La estabilidad de la banca

31/12/2011

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Algunos críticos de la banca libre argumentan falazmente que el negocio bancario requiere supervisión y garantías estatales para evitar una presunta inestabilidad intrínseca. Según ellos la teoría de juegos muestra que respecto a los depósitos bancarios existen dos equilibrios o soluciones estratégicas posibles: uno en el que todo el mundo mantiene su dinero depositado en el banco, pensando que todos los demás van a hacer lo mismo; y otro en el cual todo el mundo corre a retirar sus depósitos de los bancos porque cada individuo cree que todos los demás van a hacerlo también (corrida bancaria), haciendo quebrar todo el sistema.

Esta última posibilidad sería un ejemplo de fallo de mercado o acción colectiva irracional que habría que evitar mediante el intervencionismo estatal, concretado en un fondo obligatorio de garantía de depósitos que presuntamente calmaría a los depositantes y evitaría el colapso del sistema bancario. Otra herramienta adicional sería un banco central dispuesto a actuar como prestamista de última instancia para bancos con problemas de financiación en el mercado.

Este pésimo argumento asume que la banca necesariamente debe descalzar plazos (recibir prestado a corto plazo y prestar a largo plazo), operar con un fondo de maniobra negativo y ser esencialmente insolvente al no poder pagar a sus acreedores si todos reclaman simultáneamente el cobro de sus deudas. Pero esto es una práctica malsana que está en la raíz de las expansiones insostenibles del crédito y los ciclos económicos, y no conviene mantenerla con presuntas garantías imposibles de cumplir sino eliminarla mediante la libertad y la competencia. En realidad es el intervencionismo estatal en materia monetaria y bancaria lo que genera un sistema financiero altamente inestable. La banca libre puede operar de forma estable con prudencia y sin descalce de plazos.

Un cliente mantiene una cuenta corriente en un banco si valora los servicios que recibe más que sus costes, teniendo en cuenta los riesgos de los posibles impagos que implica cualquier deuda. El cliente que cierra su cuenta en un banco renuncia a sus diversos servicios, fundamentalmente de cobros y pagos, los cuales deberá realizar de otra manera: en efectivo o mediante otro banco.

Un banco puede ser prudente o asumir riesgos excesivos (ser solvente o no serlo), y un cliente puede confiar en un banco o no (de forma justificada o injustificada). Un cliente que confía en un banco solvente simplemente mantiene su relación con el mismo; un cliente que deja de confiar en un banco solvente puede abandonarlo, pero entonces pierde una posibilidad de relación comercial mutuamente beneficiosa; un cliente que confía en un banco insolvente está contribuyendo a mantener un sistema financiero nocivo e inestable y está asumiendo riesgos que probablemente le supondrán alguna pérdida; un cliente que desconfía correctamente de un banco insolvente retira sus depósitos, y si muchos lo hacen así obligan al banco a corregir su conducta o quebrar.

En el extraño caso de que ocurriera un pánico contra un banco solvente, todos los depositantes podrían recuperar su dinero si así lo reclamaran: el banco podría demostrarlo haciendo públicas sus cuentas y balances, mostrando que sus activos respaldan adecuadamente a sus pasivos (con lo cual seguramente frenaría la retirada de depósitos), o simplemente haciendo frente a las reclamaciones de pago de quienes quieran liquidar sus cuentas.

Los pánicos generalizados normalmente sólo se realimentan si hay algo de verdad detrás del miedo: si un banco es insolvente, no todos los acreedores podrán recuperar todos sus préstamos, y es racional que los depositantes intenten retirar su dinero los primeros, ya que si lo consiguen lo recuperarán por completo, pero si se declara la suspensión de pagos o la quiebra seguramente deban asumir alguna espera o pérdida.

La insolvencia de un banco, o de todo un sistema bancario, no es un evento aleatorio del cual sea posible protegerse mediante algún tipo de seguro. Los fondos de garantía de depósitos son engañosos, hacen creer a los depositantes que su dinero está garantizado cuando en realidad no es así: no existen fondos ni activos suficientes en reserva, y si todos los depositantes realmente reclamaran sus deudas de un sistema insolvente, entonces los bancos quebrarían o las autoridades aplicarían diversos mecanismos de represión financiera (impagos, limitaciones de retirada de efectivo, corralitos).

Las crisis bancarias han sido más graves desde la implantación obligatoria de los fondos de garantías de depósitos: los depositantes se desentienden de su obligación de vigilar la prudencia de las entidades con las que operan, y los supervisores estatales no tienen ni la información ni los incentivos adecuados para controlar eficazmente la banca.

Un banco con problemas puede intentar refinanciarse atrayendo nuevos depositantes o emitiendo deuda o acciones en los mercados de capitales, los cuales determinan si se trata de un negocio viable o si debe quebrar. Un prestamista estatal de último recurso genera riesgo moral (los bancos asumen más riesgos de los debidos al disponer de garantías implícitas o explícitas de salvamento), politiza la decisión de quién debe sobrevivir (y a qué coste), y socializa las pérdidas del negocio bancario (por los costes que le supone al banco central mantener reservas monetarias o por la inflación a la que debe recurrir en el caso de no disponer de ellas).


El dinero interno bancario

16/12/2011

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Un banco puede producir dinero interno: billetes de banco y depósitos a la vista que sus clientes y otros agentes pueden utilizar como medios de pago en vez del dinero en sentido estricto (dinero externo, bien mercancía de aceptación generalizada como las monedas de oro y plata).

El dinero en sentido estricto es un activo financiero que no es pasivo de nadie más. Los complementos o sustitutos monetarios, billetes y depósitos, son pasivos emitidos por el banco, promesas de pago o deuda a la vista que dan derecho a su tenedor para reclamar el cobro de dinero mercancía en sus sucursales en cualquier momento. Un billete es un documento al portador que puede ser intercambiado o negociado sin notificarlo al banco, mientras que un depósito es un apunte contable (en la cuenta de un cliente concreto) gestionado por el propio banco, y cuya modificación o transferencia requiere algún tipo de comunicación al banco (cheque, aviso de domiciliación de recibos, solicitud de transferencia, tarjeta de débito).

Los billetes y depósitos no tienen valor en sí mismos sino que dependen de sus referentes (el dinero externo y los activos líquidos que los respaldan) y son medios fiduciarios porque se basan en la confianza de los usuarios y la reputación de los emisores: la aceptación de una promesa de pago como medio de intercambio (monetización de deuda) depende de la confianza que tenga el receptor en que esa promesa podrá ser cobrada en dinero sin pérdida o transferida a otro agente que a su vez la acepte como medio de pago por su valor nominal (sin descuento). Puede haber algún descuento por desconfianza o por costes de transacción para convertir el billete en dinero (distancia a una oficina bancaria, cada banco tiene un ámbito geográfico limitado).

El que un cliente opere con un banco demuestra que confía en él: los pagos y cobros entre clientes de un mismo banco se producen mediante entrega de billetes de ese banco o mediante transferencias contables internas. Los intercambios entre clientes de bancos distintos pueden llevarse a cabo de forma semejante si ambos bancos son fiables y se sabe que cada uno acepta las promesas de pago del otro. Estos bancos pueden utilizar cámaras de compensación para gestionar la cancelación de deudas compensables y saldar las cuentas mediante transferencias de dinero externo.

La aceptación o rechazo de promesas de pago de un banco se realiza en dos niveles: por los agentes individuales que las usan o no, y por otros bancos que llegan o no a acuerdos comerciales de mutua aceptación de sus pasivos a la vista. Estos dos niveles están conectados: a un banco no le interesa llegar a acuerdos con otro de mala reputación entre sus clientes (reales o potenciales), y los agentes individuales no aceptarán promesas de pago de otros bancos si su propio banco no les garantiza su cobro. Los billetes y depósitos de bancos menos fiables o peor asociados con otros bancos establecidos tienen más dificultades para circular a la par. Las asociaciones entre bancos establecidos pueden utilizarse para restringir la competencia y dificultar la aparición de nuevos bancos.

La confianza no es un fenómeno psicológico caprichoso o arbitrario, sino que suele estar basada en fundamentos reales. Un banco prudente y con buena reputación tiene un balance ajustado con activos que se corresponden en plazo y riesgo con sus pasivos. Para poder atender a sus obligaciones de pago de sus billetes y depósitos a la vista (pasivos de plazo cero o mínimo) un banco necesita disponer de reservas monetarias (dinero externo) y activos líquidos (seguros, a corto plazo, de valor estable, con buenas garantías o colateral y negociables con facilidad y rapidez). La distribución concreta de reservas y activos es una decisión empresarial que depende del conocimiento profesional del negocio y sus circunstancias concretas.

El sistema bancario puede estar parcialmente jerarquizado y centralizado: además de aceptarse o no sus respectivas promesas de pago, los bancos pueden tener diversas relaciones entre sí, por ejemplo prestándose dinero unos a otros; un banco puede utilizar como activo el pasivo de otro banco (billetes o depósitos); no todos los bancos emiten sus propios billetes, y los bancos locales más pequeños pueden operar con los billetes de otros bancos más grandes y globales; algunos bancos pueden especializarse en prestar a otros bancos o custodiar sus reservas de liquidez (son bancos de bancos, unos bancos tienen cuentas abiertas en otros bancos).