Necedades políticas

18/11/2011

Artículo en Libertad Digital.

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Según Antón Costas la política es la solución

04/11/2009

Según el catedrático de Economía de la UB Antón Costas:

Hasta donde llega mi conocimiento de la historia, me lleva a decir que la política y los políticos no han sido, en general, causa de las crisis económicas. Pero la historia también enseña que una vez que las crisis aparecen y se instalan en nuestras vidas, la política se convierte en parte fundamental de la solución.

Su conocimiento de la historia obviamente no llega muy lejos. Los políticos causan las crisis económicas por su intervencionismo, especialmente en los campos monetario y crediticio, y son parte fundamental de la solución en la medida en que dejen de intervenir.

La razón por la cual la política desempeña este papel básico en la salida exitosa es que las crisis económicas exigen poner en marcha políticas y reformas que no pueden llevar a cabo los actores privados por sí solos.

Tal vez la incompetencia personal de Antón Costas como intelectual le lleva a creer que todos los demás actores privados son como él y necesitan a papá Estado que los vigile y socialice. La típica y tópica excusa de los políticos es que son imprescindibles para coordinar a muchas personas que si no se sentirían abandonadas y desacopladas. El defensor de la política es incapaz de entender los órdenenes espontáneos adaptativos y los daños que produce el intervencionismo político.

Si cuando más los necesitamos, políticos e instituciones no saben desempeñar un liderazgo capaz de poner en común esfuerzos y voluntades, entonces surge el cuestionamiento de su función. Cuestionamiento que puede llevar al desprestigio de la vida política y, en el límite, a la desafección ciudadana…

Tal vez Antón Costas necesita a los políticos, pero sería de agradecer que no asumiera con esos plurales poco identificados que todo el mundo necesita a los políticos. Porque no todo el mundo quiere aunar esfuerzos y voluntades, y eso es la sociedad: no un proyecto común, sino un marco institucional mínimo donde cada uno persigue sus objetivos respetando que los demás hagan lo mismo en paz. El cuestionamiento y el desprestigio de la política son sanos y merecidos.


José Vidal-Beneyto contra el individualismo liberal

11/05/2009

José Vidal-Beneyto, sociólogo, es un claro ejemplo de un “intelectual” cortesano siempre dispuesto a justificar de algún modo la colectivización, la politización al más alto nivel y la restricción de la libertad individual, la cual obviamente desprecia. Su estilo de escritura es formalmente ampuloso y pretencioso, poco claro y argumentativamente débil. Sustituye el análisis riguroso con múltiples referencias de lecturas de las que no parece aprender gran cosa más que confirmar sus prejuicios.

La democracia-marketing, tanto en su fase de emergencia como de consolidación, tiene como ethos fundante la afirmación del sujeto en sus diversas variantes que señorean la época y todas sus actividades. Con lo que el sujeto, el yo, lo de uno, el ego, lo propio, lo mío, lo íntimo y su expresión pública, el individuo, dibujan el perímetro sémico y social al que Malraux apostrofaba como ese “monstre préférable à tout”, que nos devora pero nos realiza. De las inabarcables referencias bibliográficas que lo manifiestan retengo sólo el reader de Pierre Birnbaum y Jean Leca, Sur l’individualisme, que fue el primero que, hace más de 20 años nos ayudó a sobrevivir a la confusión del imperialismo individualista en que iba a sumirnos el neoliberalismo radical y sus grandes epígonos Reagan, Bush, Thatcher y tantos otros apasionados acompañantes.

La gran falsificación del integrismo liberal fue enclaustrar al individuo en el augusto recinto de sus solos intereses propios, confinarlo en el universo de sus insignificancias, en el cálculo de tendero, de los logros y las pequeñeces de su estricta vida personal.

Esta regresión era además totalmente incompatible con la apertura al mundo, a lo otro y a los otros que caracterizó la modernidad y su principal banderín de enganche: el individuo y su producto, el individualismo, con su reivindicación del descubrimiento, la conquista, el progreso. Por el contrario, el individuo del integrismo liberal, miedoso y acurrucado, huido del mundo y refugiado en el último sótano de su vida particular, tenía, como único posible ámbito de ejercicio la libertad, pero obviamente confinada a su esfera personal. De aquí que la intimidad fuese el objeto privilegiado, que se vive bajo el signo de la autonomía absoluta. La privacidad nos salva y nos protege de la agresión de lo de todos, de la contaminación de lo común; la intimidad es la última trinchera de nuestro ser más auténtico, nos dicen, y el ejercicio de la libertad es la prueba de fuego de ambos. Con lo que la libertad conjugada en lo personal y privado se constituye en el referente máximo del cumplimiento individual.

Es muy propio de los charlatanes esconder su indigencia intelectual tras formas barrocas impenetrables que impresionan a los incautos y que a menudo no significan nada o son completas necedades. Vidal-Beneyto adora la politización colectivista, y por lo tanto tacha a los políticos un poco menos liberticidas de radicales, nocivos (nos “sumían”), imperialistas (¿del individualismo?) y promotores de confusión. El individuo liberal se presenta como malo, el progresista como bueno. Aunque se podría agradecer a este autor que se refiera a la integridad del liberalismo, probablemente no utiliza el término “integrismo” en este sentido positivo: sobre todo al asegurar que el liberalismo fomenta el miedo, el encerrarse en uno mismo, la autonomía absoluta. El liberalismo defiende la existencia de ámbitos de decisión inviolables propios de cada persona (el derecho de propiedad), pero eso no implica en absoluto (hay que ser muy incompetente para no verlo) que no existan relaciones sociales e interdependencia: lo crucial es que esas relaciones sean voluntarias y no impuestas o prohibidas por la colectividad.

La única posibilidad de superar “el cada uno para sí” que todos comparten, es la de insistir en un incondicionado desarrollo total de ese “para sí” que lo ensanche y profundice, es la de confiar a la libertad la realización de su intimidad más originaria, de lo solamente mío, sin intermediarios ni adulteraciones. Búsqueda patética en tantos casos y en tantos ámbitos.

Tantos que Vidal-Beneyto no cita ni uno solo: tal vez sólo está proyectando su particular desprecio por quienes deciden vivir su propia vida en libertad sin hacer caso a necios como él. No es raro ser rechazado cuando aseguras que lo que al otro le interesa es insignificante.

No hace falta ser súbdito de la sociología para aceptar que el yo es en buena medida un producto social y que el repertorio de los posibles personales es necesariamente función del conjunto de determinaciones objetivadas que estructuran cada contexto. Lo que implica no sólo una fuerte limitación del número de esos posibles, sino un inescapable condicionamiento de su contenido y modalidades, que se traduce en una fuerte homogeneización del resultado, en una banalización reiterativa y uniformizadora de las aspiraciones a la diferencia. Todos los estudios empíricos sobre los modos de vida nos confirman que las múltiples posibilidades que inaugura la sociedad de consumo se contraen a unos cuantos pocos usos encardinados desde los imperativos del mercado. Con lo que la intimidad que se nos aparece como la expresión más acabada de lo propio, como la huella más inconfundible de lo irreductiblemente subjetivo, es lo más contaminado, lo más afectado por determinaciones exteriores masivas, consecuencia, por una parte, del repertorio extremadamente limitado de las posibilidades humanas; y por otra, de la estructura absolutamente dominante de la oferta real, organizada por las imposiciones estrictamente mercantiles.

Es cierto que lo que cada persona es y hace depende de su entorno: pero la uniformidad o la diversidad de los resultados dependen en último término de las preferencias y las capacidades humanas. Si los individuos deciden voluntariamente ser homogéneos, ¿quién se cree que es este aspirante a diosecillo de pacotilla para calificarlos como “banales”? Y como no entiende nada de economía ni de ética, le da por hablar de los “imperativos del mercado” o de “imposiciones mercantiles”, como si la oferta y la demanda de productores y consumidores fueran órdenes coactivas: se ha equivocado claramente de ámbito, es la política que él defiende donde abundan los imperativos de los que mandan sobre los que obedecen. La fobia de los totalitarios contra el mercado parece no extinguirse nunca.

Vidal-Beneyto tiene una “última esperanza de un muy viejo europeísta”, “¿Cuándo podremos los Europeos volver al protagonismo mundial y solidario de un mundo de todos y para todos que es nuestro gran proyecto común?” ¿Por qué habla con tanto descaro en nombre de todos los europeos? ¿Es que los conoce a todos y cree representarlos? Si se refiere a “volver” al protagonismo mundial, ¿cuándo ha existido antes? La solidaridad a la que se refiere ¿es resultado de decisiones individuales voluntarias o se refiere más bien la manejo genereso por parte de los políticos de la riqueza confiscada a sus súbditos? El mundo de todos y para todos ¿no suena a comunismo radical? Sólo le vale la unión política europea, porque lo de ahora es un “espacio mercantil blando” (¿debería ser duro?) “en el que el principio más efectivo es obtener el máximo beneficio mediante la especulación y el privilegio”. ¿Quiénes tienen privilegios? ¿Los estados nacionales, los políticos, los empresarios, los ciudadanos? ¿Especular es malo? ¿Sabe lo que es? ¿Es mejor intentar el mínimo beneficio o tal vez el máximo perjuicio?


Felipe González, Europa y la crisis

08/05/2009

Artículo en Libertad Digital