José Blanco gobierna y decide por ti

05/10/2009

Artículo en Libertad Digital.

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Joan Majó y los impuestos

03/10/2009

Joan Majó, ingeniero y ex ministro socialista, está a favor de que suban los impuestos, “¡pero no ahora!”. Un liberal podría suscribir este principio si se aplicara siempre de forma consistente: hoy se pide que ahora no se suban los impuestos; cuando mañana sea hoy se pedirá que ahora no se suban los impuestos; y así indefinidamente, como aquel cartel de “hoy no se fía; mañana sí”.

Parece que Majó entiende algo sobre la crisis:

Somos menos ricos de lo que creíamos y, a base de endeudarnos, vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Pero lo estropea muy deprisa:

La solución de la crisis, nadie lo discute, pasa por aumentar mucho el gasto público en forma de inversiones que den ocupación y de ayudas que mitiguen situaciones socialmente difíciles.

Nadie lo discute: ¿es Majó tan tonto que cree que conoce a todo el mundo y sabe lo que piensan, o miente con total descaro? La solución a la crisis está en reducir el intervencionismo estatal, parte del cual se expresa como gasto público con la falacia de que hay que aprovechar los recursos que están ociosos y sólo el sector público puede permitirse hacerlo.

A medio plazo, los impuestos tienen que subir… Estamos en una perspectiva de incremento de impuestos en los próximos años. Modestamente, pienso que quien dice lo contrario se equivoca o intenta engañar.

Con socialistas de todos los partidos a cargo del gobierno no resulta aventurado predecir que los impuestos vayan a subir. Otra cosa es que esa subida sea una necesidad inevitable: la sociedad puede vivir mucho mejor con reducciones de impuestos que dejen el dinero en los bolsillos de sus legítimos dueños, los ciudadanos que se lo han ganado.

Mientras la crisis sigue presente y supone, entre otras cosas, una fuerte reducción del consumo, lo más inmediato es cambiar la tendencia y reactivarlo de forma selectiva y socialmente justa.

Así que los gobernantes van en contra de las preferencias demostradas de los ciudadanos, que prefieren ahorrar, reducir deuda y restringir su consumo: ellos van a reactivar el consumo, y encima de forma selectiva, en lo que ellos prefieran (cuando hablan de justicia se refieren a los mecanismos populistas más eficientes en la compra de votos mediante la distribución del expolio fiscal). ¿La democracia no consistía en que los políticos representaban la voluntad popular?

Creo un error y una injusticia seguir poniendo en el mismo saco las rentas del ahorro y las plusvalías de la especulación.

¿Qué diferencia hay entre ambas aparte de que una suena más o menos bien y la otra está cargada de connotaciones negativas? ¿Se va a privilegiar a la deuda en perjuicio de las acciones? ¿Es que no hemos tenido suficientes excesos de endeudamiento? ¿Se va a insistir en que el ahorro tiene que ser a largo plazo al mismo tiempo que se permite que los bancos desajusten la madurez de su activo y su pasivo de forma sistemática? ¿Y si los ahorradores se dedican a corregir desajustes a corto plazo? ¿Se les va a castigar por hacerlo?

Pienso que no hay errores de política. Creo que hay errores de oportunidad y aún más errores de comunicación. Por descontado, la oportunidad y la comunicación forman parte de la política.

Es curioso cuando la gente asegura que piensa al proferir sandeces que demuestran que no piensa en absoluto. Aquí se afirma que P es un conjunto vacío, que O y C no son conjuntos vacíos y que O y C son subconjuntos de P. Y el señor tiene título de ingeniero y ha sido ministro (pero esto último ya “todos sabemos” que lo puede ser cualquiera).


Jordi Sevilla y los impuestos

20/09/2009

Jordi Sevilla quiere participar en “El debate de los impuestos”.

Los impuestos cristalizan las diferentes ideas sobre la justicia social y la naturaleza de los vínculos que nos unen.

Efectivamente los impuestos tienen mucho que ver con ese engendro vacío que es la justicia social; con lo que no tienen relación es con la justicia, donde no cabe eso de votar para quitar a unos lo que es legítimamente suyo y dar a otros lo que no es suyo. Los impuestos tienen que ver con los vínculos que nos unen de forma coactiva e involuntaria: esa es su poco ilustre naturaleza.

El acuerdo mínimo está en la Constitución, que dice que todos los españoles (incluso ésos que parecen preferir dar su sangre por la patria antes que su dinero) tienen el derecho y el deber de contribuir a las cargas generales del Estado, en función de su capacidad de pago. Es decir, tenemos la obligación constitucional no sólo de pagar impuestos, sino también de hacerlo de una cierta manera. Por tanto, quienes piensan que el mejor impuesto es el que no existe (no digamos el que no se paga), atentan contra esa Constitución que dicen defender.

La Constitución es obviamente muy mejorable. Algunos pensamos que el mejor impuesto es el que no existe y no la defendemos. Otros tal vez son patriotas dados al heroísmo militar pero hartos de que les roben, sobre todo un gobierno socialista. Pero lo que dice la ley suprema (no precisamente por su calidad) respecto a los impuestos en su sección segunda (De los derechos y deberes de los ciudadanos) es:

Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio.

O sea que los españoles tienen el deber de pagar impuestos, no el derecho de hacerlo que queda bastante ridículo: puede usted elegir (derecho negativo) o exigir (derecho positivo) hacer algo que es obligatorio. La misma tontería del derecho y el deber de defender España. Queda especialmente gracioso que se describa un sistema progresivo como justo: ¿dónde quedó aquello de dar a cada uno lo suyo?

Además la Constitución no habla simplemente de capacidad de pago, que podría darse con impuestos proporcionales, sino que exige progresividad.

Según Sevilla los impuestos “son el fundamento de los derechos (libertad)”. Es difícil que basen tu libertad en quitarte tu propiedad, el ámbito donde se supone que ejerces esa libertad. Pero es que como socialista le encanta pervertir el lenguaje y hablar de libertad cuando quiere decir poder y riqueza.

Además los impuestos son “solidarios (igualdad), y exigir impuestos obligatorios en democracia fortalece la cohesión nacional (fraternidad)”. Sólo entiende la solidaridad como algo forzado, coactivo, centralizado; quizás es que practica poco la solidaridad individual, voluntaria, libre. Y cree que la fraternidad se consigue burocratizando la sociedad y haciéndola dependiente del Estado. La cohesión social mediante cuerdas que nos atan unos a otros en contra de la libre voluntad de alguna de las partes lo que contribuye es al resentimiento y al rencor social: es la cohesión de las piedras y otros objetos inertes.

El impacto de los impuestos sobre la conducta y las decisiones de los ciudadanos y empresas es objeto de amplia discusión entre los expertos, sin que un consenso basado en evidencias empíricas concluyentes haya sido posible hasta la fecha. Mi impresión, no obstante, es que para que una medida tributaria tenga impacto modificando alguna conducta o decisión tomada, debe ser de gran magnitud y persistencia.

Claro, y la revolución marginalista no sucedió o Sevilla no fue ese día a clase en Económicas. La curva de Laffer es ciencia ficción para este ilustre genio (asegura que se trata de una “pirueta académica”), o tal vez con su corta vista de luces largas él la ve como una función salto discontinua.

Resulta difícil defender que alguien se haya comprado una vivienda, o haya efectuado determinada inversión o contratación, gracias a la existencia de una ayuda fiscal. Antes bien, se toma la decisión por otras razones y luego, intentamos optimizarla aprovechando el catálogo disponible de beneficios tributarios. Así, se abarata el coste de ciertas decisiones, pero difícilmente podremos inducirla.

La diferencia entre comprar y alquilar vivienda a menudo se debe a razones fiscales. La inversión en planes de pensiones, que básicamente son fondos de inversión con restricciones legales, depende fuertemente de su trato fiscal. Si cree que los inversores extranjeros no consideran la fiscalidad de sus inversiones está en la más completa inopia.

Con todo, el debate menos frecuente y más interesante es, sin duda, el de la legitimidad.

Será el debate menos frecuente en su ámbito socialista, donde la coacción se acepta con total naturalidad.

El Estado extrae recursos a los ciudadanos de manera obligatoria para atender necesidades sociales. En democracia, para poder hacerlo de manera legítima tiene que atender a tres principios: que todos paguen, que lo hagan en función de sus posibilidades y que se demuestre que esos recursos se gastan bien, en políticas conocidas y eficaces que consiguen los fines previstos y anunciados.

El Estado confisca riqueza para atender necesidades estatales, sobrevivir como parásito sobre la sociedad y crecer todo lo que pueda. La legitimidad podría ser también que nadie pagara impuestos (igualdad) y que todos los servicios se financiaran mediante cuotas por uso o disfrute (justicia). Un impuesto legítimo podría ser una cantidad fija para cada ciudadano independiente de sus ingresos o riqueza. Pretender que los impuestos se gastan bien es política ficción, salvo para los que los reciben, que les hace muy felices.


Félix Bornstein, los impuestos y el gasto

11/09/2009

Félix Bornstein, abogado, aclara “Por qué es necesario subir los impuestos ahora”.

La crisis requería una serie de ajustes fiscales al alza ya en el primer semestre de 2008.

O sea que cuando comienza una crisis económica hay que aplicar medidas procíclicas y subir los impuestos para que el sector privado lo pase aun peor. Esta tontería la profiere un abogado, pero muchos presuntos economistas estarían de acuerdo; otros pedirán más gasto público pero sin mayor presión fiscal (ya lo pagarán otros en el futuro, la deuda pública está para vivir por encima de nuestras posibilidades a costa de las generaciones futuras).

La indisciplina fiscal ha aumentado el nivel de renta de los particulares sin tener reflejo en la inversión productiva, ya que este incremento de ingresos se ha consumido en el desesperado intento de sobrevivir o, lo que es mucho peor, se ha destinado al ahorro.

No importa si ha habido un exceso (o más bien error sistemático) en la inversión productiva: esta no debe disminuir jamás. Consumir es malo (aunque estés desesperado por sobrevivir), pero ahorrar es peor, eso sí sólo si lo hacen los particulares.

Si no ponemos pronto remedio a esta situación vía aumento de impuestos y contracción del gasto, el crecimiento del déficit nos llevará a la bancarrota, material y moral.

El crecimiento del déficit es grave, pero se resuelve reduciendo los impuestos y disminuyendo el gasto público todavía más. Al menos Bornstein menciona a “un sector público que no utiliza bien sus recursos”. Por eso hay que darle más.


Tom Burns Marañón, los impuestos y el gasto

11/09/2009

Según Tom Burns Marañón, periodista:

Nadie discute que quienes más ganan, y más tienen, han de pagar más impuestos que quienes ingresan, y tienen, menos. Este inapelable principio está totalmente asumido en toda sociedad desarrollada.

Nadie lo discute: Burns conoce a todo el mundo y sabe perfectamente lo que piensan. Es además un principio inapelable, no se puede discutir ni explorar alternativas, es un dogma incuestionable. Además no hace falta pensar un poco en ello y analizarlo de forma crítica porque es un axioma totalmente asumido, ¿no? Lo que es coincide con lo que debe ser y no se hable más.

No cuesta mucho repetir tópicos populares: lo difícil, y lo que hace avanzar el pensamiento, es cuestionar lo que se asume sin reflexión como inapelable.

Nadie duda tampoco de que todo Gobierno ha de aumentar sus ingresos cuando éstos decaen por el colapso de la actividad económica para así poder seguir atendiendo a la prestación de servicios sociales.

Como Burns ya mostró antes que sabe lo que piensa todo el mundo, también conoce sus seguridades y sus dudas. Parece que nadie se plantea que lo de los servicios sociales tenga gran parte de camelo prescindible, abrevadero de votantes dependientes y botín de grupos de interés. Todos estos servicios deben prestarse de forma incuestionable (y además van creciendo con el tiempo, luego siempre hay algún pecado de omisión), no hay en ellos ningún despilfarro (aunque por ejemplo Obama asegure que su plan sanitario no costará nada porque compensará los nuevos gastos con los ahorros logrados en la reducción de los abusos y los recursos malgastados en el sistema actual).

La transacción -yo, pudiente, contribuyente, pagaré más si a cambio usted administra lo que le entrego con mejor criterio- se ha de tener muy en cuenta por una razón sencilla. No hay manera de que una subida impositiva reduzca el déficit presupuestario de una manera significativa si no va acompañada de una rigurosa revisión del gasto.

Parece muy sensato lo de revisar el gasto. Pero ¿por qué sólo se puede exigir que el gasto se revise si se acepta pagar más? Si el político gobernante ha demostrado ser un mal administrador, no parece sensato darle más recursos y exigirle que mejore.