Recomendaciones

27/02/2019

A fondo con Fernando Encinar, de Idealista

Entrevista a Antonio Rosas, paleoantropólogo: “La colaboración de los machos en la crianza es esencial en nuestra evolución”

El paraíso fiscal son los taxis, de Juan Ramón Rallo

A la atención de Dª María del Carmen Calvo, de Félix Bornstein

It’s ‘Time to Panic’ Over Climate Change, Asserts New York Times Op-Ed, by Ronald Bailey


Tonterías selectas

27/02/2019

España, país de puteros, de David Bollero

La ley hipotecaria llega muy tarde, de Andreu Missé

Ramón Tamames rastrea el más allá entre científicos y filósofos

El salario mínimo y las plagas de Egipto, de Gonzalo Pino, secretario de Política Sindical de UGT

… los falsos profetas del apocalipsis ignoran o minimizan los posibles impactos positivos de un aumento del salario mínimo: contribuye a sostener la demanda y la actividad económica a través del consumo; eleva los ingresos por cotizaciones a la Seguridad Social (unos 600 millones en 2019, según cálculos del Gobierno); supone un incentivo indirecto para que las empresas ganen en eficiencia y el empleo que se cree sea de mayor calidad y más duradero; contribuye a elevar la motivación de las personas con empleo (y como derivada, su productividad); y ayuda a mejorar los niveles de justicia laboral y social.

Extracto de Manifiesto de un feminismo para el 99% de Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser


Tonterías selectas

25/02/2019

La creciente rebelión popular frente al neoliberalismo: Amazon en Nueva York, de Vicenç Navarro

El futuro se acerca: democracia económica o “tambores de guerra”, por Ignacio Muro

… una salida pacífica a la próxima crisis sólo puede nacer poniendo en discusión el modo de producir y la lógica de la organización empresarial. No es posible que las empresas obliguen a compartir los riesgos y los sacrificios entre los diversos actores económicos (trabajadores, instituciones, proveedores, clientes…) y no se socialicen y compartan las decisiones. De modo que, cuando vuelvan a ser imprescindibles los ajustes, los trabajadores tendrán derecho (estarán obligados, incluso) a reclamar que se cuantifiquen y se capitalicen sus sacrificios mediante participación en el capital de las empresas.

Es también el único modo de asegurarse que la crisis no se convierte en una estafa que desplace a dividendos los ajustes de salarios y empleo que conlleva el ajuste. Sería también un modo de reequilibrar el poder interno y obtener como trabajador-accionista la información y los derechos que se le niega como mero trabajador. Paradójicamente la propia incapacidad del sistema para encontrar una solución podría abrir un futuro de diálogo y concertación cuando más débil y fragmentado parece el mundo del trabajo.

Ese escenario podría significar dos cosas y abriría dos interpretaciones: de un lado, como una forma de “refundar el capitalismo” e integrar al trabajador-accionista individualmente en el capital; de otro, como el reconocimiento de que el verdadero capital en la nueva economía reside en el conocimiento vivo que aportan los trabajadores como colectivo. Es decir, como un paso hacía más capitalismo y, al tiempo, como un paso hacia el postcapitalismo, dos interpretaciones que además podrían convivir y competir durante mucho tiempo.

Pero en cualquier caso sería un paso objetivo, pequeño o grande, hacia planteamientos inclusivos asociados a la democracia económica.

… No parece que el problema del mundo sea hoy “acabar con la propiedad privada” sino superar los modelos caracterizados por el control autocrático centralizado que definen el último capitalismo. El impulso de empresas abiertas a la participación de sus trabajadores y otros grupos de interés es la forma de acotar la concentración de poder de los primeros ejecutivos como agentes destacados de las “minorías de control” en las grandes corporaciones. Una tarea que necesita complementarse con nuevas formas de gestionar el espacio público y revitalizar su misión en términos de eficacia asociada a interés general dando la vuelta a los programas de colaboración público-privada que han legitimado el saqueo de recursos públicos por élites extractivas. O con la extensión de nuevas formas cooperativas y de trabajo asociado en PYMES proveedoras de servicios de alto valor…

Los robots deben cotizar a la Seguridad Social, de Pepe Álvarez, secretario general de UGT

La revuelta de Greta contra nuestra basura, de Berna González Harbour

El boli BIC y las derechas, de Lina Gálvez

La libre elección hiperindividualizada y teóricamente empoderante se ha convertido así en uno de los fundamentos de la cultura neoliberal, a pesar de convivir con la intensificación de las desigualdades y de que, en realidad, nos aleja de la igualdad necesaria para poder hablar de una verdadera libre elección.

La revolución cultural neoliberal nos ha transformado en individuos que creen elegir, que quieren elegir y que sitúan la libertad de elección por encima de muchos otros valores. Elegimos el dibujo de nuestra camiseta, la música que escuchamos, los capítulos de las series que vemos; elegimos si nos prostituimos, o cuando cedemos nuestro vientre para gestar para otros. Todo vale –hasta que nos exploten– porque todo lo elegimos. Es lo que queremos, lo que nos dicen que nos empodera como personas. Da igual que todas las personas no tengamos la misma libertad para elegir a causa de desigualdades en nuestras condiciones materiales, procesos de socialización muy diferenciados u oportunidades reales muy dispares que nos obligan a ir adaptando nuestras elecciones. Conviene que creamos que elegimos, y que lo hacemos en igualdad de condiciones con nuestros congéneres.


Tonterías selectas

23/02/2019

El éxito es para compartirlo, de Miguel Alba, responsable de desigualdad y sector privado de Oxfam Intermón

¿Gobernar para todos? Imposible, de Fernando Luengo, de Podemos y EconoNuestra

La crisis de cuidados, un debate pendiente, de Nuria Alabao

Las mujeres de ciencia saben cómo frenar la brecha de género

“Las causas de esta desigualdad las encontramos en la cultura que nos rodea, en los mensajes que como sociedad transmitimos a nuestras hijas”, reflexionó esta semana Pilar López, presidenta de Microsoft España, durante la presentación en la sede madrileña de Deusto Business School de la sexta edición del Premio Ada Byron a la mujer tecnóloga, que la Universidad de Deusto entregará en mayo. “Vemos que hasta aproximadamente los 11 años de edad, el interés por la ciencia y por la tecnología es casi idéntico en niños que en niñas”, prosiguió López. El problema es que a partir de entonces, y sobre todo ya cumplidos los 15 años, esa atracción cae en picado. En concreto, según datos del Ministerio de Ciencia y Universidades, hasta seducir solo al 4,2% de las jóvenes.

Revertir esto no es fácil, ya que la percepción de que las STEM son ramas masculinizadas entra en un círculo virtuoso que se retroalimenta. “A las más pequeñas les lanzamos el mensaje de que estas son carreras de alto riesgo y de que no son para ellas”, continuó López. En este punto también entra en juego el perfeccionismo: “En ocasiones las animamos a elegir una carrera que no sea una ingeniería, por ejemplo, porque a priori va a ser más difícil que otra. Por eso muchas veces tienen menos confianza”.

Esta es una idea que comparte María Ángeles Martín, docente en la Universidad de Sevilla, fundadora de Skylife Engineering y premio Ada Byron en 2018. “Todo esto genera inseguridad en las jóvenes. Pueden llegar a tener la sensación de que las están cuestionando e interrogando por estar ahí, y tenemos que conseguir que deje de generar sorpresa ver a mujeres en estos espacios”.

… Es cierto que la brecha de género no solo llega a cifras desorbitadas en el ámbito de las STEM. En el lado opuesto, en las disciplinas de ciencias de la salud y atendiendo a las cifras de matriculación universitaria, los hombres solo representan el 28% de la muestra. Sin embargo, recordó López, es importante centrar la gran mayoría de los esfuerzos en equilibrar el ámbito tecnológico porque la mayor parte de los trabajos del futuro estarán relacionados de alguna forma con él. “Es probable que quien descubra la cura contra el cáncer no sea médico, sino un tecnólogo que sepa leer e interpretar datos”.

También es importante recordar que la sociedad del futuro, fuertemente marcada por lo tecnológico, necesitará de una visión en femenino para poder desarrollarse: “Es necesario democratizar, en términos de igualdad de género, la configuración de lo que está por venir, tanto en movilidad como en diseño urbanístico, en robots, en los nuevos trabajos o en la gestión del tiempo”, explicó la secretaria de Estado de Igualdad, Soledad Murillo, convencida de que hay que demostrar que las mujeres tienen mucho que aportar. “Tenemos que acabar con ese sesgo de discriminación, porque la fiabilidad de un algoritmo no la da únicamente el cómo está diseñado, sino también el por quién”, reflexionó.

The AI Road to Serfdom?, by Robert Skidelsky


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22/02/2019

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21/02/2019

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