Recomendaciones

31/07/2010

Krugman contra Hayek, by Jonathan M. Finegold Catalan

Evolution and Economics, by Peter Boettke

El transformista de Moncloa, de Gabriel Calzada

Maniatados por la cadena agroalimentaria, de John Müller

Scenes from the Open Science Summit, by Ronald Bailey

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Basura selecta

30/07/2010

Viñeta de El Roto

¿Tienen derechos los animales?, de Adela Cortina

La sanidad española, de Vicenç Navarro

¿Hemos aprendido algo?, por Ramon Folch, socioecólogo

¿De veras está en crisis la izquierda?, de Juan F. López Aguilar, presidente de la delegación socialista española en el Parlamento Europeo

Hemos visto, elección tras elección, emerger un populismo conservador que propugna respuestas simples (pero equivocadas y por ello inútiles, cuando no directamente estúpidas) a los problemas más complejos, y aboga por el regreso a lo local frente a las incertidumbres y el vértigo a la globalización.

Ninguno de los desafíos del tiempo que nos toca vivir puede ser acometido a escala meramente local, ni siquiera nacional: el envejecimiento y estancamiento demográfico; el suministro energético y su sostenibilidad; la corrección de la desigualdad en origen y la erradicación de la pobreza y el hambre, son asuntos que requieren, hoy más que nunca, de estrategias y de actores globalmente relevantes.

Tanto para contestar esta impresión extendida como para actuar desde una ofensiva progresista, lo primero es constatar en positivo  la aportación socialdemócrata: los estímulos fiscales y el posterior mecanismo europeo de estabilidad financiera tuvieron su formulación primera en los socialistas europeos, obligados a recordar que la austeridad nunca ha sido un fin en sí, como tampoco la razón última de ser de la lucha contra el déficit: lo es la facilitación del crecimiento y el empleo para la refinanciación de la política social. Por su parte, el déficit no es en sí el peor mal cuando ha ayudado a sostener el gasto social y la inversión, no digamos ya el “rescate” de las entidades financieras y sectores productivos a punto de derrumbarse. El proyecto de la izquierda no se agota en el neokeynesismo de la demanda, sino que comprende también tanto la redistribución de las oportunidades de prosperidad como la aseguración de la equidad intergeneracional, transnacional y global.

El progresismo europeo no padece ninguna crisis de inteligencia colectiva. Lejos de eso, llama la atención el contraste entre la lucidez de sus análisis y el pesimismo de su voluntad, algo mucho más peligroso y dañino para sus propios intereses que el clásico pesimismo de la inteligencia.

El proyecto de la derecha no pasa por ilusionar ni por ofrecer esperanza: hoy se limita a explotar el malestar generado por los daños de la crisis. Su estrategia no es crecer ni ganar nuevos apoyos, sino esperar a que una parte de la ciudadanía progresista desista de la política y deserte de las urnas. Distintamente, la respuesta progresista pasa, sí, por apuntar la salida de este bache y por exprimir y explicar las inaplazables lecciones de tan ingrata experiencia para que nuestra economía no vuelva a extraviarse de nuevo en los errores del pasado. Pero también por afirmar: en esta crisis, aún más que antes, “¡es la política, estúpido!”. Y esto requiere voluntad -nada de pesimismo-, coraje y determinación para plantear, impulsar y conducir las reformas y estrategias que preserven la política y la responsabilidad de los Gobiernos frente a la irracionalidad de los llamados “mercados” especulativos, mediante las necesarias alianzas sociales, sindicales, intelectuales y cívicas.

No saldremos de esta si no es remando juntos, en Europa y desde Europa, actuando localmente y pensando globalmente. Pero que nadie se engañe: la izquierda europea debe asumir como un deber no solo su contribución a la recuperación y generación de empleo, sino a la preservación de la confianza en la política como espacio de debate y decisión en democracia; esa misma política de la que solo los muy ricos, y los que no se complican con los escrúpulos que hacen del espacio público un lugar habitable, pueden permitirse el lujo de prescindir o despreciar.


Recomendaciones

29/07/2010

Gypsies, by Peter Leeson

Myths of Individualism, by Tom G. Palmer

Entrevista a Peter Schiff, de Daniel Luna

De expectativas y engaños, de Ángel Martín Oro

Polygamy Hypocrisy, by Robin Hanson


Basura selecta

28/07/2010

Hoy puede ser un gran día, de Pilar Rahola

La política, sola ante el peligro, de Daniel Innerarity

Time for truth

Bienestar sostenible, de Ignacio Zubiri, Catedrático de Hacienda de la Universidad del País Vasco

El declive del poder sindical, de Ignacio Sotelo, catedrático de Sociología

Se asume que es menester vivir de un curro, siempre precario, aceptar cambiarlo de continuo y, en los trechos en los que no se obtenga ninguno, recibir sin el menor desdoro la “ayuda o salario social”.

El individuo ha dejado de identificarse por el trabajo al que acude, al fin y al cabo una cuestión de suerte cambiante sobre la que poco se puede influir. Sabe que el capital únicamente lo necesita como consumidor. El gran aporte del capitalismo en su última versión es haber conseguido la máxima individualización en el puesto de trabajo, pero también en cuanto consumidor.

El neoliberalismo implantó una nueva cultura individualista que ha terminado por prevalecer en la sociedad posindustrial y que ha dejado la solidaridad en manos exclusivas del Estado.

En poder de la derecha una buena parte de las radios y las televisiones privadas, muchos hoy, incluso entre los trabajadores, aplauden que se decapite a los sindicatos.

Cuando haya que enfrentarse a las “huelgas salvajes” de los pocos sectores privilegiados que se las puedan permitir, o a las mucho más violentas que surjan de situaciones extremas de explotación, se comprobará demasiado tarde la función esencial que los sindicatos desempeñan en el mantenimiento del orden social establecido.


Recomendaciones

27/07/2010

BP and the Tragedy of the Commons, by William F. Shughart II

Algunos serán más iguales que otros,  de José Antonio Baonza

Ladrillos procíclicos, por Juan Ramón Rallo

La farsa bancaria continúa, de Manuel Llamas

Experimentar con gaseosa, de Juan Pedro Marín Arrese


Recomendaciones

27/07/2010

Crisis Economics, by N. Gregory Mankiw

Finanzas poco ortodoxas, de Francisco Cabrillo

Preachers who are not believers, by Alex Tabarrok

The Death of Paper Money. by Ambrose Evans-Pritchard

Preventing Another Deepwater Disaster, by William F. Shughart II


Recomendaciones

25/07/2010

The Recalculation Story: A Summary, by Arnold Kling

The Furnace of Akhnai: Story and Puzzleby David Friedman

What can we learn from the top books on the financial crisis?, by Nicole Gelinas

Anti-disorder campaigns can change urban norms, by Paul Romer

Money Dominates, by Steve H. Hanke