Tonterías selectas de David Pastor Vico

07/05/2020

Tonterías selectas de David Pastor Vico, filósofo: “El individualismo nos había llevado a olvidar al otro”

El hombre contemporáneo, el hombre moderno, no quería ver al otro como un igual. Hemos vivido en una espiral de individualismo…

Nos sorprende la solidaridad, la empatía y el reconocimiento del vecino: saber que hay un tejido social en el que se puede confiar

Mala filosofía o sociología sin datos: tal vez impresiones, intuiciones, críticas mal fundamentadas.

Los estoicos ya nos hablaban de esto y nos decían que, ante la naturaleza, no podemos hacer nada más que someternos y entender que, si no nos sometemos, vamos a ser profundamente infelices, vamos a pasarlo mal.

¿Así que no estamos haciendo nada más que someternos? ¿No hacemos nada contra la pandemia y seremos felices?

Poco podemos hacer contra él más que quedarnos encerrados en casa

¿Encerrarse en casa es lo único que se puede hacer y la única demostración de responsabilidad? ¿En Suecia están encerrados en casa? ¿Son irresponsables cuando no lo hacen?

Hemos redescubierto a nuestros vecinos también, esto es otro efecto positivo del confinamiento.

¿Todos los vecinos son agradables y se llevan bien, sin problemas de convivencia por el confinamiento?

hemos vivido durante muchos años de espaldas al otro, de espaldas al vecino, ni siquiera nos hablábamos en el ascensor cuando subíamos, adoptábamos una postura de indiferencia o de indolencia

¿Conoce a toda la gente y sus relaciones con sus vecinos o extrapola su propia experiencia? ¿No será que ahora quizás hay más relaciones con los vecinos, buenas o malas, al pasar más tiempo más cerca?

el tejido social que ha estado tan dañado durante mucho tiempo.

Los colectivistas siempre insisten en que el tejido social está dañado.

Nos hemos dado cuenta de que somos vulnerables, de que somos unos seres frágiles

¿Alguien creía ser invulnerable? ¿No enfermamos a menudo, y al final morimos todos?

Hemos visto estructuras, hemos visto iniciativas de la sociedad civil, que antes eran impensables, como gente que se ha dedicado a llamar a abuelos de la tercera edad que estaban solos en sus casas por el mero hecho de compartir tiempo con ellos. Esto hace dos meses habría sido impensable

¿Hace dos meses era impensable que hubiera solidaridad y ayuda mutua en una crisis? ¿En qué mundo cree que vive? ¿Es así su entorno, sus conocidos, o simplemente despreciaba a la sociedad en su conjunto?

También hemos abierto una ventana a la ecología. Nos hemos dado cuenta de que, en tan solo cincuenta días de confinamiento, muchas de esas cosas que parecían imposibles, como revertir el cambio climático, como revertir las emisiones de CO2 a la atmósfera, se han conseguido.

¿El coste humano y económico no importa?

Hemos descubierto las posibilidades de ser humanos, que no necesitamos demostrar que lo estamos haciendo, no tenemos que subir fotos a Instagram constantemente y simplemente tenemos que vivir.

¿Cursilerías pseudoprofundas?

el ser humano no vive solo.

¡Qué gran descubrimiento, el humano como animal social!

hemos descubierto que sí es posible una sociedad bien tejida, una sociedad que admita la disparidad de criterios y de pensamiento, que admita la pluralidad de formas de vida simplemente bajo la estructura básica de ser vecino, de poder convivir y de ser mejores personas.

¿La sociedad ya está bien tejida, no hay discusiones agrias, casi violentas, insultos y amenazas en redes sociales?

Sobre la educación, las evaluaciones y sus problemas: ¿ha medido o evaluado los beneficios y costes de esta situación o simplemente tiene impresiones?

¿Debemos buscar solo el lado positivo de las cosas o conviene también criticar lo negativo? ¿Los aprobados generales no importan, o no le importan a él?

Seguramente habrá muchísimas personas que estén deseando volver a la vida que tenían antes, en los mismos parámetros, pero creo que eso sería pobre.

¿El sabio filósofo va a decirles a los demás cómo deben vivir o solo va a opinar al respecto pero dejando que ellos tomen sus propias decisiones?

Recomienda a Edgar Morin: pensamiento sobre complejidad mal aplicado hacia el socialismo, ideología antisocial. Corríjase con Friedrich Hayek.

hemos tenido todos los habitantes del planeta un enemigo común y lo deseable habría sido estar absolutamente unidos.

Esto no es una guerra que requiera unir todos los recursos y cohesión social. Mejor separarse para no contagiar ni contagiarse, responsabilidad individual y asociaciones libres y voluntarias.

 


Tonterías selectas de Michael Sandel

03/05/2020

Tonterías selectas de Michael Sandel: ¿Estamos todos juntos en esto?

vamos a necesitar, además de pericia médica y económica, una renovación moral y política. Debemos hacernos una pregunta fundamental que llevamos mucho tiempo eludiendo: ¿qué obligaciones tenemos unos con otros como ciudadanos?

debemos debatir nuestra forma de lidiar con las desigualdades en general. Debemos premiar más las aportaciones sociales y económicas que hace la mayoría de los estadounidenses, sin ningún título universitario. Y debemos abordar los aspectos de la meritocracia que suponen una degradación moral.

incluso una meritocracia perfecta, en la que hubiera verdadera igualdad de oportunidades, debilitaría la solidaridad.

las meritocracias generan unas actitudes morales reprobables entre los que llegan a la cima. Cuando estamos convencidos de que hemos triunfado solo gracias a nuestro esfuerzo, es poco probable que nos sintamos en deuda con nuestros conciudadanos. El énfasis implacable en que hay que ascender y prosperar empuja a los triunfadores a emborracharse con su éxito y despreciar a quienes no tienen esas credenciales meritocráticas.

Esta actitud ha acompañado a la globalización mercantilista de los últimos 40 años. Los que han cosechado los frutos de la deslocalización, los acuerdos de libre comercio, las nuevas tecnologías y la desregulación financiera se han creído que lo habían logrado sin ayuda de nadie y que, por tanto, se merecían todo lo que habían ganado.

Muchos trabajadores considerados esenciales en esta crisis no necesitan poseer título universitario: camioneros, empleados de almacén, repartidores, policías, bomberos, operarios de servicios públicos, basureros, cajeros y reponedores de supermercado, auxiliares de enfermería, celadores, cuidadores a domicilio. Ellos no tienen el lujo de poder trabajar desde casa y reunirse a través de Zoom. Ellos son, junto con los médicos y enfermeros que atienden a los enfermos en los hospitales abarrotados, quienes están poniendo en peligro su salud para que los demás podamos resguardarnos del contagio. Además de agradecerles su labor, deberíamos transformar nuestra economía y nuestra sociedad para otorgarles una remuneración y un reconocimiento que reflejen el auténtico valor de sus aportaciones, no solo durante una emergencia, sino en el día a día.

debemos reflexionar, como demócratas, sobre qué actividades contribuyen al bien común y cómo hay que recompensarlas, sin dar por supuesto que los mercados lo van a resolver.

Por ejemplo, ¿deberíamos pensar en un subsidio federal que permita a los trabajadores tener unas familias, unos barrios y unas comunidades florecientes? ¿Deberíamos reforzar la dignidad del trabajo trasladando la carga impositiva de las rentas salariales a las transacciones financieras, el patrimonio y el carbono? ¿Deberíamos revisar nuestra política actual de tipos fiscales más elevados para las rentas del trabajo que para las del capital? ¿Deberíamos fomentar la fabricación nacional de ciertos productos —empezando por las mascarillas, el material médico y los medicamentos—, en lugar de trasladarla a países con salarios más bajos?

Confiemos en aprovechar los atisbos de solidaridad visibles ahora para reformular los términos del discurso público y encontrar el camino hacia un debate político con más solidez moral y sin el resentimiento que tiene el de ahora.

La renovación cívica y moral necesaria exige que nos resistamos a la incipiente polémica, angustiada pero equivocada, sobre cuántas vidas debemos arriesgar para revivir la economía, como si la economía fuera una tienda que, después de un largo fin de semana, vuelve a abrir como antes.

Más que el cuándo, importa el qué: ¿qué tipo de economía tendremos después de la crisis? ¿Seguirá siendo una economía generadora de desigualdades que envenenan nuestra política y erosionan todo sentimiento de unidad nacional? ¿O valorará la dignidad del trabajo, recompensará las aportaciones a la economía real, dará voz a los trabajadores y repartirá los riesgos de las enfermedades y los periodos difíciles?

Debemos preguntarnos si reabrir la economía significa volver a un sistema que nos ha dividido desde hace 40 años o dotarnos de un sistema que nos permita decir con convicción que estamos todos juntos en esto.