Día de la mujer: poca libertad

09/03/2017

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La causa de la libertad de la mujer es parte de la causa más amplia de la libertad en general. El liberalismo defiende los derechos y deberes de la mujer igual que los del hombre porque son los mismos: libertad, propiedad, no agresión (y compensación por las agresiones sufridas), y cumplimiento de los contratos voluntariamente pactados; lo que no acepta es derechos especiales o privilegios de unos a costa de otros. La igualdad ante la ley que respete la libertad individual y los derechos de propiedad ya incluye los derechos de las mujeres como idénticos a los de los hombres, porque el género o sexo son irrelevantes para el carácter de sujeto ético.

De forma variable según los diferentes grupos humanos, las mujeres han sido y son víctimas relativamente más frecuentes o sistemáticas de agresiones, discriminaciones, prohibiciones u obligaciones contrarias a la libertad: asesinatos, violaciones, abusos sexuales, mutilación genital, diferentes derechos civiles o políticos, subordinación coactiva a los hombres. Estas mujeres tienen derecho a reclamar su libertad y a quitarse de encima a sus opresores, posiblemente con ayuda de otras personas que quieran solidarizarse con ellas. Sin embargo ninguna persona tiene ningún derecho a exigir nada a quienes no las han agredido ni son responsables de sus problemas, y algunas personas pueden hacerse las víctimas sin serlo en realidad para de este modo conseguir simpatías y ventajas.

Muchas agresiones contra la mujer son directamente responsabilidad de ciertos Estados más o menos autoritarios, y en otras el Estado burocrático y funcionarial (policía, justicia) muestra su incompetencia para defenderlas. Muchas situaciones de pobreza, que afectan más intensamente a las mujeres, se deben al carácter nocivo de ideologías colectivistas, socialistas y comunistas. Por otro lado algunos Estados discriminan de forma ilegítima a favor de las mujeres, con obligaciones como cuotas o leyes de paridad.

En el Día Internacional de la Mujer han abundado las declaraciones solemnes, altisonantes, grandilocuentes; lo políticamente correcto, la indignación moral, la protesta reivindicativa, la pose progresista y el feminismo colectivista e intervencionista; las declaraciones de solidaridad sin asumir ningún coste real; el postureo, la superioridad moral, el aplauso a uno mismo y a los de mi cuerda, las señales de lealtad y pertenencia al grupo, los intentos de mejorar la propia reputación y el estatus social estando a favor del bien y en contra del mal; los guiños a las mujeres para caerles mejor y quizás así ligar más. Se ha reclamado igualdad, pero no ante la ley, sino mediante la ley. Han escaseado la libertad y la inteligencia, y ha habido poca o nula defensa de la responsabilidad y la tolerancia: los culpables siempre son otros y el razonamiento económico correcto ha brillado por su ausencia.

Se han metido en un mismo saco cuestiones tan diferentes como los piropos (“acoso callejero”), los “micromachismos” de moda, los asuntos económicos (la falaz brecha salarial o de ingresos), y crímenes muy graves como las violaciones, la esclavitud sexual o los asesinatos. Se ha insistido en afirmar que todo son cuestiones meramente culturales o socioeconómicas (el patriarcado, el heteropatriarcado), ignorando realidades biológicas y olvidando mencionar que países tan avanzados como los escandinavos tienen cifras comparables de asesinatos por violencia de género.

Se ha reclamado igualdad en las tareas domésticas y de cuidado de dependientes como si fuera un problema colectivo cuando se trata de un asunto que cada familia puede y debe resolver por sí misma: si una mujer no está de acuerdo con la contribución de su pareja (o del resto de la familia), puede abandonarlo y buscar a otro (escogiendo mejor esta vez), proponer algún acuerdo contractual sobre la distribución del trabajo doméstico, o exigir algún tipo de compensación a cambio de su mayor dedicación. Conviene recordar que la división del trabajo y la especialización son estrategias de optimización de recursos que tienden a incrementar la eficiencia y la productividad, y que algunas personas pueden trabajar menos en casa porque trabajan más fuera de casa o aportan más dinero al hogar.

Es interesante observar cómo las críticas en este ámbito suelen ser a bulto, al hombre en general y no a alguno concreto en particular con nombres y apellidos: casualmente los familiares o parejas de las denunciantes casi siempre parecen estar exentos de culpa o al menos no son mencionados, de modo que los malos deben de ser otros; o quizás se trata de críticas a ellos pero sin atreverse a señalarlos con el dedo.

Se ha insistido en que es injusto que las mujeres no puedan desarrollar su trabajo y su carrera profesional en igualdad de condiciones con los hombres por los problemas de las cargas familiares (embarazo y cuidado de niños): pero la justicia compatible con la libertad consiste en que las reglas sean las mismas para todos, no que los resultados o las circunstancias personales sean todos iguales. Las diferencias biológicas y psicológicas existen pero no son injusticias. En una sociedad libre nadie está obligado a reproducirse ni a financiar la reproducción de los demás: quien quiere tener hijos asume sus costes y sus consecuencias y no pretende que son un bien público que debe ser subvencionado.

Se ha hablado de compensar económicamente el trabajo doméstico de las amas de casa, obviando que este se hace para uno mismo o sus allegados y no para la sociedad en su conjunto. Si uno quiere un sueldo por esta labor, que se lo pida o exija a sus directos beneficiarios y que no busque desvergonzadamente una subvención a costa de todos los demás. Si lo que quieren es reconocimiento, pues muchas gracias.

Se han criticado las actitudes o declaraciones verbales machistas, que existen, pero estas frecuentemente no son agresiones delictivas sino meras groserías, valoraciones particulares o ideas falsas o arbitrarias de descerebrados o maleducados que muchos rechazan (“el hombre es superior a la mujer”, “la mujer debe quedarse en casa y obedecer al hombre”). En lugar de fomentar la hipersensibilidad tal vez convendría aprender algo de imperturbabilidad, o quizás recurrir a la burla y al repudio social (lo que entraría en conflicto con que todo el mundo es bueno, honorable o digno).

Se ha hablado de violencia machista o de género cuando (salvo en las violaciones) no se trata de hombres que maltraten, ataquen o asesinen mujeres al azar simplemente porque son mujeres, sino que son crímenes pasionales específicos, agresiones dirigidas a sus parejas afectivas por problemas de celos patológicos, infidelidades o rupturas de la relación. Se trata de situaciones difíciles de resolver por la dependencia económica, por el miedo a represalias, por la vergüenza de reconocer el fracaso de la relación, por la baja autoestima y por la toxicidad de muchas relaciones de dependencia psicológica.

El maltrato físico a una mujer es claramente una agresión, y el asesinato de una mujer es un crimen muy grave, del mismo modo que el maltrato físico a un hombre es una agresión y el asesinato de un hombre es un crimen muy grave. En el ámbito de las relaciones de pareja estos delitos o crímenes suelen ser perpetrados de forma muy mayoritaria por el hombre contra la mujer porque este tiende a ser más fuerte y violento que aquella, más débil y vulnerable. Para reducir estos crímenes hace falta menos postureo y más soluciones eficaces: mejor vigilancia y quizás sanciones más graves para los agresores (teniendo en cuenta que en los crímenes pasionales los desincentivos penales pueden ser muy poco efectivos). Estas soluciones pueden ser muy complicadas por la naturaleza íntima del hogar y de las relaciones de pareja: existe la posibilidad de fallar en ambos sentidos, no protegiendo adecuadamente a víctimas potenciales o condenando a inocentes (por las posibles denuncias falsas, cuya inexistencia o irrelevancia no ha quedado demostrada).

Se ha denunciado que el número de víctimas de estos crímenes es inaceptablemente alto, que una sola víctima ya es demasiado, y que se trata de un problema que afecta o debe concernir a todos. Obviamente para las víctimas y sus allegados esto es un problema muy grave. Sin embargo estos problemas son localizados, la mayoría de la sociedad no los sufre directamente, y las posibilidades de ayudar son limitadas e imperfectas. Las campañas de sensibilización suelen ser poco realistas y efectivas y sirven más como señal de superioridad moral.

Se ha criticado la cosificación de la mujer como adorno u objeto sexual, el uso de mujeres atractivas como reclamo en publicidad, eventos deportivos o programas de televisión. Les disgusta que mucha gente preste atención al físico de las mujeres, lo cual tiene una explicación psicológica evolutiva que se ignora o rechaza (señal de salud y aptitud biológica), asegurando que la “tiranía de la imagen” es algo meramente cultural y socioeconómico. Sin embargo no se trata de que la publicidad pervierta las preferencias de hombres y mujeres para vender productos de belleza, sino que se reconocen una preferencias naturales y se ofrecen medios para satisfacerlas.

Estos críticos menosprecian a las mujeres que quieren sacar partido de su belleza con algún trabajo como modelo, para el cual la imagen suele ser muy importante. En realidad no todas las mujeres son vistas como objetos sexuales o decorativos, sino que esto es función de su atractivo físico y sexual: como no todas lo son igualmente, quizás estos ataques contengan algo de envidia inconfesable o de mecanismo para limitar o prohibir la competencia en este ámbito (si no puedes ganar, que nadie juegue). Por otro lado también hay hombres objeto que triunfan por su atractivo físico, y las mujeres tienden a preferir en los hombres atributos parciales como riqueza, poder, éxito y estatus.

Se ha repetido de forma acrítica el topicazo de la brecha salarial, a menudo asegurando con nulo rigor que las mujeres cobran mucho menos por el mismo trabajo en las mismas condiciones, lo cual es empíricamente falso y teóricamente paradójico: ¿a qué están esperando los empresarios ávidos de beneficios para contratar a todas estas mujeres más productivas, eficientes y competitivas que los varones? Cuando se desmonta este discurso se cambia de tema y se habla de brecha de ingresos: las mujeres y los hombres deben ganar lo mismo independientemente del valor que aporten, o deben ganar lo mismo como conjunto. También se ha criticado que la sociedad o el mercado no valoran adecuadamente la aportación laboral femenina, pero esto es simplemente un berrinche camuflado, la protesta carente de argumentos sólidos de quien no está de acuerdo con las preferencias ajenas.

Se ha insistido en que es un grave error económico el desperdiciar la mitad del talento de la población, como si esa mitad estuviera de manos cruzadas sin hacer nada, o como si el trabajo por cuenta ajena en el mercado laboral fuera siempre mejor idea que el trabajo doméstico. Se ha recordado que las mujeres tienen mayor educación pero ganan menos: quizás porque no han adquirido el capital intelectual más valorado en el mercado laboral, porque sus preferencias de ocupación profesional son diferentes a las de los hombres, o porque han desperdiciado el gasto en su educación. Es interesante que no se mencione la brecha en accidentes laborales mortales: adivinen qué sexo los sufre de forma casi total.

Se ha hablado de conciliación laboral, obviando que las rigideces a menudo proceden de la regulación estatal y del intervencionismo sindical. Se olvida que el trabajo consiste en servir a otros (empleadores, clientes), y que estos otros tienen algo que decir sobre cuándo y cómo desean ser servidos.

Algunos ejemplos:

Lidia Falcón, líder del feminismo español más antiliberal, y que aparentemente se cree dueña del movimiento, protesta contra “Las últimas perversiones del feminismo”:

… lo que desconcierta y desanima es comprobar cómo en este Primer Mundo, que disfruta de los avances que los movimientos sociales han alcanzado en siglos de cruentas batallas, un sector del MF, más desinteresado hoy de la lucha por la subsistencia, está derivando a defender reclamaciones que contradicen la esencia misma del feminismo.

Cuando reclamábamos el derecho al amor libre, vindicación que ha cumplido más de un siglo, no pudimos ni imaginar, ni nosotras ni nuestras heroicas antepasadas, pioneras de todas las luchas, que tal reclamación se pervirtiera de tal modo que se defendiera la prostitución como un trabajo aceptable, o incluso deseable, ignorando la degradación moral y la explotación económica que supone dicha esclavitud para las mujeres.

… un sector del feminismo ve con complacencia la explotación de las víctimas, haciendo una infame campaña a favor de legalizarla, montando incluso una Escuela de Prostitución en Barcelona…

… Cuando aún no hemos logrado abolir la prostitución y situarnos entre los países avanzados moralmente, nos encontramos con que unos sectores del movimiento LGTB defienden legalizar “los vientres de alquiler” Es decir, la mercantilización más absoluta del cuerpo de la mujer. Y como esa es una demanda del movimiento homosexual, predominantemente masculino, que tiene influencia en muchos de los partidos políticos, y dinero para financiar sus campañas, han logrado que la mayoría de ellos no se defina en contra, a la espera de ver cuántos votos logran.

Mariano Rajoy Brey, presidente del gobierno:

… en cada una de las decisiones que tomemos ahora, tenemos la oportunidad de hacer frente a la sinrazón que, históricamente, ha dejado a tantas mujeres fuera del mercado laboral o ha minusvalorado su contribución con salarios más bajos que los de sus compañeros varones.

… tampoco puede permitirse desperdiciar el talento de la mitad de la población.

Queremos que la sociedad española supere las desigualdades salariales injustificadas, y estamos comprometidos con la puesta en marcha de medidas que estimulen la conciliación de la vida familiar y laboral, y la corresponsabilidad en las tareas del cuidado de los hijos.

Aún persisten, en efecto, importantes desigualdades entre mujeres y hombres. Destacan las relativas al cuidado de hijos o de familiares en situación de dependencia, que colocan a las mujeres en situación de desventaja en sus carreras profesionales y contribuyen a que al final de su vida laboral alcancen unos ingresos más bajos que los de sus compañeros varones. Para compensar esta diferencia, el Gobierno ha introducido un complemento de hasta un 15% en la cuantía de las pensiones que reciben las mujeres que han sido madres.

Me gustaría también tener en el día de hoy un sentido recuerdo por todas y cada una de las mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas y por las que todavía siguen inmersas en la mayor y más insoportable manifestación de desigualdad, la violencia de género.

Porque si hoy es el Día Internacional de la Mujer, queremos que todos los días del año sean su día: el de las mujeres y los hombres en condiciones de igualdad.

David Bollero

Rosa María Artal

Cristina Antoñanzas, vicesecretaria general de UGT

Miguel Lorente Acosta

Berna González Harbour

Editorial de El País

Jose Ignacio Torreblanca, jefe de Opinión de El País (algo más razonable en comparación con los anteriores)


Cómo argumentar mejor la libertad

16/09/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Este artículo recoge algunas reflexiones y consejos, que no pretenden en absoluto ser apodícticos, para pensar y argumentar mejor la libertad y a ser posible no dañarla haciéndolo mal.

La argumentación válida y correcta no es lo mismo que la persuasión, para la cual existen otras técnicas de ciencia cognitiva y psicología social (ver por ejemplo Influence: The Psychology of Persuasion, de Robert Cialdini, o el clásico aunque menos científico How to Win Friends and Influence People, de Dale Carnegie).

En la argumentación participan el pensamiento, los sentimientos y el lenguaje, y puede fallar por problemas en los tres ámbitos: no pensar bien, no expresarse correctamente y no percibir cómo las emociones pueden distorsionar una discusión.

Idealmente la argumentación es pensar entre varios de forma cooperativa y complementaria, presentando ideas, defendiéndolas y atacándolas: la realidad suele ser una pelea sucia y no muy hábil con palabras en lugar de puños o armas.

La racionalidad se percibe como objetiva e imparcial, pero suele utilizarse para vencer y convencer al otro, para ganar tú a los demás. Si la gente utilizara la razón porque quiere conocer la realidad debería agradecer que les corrijan cuando están equivocados, y no suele ser así.

El lenguaje es para ti y para el otro, hay un emisor y un receptor: para una comunicación eficaz y eficiente conviene ser claro (evita ambigüedades, vaguedades, confusiones), preciso (evita generalidades con poco contenido específico) y conciso (no te enrolles, ve al grano).

Intenta adecuar el mensaje a su receptor y al contexto: proporciona información asimilable; no repitas tópicos ya conocidos que no aportan nada nuevo, ni eleves tanto el nivel que no resultes comprensible.

Intenta contar algo interesante, recordando que lo que a ti te apasiona a otros tal vez les aburre.

La comunicación casi siempre es imperfecta y puede haber ruido, pérdidas de información o malentendidos: es necesario estar dispuesto a aclarar, revisar y corregir lo que se quiere decir.

Conviene escuchar con atención y leer despacio (varias veces si es posible), hacer un esfuerzo honesto para interpretar al otro y no distorsionarlo, demostrando que se ha entendido lo que quiere decir (en el Test de Turing ideológico uno demuestra que comprende al otro poniéndose en su lugar y haciéndose pasar por él). Son muy comunes los problemas de comprensión lectora.

Tú puedes hablar pensando que le estás regalando información valiosa al otro, pero el otro siente que intentas manipularlo implantando ideas ajenas en su mente. Los memes más capaces de sobrevivir en las memorias de los individuos son aquellos que se resisten a ser sustituidos: es muy difícil convencer a la gente y conseguir que cambie de opinión; es mucho más fácil adoctrinarlos cuando son niños o jóvenes o cuando aún no tienen ideas propias en algún ámbito (luego intervendrán el sesgo de confirmación y el deseo de consistencia para mantener las ideas implantadas).

Es común aceptar las ideas de los más poderosos a cambio de favores o de que no nos hagan daño: la transmisión de ideas puede ir a acompañada de amenazas o de altruismo.

Las ideas se utilizan muy a menudo como estrategia de relaciones públicas (describen qué tipo de persona eres) y como señal de pertenencia a algún grupo.

Los amigos no suelen criticarse duramente unos a otros, y por eso comparten los mismos errores, absurdos o arbitrariedades: quizás aprendas más de tus enemigos o de aquellas personas que te caen mal por sus ideas.

Uno puede pretender ser perfectamente objetivo, pero es difícil que los sentimientos subjetivos y a menudo inconscientes no participen o interfieran en la argumentación. Nuestras ideas, especialmente las religiosas, morales y políticas, no sólo las tenemos sino que nos tienen y nos hacen difícil ser imparciales: las valoramos, nos gustan, nos duele cuando son criticadas, nos exigen que las defendamos.

Tenemos intereses, como nuestro estatus intelectual y social, que pueden verse perjudicados si se demuestra que estamos equivocados, especialmente si esto sucede en público y podemos quedar en ridículo de forma evidente.

Los intereses económicos suelen ser muy poderosos: la prosperidad de muchos agentes depende del mantenimiento de ideas falaces que ellos mismos no van a desmontar sino que seguramente harán todo lo posible por mantener. Es difícil que una persona entienda, reconozca o defienda algo que le perjudica.

Las acusaciones de defender ciertas ideas por intereses (generalmente inconfesables) son perfectamente válidas y muy relevantes cuando son ciertas: si no se está seguro de su veracidad, plantéese como hipótesis de trabajo. Es posible que el beneficio de la promoción de ciertas ideas no sea directo, sino indirecto por la simpatía y apoyo que se consigue de los directamente beneficiados.

Muchas ideas incorrectas se defienden por incompetencia intelectual y/o malicia: la mentira es un arma muy poderosa; autoengañarse, ser tonto o hacerse el tonto puede ser muy útil para así ocultar que uno se beneficia de las ideas que defiende.

Un error y una trampa son cosas muy distintas. La trampa es intencional y consciente, el error sólo es negligente. Los tramposos suelen decir que han cometido un error porque eso parece menos grave que reconocer un delito o crimen: es una trampa acerca de la comisión de otra trampa.

Si no reconoces un error puedes parecer incompetente (no lo ves) o tramposo (no quieres asumirlo).

Todo el mundo hace o puede hacer trampas, aunque algunos tienen menos escrúpulos y más habilidad que otros. La verdad no es buena para todo el mundo: los delincuentes no quieren ser descubiertos y tienden a negarlo todo. La libertad no es necesariamente buena para todo el mundo: algunos individuos prosperan por su capacidad de oprimir o parasitar a otros.

Desconfía de aquellos que no matizan nada y que no reconocen nunca un error o un problema con sus ideas.

Pensar incluye la razón y la lógica, pero también la creatividad y la capacidad de efectuar analogías útiles.

El pensamiento, para referirse al mundo real de forma concreta y específica, exige algo de observación y experimentación, de ejemplos y datos que complementen y precisen las teorías. Las grandes ideas abstractas quedan bien acompañadas por pequeños detalles concretos.

Las anécdotas e historias personales son peligrosas: en lugar de ser casos representativos pueden ser rarezas llamativas; conocer algo de primera mano puede implicar una visión subjetiva y parcial.

A menudo uno cree ser racional y no es consciente de sus autoengaños, errores o sesgos; conviene ser autocrítico, prestar atención a las críticas de aquellos que quizás saben más, y ser prudentes sobre la certeza y solidez de nuestros propios argumentos.

Para comprobar la solidez y consistencia de las ideas, intenta destruirlas: si no lo haces tú, seguramente lo harán otros. Cuando uno se ha atacado a sí mismo o ha entrenado con discusiones en entornos de aprendizaje protegidos y amistosos está mejor preparado para la batalla de las ideas en el mundo real.

La intensidad o firmeza de una convicción no es prueba de su corrección o verdad. Ser fanático es una cuestión emocional más que intelectual. Frecuentemente sucede que los inteligentes dudan y quedan pasivos y los tontos están muy seguros y son muy activos. Aunque seguramente es algo muy difícil de conseguir, conviene combinar el entusiasmo activo y la prudencia reflexiva.

Es normal sentirse muy seguro sabiendo muy poco, precisamente porque desconoces todos los problemas que tienen tus ideas.

Las ideas extremas no son necesariamente falsas, pero con ellas puedes estar extremadamente equivocado.

Las ideas extrañas pueden suponer grandes avances o ser grandes tonterías. Los grandes genios son incomprendidos, pero por cada gran genio hay millones de chalados que se quejan de que no les hacen caso.

La cantidad de argumentos no es sustituto de la calidad de los argumentos.

No comprender al otro no implica necesariamente que el otro es más inteligente o brillante: tal vez oculta su propia ignorancia con ofuscación, o busca confundir e impresionar más que iluminar.

Los charlatanes hablan sin tener ni idea, o pretendiendo saber mucho más de lo que realmente saben, pero pueden tener la habilidad de manipular a otros que tampoco saben mucho.

Cuidado con quienes hablan muy deprisa o dan muchos argumentos difíciles de entender: puede haber mucho engaño, te están intentando colar algo falso lanzándote muchas ideas para apabullarte, para despistarte y que no prestes atención a los errores. Si alguien no sabe explicar algo de forma relativamente sencilla, seguramente no lo entiende.

La inteligencia no es como la belleza, que puede apreciarse sin tenerla. Es necesario construir gradualmente una capacidad propia para entender la ajena.

La capacidad de argumentar correctamente no es como la fuerza en un combate físico: alguien muy débil sale vapuleado y dolorido de una pelea; alguien poco inteligente puede estar convencido de tener razón y de haber ganado un debate.

Fíjate no sólo en lo que la gente dice: presta atención a lo que no dice (y es relevante); o no ha tenido tiempo y ocasión de mencionarlo, o lo desconoce, o trata de ocultarlo.

Usa el humor, pero considera que quizás no eres gracioso: ríete primero de ti mismo.

Si alguien dice muchas tonterías quizás sea tonto. Pero el aspecto físico o la antipatía de las personas tienen poco o nada que ver con la corrección de las ideas: ciertos insultos o burlas son totalmente irrelevantes.

Cuanto más énfasis pongas en un argumento erróneo (para defender tus ideas o para criticar a otro), más vulnerable eres: eventualmente alguien se dará cuenta del error.

Cuanto más tardes en reconocer un error más en evidencia quedas: o no eres capaz de verlo aunque te lo expliquen, o no quieres asumir que te has equivocado.

Conviene conocer muchas ideas para no ser un pueblerino intelectual que cree que lo suyo es lo único que hay o lo único valioso. Y si es posible conviene conocerlas de primera mano, no mediante caricaturas o versiones deformadas. Tu pensamiento será más sólido cuantos más autores conozcas. Si tus únicas referencias son uno o pocos autores tu visión del mundo probablemente es pobre y quizás estás en una secta.

No todas las ideas son correctas, y muchas son equivocadas: ¿no es mucha casualidad que todas tus ideas sean correctas?

Conócete a ti mismo, tus fortalezas y tus debilidades, tus sesgos y prejuicios, tus intereses, tus preferencias. Conoce a los demás, como cooperadores o competidores. Conoce las ideas, y las críticas de esas ideas.

Averigua qué sabes y qué no sabes y por qué; ¿lo sabes o crees que lo sabes?; ¿cómo sabes lo que sabes?; ¿de qué cosas no estás seguro?; ¿qué problemas o límites tienen tus ideas?; ¿te sientes incómodo cuando no entiendes algo?; ¿te gusta realizar afirmaciones categóricas y repetir cosas de las que tienes una certeza absoluta?; ¿cómo te sentías antes de algún cambio de opinión que hayas tenido?; ¿aprendes cosas nuevas o repites las mismas consignas de siempre?; ¿sigues utilizando argumentos que te han demostrado que son incorrectos?

Examina tu amor por las ideas que tienes: son verdaderas o correctas, o te gustan, te definen, te representan; socializas con ellas; te interesan, te vienen bien. ¿Dices cosas para ganarte el aplauso fácil de los oyentes o te atreves a decirles verdades que duelen o incluso ofenden?

Afirmar que algo es posible sólo dice que su probabilidad no es cero, pero no indica cómo de grande o pequeña es esa probabilidad.

Afirmar que algo es imposible indica que la probabilidad es cero, lo cual es mucho afirmar: quizás sólo se trate de una probabilidad muy baja (y dependiente de múltiples factores).

Es común buscar verdades universales y necesarias con las que ganar un debate o apoyar un argumento, pero o son muy genéricas o son difíciles de probar.

Es común confundir una posibilidad (puede ser) con una necesidad (tiene que ser): tú aspiras a lo necesario, que es más rotundo; lo posible es más humilde.

El razonamiento a menudo es motivado y parcial, como un abogado que busca defender a su cliente y no quiere saber la verdad sino ganar el juicio. Es común comenzar queriendo una idea y luego buscar argumentos a favor e ignorar los problemas y los argumentos en contra.

Usa la lógica, pero sé consciente de cuánto sabes y cuánto ignoras de lógica (proposicional, de predicados, de órdenes superiores, multivaluada, difusa) y sus límites. La lógica no es sólo deducir a partir de axiomas apodícticos: se trata sobre todo de ser consistente y no contradecirse.

Si mencionas el teorema de Goedel, el principio de incertidumbre de Heisenberg, o la relatividad de Einstein, más vale que no estés faroleando y que los conozcas con cierta profundidad (probablemente no es el caso, sobre todo si eres de letras).

Citar o dar referencias de gente importante puede ser útil para ofrecer vías para profundizar sobre un tema: pero también pueden ser muletillas que usas para apoyarte porque te sientes débil, o intentos de conseguir afiliarte a nombres poderosos e influyentes.

Aprende de gente brillante, pero ¿cómo sabes que son brillantes? Lee también a sus enemigos intelectuales, y aprende a criticarlos con rigor. No seas fiel seguidor de un solo pensador, o de unos pocos de una escuela estrecha (objetivistas, austriacos más puristas). Compara ideas y teorías, no te muevas sólo dentro de una, ni pienses que es perfecta.

Di una cosa y la contraria y a ver qué pasa. Duda de lo que estás más seguro y ponlo a prueba. Reconoce que tal vez no acabas de entenderlo. Haz preguntas (no sólo afirmaciones), y resalta problemas.

Si no importan la verdad, la corrección o el rigor intelectual, existen tretas para la argumentación, trucos sucios para el debate, estratagemas de mala fe para vencer en la discusión. Si se conocen estas tácticas pueden utilizarse o pueden denunciarse cuando los otros las empleen. Ver por ejemplo Consejos de Schopenhauer para ganar una discusión política de Jaime Rubio Hancock.


Lenguaje y comunicación de la libertad

12/07/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La comunicación efectiva de la libertad puede mejorar si se conoce qué es el lenguaje, sus límites y problemas, y por qué las ideas liberales son más difíciles de transmitir y popularizar.

Mediante la comunicación oral o escrita una persona transmite un mensaje a otros utilizando un lenguaje o código (asociaciones semánticas, reglas sintácticas) que ambas partes deben dominar para lograr entenderse. La habilidad lingüística necesaria para participar en actos comunicativos debe aprenderse mediante un acoplamiento práctico con otros usuarios más expertos a quienes imitar y de quienes recibir instrucciones y correcciones. La comunicación puede realizarse como monólogo (de uno a uno o de uno a muchos, un emisor y uno o varios receptores; una presentación, una conferencia, una lección magistral sin interrupciones, un discurso, un libro), diálogo (dos o más participantes que intercambian roles; una charla informal, un debate) o una combinación de ambos (un debate con audiencia).

La comunicación lingüística implica pensamiento y sentimiento, cognición y sensibilidad, razón y emoción: tanto los emisores de mensajes como quienes los reciben son capaces de pensar, entender, relacionar, recordar, imaginar; y tienen intereses, pueden sentir, verse afectados, valorar, preferir; pueden entender lo que se les dice o no; pueden disfrutar de una conversación, o pueden sufrirla (por aburrimiento, porque no les gusta la otra persona o lo que dice).

La comunicación satisfactoria requiere que ambas partes se involucren y sean competentes: el hablante transmite con claridad, precisión y concisión; el oyente practica una escucha activa. El éxito no siempre está garantizado: depende de facultades que deben estar adecuadamente ajustadas y que pueden fallar, de modo que siempre son posibles los malentendidos o equívocos. A veces ni siquiera el hablante sabe con exactitud qué es lo que quiere decir, y sólo a posteriori se descubren posibles problemas de ambigüedad, contradicciones o falta de información (incluso en lenguajes formales como la programación o los documentos legales es difícil depurar todos los errores o garantizar las interpretaciones deseadas).

Los hablantes sinceros hablan para ser entendidos y quieren conseguirlo de forma económica, sin malgastar recursos escasos valiosos como el tiempo y la atención. La comunicación sucede en un contexto compartido por los hablantes que puede facilitar la comprensión mutua e incrementar la eficiencia de la transmisión de información: los participantes tienen un conocimiento común que no es necesario mencionar o repetir y que es posible utilizar como referencia y punto de partida; cada uno sabe (o supone) qué sabe ya el otro. El conocimiento de qué cosas constituyen el contexto compartido suele ser imperfecto y de límites difusos: los hablantes pueden dudar y solicitar confirmaciones, aclaraciones, detalles.

Nadie es dueño, diseñador o creador del lenguaje sino que se trata de una institución social de carácter cultural, emergente, adaptativo, evolutivo, y que se construye mediante su propio uso entre todos los hablantes. Los significados de las palabras son complejos y poliédricos: los términos no tienen significados objetivos absolutos y eternos sino que los hablantes les asignan sentidos que en parte son denotativos (formales, universales) y en parte connotativos (subjetivos, alegóricos, dependientes de circunstancias particulares). Los significados pueden ser aclarados en caso de necesidad mediante otras palabras (descripciones, diccionarios) o de forma ostensiva (mostrando el referente en el mundo real, como un objeto o una acción): sin embargo la aclaración también puede ser problemática, porque las palabras de la definición a su vez pueden no ser comprendidas y porque en el mundo real puede no quedar claro a qué se está refiriendo uno al señalar (¿a ese perro en concreto?; ¿al perro en abstracto?; ¿a los animales?; ¿a lo que está haciendo ese perro en ese momento?). El uso y sentido de las palabras puede cambiar conforme el lenguaje evoluciona y se adapta a las necesidades y preferencias de los hablantes.

Que no exista una correspondencia perfecta entre la realidad y los términos o proposiciones utilizados para representarla no significa que en la comunicación valga todo, que no haya ninguna regla: el hablante que no sea consistente en el uso del lenguaje, que use las palabras sin suficiente rigor, y que no comparta con los demás unos significados por lo general comunes, verá dificultados o frustrados sus intentos de comunicación efectiva.

El habla es una acción, una interacción, y sirve para controlar la acción. El hablante le hace algo al oyente, actúa sobre él, altera su estado mental, su cognición (lo que cree o sabe) y/o sus emociones (lo que siente). En dos extremos opuestos del uso del lenguaje: la poesía evoca, sugiere, emociona, motiva, seduce, mientras que la ciencia describe, analiza y sintetiza, explica, predice. El oyente es afectado de algún modo por el mensaje recibido, puede sentir alegría, tristeza, esperanza, miedo, sorpresa, asco, ánimo o desánimo, motivación o desmotivación. Al alterar su pensamiento y sus preferencias, el oyente actúa de forma diferente a como habría actuado si no hubiera recibido el mensaje.

La posición de hablante y oyente puede invertirse en un proceso dinámico recurrente potencialmente indefinido. Los actos comunicativos son procesos de interacción, toma y daca, doy y recibo: la información compartida puede sugerir nuevas preguntas o temas, solicitudes de aclaraciones, confirmaciones, valoraciones; la conversación se construye sobre sí misma hasta que se agota.

El lenguaje es una herramienta de control y coordinación que posibilita compartir información relevante, organizar la cooperación, instruir, influir sobre los demás, dirigir su conducta, manipular a los otros: órdenes, deseos, peticiones, compromisos, preguntas, consejos, protestas, sugerencias. Sin embargo el oyente no es una mera marioneta en manos del hablante: puede defenderse de los intentos de manipulación, negarse a obedecer, rechazar el mensaje, y puede a su vez intentar influir sobre el otro. Algunos individuos son más persuasivos que otros, más influyentes; y las personas son más asertivas o más manipulables.

La comunicación permite la coordinación de las conductas, y como una conducta interactiva requiere ella misma algún tipo de coordinación para hacerla efectiva y eficiente: no hablar varios a la vez, evitar hablar sin que el otro escuche, acordar los temas. Es especialmente importante la gestión de la atención y la disponibilidad para la comunicación: el emisor debe asegurarse de que el receptor está listo e interesado solicitando su atención, y el receptor debe estar alerta a las peticiones de comunicación. Ciertos instantes especiales pueden requerir de un protocolo más o menos formal: saludos, solicitud y cambios de turno, despedidas. Algunas conversaciones tienen roles especiales, como presentador, entrevistador o moderador.

Los actos del habla a veces son intencionales, preparados, meditados, y otras veces son espontáneos, repentinos, irreflexivos. En algunas ocasiones el hablante puede prepararse y ensayar qué va a decir y cómo va a decirlo para conseguir lo que desea: el oyente está en una posición diferente, ya que en principio no sabe cuándo va a recibir un mensaje ni cuál va a ser su contenido. En una conversación oral puede no haber tiempo de preparar respuestas: el hablante puede reaccionar de forma automática, irreflexiva, incluso involuntaria, no sabe por qué dice lo que dice, puede expresar algo que no quería decir (un lapsus, una indiscreción, algo hiriente en una pelea); para evitar errores puede repetir tópicos, evitar contestar preguntas delicadas, cambiar de tema; la habilidad de conversar espontáneamente suele resultar muy valiosa (algunos discursos aparentemente espontáneos en realidad están muy ensayados).

El habla es un acto relacional y social, de unas personas hacia otras, y la comunicación y las relaciones personales y sociales se influyen mutuamente: al hablar tenemos en cuenta nuestras posiciones o estatus relativos (no hablas igual al amigo o al enemigo, al superior o al inferior, al conocido o al desconocido), y el habla contribuye a construir, mantener o destruir esas relaciones (mensajes de amor u odio, alabanzas, ofensas, promesas, garantías de confianza, amenazas, mentiras descubiertas). Gran parte de los actos de habla son simplemente lubricante social, conversaciones intrascendentes cuyo contenido informativo no importa tanto como el mantenimiento de la relación (saludos estereotipados, protocolos, hablar del tiempo). Los actos de habla no suelen ser meros intercambios de datos, descripciones, explicaciones o predicciones sobre el mundo: también incluyen, de forma explícita o implícita, actitudes y valoraciones. La comunicación no se realiza sólo con palabras y frases: también son relevantes y pueden ser muy expresivos la entonación (cómo se dicen las cosas, el tono de voz) y el lenguaje corporal (gestos, posturas); es posible mostrar respeto o desprecio, superioridad o sumisión, interés o aburrimiento.

Las conversaciones pueden ser interacciones estratégicas competitivas o cooperativas: uno puede intentar derrotar al otro, mostrar que tiene razón y que el otro está equivocado, que sabe más que él (sorprenderlo, provocarlo, ponerlo nervioso, forzar un error), o por el contrario puede intentar una alianza, ofrecer reconocimiento, ayuda y confianza mediante gestos de amistad, confirmar sus expectativas, repetir cosas que ya sabe, hacerle sentir cómodo, caerle bien, darle la razón. El uso de ciertas expresiones distintivas permite identificarse como miembro de un determinado grupo ideológico o religioso: cada colectivo tiende a desarrollar su propia jerga específica.

En algunas ocasiones el contenido de la comunicación es menos relevante que el hecho de que se produzca la interacción y cómo esta sucede: un hablante muestra su alto estatus al concentrar la atención de otros durante mucho tiempo; un dictador suelta un discurso interminable y demuestra su poder al tener juntos, quietos, callados y sumisos a un gran número de personas obedientes que deben escuchar sin protestar, y además la actitud inadecuada puede emplearse como un indicador de falta de lealtad.

El lenguaje es una herramienta útil para la coordinación social, pero no sólo es imperfecto, limitado y proclive a errores: además puede usarse para la descoordinación o el engaño con la mentira, la desinformación o la ocultación activa de la verdad (distracción de la atención al hablar de otras cosas). El lenguaje permite también las sandeces, la charlatanería, el fraude intelectual: los estafadores son maestros de la comunicación y las interacciones personales. El demagogo apela a las emociones y ofusca la racionalidad: halaga al oyente y le promete todo; el demagogo y sus seguidores se proclaman mutuamente como los buenos que denuncian a los otros, los malos, los injustos, los inmorales. En ciertos sectores académicos (como la filosofía postmoderna) es típico el uso de un lenguaje oscuro, indescifrable, difícil de comprender, como estrategia de confusión y como señal de pertenencia: los oyentes incautos pueden creer que el hablante es un ser superior que explora ámbitos difíciles, elevados (o profundos), que no están al alcance de todos; los miembros del grupo de estafadores intelectuales reconocen a un colega.

Los jefes de prensa, los portavoces y los expertos en comercialización, imagen y relaciones públicas, son muy hábiles en el uso del lenguaje con las expresiones adecuadas para defender sus intereses y los de sus clientes. Los hablantes construyen y usan redes semánticas complejas con las relaciones entre los términos: las palabras no sólo significan sino que sugieren, tienen muchas asociaciones, algunas positivas y otras negativas. A veces el hablante no desea ser comprendido con precisión porque esta podría revelar algún error, trampa o contradicción: los posibles significados múltiples se utilizan a propósito para poder sugerir simultáneamente varias cosas diferentes y luego poder escoger según las circunstancias qué es lo que se ha querido decir.

En la comunicación exitosa el mensaje se entiende e interesa: no es algo difícil, poco claro, incomprensible; no aburre, no ofende, no es rechazado. En el ámbito de lo cognitivo o racional, las ideas de la libertad son razonables y no son difíciles de explicar, pero chocan contra intuiciones tribales atávicas y sesgos cognitivos muy extendidos. Sin embargo el problema principal del rechazo del liberalismo seguramente está en el lado de los intereses, emociones o preferencias. Los individuos suelen valorar mucho su reputación personal (intelectual y moral), su pertenencia leal a algún grupo, y sus fuentes de ingresos económicos. El liberalismo suele criticar o denunciar problemas en todos estos ámbitos sensibles: hacerse liberal implica reconocer que antes uno ha estado equivocado, y para muchas personas esto no es fácil; el liberalismo es individualista, parece egoísta, ve a los grupos como potencialmente peligrosos por su capacidad destructiva, y puede implicar alguna ruptura de la lealtad con el colectivo del cual formaba parte una persona (la patria, el sindicato, el partido político), con la pérdida de capital social que esto implica; el liberalismo denuncia de forma sistemática las leyes injustas que benefician a unos a costa de otros (subvenciones, proteccionismo, privilegios), y los intereses creados o beneficiarios de la violación de la libertad y la propiedad, que pueden ser muchos y poderosos, seguramente no simpaticen con el liberalismo, rechacen el mensaje e incluso actúen en su contra.

En un próximo artículo espero explorar cómo argumentar mejor las ideas liberales.


“Sencilla receta para el progreso: libertad” en TEDxMalagueta

13/06/2016

Sencilla receta para el progreso: libertad” en TEDxMalagueta.


Intercambios forzados

08/06/2016

El liberalismo defiende los intercambios libres y voluntarios y rechaza el uso de la violencia para imponer la voluntad de unos sobre otros: vale intentar persuadir, no vale forzar. Un liberal está en contra de los intercambios forzados, obligatorios, donde el sujeto no puede decidir por sí mismo sino que otro le impone su elección.

Muchos liberticidas se oponen a algunos intercambios alegando que algunos partícipes están forzados a ellos: por ejemplo un hombre pobre vendiendo su sangre o un órgano como un riñón, o una mujer pobre quedándose embarazada de un embrión ajeno en la maternidad subrogada. Parece un argumento liberal, pero es un problema de mal uso o abuso del lenguaje: se tratan como equivalentes el que un agente sea forzado por otro (un agresor culpable) y que un agente diga que otro es una víctima que se ha visto forzado por las circunstancias o la situación, un uso alegórico de la idea de fuerza. Las circunstancias no actúan, no son violentas en un sentido moral, no son agentes con intenciones y capacidades a quienes se pueda reclamar responsabilidad o castigar.

La prohibición de la agresión busca proteger a la víctima de la interferencia coactiva de otro, la cual claramente perjudica al agredido. La prohibición del intercambio “forzado por las circunstancias” prohíbe al agente mejorar su situación percibida subjetivamente: las circunstancias pueden ser malas, pero prohibir una alternativa que permite mejorar la situación es dañar al agente presuntamente protegido (tal vez por un paternalismo arrogante del intervencionista).

Normalmente si un agente dice de sí mismo que se ha visto forzado por las circunstancias es para intentar eludir la responsabilidad por algún acto malo: robé porque tenía hambre. Cuando un intervencionista dice de otros que actúan forzados por las circunstancias suele ser para quitarles su libertad y prohibirles hacer algo bueno: no pueden aceptar trabajar por esos salarios indignos, no pueden aceptar prostituirse si son pobres con pocas alternativas laborales.

Si los intercambios forzados por las circunstancias son rechazados, dejen al sujeto elegir por sí mismo y multen o encarcelen a las circunstancias.


Normas éticas condicionales y deber de auxilio

11/04/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Las normas éticas son o aspiran a ser universales: se aplican por igual a todos los sujetos éticos (normalmente seres humanos adultos) sin distinciones, sin privilegiar a unos a costa de otros; no son meras convenciones locales, costumbres o tradiciones que pueden variar entre grupos o culturas; no distinguen entre miembros y no miembros de cualesquiera grupos o clases puedan existir o imaginarse; no son normas de constitución o funcionamiento de ningún colectivo político, aunque la formación del grupo debe respetarlas si este pretende ser legítimo; no son resultado de ningún contrato social real o hipotético entre partes que las negocian, discuten, razonan y aprueban, sino que son normas que se pueden reconocer por cualquier sujeto ético como válidas o funcionales en cualquier posible interacción entre individuos para evitar, minimizar y resolver conflictos y permitir la cooperación (pero sin forzarla ni garantizarla). Son derecho natural, en el sentido de que es acorde a la naturaleza de los sujetos éticos y previo o más fundamental que las leyes positivas o las reglas pactadas mediante contratos.

La universalidad de las normas éticas puede referirse a los sujetos éticos involucrados (agentes y receptores de efectos de las acciones) y/o a las circunstancias de la acción (tiempo, lugar, medios, condiciones ambientales, situación de los individuos). La universalidad más fuerte o completa no distingue entre diferentes circunstancias: las normas no dependen del tiempo o momento de la acción, ni del espacio o lugar de la acción, ni de los medios utilizados en la acción, ni del estado de los individuos involucrados o sus relaciones; son válidas siempre, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia interna o externa; son normas incondicionales, no dependen de que se cumpla o no alguna condición; se trata de imperativos categóricos, no hipotéticos. Las normas así concebidas sólo consideran, prohibiendo u obligando, lo que la gente hace o no hace y los resultados de esas acciones.

La única norma ética completamente universal es el derecho de propiedad, principio de no agresión o libertad del agente en su propiedad y en sus relaciones voluntarias con otros. De las cuatro combinaciones de normas universales que se pueden generar con los operadores deónticos (prohibición, obligación) y las dos acciones básicas (ayudar, beneficiar, hacer el bien; o agredir, perjudicar, hacer el mal) es la única funcional y posible de cumplir. Obligar a dañar no tiene mucho sentido y es imposible, prohibir ayudar no tiene mucho sentido, y obligar a ayudar puede parecer atractivo (si uno se fija en la ayuda y obvia la obligación coactiva) pero es imposible de cumplir (porque habría que hacer el bien a todo el mundo todo el tiempo).

Para evitar posibles conflictos entre agentes con preferencias potencialmente incompatibles acerca de múltiples acciones y estados del mundo y discrepancias sobre el uso de los medios de acción disponibles, el derecho de propiedad divide el universo problemático en ámbitos de control exclusivo de cada dueño. La norma universal y simétrica es respetar el dominio ajeno: no invadir, no robar, no interferir de forma coactiva. La propiedad es el espacio, ámbito o volumen dentro del cual la libertad del individuo es plena y este halla protegidos su voluntad y sus intereses de las agresiones ajenas.

Es conveniente aclarar qué significa que las normas son las mismas en todo lugar y tiempo y que no dependen del medio empleado en la acción, ya que el derecho de propiedad parece violar la universalidad en estos aspectos: el dueño puede hacer lo que quiera en y con su propiedad, pero no puede hacer nada en o con la propiedad ajena sin permiso de los otros propietarios, y además los objetos pueden cambiar de dueño. La norma universal es respetar el derecho de propiedad y la libertad del otro, pero estos derechos de propiedad existen en la realidad con detalles concretos, sobre cosas específicas, y distinguen unos sitios y objetos de otros por estar cada uno en legítima posesión de un dueño diferente: la asignación de derechos de propiedad da estructura jurídica al espacio físico. En cualquier lugar y momento eres libre de hacer lo que quieras con y en tu propiedad, pero esa libertad y esa propiedad tienen límites, distinguen un espacio que es tuyo (tu propio cuerpo y tus objetos extrasomáticos) y un espacio que no lo es (todo el resto del mundo constituido por otros sujetos éticos y sus posesiones).

Las acciones que aparecen en las normas éticas no se definen solamente como una serie de movimientos físicos causados por el agente en el espacio y el tiempo, sino que es esencial considerar los efectos provocados sobre otros agentes y sus intereses: si soy libre para mover un cuchillo en un lugar donde sólo atravieso el aire y no daño a nadie, eso no implica que deba serlo también en otro lugar donde atravieso o corto el cuerpo de otra persona; la acción no se define sólo parcialmente y de forma incompleta (mover un cuchillo) sino sobre todo según sus resultados sobre el mundo (acuchillar a alguien y herir o matar); lo prohibido no es el movimiento sino el daño causado, y este depende de qué cosas haya en cada lugar; lo prohibido no es mover objetos de un sitio a otro sino robarlos.

Sobre la independencia de los medios, si las normas prohíben una agresión (como asesinar a alguien contra su voluntad), la prohíben independientemente de que la agresión sea con un cuchillo o con una pistola, porque lo que se prohíbe es el daño físico (con el correspondiente sufrimiento psíquico) y este puede suceder de diversas maneras.

Otras circunstancias que las normas éticas podrían considerar o no serían externas a los individuos directamente involucrados (condiciones ambientales como temperatura, humedad, presión, luminosidad; o sociales como estar solo o no, estar siendo observado o no, la opinión pública) o internas o propias de los individuos involucrados (atributos no esenciales, sino accidentales o circunstanciales, como estar cansado o con energía, necesitado o no, contento o triste, satisfecho o insatisfecho, ser rico o pobre, simpático o antipático, atractivo o repulsivo, competente o incompetente) o sus relaciones (amistad o enemistad, cercanía o lejanía, poder relativo, dependencia o independencia).

Para la ética los únicos atributos esenciales, necesarios y suficientes para ser un sujeto ético, son la racionalidad (con la capacidad de entender y discutir el ámbito de la moral) y la sensibilidad (tener intereses, emociones conscientes, poder sentir placer y dolor, bienestar y malestar, satisfacción e insatisfacción). Todas las demás propiedades, independientemente de que sean estables (rasgos duraderos, quizás innatos) o pasajeras (estados de ánimo, sensaciones), son accidentales en el sentido de que no importan porque las normas no las tienen en cuenta para así tratar a todos igual: raza, sexo, edad, riqueza, atractivo, simpatía, necesidad de ayuda o capacidad de valerse por sí mismo.

Algunos liberales, tal vez motivados por la solidaridad con los más desfavorecidos, defienden unas normas éticas iguales para todos pero dependientes de ciertas circunstancias específicas, como son la necesidad extrema de ayuda de unos para garantizar la propia supervivencia y la correspondiente capacidad de otros para prestar esa ayuda con costes y riesgos pequeños o razonables: básicamente se trata del deber de ayudar al prójimo cuando esta ayuda es imprescindible para él, o el derecho a la apropiación de los bienes necesarios para sobrevivir. Afirman que la libertad, la propiedad y el principio de no agresión no son normas axiomáticas absolutas sino hipótesis por defecto que son casi siempre acertadas pero que pueden necesitar alguna excepción justificada.

Estas limitaciones a la libertad y la propiedad son relativamente pequeñas o poco importantes (afirmando por ejemplo que el receptor de ayuda debe devolver lo recibido en cuanto pueda de modo que quien ayudó no tenga por qué sufrir ninguna pérdida en la medida de lo posible), pero no están exentas de problemas.

Un problema grave es afirmar que no ayudar al necesitado está moralmente mal. El bien y el mal suelen confundirse con lo obligatorio o lo prohibido, y a menudo se olvida que las cosas, los actos y las personas no son buenas o malas, sino que son buenas o malas para alguien (que los valora así de forma subjetiva, aunque quizás compartida con muchos otros) o para algo (por su utilidad o desutilidad). Afirmar que algo es malo suele ser simplemente la expresión de un rechazo que se exige que los demás compartan, y una excusa para imponerles alguna obligación o prohibición. Además no sólo existe solamente lo bueno y lo malo, con distintos grados o intensidades, sino que también existe lo neutro: no hacer el bien no es lo mismo que hacer el mal; ayudar a alguien es bueno (para el receptor), agredir a alguien es malo, y no agredir o no ayudar es neutro. La omisión de ayuda sólo es mala o punible si constituye un incumplimiento de un deber pactado contractualmente de antemano. Si se argumenta que está mal no ayudar al necesitado, también puede argumentarse que está mal, y tal vez sea incluso peor, obligar por la fuerza a ayudar al necesitado.

El deber de ayuda en caso de extrema necesidad podría ser una excepción innecesaria: en la realidad las situaciones en las que sería de aplicación serían muy infrecuentes (de hecho los ejemplos propuestos por algunos pensadores son muy forzados, hasta rozar el ridículo); el obligar al receptor de ayuda a devolverla se parece mucho al castigo que recibe un ladrón en un sistema ético totalmente universal y sin ninguna excepción, con lo cual la modificación abre una puerta peligrosa para apenas producir efectos sustanciales; los individuos podrían prever las situaciones peligrosas y asegurarse contra ellas mediante contratos de ayuda mutua (y es su responsabilidad hacerlo). Afirmar que el deber de ayuda es lo que cualquier humano racional e imparcial habría acordado hipotéticamente de antemano como una norma justa ignora que en la realidad los humanos tienen la oportunidad de pactar con otros estos acuerdos y a menudo no lo hacen: si un acuerdo contractual es una buena idea los individuos seguramente lo descubrirán por sí mismos sin necesidad de que un filósofo moral les indique qué es racional o no.

La introducción de modificaciones condicionales de las normas éticas puede intentar defenderse argumentando que cualquier individuo puede encontrarse en esas condiciones y beneficiarse entonces de las excepciones: todo el mundo debe aceptar dar ayuda porque todo el mundo quiere recibir ayuda en caso de necesidad extrema. Pero este argumento ignora que el hecho de necesitar o no ayuda no es un fenómeno puramente aleatorio sino que depende fuertemente de lo que los individuos quieren y pueden hacer: las probabilidades de encontrarse desprotegido en situación de necesidad o de tener capacidad de ayudar a otros no son la mismas para todos, y de hecho pueden ser muy diferentes. También puede argumentarse que el necesitado frecuentemente no ha tenido la culpa de su estado (en algunos casos sí que puede haber sido imprudente o negligente): pero entonces habrá que buscar al culpable, si es que lo hay, y exigirle responsabilidades, y no hacer pagar a quienes tampoco son culpables (aquellos a quienes se fuerza a ayudar a otros).

Los humanos son animales hipersociales con sentimientos morales y preocupación por su reputación: es normal sentirse mal por el dolor ajeno y querer ayudar a otros, sobre todo cuando los otros son próximos, el coste personal es pequeño y los beneficios, para los demás y para uno mismo, son muy grandes (altruismo como señal de estatus). Un individuo tendría que ser muy anormal (tal vez un psicópata a quien no importa nada el sufrimiento ajeno) o muy socialmente incompetente para no ayudar a un necesitado extremo: se arriesgaría a una grave pérdida de prestigio, al boicoteo o al ostracismo; perdería la posibilidad de presentarse ante los demás como un buen altruista merecedor de elogio, y a un potencial aliado intensamente agradecido (el receptor de ayuda).

Si se acepta que el castigo ante la violación de una norma debe guardar una relación estrecha y proporcional con la acción, la penalización por no ayudar debería consistir también en no ayudar al culpable del delito de omisión de socorro: a una omisión se responde con otra omisión; no vale usar la violencia contra quien no ha usado al violencia. Y esta omisión o repudio a quien no ayuda es la respuesta o reacción típica y perfectamente legítima en el sistema liberal sin la excepción de la obligación de ayudar, luego de nuevo apenas hay diferencias entre introducir o no la excepción.

Una razón para introducir la obligación de ayudar al necesitado puede ser hacer la ética de la libertad más atractiva y aceptable por todos (y de paso quizás también mejorar la imagen pública del pensador concreto que hace esta propuesta). Pero es peligroso forzar los argumentos para pasar del ámbito de la razón al de la emoción, las relaciones públicas y la popularidad: el sesgo de deseabilidad social puede llevar a la trampa, el autoengaño o la confusión. Una cosa es decir que defiendes unas determinadas reglas que obligan a ayudar a los necesitados, y otra distinta, y mucho más informativa y seguramente efectiva, es decidir libremente ayudar a los necesitados, hacerlo y no sólo hablar de ello o de cómo regularlo, y asumir que otros quizás no quieran hacerlo.

Imponer una obligación de ayudar pone el énfasis en una norma en lugar de promover la responsabilidad libre del individuo: se espera que la ley haga el trabajo en lugar de confiar y desarrollar la capacidad de decisión de las personas; la decisión libre muestra lo que son los individuos y permite apreciar mejor las diferencias entre ellos. Si se quiere ayudar al otro la obligación no hace falta; si no se quiere, el individuo actúa contra su voluntad, ya no es libre de elegir.

La obligación de ayudar a los más necesitados puede generar incentivos no previstos o no deseados: aquellos con más medios que no deseen ayudar pueden intentar alejarse de los más necesitados para así no ser lo más próximos y no verse obligados a asumir costes, molestias, o castigos; puede haber conflictos o indeterminaciones cuando varios puedan ayudar y no esté claro quién debe hacerlo, o cuando varios tengan derecho a recibir ayuda y no existan recursos suficientes para todos; los individuos pueden volverse más imprudentes o irresponsables si saben que los demás deben salvarlos de sus errores; los necesitados pueden exagerar su necesidad para así reclamar el derecho a recibir ayuda.

Si se acepta introducir ciertas circunstancias y obligaciones positivas en las normas éticas, cabe plantearse por qué no considerar también otras condiciones y deberes. Un igualitarista puede exigir que se consideren de forma sistemática las diferencias relativas de poder o riqueza y que estos se redistribuyan para eliminarlas de forma parcial o total. Un defensor de los poderosos puede afirmar que los superiores tienen derecho a dominar a los inferiores y explotarlos. El espacio de posibilidades es en principio tan amplio como la imaginación, y una vez abierta un poco la puerta tal vez sea muy difícil no abrirla más o incluso del todo. Con la introducción de condicionantes en las normas la igualdad ante la ley es más aparente que real: no se trata a la persona sólo por lo que hace o no hace, sino también por lo que es, por lo que tiene, por lo que gana, o por cómo está; así un impuesto progresivo puede presentarse como que es una ley igual para todos los ciudadanos aunque el rico tenga que pagar mucho más que el pobre.

Una posible defensa de las normas liberales con mínimas excepciones (frente al añadido de todavía más excepciones o condicionantes) es su mejor funcionalidad: permiten el desarrollo y el progreso humanos, especialmente en el ámbito económico. Pero la noción de funcionalidad puede entenderse de forma diferente por aquellos a quienes no les importa que la riqueza total disponible sea menor si esta está más uniformemente distribuida. También podría ser funcional para la humanidad o para un grupo deshacerse de todos aquellos que sean un lastre neto (apartándolos o matándolos), es decir los que reciben más de lo que producen (o de quienes se espera que consuman de otros más de lo que generan para otros): si se introducen modificaciones éticas para proteger a los más débiles también pueden introducirse para atacar a los más débiles.

Dada la capacidad humana para el error y el engaño, los análisis económicos y sociales de funcionalidad pueden hacerse mal, por equivocación (ignorancia al criticar el libre mercado y defender el intervencionismo o el socialismo) o a propósito (malicia interesada de un grupo de presión): la universalidad total y no condicional de las normas éticas produce un sistema sólido y a prueba de errores, tan sencillo que es casi imposible equivocarse, con lo cual la sociedad queda a salvo de trampas potencialmente muy nocivas.


Libertad y coacción laboral

13/01/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Una crítica común contra el liberalismo es que defiende a los ricos, a los empresarios, a los empleadores, y no a los pobres, a los trabajadores, a los empleados: estos últimos deben renunciar a su autonomía al someterse a la voluntad de quienes pagan su salario para poder sobrevivir; los débiles son coaccionados por los poderosos, sufren violencia económica estructural; el capitalista explota al trabajador y se apropia de la plusvalía; no es aceptable que las partes de un contrato tengan muy diferente poder de negociación, siendo unos muy fuertes y con muchas opciones y otros muy débiles y con escasas o nulas alternativas.

Según esta línea de argumentación falaz y tramposa, a los liberales no nos preocupa la libertad del trabajador, sólo la del capitalista (quizás porque nosotros mismos somos ricos egoístas o trabajamos como mercenarios a su sueldo): somos indiferentes e insensibles a su dolor. Estamos obsesionados contra la coacción estatal pero ignoramos completamente la coacción privada que se produce en las relaciones laborales.

Uno de los atributos esenciales de la ética de la libertad, quizás mal comprendido y difícil de asumir, es su recursividad, reflexividad o autoreferencia: cada individuo es soberano para renunciar a su propia libertad; uno es libre para dejar de ser libre. Es posible aceptar de forma voluntaria restricciones o limitaciones al ejercicio de la voluntad. Es perfectamente legítimo para un agente limitar su propia autonomía, eliminando posibilidades de decisión o cediendo el control a otros. Defender la libertad implica aceptar que las personas pueden decidir renunciar a su autonomía (normalmente de forma parcial) porque con ello obtienen algo que valoran más.

Igual que el propietario puede vender, alquilar o regalar su propiedad, la persona puede ceder sus derechos a otros: que algunos de mis derechos fundamentales sean inalienables significa que los demás no pueden quitármelos, no que yo no pueda renunciar a ellos. Las restricciones pueden ser más o menos fuertes (parciales o totales), duraderas (temporales o definitivas), y reversibles o irreversibles (uno puede vender sus órganos, suicidarse, entregar su vida por otros o venderse como esclavo).

Las restricciones pueden ser exclusivamente físicas, como cuando uno se encierra en una habitación con candado y tira la llave o se la entrega a otra persona; pero normalmente se expresan mediante acuerdos contractuales en los cuales cada parte gana derechos a cambio de aceptar deberes que son derechos para la otra parte. Los propios contratos pueden contener cláusulas acerca de cómo modificarlos o terminarlos (de forma unilateral, por satisfacción de alguna condición), y qué hacer en caso de incumplimiento de lo pactado o por problemas de interpretación. Los contratos por su propia naturaleza normalmente son exigibles por la fuerza, no son meras declaraciones de intenciones cuyo incumplimiento no puede ser sancionado.

Un contrato especialmente importante en la vida de casi todos es el que regula una relación laboral entre empleador y empleado, entre empresario y trabajador, entre jefe y subordinado. La coacción estatal es muy diferente de la subordinación del empleado a sus superiores. El Estado no te pregunta como súbdito ciudadano si quieres participar o no en alguno de sus proyectos (sanidad, enseñanza, pensiones públicas) o someterte a su regulación sino que se impone de forma unilateral sobre ti con su monopolio de la fuerza y la ley. Votar con los pies y abandonar el territorio de un Estado es algo relativamente muy difícil y costoso (a veces incluso prohibido en las dictaduras más totalitarias) en comparación con un mero cambio de empleo. El mercado libre es muy diferente de la coacción estatal, ya que nadie está obligado a comprar lo que otros venden o a asociarse con ellos.

En una economía compleja con especialización, división de trabajo e intercambios, uno entrega un bien o servicio y recibe otra cosa a cambio, normalmente dinero. Unos venden lo que otros compran y viceversa; los vendedores compiten entre sí para intercambiar con los compradores, y los compradores compiten entre sí para intercambiar con los vendedores. Se ofrecen y se demandan muy diversos bienes y servicios en diferentes cantidades, calidades y precios. Los participantes en el mercado pueden ser muy diferentes en sus capacidades y deseos, en lo que pueden dar y en lo que quieren recibir. Algunos son más eficientes al producir, o aciertan al llevar al mercado lo que los compradores más desean, o se sacrifican y venden más barato. Uno de los servicios más importantes es la capacidad laboral, el trabajo, que puede requerir muy diversas habilidades y que tiene cierto componente de capital intelectual individual porque no es mera fuerza bruta o simple gasto de energía.

El liberalismo se basa en la igualdad ante la ley, no en la igualdad de resultados, poder o riqueza conseguidos por unos a costa de otros. Las reglas del mercado libre sobre no agredir, no robar, no estafar y cumplir los contratos, son las mismas para quienes alquilan su capacidad laboral que para quienes venden cosas. El trabajo es un servicio económico peculiar frente a otros factores de producción y bienes finales, pero esto no implica que merezca una especial protección legal.

En una sociedad libre los ricos lo son por haber servido eficientemente a los demás, por desarrollar habilidades muy demandadas por el mercado de trabajo, por ser muy productivos, por vender bienes de calidad suficiente a precios atractivos, por organizar empresas exitosas, por acertar con sus predicciones y apuestas financieras o quizás por haber recibido regalos como herencias. En el mundo actual muchos ricos lo son por privilegios ilegítimos, protecciones injustas o crímenes consentidos o no castigados, pero eso no se debe a la libertad sino a su falta.

Las empresas suelen estar organizadas como jerarquías de mando: los accionistas o capitalistas son los dueños últimos que nombran directivos y ejecutivos y estos a su vez contratan trabajadores con distintos niveles de responsabilidad; todo el mundo tiene algún jefe, y los mandos además tienen subordinados. Los directivos de más alto nivel suelen cobrar salarios más elevados porque su importancia en la organización y su productividad son mayores y porque los talentos requeridos son relativamente más escasos: es muy fácil criticar y denigrar a los jefes, pero no todo el mundo vale para dirigir y coordinar a otras personas. Mandar significa poder obligar a otro a hacer algo: el jefe no sólo informa sobre lo que hay que hacer sino que además exige resultados. Normalmente los jefes no pueden exigir cualquier cosa: las relaciones laborales están reguladas por lo pactado en cada contrato, posiblemente especificando cómo, cuándo y cuánto se debe trabajar.

Las relaciones entre receptores y proveedores de bienes y servicios pueden ser de varios tipos según cómo y cuándo se producen e intercambian las cosas y cómo se comprueba y controla su calidad. Un productor puede primero fabricar bienes y luego ofrecerlos a potenciales compradores, quienes ven el objeto ya existente y pueden hasta cierto punto comprobar su calidad y decidir si les interesa o no al precio pedido; el trabajador se organiza como quiere y asume el riesgo de no encontrar compradores u obtener pérdidas. Un comprador puede encargar a un productor que haga algo a un precio cerrado de antemano: puede haber problemas si el objeto producido o el servicio prestado no se corresponden con lo pactado o lo deseado por el receptor.

Las relaciones de intercambio entre agentes económicos pueden ser puntuales o extendidas en el tiempo. Los contratos pueden ser puntuales, por obra o servicio, sin derecho ni obligación de continuar la relación; o pueden implicar una cierta extensión temporal con deberes y derechos por ambas partes (opciones de continuar o finalizar la relación). Las relaciones de intercambio tienen costes económicos y legales de generación, mantenimiento y terminación: requieren buscar a la otra parte, seleccionar entre alternativas, negociar condiciones y vigilar el cumplimiento de lo pactado y las calidades y cantidades de bienes y servicios intercambiados. Una ventaja de los contratos puntuales es que son más flexibles y en caso de insatisfacción simplemente no se repite la interacción; las relaciones duraderas tienen la ventaja de que reducen costes de transacción y negociación, pero son más rígidas y suelen implicar costes de mantenimiento y terminación.

Las relaciones laborales típicas son más o menos extendidas en el tiempo, exigen obediencia a algún jefe e implican la prestación de algún servicio para el empleador. Son necesarios mecanismos de medición e incentivación del rendimiento más o menos problemáticos en los diferentes ámbitos laborables: algunas tareas son difíciles de supervisar, cuantificar o valorar; si el trabajo es en equipo es complicado separar la aportación de cada elemento. Si se paga al trabajador por cantidades producidas entonces conviene vigilar la calidad de lo producido, porque es posible hacer mucho pero mal; si se le paga por tiempo de trabajo entonces conviene controlar que ese tiempo sea aprovechado de forma eficiente, porque es posible tomárselo con mucha calma y trabajar despacio y con poca intensidad. Algunos malos trabajadores pueden recriminar a otros que cumplan bien o mejor con su cometido porque así demuestran que es posible y dejan en evidencia a los vagos o incompetentes.

Todas las interacciones económicas pueden resultar insatisfactorias para alguna de las partes de forma accidental o intencional (fraude): impagos, equivocaciones, productos o servicios de mala calidad o cantidad insuficiente, averías, exigencias no pactadas previamente. Igual que es posible vender bienes defectuosos, los trabajadores pueden hacer chapuzas, practicar la picaresca, vaguear, escaquearse, o incluso robar mercancías o sabotear el sistema productivo (destrucción física, huelgas).

Las condiciones laborales (horarios rígidos o flexibles, tiempos de descanso, ámbito físico de trabajo, relaciones personales, seguridad, calidad de las herramientas empleadas) pueden repercutir sobre la productividad: mejorarlas puede ser un acierto empresarial, pero todo tiene sus costes e inconvenientes; no hay garantías de que cualquier mejora en las condiciones de trabajo sea beneficiosa para todos, incluidos los dueños de la empresa; además el trabajador puede preferir un salario monetario mayor en peores condiciones (más incomodidades o peligros).

El mercado libre tiende a pagar al trabajador según su productividad marginal: si le paga más que el valor que produce le genera pérdidas, y si le paga menos puede ser contratado por la competencia. En algunas circunstancias (países pobres, escasez de capital, trabajadores sin cualificación adecuada, crisis económica con descoordinación productiva y altas tasas de paro, pocas alternativas laborales por falta de competencia empresarial, quizás debida a restricciones legales) las condiciones laborales pueden ser muy duras y los salarios muy bajos: los problemas suelen deberse a falta de libertad y no se solucionan restringiéndola; el odiado capital es el mejor aliado del auténtico trabajador.

Los agentes económicos no tienen ningún rol preasignado: nadie está predeterminado o condenado a ser trabajador. Si  un individuo cree que los empleadores se aprovechan de los trabajadores y abusan de ellos, puede intentar convertirse en empresario empleador y equilibrar el poder al disminuir la oferta de trabajo e incrementar su demanda. Si consiguen los recursos económicos complementarios suficientes (capital financiero, herramientas) los trabajadores pueden intentar organizarse en régimen de cooperativa: esta forma de organización empresarial puede resultar atractiva e interesante, pero no está exenta de problemas que pueden hacerla relativamente ineficiente (y por eso no abundan en los mercados reales).

Es frecuente que se comparen las condiciones laborales muy duras con la esclavitud o semiesclavitud. Sin embargo un esclavo es algo muy diferente de un trabajador libre: el trabajador acepta voluntariamente limitar su autonomía y esforzarse en beneficio de otro a cambio de un salario, mientras que el esclavo no suele elegir serlo, no recibe nada a cambio (salvo quizás el mínimo mantenimiento vital), y el esclavista no está obligado a nada; el trabajador puede cambiar libremente de trabajo y buscar mejores opciones (salvo haber pactado lo contrario con algún requisito de permanencia o cláusula de rescisión o no competencia), mientras que el esclavo es duramente castigado por intentar escapar. Las típicas menciones sindicales a la esclavitud son una ofensa a los auténticos esclavos y suelen ser intentos desvergonzados y tramposos de colectivos privilegiados de presentarse como víctimas para ganar el argumento moral y obtener la simpatía popular.

Si un empleador te ofrece condiciones insatisfactorias o que te parecen indignas (término del que es fácil abusar), puedes simplemente ignorarlas: las ofertas de intercambio no empeoran tu situación por muy mala que esta sea, como mucho te dejan igual. Si eres muy pobre y necesitas trabajar para sobrevivir, busca la mejor opción posible, ignora las que te parezcan muy malas y agradece las mejores; normalmente quienes te ofrecen oportunidades laborales no son responsables de tu situación de necesidad. Si crees conveniente denunciar moralmente a empleadores abusivos, hazlo libremente, pero recuerda que los demás no tienen por qué hacerte caso y que la libertad de expresión puede volverse en tu contra si te critican a ti: si tú puedes hablar mal de otros, otros pueden hablar mal de ti.

El empleador no te contrata para solucionar tus problemas y que consigas tu realización personal (eso es responsabilidad tuya) sino para estar a su servicio. En algunos empleos puedes tener que renunciar a cosas que consideras muy valiosas (como la libre expresión de tus opiniones): es decisión tuya qué costes asumir, y recuerda que la otra parte también está renunciando al dinero que te paga. Si eres un intervencionista liberticida tal vez creas que ciertas pérdidas de autonomía son injustificadas y no pueden tolerarse: sin embargo el trabajador que acepta esas condiciones lo ve de otra manera y él es el principal interesado y quien mejor conoce su situación.

Un caso especialmente delicado es cuando se mezcla el sexo con el trabajo no sexual, normalmente de jefes hombres que exigen sexo a empleadas para acceder a un empleo o conservarlo. Los intercambios de sexo por dinero (prostitución) u otros bienes son perfectamente legítimos aunque para muchos sean inmorales. Normalmente el mercado libre diferencia los servicios sexuales de los trabajos no sexuales, aunque en algunos casos pueden estar parcialmente mezclados, quizás de forma encubierta porque ambas partes prefieren que no se sepa (hombre poderoso que promete lanzar la carrera de una actriz o modelo a cambio de sexo). La naturaleza de las relaciones laborales puede cambiar según lo negocien las partes: el empleador puede pasar de querer sólo trabajo a querer también sexo; la empleada puede negarse o aceptar. Una posible defensa de una mujer que se sienta acosada es hacer públicos los hechos (aunque pueden ser difíciles de probar y también es posible mentir al respecto para atacar al jefe): seguramente los superiores o familiares del acosador no consientan su conducta (especialmente su esposa si está casado), y muchas personas pueden querer participar en boicoteos o actos de repudio.

Algunos artículos (acertados y desacertados) sobre este tema:

Workplace Coercion, de Jessica Flanigan

Libertarian Hypocrisy?, de Jessica Flanigan

Let It Bleed: Libertarianism and the Workplace, de Chris Bertram