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… como explicó Hyman Minsky, todo el mundo puede crear dinero, el problema reside en que sea aceptado. Y el grado de aceptabilidad de la moneda en cuestión depende de la capacidad que tenga su emisor de lograr (violenta o pacíficamente) su utilización. Es decir, cuanto más poder tenga el emisor para lograr que su moneda sea utilizada, mayor robustez tendrá. Por eso la moneda más sólida y utilizada es la que emite el Estado más poderoso del planeta (en términos militares, económicos, tecnológicos y culturales) que es capaz de imponer incluso por la fuerza su utilización: el dólar. Y también por eso el bolívar venezolano es dejado de lado por buena parte del país: porque el Estado de Venezuela no es capaz de imponer su uso generalizado.

¿Y qué capacidad tienen los emisores del bitcoin de lograr que su moneda sea ampliamente utilizada? Muy poca, teniendo en cuenta que no hay ni siquiera un único emisor, sino que cualquier usuario puede (tras un proceso complicado y prolongado) crear nuevos bitcoins. Ninguno de ellos -tampoco la empresa responsable del software- tiene la capacidad de imponer por la fuerza que la gente utilice la moneda. Hoy por hoy la gente utiliza el bitcoin porque de momento parece que tiene utilidad y robustez, pero esa creencia se puede romper en cualquier momento porque no hay ningún agente poderoso respaldando la emisión de esta criptomoneda.

No hay más que mirar alrededor: ¿cuántas experiencias de monedas emitidas y reguladas únicamente por el sector privado han triunfado? Muy fácil: ninguna. El caso de las monedas sociales suponen un ejemplo cristalino: las únicas que han tenido éxito han sido las que han estado respaldadas por algún tipo de administración pública. Como en Bristol, donde el Ayuntamiento apoya la emisión de la moneda social y le da confianza. La gente tiende a desconfiar de los “papelitos” que crea una empresa o asociación privada. En cambio, cuando esos mismos papelitos incluyen el logo de un ayuntamiento o de un Estado, su grado de confianza se dispara. La gente sabe que las administraciones públicas no son un invento de un día y que gozan de mucha mayor solidez y estabilidad que cualquier empresa privada. Los Estados raramente quiebran, y aunque lo hagan no dejan de existir. No ocurre lo mismo con las sociedades privadas.

La pérdida de confianza en la criptomoneda puede ocurrir por muchos motivos, pero hay una amenaza que sobresale frente a todas: la posibilidad de que sea perseguida por las autoridades. De momento el bitcoin hace poco daño a las haciendas estatales, pero como su uso se siga extendiendo, los Estados tarde o temprano comenzarán a regular fuertemente su utilización pudiendo incluso llegar al punto incluso de prohibirla, como ocurre ya en China. Ni que decir tiene que si ello ocurriese, el auge del bitcoin se detendría y ya solo le quedaría retroceder hasta poder incluso desaparecer.

… hay más: el desarrollo de los ordenadores cuánticos pone en peligro la seguridad del almacenamiento y uso de bitcoins. Las criptomonedas tienen características de seguridad importantes que evitan que sean robadas o copiadas gracias a una serie de protocolos criptográficos de difícil desciframiento con la tecnología informática actual. Sin embargo, se estima que la enorme potencia computacional que adquirirán los ordenadores cuánticos de aquí a 2027 permitirá resolver fácilmente esas encrucijadas de seguridad. Y los primeros ordenadores de este tipo ya están en desarrollo.

Por último, por si fuera poco con las debilidades y amenazas de carácter estructural, se ha unido recientemente otra de carácter coyuntural: la generación de una burbuja especulativa. Hoy día buena parte de la gente compra bitcoins para venderlos a un precio más caro, haciendo una ganancia rápida por el camino. La espiral inflacionista es notoria: mientras que en el año 2010 un bitcoin se podía cambiar por 0,05 dólares, en la actualidad se puede hacer por más de 16.000. Y ya sabemos perfectamente que pasa con las burbujas: que en algún momento estallan y todo el artificio se va al garete.

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