Dinero, crédito y banca (video)

25/08/2014

Dinero, crédito y banca, ponencia en la IX Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana.

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Crítica a Leonardo Ravier sobre la reserva fraccionaria

02/02/2014

Este artículo es una crítica detallada a la “Carta contra-argumentativa al freebanking con reserva fraccionaria” de Leonardo Ravier (Leo) en Procesos de Mercado (Vol. IX, n.º 2, Otoño 2012, pp. 283 a 296), disponible aquí. En dicha carta los malos argumentos se repiten una y otra vez y además abundan erratas, errores ortográficos, sintácticos y de estilo: la selección y la edición de textos en Procesos de Mercado no parecen funcionar de forma adecuada.

Leo asegura que las teorías de Murray Rothbard y Jesús Huerta de Soto en este ámbito son poco entendidas. En realidad son muy bien entendidas… por quienes las critican y defienden la banca libre con reserva fraccionaria. Quienes no parecen entender sus limitaciones, imperfecciones y errores son los empecinados que exigen tercamente reservas 100%.

El P-Lib exige el coeficiente de caja del 100% dentro de las reformas bancarias propuestas en su Programa Político Marco. Esto es un grave error que daña la reputación intelectual del P-Lib. Sus miembros pueden tener muy buenas intenciones y ser muy liberales, pero hacen propuestas desde la ignorancia sobre los asuntos monetarios y bancarios. A Leo le “interesa especialmente que el Partido de la Libertad Individual mantenga y sostenga este principio de coherencia económica-bancaria.” Sin embargo este principio no tiene nada que ver con la “coherencia económica-bancaria”; por lo menos Leo está siendo muy explícito y sincero al reconocer que se trata de un interés suyo; interés que causa un daño considerable al P-Lib.

Según Leo esta afirmación es incorrecta:

“[…] algunos liberales modernos no entienden, o no aceptan, que en el libre mercado cada entidad (individuo o institución) es libre de ofrecer absolutamente lo que quiera; y que son los consumidores —los compradores y clientes— los que deciden si les interesa esa forma de hacer negocio o no.”

Sin embargo la afirmación es correcta, y además lo es en dos niveles: porque en el libre mercado efectivamente todo agente puede ofrecer (o no) y aceptar (o no) lo que quiera; y porque existen algunos liberales modernos que no entienden esta libertad (él mismo, por ejemplo).

Menciona Leo que “los detalles históricos […] mostrarían más bien lo contrario, que hasta el siglo pasado la jurisprudencia europea seguía manteniendo, de alguna manera, la idea del coeficiente de caja del 100%.” Esto es erróneo de varias maneras: porque la banca libre y no libre ya operaba legalmente con reserva fraccionaria sobre los depósitos a la vista desde bastante antes del siglo XX; porque la jurisprudencia a menudo se refiere a depósitos (de guarda y custodia) en general pero se ignora que el depósito bancario, aunque tenga en común el término “depósito”, es una entidad conceptualmente diferente (algunos juristas siguen muy confundidos al respecto y tal vez no conocen aquello que juzgan); y porque el hecho de que la legislación o la jurisprudencia prohíban ciertas prácticas es indicativo de que el mercado en realidad no es libre.

Sigue Leo: “decir que uno es «libre de ofrecer absolutamente lo que quiera» es una generalización inapropiada. Estoy seguro en que estarás conmigo en que yo no puedo ofrecer en el mercado la casa de mi vecino, el corazón de mi vecina, o el dinero de un tercero, porque dichas «ofertas» implicarían la violación del derecho natural y racional de la propiedad privada. Por tanto, no todo es susceptible de ser ofrecido en el mercado. Sino más bien, solo aquello que le es a uno propio.”

En realidad es una generalización que, bien entendida, es perfectamente apropiada. No conozco a su interlocutor, pero yo no estaría tan seguro de que vaya a estar de acuerdo con él. Yo puedo ofrecer en el mercado la casa de mi vecino, el corazón de mi vecina, o el dinero de un tercero, y ninguna de estas ofertas implicaría necesariamente “la violación del derecho natural y racional de la propiedad privada.”

Lo que yo no puedo hacer es vender lo que no es mío o estafar en un intercambio. Pero yo sí que puedo ofrecer algo que no me pertenece, con tal de que esté en mi posesión legítima en el momento de realizar el intercambio; o, sin estar en mi posesión, actuando como intermediario, representante legal o agente de un principal que sea quien realmente realice la venta. Si se considera que una oferta obliga al ofertante, lo ilegítimo no sería realizar esa oferta sino incumplirla, y entonces si se trata de un contrato bien hecho se aplicaría la penalización o arbitraje correspondiente explicitado en el mismo. Una oferta podría considerarse también como el comienzo de una negociación, en el transcurso de la cual yo puedo informar al potencial comprador, si lo considero conveniente, de que la casa en ese momento no es mía pero que puedo conseguirla en un plazo determinado: no es lo mismo callar este hecho, que puede resultar irrelevante, que mentir al respecto, lo que sería fraude.

Esta aclaración es relevante porque en los mercados bancarios y financieros frecuentemente se realizan contratos perfectamente legítimos, legales y funcionales, sobre bienes que o no existen (ahora, o aún) o no están en ese momento en posesión de ninguna de las partes contratantes. Esto sucede en derivados como futuros, opciones y permutas; y en el contrato de depósito a la vista, en el cual el banco se compromete a entregar a todos sus clientes unas cantidades de dinero que en su conjunto son mayores que las que tiene en sus reservas de efectivo. Lo ilegítimo no es la oferta o el contrato en sí, sino su incumplimiento. Y en el caso del depósito a la vista el banco puede cumplir todos sus compromisos contractuales con sus depositantes sin ningún problema, aunque esto a muchos aún les parezca un hecho misterioso, si además de las reservas de dinero tiene otros activos líquidos que puede vender rápidamente y sin pérdidas.

Leo insiste erróneamente en que la oferta de un depósito a la vista con reserva fraccionaria por un banco a un cliente es ilegítima porque se trata de fraude y además viola los derechos de otras personas. Ni es fraude, ni viola derechos de terceros.

Algunos liberales austriacos recurren frecuentemente a lo que para ellos son contundentes e irrefutables argumentaciones lógicas: en realidad se trata de trucos a menudo irrelevantes y que seguramente sólo consiguen engañar a los incautos; sobre todo a ellos mismos, ya que son víctimas de autoengaño persistente.

Se refieren por ejemplo a una mujer virgen y prostituta a la vez como algo imposible. Tal vez no han considerado que una mujer podría empezar a prostituirse siendo virgen, y desconocen que en el mercado del sexo las vírgenes son muy valoradas; quizás es que consideran que la mujer sólo comienza a ser prostituta justo en el momento en que deja de ser virgen (si es que tal momento puede establecerse con precisión y sin ambigüedades); tal vez creen que sólo es prostituta mientras practica el sexo a cambio de dinero. También menciona Leo helados calientes, pinturas simultáneamente completamente blancas y negras y agua simultáneamente salada y dulce: son ejemplos problemáticos o desacertados ya que en realidad un helado podría ser caliente y lo salado y lo dulce no son opuestos ni contradictorios.

Como si con estos malos ejemplos no fuera suficiente, Leo ofrece otro más:

“¿Es posible que el dueño de un local de restauración ofrezca la misma sala para fumadores y no fumadores? (y cuando digo «misma sala» me refiero a exactamente el mismo espacio tiempo —no una separación espacial y/o temporal entre uno y otro). La respuesta es tajante. No. No es posible.”

Es perfectamente posible realizar tal oferta. De nuevo, una cosa es lo que se ofrece y otra lo que la otra parte efectivamente recibe, y allí podría haber, o no, un incumplimiento de contrato. Pero es que además Leo ha olvidado un detalle que en lógica es muy importante, en este caso la palabra “exclusivamente”. Si yo ofrezco una sala a la vez para fumadores y no fumadores, entonces todo el mundo puede acceder y nadie tiene derecho a quejarse. Otra cosa sería si la ofrezco exclusivamente a unos y a otros, y entonces si la situación final se produce y se juntan ambos yo estaría incumpliendo el contrato. Si se tratara de grupos conocidos, puedo evitar esto ofreciendo inicialmente la sala en exclusividad a ambos colectivos y retirando la oferta cuando uno de los dos la acepte; si ambos la aceptan inicialmente aún puedo compensarles o recomprar su derecho antes del momento de ocupación para evitar el conflicto.

Tras estas analogías enfatiza Leo que “la reserva fraccionaria se encuentra dentro de este tipo de naturaleza incompatible, irreal, de imposible cumplimiento, y por tanto absolutamente irracional.” Es común para los que no entienden algo tacharlo de irracional: confunden su incomprensión como imposibilidad. La reserva fraccionaria es real, compatible con casi todo, no implica ninguna contradicción ni catástrofe lógica, no es ningún absurdo y su cumplimiento no sólo no es imposible sino que incluso resulta fácil.

Para Leo “es curioso que la posición objetivista no vea la falta de racionalidad y la absoluta incoherencia en la defensa de la libertad contractual aún en los casos de objetiva imposibilidad (como el caso mencionados [sic]).” Sin embargo la reserva fraccionaria es racional, coherente, respeta la libertad contractual y es claramente posible. Además, que el cumplimiento de un contrato fuera objetivamente y sin duda imposible (algo bastante difícil de demostrar), no lo haría ni ilegítimo, ni irracional, ni ilógico, ni disfuncional. Imposibilidad de incumplimiento no implica ilegitimidad. Tal vez las partes quieren explorar los límites de lo que es o no posible, o quieren comprobar qué sucede contratando imposibles, o quieren garantizarse que lo pactado no pueda cumplirse para que se activen las cláusulas aplicables a esa situación (por ejemplo, cuando la usura estaba prohibida a menudo se pactaban penalizaciones por pago atrasado equivalentes a los intereses que no podían acordarse explícitamente, y los pagos casi siempre se atrasaban intencionalmente; habría sido útil garantizar de algún modo que los plazos no podían cumplirse).

Resalta Leo “la ignorancia respecto de la naturaleza del dinero, su uso y abuso es terrorífica en nuestra sociedad actual”. Desgraciadamente él (y otros con semejantes opiniones y creencias) la ejemplifica; con el agravante de que pretende conocer el tema. “Podemos empezar por la simple comprensión de que el dinero es un bien —como cualquier otro bien material— con su precio, ofreta [sic] y demanda.” ¿Acaso hay muchos que no saben que el dinero es un bien con precio, oferta y demanda? Precisamente si conviene resaltar algo sobre el dinero es que es un bien muy peculiar: lo esencial del dinero no es lo que tiene en común con otros bienes sino lo que lo diferencia y lo hace especial.

Los falsificadores no suelen ser tan tontos como para ofrecer a sus víctimas cosas obviamente imposibles de cumplir, lo cual debería hacerles sospechar. Al argumento de “¿Qué pasaría si todos los bancos hacen que cada depositante, en la apertura de su cuenta, firmen un documento diciendo que él se da cuenta de la disposición y consiente en asumir el riesgo?” Leo responde que “La naturaleza incoherente del producto/servicio ofrecido lo hace jurídicamente inválido. Por más que yo ofrezca agua «salada-dulce» y el usuario firme el contrato aceptándolo, no cambia la falsificación de la oferta; y la imposibilidad de su cumplimiento.”

Contundencia e ignorancia van de la mano: Leo se cree competente como para declarar tajantemente qué es jurídicamente válido o inválido; él sabe más que las partes contratantes, pobres tontos engañados que no saben lo que hacen, y declara la oferta falsa y el cumplimiento imposible. ¿Por qué? Porque lo dice él, y Rothbard, Huerta de Soto y unos cuantos más. Leo lo asegura firmemente:

“La imposibilidad de dicho cumplimiento (no reconocido por los defensores del freebanking con reservas fraccionarias) que hace en sí mismo [sic] nulo [sic] de pleno derecho dichos contratos, se traduce, además, en la particularidad irracional de querer tergiversar la realidad insinuando que una cosa puede ser propiedad íntegra de dos personas a la vez.”

Los defensores inteligentes de la banca libre (los anglicismos sobran cuando existen expresiones propias equivalentes) no reconocen esa imposibilidad porque no existe y si lo hicieran estarían mintiendo o equivocándose. Y todo el cuento de irracionalidad y tergiversación de la realidad es resultado de la proyección psicológica del propio crítico de la banca libre con reserva fraccionaria. No se trata de que una cosa sea propiedad íntegra de dos personas a la vez, sino de que el banco tiene un dinero que le ha prestado el depositante y una deuda frente al mismo, y el depositante es acreedor del banco, posee un derecho de cobro contra el mismo.

Leo resalta “lo surrealista de esta sociedad, es que el 99,9% de la gente piensa que su dinero es suyo, cuando la realidad dista mucho de dicho hecho.” Probablemente ha medido ese porcentaje con precisión aunque no explica cómo lo ha obtenido; resulta algo sorprendente, porque los austriacos son un poco aversos a los datos empíricos. Tal vez es simplemente una forma de hablar, para entendernos, sin demasiado rigor, para seguir con el tono de falta de rigor intelectual del artículo. En realidad la gente piensa correctamente que su dinero es suyo. Por definición: mi dinero, mío; tu dinero, tuyo; su dinero, suyo. Cuando hablamos del dinero que tenemos en la cuenta del banco (cuando su saldo es positivo), en realidad nos estamos refiriendo a los derechos de cobro de dinero que tenemos frente al banco.

Insiste Leo en que “los argumentos a [sic] la prohibición de dichos contratos no se basa [sic] en la falta de acuerdo, al [sic] uso de la fuerza o coerción; sino a [sic] la propia imposibilidad, irrealidad, incoherencia, irracionalidad de ofrecer un producto que es, a la vez, dos cosas opuestas (en este caso depósito a la vista y préstamo) a varias personas a la vez; y todas ellas siendo propietarias íntegras del mismo bien.”

En el caso de una cuenta bancaria, depósito a la vista y préstamo no sólo no son cosas opuestas sino que son… la misma cosa. No importa cuántas personas haya, no se da el caso de múltiples derechos de propiedad completos y excluyentes sobre un mismo bien.

Pero Leo insiste obcecadamente y repite:

“El fraude y la falsificación está [sic] en que se están vendiendo contratos que por naturaleza son de imposible cumplimiento. Que nadie puede ofrecer un préstamo que a la vez sea depósito a la vista porque ambos son radicalmente distintos. Y además, que no solo lo están ofreciendo a una misma persona (aspecto este ya ilegítimo por la naturaleza incompatible del contrato) sino que lo ofrecen a varias personas, alegando que todas ellas son propietarias íntegras del mismo bien (y cuando digo «propietarias íntegras del mismo bien», me estoy refiriendo a que el 100% del mismo bien estaría en propiedad de más de una persona a la vez, no de fracciones del mismo).”

Al menos el párrafo anterior tiene la original expresión de “vender contratos”. Y lo de la naturaleza incompatible suena algo raro: ¿incompatible con qué? Incompatible no es lo mismo que imposible, inconsistente, incoherente, contradictorio.

Por si el lector no se ha enterado todavía, vuelve a repetir:

“La oferta de imposible cumplimiento de contratos de depósito irregular de dinero que a la vez hacen de préstamos deriva en una transgresión ipso facto de la propiedad privada (derecho fundamental del capitalismo que dice [sic] defender el autor o los defensores del freebanking con reserva fraccionaria) del dinero de dichos contratantes. Por tanto, resulta ilegítimo y prohibitivo el realizarlos en una economía de mercado.”

Ahora además de un anglicismo tenemos un latinajo. “Prohibitivo” significa, según la RAE, que prohíbe o cuyo precio es muy alto: no parece encajar aquí, donde quizás se quiere decir que está prohibido o que debería estar prohibido.

“[…] hay doble fraude. El primero, el contrato ilegítimo al ofrecer dos cosas de naturaleza opuesta como de posible coexistencia; atentando contra la razón aplastante de que A es A, y que A no puede ser A y B simultáneamente. El segundo, su oferta múltiple como bien de propiedad íntegra para cada uno de los contratantes, atentando contra la razón aplastante de que un mismo bien no puede pertenecer íntegramente, al 100%, a más de una persona a la vez.”

No hay ni un fraude ni dos: no hay ningún fraude. La razón aplastante de que A es A es muy aplastante pero muy poco informativa. También B es B, y C es C, etc. Sin embargo A puede ser A y B simultáneamente, como sabe cualquier principiante de lógica: un hombre puede ser un hombre y un animal; lo que suele ser imposible es ser A y no A (principio de no contradicción, que después de tanto mencionar la lógica resulta que no se domina). La razón aplasta, sí, a quienes no saben usarla.

Que “un mismo bien no puede pertenecer íntegramente, al 100%, a más de una persona a la vez” es correcto pero irrelevante, ya que no es el caso, por mucho que insistan en querer distorsionar así la realidad del depósito bancario.

Leonardo menciona a Harry Biswanger, quien afirma:

“Disculpen mi falta de temperamento, pero he estado respondiendo a los mismos ignorantes argumentos anti reserva franccionaria durante 40 años.”

Entiendo perfectamente a Biswanger. Yo, aunque llevo bastantes menos años, no voy a pedir disculpas por mi temperamento: los necios testarudos que ya han recibido explicaciones claras y detalladas y las han ignorado una y otra vez no merecen delicadezas ni esfuerzos extraordinarios adicionales. Leo replica a Biswanger que “La razón no se consigue por repetición.” Pero Biswanger tiene razón sin repetirse, y él está equivocado una y otra vez.

Según Leo “la tradición de la defensa del coeficiente de caja del 100% tiene mucho más que 40 años, y son pricisamente [sic] los «liberales modernos» del freebanking con reserva fraccionaria quienes están defendiendo, desde no hace mucho tiempo, lo indefendible.” Lo de “defendiendo lo indefendible” me suena de otro famoso aunque no muy brillante crítico de la reserva fraccionaria. Y es normal que los «liberales modernos» defiendan algo desde hace no mucho; si no fuera así… no serían modernos. Unos cuantos liberales no tan modernos (escuela bancaria, por ejemplo) ya indicaban hace mucho sus errores a los críticos de la reserva fraccionaria, pero parece que meme malo nunca muere.

Otro breve ejemplo de errata y error sintáctico (la coma):

“Los argumentos utlizados [sic] por Yaron Brook, son los siguientes:”

Del hecho de que el banco no te entregue el dinero inmediatamente cuando quieras (físicamente se tarda algo en cogerlo, contarlo y entregarlo; puede haber colas en las ventanillas; el banco puede estar cerrado porque tiene un horario limitado, o el cajero haberse quedado sin efectivo; para cantidades grandes es necesario preaviso según cláusula contractual) Leo afirma que:

“esto no es un argumento. Es un hecho de la tergiversada realidad del uso y abuso del dinero que no dice nada sobre el fraude que se está cometiendo, sino que precisamente afirma y confirma que se sigue ofreciendo como válido un contrato de imposible cumplimiento, y a múltiples personas simultáneamente.”

¿Dónde hemos leído todo esto antes? No va a ser la última vez.

“El que las personas reciban su dinero cuando acuden a retirarlo del banco, que precisamente es un fenómeno estadístico, nuevamente nada tiene que ver con el incumplimiento ipso facto del contrato firmado (que es en sí mismo de imposible cumplimiento).”

Espectacular: o sea que el hecho de que un contrato se cumpla no indica nada sobre ese presunto incumplimiento ipso facto, porque está claro que la idea de que el contrato es de imposible incumplimiento no puede ser demostrada falsa cumpliendo el contrato, faltaría más. La realidad jamás debe estropear tus teorías. Da vergüenza ajena lo mucho que insisten algunos austriacos con la lógica y lo torpes que son con ella. Así no resulta extraño que se trate de una escuela minoritaria que necesita una buena limpieza en profundidad. Sé que afirmar esto es muy duro, pero es lo que hay.

“[…] la realidad (que no la estadística y casuística) muestra que si todos acudimos a solicitar «nuestro» dinero, dicho dinero no existe.”

No es que el dinero no esté ahí sino que no existe: se supone que en ninguna parte del Universo universal o del mundo mundial. Toda la masa monetaria disponible no es suficiente, a ninguna velocidad de circulación, para cumplir con todos los depositantes: si al final van a tener razón los que dicen que el problema económico es que no hay suficiente dinero y hay que producir más…

Continúa Leo mezclando y confundiendo el problema de la reserva fraccionaria con las casas en multipropiedad, dos realidades diferentes. En la multipropiedad los múltiples propietarios se ponen de acuerdo según unos estatutos sobre cuándo utiliza cada uno la propiedad, probablemente de forma simétrica entre iguales. En el depósito bancario la situación es asimétrica y no se trata de multipropiedad sino préstamo (alquiler): el prestamista o depositante entrega un dinero a cambio de un derecho de cobro a la vista contra el banco (y eso es lo que luego utiliza como medio de pago si otros se lo aceptan: no el dinero, que puede recuperar cuando quiera pero debe reclamarlo antes, sino la promesa del banco de entrega de dinero a la vista); el banco dispone del dinero hasta que el depositante se lo reclame. No hay doble disponibilidad simultánea sobre la misma cosa: el banco lo tiene hasta que se lo reclamen; el depositante lo tiene desde que lo reclame. Y además del dinero existe otra cosa importante, la deuda generada por el depósito como préstamo, que se utiliza como dinero fiduciario (crédito circulante).

Sigue: “un bien que al ser fiduciario, en realidad genera una expansión, multiplicación del mismo, que produce, como ya sabes, los tan temidos ciclos económicos, con sus consiguientes inconvenientes para la sociedad.” Parece que Leo no tiene claro qué es un bien fiduciario, ya que ese hecho no tiene que ver con su expansión insostenible ni con los ciclos económicos. El “como ya sabes” es dudoso: no se puede saber lo que es falso.

Continúa el desastre intelectual:

“el problema económico de no comprender los argumentos jurídicos de la naturaleza de los contratos, y de la legítima y correcta defensa de [sic] propiedad privada del bien de intercambio, radica en que realmente ya no se usa el mismo bien, sino que se multiplica (algo que solo ocurre con el dinero fiduciario sin anclaje y sin reservas). Estamos asistiendo a uno de los mayores engaños jamás visto en la historia de la humanidad.”

Efectivamente los críticos de la reserva fraccionaria no comprenden los argumentos jurídicos de la naturaleza de los contratos, no saben defender de forma correcta la propiedad privada y sus criterios de legitimidad son defectuosos. El dinero fiduciario tiene anclaje y reservas: es un pasivo respaldado por un activo (estos términos contables y financieros pueden resultar sorprendentes y desconocidos para algunos críticos de la reserva fraccionaria, y esto quizás pueda explicar su grave confusión). No conozco en profundidad toda la historia de toda la humanidad, pero en efecto el autoengaño de los críticos de la reserva fraccionaria probablemente está entre los mayores que ha habido, hay y habrá.

Si Yaron Brook afirma que “Que en un sistema de freebanking habría la posibilidad de bancos con y sin reserva fraccionaria.”, Leo replica que eso “Tampoco dice nada sobre la legitimidad de los bancos con reserva fraccionaria.” ¿Y qué? Hay una cantidad ingente de cosas sobre las cuales esa frase no dice nada. Brook está diciendo que la reserva 100%, si alguien la quiere, es legítima; la reserva fraccionaria es obvio, para quien la entiende, que lo es.

Protesta Leo porque los freebanking [sic] “quieren hacer creer que en su sistema de freebanking, los bancos podrán o no tener la fracción de depósitos que quieran”. Eso de “querer hacer creer” se usa cuando intentas engañar a alguien, y aquí no es el caso aunque Leo así lo insinúe. Efectivamente, cada banco puede guardar como reservas de efectivo la fracción que considere conveniente según su decisión empresarial. Critica esto Leo:

“Lo cierto, [sic] es que en un sistema tal, lo único que estarán defendiendo dichas personas es un sistema corrupto, en el que el incentivo de fraccionar las reservas será tan alto, que el resultado jurídico y económico sería incluso peor que el actual (donde directamente la mayoría de dichos bancos no tendrían reservas ninguna [sic]).”

De nuevo una gran ligereza y desfachatez al hablar de corrupción. Y lo de “fraccionar las reservas” no tiene mucho sentido. No tener ninguna reserva puede ser muy ineficiente porque resulta difícil atender a los clientes que quieran hacer retiradas por ventanilla si no se dispone de nada de efectivo en la caja de la sucursal. Y los cajeros automáticos suelen requerir algo de efectivo para funcionar. Reducir los costes de oportunidad de mantener reservas de dinero (saldos de tesorería) no es lo mismo que reducir las reservas a cero.

Insiste Leo en lo malos que somos los defensores de la reserva fraccionaria:

“Es básicamente lo mismo que legitimar el robo en una sociedad.”

Si no entiendes algo, no intentes razonar sobre su moralidad: aparenta que razonas, sermonea y acusa.

“Desde ya las incoherencias del sistema de freebanking con reservas fraccionarias llega a extremos ridículos.”

Incoherencias y ridículo extremo: una buena descripción de los críticos de la reserva fraccionaria.

Yaron Brook afirma que “[…] los economistas austriacos están en contra de las reservas fraccionarias porque crean incertidumbre respecto de la cantidad de dinero en la economía.” Es una apreciación que a mi juicio puede ser correcta: a algunos austriacos les preocupa que se produzca dinero (en realidad sustitutos monetarios), lo critican como inflacionario y prefieren una cantidad dada cualquiera fija y un incremento progresivo de su poder adquisitivo. Pero Leo, que no domina la teoría monetaria, se sale por la tangente e insiste en el problema jurídico y ético, que en realidad es inexistente más allá de su imaginación.

“[…] los derechos de propiedad privada del dinero son violados toda vez que se legitima el contrato de doble naturaleza (depósito/préstamo) simultáneamente, y se entrega un mismo bien, de manera íntegra, a distintas personas, en los sistemas bancarios de reservas fraccionarias.”

Resulta muy pesado y deprimente leer los mismos errores una y otra vez.

“Lo curioso es que Brook reconoce que el dinero se duplica, sin darse cuenta [sic] que dicho efecto, más allá del fenómeno cuantitativo y económico del dinero, implica el resultado propio del fraude que se consigue cuando «una cosa» se transforma, por arte de magia, en «dos cosas», sin haber cambiado en nada la realidad de la cosa en sí misma.”

No sé qué es lo que Brook reconoce o no reconoce, aunque dudo que sea eso. El dinero no se multiplica sino que se crean medios de pago o sustitutos monetarios adicionales, que no son dinero en sentido estricto. Y la implicación que se menciona en esa frase no sólo es errónea en cuanto al fraude sino que además está al revés, lo que en lógica es un error muy grave.

“[…] es como si Brook reconociera que ante sus ojos cabe la posible existencia de algo (una cosa) que es A y B simultáneamente.”

De nuevo encontramos a nuestros amigos A y B. ¿Dónde han aprendido lógica algunos austriacos? ¿Realmente saben lógica o sólo creen que saben lógica? Va a resultar que la praxeología tiene algo que ver con la praxis pero muy poco con el logos. Va acabar siendo algo así como una teoría de la chapuza humana.

“Para Brook uno es igual a dos (y éste último multiplicado por todas las veces que el mismo bien es utilizado en la economía con reservas fraccionarias). ¿Es esto racional, lógico, coherente u objetivo? Y todo esto lo hace, paradójicamente, en nombre de la justicia, el derecho, y la racionalidad; todos ellos aspectos que faltan en el video que he escuchado.”

No creo que Yaron Brook sea tan tonto como para confundir uno y dos. La “economía con reservas fraccionarias” no utiliza múltiples veces el mismo bien. Los defensores de la banca libre con reserva fraccionaria son racionales, lógicos, coherentes, objetivos, y entienden de justicia y derecho: los críticos no, pero creen ferviente y ciegamente que sí. Son como el conductor del chiste que cree que hay cientos de vehículos en su lado de la carretera que circulan en sentido contrario.

“A esta altura [sic] estarás esperando que justifique, o más bien argumente, el porqué [sic] el contrato en el sistema de reserva fraccionaria es ilegítimo, y porqué se transgreden los derechos de propiedad. Te lo explico, [sic] brevemente, [sic] a continuación.”

O sea que todo lo anterior no eran breves explicaciones. El resto del artículo no añade nada nuevo y es simplemente una repetición cansina de los errores que comete Jesús Huerta de Soto en Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. En lenguaje muy solemne se asegura que el contrato de depósito bancario con reserva fraccionaria es un “contrato nulo de pleno derecho”: “lo que es incompatible y de imposible cumplimiento no es legítimo, y por tanto es nulo de pleno derecho.” Es cosa juzgada y definitivamente cerrada sin posibilidad de recurso de apelación.

A los abogados litigantes principiantes se les aconseja que durante el juicio no hagan nunca una pregunta cuya respuesta no conocen, porque pueden obtener una respuesta inesperada contraria a sus intereses. Se pregunta Leo:

“¿Qué riesgo está asumiendo una persona que entrega un dinero sabiendo que el banco lo usará, pero que a la vez tiene obligación de entregárselo cuando éste lo pida?”

La respuesta es: el riesgo de que la obligación de entrega se incumpla (total o parcialmente) o se retrase. Nadie sabe que “tiene seguridad plena de que el banco se lo devolverá a la vez que asume un riesgo.” Se tiene la seguridad de que el banco tiene esa obligación, pero el riesgo y la incertidumbre de incumplimiento, por pequeños que sean, existen. Por eso es distinto tener dinero que tener un derecho de cobro de una cantidad de dinero.

Luego Leo repite la confusión habitual sobre la propiedad íntegra del mismo bien. Cuando se niega a aceptar, o al menos intentar entender, que el depósito bancario es un préstamo, y no un contrato de guarda y custodia, pasan estas cosas.

“Lo que ocurre, es que el hecho de que actualmente estemos bajo un sistema monetario fiduciario, en el que gran parte del «bien de intercambio» en sí mismo no existe (porque no hay anclaje ninguno, y porque gran parte de dicho dinero no son más que apuntes contables del banco), sumado el hecho de que haciendo uso de la probabilística es posible engañar a la sociedad respecto de la disponibilidad (objetivamente de imposible cumplimiento), nadie percibe la realidad objetiva e incoherente en el que está inmerso el sistema monetario actual. Sistema, por cierto, que no nace de la libertad bancaria, sino precisamente de su contrario: del privilegio y casamiento estado-banco […]”

Nadie percibe la realidad… salvo los sabios, justos, legítimos, racionales, coherentes, compatibles, lógicos y liberales críticos de la reserva fraccionaria. Que resulta que no son capaces de distinguir el dinero fiduciario del dinero fiat. Que afirman que algo no existe pero al mismo tiempo se usa e intercambia. Que aseguran que no hay anclaje alguno, sin saber cuál es el anclaje y probablemente sin entender qué es eso del anclaje. Que confunden un posible incumplimiento con un imposible cumplimiento.

No podríamos acabar sin mencionar lo de “crear dinero de la nada”:

“Crear dinero de la nada y prestarlo es una actividad criminal que solo favorece al banco, y en el corto plazo al prestatario. Dicha transacción se realiza depreciando la moneda, principalmente a través de apuntes contables que son nulos de pleno derecho, pero que están institucionalmente validados por el privilegio estatal que éste concede exclusivamente a los bancos, y a ningún otro tipo de negocio, empresa o institución.”

Actividad criminal. No es sólo falta o delito común sino algo propio del código penal, aunque no se especifique la pena. La reserva fraccionaria no es ningún privilegio concedido por el Estado sino la forma normal de proceder de la banca comercial como gestora de pagos y cobros mediante su propia deuda ofrecida a sus clientes. En otros negocios, empresas o instituciones no es que no esté permitida sino que no tiene sentido porque no son emisores de deuda utilizable como medio de pago. Y una de las preguntas del millón: si los bancos pueden crear dinero de la nada… ¿cómo es que corren riesgo de quiebra y deben ser rescatados? Algo no encaja, y es el no saber distinguir entre dinero y sustitutos monetarios: los bancos crean pasivos monetarios contra sí mismos.

También menciona Leo los efectos sobre terceros no participantes voluntarios, es decir la presunta (en realidad inexistente) pérdida de poder adquisitivo del “ciudadano de a pié [sic]” que tiene dinero o “población apoderada [sic] de dicho bien”.

Concluye Leo:

“La única alternativa a una libertad bancaria real (no ilusoria), radica en terminar con el dinero fiduciario, abrir la competencia monetaria, exigir un anclaje que realmente haga de «bien de intercambio» real, y exigir el coeficiente de caja del 100% para los depósitos a la vista. Esto es lo que exige la lógica jurídica de los contratos legítimos, y de las defensas de la propiedad privada propias de sociedades realmente libres.”

Quienes no entienden la realidad y sus posibilidades quieren imponer su única alternativa, la única que son capaces de ver o más bien alucinar: acabar con los sustitutos monetarios (eso son los medios fiduciarios, que además son la inmensa mayoría de los medios de pago por razones de eficiencia económica) y convertir a los bancos por imperativo legal en almacenes de oro o cualquier otro bien que la sociedad elija como dinero en sentido estricto.

Leo realmente necesita (o al menos lo hacía a la fecha de publicación de su carta) aplicarse lo que él mismo recomienda: “reconsiderar qué es realmente la libertad bancaria y monetaria en términos económicos, y qué implicaciones jurídicas (principios generales del derecho) le son propias.” Y no sólo él.


Posibles causas de los errores contra la reserva fraccionaria

14/01/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Uno de los errores intelectuales más graves y llamativos de algunos liberales de la escuela austriaca de economía es su oposición a la reserva fraccionaria de la banca. Dos pensadores brillantes, influyentes y fructíferos, pero obsesionados contra la reserva fraccionaria y equivocados al respecto, son los principales responsables: Murray Rothbard y Jesús Huerta de Soto. Ambos cuentan con múltiples seguidores más o menos significativos que contribuyen a la propagación de este error.

Dada la metodología científica de la escuela austriaca de economía el error es especialmente preocupante porque podría parecer que la crítica contra la reserva fraccionaria no se plantea como una hipótesis provisional potencialmente explicativa, abierta a crítica y revisión, sino como un axioma apodíctico demostrable lógicamente mediante deducción y presuntamente irrefutable. En este caso, o la lógica no funciona o algunos pensadores que insisten mucho en su importancia en realidad no saben utilizarla con suficiente rigor.

Los errores sistemáticos en este ámbito pueden proceder de sesgos y limitaciones del proceso de enseñanza a los economistas sobre los intercambios, el dinero, el crédito, la deuda, la banca y las finanzas: se confunde una simplificación explicativa de por qué el dinero supera al trueque con la idea de que sólo hay esas dos posibilidades. Es común explicar el origen del dinero por las limitaciones del trueque, lo cual tiene parte de verdad pero es una visión incompleta. El alumno queda con la impresión de que sólo existen dos tipos de intercambios: los directos (trueque), y los indirectos (con dinero). No se menciona, y por lo tanto se ignora, la posibilidad de que se produzcan intercambios incompletos, a crédito, diferidos en el tiempo, en los cuales se entrega un bien o servicio a cambio de una promesa de entrega de dinero en el futuro, generándose así una deuda entre quien da el bien (ahora acreedor) y quien lo recibe (ahora deudor).

La escuela austriaca enfatiza la subjetividad y el carácter dinámico y heterogéneo de las valoraciones de los individuos sobre los bienes, pero no investiga cómo de variables o invariantes son esas preferencias: por lo general ignora la teoría de la liquidez del dinero como invariante de valor.

Al tratar los bancos, se los considera erróneamente como meros almacenes de dinero (con analogías espurias, engañosas y desorientadoras, como depósitos de materias primas, garajes o guardarropas): se asegura, sin presentar evidencias, que los billetes que entregan a sus clientes son certificados de guarda y custodia, y que en los intercambios los individuos en vez de entregar dinero entregan los billetes que dan derecho al mismo. En realidad el billete de banco tiene mucho más que ver con la letra de cambio. También se acusa a los bancos de falsificadores y de cometer fraude al producir más billetes que el que tienen en tesorería, olvidando que el banco tiene otros activos líquidos convertibles rápida y fácilmente en dinero. El desconocimiento sobre contabilidad puede estar en la base de este problema.

Tampoco se considera la posibilidad de que se utilice la deuda como medio de pago (crédito circulante), como complemento o sustituto monetario: la deuda muy segura y a muy corto plazo se monetiza (se usa como dinero entendido en sentido amplio), y así se economiza el dinero en sentido estricto, evitando parte de sus costes y riesgos de producción y atesoramiento. Los bancos, además de intermediarios financieros, son gestores del sistema de pagos y cobros de una sociedad: las deudas entre los individuos pueden cancelarse o compensarse unas con otras sin necesidad de que circule el dinero, el cual sólo se transfiere para los saldos netos no compensados.

La teoría austriaca del ciclo económico enfatiza la expansión crediticia insostenible, la dimensión temporal de la acción y las descoordinaciones de la estructura de producción en relación con el ahorro disponible y las preferencias de consumo: pero no considera que el ahorro, la deuda y la inversión en general tienen una componente temporal y de riesgo, y que al haber intermediarios financieros es posible que se produzca un desajuste entre el plazo y riesgo al que prestan los acreedores al banco (depositantes a la vista y a plazo y obligacionistas) y el plazo y riesgo al cual el banco presta a sus deudores. No hay un solo tipo de interés que la banca central reduzca artificialmente, sino una curva de tipos que la banca en general (privada y pública) manipula de forma insostenible al intercambiar rendimientos por riesgo. Estos desajustes pueden efectuarlos también otros intermediarios financieros: en la crisis actual ha sido principalmente la banca en la sombra, que no utiliza depósitos a la vista.

A los errores económicos se añaden errores legales y éticos: una teoría de la ética de la libertad que interpreta equivocadamente los contratos como transferencias plenas de derechos de propiedad sobre objetos; la confusión entre títulos de propiedad y títulos de deuda; la confusión entre el derecho romano y los principios generales del derecho; la aplicación de normas relativas a contratos de guarda y custodia a entidades de naturaleza diferente.

La crítica contra la reserva fraccionaria de la banca se basa en diversos argumentos económicos y éticos falaces ya refutados. Son falacias porque parecen correctos y sus apariencias engañan: están construidos de tal manera que consiguen convencer y confundir al incauto; no sobrevivirían si sus defectos fueran obvios para todos, tanto novatos como expertos en teoría, historia y práctica monetaria y bancaria.

Diferentes factores epistémicos, psicológicos y económicos, muchos de ellos aplicables a otros ámbitos, permiten explicar por qué se produce este error y por qué se mantiene a pesar de que es un tema que ha sido y sigue siendo conveniente y claramente explicado en numerosos lugares y ocasiones. Los individuos equivocados han asumido ideas erróneas y no las corrigen, y este proceso puede estudiarse como un problema de capacidades e intereses: normalmente uno no cae en el error queriendo, sino por falta de capacidad para detectarlo; mantenerse en él implica no poder o no querer reconocerlo y abandonarlo.

En la generación, mantenimiento y propagación de ideas o memes intervienen emisores y receptores, maestros y alumnos, innovadores y seguidores. Aparte de la aparición original y creativa de una nueva idea, la asimilación inicial de errores se produce generalmente cuando un estudiante es confundido, dirigido por mal camino por un profesor equivocado. Esta circunstancia puede resultar muy nociva: igual que cuando se aprende alguna habilidad psicomotriz, como a tocar algún instrumento musical, es importante no adquirir vicios o manías que luego se enquistan y son difíciles de corregir. Conviene recibir la instrucción adecuada desde el comienzo y no acumular errores y perseverar en ellos: la constancia no siempre es una virtud; a veces es simple obcecación, testarudez, fanatismo.

El equivocado puede estar en una situación peor que el que no sabe nada y al menos reconoce su ignorancia; es mejor no haberse movido que avanzar en dirección contraria a la deseada. Si reconoce su error, entonces sabe cómo no es la realidad, y tal vez además sepa por experiencia propia por qué algunas ideas son falaces y pueden engañar a otros. Muchos especialistas en procesos de aprendizaje y en empresarialidad recomiendan equivocarse mucho y rápido: pero este consejo sólo tiene sentido si se obtiene alguna lección de los fracasos.

La economía conductual muestra la importancia del sesgo de confirmación en los seres humanos: se tiende a buscar pruebas de que uno tiene razón, se evita o distorsiona la información que es inconsistente con lo que uno previamente cree, se ignoran los argumentos que provocan el dolor de reconocer que uno se ha equivocado y no es tan inteligente como creía. No es lo mismo no saber nada sobre un tema que tener ideas preconcebidas incorrectas acerca del mismo. Si un alumno tiene interés y capacidad, aun partiendo de cero es posible enseñarle y conseguir que aprenda. Pero si lo que cree saber y le sirve de fundamento es lo opuesto a la realidad, si tiene ciertos prejuicios erróneos que no está dispuesto a abandonar, entonces su progreso intelectual será difícil o imposible: su apego, tal vez fervoroso, por las pseudoexplicaciones en las que cree, le impedirá comprender las explicaciones correctas y otras ideas que conectan con ellas. Para conseguir avanzar primero debe revisar lo que cree saber, reconocer sus errores y superarlos.

No hay ninguna forma de garantizar por completo que los maestros no se equivocan, y cuando un aprendiz comienza con algo, por definición no sabe, y por tanto tal vez no puede juzgar, analizar críticamente y filtrar adecuadamente las ideas recibidas. Si el profesor comete algún error el alumno tal vez lo asuma y lo haga suyo: es común memorizar sin comprender. Si se recibe gran cantidad de información e ideas, tal vez no sea posible comprobarlo todo; si hay muchas partes del conocimiento válidas tal vez se crea que todo el conjunto es correcto, que todas las piezas encajan, y no se detecten los detalles problemáticos.

El maestro no tiene por qué ser un estafador: seguramente está autoengañado, convencido de la corrección e importancia del presunto conocimiento que transmite. Abundan los economistas que afirman cosas contradictorias, luego algunos pensadores necesariamente están equivocados y sin embargo enseñan e incluso crean escuela, reciben premios y reconocimiento público. Quizás el profesor tiene mucho carisma, comunica con pasión, es simpático, generoso, atractivo, persuasivo, seduce al alumno. Tal vez el aprendiz cree que conviene no llevarle la contraria para tener una buena relación con él y obtener buena nota o algún avance académico o profesional.

El riesgo de transmisión de errores es mayor cuando se aprende de una sola fuente o de un conjunto de fuentes homogéneas y dependientes unas de otras, como puede ser el caso de un grupo cerrado y sectario que no fomente la crítica autónoma. Los grupos humanos formados por individuos con ideas o intereses semejantes tienden a cerrar filas: los miembros comparten dogmas, se apoyan mutuamente y fomentan la conformidad, rechazando al heterodoxo, hereje o blasfemo. Si se asimila una explicación convincente pero errónea, para corregirla será necesario recibir una argumentación contraria que tal vez no exista o que no esté disponible para el individuo, que suele rodearse de quienes piensan igual que él y comparten sus mismas limitaciones.

Algunos memes consiguen permanecer en las mentes de sus portadores, a pesar de su falsedad o incorrección, porque consiguen conectar con sus mecanismos emocionales y ser queridos. Son ideas que no dan igual, sino que el sujeto las aprecia como suyas, valiosas e importantes, y no quiere perderlas. Son memes atrincherados que defienden su posición privilegiada dentro de la mente contra invasores externos que podrían expulsarlos y eliminarlos: el individuo no tiene ideas sino que las ideas lo tienen a él. El componente emocional puede reforzarse mediante mecanismos de indignación moral que dificultan el análisis imparcial y objetivo.

Ciertos errores intelectuales, como el socialismo y el estatismo, persisten porque benefician a determinados grupos de interés: algunos de sus defensores se autoengañan porque su sustento depende de la incomprensión de ciertos asuntos. Otros errores permanecen porque sus portadores no desean asumir el dolor psíquico de su reconocimiento.

Algunas ideas absurdas distintivas sirven como identificadores de pertenencia a un grupo y prueba de lealtad al mismo, de modo que se defienden con orgullo porque abandonarlas implica desertar o traicionar al colectivo, ser desleal y arriesgarse a ser repudiado, perdiendo posibles relaciones de cooperación y capital social. Al reconocer un error uno no sólo se humilla a sí mismo sino que deja en evidencia a todos los demás que comparten dicho error. Es común no realizar ciertas críticas o suavizarlas por el deseo de llevarse bien o por el miedo a individuos en posiciones de poder y a la reacción de todos sus fieles seguidores. Los dogmas de fe y los líderes sirven como focos para coordinar y cohesionar un grupo. Atacar esas ideas y a esos líderes es atacar al grupo y a todos sus miembros, lo cual seguramente provocará un contraataque, que algunos realizarán con especial dedicación e intensidad para demostrar su lealtad y ganar puntos ante los correligionarios.

Las críticas correctoras pueden doler, molestar o incluso resultar ofensivas para algunos. Pero la solución de ciertos problemas requiere hablar clara y abiertamente aunque las verdades resulten inconvenientes o incómodas: censurar, contemporizar y callar para llevarse bien quizás sólo sirva para que la situación se mantenga o se agrave. Conviene practicar el sentido del humor, reírse uno de sí mismo y sus naturales limitaciones, no tomarse demasiado en serio.

En teoría la ciencia funciona mediante prueba y error objetivas, generación, crítica y comprobación imparcial de ideas: en realidad muchos pensadores (seguramente casi todos) quieren dejar huella, ser aplaudidos, crear escuela, conquistar muchos seguidores, incrementar su prestigio e influencia, mostrar lo brillantes que son, cuánta razón tienen y lo mucho que saben en comparación con otros competidores, que naturalmente están equivocados por no tener las mismas ideas (el estatus intelectual es un bien posicional). Cuanto más poder tenga un científico, más daño puede hacer si está equivocado y utiliza su prestigio e influencia para propagar sus errores y bloquear su revisión. De ahí el dicho de que en ocasiones la ciencia avanza tras los funerales de aquellos intelectuales dominantes que obstaculizan su progreso.

La argumentación racional surge evolutivamente no tanto para conocer la realidad sino como herramienta para vencer y convencer en discusiones contra otros y defender el estatus del individuo como pensador inteligente e influyente. Por este motivo para muchas personas reconocer errores es emocionalmente difícil, sobre todo si estos son importantes: no sólo implica perder referencias y fundamentos y quedar desorientado; también supone una posible pérdida de estatus, algo muy importante para los seres humanos como animales hipersociales.

Reconocer públicamente los propios errores y responsabilizarse de ellos es un acto de gran integridad intelectual; pero algunos individuos quizás se avergüenzan, estiman que eso implica una pérdida de capital intelectual y personal que no están dispuestos a asumir, de modo que prefieren distraer la atención, no darse por enterados, no dar la razón al otro; pueden también tratar de huir hacia adelante, seguir engañados, repetir los malos argumentos una y otra vez, recurrir al principio de autoridad, proponer ideas progresivamente más absurdas y disparatadas, enfatizar, resaltar y perseverar en las mismas malas ideas. El problema de no reconocer los errores es mayor cuanto más haya insistido un pensador en la corrección, importancia y originalidad de las ideas que resulten ser falsas y cuantas más oportunidades haya desaprovechado para revisarlas: hay más evidencias y el daño provocado es más grave.


José Antonio Marina y la competencia

08/12/2013

En el suplemento Crónica de El Mundo, 8-12-21013:

La competencia entre los bancos es superficial. El monopolio es profundo. En los años setenta, cuando la crisis del petróleo, los países productores tenían ingentes cantidades de dinero en los bancos. Preguntaron al presidente de uno de los grandes bancos suizos si no le preocupaba que se pudieran retirar miles de millones de dólares en un segundo. «Si de mi banco salen veinte mil millones de dólares, al día siguiente el presidente de otro banco me preguntará si sé que hacer hacer con veinte mil millones de dólares. El dinero que entra en el sistema, está en el sistema». Conclusión: el sistema bancario funciona estructuralmente como un monopolio.

En vez de ofrecer alguna evidencia empírica mínimamente seria, Marina relata una anécdota de segunda mano sin molestarse en comprobar y ofrecer pruebas de su veracidad. Debemos creer que el banquero que recibe dinero es tan incompetente que no sabe qué hacer con él y debe consultar al banquero original, al que por algún motivo alguien le retiró la confianza en su gestión. No aparece por ningún lado la posibilidad de invertir dinero fuera del sistema bancario, por ejemplo a través de fondos de inversión independientes. Y naturalmente no se menciona al principal protagonista del oligopolio bancario: el Estado, con su Banco Central, su regulación y su supervisión.

Las corridas bancarias, según Marina, serían imposibles o simplemente problemas momentáneos, y la banca en su conjunto jamás puede perder financiación. Los banqueros no tienen ningún motivo para preocuparse por su pasivo, ya que lo que se va vuelve automáticamente. O sea que los bancos centrales sobran.

Es cierto que hay serios problemas de oligopolio en la banca, pero Marina no los comprende y difícilmente puede criticarlos con acierto.


Últimas ideas sobre activo y pasivo, dinero y coacción estatal

14/10/2013

La moneda fiat actual puede entenderse como un pasivo del banco central (la interpretación ortodoxa, oficial o tradicional) o como un activo (que no es pasivo de nadie) sometido a reglas coactivas especiales. Juan Ramón Rallo acepta ambas interpretaciones como posibles pero cree que sólo una tiene “verdadero sentido” (como pasivo del banco central).

El problema con esta afirmación es que las definiciones no son verdaderas ni falsas, sino útiles o no, consistentes o no, comprensibles o no. Lo mismo pasa con las interpretaciones, los significados, los sentidos. Si una entidad admite dos (o más) interpretaciones consistentes con la realidad, decir que sólo una tiene “verdadero sentido” es descalificar las otras, tachándolas de falsas y abusando del concepto de verdad. Uno puede preferir una interpretación, o estar más acostumbrado a ella, pero eso no la hace más verdadera y de hecho puede causar prejuicios que dificultan la aceptación de las otras alternativas.

La ciencia consiste en generar interpretaciones o teorías sobre la realidad y comprobar su validez o consistencia mediante pruebas lógicas y empíricas. A veces varias teorías están disponibles para representar y explicar la misma realidad; las pruebas científicas no son necesariamente concluyentes, no siempre permiten rechazar una teoría o demostrar que es la única posible. Algunas interpretaciones son complementarias: la luz vista como onda o como partícula. En ocasiones la interpretación más intuitiva resulta ser falsa: la esfera celeste parece girar en torno a la Tierra, pero resulta que es la Tierra la que rota sobre su propio eje (se comprueba, además de saliendo al espacio, mediante la rotación diaria del plano de oscilación de un péndulo). La existencia de varias interpretaciones alternativas posibles puede revelar los límites o problemas explicativos de cada una de ellas.

Un activo es algo que tiene valor económico, de uso o de intercambio, como bien de consumo o bien de producción, como entidad física o intangible, como bien presente o como derecho sobre algún bien presente o futuro (acciones, deuda). En algunos activos peculiares (forzosos o coactivos) el valor procede (al menos en parte) de que sirven para evitar algún daño o castigo por coacción (un carnet de identidad, un pasaporte, un salvoconducto, un certificado de haber pagado impuestos, la entidad utilizada para pagar impuestos).

En el mundo de las finanzas y la contabilidad aparecen los pasivos para indicar las obligaciones de pago de un agente económico, los derechos sobre sus activos y cómo se ha financiado su adquisición, si con fondos propios (pasivo no exigible, acciones, participaciones de los dueños en la propiedad) o con préstamos de fondos ajenos (pasivo exigible, deuda, obligaciones a terceros).

Algunos activos no son pasivos de nadie (no son ni deuda ni acciones), pero todos los pasivos (obligaciones de pago) son activos (derechos de cobro) de alguien. Para que algo exista como un pasivo su correspondiente activo debe valer algo: si vale cero (porque es una deuda incobrable, porque da derecho a algo de valor nulo) deja de tener sentido considerarlo un pasivo. La deuda inconvertible tendría seguramente valor cero en un mercado libre, y por eso sólo puede existir como activo mediante la coacción estatal que la impone como medio de pago (y esa imposición no puede suceder de cualquier manera, requiere un proceso histórico particular previo).

Tanto acciones como deuda están definidas mediante reglas o normas contractuales libre y voluntariamente pactadas y que sólo involucran a los participantes: los accionistas ponen en común recursos, dirigen la sociedad y se reparten beneficios; el deudor debe al acreedor, el acreedor tiene derecho a cobrar del deudor en plazo, condiciones, calidades y cantidades establecidas. Es necesario distinguir estas reglas concretas y locales de otras reglas o leyes generales impuestas que afectan a todos los ciudadanos quieran o no, como por ejemplo las leyes de curso legal forzoso aplicables al dinero fiat estatal, o las obligaciones de pagar impuestos.

Básicamente el activo es lo que se tiene, el pasivo lo que se debe. El activo es riqueza que normalmente permite generar más ingresos de riqueza. El pasivo exigible implica gastos, pérdidas de riqueza. Activo y pasivo aparecen en el balance de una entidad para informar, junto con su cuenta de resultados operativos (ingresos y gastos durante un periodo) y otros datos relevantes, de su posición financiera: su capacidad de cumplir sus obligaciones de pago con sus acreedores (liquidez, disponibilidad de dinero, tesorería, o efectivo para los pagos; solvencia, que los activos sean más valiosos que el pasivo exigible) y la posibilidad de generar beneficios (dividendos) para sus accionistas.

La información financiera se utiliza también para evitar o limitar las pérdidas para los acreedores de una entidad, recapitalizándola, reestructurando la deuda o quebrando y liquidando la entidad en caso necesario. Algunas entidades públicas especiales, como los Estados y sus organismos, tienen el privilegio de poder suspender pagos (por ejemplo, de la deuda pública, o de la convertibilidad en oro o plata de los billetes y depósitos del banco central), es decir incumplir sus obligaciones, sin ser obligadas a vender sus activos y disolverse: hacen las leyes y hacen la trampa discriminándose positivamente a sí mismos.

Conviene ser cuidadoso al analizar e interpretar las obligaciones que los Estados se ponen a sí mismos, porque pueden incumplirlas impunemente. La obligación financiera que es la deuda pública puede impagarse explícitamente o diluirse de forma subrepticia y tramposa mediante la inflación o la devaluación del dinero producido por el propio Estado. Los billetes y depósitos del banco central, inicialmente convertibles en oro o plata por ser esencialmente promesas de entrega a la vista de oro o plata, pueden impagarse y sin embargo continuar funcionando como activo monetario mediante la coacción estatal: leyes de curso legal forzoso, prohibición o desincentivación de dineros alternativos, obligación de su uso para pago de impuestos.

Las obligaciones contables exigibles (pasivos) de las entidades privadas se aceptan por lo general de forma libre y voluntaria, suelen estar bien definidas y su incumplimiento puede implicar su destrucción o disolución si así lo acuerdan sus acreedores. Las obligaciones de las entidades públicas, al poder incumplirse sin repercusiones legales que impliquen su desaparición, parecen más bien declaraciones de intenciones orientativas.

En un auténtico pasivo una entidad se obliga a sí misma a algún pago específico (que normalmente no es una mera compensación de deudas, es decir el pasivo es convertible en algo externo valioso libremente por sí mismo que refuerza su valor como activo), su incumplimiento tiene graves consecuencias legales y no hay terceras partes involucradas (nadie más está obligado respecto a ese pasivo). En un pasivo anómalo, como es el billete fiat del banco central (cuando es considerado como pasivo), la obligación es redundante y por lo tanto menos relevante (las leyes de curso legal forzoso le obligan a lo mismo); su incumplimiento ya ha ocurrido otras veces y puede volver a ocurrir sin que su emisor sea disuelto; el valor del activo asociado al pasivo depende de forma fundamental de la coacción estatal; y el billete debe ser aceptado a la fuerza por terceros para saldar sus deudas.

Lo que los bancos centrales emiten como pasivos indudables son los depósitos. El hecho de que los billetes sean sustituibles por los depósitos no los transforma automáticamente en pasivos: cuando los depósitos eran convertibles en oro, y el oro en depósitos, el oro no era un pasivo de los bancos centrales.

Sobre la naturaleza de “pasivo social” del billete fiat porque éste debe aceptarse por todos, no se trata sólo de interpretarlo (aunque es posible) como una obligación contingente compartida o dividida probabilísticamente entre todos los ciudadanos, sino como una obligación que se multiplicaría en la misma cantidad y de forma determinista para cada ciudadano. Esta paradoja se resuelve fijándose en que los ciudadanos no son los emisores del billete, luego en eso se diferencian del banco central.

En el caso del billete fiat convertible en oro (patrón oro, el banco central se compromete a comprar y vender oro a precio fijo), este obtiene su valor de dos fuentes (potencialmente redundantes): el valor libre y espontáneo del oro como dinero en el mercado, y la obligación de su uso forzoso en pagos entre ciudadanos y al Estado; decir en este caso que el billete es un activo forzoso sólo es parcialmente cierto o es una verdad incompleta y que puede confundir porque podría parecer que todo su valor lo obtiene de la coacción estatal cuando esta en realidad es poco o nada relevante porque no hace más que reflejar lo que hace el mercado libre (el banco central público imita, o al menos se aproxima mucho, lo que haría un banco central privado que concentrara las reservas de oro del sistema bancario). El análisis del billete fiat inconvertible y el del convertible no son equivalentes porque no es lo mismo el hecho de que existan dos normas redundantes (el banco central se obliga a aceptar su billete porque es su pasivo y porque hay leyes de curso legal forzoso), que el hecho de que una norma obligue (de forma redundante) a lo que los agentes libremente ya hacen en el mercado.

Sobre las monedas locales, por lo general no son deuda inconvertible: no son entidades abstractas que se utilizan para conceder préstamos y cancelar deudas, sino que son entidades convertibles en bienes o servicios poco determinados, y además la obligación de esa convertibilidad no está bien definida (el deudor no está identificado, la participación en la comunidad es voluntaria y puede abandonarse en cualquier momento).

Un último apunte para cerrar: la interpretación del billete fiat del banco central como pasivo del banco central me parece perfectamente consistente y creo que es necesario comprenderla para entender el sistema monetario actual; pero al mismo tiempo conviene aclarar (evitando los malentendidos y errores) por qué la otra interpretación (activo forzoso no pasivo de nadie) también es posible (sólo posible, no la única posible) para así percibir lo anómalo que es el sistema monetario y bancario actual.


Rallo insiste en errar

08/10/2013

Rallo insiste en errar

El primero es sobre la propia naturaleza del debate:

“Nuestro debate sobre si la moneda fiat debe interpretarse como un pasivo del banco central o como un activo que no es el pasivo de nadie más.”

Es Rallo el que insiste en cómo debe interpretarse, yo explico cómo puede interpretarse. Yo no fuerzo ninguna explicación, él insiste en ver sólo una como aceptable y además distorsiona la otra.

“Los billetes convertibles en oro del Banco de Inglaterra durante la segunda mitad del s. XIX también eran moneda fiat (o las monedas de oro en EEUU) y no por ello dudaríamos de su naturaleza de pasivos (o de activos, en el caso de las monedas de oro).”

Naturalmente: porque los billetes eran convertibles, es decir había una obligación de pago de dinero. Para que algo pueda tener naturaleza anómala de pasivo o no pasivo (doble interpretación) es necesario que se den dos condiciones simultáneamente: inconvertibilidad y curso legal forzoso; la inconvertibilidad debilita el carácter de pasivo (qué es lo que se debe), el curso legal forzoso le da valor (al menos parte del valor).

Donde yo he escrito “Aquí no se está hablando del dinero no fiat, que es conveniente pero no obligatorio de aceptar, sino del dinero fiat, que es obligatorio aceptarlo” debería haber añadido por enésima vez lo de inconvertible, o sea, el dinero fiat actual, pero creí que quedaría claro por el contexto.

“La distinción relevante es entre dinero (que se acepta por conveniencia) y pasivo (que se acepta porque el deudor está obligado a hacerlo).”

Hay muchas distinciones que pueden ser relevantes. Pero según cómo se defina “dinero”, un pasivo puede ser dinero, y resulta que es el caso actual (el dinero es deuda, que dicen). Aceptemos que los billetes y depósitos actuales del banco central (dólar, euro) son pasivos suyos; ¿son además dinero? Si por dinero se entiende medio de intercambio indirecto de aceptación generalizada, depósito de valor (malo, eso sí) y unidad de cuenta (tampoco muy buena), entonces sí, porque así es como se usan, haya o no coacción por medio. Si por dinero se entiende un activo que no es pasivo de nadie más, entonces no (pero esta es la definición financiera menos usada y además es incompleta porque hay muchos activos reales que son así pero no son dinero).

Otro punto: el papel moneda inconvertible voluntario en un entorno de mercado libre es irrelevante. En la discusión me estoy refiriendo, aunque Rallo no lo cita ahora, a su relato en el cual un banco emite ese papel, en paralelo con otro que sí es convertible, y que serviría para cancelar deudas contra el propio banco. Bitcoin es una moneda inconvertible, pero no la emite un banco ni es un sistema de cancelación de deudas (como sí es en parte Ripple). Las monedas locales (sobre las cuales curiosamente había escrito en el artículo previo pero al final lo borré para no liarlo todo más) por lo general son emitidas por pequeñas comunidades locales, su extensión es testimonial, suelen tener una fuerte carga ideológica colectivista igualitaria, son casi siempre convertibles (a veces sin coerción legal, y de forma poco determinada, pero no se usan sólo para cancelar deudas sino para pagar bienes y servicios), y surgen (como bitcoin) en entornos de falta de libertad monetaria y bancaria: no son fenómenos en un mercado libre. Unas preguntas muy simples: ¿prefiere usted que en una devolución en una tienda le devuelvan dinero o que le den un vale de compra para la misma tienda?; ¿prefiere usted usar como dinero un papel convertible o uno inconvertible?

El dólar actual es aceptado voluntariamente fuera de EEUU, pero porque tiene un valor de origen que surge, al menos en parte, en la coacción interna en ese país. Y porque fuera de EEUU tampoco existe libertad monetaria y bancaria, y las opciones existentes son incluso peores (por eso otras divisas, también coactivas, son rechazadas y se elige el dólar); y los que acusan a EEUU de imperialismo también mencionan que buena parte de su política exterior consiste en promover coactivamente el uso de su divisa e impedir o dificultar otros experimentos monetarios. El “voluntariamente” al que alude Rallo es una descripción insuficiente de la realidad.

“No resulta válida la hipótesis de Paco de que el dólar es capaz de circular porque existe una obligación legal a aceptarlo mientras que el papel moneda inconvertible no fiat sería incapaz de hacerlo pese a que existe una obligación contractual de aceptarlo.”

Esto no es solo una hipótesis sino un hecho: el dólar es capaz de circular, en buena medida (cuánto sería una cuestión empírica difícil de establecer), porque existe en algún sitio una obligación legal a aceptarlo, y porque esa zona tiene fuertes relaciones comerciales con el resto del mundo; fuera del ámbito de esa obligación otras alternativas son tan malas que el dólar es lo suficientemente bueno como para ser preferido “voluntariamente” (además de los efectos red e inercia institucional que tiene el dinero, el dólar se extendió por el mundo y se utilizaba como divisa principal de reserva antes de hacerse completamente inconvertible, y una vez conquistado ese puesto el cambio es difícil).

El papel moneda inconvertible no fiat con obligación contractual de recompra en entorno de libertad monetaria y bancaria es una entidad imaginaria, inexistente. De hecho, por eso surge históricamente el dinero: porque los sistemas de compensación de deudas no convertibles en algo externo no pueden crecer y generalizarse espontáneamente (en las tribus sólo se compensan deudas informales de forma local y descentralizada y las deudas no se monetizan y circulan).

Los sistemas monetarios son muy dependientes de la historia: un sistema como el actual (con inconvertibilidad) difícilmente podría surgir de cero de la noche a la mañana por decreto estatal (o en un mercado libre), pero sí puede surgir mediante múltiples cambios graduales a partir de un sistema previo. La convertibilidad fue necesaria para conseguir una inercia institucional y después incumplirla (pero en el momento de su incumplimiento se refuerza el carácter de obligación legal de su uso para impedir que la gente intente escapar del sistema).

Otro tema: según Rallo “el dólar (y el papel moneda inconvertible en general) son pasivos porque así lo especifican los estatutos (y la contabilidad) de la Fed.” Y esto lo dice un famoso anarcocapitalista que constantemente está criticando las trampas que hace el Estado. ¿No podría ser esta otra de esas trampas? Si el Estado declara en su constitución solemnemente que existe para el bien de los ciudadanos, que los impuestos y todas las obligaciones legales son hechos legítimos… ¿nos lo creemos porque sí o buscamos otra interpretación? ¿Cómo piensa Rallo que funcionan las estafas, los timos, los fraudes? Engañando, mintiendo, ofuscando el pensamiento. Y de nuevo, insisto: es consistente interpretarlo como un pasivo; pero no es la única interpretación posible.

Otro más: “Paco se mantiene fiel a su hipótesis del doble carácter activo-pasivo de la moneda fiat pero asegura que semejante interpretación sólo es posible porque el papel moneda inconvertible actual es emitido por el banco central. Si no lo emitiera el banco central, sería indudablemente un activo.” Me estoy refiriendo a que para que un papel moneda fiat inconvertible admita doble interpretación el pasivo debe considerarse de su emisor, no de otra entidad. Ahora es el Banco Central el que lo hace, pero si lo emitiera el Tesoro y se comprometiera a aceptarlo sería un pasivo del Tesoro pero no del banco central, para el cual sería un activo (cuando estuviera en su posesión) y no un pasivo suyo.

Otro tema: “La hipótesis de partida de Paco es que la moneda fiat se acepta por coacción sobre el aceptante.” La moneda fiat se acepta, en parte, por coacción sobre algunos individuos, pero no sólo por eso, que es diferente porque en la frase de Rallo parece que es el único motivo. Si la calidad de la moneda fiat fuera muy mala, existieran alternativas mejores, y la coacción no fuera muy efectiva, la moneda fiat no se aceptaría (o mejor dicho, tendería a no aceptarse, porque no se trata de todo o nada).

Y otro más: “En cuanto a su comportamiento económico, si un bien no es un pasivo, su oferta y demanda deberán comportarse como las de un bien económico presente. […] En el caso del papel moneda inconvertible (lo emita el Tesoro o el banco central), éste no se produce en masa hasta que su valor se desplome y se iguale al coste marginal de producir papel. Y la cuestión es plantearse por qué: es decir, por qué el Tesoro y el banco central renuncian a importantes beneficios económicos limitando artificialmente la producción de moneda fiat. Recordemos tres puntos en este sentido: a) el comportamiento racional de cualquier monopolio también es el de igualar el coste marginal con el precio, b) nada impediría que el papel moneda inconvertible circulara según el valor del papel (simplemente, el nivel de precios sería muy superior al actual), c) sea cual sea el motivo, no debería argumentarse que se limita la cantidad de moneda fiat para lograr su aceptación, ya que la hipótesis de partida de Paco es que la moneda fiat se acepta por coacción sobre el aceptante.”

Lo anterior me lleva a protestar “trampa”. La hipótesis de partida de Paco no es la que menciona Rallo, y lo he explicado varias veces, lo que me lleva a sospechar que le interesa no darse por enterado. Y además en el relato anterior llama la atención lo que falta (que quizás sea difícil de ver para quien no lo entienda): la emisión de billetes es un monopolio regulado (espero que no haga falta subrayarlo o ponerlo en mayúsculas), y una de las reglas es la estabilización del nivel de precios.

Rallo insiste en olvidar detalles esenciales: “si el papel moneda inconvertible no es un pasivo, el arbitraje se realizaría entre el valor nominal del activo adquirido y el coste de producción del papel moneda inconvertible”; la interpretación de que no es un pasivo incluye, y está explicado hasta la saciedad, que no puede producirse de cualquier manera, que hay reglas especiales, y de hecho su producción tiene que ser equivalente a la interpretación de que es un pasivo (para que ambas interpretaciones sean posibles, porque si no habría una forma clara de distinguirlas).

Más errores: “la única salida que les queda a quienes defienden que la moneda inconvertible fiat no es un pasivo es la de argumentar que el emisor evita multiplicar la oferta de moneda fiat para no deteriorar otros activos intangibles propios (llamémosles genéricamente goodwill). Pero, como también indiqué, esta forma de retorcer los argumentos nos podría llevar a afirmar contablemente que ningún pasivo es un pasivo, sino que todos ellos son activos especialmente cuidados por su emisor para proteger otros activos intangibles del emisor. Mis dos ejemplos en este punto –la deuda a perpetuidad o los billetes convertibles en oro– deben ser leídos en este contexto y no fuera de él, que es como lo hace Paco. Uno puede re-interpretar la deuda a perpetuidad como un activo cuyo valor es “cuidado” (abona intereses periódicos) por su emisor para lograr seguir produciendo y colocando esos activos; al igual que uno puede re-interpretar el pasivo del banco central como un activo que el banco central “cuida” limitando su cantidad.”

En la deuda a perpetuidad, cuando el cupón no se paga, se puede reclamar legalmente, porque existe una obligación legal de pago; si se considerara un activo sobre el cual no hay ninguna obligación y que deja de cuidarse (por ejemplo, un grabado del que se espera una limitación de cantidad pero sobre lo cual no hay un compromiso contractual), no habría reclamación posible sino sólo un error de apreciación. Es decir, existe una diferencia real, objetiva, que permite rechazar una de las interpretaciones y no la otra; por esto este ejemplo no es equivalente al billete fiat inconvertible del banco central, y es Rallo el que está retorciendo los argumentos. No todos los pasivos pueden considerarse como activos protegidos no pasivos: este es un argumento que se ha inventado Rallo, que él se inventa con desparpajo que es la única salida, y que es profundamente erróneo.

Por último, la reflexión que Rallo hace sobre qué es pasivo, pasivo financiero, pasivo contable, es muy interesante. Ya he aclarado que me estoy refiriendo en todo momento a pasivo contable exigible (no a los fondos propios), el que aparece en el balance de una entidad, y por eso otras obligaciones no entran ahí. Pagar los sueldos a los trabajadores es una obligación, una carga económica, pero no es un pasivo contable. Si por pasivo se entiende, saliendo del ámbito contable y financiero, cualquier obligación, obviamente el billete fiat inconvertible del banco central es un pasivo, pero entonces lo es para todo el mundo. Y el lenguaje tendría expresiones realmente raras: el trabajador tendría el pasivo de ir a trabajar; el subordinado tiene el pasivo de ejecutar las órdenes de sus mandos, etc. Existen obligaciones que no son contables, y una de esas, qué curioso, es la obligación de aceptar algo como medio de pago: el fiat de algunos dineros.

AÑADIDO posterior:

Otro problema de fijarse en los estatutos de la Fed (“Los billetes son obligaciones de los Estados Unidos y deberán ser aceptados por todos los bancos miembros, por la Reserva Federal y por todos los tributos, aranceles y todas las prestaciones debidas al Estado.”) es que ese lenguaje habla de obligación (y de los Estados Unidos, no de la Fed), no explícitamente de que sea un pasivo contable, y el resto es simplemente insistir en que son de curso legal forzoso para los bancos miembros, la Fed, Hacienda y todas las tasas imaginables.

Otro tema: yo planteo la pregunta de si lo que define esencialmente a la deuda es que pueden compensarse unas con otras contrarias o que una deuda implica una obligación de pago de algo que no es otra deuda. Rallo indica acertadamente que existen deudas que obligan a pago con otras deudas (un banco privado que paga con deuda de otro banco privado distinto, o del banco central). Yo me refiero a que esta cadena recursiva de deudas definidas en función de otras deudas tenga una condición de finalización que no sea una deuda. Es decir, el que recibe el pago de una deuda puede hacerlo en dinero o en una deuda que le da derecho a exigir dinero (con los niveles intermedios de deuda que se quiera, pero dinero al final del proceso que alguien está obligado a entregar).


Más buenas ideas, algunos errores repetidos y otros nuevos sobre el billete fiat del banco central

08/10/2013

Comencemos provocando un poco:

Juan Ramón Rallo ha desaprovechado una oportunidad única de reconocer explícitamente un error: y es una pena, porque el reconocimiento de los propios errores es una gran demostración de integridad intelectual, y además no suele haber muchas de estas oportunidades porque Rallo no comete apenas errores (lo vigilo de cerca y doy fe de ello ;-) ).

El error (en realidad varios) al que me refiero está explicado en este artículo previo (hace inferencias al revés y mezcla en un ejemplo el considerar al billete pasivo y no pasivo, y así resulta que el banco central puede quebrar). Supongo que para compensar, Rallo vuelve a cometer algún que otro error, alguno además repetido, otros nuevos. Como afirma el dicho: “He aprendido mucho de mis errores: soy capaz de repetirlos perfectamente”. ;-P

Afirma Rallo (lean todo el artículo, por favor, para entender mis comentarios):

“Mi tesis es que los billetes inconvertibles del banco central son sus pasivos porque el banco central está obligado a aceptarlos como mecanismo válido para saldar sus activos.”

Aunque haya que darle la vuelta, la estructura lógica de esa proposición es:

“Si el banco central está obligado a aceptar los billetes inconvertibles del banco central como mecanismo válido para saldar sus activos, entonces los billetes inconvertibles del banco central son un pasivo del banco central.”

Hay un primer problema: los billetes no son simplemente inconvertibles, también son fiat, es decir por leyes de curso legal forzoso todo el mundo debe aceptarlos para saldar sus activos (o sea, como pago de deudas).

Corregido:

“Si el banco central está obligado a aceptar los billetes fiat inconvertibles del banco central como mecanismo válido para saldar sus activos, entonces los billetes fiat inconvertibles del banco central son un pasivo del banco central.”

Esta inferencia es inválida: la primera parte (que es un hecho, o sea, es verdadera) no implica la segunda. La razón es que la obligación puede interpretarse también como procedente del carácter fiat (curso legal forzoso para todos) de esos billetes, y no por su carácter de pasivo propio.

Analicemos otra proposición que no es lógicamente equivalente porque es invertir la implicación:

“Si los billetes fiat inconvertibles del banco central son un pasivo del banco central, entonces el banco central está obligado a aceptar los billetes fiat inconvertibles del banco central como mecanismo válido para saldar sus activos”.

Esta inferencia es correcta. Pero aquí se está presuponiendo lo que se quiere demostrar. Es decir, se está escogiendo la interpretación de que el billete fiat es un pasivo del banco central, pero no se está demostrando ese hecho. Esta interpretación es posible (no conduce a ninguna contradicción y es algo comprensible) pero no es la única posible, no es obligatoria.

No es que la conclusión de Rallo (que el billete pueda interpretarse como un pasivo del banco central) sea falsa sino que el argumento para llegar a ella es lógicamente inválido.

Véase sobre el bitcoin, que no admite doble interpretación: “Bitcoin no es un pasivo, sino un activo, por la simple razón de que los mineros de Bitcoin no están obligados a recomprarla.” En este caso el razonamiento es correcto, porque se parte de “Si bitcoin es un pasivo de su productor, entonces su productor está obligado a recomprarlo”, se comprueba que su productor no está obligado a recomprarlo y se infiere que bitcoin no es un pasivo.

Otro aspecto importante es que para que la doble interpretación sea posible es necesario que sea el banco central el que produce el billete (en realidad no a voluntad, sino por solicitud de un banco privado). Si fuera otra entidad con una contabilidad independiente entonces ya no podría interpretarse como un pasivo del banco central, sería solo posible interpretarlo como un activo forzoso.

La discusión de Rallo sobre la conveniencia o la obligación de aceptar algo es irrelevante y puede crear confusión. Aquí no se está hablando del dinero no fiat, que es conveniente pero no obligatorio de aceptar, sino del dinero fiat, que es obligatorio aceptarlo.

Rallo cree que yo estoy confundiendo dinero y deuda (no estoy haciéndolo, tengo cuidado en no mezclar las interpretaciones), quizás porque él no reconoce su error lógico (que ya expliqué en el artículo anterior, pero veo que no ha servido de mucho). Y el manejo adecuado de la lógica (sin caer en trampas y falacias más o menos obvias o sutiles) es esencial para un economista austriaco como herramienta fundamental (praxeología, lógica de la acción). La lógica que se enseña en la literatura típicamente austriaca es demasiado elemental (y en ocasiones equivocada). Si se me permite una recomendación, léase por ejemplo algún libro de Raymond Smullyan y practíquese con sus acertijos lógicos.

Rallo insiste con análisis de balances que ya hice yo anteriormente. Efectivamente “no tiene sentido que el banco central tenga un activo contra sí mismo: nadie puede poseer un derecho de cobro contra uno mismo: es una contabilización redundante”; si el billete se interpreta como un pasivo, esto es aplicable. Para que la contabilidad sea consistente con este hecho, el billete considerado como activo (anómalo y forzoso) debe incluir la regla de uso de que el banco central lo destruya (o no lo contabilice) al recibirlo.

En la sección “La moneda fiat con patrón oro” Rallo parece asumir que los consumidores van a aceptar libre y voluntariamente papeles inconvertibles en lugar de monedas de oro: buena suerte con eso. Rallo supone que son activos monetarios: pero en ausencia de convertibilidad y poder de coacción esto no se monetizará jamás porque existen alternativas mucho mejores (el propio oro, o papeles convertibles). Si ningún banco (privado, en banca libre en una sociedad libre) ha conseguido nunca esto debe ser por algo. Rallo llama activo a algo que no tiene apenas ningún valor, y además no es monetario porque no va a circular: todo el análisis posterior es contabilidad errónea, el banco en su contabilidad se inventa y anota unas valoraciones irreales. Los papeles inconvertibles (emitidos como tales y en una situación de libertad monetaria y bancaria) no se usan como dinero aunque su cantidad esté limitada.

Los bancos (centrales con dinero fiat) que emiten papel moneda inconvertible se parecen a los mineros de oro (que, por cierto, no producen oro sólo para su monetización, sino también para usos no monetarios como joyería y aplicaciones industriales) en que producen la base de una pirámide de liquidez. Pero en un caso debe haber coacción para que el sistema funcione, en el otro no.

La deuda a perpetuidad (como los consoles británicos), que sí ha existido y es un activo sin necesidad de coacción, no es dinero ni se usa como sustituto monetario. Buena suerte a sus emisores si intentan que sea un activo (es decir, que tenga valor) en ausencia de coacción y sin necesidad de contabilizarla en su pasivo (o sea, sin reconocimiento de las obligaciones de pago de los cupones). Cuando la deuda se emite ella misma queda descrita como una obligación de pago de dinero, lo que es entendido por ambas partes (y por aquellos que luego la recompran en mercados secundarios); la naturaleza del billete fiat inconvertible no parece bien comprendida por la inmensa mayoría de sus usuarios.

Si un pasivo a la vista es (se define como) convertible (es decir, genera una obligación de pago) no puede interpretarse como que no es un pasivo (es decir, no genera una obligación de pago): las contradicciones no están permitidas. Es precisamente la no convertibilidad del dinero fiat la que genera la posibilidad de la doble interpretación. Rallo cita ejemplos interesantes (currency board, Bretton Woods) que, efectivamente, se pueden interpretar de ambas maneras con las restricciones adecuadas. Pero de mostrar una serie de ejemplos (que todos comparten no convertibilidad o restricciones de convertibilidad) no se deduce que lo dicho valga para cualquier caso. No se puede simultáneamente, en la misma teoría, decir que algo es y no es una obligación de pago. Las cosas que se definen o entienden como obligaciones de pago no pueden interpretarse como que no lo son.

Un detalle: “a los bancos privados les es de utilidad poseer pasivos del banco central porque sirven para devolverle la financiación que recurrentemente les proporciona.” Les interesa recibirlos y en seguida deshacerse de ellos: los bancos privados (al menos en situaciones normales) sólo tienen el mínimo de reservas legalmente exigible. De nuevo esto es reinterpretable como que a los bancos privados les es de utilidad poseer billetes del banco central (interpretados como pasivos o no)  porque sirven para devolverle la financiación que recurrentemente les proporciona.

Que la unidad de cuenta sea una unidad abstracta no obliga a que esta sea un pasivo: también puede ser un activo definido de forma abstracta (bitcoin). Las unidades de cuenta abstractas han existido históricamente porque estaban ligadas a entidades concretas: la libra no existía como moneda física, pero estaba definida rígidamente en función de otras monedas (o al revés, las monedas concretas en se referían a la libra), cantidades y purezas de metal.

Sigue Rallo: “Lo que otorga valor a la moneda fiat no son las características de la moneda fiat, sino el compromiso que adopte para con ella el banco central, es decir, la promesa de pago (o de recompra) del banco central: de ahí que sea un bien futuro y no un bien presente.” Rallo asume, sin demostrarlo, que la coacción estatal (obligación de uso) y el pago de impuestos no tienen nada que ver con el valor de la moneda fiat: creo que esto es un error, porque implica decir, sin evidencia alguna, que funcionaría sin coacción sin perder nada de valor. El valor del billete fiat del banco central depende de que se cumpla la obligación de recompra por el mismo, pero no depende sólo de eso.

“Como dice Paco, uno puede entender la moneda fiat como un activo forzoso o como un pasivo indeterminado. Pero, por esa misma regla de tres, uno puede terminar entendiendo cualquier activo como un pasivo.”

Supongo que el final es una errata y que lo que Rallo quiere decir no es que cualquier activo puede interpretarse como un pasivo (lo cual él no ha mencionado en su discusión previa) sino que cualquier pasivo puede interpretarse como un activo que no es un pasivo (que sí ha dicho, pero no es lo mismo); el problema es que esto tampoco es cierto porque ya he mostrado que hace falta la inconvertibilidad. Además no se trata de que un pasivo pueda interpretarse como un activo: todos los pasivos son activos del acreedor. De lo que se trata es de que algunas entidades (sin definirlas previamente como pasivos, y no cualesquiera) pueden interpretarse como que son pasivos, o como que no lo son.

“No podemos … señalar que un billete pagadero en oro es un pasivo, pero que, en cambio, un cheque regalo de una tienda pagadero en un ordenador (o un billete inconvertible del banco central) no es un pasivo.”

Yo no he dicho que el cheque regalo no sea un pasivo: es un pasivo, sólo que menos determinado que un pasivo monetario. El billete inconvertible del banco central no es que no sea un pasivo, sino que puede interpretarse como que sí o como que no (obviamente no a la vez en el mismo cuerpo teórico).

Lo que yo estoy debatiendo no implica en absoluto que no deban distinguirse activos de pasivos, sino que intento demostrar que el sistema actual es tan anómalo que existe una entidad (el billete fiat del banco central) que, por su inconvertibilidad y la coacción asociada, admite ambas interpretaciones: pero esto no es lo mismo que decir que todas las entidades aceptan ambas interpretaciones (eso lo está diciendo Rallo, no yo, y no se infiere de lo que yo he dicho). De hecho al leer la defensa de Rallo, la interpretación de pasivo, a pesar de los errores de argumentación, me parece bien defendible; pero no puedo ignorar que no es la única posible, y que quizás por eso otros pensadores la han visto y defendido.

Para acabar de (no) aclararlo todo, Rallo da una definición de pasivo:

“Un pasivo es una deuda o un compromiso que ha adquirido una empresa, institución o individuo”

Supongo que el compromiso matrimonial es un pasivo (exigible, claro) de los futuros contrayentes, y como tal deben reflejarlo en su contabilidad, ¿no? Un pasivo es una deuda, sí: y una rosa es una rosa es… Pero de que un pasivo sea una deuda no se infiere nada sobre la naturaleza del billete fiat, que resulta que puede interpretarse como deuda… o no.

Una pregunta final: ¿lo que define esencialmente a la deuda es que pueden compensarse unas con otras contrarias o que una deuda implica una obligación de pago de algo que no es otra deuda? Los números enteros positivos se compensan o cancelan con los negativos, igual que las cargas eléctricas, pero ninguno es deuda. ¿Son ambas características igual de fundamentales?

Breve apéndice: nunca me ha gustado que se diga que la deuda es un bien futuro (aunque entiendo por qué se hace). La deuda es una promesa de entrega de algún bien (o servicio) en el futuro, pero como activo es un bien (financiero) con existencia y un valor presente, y el bien con el que se pagará puede existir o no en la actualidad; la promesa surgió en el pasado, está vigente en el presente y debe cumplirse en el futuro (o ya si es a la vista o la deuda ha madurado).

Otro breve apéndice: sobre las pérdidas patrimoniales para distinguir algo que es un pasivo de algo que no lo es, en mi análisis del artículo anterior faltaba, como bien señala Rallo, que las ganancias por incremento del poder adquisitivo del dinero pueden compensarse con las pérdidas de valor de los activos al bajar estos de precio. Pero el análisis de Rallo sigue sin servir para aclarar la naturaleza del billete fiat del banco central. Si lo que se pierde es una deuda, lo que gana el deudor queda compensado con lo que pierde el acreedor (la sociedad no experimenta una pérdida real neta aunque la riqueza se redistribuya). Si lo que se pierde es algo que no es una deuda sino un activo real con valor de uso, hay una pérdida de riqueza real neta. Pero si lo que se pierde es dinero, no pasivo, sin valor de uso y coste de producción cero (billete fiat del banco central así interpretado), la pérdida neta también es cero.