El Papa Francisco y la libertad de expresión

Según el Papa “si el doctor Gasbarri, que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. ¡Es normal!”. No aclara Francisco si es él quien daría el puñetazo, aunque es fácil suponer que sí. Así que el Papa tiene tan poco autocontrol que lo normal en él es dar puñetazos a quien diga una mala palabra de su madre, aunque sea un gran amigo (imaginen lo que hará a los enemigos): los demás quedan advertidos de lo que pueden esperar de alguien que parecía pacífico y bondadoso.

Algunas corrientes filosóficas o religiosas promueven la imperturbabilidad o ataraxia: este Papa quizás no las conoce, no las valora o simplemente no está de acuerdo. Tal vez ha olvidado lo que alguien muy importante para él dicen que dijo de ofrecer la otra mejilla y amar al enemigo. Quizás es que el catecismo cristiano católico defiende la pasividad frente la agresión violenta, pero la violencia física frente a los ataques verbales.

Cree el Papa que “matar en nombre de Dios es una aberración”. Entendiendo aberración como “grave error del entendimiento”, o como “acto o conducta depravados, perversos, o que se apartan de lo aceptado como lícito”, tal vez tenga razón, pero lo interesante es lo a menudo que fanáticos religiosos matan en nombre de Dios. Tal vez no sea un error sino un rasgo de diseño de las religiones.

Las religiones son creencias y prácticas que cohesionan grupos para la ayuda interna y el ataque o la defensa respecto al exterior: en la lucha se mata al enemigo por el bien del grupo y en nombre del grupo o de su representación simbólica que recae en la divinidad. Matar en nombre de Dios es visto como algo bueno o malo según las circunstancias: depende de si se convive en paz y se enfatiza el amor, o si se vive en guerra y deben activarse mecanismos de agresión.

Todas las religiones incluyen absurdos y engaños pero suelen pelearse, interna y externamente, sobre qué absurdos y engaños son los correctos, los verdaderos, la auténtica esencia de la religión: qué es lícito y qué no es lícito, qué está prohibido y qué es obligatorio, cuáles son las reglas de conducta y las creencias compartidas.

Asegura el Papa que “no se puede provocar… no se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede”. Según Francisco, la libertad de expresión “tiene un límite”. Así que el Papa decide cuál es la ley, qué puede y qué no puede hacerse, qué puede y no puede decirse. Y como no especifica que estas limitaciones se apliquen solamente a los creyentes de su religión, se supone que tienen carácter universal. La justificación de la norma es inexistente o floja, y falta estudiar qué castigo aplicar a quienes la incumplan.

Un grave problema de esta propuesta o imposición normativa es el flagrante conflicto de interés: el Papa no es de ningún modo imparcial u objetivo, es un profesional de la fe y el representante de un grupo de interés constituido por los seguidores que comparten sus creencias. Aquí está ejerciendo como defensor de sus intereses, preferencias y sensibilidades. A él, como a muchos creyentes, no le gusta que haya burlas contra la fe religiosa: así que hay que prohibirlas; si la fe merece burlas, se siente; si otros ven recortada su libertad de expresión, es su problema.

Como experto en absurdos, el Papa no tiene problema en decir también que “cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común (…) Pero sin ofender, porque es cierto que no se puede reaccionar con violencia”. ¿En qué quedamos? ¿Se puede o no se puede reaccionar con violencia ante las ofensas? Si no se puede ofender, ¿cuál es la respuesta legal o legítima contra los ofensores?

Sobre la obligación de todos de decir lo que piensan para apoyar el bien común: ¿y si lo que piensan está equivocado y sólo creen erróneamente que apoya el bien común?; ¿y si lo que piensan resulta ofensivo para algunos?; si todos tienen la obligación de decir lo que piensan, ¿están todos los demás obligados a escucharlos?; ¿cómo se gestiona un sistema en el que todo el mundo está simultáneamente hablando e intentando escuchar a todos los demás?; si lo hacemos por turnos, ¿cuántos recursos escasos deben consumirse para satisfacer esta obligación?

Para el Papa “cada religión tiene dignidad”: o sea, cualidad de digno, excelencia, realce, honorabilidad, autoridad, merecedor de respeto. Desde su posición parcial y engañada quizás no es capaz de ver que eso podría no ser tan cierto como cree.

Crucifijos

Según el hermano corazonista Valeriano López, maestro del Centro de Educación Infantil, Primaria y Secundaria Sagrado Corazón (Madrid), lo de los crucifijos en los colegios públicos es “el primer paso para que vayan quitando todos los crucifijos de los centros que están subvencionados por el Estado. Comienzan con los crucifijos y luego nos quitarán todo”.

Que igual les quitan las subvenciones, vale; pero… ¿la vida también se la van a quitar?

Según Jorge Trías Sagnier:

No hace falta que nos escondamos, como creyentes vergonzantes, en la «cultura cristiana» para defender la presencia del crucifijo en las escuelas. La Constitución obliga a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y, mientras no se demuestre lo contrario, la mayoría de los españoles seguimos siendo cristianos, esencialmente católicos. Es cierto que si en algún colegio público los padres decidiesen retirar de sus aulas el crucifijo, habría que descolgarlo, pero no parece que eso sea un problema en la casi totalidad de los institutos.

Igual convendría cambiar la Constitución, y esta no especifica cómo se deben tener en cuenta las creencias religiosas. Los españoles tal vez son sólo nominalmente cristianos y más que demostrar que han dejado de serlo habría que demostrar que lo siguen siendo de forma activa.

Cuando en tiempos de la Segunda República se planteó lo mismo, Miguel de Unamuno dejó dicha su opinión: “La presencia del crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales”.

Qué sabio era Unamuno que conocía íntimamente y con detalle las mentes y corazones de todos sus compatriotas. Además seguro que esta evidencia de hace unas décadas sigue siendo válida hoy día.

Según el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, la Cruz no es sólo un símbolo religioso sino “de humanidad, de un humanismo que ha hecho transpirar al mundo entero con valores fundamentales, del perdón de la misericordia, dar la vida, saber entregarla”.

A gran parte del mundo la cruz no les dice nada, y para algunos representa al enemigo o al diferente. Si se quiere representar el humanismo, tal vez sea más conveniente no utilizar un símbolo con claras connotaciones de superstición religiosa.

Según la secretaria general de la Provincia Eclesiástica de Madrid, María Rosa de la Cierva, que ocupa un puesto en el Consejo Escolar del Estado, “Si tenemos que sufrir el martirio, lo sufriremos, pero no claudicaremos en nuestros compromisos de fe.”

El martirio ya no es lo que era.

Falaz presunción de intencionalidad

Según el titular de Pablo Molina, “Ruedan una película española para ganarse la excomunión”.

El catedrático de la Complutense, Antonio Piñero, que ha participado en la producción como asesor, afirma que apenas tuvo que corregir el guión que le presentaron, y añade que se trata de una película desmitificadora “que moverá peticiones de excomunión”, lo que le parece “muy bien si con ello se abre el debate”.

Que un asesor (alguien bastante alejado de los puestos principales de decisión como son el guionista, el director y el productor) opine que la película causará peticiones de excomunión no implica en absoluto que ese resultado sea la intención buscada por sus creadores: existen los efectos secundarios, las consecuencias colaterales. Es posible que esa sea la intención de estos cineastas, pero es muy difícil, prácticamente imposible, saberlo con seguridad, y menos a partir de estas declaraciones.

Además que se realicen peticiones de excomunión no garantiza ganarse la excomunión, lo cual requeriría ser miembro de la Iglesia Católica y tal vez no sea el caso.

Los crucifijos y Juan Manuel de Prada

Según Juan Manuel de Prada, sobre la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo que ordena la retirada de los crucifijos de las aulas, “detrás de esa retirada está el suicidio de Occidente”. Claro, quitamos un símbolo religioso particular de un espacio público y nos estamos suicidando.

Ha sido “victoria de la más feroz de las tiranías, que no es otra que aquélla que despoja a los seres humanos de su capacidad de discernimiento moral”. ¿Así que los seres humanos tienen capacidad de discernimiento moral sólo si los crucifijos permanecen en las aulas públicas?

Al parecer se trata de un “expolio de lo que es constitutivamente humano”: efectivamente, la fe religiosa es muy humana; pero eso no la hace verdadera ni útil (esto último dependerá de sus contenidos). Además a nadie le están expoliando nada, por muy tremendos que se pongan.

La nueva tiranía no actúa reprimiendo la conciencia moral, sino desembridándola, de tal modo que sus sometidos dejan de regir su conducta por la capacidad de discernimiento, dejan de ser propiamente humanos, para guiarse únicamente por la satisfacción de sus intereses y caprichos. Y la nueva tiranía, ataviada con los bellos ropajes de la libertad, otorga a esos intereses el estatuto jurídico de «derechos», sin importarle que sean intereses egoístas o criminales; porque en la protección de tales intereses la nueva tiranía ha encontrado el modo de mantener a sus sometidos satisfechos. Ya no son hombres, sino bestias satisfechas, porque han extraviado la capacidad para discernir lo que es justo y lo que es injusto; pero las bestias satisfechas en sus intereses y caprichos egoístas o criminales, además de adorarse a sí mismas, adoran a quien les permite vivir sin conciencia, pues si alguien les devolviera la capacidad de discernimiento la vida -su vida infrahumana- se les tornaría insoportable.

Claro, sólo la fe religiosa puede “embridar” la capacidad de discernimiento moral. Los agnósticos y los ateos son peligrosos inmorales capaces de cualquier crimen, impropiamente humanos que sólo quieren cumplir sus caprichos sin obedecer a las órdenes del más allá, bestias infrahumanas satisfechas sin discernimiento, que después de dejar de adorar a las divinidades no han decidido no adorar nada ni nadie sino mirarse mucho el ombligo.

Y ésa es la razón por la que la nueva tiranía ordena la retirada de los crucifijos: constituyen un recordatorio lacerante de que hemos dejado de ser propiamente humanos. Nos recuerdan que nuestra naturaleza caída fue abrazada, acogida, redimida, perdonada por aquel Cristo que murió colgado de un madero. Pero la noción de redención, como la de perdón, exigen una previa capacidad de discernimiento moral; exigen un juicio sobre la naturaleza de nuestros actos. Y cuando alguien se niega a juzgar sus actos, por considerar que están respaldados por una libertad omnímoda, la presencia de un crucifijo se torna lesiva, agónica y culpabilizadora. Y lo que la nueva tiranía nos promete es que podemos vivir sin ser redimidos ni perdonados, que podemos vivir sin culpa ni agonía; esto es, sin lucha con nuestra propia conciencia, por la sencilla razón de que hemos sido exonerados de tan gravosa carga. La nueva tiranía nos promete que todo lo que nuestra naturaleza caída apetezca o ansíe será de inmediato garantizado, protegido, consagrado jurídicamente; lo mismo da que sean meros caprichos de chiquilín emberrinchado que crímenes infrahumanos como el aborto. Frente a esta promesa de libertad omnímoda, el crucifijo aparece entonces a los ojos de esos hombres convertidos en bestias como una oprobiosa cadena: les recuerda que han renunciado a su verdadera naturaleza; les recuerda que esa naturaleza a la que han renunciado era su posesión más preciosa; les recuerda que Dios mismo entregó su vida por abrazarla. ¡Afrentoso recordatorio!

Nuestra naturaleza caída, esa que no evolucionó desde formas de vida anteriores, sino que fue expulsada de su situación paradisíaca. Porque la moralidad no puede explicarla la ciencia: no existen, por ejemplo, “Moral minds”, de Marc Hauser, o “The science of good and evil”, de Michael Shermer. Sólo los creyentes de una fe concreta, la católica, apostólica y romana, pueden juzgar correctamente sus propios actos: y los demás no sentirán ni culpa ni agonía.

¡Lo verdaderamente natural es lo sobrenatural!

Francisco Ayala, evolución y religión

Francisco J. Ayala es uno de los biólogos evolucionistas más prestigiosos del mundo. Pero:

Mientras “el creacionismo no es compatible con la creencia cristiana en un Dios omnipotente y benévolo, la teoría de la evolución sí lo es”.

No se molesta en explicar en qué consiste esa compatibilidad. En la teoría de la evolución Dios no aparece por ninguna parte, ni muy potente ni poco potente, ni bueno ni malo.

El psicoanálisis y las ideas de Freud están eliminados de la sociedad actual.

La idea del subconsciente es a la mente como la evolución a la biología: indispensable.

Las autoridades de la Iglesia católica no sólo aceptan la evolución, sino que están convencidos de que las ideas de Darwin y la evolución son beneficiosas.

Por eso cuando se trata de la evolución humana empiezan a poner todo tipo de pegas y tratan de meter el alma y la intervención divina para explicar lo especial que es la especie humana.

P: Usted mantiene que la teoría de la evolución aporta a los cristianos la solución al problema, difícilmente explicable, de la existencia del mal gratuito. Si hay males incomprensibles, enfermedades, es porque somos criaturas imperfectas, producto de la evolución, no porque Dios hiciera un diseño malvado o deficiente. Al final parece que la Iglesia católica ha encontrado en la ciencia su gran coartada.

R: Sí, claro, va muy bien.

O Dios hizo un diseño malvado o deficiente directamente (pero el creacionista apelaría al libre albedrío y a la caída en el pecado) o recurrió a la evolución, que es un proceso no dirigido, altamente ineficiente y costoso (no parece lo más adecuado a un ser omnipotente que además es perfectamente prescindible). Las enfermedades, el dolor, las catástrofes, son perfectamente comprensibles sin recurrir a la divinidad de ninguna manera.

P: Usted mantiene que ciencia y religión son compatibles. ¿Cómo ha podido compaginarlas en su vida?

R: La ciencia y la religión son como dos ventanas de mirada al mundo, lo que se ve desde cada ventana es distinto, pero es el mismo mundo. Y son compatibles, ésa es mi manera de ver las cosas. La ciencia se ocupa de explicar los procesos naturales por medio de leyes naturales. La religión trata del significado de la vida, del propósito de la vida, de nuestras relaciones con los demás; sobre estas cosas, la ciencia no tiene nada significativo que decir. Y la religión no tiene nada significativo que decir sobre la ciencia porque no trata de esas cosas. Las dos se interfieren cuando dejan su campo en el que tienen autoridad y entran en el otro.

Esta es la absurda doctrina de los magisterios separados. Sólo son compatibles ciencia y religión cuando uno ignora cuidadosamente grandes ámbitos científicos y no ve que los contenidos válidos de la religión son simplemente humanismo y naturalismo (sin lo sobrenatural que se supone lo esencial de la religión). La ciencia puede explicar y explica qué son los significados y los propósitos y por qué suelen tener los contenidos que tienen: los seres humanos somos agentes intencionales y comunicativos, nuestros módulos mentales más activos buscan significado, sentido, propósito e intención a todo, aunque en muchos ámbitos no tenga sentido hacerlo; el sentido de la vida es seguir viviendo, y como somos seres hipersociales buscamos amor, amistad, aceptación, realización personal. La ciencia ya dice mucho acerca de los sentimientos morales y de las relaciones con los demás. La religión puede ofrecer algunas recomendaciones acertadas para la conducta humana en sociedad (fomentando la cooperación y la cohesión social), pero pierde toda la autoridad intelectual cuando la única explicación que se le ocurre para lo que defiende es que la divinidad te ama y quiere que sea así.

Modificar los genes con el propósito de curar enfermedades me parece muy razonable, es una manera mucho más eficaz de ejercer la medicina a la larga. Pero tratar de producir un hombre mejor me parece extremadamente peligroso, entre otras cosas porque no se puede definir cómo es el hombre mejor, ¿más alto, más rubio, más moreno?

Los que tratarán de producir seres humanos mejores serán los padres con sus hijos, y a ellos no les resulta tan difícil decidir qué es subjetivamente mejor.

La neurobiología está avanzando a pasos agigantados, pero aún no hemos cruzado esa barrera de saber cómo las señales físicas y químicas se convierten en ideas, de cómo emerge la función de la persona como individuo.

La ciencia cognitiva ya ha explicado con mucho éxito que el cerebro es un ordenador que procesa información y produce representaciones útiles de la realidad. La persona es simplemente la representación de uno mismo (y de los demás) como organismos particulares.

Juan Manuel de Prada defiende al Papa de los progres

Juan Manuel de Prada es un católico fundamentalista, por lo cual no sorprende su defensa recalcitrante del Papa Benedicto XVI. El problema es que lo hace bastante mal.

Benedicto XVI reclamó una humanización de la sexualidad, que consiste en liberar al hombre de la esclavitud de la promiscuidad, para combatir el mal en sus orígenes; y el Mátrix progre, en lugar de liberar al hombre de la promiscuidad sexual, lo exhorta a entregarse a ella sin recato, regalándole a cambio un condón. Que, una vez usado, deja al hombre a merced de la promiscuidad, o sea, a merced del mal que, según nos asegura, pretende combatir.

¿La esclavitud de la promiscuidad? ¿No será que a algunos mojigatos les molesta que otros más liberados sexualmente tengan relaciones con muchas parejas diferentes? La promiscuidad tal vez no sea sanitariamente recomendable o emocionalmente satisfactoria en muchas circunstancias, pero de ahí a la “esclavitud” hay un abismo.

Los progres pueden ser muy tontos y de moralidad problemática, pero de Prada debería citar a alguno que exhorte a entregarse sin recato a la promiscuidad. Si es que puede.

Son posibles otras defensas del Papa respecto a la problemática del preservativo y el sida más inteligentes y con menos moralina. Por ejemplo la de David Friedman.

De Prada quiere reflexionar “sobre la dificultad insalvable que constituye tratar de afirmar la verdad profunda de las cosas, en una época que ha renunciado a la posibilidad del conocimiento, enfangada en un lodazal en el que sólo triunfan el embrollo y la desintegración de la razón.” Ninguna época ha dispuesto de tanto conocimiento como la actual. El problema es que él entiende como verdad profunda la superstición sobrenatural revelada de la fe religiosa, o sea lo contrario de la razón y el conocimiento del mundo natural realmente existente.

Según el Papa «El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto». Los creyentes más irracionales no parecen capaces de aceptar la posibilidad de una orientación puramente natural.

De Prada remata insistiendo en que al mundo “le falta la luz que viene de lo alto. Es un signo escatológico clarísimo; y aceptando convertirse en diana del escarnio y la calumnia furiosa -en este contexto debemos situar este intento chusco de reprobación de los ignaros-, Benedicto XVI, varón de dolores, está preparando a los cristianos para afrontar la Cruz. Así de duro y así de simple: «Ecce Homo».”

Precioso lo del “varón de dolores”. Arrepentíos, que el fin de los tiempos anda cerca.

Persona, cosa, libertad y religión

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Un error común y grave, especialmente frecuente en los creyentes religiosos más fervientes e irreflexivos, es la separación infranqueable entre personas y cosas (o dualismo de espíritu y materia o alma y cuerpo), entre el alguien y el algo. Casi todo lo que hay en el universo es materia y energía inerte (no viva); parte de esa materia tiene una organización autopoyética peculiar (de autocreación, mantenimiento y reproducción), es materia viva; parte de esa materia viva orgánica son animales que tienen mecanismos cibernéticos de control, sistemas nerviosos avanzados, cognición, emociones; los seres humanos son animales que se distinguen por su capacidad de actuar intencionalmente, y su capacidad intelectual les permite representar de forma abstracta la realidad, agrupar conceptualmente diversas entidades y etiquetar estos conjuntos mediante términos lingüísticos comunicables. Mediante módulos mentales innatos cada individuo humano representa a sus semejantes como personas, agentes intencionales proactivos con preferencias y capacidades particulares.

El dualismo animista es natural a la psicología intuitiva; es una primera aproximación útil porque refleja la distinción entre objetos inanimados y objetos vivos autónomos. Pero su esencialismo (por un lado las personas y por otro las cosas cada una con esencias diferentes) es completamente falso: las personas son cosas con una organización y actividad particulares (muy especiales), pero nada más; no hay ningún verbo o alma inmortal que se encarne en el hombre y lo trascienda, ni ninguna divinidad creadora origen de todo. Las personas (los seres humanos) son un subconjunto de las cosas, no se trata de conjuntos disjuntos.

Como el ser humano es hipersocial ha desarrollado evolutivamente sentimientos morales, leyes positivas y teorías jurídicas y éticas para regular su conducta. En estos ámbitos también se distingue entre personas (sujetos éticos con derechos y deberes) y cosas (objetos de propiedad). Pero si la argumentación ética quiere ser correcta no puede ignorar la realidad material de los seres humanos, no puede obviar que también son cosas, se alimentan de cosas, se construyen procesando cosas y convirtiéndolas en partes de sí mismos y también desechando otras cosas como residuos. Y como las personas (sujetos éticos) también son cosas (objetos de propiedad) tiene sentido hablar de autoposesión (y como la propiedad o legitimidad de la posesión es intercambiable, también de compraventa de partes o de todo uno mismo y de contratos de sumisión parcial o total). El cuerpo (y el cerebro es parte del cuerpo) es cosa: tiene partes, algunas se renuevan, se regeneran, otras no; algunas pueden perderse o darse a otro (una pierna, un brazo, un ojo, un riñón, sangre).

Al ser la ética de la libertad una teoría correcta, sus críticos deben cometer algún error para atacarla (normalmente son muchos los errores y no uno solo). Así se recurre al vaporoso e indefinido concepto de dignidad para rechazar todo lo que a uno no le gusta; se ataca al capitalismo diciendo que es voraz, que no se respeta la persona, que sólo importan las cosas, que se confunden personas y cosas de forma perversa; que absolutamente todo está manchado por el veneno del mercantilismo, que vivimos tiempos de barbarie.

Respecto a la compraventa de órganos, se afirma con absurda arbitrariedad que sólo pueden cederse gratuitamente, en aras del fin supremo de la solidaridad: no se alquilan, no se venden, no son negociables. Quien lo afirma ignora completamente no sólo los fundamentos del razonamiento ético sino también las consecuencias socioeconómicas de dicha prohibición. Respecto a la prostitución, se confunde con un alquiler del cuerpo cuando es en realidad la prestación de un servicio; el crítico se escandaliza de que el cuerpo se cosifique (el cuerpo no se hace cosa sino que es cosa) y de que se instrumentalice (el cuerpo es un instrumento, una máquina de supervivencia con órganos sensores, coordinadores y actuadores).

Los embriones son un caso problemático porque son una transición: el ser humano no aparece de repente sino que se construye gradualmente. Pero el creyente se obstina en que la única norma correcta es tratar al embrión igual que a una persona adulta (tal vez porque ya tiene alma desde la concepción); y además se asegura que sin duda así mejorará la sociedad en su conjunto aunque se ralentice la investigación científica (esto es arrogancia constructivista, pretender que se sabe todo y se calculan todos los costes y beneficios).

La supina ignorancia del crítico sobre economía le hace afirmar que utilizar a las personas es hacerlas capital humano, un objeto deleznable al servicio de intereses particulares y superfluos. Se caricaturiza a la empresa que sólo quiere cumplir unos resultados monetarios, a la que da la misma importancia a un despido que a una adquisición de bienes, a la que trata al trabajador como a un robot sin corazón, o a la que habla de recursos humanos y no de dirección de personas.

El crítico culmina sus disparates afirmando que se cosifica al ser humano cuando se construye una sociedad como si Dios no existiera: es decir, basándose en la realidad, mejor construir sobre imaginaciones ficticias. Parece que si se edifica un orbe ateo, el hombre deja de tener conciencia de su condición de criatura y administrador de su entorno, considerándose el único señor de su circunstancia. El hombre no es criatura y ninguna divinidad le ha dado su entorno para que lo administre; y es libre el que es dueño de sí mismo. El crítico no puede entender que el hombre sea dueño de sí mismo, que la relación entre el alguien y el algo es en este caso reflexiva, de una entidad consigo misma, porque el ser humano es alguien y algo.

Construir una sociedad de personas con derechos que no sean objeto de explotación no requiere de ninguna divinidad, y de hecho las divinidades también se usan a menudo para oprimir a los crédulos (y a los no creyentes, ateos, herejes o creyentes en otros dioses). Quitar de en medio a dios puede ser un gesto de madurez humana y autosuficiencia y no implica querer ocupar su trono; para ser personas no hace falta ningún dios, y con dioses o sin ellos siempre será posible que los poderosos exploten o manipulen a los débiles. El ser humano puede trascender a través de sus descendientes (genes) y transmitiendo sus ideas (memes): lo que nunca trascenderá es su inexistente alma sobrenatural.