Reproducción, libertad y mercado: la gestación subrogada

16/07/2019

Reproducción humana: lo biológico y lo legal

En el análisis de la reproducción humana y la gestación subrogada conviene distinguir lo descriptivo (positivo) de lo prescriptivo (normativo, legalidad jurídica, legitimidad moral o ética), y también de los juicios de valor (bueno o malo). Es necesario tener cuidado con cómo se utilizan palabras como padre, madre o hijo, ya que su significado puede no estar claro, especialmente si se mezclan o confunden realidades biológicas (genética, gestación) y roles legales (tutor legal, patria potestad, custodio): no hay una relación de identificación necesaria entre la paternidad, maternidad o filiación genética (o biológica) y la paternidad, maternidad o filiación legal, aunque estas suelan coincidir en la mayoría de los casos. Las relaciones genéticas, biológicas o afectivas no determinan de forma necesaria e invariable las relaciones legales: la generación de normas mediante contratos permite tener en cuenta la voluntad de las partes implicadas, y no meramente hechos genéticos o biológicos, y además proteger los intereses de cada parte frente a posibles abusos o cambios de opinión de las otras partes. Conviene recordar que en las relaciones de filiación los pronombres posesivos no indican propiedad: “mi madre” o “mi hijo” no implican una posesión, sino una relación biológica y genética o quizás una relación legal no equivalente a la posesión de un mero objeto.

La reproducción sexual humana normal o tradicional (sin uso de tecnologías modernas avanzadas) se produce mediante coito, fecundación, gestación, nacimiento y crianza. Se basa en la unión o fecundación de un espermatozoide (gameto con la carga genética de un hombre) y un óvulo (gameto con la carga genética de una mujer) para dar origen a un cigoto como célula inicial de un nuevo organismo: tras el coito (introducción del pene en la vagina) y la eyaculación (expulsión del semen), un espermatozoide procedente del hombre (padre genético) fecunda internamente el óvulo de la mujer (madre genética), dando origen a un cigoto que se divide, crece y se desarrolla progresivamente como embrión y feto (con su placenta) en el útero de la misma mujer (gestación, embarazo) hasta el parto o nacimiento de una cría humana (niño, bebé, a veces varios). La reproducción puede no culminar por un aborto espontáneo o provocado.

Las crías humanas son altriciales: muy vulnerables y dependientes de protección, cuidado, alimentación y educación por otros. Los bebés o infantes humanos son inmaduros y no son considerados adultos de pleno derecho hasta su emancipación: los diversos códigos morales o jurídicos en los grupos humanos suelen asignarles algún responsable, custodio o tutor legal (uno o varios), que vele por sus intereses y tome decisiones por ellos, con ciertos vínculos jurídicos asociados a ese rol en forma de derechos y deberes; se trata del padre y madre legales o figuras semejantes. Estos roles y sus mecanismos de asignación sirven para evitar o resolver conflictos entre diferentes adultos que deseen ejercer como figuras paternas, o afectan a quienes por el contrario prefieren no tener esa responsabilidad: la paternidad legal, la maternidad legal, o la custodia legal de un menor de edad conceden derechos exclusivos a alguien (padre, madre, tutor) en competencia con otros que también quieren ese rol (cuando hay varios candidatos), u obligan a alguien a asumir ciertas obligaciones como progenitor aunque no lo desee (cuando no hay ningún candidato porque todos se desentienden).

Existen normas para regular estas interacciones y relaciones humanas y determinar quién tiene derechos y deberes respecto a un niño y cuáles son esos derechos y deberes. Estas normas pueden formar parte del derecho imperativo de un grupo humano, que se impone igualmente a todos los individuos sin considerar su voluntad concreta, o constituir derecho dispositivo, generado mediante contratos particulares con los cuales diferentes partes acuerdan de forma libre y voluntaria la asunción o el traspaso de derechos y deberes que solo obligan a los involucrados.

El hecho de que existan varios custodios legales, situación que además es el caso muy común de la convivencia en una familia nuclear, puede servir para garantizar mejor el bienestar de los menores, ya que tienen más de un cuidador, protector y proveedor, y la pérdida de uno de ellos no implica que queden desprotegidos. Sin embargo pueden existir conflictos cuando varias personas tienen la custodia legal compartida de un menor: padre y madre pueden no ponerse de acuerdo, y en casos de conflicto, separación o divorcio pueden querer la custodia de forma exclusiva para poder imponer su criterio.

Las relaciones entre lo biológico o genético y lo legal normalmente son simples y directas: la madre biológica o genética (productora del óvulo y gestante) coincide con la madre legal, y el padre biológico o genético (productor del espermatozoide y pareja de la madre) coincide con el padre legal, ya que ambos son sus productores, proveedores y protectores, y lo aman y quieren su bienestar. Sin embargo existen múltiples circunstancias problemáticas al respecto.

La paternidad legal puede no coincidir con la genética si la madre ha tenido relaciones sexuales con otro hombre, del cual procede el espermatozoide: esto puede suceder sin conocimiento ni consentimiento del padre legal engañado por su pareja, o con su conocimiento y consentimiento si por ejemplo él es estéril. Puede no haber un padre legal identificable (la madre ha tenido varias relaciones sexuales y no sabe quién es el padre biológico o no puede probarlo), o no estar disponible (por fallecimiento o por abandono); un hombre puede no saber que tiene un hijo biológico (por ejemplo concebido en una relación sexual ocasional, o por separación de la mujer y madre antes de conocer su embarazo). Puede no haber una madre legal identificable o disponible si la madre fallece o abandona al hijo. Normalmente una mujer sabe que un hijo es suyo porque lo ha parido, pero la madre legal podría no coincidir con la madre biológica en algún caso raro de cambio o confusión de bebés recién nacidos difíciles de identificar. Es posible quitar un hijo a su madre, por ejemplo haciéndole creer que ha fallecido, y entregárselo a otra persona que lo hace pasar por suyo (robo de bebés).

Algunos niños pueden carecer, de forma temporal o persistente, de tutores legales efectivos, como los huérfanos o los niños abandonados (niños de la calle en países pobres): ciertas instituciones religiosas, organizaciones privadas o los Estados pueden hacerse cargo de estos niños. Los progenitores que no pueden o no quieren hacerse cargo de sus hijos pueden abandonarlos o darlos en adopción, mediante la cual se transfiere la paternidad o maternidad legal: una persona o personas renuncian a ella y otra u otras la asumen. La custodia legal de un menor puede perderse, por ejemplo por maltrato al menor, negligencias o incumplimiento de los deberes de cuidados asociados a la misma.

Las técnicas biológicas de reproducción asistida hacen más flexibles y complejos estos procesos y su regulación: son posibles las donaciones de gametos (esperma y óvulos de personas anónimas o conocidas), la fecundación interna (con o sin coito) o externa con implantación posterior del embrión en el útero, y la gestación del embrión para otros. Con técnicas de ingeniería genética avanzada son o tal vez serán posibles situaciones aun más complejas: sustituir el material genético nuclear de una célula por el de otra; sustituir orgánulos (con su propio material genético) como las mitocondrias; insertar o editar genes en el genoma de un individuo; gestar embriones humanos en animales no humanos o en máquinas. El material genético de un individuo (o partes del mismo) puede proceder de un solo organismo (clonación), o de más de dos (inserciones de genes u orgánulos celulares); también puede no proceder de nadie sino ser un producto sintético.

Donación de gametos y gestación subrogada

Con técnicas de reproducción asistida simples es posible distinguir diferentes roles reproductivos y legales que pueden ser desempeñados por distintas personas, o en algunos casos una persona puede realizar múltiples funciones: el padre genético (produce el espermatozoide); la madre genética (produce el óvulo); la madre gestante (embarazo); el progenitor o progenitores legales (aquellos a quienes las leyes reconocen como tutores o custodios del niño hasta su mayoría de edad). Todos los procesos y funciones pueden realizarse de forma altruista o a cambio de algún tipo de compensación, normalmente monetaria: por donación o aceptación de gametos (espermatozoides u óvulos), por el proceso de gestación, por la cesión o la aceptación de la custodia legal (adopción).

La regulación de las relaciones reproductivas conforme a la ética de la libertad es relativamente sencilla. Una sociedad libre es aquella en la cual solo se prohíben de forma universal agresiones contra la propiedad y la libertad ajenas, y todas las demás normas surgen espontáneamente y de forma descentralizada mediante pactos contractuales. Las normas universales por defecto indican qué hacer si no hay un contrato entre las partes involucradas en una relación o interacción; los contratos sirven para regular expresamente una relación o interacción de acuerdo con la voluntad explícita de las partes afectadas, permitiendo ajustar las normas a los intereses y circunstancias particulares de los individuos directamente implicados. Los contratos implican derechos y deberes: permiten exigir a la otra parte y obligan respecto a la otra parte.

Los gametos pueden ser donados gratuitamente o considerarse mercancías biológicas con las cuales se comercia. Normalmente el donante de esperma y la donante del óvulo renuncian contractualmente a cualquier derecho (u obligación) sobre el hijo concebido con esos materiales biológicos. Si solo hay donaciones de gametos, la madre gestante desea ser la madre legal y así lo pacta con otros: una mujer sin pareja (o una de las mujeres en una pareja de mujeres homosexuales) puede recibir una donación de esperma y llevar a cabo ella misma su embarazo; una pareja heterosexual en la que él es estéril puede recibir una donación de esperma y la mujer realiza la gestación; una mujer puede recibir el óvulo de otra, fecundarlo con esperma de su pareja y gestarlo; una mujer puede recibir un embrión ajeno (o fecundar un espermatozoide y óvulo ajenos) y gestarlo para sí misma.

En la gestación subrogada, maternidad subrogada, gestación por sustitución o vientre de alquiler, una mujer gesta un embrión para otra persona o personas que serán los progenitores legales del niño según su acuerdo contractual. Se trata de una técnica reproductiva (entendida en sentido amplio) que involucra el proceso biológico de la gestación y que es regulada mediante un contrato. Los comitentes, padres intencionales o madres intencionales, son las personas que desean ser progenitores legales, pero no pueden o no quieren tener un hijo mediante la reproducción natural tradicional, por lo cual piden o contratan la gestación del embrión con una mujer, y quizás también la donación de gametos (esperma de otro hombre, y óvulo de otra mujer o quizás de la propia mujer gestante); pueden hacerlo individualmente o en pareja heterosexual u homosexual de hombres o mujeres.

El padre genético puede ser un donante de esperma anónimo o conocido, tal vez el padre comitente si puede y quiere tener un hijo genético (uno de los hombres si los comitentes son una pareja de hombres homosexuales). La madre genética puede ser una donante del óvulo anónima o conocida, quizás la madre comitente si puede y quiere tener un hijo genético (una de las mujeres si las comitentes son una pareja de mujeres homosexuales), o la propia madre gestante.

Los comitentes pueden recurrir a la gestación subrogada por infertilidad (como no tener útero), por problemas de salud de la madre comitente (riesgos de embarazo), o simplemente por no desear realizar la gestación (quizás por inconveniencia o por incompatibilidad del embarazo con el desempeño profesional, como puede ser el caso de una modelo, actriz o deportista o cualquier otra trabajadora).

La gestación subrogada puede ser gratuita (altruista) o realizarse a cambio de dinero u otra compensación (lucrativa, comercial, mercantil): ambas son perfectamente legítimas si todas las partes implicadas respetan la libertad ajena y participan con su consentimiento voluntario. Que normalmente la gestación suceda en un ámbito personal, familiar, íntimo, de relaciones afectivas y no mercantil, no implica que no pueda ofrecerse a otros fuera de una pareja, por amor o amistad o en el mercado.

La gestación subrogada es la prestación de un servicio, la gestación del embrión: no es el intercambio de ninguna mercancía (cosa móvil objeto de trato y venta), ni la compraventa de bebés. La madre gestante no vende a su hijo: el hijo no es propiedad de nadie, y ser madre gestante no implica necesariamente ser madre legal; la madre gestante no vende su derecho de custodia legal sobre el hijo porque en realidad no lo ha tenido nunca. Por definición, la gestación subrogada implica que la madre gestante no es la madre legal sino que gesta para otros, y el contrato de gestación puede especificar o reconocer explícitamente este hecho si fuera necesario. El embrión o el bebé gestado no es legalmente de la madre gestante igual que un niño no es legalmente de su nodriza, de su cuidadora o de su maestra aunque sean entregados temporalmente a estas.

Una madre gestante podría ser también madre legal y contratar la cesión de su derecho de custodia a otros, pero en este caso se trataría de un contrato de adopción, no de gestación. La gestación subrogada se parece a una adopción, pero en las adopciones normalmente la mujer se queda embarazada sin ningún acuerdo previo con otros para cederles la patria potestad del bebé.

La gestación subrogada puede estar regulada mediante un contrato o pacto entre las partes involucradas (progenitores comitentes, donantes de gametos, madre gestante), y además pueden existir intermediarios y asesores especializados. El contrato puede incluir todas las cláusulas y reglas que las partes voluntariamente acepten para evitar, minimizar o resolver los posibles conflictos de intereses entre los participantes: las partes saben a qué atenerse, pueden coordinarse, ajustar sus conductas, tener expectativas con garantías de cumplimiento, y protegerse ante posibles cambios de opinión de la otra parte.

El contrato puede incluir cláusulas que especifiquen diversos asuntos: la compensación económica; obligaciones de la madre gestante a llevar un tipo de vida sano para el adecuado desarrollo del embrión; si los comitentes pueden renunciar al bebé o exigir que el embrión sea abortado (por algún motivo o sin necesidad de causa); si la madre gestante puede quedarse con el bebé en alguna circunstancia. Cada individuo es libre de no participar en una relación contractual por cualquier motivo, como que alguna cláusula le parezca inaceptable o indigna, pero mediante el compromiso contractual se obliga a sí mismo a cumplir con lo pactado, por doloroso o costoso que pueda resultar. Las cláusulas inaceptables o que parezcan abusivas tienen fácil solución: no aceptarlas no participando en la relación contractual.

Algunas personas defienden regular la gestación subrogada con diversos requisitos obligatorios que las partes no podrían modificar: que la madre gestante tenga derecho a quedarse con el bebé (es decir a cambiar de opinión); que los comitentes no puedan obligar a la gestante a abortar; que la gestación sea altruista, compensando como mucho los gastos y quizás los ingresos perdidos profesionalmente por la gestante; que la gestante tenga una edad mínima; que la gestante no tenga necesidad económica; que la gestante sea o no sea pariente de los comitentes. Todos estos requisitos de derecho imperativo son restricciones coactivas que limitan la libertad de las partes para decidir cómo relacionarse. Algunos de estos requisitos pueden parecer muy sensatos y razonables, pero son los involucrados quienes deben decidir al respecto y no el conjunto de la ciudadanía: todos los derechos, incluso los más fundamentales, son negociables y enajenables con el consentimiento de las partes contratantes; todas las opciones son legítimas si ambas partes las aceptan de forma libre y voluntaria, normalmente a cambio de una compensación adecuada.

Ataques prohibicionistas contra la gestación subrogada

Las críticas contra la gestación subrogada suelen proceder del feminismo radical de extrema izquierda o de los conservadores creyentes religiosos de extrema derecha: suelen ser manifestaciones poco reflexionadas de asco y falaces racionalizaciones de autoritarismo intolerante y liberticida. Su rigor intelectual es entre escaso y nulo: la mala calidad de los argumentos positivos y morales indica que se trata de eslóganes y consignas para el postureo moral y la demostración de pertenencia y lealtad a un determinado colectivo.

Aunque la gestación subrogada suele denominarse como vientre de alquiler, en realidad la madre gestante no alquila su vientre sino que presta un servicio: realiza la gestación del embrión en su útero como parte integrada en su cuerpo, igual que cualquier trabajador utiliza su cuerpo y mente en la realización de su trabajo. Algunos críticos insisten en que el nombre correcto es vientres de alquiler, y que todas las demás expresiones son meros eufemismos para ocultar la horrible explotación y cosificación mercantil; también suelen insistir en que se trata de compraventa de niños: son prohibicionistas autoritarios también respecto al uso del lenguaje, desean imponer su voluntad y no les interesa o no son capaces de debatir racionalmente.

Algunas mujeres que desean prohibir la gestación subrogada afirman que no son vasijas u hornos (ni ellas ni ninguna mujer). Efectivamente la madre gestante no es una vasija: las vasijas son objetos inertes, objetos de propiedad, no tienen mente y además no sirven para gestar embriones. La madre gestante es un sujeto libre, con derechos, capaz de tomar decisiones por sí misma sin interferencia coactiva ajena, y por eso puede dar o negar su consentimiento para gestar un bebé para otros.

Se afirma arbitrariamente y sin argumentar que madre es la que da a luz, la que pare: no se distingue la maternidad genética, la gestacional o la legal, o se asume que la legal debe coincidir con la gestacional, sin considerar las preferencias de las personas involucradas.

Según algunos la gestación subrogada es denigrante, humillante, degradante, indigna: se trata de palabras que suenan muy mal, adjetivos descalificativos que intentan camuflar como hechos objetivos lo que en realidad son valoraciones subjetivas particulares: no les gusta la gestación subrogada, les da asco, les indigna, no la toleran. Si la dignidad consiste en tener derecho a decidir libremente por uno mismo, la mujer que gesta para otros es perfectamente digna y lo indigno es coartar su libertad contractual. Si se considera que la gestante que lo hace por necesidad se humilla y reconoce su pobreza, su bajo estatus social y su falta de alternativas económicas al participar en este intercambio, conviene recordar que prohibirlo es una agresión contra su libertad que no va a mejorar su situación sino que va a dificultar una posible mejoría.

Para algunos este es un tema que afecta a todas las mujeres y su imagen de forma colectiva, de modo que no puede decidirse individualmente: si una mujer practica la gestación subrogada eso denigra a todas porque todas serán vistas como potenciales gestantes. La libertad específica de acción de cada persona concreta es sacrificada en el altar de una presunta reputación o dignidad de una clase abstracta. En realidad las mujeres como individuos no tienen ninguna obligación con otras mujeres para no afectar a su posible imagen, y las mujeres no son un colectivo uniforme del que solo existe una misma imagen para todos: los individuos con un mínimo de inteligencia saben que el hecho de que una mujer tenga o no tenga una determinada conducta no significa que todas las demás sean iguales. Además si este principio se aplicara de forma consistente quizás algunas mujeres se sientan perjudicadas por ciertas conductas de otras mujeres como su promiscuidad o sus abortos.

Es especialmente llamativa la contradicción de quienes afirman que su cuerpo es suyo y que la mujer debe decidir individualmente por sí misma sobre el sexo y el aborto, pero respecto a la gestación subrogada (y la prostitución, la pornografía o los reclamos publicitarios) estos principios no se aplican. Si mi cuerpo es mío, tu cuerpo es tuyo, y el de ella es suyo y no mío ni tuyo. Igual que legalizar el aborto, o el divorcio, o las relaciones sexuales extramatrimoniales, no obliga a nadie a realizar esas prácticas, legalizar la gestación subrogada no obliga a nadie a participar en ella.

Para algunos la gestación subrogada es algo odioso que cosifica y mercantiliza a la mujer (en contraposición a un embarazo con una relación personal afectiva por amor): en realidad la mujer gestante, aunque no lo haga por amor ni tenga una relación personal de amistad con los comitentes, no es una mera cosa sin intereses ni derechos e incapaz de decidir, sino una persona libre con derecho a elegir por sí misma si participar o no en este mercado. Que la mujer sea valorada por su capacidad de gestar no implica que se la trate como a una cosa: las meras cosas ni tienen derechos ni toman decisiones.

Frente a quienes quieren limitar la gestación subrogada a su variante altruista, los críticos afirman que esos casos serían inexistentes o muy raros porque un embarazo es algo muy costoso, penoso o arriesgado: los defensores de la gestación altruista solo quieren abrir la puerta para luego legalizar también la comercial. Estas críticas son irrelevantes porque ambas formas son perfectamente legítimas, y las limitaciones (reales o imaginadas) del altruismo solo reforzarían la importancia de legalizar la gestación comercial para permitir las relaciones mutuamente beneficiosas de ambas partes, progenitores comitentes y madres gestantes.

Algunos críticos aseguran que la mujer gestante pobre no es realmente libre o autónoma, que se ve obligada por sus circunstancias de necesidad y desesperación, y que se trata de explotación económica: son las manidas y falaces críticas marxistas, socialistas y comunistas, que serían de aplicación a cualquier relación profesional o comercial; según ellos habría que prohibir el trabajo para otros a todos aquellos que más necesitan los ingresos monetarios, y que más se beneficiarían de ellos, precisamente porque los necesitan tanto. Confunden la libertad con la riqueza y la coacción personal violenta con las circunstancias de necesidad. Si la explotación fuera simplemente que no se paga a la madre gestante conforme al valor que esta genera, ese problema se resuelve negociando, incrementando la competencia en la demanda de sus servicios y subiendo el precio, pero no prohibiendo la gestación subrogada. Las personas pobres no necesitan ser protegidas de sí mismas por su propio bien mediante la coacción legal promovida por intervencionistas liberticidas: lo que necesitan son oportunidades para ejercer su libertad según su propio criterio. El “estar forzada u obligada por las circunstancias” es una forma de hablar que se refiere a una situación muy distinta a no ser libre al ser obligada por la fuerza por otra persona de forma violenta o a ser obligada por la ley; las circunstancias no son agentes morales a los cuales se pueda responsabilizar de dañar a una persona.

Se critica que en algunos casos grupos de mujeres gestantes convivan en lo que se califica como “granjas”, insinuando que son tratadas como ganado y que las condiciones son infrahumanas: se ignora la conveniencia de poder vigilar las circunstancias, la conducta y la salud de esas mujeres en beneficio del correcto desarrollo del embrión.

Se critica que las pobres gesten para las ricas: puede ser cierto en general, porque las pobres necesitan especialmente el dinero y quizás tengan menos oportunidades laborales para conseguir ingresos, y la gestación subrogada es un proceso relativamente caro que tal vez no todos puedan permitirse; pero estas realidades no cambian el hecho de que la gestación subrogada es algo perfectamente legítimo y su prohibición un atentado contra todas, tanto pobres como ricas.

Con frecuencia se menciona la opresión machista y patriarcal, ignorando que a menudo es una mujer que no puede gestar la que contrata a otra mujer para que lo haga por ella. Se llega a afirmar que este debate es solo asunto de mujeres porque solo las mujeres pueden gestar. La insistencia en el debate social refleja el vicio democrático de discutir entre todos cómo violar la libertad ajena, como si el hecho de debatir y votar algo y que la mayoría apruebe una prohibición o una obligación hiciera a estas automáticamente legítimas.

Los críticos resaltan que los deseos no son derechos: que querer tener un hijo no genera el derecho a tener un hijo y a que otra persona satisfaga parte de ese deseo. Efectivamente los deseos no son derechos ni los generan, pero esto es irrelevante: los derechos son formas de expresar normas para evitar conflictos entre deseos contradictorios de varias personas. Los derechos negativos son de no interferencia violenta ajena: tengo derecho a tener un hijo quiere decir que no pueden prohibírmelo. Los derechos positivos, obtenidos mediante contratos, permiten obligar a la otra parte a cumplir lo pactado: los padres comitentes y la madre gestante han negociado, han llegado a un acuerdo y adquieren derechos positivos frente al otro. Quien quiere tener un hijo mediante gestación subrogada tiene derecho negativo a ello en el sentido de que es éticamente legítimo (y su prohibición es ilegítima); no tiene derecho positivo a ello en el sentido de que pueda sin más exigirle a cualquiera (o al Estado) que le ayude a conseguir su propósito, pero puede obtener ese derecho respecto a otra persona concreta al contratar con ella. Si los deseos no son derechos para los comitentes, tampoco lo son para la madre gestante: un posible problema es que esta sienta amor o apego por el bebé y quiera quedárselo, pero este deseo no le da derecho a ello: la madre que gesta y pare no es automáticamente la madre legal, y esto no cambia porque lo desee mucho.

También afirman que tener hijos no es una necesidad, como si las necesidades sí generaran derechos que deben ser satisfechos por otros (normalmente se refieren al Estado socialdemócrata). Efectivamente tener hijos no es necesario para seguir vivo, pero sí puede serlo para mucha gente para tener una vida plena y satisfactoria: la evolución tiende a producir organismos que desean intensamente reproducirse, ya que los que no lo hacen van desapareciendo.

Insisten en que los padres comitentes lo que deben hacer es adoptar: hay muchos huérfanos necesitados cuyo presunto derecho a tener custodios o progenitores legales está insatisfecho. El crítico menciona a los huérfanos pero seguramente no hace nada por ellos e intenta transferir esa responsabilidad a otros (postureo moral). Ignora que las adopciones no son fáciles por el exceso de intervencionismo estatal, y que no es lo mismo tener hijos propios (genéticos, biológicos, los que quieren de forma natural la mayoría de padres y madres) que hijos adoptivos.

No faltan los argumentos conspiranoicos: los defensores de la legalización de la gestación subrogada lo hacen porque hay detrás una poderosa industria constituida como grupo de interés. Se atribuyen motivaciones perversas, se ataca a unos profesionales con intereses perfectamente legítimos, y se ignora que la gestación subrogada es muy marginal en comparación con la gestación tradicional.

El colmo del ridículo, la desvergüenza y el alarmismo catastrofista se alcanza cuando se equipara la gestación subrogada legal, libre y voluntaria, con situaciones distópicas y totalitarias como las que aparecen en la obra El cuento de la criada (de Margaret Atwood), en la cual mujeres fértiles son violentamente secuestradas, violadas y obligadas a tener hijos para otros.

Algunas activistas del colectivo feminista radical Femen se han manifestado afirmando “Mi útero no se alquila”: si este fuera todo el mensaje que quieren transmitir no estarían intentando prohibir nada a otras mujeres y se trataría de una forma algo anómala de llamar la atención, porque normalmente los anuncios de venta o alquiler de bienes o de provisión de servicios los realizan quienes sí quieren intercambiar y no quienes no desean hacerlo; tal vez es una forma de mostrar su superioridad moral, o quizás pretenden hablar en nombre de todas las mujeres como si fueran sus legítimas representantes. Si tu útero no se alquila, tal vez el de otra mujer sí, y le corresponde a ella, y no a ti, decidirlo.

En algunos países la prohibición de la gestación subrogada está provocando que las madres gestantes deban hacerse cargo de los niños gestados, ya que si no lo hacen son acusadas de compraventa de bebés o de tráfico de seres humanos: no solo se daña a quienes quieren ser padres legales del niño y no pueden, también se perjudica a quienes no desean serlo y se ven forzadas a ello.

Una crítica típicamente conservadora o reaccionaria es que no se piensa en el bienestar y mejor interés de los niños, que son un mero capricho de los comitentes, que los quieren como bienes de consumo. En realidad estos niños son especialmente deseados, no son resultado de accidentes por sexo ocasional o fallos en métodos anticonceptivos, y los progenitores asumen costes importantes para tenerlos; además la figura del progenitor, tutor o custodio legal no implica solo derechos sino también obligaciones. Que haya mercado y dinero no significa que no haya amor: no se sustituye el amor parental por las reglas del mercado, sino que se añade la posibilidad de procesos y reglas de mercado para poder realizar el amor parental de los comitentes. Es cierto que puede no haber amor de los comitentes por la mujer gestante, a la cual quizás no lleguen a conocer, dependiendo de los intereses de las partes por una relación más personal o impersonal; igualmente hay hijos producidos de forma natural por hombres y mujeres que no se aman o que no deseaban al hijo nacido, y estos no son prohibidos. También es cierto que la mujer gestante puede enamorarse del bebé gestado y sufrir al tener que entregarlo, pero esto es algo de lo que debe ser consciente al comprometerse contractualmente. Se mencionan presuntos traumas por la separación del niño de la mujer gestante (como si el apego del niño por la mujer que lo ha gestado estuviera ya fijado nada más nacer), o por enterarse de cómo fueron gestados: son afirmaciones mal fundamentadas iguales o semejantes a las que en su momento se emplearon por los sectores más reaccionarios contra la inseminación artificial.

Posibilidad de mercado libre contra la gestación subrogada

Quienes quieren que las personas, y especialmente las mujeres gestantes potenciales, no realicen la gestación subrogada, pueden intentar conseguirlo sin coacción, mediante la persuasión y la internalización de normas y valores, convenciendo a las partes interesadas de que es una mala idea y se van a arrepentir. También pueden amenazar con un posible boicoteo o repudio social, pero sin obligar a nadie a participar en él.

Existe además un mecanismo de mercado libre especialmente poderoso que consiste en negociar y contratar con los potenciales progenitores comitentes o madres gestantes para que no lo hagan: ofrecerles algo a cambio, como una compensación monetaria. Este pago puede ser especialmente beneficioso para las mujeres pobres que se plantean la gestación subrogada como una fuente esencial de ingresos para ellas mismas y sus familias: sin embargo el pago tal vez sería relativamente pequeño, al menos menor que el pago por el servicio, ya que hay que considerar que la mujer evitaría los costes, inconvenientes y riesgos del embarazo. Este mecanismo obviamente tiene costes, no es infalible y puede tener diversos problemas: algunos comitentes o algunas mujeres que en realidad no desean ser gestantes podrían fingir interés para obtener esta compensación; los comitentes pueden competir ofreciendo más dinero o mejores condiciones a las potenciales madres gestantes.

Este mecanismo no se utiliza y ni siquiera se discute al tratar el tema: tal vez no se la ha ocurrido a casi nadie por falta de imaginación o de conocimiento de las posibilidades de los mercados y los contratos; quizás muchos tienen fobia al mercado y lo considerarían algo inmoral o escandaloso (añadir más opciones de mercado e intercambios monetarios cuando lo que se quiere es eliminar la mercantilización); tal vez muchos consideran que ciertas cosas no pueden ser objeto de contrato por tratarse de derechos fundamentales inalienables (ignorando qué son los contratos y que todos los derechos son enajenables); quizás muchos no quieren que se plantee esta posibilidad porque hay que asumir unos costes monetarios y a los intervencionistas que se creen moralmente superiores les gusta hablar y sermonear pero no están dispuestos a ser ellos quienes asuman esos costes (si la posibilidad no existe tal vez la gente no se dé cuenta de que hablan mucho de ayudar a los demás pero hacen poco por ayudar efectivamente a los demás); los indignados presuntamente altruistas en realidad son bocazas intolerantes y egoístas.

Los posibles problemas del mercado libre pueden resolverse o reducirse con más mercado libre, con mercados más completos. Estas posibilidades contractuales son aplicables a cualquier ámbito de las relaciones humanas en las que se quiera conseguir un objetivo moral socialmente conflictivo, como pagar por no abortar, por no prostituirse (o por no usar servicios de prostitutas), por no practicar o recibir la eutanasia, por no consumir drogas. Los moralistas intervencionistas pueden evitar las agresiones contra la libertad ajena, usar incentivos y desincentivos no violentos en relaciones voluntarias, y además mostrar su auténtico compromiso con su causa gastando sus propios recursos.

Leer más:

Feminismo liberticida contra la gestación subrogada, de Francisco Capella

Artículos de Juan Ramón Rallo sobre la gestación subrogada

Mitos y realidades: El feminismo (Informe del Instituto Juan de Mariana), capítulo VI. Sexualidad, reproducción y mercantilización (de Irune Ariño)

Gestación subrogada: recopilación de tonterías


Eutanasia y libertad

21/05/2019

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La eutanasia es etimológicamente la buena muerte: consiste en causar la muerte, con el mínimo dolor posible, de una persona o de un animal, normalmente para acabar con su sufrimiento o para poner fin a una situación terminal irreversible. En la eutanasia voluntaria la persona fallecida ha dado previamente su consentimiento explícito: lo ha pedido expresamente de forma deliberada, consciente y libre. En la eutanasia involuntaria (o no voluntaria) la involuntariedad no significa que la persona no quiera morir, sino que no puede expresar su voluntad en el momento de su posible aplicación: está inconsciente (coma potencialmente indefinido o irreversible, estado vegetativo), o demente, o es un bebé.

La eutanasia activa consiste en hacer algo para que la persona muera: es una intervención intencional, un acto ejecutivo suficiente para poner fin a la vida, como la inyección de un veneno o una sobredosis letal de una droga. La eutanasia pasiva consiste en dejar morir a la persona: no mantenerla artificialmente con vida, omitir o suspender un tratamiento médico necesario para prolongar una vida sin esperanza de curación (desconectar el soporte vital, evitar la distanasia, el encarnizamiento o ensañamiento terapéutico). La eutanasia indirecta es el resultado de algunos procedimientos médicos, como la sedación u otros tratamientos contra el dolor, que pueden acelerar la muerte del paciente como efecto secundario no intencionado.

La participación en un suicidio asistido es la colaboración necesaria con el suicidio de otro individuo, por ejemplo proporcionando un medio para que la persona acabe con su propia vida, como un veneno que la persona debe tomar por sí misma: se trata de ayudar a morir a quien no puede o no quiere hacerlo solo. No es lo mismo que la inducción al suicidio, que consiste en persuadir a una persona para que se suicide.

El suicidio asistido (cooperar con actos necesarios al suicidio) y la eutanasia activa voluntaria (causar la muerte) pueden parecer muy diferentes pero no lo son tanto: en la eutanasia voluntaria la persona que la recibe no es totalmente pasiva sino que debe al menos expresar su voluntad, y ese acto de declaración explícita del deseo de recibir la eutanasia puede utilizarse para activar un mecanismo automático que cause la muerte, el cual previamente ha sido preparado por un asistente.

En algunos casos se ha denominado inadecuadamente eutanasia a lo que en realidad ha sido el asesinato sistemático a gran escala por estados totalitarios (como los nazis) de discapacitados, enfermos incurables, niños con taras, miembros de diversas etnias, ancianos o adultos improductivos. Una crítica tramposa contra la legalización de la eutanasia es asociarla a estos hechos históricos como si fueran equivalentes o una consecuencia probable tras una presunta pendiente resbaladiza.

La persona que solicita la eutanasia o la asistencia al suicidio normalmente desea poner fin a su vida porque cree que es la única forma posible de evitar un sufrimiento insoportable que prevé que va a continuar o incluso empeorar: dolores agudos, fuerte depresión, cansancio vital (no encontrar sentido a la existencia, pérdida extrema de esperanza o ilusión). Normalmente la vida es buena y valiosa y la gente desea vivir, pero la vida no es un valor objetivo absoluto y en algunas circunstancias una persona puede preferir morir a malvivir: la muerte, según su propio criterio, es el mal menor.

El dolor o malestar suele estar causado por una enfermedad o discapacidad física o psíquica grave, incurable y a menudo terminal. En algunos casos el individuo pierde su autonomía o capacidad de control de forma brusca (tetraplejia por algún accidente) o gradual (enfermedades degenerativas de cuerpo y mente, como esclerosis o demencias), con posible incapacidad para moverse, asearse, respirar, ingerir alimentos, o controlar esfínteres: su vida deja de tener sentido o no quiere ser una carga para los demás. No todas las personas enfermas o discapacitadas solicitan la eutanasia: algunas deciden seguir viviendo. Los cuidados paliativos (analgésicos, sedación) o la atención a los dependientes pueden en algunos casos reducir o aliviar el sufrimiento y mejorar algo la calidad de vida del paciente, pero no hay garantía de que la mejoría sea suficiente.

Quien pide la eutanasia o la ayuda para el suicidio no lo hace por capricho sino porque suicidarse solo y por sí mismo le resulta imposible (por parálisis física o por inhibiciones psíquicas), desagradable o indigno: el intento de suicidio puede fallar y agravar la situación de la persona, el acto puede ser doloroso, o las consecuencias del mismo pueden dañar a otros (por el impacto físico de una caída, por el trauma psíquico por el descubrimiento inesperado del cadáver). Una eutanasia o un suicidio asistido, en compañía de los seres queridos, en un momento libremente elegido y en unas condiciones controladas, puede ser una opción mejor que la prolongación de la degeneración y del sufrimiento o que un suicidio desesperado, clandestino, trágico y en soledad.

La solicitud de ayuda puede causar un problema para quienes quieran ayudar pero no deseen participar en ella, por ejemplo por algún conflicto moral. Los seres queridos pueden enfrentarse a un dilema desgarrador por la impotencia ante la situación, la gravedad de la decisión por el carácter irreversible y definitivo de la muerte, y la tensión entre deseos contradictorios (quieren ofrecer ayuda, pero no causar la muerte).

La eutanasia involuntaria es problemática: de forma temporal o permanente el individuo afectado no es una persona consciente capaz de expresar su voluntad. Algunas situaciones duran horas o días (una sedación terminal), otras pueden prolongarse durante años (coma, demencia). En casos como comas o estados vegetativos puede haber dudas sobre el nivel de consciencia del individuo, su capacidad de experimentar y comunicarse, y la posible reversibilidad de la situación. Ciertos estados de inconsciencia se deben a la sedación por situación terminal de enfermedades incurables (cáncer); otros comas se deben a accidentes, y es posible mantener al paciente en un estado vegetativo durante mucho tiempo. Las incertidumbres en una situación de coma no implican que haya que mantener con vida al paciente a cualquier coste: en algunos casos unos pacientes recuperan la consciencia y ellos y sus seres queridos valoran positivamente los recursos empleados, pero en otros casos los pacientes permanecen indefinidamente en coma y los recursos empleados son malgastados; que un paciente tenga un nivel no nulo de consciencia no quiere decir que valore su experiencia como algo positivo.

Hay algunas formas posibles para decidir sobre la aplicación o no de la eutanasia involuntaria que respetan la voluntad de la persona en su estado consciente íntegro: un adulto puede haber expresado antes su preferencia, tal vez formalmente en un testamento vital, o haber delegado su decisión en otra persona, normalmente un ser querido. En estos casos son otras personas las que solicitan o rechazan la eutanasia como representantes o tutores legales en nombre de otro. El conflicto es posible cuando existen varias partes con opiniones contrapuestas que no se ponen de acuerdo: parientes, médicos, poderes públicos. Los bebés enfermos incurables, incapaces de razonar y hablar, son casos especialmente problemáticos: los progenitores o tutores legales normalmente velan por su interés y pueden decidir en su nombre, pero en algunos casos pueden prolongar su sufrimiento al aferrarse a vanas esperanzas en curas o milagros sin fundamento; los padres pueden sentir más amor y angustia, pero los médicos tienen más conocimiento de la situación y su posible evolución.

En algunas enfermedades neurológicas degenerativas, como la demencia senil de tipo Alzheimer, el individuo está consciente y se comunica pero ha sufrido un deterioro psíquico grave por pérdida de memoria (no saber quién es, no recordar a sus seres queridos), de modo que ya no es la misma persona mentalmente sana y competente que existía previamente. Algunas personas pueden solicitar la eutanasia para evitar la degeneración de esta demencia, pero si la enfermedad avanza lo suficiente la persona inicial esencialmente deja de existir y se transforma en otra diferente que es dependiente y tiene sus capacidades cognitivas alteradas, pero que quizás prefiera seguir viviendo así: hay entonces el dilema de qué voluntad tener en cuenta.

La posible aplicación de la eutanasia no tiene por qué estar restringida al ámbito de situaciones terminales o agónicas al final de la vida: esto implicaría discriminar contra quienes tienen graves sufrimientos psíquicos que son compatibles con la supervivencia, como una depresión grave persistente o una tetraplejia. Una cuestión clave relacionada con la eutanasia es determinar, siempre con conocimiento limitado e imperfecto, si un sufrimiento es temporal o permanente, si existe alguna cura para una enfermedad o un proceso de alivio natural, y si merece la pena o no aguantar en espera de una situación mejor. Algunas fuertes depresiones se pasan con el tiempo, pero otras patologías persistentes. Un tetrapléjico puede deprimirse inicialmente y mejorar después, o puede desear morir de forma consistente. Los seres queridos pueden intentar animar a una persona para que sea paciente y aguante hasta su mejoría.

Como la muerte es definitiva y los muertos no piensan ni sienten ni actúan, es imposible arrepentirse de haber recibido una eutanasia. Algunas personas vivas pueden sentir alivio por no haberse suicidado o por no haber solicitado la eutanasia en algunos casos como depresiones profundas. Sin embargo la posibilidad del cambio de opinión en el futuro no justifica la prohibición de actuar según la opinión presente. También es posible no cambiar de opinión, sufrir de forma inútil y arrepentirse de no haber pedido la eutanasia antes.

Los médicos suelen estar involucrados con la eutanasia porque quienes la solicitan suelen ser enfermos. Los farmacéuticos suelen estar involucrados con la eutanasia porque una forma común es la ingestión o la inyección de algún veneno. Sin embargo la eutanasia o la asistencia al suicidio no tienen por qué ser realizadas por un médico o por un farmacéutico: basta con disponer de un veneno, o con realizar alguna otra acción que cause la muerte (asfixia por ahogamiento, trauma por el disparo de un arma de fuego).

Para la ética de la libertad la eutanasia es perfectamente legítima para todas las partes implicadas con su consentimiento voluntario. Cada individuo es por defecto dueño de sí mismo (autoposesión o autopropiedad) y es libre para decidir sobre su propia vida y su propia muerte: tiene derecho a vivir pero no la obligación de seguir viviendo; puede disponer de su vida como desee, solo o con la ayuda pactada con otros.

La eutanasia no es una agresión maliciosa y puede ser un acto de piedad, de empatía con el sufrimiento ajeno, o incluso de amor. Si es cruel causar un sufrimiento innecesario, no practicar la eutanasia en ciertas circunstancias extremas puede ser considerado como una forma de crueldad pasiva al no hacer algo para evitar un sufrimiento inútil.

La legitimidad ética de la eutanasia no se basa en un cálculo utilitarista de maximización del bienestar o de minimización del dolor para todos los afectados: no se trata de realizar imposibles o absurdas comparaciones o compensaciones de la reducción del dolor de unos con el incremento del dolor de otros.

Cada persona puede interactuar de forma libre y voluntaria con otros con el consentimiento mutuo de ambos y sin coaccionar o agredir a nadie. Un individuo puede pedir a otro que le ayude a morir y la otra persona puede aceptar o negarse. Los contratos o compromisos formales exigibles pueden utilizarse para modificar las obligaciones, las prohibiciones y los derechos que afectan a los individuos involucrados por ellos: una persona puede obligarse a realizar una eutanasia, puede prohibirse realizar una eutanasia, o puede comprometerse a no pedir o recibir nunca una eutanasia.

Los médicos no tienen ningún privilegio o rol ético especial en la eutanasia: si su conciencia moral les plantea objeciones, o si consideran que su juramento hipocrático se lo prohíbe, pueden negarse a participar en ella. Un médico puede informar a su paciente de su situación y de posibles tratamientos alternativos, y evaluar o estimar si su enfermedad es curable o no, terminal o no: sin embargo su experiencia profesional no le otorga ningún derecho especial para decidir en su nombre o para prohibir la eutanasia a un paciente; el médico no tiene por qué ser su testigo, ni el garante de su voluntariedad, ni el certificador de su padecimiento, ni el protector de sus intereses.

Que el individuo sea libre y dueño de sí mismo no significa que esté aislado o que sus actos no puedan afectar a los demás: la propia muerte puede doler a otros, y la eutanasia puede repugnarles moralmente. Sin embargo el dueño es quien tiene derecho a decidir sobre su propiedad sin más límite que no agredir violentamente a los demás y cumplir los contratos libremente pactados. Quien pide la eutanasia no es necesariamente un egoísta que no piensa en los demás: puede tener en cuenta y lamentar el posible dolor que cause a sus seres queridos, pero no existe ningún deber ético, exigible por la fuerza, de evitar a toda costa dolor afectivo a los demás, y los seres queridos tal vez pueden comprender la decisión de quien prefiere morir en ciertas circunstancias extremas.

Aunque suela camuflarse como preocupación benevolente por el bienestar de todos, y especialmente de los más débiles, la prohibición de la eutanasia es un ejemplo claro de intolerancia, de autoritarismo y de falta de respeto por la libertad ajena. Quienes crean que la eutanasia es una mala idea pueden intentar convencer a los demás mediante la persuasión, o incluso mediante el repudio de quienes participen en ella, pero no tienen ningún derecho a prohibirla.

La eutanasia o la asistencia al suicidio pueden parecer éticamente problemáticas porque la gente tiene reacciones morales intuitivas irreflexivas, no razonadas o mal argumentadas. Normalmente, y como simplificación útil pero incompleta e imprecisa, la vida es sagrada o intocable, matar está mal y conviene castigar a los asesinos para desincentivar los asesinatos y proteger a sus víctimas: la gente casi siempre desea vivir, los códigos morales y legales prohíben el homicidio y los individuos tienen fuertes inhibiciones morales instintivas contra el asesinato. Sin embargo la eutanasia y la asistencia al suicidio son casos especiales y diferentes del asesinato: el criminal mata en contra de la voluntad de su víctima y dispone unilateralmente de su vida, mientras que quien practica la eutanasia hace el bien a quien se la pide y su relación es consentida por ambas partes.

“No matar” puede parecer una norma fundamental muy obvia contra un mal muy grave, pero en realidad es un caso particular de “no hagas a otro lo que este no quiere que le hagas”: la expresión más completa y correcta sería “no mates a otro en contra de su voluntad”. El asesinato es un crimen grave porque casi siempre los individuos desean no ser asesinados, y el asesino tiene algún interés en causar la muerte de su víctima (por odio, resentimiento, celos, venganza) o lo hace para conseguir otra cosa sin importarle el daño causado (robar, eliminar un testigo). En la situación especial de la eutanasia la persona que la pide desea morir, y quien la realiza normalmente lo hace por compasión.

Que haya o no demanda social por la eutanasia y su legalización, o que los países donde la eutanasia es legal sean minoría, son hechos irrelevantes para su juicio ético: ni la opinión popular ni el derecho positivo son fuentes de legitimidad; toda persona tiene derecho a no pedir la eutanasia y a no practicarla, pero ningún derecho a entrometerse en las interacciones libres ajenas. La eutanasia es responsabilidad de los participantes voluntariamente involucrados en ella, y no del resto de la sociedad o del Estado, el cual no debe ni prohibirla, ni fomentarla (como método de control de población o de reducción de gastos sanitarios), ni proporcionarla: aunque sus costes son muy pequeños, algunos contribuyentes podrían considerar que están financiando algo que encuentran moralmente repugnante.

La legalización de la eutanasia no significa que la ley o la sociedad en su conjunto determine cuándo o en qué circunstancias una vida deja de ser digna de ser vivida: significa que cada individuo puede decidir al respecto por sí mismo. Es la persona que pide la eutanasia quien decide, según sus circunstancias y valoraciones particulares subjetivas, que su vida ya no merece la pena. Legalizar la eutanasia no es animar a nadie a que la pida ni decidir que la vida de otros no tiene sentido.

Un posible argumento contra la eutanasia es que el derecho a la vida es inalienable. El problema de esta idea es que es un tópico falaz: la inalienabilidad correctamente interpretada se refiere a que nadie puede despojar a otro de un derecho sin su consentimiento, pero todos los derechos son alienables con el consentimiento de su poseedor. En la eutanasia voluntaria una persona da a otra permiso o derecho para disponer de su vida.

No hay ninguna contradicción terminológica o conceptual en el derecho a morir. El derecho suele ser a algo bueno, valioso, querido, para proteger intereses y bienes, y eso parece encajar mal con la muerte como algo normalmente malo o no deseado. Sin embargo hay circunstancias particulares en las cuales la muerte es el mal menor, y en realidad el derecho no es a lo bueno sino a elegir libremente la mejor o menos mala, según la valoración personal subjetiva, entre las alternativas disponibles, que en algunos casos pueden ser todas malas. La eutanasia puede ser algo triste y lamentable, pero esto no justifica su prohibición para así evitar el mal.

Los críticos de la legalización de la eutanasia protestan y argumentan que hay que promover el amor, el altruismo, la entrega y los cuidados mutuos, y que estos faltan presuntamente por culpa de la sociedad hiperindividualista, consumista, hedonista, materialista, solitaria, insolidaria, egoísta, solo preocupada por la eficiencia. Hablan mucho de amor, entrega, altruismo, cuidado y solidaridad sin que esté claro que ellos mismos realmente los practiquen: tal vez se trata de un discurso destinado a mejorar su reputación e imagen pública como presuntas buenas personas.

La legalización de la eutanasia no implica condenar a los dependientes o incapacitados ya que no es un castigo contra ellos y no les obliga a nada. Quienes teman que algunas familias no puedan costearse los cuidados de un enfermo incurable o un discapacitado son libres para asumir ellos los costes, aportar sus recursos económicos de forma altruista y ayudar a los necesitados. La legalización de la eutanasia no significa que la sociedad se desentienda del sufrimiento de los más vulnerables: no es meramente un parche ante la desatención personal, la falta de solidaridad o la escasez de recursos para los cuidados paliativos a los enfermos terminales. Quien quiera ayudar al necesitado, que intente hacerlo con sus propios medios o asociándose libremente con otros y sin obligar a participar a nadie, y sin olvidar que quien decide si le basta o no esa ayuda es cada individuo en situación de escoger si vivir o morir.

Como en cualquier realidad humana, en la eutanasia pueden cometerse abusos: puede ser conveniente utilizar algún sistema de control que ofrezca ciertas garantías o protecciones. Un posible elemento de este sistema es la expresión consciente, razonada, reiterada, consistente y ante testigos de la voluntad de quien desea morir: aunque la persona libre no tiene por qué justificar ni explicar las decisiones que toma, esta declaración puede ser un requisito de quien practica la eutanasia para ser mostrar prudencia ante una situación muy delicada y para no ser acusado de asesinato. Otro posible elemento de control es la evaluación por un médico del sufrimiento del solicitante o del carácter terminal de su enfermedad: esto tiene el problema de que el criterio del médico se considera más importante que la voluntad del individuo, el cual ya no es libre para decidir por sí mismo.

La legalización de la eutanasia no es ningún empujón catastrófico hacia una presunta pendiente resbaladiza que lleve al asesinato de los socialmente inútiles, los enfermos o los ancianos. Es posible y relativamente fácil ofrecer garantías de que las eutanasias se realizan conforme a la voluntad de quienes la piden expresamente (como testigos o protocolos de actuación), en los casos de eutanasia voluntaria, o según sus testamentos vitales o el criterio de sus seres queridos, en los casos de eutanasia involuntaria.

Aunque la aplicación de garantías para comprobar y confirmar la voluntariedad de la eutanasia parecen algo netamente positivo, las garantías excesivas pueden incentivar a algunos enfermos a solicitarla y realizarla antes por miedo a no poder hacerlo más adelante: en los casos de demencia progresiva el paciente va perdiendo la capacidad de razonar y comunicarse de forma efectiva, por lo cual puede preferir adelantar la eutanasia para no llegar a la situación en la cual la repetición clara y consistente de la confirmación es imposible, y por lo tanto la persona queda atrapada en su demencia.

Prohibir la eutanasia porque podría haber abusos o asesinatos equivaldría a prohibir las relaciones sexuales voluntarias porque eso podría desembocar en violaciones, o a prohibir el comercio porque podría haber estafas o robos. Las apelaciones apocalípticas a distopías en obras de ficción, como mundos superpoblados en los cuales se asesina de forma legal o mediante conspiraciones secretas, no son argumentos serios sino apelaciones a sesgos cognitivos que impiden el razonamiento correcto.

Un bulo persistente contra la legalización de la eutanasia es que muchos ancianos huyen en masa de países donde esta es legal por miedo a que se la practiquen sin su consentimiento: la difusión de estas historias falsas o falaces muestra la credulidad, la incompetencia intelectual y la deshonestidad de estos críticos, poco interesados por el rigor intelectual.

Que la cantidad de eutanasias o suicidios asistidos crezca en los países donde estos son legales no es ningún problema ni ningún fracaso social sino simplemente la expresión de los deseos de las personas y el resultado de los cambios institucionales y culturales en un mundo progresivamente más secular y más respetuoso de la libertad individual.

La libertad de quien pide la eutanasia o la asistencia al suicidio es meramente la ausencia de coacción o prohibición, poder decidir sin ser forzado por otros. Las circunstancias determinantes como el dolor o el sufrimiento no invalidan el consentimiento informado y son parte esencial de la motivación de la solicitud.

Una preocupación de críticos de la eutanasia es que algunas personas pueden verse influidas por otras para aceptar recibirla: sin embargo esto no es ninguna violación de la libertad individual, y si es posible verse influido para aceptar recibir la eutanasia en contra de la propia voluntad también es posible verse influido para rechazar recibir la eutanasia en contra de la propia voluntad.

Algunas personas promueven la legalización de la eutanasia (o el suicidio asistido) porque desean esa posibilidad para sí mismos o sus seres queridos, en el presente (discapacitados graves, enfermos terminales) o en el futuro, pero no obligan a otros en circunstancias semejantes a tomar su misma decisión. Las personas que promueven la prohibición de la eutanasia no la quieren para sí mismos ni sus seres queridos, pero además coaccionan mediante la violencia de los poderes públicos a todos los demás. Quien pide la eutanasia aplica sus preferencias de forma pacífica a sí mismo, mientras que quienes quieren prohibirla las aplican por la fuerza a todos los demás.

Un concepto del que típicamente se abusa en filosofía y bioética es el de dignidad: el problemático y aparentemente positivo concepto de dignidad se aplica al debate ético de la eutanasia tanto a favor como en contra: cada parte considera que es un concepto cuya interpretación (que normalmente no se explicita) les da la razón.

Que la eutanasia (y el suicidio) acabe con la vida, y que la vida sea necesaria para que tenga sentido la libertad, no implica que la eutanasia sea contraria a la libertad y por lo tanto deba estar prohibida. La libertad puede utilizarse para limitarse o anularse a sí misma mediante los contratos: se asumen obligaciones o prohibiciones y se entregan derechos. Un individuo puede usar su libertad para destruirse a sí mismo: la autonomía puede aplicarse de forma recursiva, reflexiva o autorreferente para destruirse a sí misma. La eutanasia implica la destrucción o finalización de la vida del individuo que libremente la ha recibido: la autonomía o capacidad de tomar decisiones de un ser vivo sirve legítimamente para terminar con esa vida y esa autonomía; no se trata de una violación de la libertad (aunque hay un muerto no hay ninguna víctima), sino del uso de la libertad de una persona para autodestruirse, y al dejar de existir la noción de libertad deja de tener sentido.

Gran parte de los malos argumentos contra la legalización de la eutanasia son de origen conservador y religioso: los dioses dan y quitan la vida y la voluntad individual es irrelevante; el sufrimiento es visto como un justo castigo a los pecados, como una forma de expiación o como una prueba para medir la fe del creyente. Los creyentes se escandalizan, se indignan, protestan contra la degradación y la decadencia de la civilización, y profetizan catástrofes futuras por el abandono de la fe y la caída en el relativismo moral: con sus creencias absurdas y su fanatismo muestran su lealtad a su propio grupo y su rechazo a sus enemigos; se felicitan unos a otros, se sienten bien por su presunta superioridad moral y son indiferentes al dolor que causan con su intolerancia contra la libertad ajena.

La vida no es ningún don divino y no pertenece a ningún dios. Decir que solo el dios de cada religión es dueño de la vida puede servir para inhibir ciertas conductas de los creyentes y conseguir que los seres humanos no se maten unos a otros (lo cual casi siempre sucede en contra del interés y de la voluntad de las víctimas), o para evitar suicidios por situaciones de desesperación que tal vez puedan superarse. Pero estas creencias religiosas están basadas en engaños (los dioses son construcciones imaginarias inexistentes, sin referentes reales), y en algunas situaciones, como la de la eutanasia, son liberticidas, fomentan la intolerancia, resultan disfuncionales y provocan sufrimiento inútil.

En cuestiones como la eutanasia los conservadores muestran que no son liberales, que son intolerantes, y que las libertades que les interesan son principalmente económicas pero no morales o personales; los progresistas o socialistas muestran cierto respeto por algunas libertades.

Una crítica de los conservadores a la eutanasia es que promueve o es ejemplo de una presunta “cultura de la muerte”. Como la muerte es algo con connotaciones negativas, los prohibicionistas autoritarios e intolerantes quieren estigmatizar a quienes promueven la libertad de todos acusándoles de fomentar o preferir la muerte a la vida. Se trata de un juego de palabras tramposo que se fija en algo obvio, como que la eutanasia tiene que ver con la muerte y matar a alguien, pero obviando elementos esenciales, como permitir la libertad del individuo y evitar la degradación y el dolor asociados a seguir con vida. La expresión “cultura de la muerte”, junto con la oposición a la legalización de la eutanasia y otras descalificaciones típicas (relativismo moral, nihilismo), pueden servir como señales de buena reputación y de pertenencia a un grupo de gente de bien frente a los rivales o gente de mal.

REFERENCIAS

– Por la legalización de la eutanasia:

Asociación Derecho a Morir DignamenteLibres Hasta el Final

Suicidio, suicidio asistido y eutanasia involuntaria, de Albert Esplugas

Ética y eutanasia, de Francisco Capella

Derecho a la vida también es derecho a la eutanasia, de Juan Ramón Rallo

Una visión liberal de la eutanasia, de Juan Pina

Por la despenalización, desregulación y liberalización de la eutanasia y el suicidio, de Jorge Valín

Euthanasia, by Sigrid Fry-Revere at The Encyclopedia of Libertarianism

– Contra la legalización de la eutanasia (por lo general argumentos entre malos y pésimos):

MuerteDigna.org: Luis de Moya, sacerdote capellán en la Universidad de Navarra (Opus Dei) y tetrapléjico.

“La Eutanasia mata”. Nuevo argumentario sobre la eutanasia de e-Cristians (Josep Miró i Ardévol)

Forum Libertas

Hazte OírCitizen GoActuall

José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián

Religión en Libertad

Elentir en Contando Estrelas

– Otros:

Libro (no leído por el autor) relacionado con la eutanasia: Morfina Roja: Toda la verdad sobre el caso del doctor Montes, las “sedaciones terminales” y la eutanasia que promueve el PSOE, de Cristina Losada.

Casos famosos: Ramón Sampedro, María José Carrasco, Vincent Lambert, Eluana Englaro, Terry Schiavo. Niños: Charlie Gard, Alfie Evans. Doctor Jack Kevorkian.

Cine: Mar adentro (Alejandro Amenábar), Million Dollar Baby (Clint Eastwood), Amor (Michael Haneke).


Mitos y realidades del feminismo

04/03/2019

Mitos y realidades del feminismo: informe del Instituto Juan de Mariana, por Irune Ariño, Santiago Calvo, Francisco Capella y Cuca Casado.

Mi parte es sobre la ciencia de las diferencias sexuales (capítulo IV y anexos).


El taxi (y los VTC) contra la libertad

11/02/2019

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El servicio del taxi opera con licencias concedidas y precios fijados por los ayuntamientos reguladores. Las licencias no se limitan a certificar unos mínimos de calidad o seguridad en el servicio (funciones que pueden ser proporcionadas sin demasiados problemas por el mercado mediante marcas comerciales o aplicaciones informáticas), sino que están contingentadas de forma arbitraria, seguramente por la presión y el interés de los propios dueños de las licencias, quienes pueden alquilarlas, subcontratar a otros conductores como empleados, o traspasarlas. Sirven como barrera de entrada para restringir la competencia, repartirse entre menos proveedores el negocio y extraer rentas extraordinarias por su posición de monopolio u oligopolio. Por esta razón estas licencias se traspasan de forma opaca en mercados secundarios por grandes cantidades de dinero resultado de estimar el valor presente, descontado por tiempo y riesgos, de estas rentas parasitarias futuras, las obtenidas sobre las que habría en un mercado libre y competitivo.

Dado que los precios del servicio son fijos, que es muy difícil para el consumidor discriminar la calidad del proveedor (estado del vehículo, experiencia del transporte), y que los servicios de transporte público (metro, autobús) son sustitutos imperfectos diferentes, los taxistas no necesitan esforzarse para competir e innovar. Hacen lo contrario, que es formar un grupo de interés para presionar a los gobernantes y perpetuar o incrementar sus privilegios.

Los perjudicados por esta situación son por un lado todos los usuarios efectivos y potenciales del servicio, por su mayor precio y peor calidad, y por otro lado todos los individuos que deseen y no puedan trabajar en el sector por las liberticidas barreras legales.

Los avances tecnológicos han permitido una alternativa al taxi en la forma de los vehículos con conductor contratados a través de aplicaciones y plataformas informáticas. Sin embargo estos también tienen el problema de la limitación artificial y arbitraria de las licencias, aunque con más libertad de precios y mejores controles de calidad por los propios usuarios.

La solución a esta situación es muy simple: la liberalización total de este sector, con regulaciones no intervencionistas ni centralizadas que surjan espontáneamente mediante los contratos establecidos entre las partes interesadas. El único rol legítimo de los gobernantes es la gestión eficiente del tráfico (fluidez y seguridad) con el uso de las calles y de las plazas de aparcamiento de titularidad pública, y para ello pueden utilizar mecanismos como tasas o peajes, permisos de conducción y sanciones por infracciones del código de la circulación y de las ordenanzas municipales correspondientes; también puede tener sentido reducir al máximo la contaminación provocada por los vehículos de combustión.

En lugar de ir en la buena dirección, los políticos y los poderes públicos en general demuestran ineptitud, incompetencia, desidia, dejación de funciones, talante liberticida o corrupción, cuando mantienen o incluso empeoran el actual sistema. Los taxistas (y también los conductores de VTC) han cortado calles y carreteras, han saboteado diversos eventos y colapsado ciudades, han tomado a los ciudadanos como rehenes, han organizado manifestaciones ilegales, y se les ha permitido hacerlo, no han sido siquiera identificados (algo muy fácil y nada violento) ni denunciados, y apenas se les ha sancionado en unos pocos casos extremos. O las leyes permiten a algunos ciertas cosas por las cuales se multaría a otros, o muchos policías y agentes de tráfico han hecho la vista gorda por iniciativa propia o por órdenes de sus superiores.

Además de la impune apropiación indebida de lo público y de diversas agresiones físicas contra vehículos y personas, los taxistas han hecho múltiples trampas argumentales para intentar defender su patética posición: que si son víctimas con familias a su cargo (como si eso les diera algún derecho especial); que si la venta de su licencia les sirve como pensión de jubilación; que si ellos pagan impuestos aquí, obviando que por su régimen fiscal de módulos las cantidades que pagan son ridículamente bajas; que si la competencia se lleva los beneficios y paga los impuestos en el extranjero, sin distinguir entre las plataformas, los dueños de las licencias y los conductores, y promoviendo un nacionalismo proteccionista rancio e iliberal; que si la competencia es desleal y que ellos son un servicio público y tienen que aguantar múltiples regulaciones, cuando no suelen hacer nada para cambiarlas porque viven muy bien con ellas; que si todo es un ataque del neoliberalismo o el capitalismo salvaje contra la dignidad y la justicia; que debemos unirnos todos y luchar juntos o si no otros sectores serán las siguientes “víctimas” de la tecnología y el mercado libre.

No hay ningún compromiso legal ni ético que obligue a limitar el número de licencias para garantizar unos ingresos o beneficios esperados a sus actuales propietarios, ni para evitarles problemas financieros (a ellos o a sus avalistas) en los casos en que se hayan endeudado para adquirirlas. Naturalmente aquellos que se sientan perjudicados se opondrán a la liberalización por las pérdidas que esta pueda causarles, pero esto no les da derecho a nada.

Se ha planteado la posibilidad de compensar de algún modo a los dueños de licencias, por ejemplo recomprándolas, a costa de nuevas víctimas (contribuyentes, usuarios futuros de servicios de transporte urbano), pero esto es inmoral y además genera precedentes e incentivos perversos. Quienes viven de parasitar a los demás limitando su libertad no tienen derecho a ninguna compensación cuando la situación cambie y terminen sus privilegios. Por el contrario, lo que en justicia deberían hacer es compensar ellos a los ciudadanos por los daños provocados durante el tiempo que los disfrutaron: devolver las cantidades extraordinarias recibidas, más alguna multa por mantener el sistema y por abusar de una posición de privilegio y dominio coactivo. Si no se castiga a quienes perjudican a los demás, si se les permite hacerlo, y si incluso se les recompensa por dejar de hacerlo, el riesgo moral de la mala conducta es elevado.

Los dueños de licencias de taxi y VTC no son los únicos responsables de esta situación: también están los gobernantes que han legislado para permitirla. Ellos también deberían ser sancionados, a título personal y no con cargo a los presupuestos públicos, para resarcir a las víctimas de su intervencionismo coactivo. Si se excusan en que son líderes democráticos, que identifiquen a sus votantes y que también se les exijan responsabilidades a ellos por apoyar medidas liberticidas. Esta exigencia ética de compensaciones a quienes se aprovechan de la ley para vivir a costa de los demás puede servir como ejemplo y por justicia debe extenderse a otros sectores con situaciones semejantes: farmacias, notarías, registros de la propiedad, etc.

Los seres humanos han utilizado diversas formas más o menos violentas y graves de vivir a costa de los demás: desde el canibalismo o la esclavitud hasta las subvenciones, las regulaciones intervencionistas y el proteccionismo. Algunas de estas actividades ahora parecen horribles e inaceptables mientras que otras se toleran, tal vez porque son menos notorias y porque están camufladas junto a la prestación de un servicio que al menos uno puede libremente evitar como consumidor. Si los esclavistas no pagaron compensaciones y si los esclavos o sus descendientes no fueron compensados, será difícil que los privilegiados de hoy paguen a las víctimas actuales.


Cibernética y control (II)

14/01/2019

Sobre los elementos de control y sus funciones: sensores, procesadores, actuadores, memorias y dispositivos de comunicación.

Sensores

Los sensores son dispositivos de entrada al sistema cibernético: pueden ser externos, para detectar estímulos en el entorno, o internos, para detectar algo dentro del propio sistema. Un sensor puede ser un subsistema de un ser vivo (un orgánulo o parte de una célula, una célula o un órgano especializado en un organismo multicelular) o un dispositivo tecnológico (un instrumento artificial).

Un sensor es un sistema que tiene alguna propiedad o tipo de conducta que covaría de forma regular con otra propiedad de aquello que detecta o mide: el sensor es sensible a lo que detecta, y sus variaciones manifiestan la presencia y quizás la intensidad de lo detectado. Ejemplo: el mercurio de un termómetro se dilata o contrae cuando la temperatura de su entorno inmediato sube o baja, y de este modo la longitud de una columna de mercurio indica la temperatura ambiente. La relación funcional entre la propiedad medida y la variación del sensor no tiene por qué ser lineal o simple (puede ser logarítmica o de otro tipo), pero sí debe ser conocida de algún modo para poder interpretar la información recibida.

Todos los objetos físicos interaccionan unos con otros y cambian o reaccionan de algún modo por esas interacciones (salvo cuando estas se anulen para producir un equilibrio neto), de modo que todos tienen algo de sensibilidad: los sensores son cosas especialmente sensibles y que además están acopladas de un modo peculiar a los demás elementos del sistema cibernético sobre los cuales influyen.

Los sensores pueden ser de distintos tipos según el fenómeno o magnitud que detecten: presencia o ausencia de algo, cantidad o intensidad de algo, temperatura, presión, intensidad lumínica, masa o peso, posición, distancia, desplazamiento, velocidad, aceleración, inclinación, acidez, flujo o caudal, fuerza, torsión, humedad. Algunas magnitudes pueden detectarse o medirse mediante diferentes sensores: un termómetro de mercurio o un termómetro electrónico.

Los sensores son transductores: transforman un tipo de energía en otro diferente, normalmente adecuado para el tratamiento por el procesador. Algunos sensores pueden requerir un mecanismo de amplificación de la señal para poder ser utilizada. Los procesadores principales son ordenadores con circuitos electrónicos o sistemas nerviosos basados en neuronas e impulsos electroquímicos. El ojo (las células de la retina y las moléculas asociadas con la visión) transforma la energía electromagnética de los fotones en impulsos electroquímicos para las neuronas de entrada al sistema nervioso; un sensor fotoeléctrico recibe fotones y genera corriente o impulsos eléctricos que pueden ser procesados por un ordenador; el oído transforma la energía de ondas acústicas en impulsos electroquímicos; un micrófono recibe ondas acústicas y las transforma en corriente eléctrica.

Un sensor tiene diversas características: sensibilidad (energía mínima necesaria para activarlo), rango de medida (dominio de aplicación en la magnitud medida entre un umbral mínimo de sensibilidad y un máximo de saturación), resolución (discriminación o mínima variación detectable de la magnitud, menor cambio en la magnitud de entrada que se aprecia en la magnitud de salida), precisión (máximo error esperado en la medida), rapidez o tiempo de respuesta, discriminación temporal y espacial (tiempo y espacio mínimo entre dos estímulos distinguibles).

El funcionamiento de un sensor puede depender de condiciones ambientales no medidas o de su propio estado (desgaste, envejecimiento, averías). Un sensor puede necesitar ser ajustado o calibrado para garantizar su buen funcionamiento.

Múltiples copias de un sensor permiten medir una misma magnitud simultáneamente en muchos lugares (la temperatura en las diferentes habitaciones de un edificio), combinar varias fuentes de información independientes para detectar y corregir posibles errores en los aparatos, o garantizar la disponibilidad de información si un sensor falla (un avión con dos o más sensores de velocidad).

En los seres vivos la capacidad sensorial existe a nivel molecular, celular y orgánico: hay moléculas que cambian de estado o configuración al recibir estímulos específicos (como un fotopigmento al recibir un fotón), y este cambio a su vez desencadena algún efecto en otras moléculas; las células especializadas en funciones sensoriales disponen de moléculas específicas para realizar su función; las células receptoras sensitivas pueden agruparse en tejidos y órganos sensoriales (el ojo, el oído).

Los receptores celulares son sensores a escala molecular en la célula: son múltiples proteínas incrustadas en las diversas membranas celulares (externa de la célula e internas de los orgánulos y del núcleo); actúan como intermediarios de la interacción entre determinadas sustancias (moléculas señalizadoras como las hormonas y los neurotransmisores) y los mecanismos del metabolismo celular. La unión física en un lado de la membrana de una molécula señalizadora con su receptor específico provoca algún cambio en este, y esto desencadena alguna reacción en el otro lado de la membrana.

Los humanos disponen de diferentes órganos y sentidos para la percepción del mundo. Los cinco sentidos clásicos son vista, oído, olfato, gusto y tacto. La vista o visión detecta ondas electromagnéticas (fotones) en el rango de luz visible por el ojo. El oído o audición detecta la energía mecánica de ondas de presión del aire y de vibraciones conducidas a través del cuerpo en el rango de frecuencias de la sensibilidad del oído. El olfato detecta olores mediante receptores químicos de ciertas moléculas en la nariz. El gusto detecta sabores mediante receptores químicos de ciertas moléculas en la lengua: dulce, salado, amargo, ácido y umami. El tacto detecta presión en la piel. Algunos sentidos requieren un contacto directo con lo percibido (tacto, gusto) mientras que otros detectan algo emitido por una fuente a cierta distancia (moléculas para el olfato, ondas electromagnéticas y de presión para la vista y el oído).

Algunos sentidos son combinaciones complejas de capacidades sensoriales más elementales. La visión se basa en la sensibilidad de diversas células fotosensibles en la retina del ojo con diferentes fotopigmentos: conos (para visión en color, con tres clases de conos sensibles al rojo, verde y azul) y bastones (más sensibles a la intensidad de la luz y para visión en blanco y negro). La audición emplea células ciliadas en la cóclea sensibles a diferentes frecuencias acústicas. El gusto y el olfato resultan de la sensibilidad de diversos receptores a diferentes moléculas específicas.

El sentido del equilibrio detecta los cambios en la orientación o aceleraciones en los tres ejes del espacio. La interocepción se refiere a las sensaciones fisiológicas procedentes de los órganos internos. La propiocepción o sentido quinestésico es la percepción del propio cuerpo, de su postura y sus movimientos. La nocicepción es el sentido del dolor ante estímulos mecánicos, térmicos o químicos potencialmente dañinos para los tejidos, con receptores cutáneos (en la piel) o internos (articulaciones, huesos, musculatura, órganos, vísceras, glándulas). La termorrecepción es el sentido de la temperatura (frío, calor).

Los diversos seres vivos tienen diferentes capacidades sensoriales con algunos elementos más semejantes (fotopigmentos) y otros más diferentes (tipos de ojos simples y compuestos). Algunos animales (felinos, perros, focas, delfines, conejos, ratas) tienen sensibilidad táctil en pelos rígidos como bigotes. La ecolocalización en murciélagos y algunos cetáceos es una variante de la audición: se percibe el entorno emitiendo sonidos, recibiendo e interpretando su eco. Algunos animales tienen sentidos que no están presentes en humanos como electrorrecepción (capacidad de detectar campos eléctricos en algunos peces) o magnetorrecepción (capacidad de detectar campos magnéticos en algunas aves e insectos).

Algunos sensores son órganos o sistemas complejos con elementos auxiliares a la capacidad sensible. El ojo humano, además de la retina (tejido con células con fotopigmentos), tiene elementos de configuración variable para enfocar (cristalino) y regular la cantidad de luz (iris o diafragma), y otros elementos estructurales o para su protección (córnea, párpados). El oído humano tiene múltiples elementos para canalizar y filtrar los sonidos.

Algunos sensores disponen de actuadores para funcionar o para cambiar o modular su capacidad de detección: el radar primero emite la onda de radio cuyo reflejo detecta la antena, y suele tener un motor para cambiar su orientación; el ojo humano tiene músculos para dirigir la mirada, para deformar el cristalino y enfocar la imagen sobre la retina, y para cambiar el tamaño del iris y la pupila y así modular la cantidad de luz recibida; algunos animales pueden orientar sus orejas para percibir mejor los sonidos y detectar su origen.

Normalmente un sensor se altera en presencia de estímulos y puede seguir cambiando según varíen los estímulos (como un termómetro), o volviendo a un estado base en ausencia de ellos (como un sensor fotoeléctrico). Sin embargo también puede haber sensores de un solo uso, bien porque no puedan cambiar más de una vez (porque se destruyen o alteran de forma irreversible) o porque se los trate para congelar su estado tras una medición. Algunos sensores tienen características propias de memorias: la película fotográfica se altera con la exposición a la luz y además guarda de forma persistente las alteraciones que representan información visual; es posible transformar un sensor en una memoria si se consigue preservar el estado del sensor como representativo de la información recibida, como en el caso de la película fotográfica una vez revelada.

La percepción del mundo de un sistema cibernético suele estar conectada estrechamente con la capacidad de actuar sobre el mundo de ese mismo sistema: no solo se detectan perturbaciones exógenas, sino especialmente los cambios provocados por la conducta del propio agente. Algunos sensores están conectados a actuadores o cerca de ellos para poder detectar directamente sus efectos: la propiocepción (sentido que informa a un animal de la posición de sus músculos) y el sentido del tacto facilitan la capacidad psicomotriz, ya que los movimientos musculares y sus resultados son percibidos y ajustados rápidamente según se ejecutan. La conexión íntima entre todos los elementos del sistema de control permite diferenciar los cambios producidos por el propio agente de los ocurridos en el entorno sin su intervención: con un buen modelo de sus interacciones con el mundo el agente puede predecir los resultados de sus acciones sobre la realidad y distinguirlos de los cambios no causados por él mismo; un agente puede así saber si está moviendo de forma controlada un objeto o si este se mueve ajeno a su acción (por sí mismo o por alguna otra interacción en el entorno).

Para completar la percepción del mundo la información sensorial requiere funciones especializadas de procesamiento (integración, interpretación, comprensión). La información ofrecida por un sensor puede cambiar si se altera la perspectiva (desde dónde se observa, hacia dónde se observa) o la sensibilidad del sensor. No es lo mismo un cambio en una imagen debido al movimiento del ojo que un cambio debido al movimiento de las entidades observadas; si el observador se mueve cambia la imagen del objeto observado aunque este se encuentre inmóvil. Si un sensor se deteriora o desgasta puede cambiar su respuesta a las mismas condiciones ambientales. Un procesador adecuado puede interpretar los datos según el estado de los sensores. Un sistema de control activo capaz de realizar predicciones acerca de cómo afectan a la percepción de la realidad los cambios en el propio sistema de control puede tener en cuenta estos efectos para corregirlos o compensarlos.

El procesamiento de la información procedente de varios sensores puede permitir obtener información adicional: profundidad por visión binocular, orientación por audición con dos oídos, triangulación por varios goniómetros (hallar la posición a partir de información de orientación).

La información procedente de un sentido puede generar sensaciones simultáneas en otros sentidos, posiblemente por la activación cruzada de áreas adyacentes del cerebro especializadas en tratar estímulos sensoriales diferentes. La sinestesia es la percepción o activación automática de un sentido por estímulos de otro sentido: se trata de asociaciones involuntarias entre dos sentidos en principio independientes, como tonalidades de color, imágenes, frecuencias sonoras, sabores, texturas. Una persona sinestésica puede ver y oír colores, oír y ver sonidos, asignar colores o sabores a números o palabras. Esto puede suceder de forma recurrente en algún sujeto afectado o de forma temporal por un accidente o por el consumo de drogas psicodélicas.

Procesadores

Los procesadores son dispositivos relativamente complejos que transforman las señales de entrada de los sensores (y quizás de alguna otra fuente como una memoria u otro procesador) en señales de salida para los actuadores (o para alguna memoria u otro procesador). Pueden ser sistemas biológicos (el sistema nervioso de un animal), mecánicos o electrónicos (el microprocesador de un ordenador). Pueden tener múltiples partes o subsistemas de procesamiento que realizan tareas especializadas y que deben coordinarse y compartir información. Con múltiples procesadores es posible realizar cálculos simultáneos en paralelo o dividir el trabajo entre dispositivos especializados (unidad de cálculo aritmético, tarjeta de sonido, tarjeta de vídeo de un ordenador; diferentes partes y funciones del sistema nervioso y del cerebro).

Un procesador es una memoria activa que contiene información para procesar información. La información de un sistema cibernético está en los datos de entrada y salida, en los cálculos intermedios, y también en la estructura de elementos y conexiones del procesador, la cual contiene conocimiento acerca de cómo realizar sus tareas. Tanto los datos como los programas que los utilizan contienen información, y de hecho los programas informáticos también se representan mediante estructuras de datos con variables, constantes y operaciones a realizar.

Hay información en el dato de temperatura medida por el sensor de un termostato, en el dato de temperatura deseada introducido por el usuario, en el algoritmo que ejecuta la inteligencia del dispositivo para decidir si enciende o apaga la calefacción según el resultado de la comparación entre ambas temperaturas, en la estructura física que implementa ese algoritmo; en la información obtenida por los sentidos del arquero al tocar y ver un arco y una flecha, ver la diana y sentir el viento en la piel, y en la estructura del sistema nervioso que genera una habilidad psicomotriz para mover los músculos de forma coordinada y agarrar el arco, colocar la flecha, tensar la cuerda, apuntar y disparar al blanco; en la posición calculada por un navegador, en la especificación del destino deseado, en las señales de los satélites de un sistema de posicionamiento global, en los mapas disponibles y en las rutas calculadas para alcanzar la meta; en las estructuras de un disco de vinilo que representan sonidos grabados (música, lenguaje hablado, ruidos), y en la estructura del tocadiscos necesario para usar esa información y reproducir esos sonidos; en los planos que representan una máquina o un edificio y en la habilidad en la mente del ingeniero o arquitecto para interpretar esa información y utilizarla en su trabajo.

Un procesador recibe información de entrada (de sensores o de alguna memoria externa o interna), realiza alguna operación y genera información de salida. El tratamiento de la información es diferente según cómo sea la estructura del procesador, depende de cómo estén conectados sus elementos: neuronas y conexiones sinápticas en el sistema nervioso (conectoma), estructura de circuitos y puertas lógicas en un microprocesador electrónico.

La estructura del procesador es importante porque su función depende de ella: diferentes estructuras implican distintos tratamientos de la información, y lo que hace el procesador, el tratamiento de información, es lo que lo convierte en algo útil. Para construir un sistema que transforme entradas y salidas de una forma determinada es necesario estructurar el sistema de forma adecuada. No todas las transformaciones de señales o tratamientos de información son igualmente útiles: algunas sirven para detectar patrones informativos acerca de la fuente de la señal de entrada y para producir una señal de salida que cause una conducta adecuada. Es necesario que el procesador interprete y trate correctamente la información para saber cuál es el estado del mundo y para decidir una acción conveniente.

Tener sensores de luz no es suficiente para conocer la situación del mundo y guiar la conducta de forma efectiva y eficiente si se carece de un procesador adecuado que interprete las señales del sensor como información acerca de la luminosidad del entorno, cuyas variaciones espaciales y temporales pueden ser debidas a la existencia de objetos y movimientos de los mismos, y que genere una decisión de conducta acertada según si se trata de oportunidades o amenazas.

Un procesador puede estudiarse a nivel subsimbólico o a nivel simbólico: fijándose en las estructuras físicas y sus interacciones (sin hacer referencia al concepto de información), o atendiendo a lo que representan ciertos elementos y procesos físicos como símbolos informativos de otras cosas y operaciones sobre estos símbolos. A nivel subsimbólico un procesador no es más que un objeto material con nodos y conexiones, una estructura de circuitos en red a través de la cual pueden pasar impulsos o potenciales eléctricos (en el caso de un procesador electrónico) conectando unas entradas con unas salidas. En un sistema cibernético estos impulsos son señales que representan algo, están relacionadas de forma regular con otras cosas como valores de atributos (la temperatura ambiente, la cantidad de luz, el tamaño de un objeto) o sucesos en el mundo (movimientos de objetos): son informativas de las cosas con las cuales están asociadas. El nivel simbólico de la información es resultante de esta asociación regular entre las señales y aquello que representan, aquello de lo cual informan. La información y su procesamiento siempre requieren de algún soporte físico adecuado, pero lo esencial no es la implementación física particular sino las relaciones de representación y transformación de las señales, y estas relaciones deben conocerse e interpretarse según un código semántico que asigne significados o referentes a los símbolos.

Un ordenador digital es una máquina para el tratamiento de símbolos: las señales con las que trabaja son utilizadas como símbolos que representan algo según algún código establecido. En un ordenador electrónico las señales consisten en pulsos eléctricos o en estados discretos de ciertos dispositivos como las memorias (cerrado o abierto, cero o uno para dispositivos binarios). Estas señales se interpretan como números de diversos tipos (naturales, enteros, racionales) o como caracteres alfanuméricos elementales (texto, letras de un alfabeto, caracteres especiales, números como texto), los cuales pueden combinarse para construir y manipular estructuras de datos (constantes y variables de diferentes tipos y sus valores) y operaciones sobre esas estructuras de datos (transformaciones o combinaciones como operaciones aritméticas, de cálculo numérico, estadísticas, ordenación de listas, filtrado). Un algoritmo es la representación simbólica mediante algún lenguaje formal de unas estructuras de datos y unas operaciones sobre esos datos; puede concretarse en un programa de ordenador escrito con algún lenguaje de programación.

Algunos procesadores son rígidos y siempre tratan la información de la misma forma; ciertos procesadores son plásticos o flexibles, pueden modificar su estructura y su conducta por sí mismos, como en el aprendizaje de un organismo, o por la intervención de un usuario como un programador que al cambiar el programa reconfigura la máquina. Un organismo aprende cambiando de algún modo la estructura de su sistema nervioso. Un ordenador programable cambia su forma de procesar información cambiando sus programas.

Actuadores

Los actuadores son los dispositivos mediante los cuales un sistema cibernético actúa sobre el entorno al recibir una señal de control: un motor que realiza trabajo y produce fuerzas y movimientos (los músculos del organismo, un motor eléctrico o de combustión), una caldera que libera energía térmica y calor, una glándula en la cual se producen reacciones químicas y se liberan las sustancias generadas.

La actividad de control consiste percibir, pensar y elegir una conducta: activar o desactivar, inhibir o desinhibir, encender o apagar, cambiar la intensidad de la acción, acelerar o frenar, cambiar la configuración relativa de las partes de un dispositivo, determinar la dirección del movimiento (seguir recto o virar a izquierda o derecha, subir o bajar), abrir o cerrar puertas o válvulas, conectar o desconectar elementos, seleccionar un modo de funcionamiento entre las opciones disponibles, comunicar y recibir información como datos o como órdenes.

Algunos actuadores pueden servir como sensores cuando se invierte su funcionamiento: unos auriculares pueden transformarse en micrófonos; en el auricular la corriente eléctrica en un electroimán se transforma en vibración de un diafragma o membrana que genera el sonido de las ondas acústicas, mientras que en el micrófono las ondas acústicas de sonido hacen vibrar la membrana y esto genera una corriente eléctrica en el electroimán.

Memorias

Las funciones de almacenamiento consisten en copiar, grabar o escribir datos en una memoria (entrada de información al almacén), mantener o preservar los datos en la memoria, y leer o recuperar datos de la memoria (salida de información del almacén), todo ello sin pérdidas ni errores. La información también pueden modificarse o actualizarse borrando y reescribiendo datos.

Las memorias pueden ser de distintos tipos según su soporte físico y su tecnología natural o artificial: neuronas y sus conexiones sinápticas en el sistema nervioso de un animal (memorias somáticas), marcas grabadas en cerámica o piedra, papel y tinta (libros, bibliotecas), tecnologías magnéticas u ópticas (memorias exosomáticas).
Una memoria se caracteriza por diversos atributos: capacidad (cantidad de información que puede contener); velocidad de acceso para lectura, escritura, y búsquedas; modo de acceso (por localización o por asociación de contenidos); facilidad o dificultad para recordar (leer) u olvidar (borrar); fiabilidad (errores puntuales, averías); persistencia (a corto o largo plazo); costes de construcción y operación; requisitos energéticos para su funcionamiento.

El almacenamiento requiere ciertas habilidades logísticas: cómo conectar el almacén con el exterior (entradas y salidas), cómo guardar la información (cómo representarla en una estructura física con una determinada tecnología), cómo gestionar su localización (dónde guardarla, cómo y dónde buscar para recuperarla, qué criterio de ordenación utilizar), cómo protegerla para que sea persistente y no se deteriore.

Una memoria suele contener información acerca de la propia información guardada en ella: dónde se encuentra (tablas de contenidos, índices), cómo activarla, identificadores o resúmenes de su contenido, términos clave para búsquedas, asociaciones o conexiones con otros datos. Para la optimización del uso de una memoria puede ser conveniente reordenar cada cierto tiempo sus contenidos, como en la desfragmentación de un disco duro.

Algunas memorias funcionan de forma lineal o secuencial, leyendo o escribiendo un bit o unidad de información cada vez; otras memorias, como las holográficas, pueden funcionar en paralelo, operando con muchos bits a la vez.

El almacenamiento, el mantenimiento y la eliminación de la información pueden ser más o menos fáciles o difíciles y requieren algún tipo de esfuerzo o tiempo: para escribir o mantener contenidos en ciertas memorias puede ser necesario repetir o refrescar con cierta frecuencia la información; en el cerebro algunas cosas se aprenden repitiéndolas varias veces, se olvidan si no se usan o ejercitan, y puede ser difícil olvidar algunas cosas.

Algunas memorias mantienen la información una vez grabada sin necesidad de uso de energía, como un papel escrito, un disco óptico o un disco duro magnético; otras memorias requieren energía y refrescos constantes para mantener la información, como las memorias rápidas en un ordenador.

Algunas memorias pueden escribirse solamente una vez y leerse muchas veces (como un texto escrito con tinta en papel o algunos discos ópticos); otras memorias pueden escribirse y leerse muchas veces.

La información puede perderse si su soporte se altera (destrucción o desaparición de un documento que deja de existir o que ya no está en la memoria), o volverse inaccesible si se ignora su localización (pérdida de un documento que puede existir pero no se sabe dónde está). La misma información puede guardarse en varios soportes para protegerla y evitar pérdidas accidentales (copias de seguridad).

El almacenamiento requiere algún tipo de mecanismo de comunicación o de transferencia de la información entre la memoria y los demás elementos que tienen acceso a ella (que pueden ser otras memorias). También es necesario algún código de representación que relacione la información con los cambios físicos en su soporte, es decir que asocie significados a significantes.

Los seres humanos, además de disponer de memorias endosomáticas como muchos animales (en su propio cuerpo, en su sistema nervioso), han desarrollado tecnologías que les permiten producir y manejar memorias exosomáticas (externas al cuerpo): estas incluyen los contenedores o soportes físicos que contienen los datos (papel, cinta magnética, discos ópticos, memorias de estado sólido) y los dispositivos necesarios para introducir y recuperar la información (lápiz, pluma y tinta, habilidades cognitivas de lectura y escritura; grabadores y lectores para los diferentes soportes).

Las memorias a corto plazo u operativas son como mesas de trabajo, con menos capacidad y más rápidas, donde está la información más inmediatamente en uso; las memorias a largo plazo son como armarios, cajones, archivadores, directorios o carpetas con más capacidad y acceso más lento, con información que puede ser útil en el futuro. La consciencia humana utiliza memoria a corto plazo para funcionar como integradora de información.

A grandes rasgos los seres humanos disponen de dos tipos de memoria a largo plazo: la implícita (procedimental) y la explícita (declarativa). La memoria implícita o procedimental es no declarativa (no simbólica, no lingüística), inconsciente y automática, como el recuerdo de las habilidades o destrezas motoras y ejecutivas necesarias para realizar una tarea como leer, escribir, montar en bicicleta, practicar un deporte, tocar un instrumento musical. La memoria explícita o declarativa contiene recuerdos que pueden ser evocados de forma consciente e intencional, como hechos o eventos específicos. Puede ser episódica (autobiográfica, experiencias personales del propio sujeto) o semántica (hechos impersonales, independientes de la experiencia particular, como los significados de las palabras o las capitales de los países).

La memoria está íntimamente relacionada con el procesamiento de información: la capacidad de procesamiento implica una memoria que contiene los programas, datos y estructuras utilizados para tratar la información. El procesador es una memoria activa que contiene cierta información (en forma de programas) que sirve para transformar otra información (los datos de entrada y salida). En un ordenador un programa puede estar inactivo en la memoria a largo plazo, o puede ser un programa en ejecución, activo y cargado en memoria rápida a corto plazo. Las diversas capacidades cognitivas de un ser humano se corresponden con estructuras relativamente persistentes del sistema nervioso que pueden estar activas o inactivas.

La información en las memorias suele estar estructurada de algún modo: una base de datos relacional contiene tablas y registros; son comunes las jerarquías o estructuras anidadas de forma recursiva a múltiples niveles, como una biblioteca como almacén de libros, revistas y otros soportes, un archivador con cajones, carpetas y documentos, o un disco duro con una estructura en árbol de directorios y archivos.

Las memorias suelen representarse como almacenes en los cuales la información reside de forma pasiva y solo es utilizada según el control de algún mecanismo centralizado que gestione el acceso, las solicitudes de lectura o escritura, como una biblioteca con su bibliotecario. Sin embargo también es posible tener memorias en las cuales la información está contenida en agentes activos que se comunican y cooperan y compiten por el espacio y la atención: es el modelo de la sociedad de la mente humana formada por módulos dinámicos que contienen y procesan información.

Comunicación

La comunicación es una interacción entre sistemas cibernéticos que consiste en enviar información de un emisor a un receptor. La comunicación exitosa sucede sin pérdidas o errores, conservando la señal y evitando el ruido. El emisor de un mecanismo de comunicación es un actuador especializado en generar señales (un cuerpo haciendo gestos, el aparato fonador de un animal, una antena emisora); el receptor de un mecanismo de comunicación es un sensor especializado en detectar señales (un ojo, un oído, una antena receptora).

La comunicación se realiza mediante señales o mensajes que se desplazan a través de un canal, y requiere un código compartido por todos los participantes para la producción e interpretación de los mensajes: el emisor emplea el código para generar un mensaje incorporado en una señal portadora (codificación), lo transmite a través de algún medio, el receptor recibe la señal y emplea el código para interpretar el mensaje (decodificación). También suelen ser necesarios protocolos para que emisor y receptor se conecten de forma adecuada, gestionen su disponibilidad y su atención (avisos o solicitudes de comunicación, vocativos, apelativos), y comprueben que el mensaje se ha transmitido sin pérdidas o errores (confirmaciones o notificaciones de recepción): parte de la comunicación se utiliza para gestionar el propio proceso de comunicación y no solo para transmitir contenidos. Para incrementar la probabilidad de que un mensaje se transmita correctamente en posible enviarlo varias veces, quizás por medios independientes, o incluir información redundante para la corrección de errores.

La información puede comunicarse transportando objetos (almacenes o memorias) o mediante propagación de ondas naturales (sonidos del lenguaje oral, gestos corporales) o artificiales (ondas eléctricas o electromagnéticas para telecomunicaciones como telegrama, teléfono, radio, televisión). El soporte físico de la señal comunicada puede ser un objeto material con la información grabada o inscrita de algún modo (un libro, una carta, un disco de ordenador), o una onda portadora (acústica, electromagnética) con la información codificada en su distribución espacial y temporal o en su modulación (de amplitud, de frecuencia, o de pulsos). En animales es típico comunicarse oralmente mediante sonidos, con gestos corporales (imágenes estáticas o móviles), o mediante sustancias químicas que pueden olfatearse. Los humanos pueden utilizar diversas tecnologías para incrementar la capacidad de estos procesos (intensidad y alcance de la señal): instrumentos para producir sonidos (tambores o trompetas útiles en una batalla o a larga distancia), banderas para comunicación naval, luces, señales de humo, altavoces, micrófonos, amplificadores.

Lo esencial de la comunicación es el traslado de información entre la mente del emisor y del receptor, y no tanto el movimiento físico del soporte. Existen señales estáticas que una vez producidas se colocan por el emisor en un sitio fijo y de forma más o menos permanente (no se trasladan de un lugar a otro) para indicar algo a los posibles receptores: un lobo marca los confines de su territorio con orina; las señales de tráfico informan de límites o peligros; diversos carteles sirven como soportes publicitarios o informan de los nombres de las calles, de los números de los edificios, de los dueños de buzones de correos, de los tipos y nombres de los negocios o comercios.

Como la información se puede copiar con mayor o menor facilidad según su soporte físico y las tecnologías disponibles, almacenar, recuperar o comunicar información no implican necesariamente que esta se pierda en la fuente u origen: si informo a una persona de un evento concreto yo sigo conociéndolo; una carta con una sola copia puede perderse o deteriorarse durante su transporte, pero parte de la información puede seguir disponible en la mente del escritor; si saco un ejemplar de un libro de la biblioteca este ya no está disponible allí, pero puede haber otros ejemplares en la misma biblioteca o en otros lugares.

El almacenamiento de información siempre implica comunicación, por lo menos entre el almacén y sus usuarios. La comunicación no implica almacenamiento, especialmente a largo plazo: hay información que se transmite nada más generarse sin necesidad de almacenarse o preservarse de algún modo, quizás se actúa sobre ella, se recuerda parte o se olvida en su totalidad.

Los mensajes de las comunicaciones pueden ser privados o públicos, estar dirigidos a receptores específicos (como una carta a un destinatario) o a cualquiera que pueda recibirlos (ondas de radio y televisión emitidas a ciegas y en abierto). Pueden ser secretos o confidenciales, limitando su recepción o exigiendo algún tipo de mecanismo de encriptación y desencriptación con las contraseñas o claves de acceso correspondientes.

La comunicación puede suceder de forma no intencional, como cuando un animal emite alguna señal que puede ser recibida e interpretada por otro para modificar su conducta (estigmergia): por ejemplo los olores de feromonas en hormigas que pueden utilizarse para marcar caminos de exploradores y recolectores.

Un sistema avanzado de comunicación es el lenguaje natural simbólico utilizado por los seres humanos (oral o escrito, con múltiples idiomas, dialectos, jergas), con variantes como los lenguajes formales de la lógica, las matemáticas y la programación de ordenadores.


Cibernética y control (I)

10/12/2018

Para comprender la mente y la intencionalidad como modo de dirección de la acción es necesario estudiar la cibernética y el control.

Etimología

El término cibernética procede del griego Κυβερνήτης (kybernḗtēs), el timonel o piloto que gobierna una embarcación. Cibernética y gobierno tienen el mismo origen etimológico y comparten las mismas ideas subyacentes: entender la cibernética es equivalente a entender el gobierno porque ambos se refieren al control.

Aunque la cibernética pueda parecer algo extraño y complicado, relacionado exclusivamente con la ingeniería, lo artificial, la tecnología, las máquinas, los ordenadores, la informática y los robots, en realidad es el estudio del gobierno, la dirección o el control: es aplicable no solo a máquinas o herramientas, sino también a todos los seres vivos individuales como agentes autónomos capaces de dirigir su conducta, y a grupos sociales que necesitan algún tipo de coordinación y gobierno.

Norbert Wiener acuña y populariza el término cibernética en su libro Cibernética: o El control y comunicación en animales y máquinas (Cybernetics: Or, Control and Communication in the Animal and the Machine) (Wiener, 1948).

El control en un barco: timón y timonel

El control del movimiento de una embarcación mediante el timón y el timonel es un ejemplo que sirve para presentar de forma concreta las principales ideas abstractas de la cibernética.

Un barco es un objeto móvil sobre el agua cuya dirección de movimiento puede controlarse por un timonel al mando de un timón. El timón es un dispositivo con una superficie orientable que permite maniobrar una nave que se mueve sobre un fluido (como un buque sobre el agua), o una nave que se mueve a través de un fluido (como un submarino en el agua, o una aeronave en el aire): al cambiar la orientación de la superficie respecto al movimiento relativo del fluido se generan fuerzas y momentos de giro o rotación. El timonel o piloto es la persona que maneja el timón mediante una caña, una rueda o una palanca, según su propio criterio o según las órdenes de un superior, para mantener el curso o virar a babor o estribor (izquierda o derecha), pudiendo además modular la velocidad del giro (más despacio o más rápido).

Un barco necesita un único timón de control porque su movimiento es solamente en dos dimensiones sobre la superficie del agua. Las naves que tienen movimientos más complejos en tres dimensiones dentro de fluidos utilizan varios timones o superficies de control para las rotaciones respecto a sus tres ejes: en una aeronave son el timón de profundidad (para el cabeceo arriba o abajo), el timón de dirección (para la guiñada izquierda o derecha) y los alerones (para el alabeo).

Un barco suele tener un timón fijado a la popa, pero también es posible controlar la dirección mediante un remo con una pala grande que se introduce en el agua por el lado al cual se desea virar. Los sistemas de propulsión mediante remos o hélices también pueden utilizarse para maniobrar la nave si permiten impulsar más de un lado que de otro.

El timón es el actuador o efector mediante el cual es posible controlar la dirección del barco. Sin embargo el timón, siendo necesario, no es suficiente, ya que no funciona solo: requiere un timonel, quizás asistido por una tripulación, para manejarlo. La tripulación constituye la sensibilidad y la inteligencia del barco. El timón permite girar, pero es necesario decidir cuándo y cuánto girar, por qué y para qué. Poder girar no sirve de mucho si lo haces al azar. No basta con poder virar a un lado o a otro: también hace falta percibir e interpretar el entorno y las circunstancias ambientales, conocer el estado de la embarcación, conocer la posición de la nave, y saber cómo llegar al destino deseado de la forma más eficiente posible. Mientras que la tecnología del timón es relativamente simple y fácil de optimizar, la sensibilidad y la inteligencia constituyen los elementos más complejos e influyentes del control: el timonel o su capitán son quienes están al mando del timón, y no al revés. Un barco sin timón puede sustituirlo con relativa facilidad; la sensibilidad y la inteligencia son más valiosas y difíciles de conseguir. Es la inteligencia humana la que diseña, produce y maneja el timón.

El sistema de control de un barco

El sistema de control del barco se hace ciertas preguntas e intenta contestarlas: ¿dónde estoy?; ¿cómo estoy, cuál es mi propio estado?; ¿qué hay alrededor?; ¿cómo está el entorno, cuáles son las condiciones ambientales?; ¿percibo alguna oportunidad o amenaza?; ¿cómo aprovecho las oportunidades y evito los peligros?; ¿qué conviene hacer en cada circunstancia?; ¿qué sucede si hago esto u esto otro?; ¿qué es lo que quiero, debo y/o puedo conseguir y cómo lo hago?; ¿adónde quiero llegar y cómo llego hasta allí?

Una nave sin capacidad de control está a la deriva, a merced de los elementos, o se mueve al azar, por lo que es inútil, ineficiente o peligrosa. Un barco necesita un sistema de control para conocer su posición, velocidad y orientación, para percibir el entorno, y para realizar ajustes de rumbo y velocidad en tiempo real: el piloto, en solitario o con una tripulación, navega, vigila, maneja el timón para mantenerse recto o virar, y ajusta la propulsión (los remos, las velas, los motores) para mantener la velocidad, acelerar o frenar. De este modo es posible seguir una ruta, corregir o compensar los efectos variables de los vientos, las olas y las corrientes marinas, aprovechar circunstancias favorables como vientos de cola o mareas adecuadas, evitar colisiones no deseadas con obstáculos (otro barco, un arrecife, una mina), apartarse de entornos peligrosos (una tormenta, un remolino), perseguir objetivos (un banco de peces, una ballena, un barco enemigo al cual disparar, embestir o abordar), escapar de perseguidores (un barco enemigo, un torpedo), y llegar al destino deseado (un puerto seguro, la isla del tesoro).

En un barco el sistema de propulsión genera fuerzas o impulsos y el sistema de control distribuye y orienta esas fuerzas en intensidad, en el tiempo y en el espacio: cuánta fuerza se aplica, cuándo se aplica, dónde y hacia dónde se aplica; si existen varios motores o propulsores estos deben estar coordinados para funcionar con eficiencia de modo que no trabajen unos contra otros. En una pequeña barca de remos o canoa con un solo ocupante, este debe encargarse de todas las tareas: orientarse, impulsar y dirigir la barca con los remos o las palas; el remero percibe el entorno con sus sentidos, piensa, decide qué hacer, y utiliza sus músculos y los remos para mover la embarcación. En una barca o canoa más grande con varios remeros estos deben además coordinarse para decidir hacia dónde ir y para remar de forma sincronizada: todos en el mismo sentido, a la vez y sin estorbarse unos a otros. Algunas embarcaciones disponen de un timonel para marcar el rumbo con el timón y el ritmo de los remeros con alguna voz o gesto: los remos o palas sirven para propulsar a mayor o menor velocidad, y también para dirigir la embarcación cuando se aplica más fuerza a un lado que a otro, mientras que el timón solo sirve para dirigir el barco; los remeros deben ser potentes, resistentes y capaces de coordinarse, mientras que el timonel no requiere mucha fuerza sino que debe ser hábil con la caña del timón y preferiblemente ligero. En un barco de vela con un solo tripulante este se encarga del timón y de izar, orientar y arriar las velas. Si son varios tripulantes a bordo estos pueden repartirse las tareas. En una pequeña barca con motor una sola persona puede encargarse de la propulsión y la dirección, que pueden estar separadas (hélices fijas y timón) o juntas (motor con hélices orientables). Un barco grande normalmente tiene una tripulación con múltiples especialistas (vigilancia, navegación, comunicaciones, velas, remos, motores), organizados en departamentos (cubierta, máquinas), y con una jerarquía de mando con un capitán en lo más alto para coordinarlos. Las relaciones de control son múltiples: cada humano es un agente autónomo que controla su propio cuerpo y su conducta, es capaz de controlar alguna máquina y a otros humanos, y puede recibir instrucciones de control de otros humanos; los tripulantes se coordinan entre sí, y entre todos controlan el barco.

Una embarcación puede usar diversas tecnologías, sensores y automatismos para asistir a la tripulación en las tareas de control: brújula, catalejo, dispositivos de medición de velocidad, estaciones meteorológicas, sistemas de navegación (sextante, sistemas de posicionamiento global por satélite), mapas, relojes, sistemas de comunicaciones (banderas, altavoces, emisores y receptores de ondas radioeléctricas), herramientas de vigilancia (radar, sonar), pilotos automáticos.

Parte del sistema de control puede estar físicamente fuera del sistema controlado. Una nave teledirigida puede pilotarse a distancia, por control remoto, desde fuera de la propia embarcación, por un operario competente: para ello es necesario poder comunicar instrucciones de control y quizás también información sobre el estado de la nave y su entorno. Un usuario que puede ver directamente el objeto móvil controlado (un barco, avión u otro vehículo) solo necesita poder transmitir instrucciones; si el objeto no está directamente a la vista, como en el caso de un dron o vehículo aéreo no tripulado que se encuentre a una gran distancia, entonces es necesario recibir algún tipo de información acerca de la posición del objeto y su entorno, obtenida con algún sistema de navegación y cámaras u otros sensores a bordo.

Un barco autónomo es capaz de controlarse solo sin intervención humana: tal vez sea necesario que alguien le indique un destino final específico, por ejemplo para transportar una carga de un punto a otro; o quizás el barco explora y se mueve por sí mismo indefinidamente según un programa predeterminado que decide qué hacer según las circunstancias, por ejemplo buscando bancos de peces y avisando a otros barcos pesqueros, o buscando residuos contaminantes y avisando a otros barcos recolectores.

Cuando un humano controla plenamente una máquina sin automatismos ni autonomía, es él mismo quien debe planificar, pensar, observar, decidir qué hacer y actuar para conseguir el fin deseado. Con un sistema de control autónomo inteligente el usuario marca un destino u objetivo, el sistema calcula cómo alcanzarlo, y la máquina ejecuta por sí misma las acciones necesarias para conseguirlo. Muchas máquinas combinan automatismos y cierto nivel de autonomía con la necesidad de ser dirigidas o supervisadas por algún operario.

Cibernética

La cibernética es la ciencia e ingeniería del control: estudia el control y la comunicación en máquinas y seres vivos. Los seres vivos son un tipo especial de máquina o sistema dinámico capaz de realizar trabajo: son agentes autónomos autopoyéticos; máquinas orgánicas, naturales, que se construyen a sí mismas, muy complejas y autorreguladas.

En los animales, y especialmente en los humanos, el control se realiza mediante la percepción, las sensaciones, la cognición, las emociones, los sentimientos, el pensamiento, la razón, la inteligencia, la memoria, la imaginación, la voluntad, el inconsciente, la consciencia, la autoconsciencia, el lenguaje, las reacciones, los automatismos, los hábitos y la intencionalidad.

Controlar un sistema es regular su estado, los valores de sus atributos; dirigir su evolución o su conducta; determinar de forma parcial o total su situación, sus cambios, su movimiento; interactuar e influir sobre él o manipularlo de algún modo para decidir qué hace y cómo lo hace. Controlo el encendido y apagado de la caldera, la intensidad de su funcionamiento, y la temperatura de la habitación; conduzco un vehículo y controlo la potencia del motor, la velocidad y la dirección.

El control puede ser de un sistema sobre otro o de un sistema sobre sí mismo (autocontrol, autonomía, automatismos, autorregulación, autooorganización): un sistema de control puede regular el funcionamiento de otro sistema diferente (un sistema controlador y un sistema controlado, como en el caso de un operario que maneja una máquina), o puede regular la conducta de un sistema del cual forma parte (como un sistema de control integrado en una máquina autónoma, o el sistema nervioso de un animal).

El control se realiza mediante el uso de información: es necesario obtener y procesar información (percibir y pensar), tomar decisiones y ejecutarlas; suele ser necesario también almacenar y comunicar información.

La información representa al mundo, al sistema y su entorno: cómo es, qué cosas hay, qué atributos tienen, qué valores tienen esos atributos, qué relaciones o interacciones hay entre las diferentes entidades, qué cosas son permanentes y cuáles cambian, cómo se producen los cambios, qué acciones pueden realizar los diferentes agentes, qué se puede hacer para pasar de un estado del mundo a otro, qué consecuencias tiene una determinada acción.

Los sistemas cibernéticos pueden ser más o menos complejos, sofisticados y potentes según qué y cuánta información reciban, cómo sean capaces de procesarla, y qué acciones puedan ordenar o realizar. Hay automatismos muy simples, como el sistema de control de la carga de la cisterna de un inodoro; y otros sistemas de control muy complejos, como el sistema nervioso de un ser humano. Las estructuras de control suelen ser los elementos más complejos del sistema del cual forman parte.

Los dispositivos de control constituyen la sensibilidad y la inteligencia de un sistema, frente a otros elementos más relacionados con la potencia o la fuerza bruta. La capacidad de control utiliza la sensibilidad y la inteligencia para dirigir de forma eficaz y eficiente la capacidad de trabajo, las fuerzas y los movimientos. La potencia sin control no sirve de nada, o no se aprovecha, o incluso resulta peligrosa: un automóvil requiere un conductor competente y unos sistemas mecánicos y electrónicos en buen estado; hay problemas si los neumáticos no agarran al suelo, o si la dirección o los frenos no funcionan bien; un conductor torpe al volante de un vehículo muy potente no le saca el máximo partido e incluso corre el riesgo de tener un accidente.

Controlar es regular, dirigir, gobernar, pilotar, conducir, guiar, manejar, manipular, maniobrar, vigilar, mandar, liderar, coordinar, supervisar, administrar, gestionar. La cibernética investiga los mecanismos, dispositivos, técnicas, procesos, funciones y estructuras para el control de la conducta de máquinas y agentes: su naturaleza, sus capacidades, sus necesidades, sus límites, sus problemas, sus costes, sus riesgos.

Algunos humanos son especialistas en las tareas de control y coordinación de máquinas, de animales y de otros humanos: son las funciones del operario, el timonel, el piloto, el conductor, el guía, el líder, el capitán, el supervisor, el vigilante, el jefe, el gobernante, el director.

La cibernética se aplica tanto a individuos como a grupos: estudia la dirección inteligente, flexible y adaptativa de la conducta individual, y la coordinación de múltiples agentes en grupos o equipos de colaboradores, como puede ser una sociedad animal (una colonia de hormigas o de abejas), una organización humana (una empresa con su estructura de gestión, un ejército con su jerarquía de mando), un grupo de robots, o un colectivo que combine diversos tipos de agentes (máquinas, animales y humanos).

Los fenómenos de control se dan no solo en ciertas máquinas artificiales sino en todos los seres vivos, ya que estos son agentes autónomos, es decir que disponen de algún sistema de control propio para dirigir su acción o conducta. Los diferentes seres vivos requieren distintos sistemas de control más o menos sofisticados según el repertorio de acciones que sean capaces de realizar: los organismos más complejos y versátiles son los animales con sentidos y sistema nervioso para dirigir los diversos movimientos de sus músculos y la actividad de sus glándulas y vísceras; los animales sociales deben además coordinarse para cooperar con otros individuos de su grupo.

Normalmente se estudian de forma separada e independiente el control tecnológico en máquinas artificiales (para ingenieros), la dirección de la conducta en organismos (para biólogos), y la gestión de equipos y organizaciones humanas (para psicólogos, empresarios, directivos, mandos políticos y militares). Sin embargo es útil estudiar el control como un fenómeno común a máquinas, seres vivos, humanos, grupos sociales y sus posibles combinaciones.

La cibernética es conocimiento multidisciplinar: está relacionada con las matemáticas, la lógica, la estadística, la informática, los computadores, la programación, la robótica, los autómatas, la inteligencia artificial, los sensores, los procesadores, la comunicación, el procesamiento de señales, la teoría de sistemas complejos, la ingeniería (electrónica, comunicaciones, máquinas, industria, procesos, operaciones), las ciencias cognitivas, la psicología, la economía, la organización, la gestión, la moral, el derecho, la religión, la política.

Los sistemas cibernéticos pueden ser de muchos tipos según las tecnologías o tipos de elementos e interacciones involucrados: físicos (mecánicos, hidráulicos, neumáticos, electrónicos), químicos, biológicos, industriales, psicológicos, sociales, empresariales, políticos, militares.

Un sistema cibernético puede ser una entidad natural que emerge espontáneamente como resultado de un proceso evolutivo, como es el caso de los organismos y las sociedades, o puede ser una entidad artificial diseñada y planificada, como una máquina construida o una organización con un proyecto de trabajo. La capacidad de control evoluciona de forma espontánea y natural en los organismos vivos; en los sistemas artificiales, como las máquinas herramientas y las organizaciones humanas, debe ser introducida o proporcionada por sus ingenieros, diseñadores, constructores y gerentes.

La capacidad de control es útil para realizar diversas funciones esenciales: para estabilizar un sistema contrarrestando o compensando perturbaciones (corregir errores o desviaciones de un ideal o referencia), para intentar alcanzar objetivos (conducta intencional, reflexiva, consciente), para elegir qué hacer y cómo hacerlo según las circunstancias (fines y medios de acción), para producir y ejecutar un plan o estrategia, para coordinar la acción de múltiples agentes que conviven o cooperan (coordinación social, gestión efectiva y eficiente del trabajo en equipo).

Ejemplos de control

Todos los seres vivos son sistemas autónomos, que se autocontrolan: tienen sensores o sentidos para obtener información, un sistema nervioso o equivalente para procesarla, un sistema genético para construirse y alterar su funcionamiento mediante la producción de proteínas a partir de la información contenida en su genoma, y actuadores o efectores que realizan alguna función según las instrucciones de control recibidas (activación y desactivación de máquinas moleculares y procesos celulares, movimiento por los músculos, producción y liberación de hormonas por las glándulas). Los mecanismos de control son más simples en organismos más elementales (bacterias, plantas), y más sofisticados y versátiles en organismos más complejos (animales con sistema nervioso capaces de múltiples movimientos).

La homeostasis es la capacidad de los organismos de autorregularse y mantener un equilibrio dinámico con condiciones internas estables que permiten su supervivencia, compensando o contrarrestando cambios o perturbaciones del entorno mediante alguna acción controlada como un cambio en el metabolismo o un intercambio de materia y energía con el exterior. Ejemplos son la regulación de la temperatura (sudar cuando sube, temblar o activar mecanismos de liberación de energía cuando baja), de la acidez o alcalinidad (pH), de las concentraciones de diversas sustancias (glucosa).

La conducta de los seres vivos no es por lo general aleatoria sino que es dirigida por mecanismos de control. Si un organismo percibe una oportunidad (alimento, mejores condiciones ambientales, una pareja sexual) se mueve hacia ella, la atrae o la atrapa: un paramecio se mueve hacia donde hay más nutrientes; un león está hambriento, ve una cebra y la persigue; una hoja en forma de pinza de una planta carnívora detecta a un insecto que toca sus cilios, se cierra y lo atrapa. Si un organismo percibe un peligro (un depredador, malas condiciones ambientales) se aleja de él: la cebra escapa del león, o huye para evitar el fuego. Si un animal está fatigado se para a descansar o dormir; si está hambriento busca comida, si está sediento busca agua.

Algunos seres vivos, además de autorregularse, son capaces de controlar parcialmente a otros organismos: algunas especies de hormigas cultivan hongos o cuidan de rebaños de pulgones; el ser humano ha domesticado algunos animales (ganadería) y plantas (agricultura), no solo como alimento sino como fuente de materiales o de fuerza de trabajo.

Algunos seres vivos son capaces de usar e incluso producir herramientas que les ayudan a conseguir sus objetivos: un chimpancé utiliza una piedra para romper la cáscara de una nuez, una rama pelada para capturar termitas, o una esponja hecha de hojas y musgo para recoger agua o acicalarse; una persona utiliza un cuchillo, unas tijeras, un martillo y clavos, un destornillador y tornillos. Tanto la producción como el uso de herramientas requieren capacidades de control.

Los humanos controlan y usan de forma combinada animales y herramientas: un agricultor maneja un arado tirado por un buey; un conductor dirige un carro tirado por caballos, o un trineo tirado por perros.

Los humanos tienen capacidades para controlar a otros humanos, para ser controlados por otros humanos, y para coordinarse unos con otros. El lenguaje, en sus diversos tipos y manifestaciones (natural, formal, gestual, verbal, oral, escrito), es la potente herramienta de comunicación que emplean los humanos para el control y la coordinación: no sirve solamente para describir y representar la realidad, sino especialmente para manipular el estado y la conducta de los receptores influyendo sobre ellos; mediante el lenguaje se expresan deseos, necesidades, valores, avisos, amenazas, órdenes, reglas (prohibiciones y obligaciones que restringen las posibilidades de acción legal).

El lenguaje puede utilizarse también para controlar animales y máquinas capaces de entenderlo: un humano da instrucciones a un perro o a un caballo domesticados y entrenados, o programa un ordenador mediante algún lenguaje de programación, o habla con un asistente o agente dotado de inteligencia artificial.

Un individuo puede ser un especialista en controlar la conducta de otros: un policía regula el tráfico de automóviles; un controlador aéreo controla el tráfico de aeronaves tripuladas mediante herramientas de comunicación, navegación y vigilancia; un entrenador de un equipo de fútbol americano indica a los jugadores qué jugada de ataque realizar; un director de orquesta supervisa el trabajo de los músicos; un director de cine controla el trabajo de actores y técnicos.

Los humanos construyen herramientas o máquinas y las controlan de algún modo, quizás con dispositivos de ayuda al control). También pueden incorporar en ellas automatismos para que tengan algún grado de autonomía y se controlen parcialmente solas. Un piano es una máquina controlada por un pianista; una pianola reproduce automáticamente música codificada mediante perforaciones en un rollo de papel.

Una máquina simple puede carecer de mecanismos de control autónomo, de modo que el control es proporcionado por su usuario (como un cuchillo y el cocinero, o una bicicleta y su ciclista). El autocontrol de un sistema automático puede ser más o menos parcial o total: una lavadora automática es activada por un usuario que decide qué programa de lavado utilizar, y la máquina ejecuta sola las acciones del programa elegido; una lavadora más inteligente y autónoma puede activarse sola al detectar que está llena y decidir el programa de lavado según la suciedad de la ropa.

Un automóvil es controlado por un conductor; el motor de combustión interna de un automóvil se controla externamente a través del acelerador, pero internamente dispone de múltiples mecanismos de autorregulación para su ciclo de funcionamiento (mecanismos de inyección de combustible o de carburación, de distribución para la producción de la chispa de la bujía y la apertura y el cierre de válvulas, de refrigeración); algunos vehículos tienen sistemas de ayuda a la conducción como sistemas anti bloqueo de frenos para evitar derrapar, o sistemas de control de la velocidad de crucero para mantener automáticamente la velocidad escogida; un vehículo autónomo con un sistema de piloto automático no necesita un conductor, sino que es capaz de controlarse a sí mismo ajustando su rumbo y su velocidad, y solo necesita que le indiquen a dónde debe dirigirse. La autonomía puede darse en grados o niveles según las capacidades del sistema de control, qué cosas puede hacer solo y en qué circunstancias necesita ayuda o intervención externa.

Un proyectil es lanzado por un individuo que debe determinar una velocidad inicial, tanto en dirección como en módulo: una piedra, una lanza, un hacha impulsadas manualmente, una flecha con un arco o una ballesta, una piedra con una catapulta, una bala con una pistola, un obús con un cañón. Un cañón de artillería es manejado por una unidad que regula la dirección o ángulo de tiro (en horizontal y vertical) y puede disponer de un radar de vigilancia y un sistema de predicción de la posición del blanco para objetivos en movimiento. Un misil es un proyectil autopropulsado, con capacidad de maniobra (moviendo las aletas de guía o variando el ángulo del chorro de escape) y que puede ser guiado en su trayectoria hacia su objetivo por control remoto o mediante un sistema de autoguiado (búsqueda de la señal infrarroja de calor de la tobera de un reactor, o de una señal radar o láser).

La cisterna de un inodoro es un depósito de agua que tiene un mecanismo de control de la descarga y otro mecanismo de control del llenado: la descarga se produce al abrir el conducto de salida apretando un botón o tirando de una cadena, con un mecanismo automático que vuelve a cerrar el conducto de salida cuando el depósito ha terminado de vaciarse; el llenado es controlado automáticamente por una válvula de nivel, abierta por debajo de un determinado nivel de agua y cerrada al alcanzar dicho nivel para evitar que la cisterna siga llenándose de forma indefinida y el líquido se derrame fuera de su contenedor.

El regulador centrífugo de una máquina de vapor se utiliza para mantener una velocidad aproximadamente constante. Se trata de un sensor de velocidad de rotación conectado a la entrada de combustible a la caldera: cuando la velocidad baja la entrada de combustible se abre, con lo que el motor se acelera y la velocidad tiende a subir; cuando la velocidad sube la entrada de combustible se cierra, con lo que el motor se decelera y la velocidad tiende a bajar.

La válvula de seguridad de una olla a presión permite la salida de parte del gas cuando la presión en el recipiente es excesiva, y además la salida del gas puede utilizarse para generar un sonido de alerta. En un sistema autocontrolado la válvula estaría conectada con la cocina para reducir la intensidad del calor o apagarla.

Un termostato es un dispositivo con un sensor de temperatura ambiente conectado a un procesador, y este activa un interruptor que enciende o apaga un sistema de calefacción en función de la temperatura, comparándola con una temperatura objetivo deseada, controlando así la actividad de la calefacción y la temperatura del sistema calentado (un horno, una habitación). Puede disponer además de un reloj para funcionar solamente durante un tiempo o en unas horas determinadas. Cuando la habitación se enfría, el descenso de la temperatura por debajo de la deseada es detectado por el termostato, el cual activa la calefacción (una caldera de carbón, una estufa de gas, una resistencia eléctrica); la energía liberada en forma de calor incrementa la temperatura hasta que esta alcanza el valor deseado; al detectar que se ha alcanzado la temperatura deseada el termostato apaga la calefacción. El termostato controla la calefacción y esta influye sobre la temperatura de la habitación; los cambios de temperatura de la habitación son detectados por el termostato y alteran su comportamiento (bucle de realimentación termostato → calefacción → habitación → termostato). Un termostato también puede utilizarse para controlar el funcionamiento de un sistema de aire acondicionado que enfríe un habitáculo, o un sistema mixto de calefacción y refrigeración capaz de controlar la temperatura en ambos sentidos (hacia arriba y hacia abajo).

Un regulador automático puede encender un sistema de iluminación cuando la luz ambiental es baja, apagarla cuando vuelve a ser suficiente, o incluso ajustar su intensidad según las necesidades.

Los autómatas son máquinas, instrumentos o aparatos que operan por sí mismos: contienen alguna fuente de energía recargable o están conectados a una (un muelle, el movimiento del agua o el viento, una batería o una conexión eléctrica), y un mecanismo más o menos complejo y sofisticado para generar y controlar una secuencia de movimientos. Algunos autómatas se construyen como juguetes, para el entretenimiento, o como formas de imitar movimientos y conducta de seres vivos: una caja de música, una marioneta o muñeca mecánica, figuras en relojes de cuco, figuras animadas en una atracción de feria. Otros autómatas son máquinas diseñadas para realizar alguna tarea útil: una lavadora automática, un robot en una fábrica.

Un ordenador es una máquina programable controlada por un usuario mediante unos dispositivos de entrada (teclado, ratón, micrófono, cámara) y con la ayuda de unos dispositivos de salida (monitor, altavoces). El ordenador puede utilizarse para controlar otras máquinas o procesos (una impresora, una herramienta industrial, una fábrica, una central nuclear).

Funciones y elementos de control

La actividad de control puede ser analizada o descompuesta en varias funciones especializadas complementarias, y a cada función le corresponde una estructura o elemento del sistema de control.

Las funciones principales del control son la obtención de información, el procesamiento de información (incluyendo la toma de decisiones), y la ejecución de las decisiones. A nivel físico las estructuras o elementos esenciales que realizan estas funciones son los sensores, los procesadores y los actuadores o efectores. Otras funciones esenciales relacionadas con el control son el almacenamiento de la información en memorias y la comunicación de información entre emisores y receptores mediante mensajes, señales, canales, codificadores, decodificadores, intérpretes o traductores, y protocolos de transmisión.

Un sistema obtiene información mediante sensores, la trata, transforma o procesa mediante algún dispositivo más o menos inteligente capaz de tomar decisiones (un procesador o computador, un cerebro o sistema nervioso), y ejecuta las decisiones mediante efectores o actuadores. Los sensores detectan algún fenómeno observable y generan una señal (o múltiples señales) que es enviada al procesador para que la trate; el procesador manipula, transforma o combina las señales de algún modo más o menos complejo y genera una señal de salida o decisión; los actuadores reciben la señal de salida y ejecutan la acción correspondiente.

Los sensores constituyen la sensibilidad o capacidad de percibir la realidad; los procesadores constituyen la inteligencia o capacidad de utilizar la información para interpretar la realidad, valorarla y decidir qué hacer; los actuadores o efectores constituyen la capacidad de influir sobre la realidad, de generar algún efecto que la modifique.

Todas las funciones y elementos son importantes porque su ausencia impide o anula la posibilidad de control: sin sensores no hay contacto con el mundo y se actúa a ciegas; sin procesadores no hay tratamiento o interpretación de la información ni toma de decisiones adecuadas y se actúa al azar; sin actuadores o efectores no se puede tener ningún efecto o consecuencia sobre el mundo.

La comunicación siempre existe de algún modo en un sistema cibernético, por lo menos internamente, porque los sistemas de control tienen partes diferenciadas y la información debe transmitirse entre ellas: el sensor envía información al procesador, el procesador puede ser complejo y necesitar mover información entre sus diversos componentes o subsistemas, y la decisión tomada por el procesador debe comunicarse a los actuadores. La comunicación también puede darse con memorias (se envía información a la memoria o se recibe de la memoria) o con agentes externos.

Considerando, además de los sensores y los actuadores, las funciones de almacenamiento y comunicación, y centrándose en la actividad del procesador, este recibe información de sensores, memorias u otros procesadores, trata la información, y envía los resultados de su tratamiento a actuadores, memorias u otros procesadores. Un procesador es un operador que transforma unas señales de entrada (con diversos orígenes posibles) en otras señales de salida (con diversos destinos posibles).

Es posible un sistema de control muy sencillo con un solo sensor, un solo procesador simple y un solo actuador. Los sistemas cibernéticos complejos están formados por múltiples y diversos elementos, componentes o subsistemas: pueden disponer de diferentes tipos de sensores, procesadores y actuadores, y además es posible que tengan múltiples copias de cada uno por razones de eficacia, eficiencia y seguridad (corrección de errores, resistencia a fallos, redundancia). Elementos de distinto tipo permiten realizar tareas diferentes o la misma tarea con diversas tecnologías.

Los seres humanos disponen de sensores, procesadores y actuadores, además de memorias y órganos para la comunicación: son capaces de sentir, percibir, pensar, valorar, actuar, recordar, comunicar, y muchas conductas hacen uso de todas estas capacidades. En su trabajo dentro de una organización cooperativa los diferentes especialistas pueden resaltar más algunas funciones que otras: el espía recibe y transmite información del enemigo; el general la recibe, la procesa y da órdenes de ataque; los soldados ejecutan una carga contra las posiciones rivales. El albañil coloca ladrillos según el plan del arquitecto, y también le informa del progreso de la obra y sus problemas.

Sensores, procesadores, efectores, memorias, transmisores y receptores pueden ser muy diversos según sus diferentes capacidades, eficacia y eficiencia (errores, fallos, costes): tipo, cantidad y calidad de la información obtenida por los sensores; tipo, cantidad y velocidad de las operaciones de tratamiento de la información por los procesadores; tipos de efectos, potencia (trabajo realizado por unidad de tiempo) y precisión de las acciones de los efectores; cantidad de información almacenada, velocidad de escritura y lectura de las memorias; cantidad y velocidad de información comunicada por emisores y receptores.

En algunos sistemas modulares los dispositivos de control son físicamente separables y sustituibles por otros que tengan las características adecuadas, lo cual es útil para resolver averías o para aprovechar avances tecnológicos: mejores sensores; más memoria, velocidad de procesamiento, capacidad de comunicación, fiabilidad; más capacidad de acción; menor consumo energético.


Los problemas del objetivismo (video)

25/11/2018

Los problemas del objetivismo (video), conferencia en el Congreso de Economía Austriaca (2018) del Instituto Juan de Mariana.