Lenguaje y comunicación de la libertad

12/07/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La comunicación efectiva de la libertad puede mejorar si se conoce qué es el lenguaje, sus límites y problemas, y por qué las ideas liberales son más difíciles de transmitir y popularizar.

Mediante la comunicación oral o escrita una persona transmite un mensaje a otros utilizando un lenguaje o código (asociaciones semánticas, reglas sintácticas) que ambas partes deben dominar para lograr entenderse. La habilidad lingüística necesaria para participar en actos comunicativos debe aprenderse mediante un acoplamiento práctico con otros usuarios más expertos a quienes imitar y de quienes recibir instrucciones y correcciones. La comunicación puede realizarse como monólogo (de uno a uno o de uno a muchos, un emisor y uno o varios receptores; una presentación, una conferencia, una lección magistral sin interrupciones, un discurso, un libro), diálogo (dos o más participantes que intercambian roles; una charla informal, un debate) o una combinación de ambos (un debate con audiencia).

La comunicación lingüística implica pensamiento y sentimiento, cognición y sensibilidad, razón y emoción: tanto los emisores de mensajes como quienes los reciben son capaces de pensar, entender, relacionar, recordar, imaginar; y tienen intereses, pueden sentir, verse afectados, valorar, preferir; pueden entender lo que se les dice o no; pueden disfrutar de una conversación, o pueden sufrirla (por aburrimiento, porque no les gusta la otra persona o lo que dice).

La comunicación satisfactoria requiere que ambas partes se involucren y sean competentes: el hablante transmite con claridad, precisión y concisión; el oyente practica una escucha activa. El éxito no siempre está garantizado: depende de facultades que deben estar adecuadamente ajustadas y que pueden fallar, de modo que siempre son posibles los malentendidos o equívocos. A veces ni siquiera el hablante sabe con exactitud qué es lo que quiere decir, y sólo a posteriori se descubren posibles problemas de ambigüedad, contradicciones o falta de información (incluso en lenguajes formales como la programación o los documentos legales es difícil depurar todos los errores o garantizar las interpretaciones deseadas).

Los hablantes sinceros hablan para ser entendidos y quieren conseguirlo de forma económica, sin malgastar recursos escasos valiosos como el tiempo y la atención. La comunicación sucede en un contexto compartido por los hablantes que puede facilitar la comprensión mutua e incrementar la eficiencia de la transmisión de información: los participantes tienen un conocimiento común que no es necesario mencionar o repetir y que es posible utilizar como referencia y punto de partida; cada uno sabe (o supone) qué sabe ya el otro. El conocimiento de qué cosas constituyen el contexto compartido suele ser imperfecto y de límites difusos: los hablantes pueden dudar y solicitar confirmaciones, aclaraciones, detalles.

Nadie es dueño, diseñador o creador del lenguaje sino que se trata de una institución social de carácter cultural, emergente, adaptativo, evolutivo, y que se construye mediante su propio uso entre todos los hablantes. Los significados de las palabras son complejos y poliédricos: los términos no tienen significados objetivos absolutos y eternos sino que los hablantes les asignan sentidos que en parte son denotativos (formales, universales) y en parte connotativos (subjetivos, alegóricos, dependientes de circunstancias particulares). Los significados pueden ser aclarados en caso de necesidad mediante otras palabras (descripciones, diccionarios) o de forma ostensiva (mostrando el referente en el mundo real, como un objeto o una acción): sin embargo la aclaración también puede ser problemática, porque las palabras de la definición a su vez pueden no ser comprendidas y porque en el mundo real puede no quedar claro a qué se está refiriendo uno al señalar (¿a ese perro en concreto?; ¿al perro en abstracto?; ¿a los animales?; ¿a lo que está haciendo ese perro en ese momento?). El uso y sentido de las palabras puede cambiar conforme el lenguaje evoluciona y se adapta a las necesidades y preferencias de los hablantes.

Que no exista una correspondencia perfecta entre la realidad y los términos o proposiciones utilizados para representarla no significa que en la comunicación valga todo, que no haya ninguna regla: el hablante que no sea consistente en el uso del lenguaje, que use las palabras sin suficiente rigor, y que no comparta con los demás unos significados por lo general comunes, verá dificultados o frustrados sus intentos de comunicación efectiva.

El habla es una acción, una interacción, y sirve para controlar la acción. El hablante le hace algo al oyente, actúa sobre él, altera su estado mental, su cognición (lo que cree o sabe) y/o sus emociones (lo que siente). En dos extremos opuestos del uso del lenguaje: la poesía evoca, sugiere, emociona, motiva, seduce, mientras que la ciencia describe, analiza y sintetiza, explica, predice. El oyente es afectado de algún modo por el mensaje recibido, puede sentir alegría, tristeza, esperanza, miedo, sorpresa, asco, ánimo o desánimo, motivación o desmotivación. Al alterar su pensamiento y sus preferencias, el oyente actúa de forma diferente a como habría actuado si no hubiera recibido el mensaje.

La posición de hablante y oyente puede invertirse en un proceso dinámico recurrente potencialmente indefinido. Los actos comunicativos son procesos de interacción, toma y daca, doy y recibo: la información compartida puede sugerir nuevas preguntas o temas, solicitudes de aclaraciones, confirmaciones, valoraciones; la conversación se construye sobre sí misma hasta que se agota.

El lenguaje es una herramienta de control y coordinación que posibilita compartir información relevante, organizar la cooperación, instruir, influir sobre los demás, dirigir su conducta, manipular a los otros: órdenes, deseos, peticiones, compromisos, preguntas, consejos, protestas, sugerencias. Sin embargo el oyente no es una mera marioneta en manos del hablante: puede defenderse de los intentos de manipulación, negarse a obedecer, rechazar el mensaje, y puede a su vez intentar influir sobre el otro. Algunos individuos son más persuasivos que otros, más influyentes; y las personas son más asertivas o más manipulables.

La comunicación permite la coordinación de las conductas, y como una conducta interactiva requiere ella misma algún tipo de coordinación para hacerla efectiva y eficiente: no hablar varios a la vez, evitar hablar sin que el otro escuche, acordar los temas. Es especialmente importante la gestión de la atención y la disponibilidad para la comunicación: el emisor debe asegurarse de que el receptor está listo e interesado solicitando su atención, y el receptor debe estar alerta a las peticiones de comunicación. Ciertos instantes especiales pueden requerir de un protocolo más o menos formal: saludos, solicitud y cambios de turno, despedidas. Algunas conversaciones tienen roles especiales, como presentador, entrevistador o moderador.

Los actos del habla a veces son intencionales, preparados, meditados, y otras veces son espontáneos, repentinos, irreflexivos. En algunas ocasiones el hablante puede prepararse y ensayar qué va a decir y cómo va a decirlo para conseguir lo que desea: el oyente está en una posición diferente, ya que en principio no sabe cuándo va a recibir un mensaje ni cuál va a ser su contenido. En una conversación oral puede no haber tiempo de preparar respuestas: el hablante puede reaccionar de forma automática, irreflexiva, incluso involuntaria, no sabe por qué dice lo que dice, puede expresar algo que no quería decir (un lapsus, una indiscreción, algo hiriente en una pelea); para evitar errores puede repetir tópicos, evitar contestar preguntas delicadas, cambiar de tema; la habilidad de conversar espontáneamente suele resultar muy valiosa (algunos discursos aparentemente espontáneos en realidad están muy ensayados).

El habla es un acto relacional y social, de unas personas hacia otras, y la comunicación y las relaciones personales y sociales se influyen mutuamente: al hablar tenemos en cuenta nuestras posiciones o estatus relativos (no hablas igual al amigo o al enemigo, al superior o al inferior, al conocido o al desconocido), y el habla contribuye a construir, mantener o destruir esas relaciones (mensajes de amor u odio, alabanzas, ofensas, promesas, garantías de confianza, amenazas, mentiras descubiertas). Gran parte de los actos de habla son simplemente lubricante social, conversaciones intrascendentes cuyo contenido informativo no importa tanto como el mantenimiento de la relación (saludos estereotipados, protocolos, hablar del tiempo). Los actos de habla no suelen ser meros intercambios de datos, descripciones, explicaciones o predicciones sobre el mundo: también incluyen, de forma explícita o implícita, actitudes y valoraciones. La comunicación no se realiza sólo con palabras y frases: también son relevantes y pueden ser muy expresivos la entonación (cómo se dicen las cosas, el tono de voz) y el lenguaje corporal (gestos, posturas); es posible mostrar respeto o desprecio, superioridad o sumisión, interés o aburrimiento.

Las conversaciones pueden ser interacciones estratégicas competitivas o cooperativas: uno puede intentar derrotar al otro, mostrar que tiene razón y que el otro está equivocado, que sabe más que él (sorprenderlo, provocarlo, ponerlo nervioso, forzar un error), o por el contrario puede intentar una alianza, ofrecer reconocimiento, ayuda y confianza mediante gestos de amistad, confirmar sus expectativas, repetir cosas que ya sabe, hacerle sentir cómodo, caerle bien, darle la razón. El uso de ciertas expresiones distintivas permite identificarse como miembro de un determinado grupo ideológico o religioso: cada colectivo tiende a desarrollar su propia jerga específica.

En algunas ocasiones el contenido de la comunicación es menos relevante que el hecho de que se produzca la interacción y cómo esta sucede: un hablante muestra su alto estatus al concentrar la atención de otros durante mucho tiempo; un dictador suelta un discurso interminable y demuestra su poder al tener juntos, quietos, callados y sumisos a un gran número de personas obedientes que deben escuchar sin protestar, y además la actitud inadecuada puede emplearse como un indicador de falta de lealtad.

El lenguaje es una herramienta útil para la coordinación social, pero no sólo es imperfecto, limitado y proclive a errores: además puede usarse para la descoordinación o el engaño con la mentira, la desinformación o la ocultación activa de la verdad (distracción de la atención al hablar de otras cosas). El lenguaje permite también las sandeces, la charlatanería, el fraude intelectual: los estafadores son maestros de la comunicación y las interacciones personales. El demagogo apela a las emociones y ofusca la racionalidad: halaga al oyente y le promete todo; el demagogo y sus seguidores se proclaman mutuamente como los buenos que denuncian a los otros, los malos, los injustos, los inmorales. En ciertos sectores académicos (como la filosofía postmoderna) es típico el uso de un lenguaje oscuro, indescifrable, difícil de comprender, como estrategia de confusión y como señal de pertenencia: los oyentes incautos pueden creer que el hablante es un ser superior que explora ámbitos difíciles, elevados (o profundos), que no están al alcance de todos; los miembros del grupo de estafadores intelectuales reconocen a un colega.

Los jefes de prensa, los portavoces y los expertos en comercialización, imagen y relaciones públicas, son muy hábiles en el uso del lenguaje con las expresiones adecuadas para defender sus intereses y los de sus clientes. Los hablantes construyen y usan redes semánticas complejas con las relaciones entre los términos: las palabras no sólo significan sino que sugieren, tienen muchas asociaciones, algunas positivas y otras negativas. A veces el hablante no desea ser comprendido con precisión porque esta podría revelar algún error, trampa o contradicción: los posibles significados múltiples se utilizan a propósito para poder sugerir simultáneamente varias cosas diferentes y luego poder escoger según las circunstancias qué es lo que se ha querido decir.

En la comunicación exitosa el mensaje se entiende e interesa: no es algo difícil, poco claro, incomprensible; no aburre, no ofende, no es rechazado. En el ámbito de lo cognitivo o racional, las ideas de la libertad son razonables y no son difíciles de explicar, pero chocan contra intuiciones tribales atávicas y sesgos cognitivos muy extendidos. Sin embargo el problema principal del rechazo del liberalismo seguramente está en el lado de los intereses, emociones o preferencias. Los individuos suelen valorar mucho su reputación personal (intelectual y moral), su pertenencia leal a algún grupo, y sus fuentes de ingresos económicos. El liberalismo suele criticar o denunciar problemas en todos estos ámbitos sensibles: hacerse liberal implica reconocer que antes uno ha estado equivocado, y para muchas personas esto no es fácil; el liberalismo es individualista, parece egoísta, ve a los grupos como potencialmente peligrosos por su capacidad destructiva, y puede implicar alguna ruptura de la lealtad con el colectivo del cual formaba parte una persona (la patria, el sindicato, el partido político), con la pérdida de capital social que esto implica; el liberalismo denuncia de forma sistemática las leyes injustas que benefician a unos a costa de otros (subvenciones, proteccionismo, privilegios), y los intereses creados o beneficiarios de la violación de la libertad y la propiedad, que pueden ser muchos y poderosos, seguramente no simpaticen con el liberalismo, rechacen el mensaje e incluso actúen en su contra.

En un próximo artículo espero explorar cómo argumentar mejor las ideas liberales.

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Lenguaje y libertad de expresión

13/01/2015

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La ética de la libertad se basa en los equivalentes o complementarios derecho de propiedad y principio de no agresión: uno es libre de hacer lo que quiera (nada está prohibido ni es obligatorio) en el ámbito de su propiedad sin interferir violentamente con lo ajeno, sin agredir o coaccionar a otros. Está prohibido hacer el mal (dañar a otros), y no es obligatorio hacer el bien (ayudar a otros). El propietario manda sobre su propiedad y no tiene ningún derecho sobre lo que es de otros. Este es el único sistema normativo con carácter universal y simétrico que es además funcional: sirve para evitar, minimizar o resolver conflictos, y fomenta el desarrollo humano y la convivencia pacífica y armoniosa. Es posible modificar esta norma básica universal mediante contratos o acuerdos voluntarios entre las partes involucradas: así se intercambia la propiedad sobre los bienes y se generan prohibiciones, obligaciones y derechos positivos particulares que sólo afectan a las partes contratantes.

La ética de la libertad puede modularse, modificarse o precisarse según qué se entienda como agresión o daño. Agresiones típicas y claras son el asesinato, los daños físicos contra la persona o los bienes ajenos, la violación, el secuestro y el robo. Los actos de habla o expresiones lingüísticas (verbales, escritos, dibujados, cantados, expresados corporalmente o mediante otros actos simbólicos) no constituyen violencia física ni robo de bienes materiales, y por lo tanto, según la visión más restringida o estricta de lo que constituye una agresión, cada individuo es en principio libre de decir o escribir lo que quiera siempre que no obligue a otros a escuchar o leer ni les exija proporcionarle los medios necesarios para producir y transmitir su mensaje. Nadie tiene derecho a censurar a otros o impedirles expresarse libremente.

Sin embargo algunos conflictos sociales se deben a interacciones lingüísticas: mediante el habla es posible causar daños que pueden ser percibidos subjetivamente como graves; los intercambios verbales pueden subir de tono y propiciar agresiones físicas.

El lenguaje es una herramienta que puede utilizarse tanto para la cooperación (permite la coordinación social entre los agentes) como para la competencia: transmitir datos, información o conocimiento; compartir opiniones, expresar deseos, preferencias, valoraciones; influir sobre los demás, emocionarlos y manipularlos; dar consejos o recomendaciones; crear, mantener o romper relaciones; mostrar aprecio o desprecio, declarar amor u odio, aprobación o rechazo; desear el bien o el mal; infundir miedo, transmitir advertencias o amenazas; realizar promesas; señalar lealtad y compromiso; hablar bien o mal de algunos, cotillear, chismorrear, esparcir rumores; alabar o humillar; mentir, engañar, estafar; mostrar respeto o falta de respeto; demostrar sumisión o superioridad; insultar, burlarse, mofarse, reírse de otros; injuriar, difamar; criticar de forma constructiva o destructiva; atacar a unos y defender a otros.

El lenguaje funciona entre individuos a través de sus relaciones pero también los une y separa en grupos a distintos niveles de agregación. Los cooperadores tienden a hablar bien unos de otros, se muestran respeto y se ríen juntos; los competidores tienden a insultar u ofender, hablan mal y se ríen o burlan unos de otros (de forma más o menos explícita o intensa).

Al decir algo (y al callar) los individuos no sólo hablan acerca de otros sino que también transmiten información sobre sí mismos: qué tipo de persona se es, de qué cosas se habla y de cuáles no, cómo se habla. Por prudencia la gente no suele decir todo lo que piensa y limita voluntariamente su libertad de expresión usando su propio juicio para decidir qué decir y qué callar. Es posible callar para no herir al otro o para evitar daños contra uno mismo por la reacción del otro. Es peligroso decir que el emperador está desnudo o denunciar las corruptelas, mentiras, trampas, incompetencia o abusos de los poderosos.

Las críticas a otros pueden intentar ser constructivas y respetuosas, pero también son posibles los ataques ofensivos que pretenden causar daño, provocar, avergonzar, humillar, ridiculizar: sátira, humillación, infamias, injurias, escarnio, calumnias, libelo, difamación. Además de incluir algún argumento estos ataques pueden referirse a diversos defectos, prácticas o creencias: estulticia, fealdad o rasgos desagradables en general (olores), atributos o prácticas sexuales; falta de éxito (recordar alguna derrota, fracaso o humillación), honor, coraje; indignidad; pueden utilizarse obscenidades, referencias degradantes a excrementos y desechos corporales, y realizar comparaciones con animales detestables.

Los seres humanos son animales hipersociales preocupados por su estatus, reputación, prestigio, fama, dignidad u honor. Quieren ser percibidos como buenos cooperadores o amigos (leales, fiables, honestos, comprometidos, competentes, eficientes), y como temibles competidores o enemigos (para evitar la posibilidad de ser atacados o consolidar una posición de superioridad y dominio sobre otros). Les importa mucho lo que los demás piensan y dicen de ellos: lo que piensan, porque en eso consiste la reputación, y lo que dicen, porque mediante el lenguaje los individuos influyen sobre lo que piensan los demás (la gente suele creerse lo que le dicen, la actitud racional crítica y escéptica es difícil y el sesgo de confirmación está generalizado).

Es muy difícil comprobar y controlar plenamente lo que la gente piensa, pero es más factible y práctico influir sobre lo que se dice, especialmente cuando se hace en público: es más fácil de comprobar y se trata de actos lingüísticos mucho más importantes por su impacto más generalizado sobre los receptores de los mensajes (no sólo porque son más, sino porque además cada oyente o lector sabe que no es el único, que hay otros receptores que comparten el mensaje, lo cual puede permitir su coordinación); es posible prohibir ciertas expresiones (críticas, disenso), y obligar a realizar otras (muestras de sumisión, de compromiso, de conformidad).

La cultura (costumbres, tradiciones, vestidos, gastronomía, expresiones artísticas, música, danzas, leyendas, mitos, idiomas, acentos) y muy especialmente las creencias (sobre todo las religiosas pero también las políticas) pueden utilizarse para delimitar y cohesionar grupos (especialmente si son extensos y no pueden gestionarse mediante relaciones personales entre conocidos), para saber quién es miembro y quién no, para fomentar la uniformidad y la conformidad y para comprobar el compromiso y la lealtad del individuo con el colectivo.

El ámbito religioso suele ser especialmente problemático para la libertad de expresión. Ciertos líderes (profetas, héroes, mártires, santos, semidioses, dioses) pueden servir como representantes o puntos de referencia de un grupo, y atacarlos verbalmente a ellos equivale a atacar a todo el grupo. Ciertas creencias arbitrarias o absurdas pero consideradas sagradas (tabús intocables, dogmas irrenunciables) pueden servir como señal honesta costosa para probar la lealtad o respeto al grupo: el miembro fiel renuncia a la racionalidad crítica y a la expresión abierta de dudas, no se queja o protesta, participa activamente en los rituales y repite regularmente el credo común; el hereje, disconforme o impertinente muestra que es individualista y no conformista, que le interesa más la verdad que la solidaridad con el colectivo expresada a través de los autoengaños compartidos; el apóstata es un traidor desleal; los enemigos muestran su hostilidad mediante la burla blasfema y la demonización del adversario.

El hecho de que ciertas creencias o prácticas sean intelectualmente débiles y fácilmente ridiculizables puede no ser un error sino un rasgo de diseño: son sensores de respeto, sirven para detectar al problemático o al enemigo y para incitar a los miembros a que demuestren su lealtad al sentirse ofendidos por los ataques o críticas. Las creencias religiosas (y frecuentemente las políticas) suelen implicar autoengaño y cierto grado de fanatismo (tienen que importar o afectar al individuo de forma íntima para incitarle a actuar). Indignarse de forma pasional y resentida ante los ataques críticos es la forma de advertir que estos no se toleran y que provocarán alguna represalia. Algunas civilizaciones, culturas o etnias dan mucha importancia, incluso obsesiva, al honor, no sólo individual sino también familiar. No todas las religiones (ni todos los creyentes) son iguales en su tolerancia o intolerancia con los blasfemos, herejes, apóstatas o creyentes de otras fes, y su actitud puede cambiar según las circunstancias históricas.

Permitir una crítica o burla o no reaccionar agresivamente ante ella puede indicar debilidad o fortaleza: el inferior no responde por miedo; el superior desdeña, desprecia al no atender; el indiferente no se ve afectado, o se contiene o no querer entrar en el combate verbal o físico. Las burlas o humillaciones pueden utilizarse por los poderosos contra los débiles o por los débiles contra los poderosos: los opresores pueden estigmatizar o deshumanizar a los oprimidos; los débiles pueden reírse de la solemnidad de los mandatarios y criticar sus abusos.

Las limitaciones legales de la libertad de expresión pueden proceder de diversas fuentes o tener distintas motivaciones: los gobernantes quieren evitar conflictos, o que se denigre o discrimine a determinados colectivos; aquellos individuos o grupos que pueden verse afectados negativamente por ciertas cosas que otros digan promueven leyes que defiendan su honorabilidad o dignidad; los poderosos opresores evitan ser criticados e impiden que los oprimidos se organicen para oponerse a ellos; los tramposos, delincuentes o criminales no quieren ser denunciados; algunos creyentes religiosos de frágil sensibilidad no aspiran al martirio y pueden exigir que las leyes protejan de forma especial sus convicciones.

Si algunos actos verbales se consideran agresivos, tal vez la respuesta legítima proporcional no sea usar la fuerza contra las palabras sino defenderse mediante otros actos verbales críticos: si uno puede decir lo que quiera sobre cualquier cosa, otros pueden igualmente criticar esas expresiones como deseen. Es posible practicar el repudio social o el boicoteo contra quienes sean considerados ofensivos, o ignorarlos y no alimentar su deseo de atención. Para madurar como individuos y sociedades conviene practicar el escepticismo y no ser hipersensibles o fácilmente irritables. Quienes quieren que otros no se burlen de ellos podrían no hacer cosas de las cuales sea fácil reírse en lugar de exigir la prohibición de esas burlas. Aquellos que lo deseen pueden pactar normas contractuales que limiten su libertad de expresión, pero no pueden exigirles lo mismo a quienes no estén interesados.

Defender el derecho a expresar cualquier idea no es equivalente a defender o estar de acuerdo con esas mismas ideas ni implica tener que participar en su difusión: es posible defender el derecho a expresar cosas que se califican como estupideces, o ideas erróneas o nocivas.

Tolerancia no es solamente permitir aquello con lo que no estamos de acuerdo: es no prohibir lo que nos disgusta, asquea o repugna, lo que resulta repulsivo y puede herir los sentimientos, especialmente si tiene algún contenido moral.

Libertad total de expresión puede significar que mediante el lenguaje se mienta, se acuse falsamente de delitos, se defiendan las violaciones de la libertad, la violencia o la incitación a la misma, se coordinen agresiones, o se produzcan humillaciones y vejaciones contra individuos o colectivos oprimidos o estigmatizados. Pero aquellos que se expresan así pueden atraer la atención de otros y ser rechazados de forma masiva, o si se considera que realizan amenazas efectivas de agresión física puede actuarse de forma defensiva contra ellos.

La no existencia de críticas o lenguaje ofensivo en una sociedad puede facilitar la convivencia al evitar conflictos, pero también puede implicar que las conductas o ideas erróneas no se corrigen, que los delitos o crímenes no se denuncian, que la opresión se mantiene, que el conocimiento no avanza, que la cultura se estanca por falta de movimientos rompedores, o que la gente no sabe qué es lo que realmente piensan los demás. El prohibir las críticas y las ofensas puede llevar a que se realicen a escondidas o de forma anónima.

Es común distinguir entre la crítica a las ideas y la crítica a las personas que las expresan o defienden: se insiste en respetar a las personas al criticar las ideas, tal vez porque las ideas no se enfadan, no sufren, no se sienten humilladas, no les importa nada. Son los individuos quienes tienen, asumen y comunican ideas, y a través de las ideas se critica a las personas que las tienen; las ideas no son agentes, por sí solas no hacen nada, deben estar en la mente de alguien que actúe para ser peligrosas.


Introducción epistemológica: realidad, cognición y lenguaje

02/04/2011

Un agente inteligente puede utilizar sus capacidades de acción y cognición (observación y pensamiento) para investigar y comprender las entidades y relaciones que conforman la realidad (la cual incluye al propio agente). El conocimiento incluye datos específicos y teorías generales (modelos representativos) que pueden ser expresados y comunicados por medio del lenguaje simbólico.

Las capacidades cognitivas y lingüísticas son limitadas e imperfectas. El estudio de la realidad necesita incluir el estudio de la cognición y el lenguaje como herramientas utilizadas por los investigadores para conocer la realidad. El desconocimiento acerca de las limitaciones e imperfecciones de las capacidades cognitivas y lingüísticas puede dificultar la exploración de la realidad y provocar errores sistemáticos.

Las clasificaciones conceptuales y sus representaciones mediante términos o etiquetas lingüísticas pueden no ser compartidas por todas las personas (problemas semánticos, de interpretación, polisemias, significados confusos de conceptos abstractos). Los límites de los conceptos pueden ser difusos o imprecisos (zonas grises en lugar de blancos y negros, transiciones graduales). Es normal en entornos complejos utilizar términos cuyos significados no son perfectos, y que pueden ser progresivamente depurados, aclarados y precisados mediante el análisis crítico.

Las observaciones empíricas y las teorías abstractas son complementarias: las observaciones pueden sugerir teorías y las teorías guían las observaciones. Ambas son incompletas: es imposible observarlo simultáneamente todo en detalle o compilar toda la realidad en una teoría omnicomprensiva que garantice que ninguna regularidad relevante está ausente.

La lógica formal es una herramienta poderosa que puede ser utilizada de forma inadecuada al fomentar una sensación excesiva y engañosa de perfección cognitiva: las formas del pensamiento no representan necesariamente regularidades presentes en la realidad; las categorizaciones esencialistas perfectas pueden ser irreales o inútiles; lo formal suele estar desprovisto de contenidos materiales concretos informativos.

La ciencia puede utilizar la lógica no sólo para garantizar la transmisión de la verdad mediante las inferencias deductivas, sino sobre todo para construir teorías consistentes, evitando las contradicciones o incoherencias que las destruyen e invalidan. Las inferencias deductivas son seguras pero pueden ser poco informativas: también son interesantes las inferencias inductivas, probabilísticas y analógicas (metáforas).

El lenguaje es lineal y se utiliza para representar una realidad no lineal muy compleja. Cada mensaje o proposición contiene pequeños fragmentos de información acerca de aspectos parciales de la realidad. Una misma realidad rica y compleja puede recorrerse linealmente de múltiples formas complementarias y no contradictorias.

Las proposiciones acerca de la realidad no dependen solamente de las características objetivas del mundo, sino que también dependen de la estructura mental del sujeto observador y pueden reflejar sesgos o prejuicios inconscientes del investigador.

El pensamiento y la palabra no son ni lo primero ni lo fundamental de la realidad, aunque así lo parezcan para el sujeto pensante y lingüístico. Una explicación consistente de la realidad muestra cómo la realidad física produce espontáneamente entidades biológicas que desarrollan evolutivamente capacidades cognitivas y lingüísticas utilizadas para intentar describir, explicar y predecir la realidad: algunos objetos se transforman gradualmente en sujetos (sin dejar de ser también objetos como parte de la realidad).

El conocimiento y el lenguaje se añaden a la realidad previa a los sujetos cognitivos, y pueden ser también objetos de conocimiento y expresión lingüística: es posible utilizar de forma recursiva y autoreferente las capacidades cognitivas y lingüísticas para conocer y hablar de la cognición y el lenguaje.


Filosofía analítica
http://es.wikipedia.org/wiki/Filosof%C3%ADa_anal%C3%ADtica

Analytic philosophy
http://en.wikipedia.org/wiki/Analytic_philosophy

Conceptions of Analysis in Analytic Philosophy; Stanford Encyclopedia of Philosophy
http://plato.stanford.edu/entries/analysis/s6.html

Analytic philosophy; Internet Encyclopedia of Philosophy
http://www.iep.utm.edu/analytic/


El lenguaje antiliberal

28/04/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

A menudo se enseña a los niños a no mentir, porque la falsedad va contra la naturaleza de la comunicación, y no se les explica mucho más acerca de la funcionalidad del lenguaje. Algunos pensadores, poco conocedores de su naturaleza evolutiva, parecen creer que el lenguaje humano sólo sirve (o sólo debería servir) para describir con precisión, claridad y concisión la realidad y compartir información de forma imparcial y desinteresada. Bastantes personas ignoran cómo el lenguaje se utiliza para la manipulación.

El lenguaje es una herramienta cognitiva que sirve para la interacción, el acoplamiento, la cohesión y la coordinación social (saber qué hacer juntos y cómo organizar las tareas). Algunas teorías evolutivas del lenguaje explican que el lenguaje puede surgir en sujetos aislados que no necesitan coordinarse con otros individuos: pero incluso entonces su utilidad es la comunicación entre diversos subsistemas de la sociedad de la mente, que no pudiendo comunicarse internamente de forma directa dentro del cerebro lo consiguen mediante un área de memoria de trabajo común o incluso saliendo al exterior mediante la expresión verbal y volviendo a entrar mediante la audición.

El lenguaje permite la transmisión racional de información objetiva, expresando hechos verdaderos acerca del mundo real, pero esa no es su única función ni su aspecto principal. El habla es una acción y también un medio para la acción: al hablar el emisor actúa sobre los receptores, influye sobre ellos, altera su estado mental, provoca emociones y cambia su conducta.

Estas interacciones y sus efectos pueden ser inconscientes o involuntarios, como cuando un miembro de un grupo percibe una amenaza, siente miedo y emite un grito que alerta y asusta a los demás, que pueden prepararse o escapar. Conforme los animales se hacen más inteligentes y conscientes perciben las relaciones entre las expresiones verbales y los efectos que producen en los demás, aprendiendo a utilizarlas en su propio beneficio (en ocasiones mediante el engaño y la distorsión de los mensajes). El hablante se transforma en un persuasor o seductor, que intenta provocar diversas acciones de sus oyentes para así utilizarlos como medios para la obtención de sus propios objetivos. Los sujetos participantes en actos comunicativos también pueden aprender a defenderse de la manipulación ajena, no creyéndose todo lo que les dicen o sospechando intereses ocultos. La existencia del lenguaje origina una carrera de armamentos evolutiva, desarrollando progresivamente mejores habilidades para su uso y para la defensa ante su abuso.

Los agentes sociales deben resolver problemas de coordinación de sus acciones grupales y de gestión de la confianza para la cooperación. Al actuar como un todo el grupo necesita tener un objetivo común, una sintonía o coherencia que permita que los esfuerzos vayan en la misma dirección y se potencien o complementen mutuamente en lugar de interferir de forma destructiva. Esta meta puede ser propuesta por algún individuo que intenta convencer a los demás de la conveniencia o necesidad de realizar alguna acción; otras personas pueden tener otras ideas diferentes, posiblemente incompatibles, y cada uno argumenta de forma competitiva según sus preferencias y creencias.

Pero el lenguaje que manifiesta la argumentación puede ocultar los intereses reales de cada sujeto. Sea o no sincero el orador que intenta animar a una acción colectiva (su intención no declarada podría ser egoísta y no altruista como pretende), su discurso se refiere al bien común, al interés ajeno (todo es por el bien de los oyentes): habla en plurales colectivos (debemos, queremos) o con formas impersonales (hay que, es necesario). El individuo puede fracasar en su intento de motivar y coordinar la acción social, pero al menos da una buena imagen de altruista interesado en los demás, un elemento en sintonía con el grupo.

Los grupos de interés se basan en alianzas que precisan fidelidad: los miembros necesitan emitir sistemáticamente mensajes que muestren su compromiso por la causa común. El individuo habla bien de su grupo no sólo para presentarse de forma positiva al exterior sino también para manifestar su adhesión. Los miembros de un grupo hablan para animarse y apoyarse mutuamente y para desacreditar a sus enemigos. Las ideas (por ejemplo las religiones), ciertas o falsas, sensatas o absurdas, sirven como cohesionadoras de los grupos, de modo que se fomenta la expresión de las creencias comunes y se penalizan los mensajes críticos que pueden perjudicar al grupo, especialmente si son ciertos.

La hipocresía es un rasgo natural en los agentes cooperativos que compiten por el estatus social. La comunicación sirve para hacer relaciones públicas, para presentarse ante los demás como un buen cooperador y así ganar el aprecio de los otros. La competencia por el estatus lleva a llenar el lenguaje de expresiones de buenos deseos hacia los demás, como los saludos rutinarios. Muchos mensajes sólo sirven para demostrar el reconocimiento y respeto hacia el otro, y estos hábitos se dan por supuestos, de modo que quien no los practica parece no ser neutro frente a los demás sino que aparenta desinterés y provoca emociones negativas, de rechazo. Aunque a menudo se mencionen sentimientos inexistentes, al no hablar de sentimientos parece que no se tienen.

La acción colectiva, especialmente a gran escala, a menudo implica algún perjuicio para otros (una típica actuación como un todo en los grupos es la guerra), sean miembros del propio grupo o de otros grupos. Los dirigentes simplemente declaran que sus actuaciones son por el bien común (o por el bien de los más débiles y necesitados) y no aceptan los deseos de los discrepantes de no participar: tal vez les dejan hablar o incluso votar, para desahogarse de forma inofensiva, pero no les permiten no contribuir una vez que el poder, sea en forma de mayorías o de minorías bien organizadas, ha decidido (la posibilidad de salida disminuiría drásticamente el poder de la acción colectiva). El crítico de la acción grupal, sea por escrúpulos ante la agresión contra otros o por ser víctima perjudicada, corre el riesgo de ser tachado de egoísta o traidor.

El lenguaje de las ciencias sociales, la descripción objetiva de la realidad humana, especialmente de hechos que cuesta asumir, resulta a menudo impopular, y se atiende más a los demagogos que apelan a las emociones, estimulan prejuicios enraizados y realizan bonitas promesas: la expresión de la preocupación por el bienestar ajeno suele importar más que el análisis intelectual de la realidad (porque son los intereses y las emociones, y no la búsqueda de la verdad, lo que en general mueve a la gente). Un parado puede ser técnicamente un trabajador potencial sin empleo a causa del intervencionismo estatal, pero resulta más evocativo presentarlo como un drama personal de angustia, incertidumbre y necesidad de ayuda.

El liberalismo enfatiza la no agresión y exige que la cooperación sea voluntaria y descentralizada pero no anima a ninguna cooperación concreta para ningún proyecto específico: algunos necios pueden acusarlo de promover la indiferencia, de defender privilegios de los poderosos o de estar a sueldo de intereses inconfesables. Es una filosofía política realista y sincera que no intenta ganar concursos de popularidad apelando constantemente a buenos sentimientos de solidaridad que casi siempre sirven para camuflar la coacción institucional.

El liberal puede intentar contrarrestar la demagogia colectivista y las tendencias liberticidas del uso del lenguaje de diversas maneras: explorar lo que no se dice, porque se calla intencionadamente (malicia) o porque no se piensa en ello (ignorancia); investigar las consecuencias de lo que se propone; llamar la atención sobre posibles estrategias de distracción de la atención; preguntar en nombre de quién se está hablando cuando se usan formas plurales, a quién pretende representar el orador (o es que no sabe hablar en primera persona); pedir precisión y concreción para evitar las vaguedades de términos que sólo se usan por sus connotaciones positivas o negativas; llevar más allá el mensaje lanzado, enfatizándolo aun más, para comprobar que es absurdo; preguntar sobre las acciones concretas que el sujeto está realizando por los demás, el ejemplo que debería estar dando ya que muestra tantos buenos sentimientos y reclama que todos ayuden; indagar si el sujeto pretende ser un desapasionado analista científico o un activista o agitador interesado.


Lógica, realidad y lenguaje

09/09/2009

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La formación intelectual de las personas suele incluir la lógica. Lo que es más raro es que la educación sea completa, de modo que los individuos que la utilizan sean conscientes de los límites de la aplicabilidad y del realismo de la lógica (sin necesidad de llegar a las complejidades metalógicas de los problemas de completud y consistencia). No saber argumentar lógicamente limita la competencia intelectual, pero también es muy peligroso creerse que se piensa de forma perfecta cuando en realidad no se comprenden las limitaciones de la herramienta que se está utilizando.

La lógica formal se refiere a asociaciones y operaciones mecánicas entre símbolos, es pura sintaxis. En la lógica proposicional (lógica de orden cero) algunos símbolos representan proposiciones a las que es posible asignar un valor de verdad (verdadero, falso), y otros símbolos son operaciones lógicas entre proposiciones (no, y, o). En la lógica de predicados (lógica de orden uno) las proposiciones se analizan como compuestas por elementos, propiedades y clases (una clase queda determinada por los elementos que comparten alguna propiedad), se añade el formalismo de la teoría de conjuntos (relaciones de pertenencia de elementos a conjuntos y operaciones de negación, unión e intersección), y los cuantificadores universal (para todo) y existencial (existe alguno). La lógica de predicados estudia así los rasgos universales más abstractos de las estructuras de clasificación.

La inteligencia humana intenta comprender la realidad categorizándola y expresando las clasificaciones construidas mediante el lenguaje. Pero la mente y el lenguaje natural son herramientas imperfectas que sólo pueden representar la realidad de forma parcial y problemática.

En la lógica formal clásica las respuestas son verdadero o falso, sin posibilidad de matices. Los límites de un conjunto son claros, exactos, infinitamente precisos (o se pertenece o no se pertenece, no hay zonas grises o gradaciones, dentro de una clase no hay diversidad o es irrelevante) y generalmente estáticos, inmutables. Cuando se enseña lógica se suele recurrir a ejemplos simples que no dan problemas, pero a menudo son irreales o inadecuados (las entidades geométricas son idealizaciones poco presentes en la realidad; parece claro que todo ser humano es hombre o mujer, pero en realidad no es así).

El racionalista ingenuo dispone de unos esquemas mentales que intenta forzar sobre la realidad para que encaje en ellos, en lugar de reconocer que la mente es una herramienta imperfecta de supervivencia en una realidad anterior a ella; además suele asumir que todas las personas comparten su misma clasificación o están equivocados. Las categorías del pensamiento son parcialmente innatas y universales a la especie humana (especialmente las más básicas y primitivas), pero muchos conceptos surgen culturalmente y su contenido puede variar de una persona a otra.

Las entidades y regularidades de la realidad a menudo tienen límites difusos y dinámicos y no existe una única forma posible de clasificarlas (distintos criterios de ordenación dan origen a ontologías diferentes con diversos rangos de validez o utilidad).

El lenguaje surge y evoluciona en un dominio consensual, necesita una historia común, una tradición compartida. En las instituciones evolutivas como el lenguaje y el derecho hay una tensión permanente entre la estabilidad y el cambio: necesitan una mínima estabilidad para servir como referencias útiles, pero si son inmutables no pueden evolucionar y adaptarse.

El lenguaje puede utilizarse para transmitir información y coordinar las interacciones humanas porque los hablantes comparten en gran medida un contexto cultural o trasfondo común: conocen con mayor o menor precisión a qué realidades se refieren los términos lingüísticos. Pero la concordancia no es perfecta, es posible que haya malentendidos bien intencionados, problemas de interpretaciones no equivalentes, que quizás puedan resolverse con más interacción comunicativa (también son posibles los intentos conscientes de fraude o uso abusivo del lenguaje, dando a entender una cosa de forma engañosa). Explicar y precisar no consiste en divagar de forma indefinida y dar infinitas explicaciones, el proceso de interacción comunicativa puede converger rápidamente si se produce entre personas inteligentes y con buena voluntad dispuestas a esforzarse para conseguir entenderse.

El lenguaje se refiere a la realidad, pero cuando el lenguaje existe forma parte de esa realidad, y puede referirse a sí mismo de forma recursiva. A partir de demostraciones ostensivas (relaciones directas entre términos y objetos o acciones) es posible avanzar en el conocimiento del lenguaje mediante definiciones (uso recursivo o autoreferencial de partes del lenguaje para referirse a otras partes del lenguaje).

Los memes que constituyen el lenguaje y compiten evolutivamente entre sí por el éxito reproductivo son valorados por sus portadores (si no lo hicieran tenderían a desaparecer): al individuo no le da igual cómo se utilice el lenguaje, e intenta que los demás compartan su vocabulario y semántica concretos. Pero no existe ninguna autoridad externa que determine los usos correctos del lenguaje y que formalice las relaciones entre términos y significados. Las asociaciones semánticas tienden a establecerse mediante ensayos (con aciertos y errores) de acoplamientos comunicativos, y tienden a triunfar en la medida en que son funcionales y permiten la coordinación social.

El racionalista esencialista ingenuo insiste en determinar lo que las cosas son, pero de lo que se trata en realidad en muchos problemas de relaciones humanas es de interpretar qué han querido hacer las partes en un acto comunicativo (subjetivismo praxeológico). La hermenéutica (la interpretación según el contexto y el uso) es esencial para la comprensión de los textos históricos (aunque a menudo se abusa de ella para proferir espectaculares disparates que demuestran que el lenguaje puede construir ficciones totalmente desconectadas de la realidad).

El lenguaje no es propiedad de nadie, ningún hablante tiene derecho a imponer a los demás cómo deben utilizarlo. No puede exigirse que un término se utilice hoy de una determinada manera simplemente porque se usó así en el pasado: quizás ese uso se ha perdido o no es el único posible en la actualidad. La etimología es interesante, pero el uso del lenguaje en el pasado no obliga a utilizarlo igual en el presente.

Durante el aprendizaje de un lenguaje (no sólo el lenguaje natural sino también el habla especializada de un determinado ámbito) el maestro enseña al aprendiz qué asociaciones existen entre términos y significados, y puede intentar transmitir sólo las que él considera válidas o reconocer honestamente que existen alternativas.

En algunos ámbitos, como el científico o las relaciones contractuales, es importante formalizar el lenguaje de forma rigurosa en la medida de lo posible: aclarar, especificar lo que se quiere decir, evitar las ambigüedades y los malentendidos. Son ámbitos donde se exige como mínimo consistencia interna, que dentro de una teoría o durante una relación contractual no se altere el significado y las relaciones entre los términos empleados. Pero esto no significa que sólo exista una forma correcta de utilización de dichos términos: diversas construcciones lingüísticas pueden utilizar las palabras de formas diferentes. La consistencia externa consiste en intentar unificar usos (o por lo menos compatibilizarlos y poder traducir entre diferentes interpretaciones).

La coherencia interna se refiere a que en una construcción lingüística no se altere el uso de las palabras, manteniendo un único significado de forma consistente. La coherencia externa se refiere a que el uso de las palabras en un sistema coincide con su utilización en otros sistemas por otras personas. La coherencia externa facilita la comunicación en ámbitos extensos pero no siempre es garantizable: diversas personas pueden insistir en asignar diferentes significados a los mismos términos sin ponerse de acuerdo.

Ni la realidad ni el lenguaje son estáticos y con límites perfectamente delimitados. Del mismo modo que un término puede no significar lo mismo para diversos hablantes en un momento dado, el mismo término puede cambiar de significado con el transcurso del tiempo, y un mismo significado puede expresarse con términos diferentes en momentos distintos. Las palabras y los significados son como etiquetas y cajas clasificadoras con sus contenidos: es posible que con el tiempo una misma etiqueta se refiera a una categoría diferente o que una misma categoría se identifique con una etiqueta distinta. Los cambios en etiquetas y contenidos pueden ser graduales o bruscos (algunos términos pueden llegar a significar no sólo versiones levemente diferentes sino incluso todo lo contrario de lo que significaban).

El lenguaje es una herramienta delicada y algunos racionalistas esencialistas lo usan con poca habilidad. Los límites bruscos y rígidos de la lógica parecen sugerir rigor intelectual pero a menudo reflejan falta de realismo y complejidad. Parte importante del lenguaje argumentativo no son inferencias o deducciones desde axiomas a teoremas sino aclaraciones, precisiones, matizaciones.


“Esto no se puede tolerar”

04/05/2009

Xabier Arzalluz:

Esto no se puede tolerar y si continúan haciendo estas cosas, habrá una rebelión.

Los políticos escurren el bulto con el uso de la voz pasiva: él no lo puede tolerar (lo que sea), pero si lo dijera así se le contestaría que es su problema; así que despersonaliza su afirmación mediante la manipulación lingüística en la que los gobernantes sin escrúpulos son tan hábiles.

Y habrá una rebelión. O sea, que pasará algo malo, pero sin sujeto activo tampoco, como no teniendo él nada que ver con el asunto, sólo avisa, no amenaza…