bestias como una oprobiosa cadena: les recuerda que han renunciado a su verdadera naturaleza; les recuerda que esa naturaleza a la que han renunciado era su posesión más preciosa; les recuerda que Dios mismo entregó su vida por abrazarla. ¡Afrentoso recordatorio!

Nuestra naturaleza caída, esa que no evolucionó desde formas de vida anteriores, sino que fue expulsada de su situación paradisíaca. Porque la moralidad no puede explicarla la ciencia: no existen, por ejemplo, “Moral minds”, de Marc Hauser, o “The science of good and evil”, de Michael Shermer. Sólo los creyentes de una fe concreta, la católica, apostólica y romana, pueden juzgar correctamente sus propios actos: y los demás no sentirán ni culpa ni agonía.

¡Lo verdaderamente natural es lo sobrenatural!