Casuística ética y liberalismo

10/03/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La casuística se refiere al razonamiento basado en casos concretos prácticos o instancias específicas aplicadas, en contraposición al razonamiento basado en principios abstractos teóricos o leyes generales. Los casos pueden utilizarse como ejemplos complementarios para ilustrar o aclarar ideas, como crítica o comprobación de la solidez o de los problemas, fallos o límites de esas ideas, como herramienta creativa que provoque el pensamiento innovador para la generación de nuevas ideas, o como herramienta didáctica para facilitar la comprensión y asimilación de conceptos.

La argumentación deductiva comienza con axiomas o reglas generales e infiere lógicamente teoremas, quizás con el apoyo de hipótesis o lemas auxiliares; la argumentación inductiva comienza con datos concretos y los analiza en búsqueda de regularidades o patrones generales o universales. El pensamiento completo y consistente no puede basarse sólo en ideas abstractas ni tampoco sólo en la acumulación desestructurada de datos o casos concretos: es necesario usar ambos de forma complementaria y conectarlos en la medida de lo posible mediante deducciones, inducciones y adducciones (metáforas o analogías entre diversos ámbitos).

Los ejemplos concretos pueden ayudar a entender qué se quiere decir cuando se utilizan términos problemáticos con diferentes interpretaciones posibles como justicia, libertad, democracia, agresión, etc. Los principios generales sirven como referencia general compartida y son destilados o resúmenes de lo esencial y común a múltiples casos: es muy difícil e ineficiente almacenar y buscar en la memoria de forma individualizada una gran cantidad de casos concretos posibles; es más económico comprimirlos, comprenderlos, aprender algo de ellos, establecer relaciones, abstraer lo relevante e ignorar lo accesorio, construir modelos útiles, descriptivos, explicativos y predictivos.

Según un dicho, que puede tener algo de verdad, los más mediocres intelectualmente hablan de personas, los algo más inteligentes hablan de hechos, y los más sabios hablan de ideas: los hay que cotillean (enfatizan individuos específicos, normalmente próximos o famosos), otros producen o leen historia (con personajes principales y hechos concretos pero también fuerzas o tendencias impersonales), y los científicos y los filósofos generan, estudian y critican teorías (que pretenden ser universales, completas y correctas). La mente más típicamente racional puede valorar más la teoría elegante y simple, el concepto abstracto, la ley universal, que el humilde caso específico con múltiples detalles problemáticos, el análisis empírico y la historia con sus complicaciones, múltiples factores involucrados y diversas interpretaciones posibles.

Al no considerar la realidad concreta e histórica, la mente que sólo razona en abstracto corre el riesgo de construir teorías falsas, incorrectas o irrelevantes, pero creerlas ciertas (autoengaño, sesgos de confirmación) y asumir que son muy importantes y completas (no hay nada más que resulte interesante). También es posible utilizar ejemplos pero sólo de forma sesgada para reforzar la teoría: sólo se mencionan casos en los que la teoría funciona, y no se ofrecen casos problemáticos, quizás porque no se buscan o no se conocen (o de forma deshonesta, ocultándolos cuando se sabe que existen). El individuo se siente satisfecho con su teoría aparentemente simple y perfecta y evita la incomodidad de enfrentarse al lío que es el mundo real.

En contraposición a la racionalidad extrema e ingenua, muchas personas prefieren y asimilan mejor los relatos históricos con personajes, problemas, conflictos y soluciones con carne y hueso: la moral suele enseñarse mediante historias, cuentos, parábolas, mitos, leyendas, con arquetipos o ejemplos canónicos que personifican lo bueno y lo malo, lo aceptado y lo rechazado; las virtudes y los vicios se transmiten con personajes ejemplares a quienes imitar o evitar repetir su conducta. El oyente o lector debe extraer por sí mismo el principio fundamental de la historia, el mensaje del autor, la enseñanza, la moraleja. Quizás así siente que participa voluntariamente en el proceso de construcción del conocimiento moral, que no es algo que le imponen desde fuera mediante un razonamiento abstracto sin emociones y tal vez difícil de dominar.

Los casos concretos pueden enfatizar aplicaciones prácticas de conceptos (éxitos y fracasos en administración de empresas y políticas públicas; ejemplos de obras de arte o de ingeniería y arquitectura) e incidir en la importancia de los detalles, de los datos iniciales y de contorno (la información posiblemente dispersa y no articulada).

La tensión o complementariedad entre ideas y casos aparece frecuentemente en los ámbitos jurídico, moral y ético. En algunas tradiciones jurídicas evolutivas los casos son esenciales porque las resoluciones se basan en la búsqueda de precedentes que constituyan jurisprudencia: se busca la consistencia entre casos equivalentes, y las soluciones deben emerger gradualmente desde abajo a partir de los problemas prácticos reales y las soluciones encontradas o propuestas por múltiples jueces o árbitros. Otras tradiciones más racionales o constructivistas se basan en legisladores supremos que desde muy arriba producen leyes fundamentales o constituciones que deben servir como metanormas que guíen las leyes y reglamentos más concretos y aplicables.

La ética o filosofía moral intenta apoyarse en principios abstractos de validez universal, imparciales, sin prejuicios, que ningún agente racional pueda rechazar. Sin embargo las normas abstractas o principios éticos no pueden hacer todo el trabajo porque les falta concreción histórica: cómo se delimita la propiedad, cómo se adquiere y cómo se abandona, dónde están los límites de una agresión, qué pena concreta aplicar a cada falta, delito o crimen, son asuntos que deben ser detallados para ser aplicables mediante tradiciones, costumbres, leyes positivas o resoluciones judiciales concretas que pueden ser diferentes en distintos contextos sociales.

En psicología moral se utilizan casos típicos y estandarizados para estudiar de forma empírica (observación de la actividad cerebral, de las elecciones o de las declaraciones verbales de los sujetos) cómo reaccionan y argumentan las distintas personas en diferentes circunstancias ante algunos dilemas morales (intuiciones, emociones y sentimientos morales y racionalizaciones justificativas): dos hermanos cometen incesto de forma mutuamente satisfactoria y sin posibilidad de embarazo; una persona utiliza una bandera nacional vieja como trapo de limpieza; una persona se come a su mascota muerta; cuánto hay que pagarte para que cometas algún acto desagradable o inmoral (comer algo asqueroso, hacer daño a un ser querido, torturar a un inocente indefenso). Algunos casos son especialmente populares o incluso clásicos de la filosofía moral (para explicar o criticar diversas ideas como el utilitarismo, la deontología, el liberalismo): náufragos que recurren al canibalismo; el conductor de un tranvía que debe decidir qué hacer de modo que mueran una o cinco personas; el médico que puede salvar a cinco pacientes matando a uno; el niño que se ahoga y al que puedes salvar pero estropeando ropa muy cara y perdiéndote una importante entrevista de trabajo; el individuo que puede hacer lo que quiera sin que los demás lo descubran; la persona que debe decidir si mentir o no a un asesino.

Los casos utilizados para pensar la filosofía moral pueden tener diversos atributos: reales (típicamente conflictos legales) o imaginarios; realistas o poco realistas; frecuentes o infrecuentes (probables o improbables); importantes o poco relevantes (para uno, pocos, muchos o todos); simples o complejos; con ideas claramente separadas e independientes o mezcladas. Algunos casos son situaciones límite, bien por estar en una situación extrema (un máximo o un mínimo de algo, una cuestión de vida o muerte) o por implicar alguna situación de transición (de niño a adulto). Un caso que pretenda ser útil no debe confundir al mezclar ideas que pueden separarse: por ejemplo involucrando niños, que tienen su propia problemática, con otros asuntos independientes como los contratos, su exigencia normativa y su reversibilidad o no.

En el ámbito de la ética de la libertad aparecen con cierta frecuencia casos que pueden resultar atractivos o llamativos por su extravagancia o morbo o porque parece que implican alguna paradoja o problema irresoluble; estos casos en ocasiones son muy poco realistas e improbables, pueden estar mal analizados (a menudo la solución es trivial y el no verla refleja que no se entiende bien la teoría) y distraen la atención de otras situaciones mucho más pedestres y ordinarias pero frecuentes, probables e importantes (al menos de forma agregada) para muchas personas (problemas de molestias, olores, suciedad, ruidos, atascos, sufridos de forma repetida por gran cantidad de personas). Se repiten casos de desastres (náufragos, perdidos en el desierto casi muertos de hambre o sed), situaciones estrambóticas y absurdas (alguien atrapado en su casa porque está rodeado por propiedades ajenas y no le dejan salir), dilemas sobre violar normas para evitar males mayores (robar una pistola para parar a un asesino de masas), y situaciones de mala ciencia ficción (un asteroide matará a todos los humanos salvo que lo soluciones con una pequeña acción prohibida como robar algo de dinero).

Algunos consejos para los interesados o preocupados por esta casuística extravagante. Si necesitas robar algo para salvar tu vida en una situación extrema y excepcional, roba y luego paga la multa, pero no pretendas que tenías derecho a hacerlo, que no has hecho nada malo; y pregúntate cómo has llegado hasta allí (qué haces en medio del desierto y llegando a la única fuente de agua a la que en principio no tienes derecho, qué riesgos has asumido, por qué no te has asegurado la ayuda necesaria de antemano, por qué no pides ayuda en lugar de exigirla). Si te encuentras atrapado en un lugar y no puedes salir porque no eres dueño del camino necesario o no tienes derecho a utilizarlo, primero plantéate que igual estás soñando porque esto parece más una pesadilla que algo real; luego intenta adquirir ese derecho (consejo: sube el precio ofrecido), pregúntate a ti mismo cómo has llegado a esa situación (quizás ha sido culpa tuya por tonto al no garantizarte los derechos de paso), y en situación límite y si te vas a morir de hambre o sed simplemente avisa de que vas a atravesar una propiedad ajena para solucionar tu problema y que luego pagarás la indemnización correspondiente. Si crees que una pequeña acción, permitida o prohibida, puede evitar que un asteroide elimine a toda la especie humana, necesitas revisar en profundidad tu conocimiento de la realidad y tu capacidad de pensamiento y argumentación.

Dejo las soluciones a otros aparentemente irresolubles dilemas como ejercicio para los lectores: a menudo basta con un poco de sentido común. Vas perfectamente trajeado a una entrevista de trabajo a la que llegas justo de tiempo y que no se puede aplazar, y te encuentras a un niño a punto de ahogarse en un estanque: ¿qué haces? Puedes evitar una matanza, pero para detener al asesino debes tú mismo robar un arma: ¿qué haces?

PS:

El estudio de casos éticos concretos puede y suele considerarse como la ejecución de experimentos mentales. Esto puede confundir a la gente al creer que están haciendo experimentos que sirvan para comprobar o rechazar una teoría igual que en ciencias naturales las hipótesis se filtran mediante los experimentos en el mundo real. El problema es que el experimento mental sigue siendo solamente actividad mental: no hay una observación del mundo exterior a la mente. Igual que la mente puede engañarse o confundirse con la teoría, también puede hacerlo con el análisis del caso concreto; y quizás puede hacerlo más porque los casos concretos pueden incluir elementos irrelevantes o factores dramáticos.

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¿Podamos? ¡Podemos!

11/11/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Algunas hojas del árbol social están cayendo o están siendo cortadas por podridas o corruptas. Estamos soltando lastre, librándonos de parásitos y sanguijuelas que nos chupan la sangre. Conviene continuar: no esperar a que caigan por sí solas, sino eliminar activamente las ramas muertas, viejas o secas que dificultan el crecimiento y el desarrollo.

Sin embargo mucha gente parece estar fijándose de forma parcial e incompleta en casos llamativos y se niega a ver el elefante en la habitación. El problema social no está solamente en unos pocos políticos o altos mandos corruptos o incompetentes, en una casta elitista que presuntamente lo controla todo y se reparte los despojos del poder. El problema más grave y fundamental está en el poder estatal en sí mismo y en todos aquellos, que son muchos, que prosperan gracias a él y viven impunemente a costa de los demás.

Podemos todas las castas depredadoras: las elitistas al mando y las populares que contribuyen al sostenimiento de las elitistas. Estas castas masivas también necesitan una profunda depuración. Conviene podarlas o reformarlas de forma radical para conseguir que de forma efectiva se pongan al servicio de los demás en una economía de mercado libre. No nos creamos sus muy repetidos e hipócritas eslóganes según los cuales ellos se sacrifican por el bien común: obliguémosles a hacerlo de verdad. Denunciemos a aquellos que denuncian a sus superiores políticos y les tachan de casta casi exclusivamente para despistar, para distraer la atención sobre su propia naturaleza de grupos de interés y presión.

Cuanto más importantes sean los servicios que prestan (como en la sanidad o en la educación) más importante es corregir sus múltiples ineficiencias y abusos. Privaticemos la sanidad y la educación, y si es necesario utilicemos cheques sanitarios o escolares para permitir que los receptores de los servicios actúen como consumidores soberanos capaces de controlar y disciplinar a los productores o proveedores.

Podemos el escaqueo sistemático de múltiples colectivos. Podemos la administración a todos los niveles de funcionarios apoltronados, pegados y apegados a su plaza en propiedad. Vigilemos y midamos con rigor su productividad y no nos dejemos engañar por sus posibles trampas para aparentar que están trabajando duro y bien. Exijamos transparencia, que actúen públicamente como auténticos servidores públicos.

Podemos los entes públicos que existen en beneficio de los allí atrincherados. Eliminemos las televisiones públicas.

Podemos los impuestos, el presupuesto, los gastos y la hacienda pública. Dejemos la renta y la riqueza en manos de sus legítimos propietarios, sus productores.

Podemos las subvenciones, los subsidios y las protecciones a los productores ineficientes. Podemos a los incompetentes o poco competitivos.

Podemos el corporativismo de todos los gremios que sólo buscan evitar la competencia y tapar sus vergüenzas.

Podemos las regulaciones que asfixian la libertad y matan la iniciativa empresarial innovadora y creativa.

Podemos la picaresca. Arranquemos de cuajo a todos aquellos que viven del cuento, del lloriqueo, del victimismo, de exagerar sus necesidades. Podemos a los sinvergüenzas y a los vagos.

Podemos la envidia y el igualitarismo coactivo.

Podemos la chapuza.

No añadamos más lastre al peso muerto que ya sufrimos. No institucionalicemos el derecho a vivir por la cara, simplemente por estar ahí, por existir, sin necesidad de ofrecer nada de valor a cambio de lo que se recibe.

Podemos las ideas disparatadas y falaces que se difunden desde tribunas universitarias fanáticamente politizadas e ideologizadas.

¿Podemos podar? ¡Podemos!


La psicología moral y el liberalismo

08/09/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Tradicionalmente los filósofos han pensado y discutido sobre ética o filosofía moral: desde diferentes escuelas (utilitarismo, consecuencialismo, deontología, ética de las virtudes, contractualismo, comunitarismo, liberalismo, iusnaturalismo, objetivismo) han argumentando, justificado o legitimado los valores, lo correcto, lo bueno, lo justo, las prohibiciones, los deberes y los derechos.

En contraste con la filosofía moral, la moderna ciencia de la psicología moral describe y explica cómo los seres humanos piensan y sienten el ámbito de la moralidad y por qué lo hacen así. Esta ciencia emplea diversas herramientas como la exploración de la actividad cerebral (neurociencia) durante determinadas tareas cognitivas con contenido moral, los experimentos de interacción estratégica entre individuos (juegos cooperativos o competitivos), o la observación de reacciones y su argumentación ante casos problemáticos, dilemas o paradojas morales.

La psicología moral estudia las semejanzas y diferencias entre sujetos según edad (bebés, niños, adolescentes, adultos, mostrando el desarrollo durante la vida del individuo), sexo, cultura, orientación política (conservadores, progresistas, liberales), religión (creyentes de distintas fes, ateos); son especialmente interesantes las disfuncionalidades o anormalidades cerebrales (por accidentes, patologías o intervenciones quirúrgicas) y las enfermedades mentales. También se estudian los orígenes de la moralidad en otros animales sociales, concretamente en ciertos primates (chimpancés, bonobos, gorilas).

La moralidad tiene componentes genéticos y culturales, naturaleza y entorno: instintos naturales heredados e influencias sociales adquiridas. La mente no es una hoja en blanco infinitamente moldeable sino que tiene predisposiciones innatas, algunas de ellas muy fuertes y difíciles de modificar o reprimir.

La moralidad es fundamentalmente emocional: se trata de sensaciones, emociones o sentimientos morales. La razón casi nunca es la fuente de las valoraciones éticas: los humanos primero tienen intuiciones morales (reacciones automáticas resultado de la actividad inconsciente del cerebro), y posteriormente argumentan y racionalizan para intentar defender su postura; el pensamiento desapasionado, imparcial o desinteresado es raro, y abundan los sesgos, los errores sistemáticos, el engaño (incluido especialmente el autoengaño) y la hipocresía. La argumentación ética es a menudo una cuestión de imagen, de reputación, de relaciones públicas, de estatus intelectual y social, de justificación propia y de manipulación de la conducta ajena.

La moralidad es una adaptación evolutiva que sirve para unir y coordinar a los miembros de un grupo cooperativo y para diferenciarlos y separarlos de individuos de otros grupos contra los cuales pueden competir (selección de grupo en evolución multinivel): no se daña y se ayuda a los miembros de la comunidad (familia, tribu, clan, nación); se ignora, se discrimina o se lucha contra individuos de otros grupos.

La moralidad opera en varios ejes o parámetros fundamentales que se calibran o modulan de forma diferente en los distintos individuos: daño/cuidado (no hacer daño; preocuparse por otros y ayudarlos, compartir, colaborar, fomentar el altruismo y reprimir el egoísmo); justicia (como igualdad o equidad en sus diversas alternativas, o como mérito por esfuerzo o resultados); lealtad (compromiso con el grupo, no traicionarlo, distinguir a nosotros de los otros, a los de dentro de los de fuera); autoridad (respeto y obediencia a los jefes y superiores responsables de la coordinación del grupo); pureza (lo sagrado, lo divino, los símbolos del grupo, lo impuro o tabú, el asco y la indignación); libertad/coacción.

La psicología evolucionista enseña que los humanos tienen mentes adaptadas a los entornos primitivos en los cuales se desarrollaron: grupos relativamente pequeños, cerrados, simples, estáticos, pobres. Algunas de estas adaptaciones pueden ser disfuncionales en entornos modernos: sociedades extensas, abiertas, complejas, dinámicas y ricas. El tribalismo moral y la oposición a los intercambios impersonales en los mercados pueden dificultar el progreso económico y la armonía social.

El liberalismo es una filosofía moral y política que se basa en la libertad como no violencia, agresión o coacción. No obliga a ayudar a nadie; es individualista y universalista, no distingue entre grupos ni exige lealtad ni obediencia a ninguna autoridad; no se ocupa de temas relacionados con la pureza o la divinidad. Por eso resulta extraño e incluso inaceptable para la mayoría de las personas con fuertes instintos tribales, que creen que ayudar es un deber ineludible, o que sienten fuerte asco o indignación ante violaciones de ciertas normas relacionadas con temas sagrados. Independientemente de si los liberales son buenos o malos vendedores de sus ideas, estas son muy difíciles de popularizar.

Referencias:

Jonathan Haidt, The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion

Joshua Greene, Moral Tribes: Emotion, Reason, and the Gap Between Us and Them

Paul Bloom, Just Babies: The Origins of Good and Evil

Michael Shermer, The Science of Good and Evil: Why People Cheat, Gossip, Care, Share, and Follow the Golden Rule

Matt Ridley, The Origins of Virtue: Human Instincts and the Evolution of Cooperation

Patricia Churchland, Braintrust: What Neuroscience Tells Us about Morality

Michael Gazzaniga, The Ethical Brain: The Science of Our Moral Dilemmas

Marc Hauser, Moral Minds: How Nature Designed Our Universal Sense of Right and Wrong

Robert Wright, The Moral Animal: Why We Are the Way We Are: The New Science of Evolutionary Psychology

Frans de Waal, Primates and Philosophers: How Morality Evolved

Richard Joyce, The Evolution of Morality

Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments

PS:

Larry Arnhart, Darwinian Natural Right: The Biological Ethics of Human Nature

Sam Harris, The Moral Landscape: How Science Can Determine Human Values

Simon Baron-Cohen, The Science of Evil: On Empathy and the Origins of Cruelty

Michael Shermer, The Moral Arc: How Science and Reason Lead Humanity toward Truth, Justice, and Freedom

Jonathan Haidt, The Happiness Hypothesis: Finding Modern Truth in Ancient Wisdom

Paul J. Zak, The Moral Molecule: The Source of Love and Prosperity


Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo

10/07/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Dentro del liberalismo existen a grandes rasgos tres escuelas o corrientes fundamentales de filosofía política: anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. Cada una defiende la libertad desde posiciones diferentes, en parte contradictorias pero también complementarias, con imperfecciones y limitaciones.

El anarcocapitalismo (anarquismo liberal, individualista, de mercado) se opone al Estado como institucionalización y monopolio de la coacción sistemática y defiende un orden social basado en el derecho de propiedad y el principio de no agresión: la seguridad y la resolución de conflictos pueden conseguirse mediante mecanismos de mercado libre a través de contratos con agencias privadas en competencia, sin exclusividad ni privilegios.

El anarcocapitalismo propone una justificación o fundamentación ética de las normas sociales de inspiración iusnaturalista o consecuencialista (o una combinación de ambas): las leyes legítimas aplicables a los individuos son universales, simétricas y funcionales. La única norma con estas características es el derecho de propiedad o principio de no agresión: la propiedad o dominio legítimo sobre los bienes se consigue mediante ocupación original (primer uso, colonización) e intercambios voluntarios; la fuerza contra otras personas sólo puede utilizarse para defenderse, para restablecer la justicia ante algún delito o crimen; las obligaciones y los derechos positivos sólo surgen mediante contratos libremente aceptados por las partes involucradas. Una sociedad libre es la que resuelve sus problemas sin iniciar la violencia y sin robos, mediante intercambios puntuales y acuerdos voluntarios.

El anarcocapitalista considera que el Estado, ineficiente, abusivo o corrupto en el uso del poder, no defiende la libertad y la propiedad sino que las viola sistemáticamente y es su peor enemigo: la legislación suele ser liberticida, los impuestos son robos y las guerras son matanzas injustificadas. A partir de los principios fundamentales argumenta cómo puede existir en la práctica la sociedad sin Estado, recuerda que no ha habido ningún contrato con cada individuo que legitime su sometimiento al poder estatal, y que los servicios o bienes públicos recibidos no justifican la obligación del pago de impuestos.

Los principales problemas del anarcocapitalismo son considerar la seguridad un bien económico como cualquier otro y obviar que existen ciertos bienes y servicios, como los espacios comunes y la defensa, que los grupos humanos suelen poseer, proporcionar y disfrutar de forma conjunta, lo cual puede implicar la necesidad de un gobierno centralizado. Además algunas normas que se perciben socialmente como legítimas no se aceptan explícitamente a nivel individual mediante contratos sino que surgen evolutivamente y se concretan en tradiciones y costumbres sociales: que un individuo no acepte una norma no implica automáticamente que esta sea ilegítima, y tal vez el grupo está justificado a obligar o expulsar a quienes la incumplen.

El minarquismo defiende un Estado limitado o mínimo necesario para las funciones de seguridad y vigilancia (defensa nacional frente al exterior, orden público interno) y para la provisión o gestión de otros bienes públicos (especialmente legislación, justicia, policía, relaciones diplomáticas, infraestructuras públicas): sin este gobierno mínimo imprescindible para la organización colectiva estable cualquier grupo humano dejará de existir como unidad autónoma, bien por desintegración por desórdenes internos (conflictos no resueltos por subjetividad, parcialidad o poder coercitivo insuficiente, guerra de todos contra todos) o por invasión y conquista desde fuera. El minarquista suele preferir jurisdicciones o unidades de administración pequeñas por su mayor eficiencia y por la facilidad de los individuos de cambiar de una a otra (voto con los pies).

El Estado es necesario para evitar y resolver conflictos internos y para actuar coherentemente como una unidad frente al exterior: pero como concentración del poder es una entidad peligrosa, tanto para sus propios ciudadanos como para los no miembros. El minarquismo intenta legitimarlo y limitarlo mediante algún acuerdo constitucional con normas que permitan dividir y restringir su poder (separaciones, contrapesos): sin embargo históricamente las limitaciones constitucionales han resultado ser poco efectivas ya que son endógenas (el Estado se vigila o supervisa a sí mismo).

El minarquismo tiene diversos problemas: no especifica cuál debe ser la extensión de cada Estado, qué individuos y territorios debe incluir o excluir y por qué; si se permite la secesión no está claro hasta qué nivel puede ejercerse; si la defensa ante agresiones externas es un problema grave, las unidades políticas pequeñas pueden ser ineficientes y tal vez tiendan a agregarse en unidades mayores (de ciudades a naciones e imperios); si la secesión no se permite, el minarquismo parece consistir en coaccionar al prójimo para participar en la defensa común contra potenciales enemigos más lejanos. Gran parte de la producción de leyes y su administración judicial es privatizable: no todas las normas tienen por qué ser iguales para todo el mundo, y las pactadas mediante contratos privados pueden utilizar mecanismos competitivos alternativos de vigilancia y arbitraje.

El problema esencial del anarcocapitalismo y del minarquismo es cómo definir o entender al Estado: si como un agresor ilegítimo o como la organización del gobierno o estructura de control de un grupo; si como un opresor unilateral privilegiado o como el resultado de un acuerdo que facilita la cooperación social. Ambas interpretaciones son posibles, y normalmente la realidad es compleja y contiene elementos de las dos (no necesariamente en la misma medida). El Estado es el monopolio de la fuerza y de la jurisdicción sobre un territorio y unos súbditos o ciudadanos: pero esto no es ilegítimo si las personas involucradas lo han pactado libremente así; normalmente no todos los individuos lo han aceptado voluntariamente, algunos porque no quieren participar de ese Estado, otros porque quieren un Estado diferente (más o menos liberal o intervencionista).

El evolucionismo aplicado a la filosofía política enfatiza la importancia de los órdenes espontáneos en los sistemas complejos adaptativos: pretende describir científicamente y explicar cómo funciona la sociedad en lugar de legitimar o justificar filosóficamente cómo debe hacerlo; advierte contra el racionalismo constructivista, contra la planificación coactiva centralizada, contra la ingeniería social; recuerda que la realidad es muy compleja, que el conocimiento humano es limitado y disperso, y que las cosas probablemente existen porque funcionan relativamente bien aunque no se entienda cómo o por qué. Las normas sociales no se producen mediante razonamientos reflexivos abstractos utilizando axiomas irrefutables y lógica deductiva, sino por evolución mediante generación de alternativas, rechazo de lo fracasado y retención de lo exitoso (prueba y error): los grupos mejor organizados tienden a desplazar a los peor organizados.

El evolucionismo es correcto pero incompleto: las normas son propuestas y aceptadas o rechazadas por los individuos según sus preferencias o intereses (dando mucha importancia a la reacción de los demás, al qué dirán, a la reputación o prestigio); las personas argumentan las leyes utilizando diferentes criterios de legitimidad o justicia; algunos grupos humanos pueden prosperar cooperando internamente para parasitar o depredar a otros.

Los liberales pueden incluirse en una de estas corrientes o tomar elementos de todas ellas: esto puede hacerse por motivos puramente intelectuales o por otras razones como querer dar una imagen de sí mismo y señalar la pertenencia a algún grupo (el anarcocapitalista radical, rebelde, contundente, extremista, lógico, consistente, idealista; el minarquista sensato, pragmático, realista; el evolucionista científico, descriptivo). Los problemas surgen de no querer o no poder ver las limitaciones, errores e imperfecciones de cada paradigma.


Manipulación moral vs. liberalismo

12/03/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los seres humanos actúan según sus preferencias y capacidades subjetivas, persiguen objetivos valiosos, asumen costes, tienen en cuenta normas de diversos tipos, se preocupan por su reputación, valoran de forma selectiva y limitada el bienestar de otros individuos y consideran las consecuencias de sus actos para los demás. Ciertos comportamientos se automatizan parcialmente como hábitos positivos o negativos: virtudes o vicios. Las personas valoran también las conductas ajenas y las juzgan según diversos criterios o principios. Una parte importante de la conducta humana sirve para influir sobre otros y así participar en el control de la acción ajena implantando valoraciones y reglas en sus mentes.

La moral (y su estudio como filosofía moral o ética) tiene que ver con estos tres ámbitos: valoraciones, reglas y hábitos. Los individuos tienen sentimientos morales que influyen sobre su conducta: promueven la cooperación y la ayuda mutua y defienden de parásitos y tramposos. Además las personas hablan y razonan sobre la moralidad, argumentan qué acciones y leyes están justificadas y cuáles son ilegítimas, si son compatibles o incompatibles con principios abstractos de alto nivel. El lenguaje moral fomenta ciertas conductas y rechaza otras.

Los debates morales pueden tener atributos propios de la auténtica exploración intelectual: objetividad, lógica, racionalidad, imparcialidad, uso de evidencia empírica. Sin embargo a menudo los moralistas ideológicos o religiosos, de izquierdas, derechas o centro, son hipócritas manipuladores con pocos escrúpulos o necios que fuerzan y distorsionan los razonamientos y cometen errores de argumentación para alcanzar conclusiones deseadas que convienen a sus intereses o preferencias particulares: mejorar su imagen pública, conseguir algún privilegio para algún grupo, mantener una estructura social opresora y a alguna élite en el poder. El sermoneo moral incluye diferentes variantes, desde el fanatismo intransigente, intolerante y radical hasta el buenismo tontorrón que sólo propone que seamos buenos y que lo que en el fondo importa es la actitud y la intención (y no los resultados).

Es común que preferencias, normas y hábitos se entremezclen y confundan en el discurso moral al hablar de valores. Se mencionan valores absolutos sin aclarar de qué se trata, si son normas inviolables o cosas que todo el mundo quiere sin importar los costes. Se repiten de forma acrítica múltiples obligaciones y prohibiciones sin explicar su origen y funcionalidad, o insistiendo en que están escritas, proceden de la divinidad o son por el bien común. Se le dice a la gente no sólo qué debe o no puede hacer, sino también qué debe o no puede querer, desear o preferir. Se afirma que algo es bueno o malo como si fuera un atributo objetivo, obviando a los agentes que lo valoran así o no, que lo aceptan o lo rechazan, que lo desean o no de forma subjetiva, relativa y dinámica. Se olvida que la acción se basa en preferencias relativas, no absolutas, porque siempre hay que asumir costes y renunciar a algo. Se dice que algo está bien o mal en lugar de afirmar que está permitido o prohibido.

Se recurre a grandes palabras sin aclarar su significado o forzándolo de forma demagógica: se equipara justicia a igualdad, normalmente de resultados y no ante la ley; se demoniza la desigualdad aunque esta pueda ser merecida; las desigualdades se presumen inaceptables sin indicar quiénes no son capaces de aceptarlas; se fomentan la envidia y el igualitarismo al tiempo que se promueven leyes desiguales con privilegios para algunos; se confunde libertad como ausencia de interferencia violenta en las decisiones con el poder efectivo o la disponibilidad de medios para actuar; se asegura que todo el mundo sabe que algo es bueno o malo, por lo cual no hace falta investigarlo o discutirlo; se insiste en que el principal valor ético es la solidaridad y esta se impone por la fuerza sin permitir que los individuos decidan a quién y cómo desean ayudar o no.

Se promueve la paz pero se roba sistemáticamente, denominándolo eufemísticamente redistribución. Se le dice a la gente que puede elegir pero que no puede discriminar sistemáticamente según determinados criterios. Se trata a los ciudadanos como niños incapaces de decidir algunas cosas por sí mismos, como qué sustancias introducir en su propio cuerpo, pero se les permite elegir a sus paternalistas gobernantes. Se asegura que algo es injusto cuando simplemente no gusta (justo es gusto). Se recurre a la indignación moral con completa desvergüenza simplemente para negociar mejores condiciones (el salario no es digno). Se critica al empleador, presunto explotador, y se beatifica sin más al empleado. Se deslegitima el ánimo de lucro como si los beneficios fueran malos y las pérdidas buenas. Se asegura que se actúa por el bien común y en servicio de todos mientras que se exige recibir más y entregar menos.

El liberalismo es impopular porque no busca halagar, trampear o engañar. Defiende normas universales, simétricas e iguales para todos, y que sean funcionales, que sirvan para coordinar la sociedad, para permitir y fomentar el crecimiento y el desarrollo de los individuos, para evitar, minimizar o resolver conflictos. Libertad es no agresión y respeto al derecho de propiedad, es tolerancia y responsabilidad: no actuar violentamente contra lo que no te gusta, asumir las consecuencias de tus actos, pedir ayuda pero no exigirla, compensar los daños causados a otros. Derechos y deberes positivos surgen de los contratos voluntariamente acordados y no pueden imponerse a las partes no explícitamente interesadas.


Mario Vargas Llosa sobre los liberales

26/01/2014

Mario Vargas Llosa ha escrito un interesante y muy recomendable artículo sobre el significado del liberalismo.

Pero algunas de sus afirmaciones son problemáticas o erróneas.

En nuestros días, liberal y liberalismo quieren decir, según las culturas y los países, cosas distintas y a veces contradictorias. El partido del tiranuelo nicaragüense Somoza se llamaba liberal y así se denomina, en Austria, un partido neofascista. La confusión es tan extrema que regímenes dictatoriales como los de Pinochet en Chile y de Fujimori en Perú son llamados a veces “liberales” o “neoliberales” porque privatizaron algunas empresas y abrieron mercados. De esta desnaturalización de lo que es la doctrina liberal no son del todo inocentes algunos liberales convencidos de que el liberalismo es una doctrina esencialmente económica, que gira en torno del mercado como una panacea mágica para la resolución de todos los problemas sociales. Esos logaritmos vivientes llegan a formas extremas de dogmatismo y están dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación.

Habría sido muy informativo que Vargas Llosa diera algún ejemplo o nombre de estos “logaritmos vivientes” (¿se refiere a economistas con fuerte componente matemática?), extremistas dogmáticos, defensores de la “panacea mágica” del mercado, si es que en realidad existe alguno.

Menciona Vargas Llosa a

algunos gobiernos socialistas, como el de Felipe González en España o el de José Mujica en Uruguay, que, en la esfera de los derechos humanos, han hecho progresar a sus países reduciendo injusticias inveteradas y creando oportunidades para los ciudadanos de menores ingresos.

Sin embargo no explica qué entiende por derechos humanos, de qué injusticias se trata ni cómo se han creado esas oportunidades: tal vez ha sido a costa de otras oportunidades y de la libertad de los mismos u otros ciudadanos. Los “socialistas” hacen progresar a sus países cuando no son realmente socialistas.

Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada.

Un valor puede entenderse como una preferencia o como una norma. El liberal prefiere la libertad como principio ético y de organización política frente a otras ideas como la igualdad o la solidaridad. Como norma suprema, la libertad significa que solo las agresiones contra la propiedad privada y el incumplimiento de los contratos deben estar prohibidos y sancionados.

Lo de que la libertad es una e indivisible suena muy bonito y grandilocuente. Sin embargo la libertad es perfectamente divisible, y precisamente por eso puede hablarse de libertad política, económica, social, cultural, religiosa, sexual, personal… Es posible no violar ninguna, violar una, algunas o todas. Las leyes liberticidas suelen prohibir cosas más o menos concretas y no todo a bulto. Tal vez la violación de la libertad en un solo campo ponga en peligro a la libertad en todos los demás, pero esto sólo es una posibilidad y no una necesidad.

Los liberales creen que el Estado pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades públicas.

Más que creerlo, los liberales lo saben. Con todas las limitaciones que pueda tener el conocimiento humano, pero no se trata de una mera opinión o creencia sin fundamento teórico o empírico.

La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica sino en estrecha colaboración con la sociedad civil.

¿La educación y la salud competen al Estado? ¿Por qué esos ámbitos sí y otros no? ¿Las pensiones y la dependencia no competen al Estado?

Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el sistema democrático.

Totalmente cierto. Pero los esclavos y oprimidos podían desear reformas rápidas aunque provocaran todos esos problemas. Tal vez los frustrados y culpables de los desórdenes son parásitos liberticidas temerosos de perder sus privilegios y lo mejor que puede hacerse es reconocerlos como tales, denunciarlos y enfrentarse a ellos.

Tolerancia quiere decir, simplemente, aceptar la posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.

Esta tolerancia epistémica frecuentemente mencionada en realidad tiene poco que ver con la auténtica tolerancia liberal, que consiste en permitir que otros hagan, en el ámbito de su propiedad, cosas que me disgustan y que un liberticida intentaría prohibir.

Es natural, por eso, que haya entre los liberales discrepancias, y a veces muy serias, sobre temas como el aborto, los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no hay verdades reveladas.

Sobre estos temas a menudo hay discrepancias porque se utilizan argumentaciones erróneas. También las hay porque algunos sólo son presuntamente liberales y su tolerancia flaquea en ciertos ámbitos (drogas, sexo).

Para los liberales no hay verdades reveladas simplemente porque no hay verdades reveladas. Lo que algunos defienden como verdades reveladas en realidad no son reveladas, y probablemente no son verdades (o porque son falsas o porque ni siquiera tiene sentido asignarles un valor de verdad).


El lenguaje antiliberal

28/04/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

A menudo se enseña a los niños a no mentir, porque la falsedad va contra la naturaleza de la comunicación, y no se les explica mucho más acerca de la funcionalidad del lenguaje. Algunos pensadores, poco conocedores de su naturaleza evolutiva, parecen creer que el lenguaje humano sólo sirve (o sólo debería servir) para describir con precisión, claridad y concisión la realidad y compartir información de forma imparcial y desinteresada. Bastantes personas ignoran cómo el lenguaje se utiliza para la manipulación.

El lenguaje es una herramienta cognitiva que sirve para la interacción, el acoplamiento, la cohesión y la coordinación social (saber qué hacer juntos y cómo organizar las tareas). Algunas teorías evolutivas del lenguaje explican que el lenguaje puede surgir en sujetos aislados que no necesitan coordinarse con otros individuos: pero incluso entonces su utilidad es la comunicación entre diversos subsistemas de la sociedad de la mente, que no pudiendo comunicarse internamente de forma directa dentro del cerebro lo consiguen mediante un área de memoria de trabajo común o incluso saliendo al exterior mediante la expresión verbal y volviendo a entrar mediante la audición.

El lenguaje permite la transmisión racional de información objetiva, expresando hechos verdaderos acerca del mundo real, pero esa no es su única función ni su aspecto principal. El habla es una acción y también un medio para la acción: al hablar el emisor actúa sobre los receptores, influye sobre ellos, altera su estado mental, provoca emociones y cambia su conducta.

Estas interacciones y sus efectos pueden ser inconscientes o involuntarios, como cuando un miembro de un grupo percibe una amenaza, siente miedo y emite un grito que alerta y asusta a los demás, que pueden prepararse o escapar. Conforme los animales se hacen más inteligentes y conscientes perciben las relaciones entre las expresiones verbales y los efectos que producen en los demás, aprendiendo a utilizarlas en su propio beneficio (en ocasiones mediante el engaño y la distorsión de los mensajes). El hablante se transforma en un persuasor o seductor, que intenta provocar diversas acciones de sus oyentes para así utilizarlos como medios para la obtención de sus propios objetivos. Los sujetos participantes en actos comunicativos también pueden aprender a defenderse de la manipulación ajena, no creyéndose todo lo que les dicen o sospechando intereses ocultos. La existencia del lenguaje origina una carrera de armamentos evolutiva, desarrollando progresivamente mejores habilidades para su uso y para la defensa ante su abuso.

Los agentes sociales deben resolver problemas de coordinación de sus acciones grupales y de gestión de la confianza para la cooperación. Al actuar como un todo el grupo necesita tener un objetivo común, una sintonía o coherencia que permita que los esfuerzos vayan en la misma dirección y se potencien o complementen mutuamente en lugar de interferir de forma destructiva. Esta meta puede ser propuesta por algún individuo que intenta convencer a los demás de la conveniencia o necesidad de realizar alguna acción; otras personas pueden tener otras ideas diferentes, posiblemente incompatibles, y cada uno argumenta de forma competitiva según sus preferencias y creencias.

Pero el lenguaje que manifiesta la argumentación puede ocultar los intereses reales de cada sujeto. Sea o no sincero el orador que intenta animar a una acción colectiva (su intención no declarada podría ser egoísta y no altruista como pretende), su discurso se refiere al bien común, al interés ajeno (todo es por el bien de los oyentes): habla en plurales colectivos (debemos, queremos) o con formas impersonales (hay que, es necesario). El individuo puede fracasar en su intento de motivar y coordinar la acción social, pero al menos da una buena imagen de altruista interesado en los demás, un elemento en sintonía con el grupo.

Los grupos de interés se basan en alianzas que precisan fidelidad: los miembros necesitan emitir sistemáticamente mensajes que muestren su compromiso por la causa común. El individuo habla bien de su grupo no sólo para presentarse de forma positiva al exterior sino también para manifestar su adhesión. Los miembros de un grupo hablan para animarse y apoyarse mutuamente y para desacreditar a sus enemigos. Las ideas (por ejemplo las religiones), ciertas o falsas, sensatas o absurdas, sirven como cohesionadoras de los grupos, de modo que se fomenta la expresión de las creencias comunes y se penalizan los mensajes críticos que pueden perjudicar al grupo, especialmente si son ciertos.

La hipocresía es un rasgo natural en los agentes cooperativos que compiten por el estatus social. La comunicación sirve para hacer relaciones públicas, para presentarse ante los demás como un buen cooperador y así ganar el aprecio de los otros. La competencia por el estatus lleva a llenar el lenguaje de expresiones de buenos deseos hacia los demás, como los saludos rutinarios. Muchos mensajes sólo sirven para demostrar el reconocimiento y respeto hacia el otro, y estos hábitos se dan por supuestos, de modo que quien no los practica parece no ser neutro frente a los demás sino que aparenta desinterés y provoca emociones negativas, de rechazo. Aunque a menudo se mencionen sentimientos inexistentes, al no hablar de sentimientos parece que no se tienen.

La acción colectiva, especialmente a gran escala, a menudo implica algún perjuicio para otros (una típica actuación como un todo en los grupos es la guerra), sean miembros del propio grupo o de otros grupos. Los dirigentes simplemente declaran que sus actuaciones son por el bien común (o por el bien de los más débiles y necesitados) y no aceptan los deseos de los discrepantes de no participar: tal vez les dejan hablar o incluso votar, para desahogarse de forma inofensiva, pero no les permiten no contribuir una vez que el poder, sea en forma de mayorías o de minorías bien organizadas, ha decidido (la posibilidad de salida disminuiría drásticamente el poder de la acción colectiva). El crítico de la acción grupal, sea por escrúpulos ante la agresión contra otros o por ser víctima perjudicada, corre el riesgo de ser tachado de egoísta o traidor.

El lenguaje de las ciencias sociales, la descripción objetiva de la realidad humana, especialmente de hechos que cuesta asumir, resulta a menudo impopular, y se atiende más a los demagogos que apelan a las emociones, estimulan prejuicios enraizados y realizan bonitas promesas: la expresión de la preocupación por el bienestar ajeno suele importar más que el análisis intelectual de la realidad (porque son los intereses y las emociones, y no la búsqueda de la verdad, lo que en general mueve a la gente). Un parado puede ser técnicamente un trabajador potencial sin empleo a causa del intervencionismo estatal, pero resulta más evocativo presentarlo como un drama personal de angustia, incertidumbre y necesidad de ayuda.

El liberalismo enfatiza la no agresión y exige que la cooperación sea voluntaria y descentralizada pero no anima a ninguna cooperación concreta para ningún proyecto específico: algunos necios pueden acusarlo de promover la indiferencia, de defender privilegios de los poderosos o de estar a sueldo de intereses inconfesables. Es una filosofía política realista y sincera que no intenta ganar concursos de popularidad apelando constantemente a buenos sentimientos de solidaridad que casi siempre sirven para camuflar la coacción institucional.

El liberal puede intentar contrarrestar la demagogia colectivista y las tendencias liberticidas del uso del lenguaje de diversas maneras: explorar lo que no se dice, porque se calla intencionadamente (malicia) o porque no se piensa en ello (ignorancia); investigar las consecuencias de lo que se propone; llamar la atención sobre posibles estrategias de distracción de la atención; preguntar en nombre de quién se está hablando cuando se usan formas plurales, a quién pretende representar el orador (o es que no sabe hablar en primera persona); pedir precisión y concreción para evitar las vaguedades de términos que sólo se usan por sus connotaciones positivas o negativas; llevar más allá el mensaje lanzado, enfatizándolo aun más, para comprobar que es absurdo; preguntar sobre las acciones concretas que el sujeto está realizando por los demás, el ejemplo que debería estar dando ya que muestra tantos buenos sentimientos y reclama que todos ayuden; indagar si el sujeto pretende ser un desapasionado analista científico o un activista o agitador interesado.