Tonterías selectas: Dudas y convicciones de una psiquiatra ante la eutanasia, de Lucía Gallego Deike

Dudas y convicciones de una psiquiatra ante la eutanasia, de Lucía Gallego Deike

… la evidencia de una “pendiente resbaladiza” escandalosa e imparable, donde se rebasan todas las líneas rojas de un supuesto derecho a la muerte.

… si la persona no accede a la sanidad por su voluntad alterada, no se cumple uno de los derechos recogidos en la Constitución española de 1978 en su artículo 43.1 donde “se reconoce el derecho a la salud”. La persona que no tiene la capacidad de decidir, deja de estar en igualdad de oportunidades que el resto de la población, tiene menos oportunidades para restituir su salud y por tanto para reconstruir su libertad y su autonomía.

Si nuestra sociedad respalda el “derecho” de una persona a buscar asistencia médica para acabar con su vida en base a una creciente pérdida de autonomía, el hecho dice mucho acerca de cómo esa sociedad subestima o menosprecia a las personas con graves limitaciones, que soportan todos y cada uno de los días de sus vidas.

… la razón de ser de la medicina (y por ende, de la psiquiatría) es la curación del enfermo en cualquier fase de su dolencia, el alivio de su sufrimiento y la ayuda a sobrellevar el trance de la muerte cuando la curación ya no es posible. Unas convicciones profundas que la ideología de la eutanasia rechaza desde su particular perspectiva. La eutanasia socava la base del acto médico y da así un poder ilimitado al paciente. Y trastoca, en suma, la confianza del paciente en el médico. ¿Qué pasaría en la Psiquiatría, que se basa de forma esencial en el vínculo terapéutico, si el paciente en vez de tener confianza en su psiquiatra -hasta poner su vida e integridad psíquica, en sus manos- llega a tenerle miedo, porque no sabe si va a decidir que su caso es digno de curación o susceptible de eutanasia?

La aceptación legal y social de la eutanasia generará una situación intolerable de presión moral institucionalizada sobre los ancianos, los discapacitados y/o incapacitados mentalmente, y sobre aquellos que, por un motivo u otro, pudieran sentirse como una “carga” para sus familias. Ante el “ejemplo” de otros a los que se hubiera practicado la eutanasia ¿cómo no iban a pensar si no tendrían ellos también la obligación moral de pedirla para no ser gravosos? La sociedad debe aceptar las implicaciones del cuidado a los humanos mas desprotegidos. Rechazar la eutanasia también significa comprometerse a trabajar por un mejor cuidado de los más vulnerables. Aceptarla es una traición a la dignidad humana y a la igualdad de todos ante la ley.

Legalización de la eutanasia: eslóganes y malas críticas conservadoras

No es verdadera libertad o auténtico consentimiento voluntario: sutil coacción social, circunstancias límite por dolor o desesperación.

La libertad es un problema técnico complejo, solo apto para filósofos morales especializados.

Para ser libre primero hay que estar vivo: la libertad no puede destruir la propia vida y a sí misma; la vida es más fundamental que la libertad.

No es ética, es inmoral, ilegítima.

Dignidad. Derechos humanos.

No hay un derecho a morir.

La autoposesión o autopropiedad es absurda.

Las leyes positivas (legislación) muestran que no somos dueños de nuestro cuerpo: no podemos vender órganos, o vendernos como esclavos.

Hay derechos irrenunciables, no enajenables ni siquiera por uno mismo.

Implica obligación de matar.

Es que el Estado te mate cuando quiera.

Toda vida es sagrada, un valor absoluto.

Asesinato, homicidio, genocidio.

Forma de eliminar débiles, vulnerables, inútiles, pobres, cargas.

Los nazis.

Obligación de cuidar a los más vulnerables.

Ahorro en pensiones, dependencia, sanidad.

Cuidados paliativos.

La sedación que acelere la muerte sí es lícita porque la intención no es matar sino aliviar el dolor, y lo que cuenta es la buena intención de aliviar el dolor y la no intención de matar.

Ejemplos de individuos en situaciones extremas (enfermedad, parálisis) que no desean la eutanasia.

Experiencias personales o familiares.

Apuesta por la vida. Vividores.

Cultura de la muerte.

Es un fracaso.

Es la lucha del bien contra el mal, y la victoria del mal.

Es por nihilismo, relativismo, egoísmo, pérdida de valores, degradación moral, materialismo, hedonismo, consumismo, individualismo, falta de amor, generosidad o solidaridad.

Es la decadencia de Occidente.

Es por el abandono del cristianismo y porque nos hemos alejado de Dios.

La vida la da Dios y solo Dios puede quitarla.

Es por el socialismo, por el comunismo, por el socialcomunismo.

Es para desunir a la sociedad.

La gente no sabe sufrir o dar sentido al sufrimiento.

Debate secuestrado: no ha habido debate.

Lo dice el/un Comité de Bioética.

Incurable no es incuidable.

Pendiente resbaladiza.

No hay garantías.

Comienza siendo legal, acaba siendo obligatorio.

Soylent Green. Logan’s Run.

Incumplimiento del juramento hipocrático o del código deontológico.

Desconfianza hacia los médicos: profesión dañada, manchada.

Los médicos se oponen. Las asociaciones médicas se oponen.

No hay demanda social.

Por qué ahora.

Por qué no tratar igual a los suicidas y no intentar disuadirlos o salvarlos.

Eutanasia no, pero pena de muerte o matar en defensa propia sí.

La eutanasia y el suicidio asistido son totalmente diferentes.

Añadir el aborto.

Domingo Soriano, el liberalismo y la eutanasia

Domingo Soriano, socio del Instituto Juan de Mariana, organización (¿presuntamente?) liberal, ha escrito La eutanasia ‘liberal’.

“Es un tema delicado”

Sí, estamos hablando de vida o muerte, de sufrimiento, de autonomía, de libertad. Pero que sea delicado no quiere decir que haya que mantener lo que había antes. ¿Diríamos que es un tema delicado si desde la legalización se planteara su prohibición?

No cae “en el trazo grueso, en la gracieta fácil” y pide que no se haga, y habla de “argumentos que bien desarrollados podrían ser interesantes”. El problema es que no ofrece esos argumentos ni critica los que ya han sido desarrollados previamente por otros (ni citas, ni referencias, nada).

Menciona “la cantidad de gente a la que admiro y respeto que parece pensar que puede zanjar un tema tan complejo con una ocurrencia tuitera.” Me quedo con las ganas de saber a quiénes se refiere y cuáles son esas ocurrencias tuiteras. “Seré, yo, Señor, seré yo?”

Dice que “podríamos incluir otros asuntos, como el aborto o la gestación subrogada”, y menos mal que no lo hace porque tiene bastante lío, porque a veces incluir esos otros asuntos puede ser informativo o demostrar consistencia del pensamiento, pero a menudo se cambia de tema o se añaden otros para escurrir el bulto, para distraer la atención sobre las conclusiones incómodas del análisis exhaustivo del asunto central original.

Si el asunto es “la naturaleza liberal o antiliberal de la eutanasia” la respuesta es muy clara: la legalización de la eutanasia es liberal, y su prohibición es antiliberal, propia típicamente de conservadores no liberales, frecuentemente con creencias religiosas (algunos se hacen llamar liberal conservadores, o paleolibertarios, o liberales tradicionalistas).

Domingo parece asumir que insistir en que la eutanasia es claramente liberal es “absurdo en términos comerciales” porque “con la definición de liberalismo que algunos practican” seríamos muy pocos, pero eso sí muy puros. Tal vez ese es el coste de ser consistente y honrado y no distorsionar o engañar para ganar en popularidad. ¿Defender la libertad es explicar lo que es y sus beneficios e intentar atraer a la gente, o se trata de atraer a más gente a toda costa defendiendo algo vago, ambiguo, indefinido, que no moleste? ¿Quitar las aristas que pinchan aunque formen parte esencial del sistema? ¿Cómo era eso de que la libertad de expresión era para las palabras que no nos gustan?

me sorprende una barbaridad que haya quien crea en serio que estos asuntos son la prueba de fuego para determinar quién puede o no puede llamarse liberal.

Si no son la prueba de fuego, tal vez son una prueba de fuego. Una más, pero resulta ser una señal honesta costosa muy informativa, por cómo usa la derecha más conservadora el prohibicionismo como señal de lealtad y pertenencia.

Lo de poder o no llamarse liberal: no se trata de dar permisos, licencias, carnets. Pero sí de definir en qué consiste ser liberal con la máxima claridad y precisión posible, e informar de que ciertas posturas no son compatibles con esa definición. Si alguien tiene definiciones alternativas, que las defienda con rigor y asumiendo las consecuencias, y que se atenga a las críticas.

Lo cierto es que en muchos de estos aspectos, muy límites, creo que la postura sensata entre aquellos que nos tenemos por liberales debería implicar la aceptación de que 1) es imposible que nos pongamos de acuerdo porque implican cuestiones muy complicadas sobre la vida, la libre voluntad, el consentimiento y el arrepentimiento y (2) lo lógico es que cada uno intente convencer al resto en el segundo nivel.

Cuando una frase o párrafo empieza por “lo cierto”, sospecho. ¿Qué necesidad hay de usar esta expresión? ¿Algunas de las otras frases o párrafos sin esta declaración explícita podrían no ser ciertos? ¿Este párrafo es más cierto que otros? ¿Es una verdad más importante?

Interesante: luego hay un “creo”. Domingo es la persona mejor informada para hablar de sus creencias, y no creo (vaya) que se equivoque (¿cuál sería realmente su color favorito?) o que tenga motivos para mentir.

Domingo Soriano me parece no solo brillante y competente sino muy sensato. ¿Pero está seguro de que la razón de que no nos pongamos de acuerdo es que estos temas son “muy límites” e “implican cuestiones muy complicadas sobre la vida, la libre voluntad, el consentimiento y el arrepentimiento”? ¿La única razón? ¿La razón principal? ¿Y si hay gente que no concede la razón a otros por sus sesgos, por sus prejuicios, porque practica el razonamiento motivado que le lleva a forzar y distorsionar la argumentación hacia las conclusiones deseadas, porque no puede o no quiere aceptar explícitamente una posición que afectaría a su capital intelectual y social, a sus relaciones familiares y profesionales, a su reputación e imagen personal?

¿Estas cuestiones son realmente tan complicadas, o la gente tiene pavor a ciertas verdades simples? ¿Estas cuestiones no se han discutido y explicado ya en múltiples ocasiones para el que quiera comprender dónde podrían estar los problemas? ¿Hay que inventarse presuntas complicaciones y problemas adicionales?

no me vale el argumento de “que la ley lo admita y cada uno haga lo que quiera”. Por todo lo que expongo debajo y por las preguntas que planteo, ese argumento es muy endeble: ese “lo que quiera” es lo que está en cuestión en la mayoría de las ocasiones.

Ese argumento es el núcleo del liberalismo. ¿El núcleo del liberalismo es muy endeble? ¿Y si lo que resulta ser endeble es el cuestionamiento de este argumento?

Quizás esto sea parte de mi propio sesgo…

Hipótesis a explorar.

en general he visto muchas más expulsiones y anatemas de los proeutanasia (los puros) que del bando contrario. Por cierto, en ocasiones con una actitud y unas maneras muy poco liberales…

Con lo de las expulsiones Domingo se refiere a que él cree que hay un grupo constituido por los liberales (esos presuntos individualistas que no se relacionan ni juntan con nadie), que hay que satisfacer ciertos requisitos para ser admitido, y que alguien podría temer ser expulsado y perder algún beneficio. El problema es que ese grupo no existe. No entro en las actitudes y maneras, aunque no creo que las haya liberales o no: no creo que el liberalismo consista en no criticar duramente a otros o en no informarles con argumentos de que no son liberales.

Sobre la eutanasia y el liberalismo obligatorio: el razonamiento gira en torno a la libertad del individuo. Un tema muy sensible en el campo liberal, porque, efectivamente, alrededor de esa libertad, de la dignidad y del control de cada uno sobre su propia vida se articulan la mayoría de nuestros argumentos.

¿La libertad del individo es un tema muy sensible en el liberalismo? ¡Es el tema principal!

El uso del término “dignidad” sin definir qué significa me hace temer que en algún momento vamos a descarrilar.

El problema es que no es tan sencillo.

¿Está seguro? ¿Sabe lo que es principio de parsimonia? ¿Solo se aplica a las teorías y explicaciones científicas, o también a las éticas o morales? ¿Las complicaciones pueden deberse a falta de comprensión de los principios sencillos? ¿Son muy graves y afectan de forma destructiva al núcleo del sistema, o están en los detalles de la aplicación o interpretación concreta como cualquier cosa que se represente mediante el lenguaje natural humano?

En primer lugar, ¿cuál es el límite de esa libertad? ¿Permitiríamos que una persona se vendiese libremente como esclava para el resto de su vida? Si decimos que sí, que es posible aunque casi nadie dice que sí, surge otra pregunta complicada: ¿y si luego cambia de opinión? Pero con la eutanasia no se puede cambiar de opinión.

El límite de la libertad está en la propiedad y la libertad ajena. Y en aquelas normas libremente aceptadas mediante contratos voluntariamente pactados. Esta pregunta no era tan difícil. De primero de liberalismo.

Sobre si permitiríamos o no la esclavitud voluntaria, esta ya es avanzada, y parece una pregunta trampa: ¿se trata de describir qué haría la gente o qué haría cada uno, o de contestar lo que es compatible o consecuente con la ética de la libertad? La respuesta correcta es sí, porque la libertad en un concepto o idea que permite autorreferencia, reflexividad, recursividad, incluso para limitarse o destruirse a sí misma (metalógica). Parece paradójico o contradictorio pero no lo es.

Si uno luego cambia de opinión, pues debería haberlo pensado mejor antes, o puede pedir a otros que compren por él su libertad. ¿Los contratos no pueden hacerse cumplir porque las partes podrían cambiar de opinión? ¿Qué son los contratos y para qué sirven? ¿No protegen de cambios de opinión ajenos? ¿Siempre ha de haber una cláusula de salida o rescisión en los contratos? ¿Seguro? ¿No somos libres en el presente para limitar nuestra libertad futura? ¿Si yo me encadeno y tiro la llave del candado, estoy haciendo algo ilegítimo? ¿Si se la vendo a otro, luego me la tiene que revender a mí? ¿A qué precio? ¿El matrimonio indisoluble en qué quedaría? ¿No es una atadura mutua voluntaria?

Y si, como la gran mayoría de las personas, respondemos que no, que no puedes venderte como esclavo para el resto de tu vida, la pregunta es más compleja: ¿puedes pedir lo más (que te maten) y no lo menos (vivir, pero como esclavo de otro)?

La gran mayoría de las personas o expresa lo que haría sin pensarlo mucho, o no entiende el problema, qué le vamos a hacer. Incluso muchos filósofos y pensadores profesionales, liberales o no, no lo entienden.

¿Estamos seguros de que es menos vivir como esclavo de otro que ser matado por otro según tu voluntad? ¿Qué cuantificación o comparación estamos haciendo aquí? ¿No habíamos quedado que en la eutanasia no hay posibilidad de arrepentimiento o conflicto futuro de voluntades? ¿El que se vendería como esclavo, lo haría gratis?

hay cientos de situaciones en las que se imponen límites a la libertad. Este año es un buen ejemplo. Muchos liberales han defendido algunas de esas restricciones, y no siempre o no sólo por el daño que se podía hacer a los demás, también en razón de la situación excepcional, la emergencia, la coordinación, etc.

¿La libertad de uno no tiene límites en la libertad y la propiedad ajenas? ¿Se está refiriendo a límites adicionales, excepcionales? ¿Que muchos liberales defiendan ciertas restricciones implica que lo hacen bien, que son compatibles con las ideas de libertad, propiedad, no agresión y derechos y deberes contractuales?

¿La eutanasia es comparable a una emergencia de salud pública, con sus externalidades positivas y negativas, y los bienes y males públicos? ¿Va a haber una epidemia de gente pidiendo la eutanasia porque ve que otros la piden?

¿Que los que piden la eutanasia sean una minoría excepcional significa que no tienen derecho a ello, y que lo normal o la mayoría manda? ¿Es la excepcionalidad del sufrimiento lo que cuenta? ¿El testamento vital no puede hacerse cuando no se está ni enfermo ni sufriendo?

En mi opinión, muchos columnistas que se denominan liberales han justificado la intervención del Gobierno mucho más allá de lo razonable (la diferencia es que yo no les expulso del grupo, porque creo, de nuevo, que el tema es complejo).

Aquí convendría precisar qué liberales, qué intervenciones, y qué argumentos han usado. Casa mal lo de “en mi opinión” (subjetiva) con “lo razonable” (¿la razón no es universal y objetiva?).

Pero vuelvo a la eutanasia: ¿límites a la libertad con los que convivimos y que aceptamos? Cientos: desde el suicida al que se detiene para que no se tire a las vías del tren (¿tenemos derecho?) hasta las decenas de causas por las que una persona es declarada incapacitada, total o parcialmente.

¿Estamos hablando de mera descripción de la legislación o derecho positivo, o de principios morales? ¿Seguro que tenemos derecho a detener o retener a un suicida? ¿Cómo y durante cuánto tiempo? ¿Podemos obligarlo a vivir indefinidamente?

La incapacitación legal total o parcial es muy interesante, pero es perfectamente compatible con las ideas liberales: se trata simplemente de explicitar un concepto esencial, que es el de sujeto ético o persona a quienes se aplican, protegen y obligan. ¿Insinúa que el que pide la eutanasia es necesariamente un incapacitado que no sabe lo que hace? ¿No hay ninguna manera de comprobar la madurez o la salud mental de las personas? ¿La ley no incluye garantías y soluciones para estos posibles problemas?

Aquí está el verdadero punto de debate de la eutanasia: ¿hasta qué punto una persona que pide la muerte toma esa decisión de forma independiente, consciente, etc.?

¿El “verdadero” punto de debate? ¿Hay puntos de debate falsos?

¿Se puede pedir la eutanasia de forma inconsciente? ¿Quiere decir dormido, o que no sabe las consecuencias de lo que pide? ¿Podría dar algún ejemplo, a ser posible real y no hipotético?

¿La decisión independiente es la que se toma sin ser influido por nadie, sin que nadie te afecte, te importe o te manipule? ¿De nuevo, ejemplos reales, más allá de esas historias de pobres vulnerables, que suelen ser otros no identificados?

¿Ya que estamos, cómo sabemos que quienes no piden la eutanasia lo hacen de forma independiente y consciente? ¿Cómo sabemos que los que exigen prohibir la eutanasia lo hacen de forma independiente y consciente? ¿Cuál es la presunción por defecto? ¿Domingo Soriano, al escribir este artículo, lo ha hecho de forma independiente y consciente? ¿Tal vez ha pensado en el qué dirán? ¿Ha evaluado todas las consecuencias?

¿Si uno cree que una persona pide la eutanasia coaccionado o manipulado por otros, qué tal si denuncia con pruebas ese caso concreto y a esas malvadas personas? ¿Que es muy difícil probarlo? ¿Qué fue de la presunción de inocencia? ¿La cambiamos por presunción de culpabilidad y conspiranoia?

Excelente la columna de Cristina Losada sobre el tema. ¿Cuánto dolor elimina tu raciocinio y te convierte en incapaz? ¿Qué es un sufrimiento insoportable? ¿Insoportable durante cuánto tiempo? ¿Y si me echo para atrás, como el esclavo? No, en este caso no puedes.

La columna de Cristina Losada en Libertad Digital, el lugar de trabajo de Domingo Soriano, es mala. Que Domingo la considere excelente indica que hay un problema de evaluación, o tal vez es la manifestación de algún sesgo (dice lo mismo que yo, estamos en el mismo equipo).

¿El hambre y la sed extremos también eliminan el raciocinio y te convierten en incapaz, de modo que hay regular o controlar lo que comen y beben? ¿Incapacitamos también a todos los enamorados como adictos a otra persona? ¿A los fanáticos como adictos a una causa? ¿La capacidad de razonar se pierde por sensaciones o emociones muy intensas? ¿No saben lo que hacen? ¿No será al revés, que el dolor o el sufrimiento insoportable aclaran muchísimo las decisiones frente a situaciones en las cuales hay más indiferencia?

¿El que pide la eutanasia no sabe que una vez ejecutada ya no hay vuelta atrás?

¿Qué pasaría si al legalizar la eutanasia los individuos pudieran estar más tranquilos al saber que pueden recurrir a ella si así lo consideran, mientras que al estar prohibida puede haber la angustia de no poder hacerlo en ningún caso y tener entonces que sufrir, recurrir a ayuda ilegal o suicidarse?

¿Y el suicida? ¿Debe ser libre? ¿Por qué evitar su acto voluntario? ¿En qué momento una obligación de todos (también del Estado) como es cuidar de la vida, en ocasiones incluso contra la voluntad del individuo, se convierte en la obligación contraria?

¿La pregunta es si el suicida es libre, o si uno tiene derecho a retener a un suicida? El suicida naturalmente que es libre, como cualquier otro individuo. ¿Vamos a prohibir el suicidio y a castigarle por ser suicida o por intentarlo? El que quiera ayudarle a no suicidarse, que lo haga, y quizás reciba su agradecimiento si resulta que se trataba de algo pasajero y con solución. Cuidado con los posibles abusos de retener indefinidamente a individuos porque podrían ser un peligro para sí mismos.

Es más, el tema del suicidio deja abiertas otras preguntas que son muy interesantes. Supongamos que admitimos la eutanasia para grandes inválidos (por ejemplo, casos como el de Ramón Sampedro; aunque cada vez más estas personas, gracias a la tecnología, tienen numerosas opciones a su disposición). Pero incluso si admitimos esos casos (que son muy pocos), ¿debería estar permitida la eutanasia para una persona que tenga la capacidad de suicidarse? Es decir, si realmente quieres morir y puedes causarte la muerte, ¿debemos permitir que impliques a otra persona? ¿Por qué necesitas a esa otra persona?

¿Los grandes inválidos, gracias a la tecnología, tienen numerosas opciones a su disposición? ¿Opciones de qué? ¿De llevar una vida más normal? ¿Si la vida es casi normal, para qué iban a querer morirse? ¿Lo que importa son los medios disponibles o las preferencias de cada individuo?

¿Sobre preferir la eutanasia cuando uno puede suicidarse y por qué necesitas a esa otra persona, de qué tipo de suicidio estamos hablando? ¿Uno solitario, desesperado, vergonzoso, violento, con sangre, vísceras y huesos rotos, o algo más pacífico, con alguna sustancia venenosa, quizás acompañada de otras sustancias para evitar el dolor y perder la consciencia?

¿Si alguien puede hacer cosas por sí mismo, le prohibimos interactuar con otros? ¿Dónde está la víctima agredida en estas relaciones voluntarias? ¿La persona implicada lo hace obligada por la fuerza o decide participar libremente? ¿Acaso no hay objeción de conciencia para los médicos?

¿Qué es eso de “debemos permitir”? ¿Afirmaciones deónticas a dos niveles? ¿Hay principios para saber qué estamos obligados a permitir y qué estamos obligados a prohibir? ¿Si partimos de la ética de la libertad, la propiedad y la no agresión, no está muy clara la respuesta en el caso de la eutanasia?

Para cada una de estas preguntas hay cientos de respuestas. Complicadísimas todas.

¿En serio? ¿Podríamos hacer una lista para ver si realmente hay cientos, o si se quedan en un par o unas pocas? ¿Todas las respuestas son igualmente válidas o acertadas? ¿No hay ningún criterio para evaluar su calidad?

¿Son complicadísimas, o mucha gente no ha hecho el esfuerzo de estudiarse el tema hasta comprenderlo, dominarlo y ver que no es para tanto?

entraríamos en el tercer nivel del debate: la aplicación práctica.

En esto reconozco una cierta perplejidad. Cada vez que se habla de eutanasia o aborto, los defensores de una legislación más flexible… usan como ejemplos ¡los casos de eutanasia o aborto que no se dan! Cuando digo que no se dan, no quiero decir que no haya ni uno (por ejemplo, el caso de Ramón Sampedro), lo que digo es que no representan el caso típico. Por ejemplo, al hablar del aborto la discusión siempre empieza igual: “Imagina que tu hija de 12 años es violada y que el feto está enfermo y que los médicos le dan un 1% de esperanza de vida a ese feto”. Y yo siempre pienso: “¡Qué caso tan complicado! Espero no verme nunca en esa tesitura”. Y mi respuesta suele ser: “Si ese es el problema, legislemos que en ese caso concreto esté permitido el aborto. Puede haber una discusión ética interesante, pero está claro que en una situación tan límite nadie puede imponer sus creencias”.

¿Para qué meter el aborto y sus complicaciones, y dar ejemplos hipotéticos de aborto, cuando se está discutiendo la eutanasia?

¿Por qué en una situación tan límite nadie puede imponer sus creencias? ¿Las creencias pueden imponerse en situaciones no límite? ¿Qué pasa con las creencias incompatibles, quién impone qué a quién?

Pero es que ése no es el problema. Es un hombre de paja del tamaño del Coloso de Rodas.

¿Y si es Domingo quien está construyendo un hombre de paja?

Si alguien quiere discutir de esto, hagámoslo con tiempo, argumentos, posibilidad de que el otro te rebata, etc.

¿Y si estas discusiones ya se han tenido, los argumentos existen, y simplemente Domingo las desconoce o las ignora?

¿También tendrían que discutir el asesino y la víctima, el ladrón y el legítimo propietario, el dueño del piso y el okupa, hasta que quede clara cuál es la postura ética o liberal acertada?

Lo que digo es que no nos hagamos trampas.

¿Podríamos empezar por dar ejemplo, Domingo? ¿A quién acusas de hacer o hacerse trampas? ¿Citas, referencias?

debatamos de los abortos y eutanasias reales, los que conforman la gran mayoría de las situaciones reales que se dan en los hospitales. Porque en la eutanasia, además de los principios, está el tema de la aplicación: esa pendiente resbaladiza que a algunos nos da tanto miedo. Para empezar, las clínicas especializadas: ¿qué incentivos tiene esta gente?, ¿quién les paga? Y los familiares o herederos: ¿tiene derecho a influir en la decisión una persona que se verá beneficiada de la muerte? Desde los mensajes que llegan desde los medios de comunicación a la definición de “voluntad libre” o de “voluntad declarada de forma continuada”: ¿durante cuánto tiempo?, ¿asumiendo las consecuencias?, ¿quién diagnostica?, ¿y si escogemos médicos que sea más fácil que diagnostiquen que sí?, ¿tiene pleno uso de sus facultades un paciente que va buscando al médico que le recete eutanasia?, ¿y qué le diferencia del suicida que busca una pistola o un décimo piso?

¿Por qué no habrá incluido el aborto en el título del artículo, si casi va a ser ascendido de secundario a protagonista principal?

¿Cómo sabe Domingo cuáles y cómo son las eutanasias reales? ¿Y si estos debates y estudios ya están hechos? ¿Y si hay prohibicionistas mintiendo y propagando bulos descaradamente al respecto y diciendo que no ha habido debate? ¿Cuántos años llevamos ya con este tema? ¿No hay organizaciones y activistas que le han dedicado mucho tiempo? ¿Ha leído lo que he escrito yo al respecto, por ejemplo? ¿Discutimos sobre eso?

¿Clínicas especializadas? ¿Para la eutanasia hace falta una clínica especializada? ¿Va a ser un negocio multimillonario, con unos márgenes de beneficios escandalosos y colas de clientes?

¿Sobre los incentivos, podemos considerar el altruismo y la bondad, o la hipótesis de trabajo es suponer maldad y egoísmo y a ver si nos quitamos de en medio al abuelo, nos ahorramos los cuidados y heredamos ya?

¿Sobre los hijos que manipulan a sus ancianos progenitores, quién ha criado a esos hijos? ¿Y podemos mostrar casos reales en lugar de recurrir a la tan atractiva ficción conspiranoica?

¿Sobre escoger el médico que diagnostique, no hay libertad de elección de médico? ¿Qué tal ir preparándolo todo con tiempo en lugar de tener que correr al final? ¿Cree que la gente que pide la eutanasia son pobres incautos sin capacidad de agencia que han cambiado de opinión justo al final de su vida porque han sido manipulados por otros?

Lo he repetido unas cuantas veces en los últimos días, en las redes sociales y con mis amigos que opinan diferente. No creo que sean asesinos; sólo pienso que están equivocados y lo digo mientras todas las dudas del mundo se agolpan en mi cabeza. Me parece uno de los debates más complejos que puedan existir.

Gracias por pensar que no somos asesinos, menos mal.

¿Y si el equivocado eres tú? ¿Si todas las dudas del mundo se agolpan en tu cabeza, qué tal pensarlo más para aclararse, quizás consultando con expertos y gente que se lo haya trabajado?

odio las etiquetas incluso cuando sólo son un intento de aclarar las cosas

Pues tu profesión de periodista consiste en usar etiquetas, porque no otra cosa son todas y cada una de las palabras que usas. El problema está en que para comunicarse y entenderse conviene precisar los contenidos de las cajas que señalan esas etiquetas.

si responder a todas las preguntas de este artículo de forma contraria me saca del club liberal: “Aquí tienen mi carnet”. Está claro que no formo parte de ese club. Ni ganas, oigan.

Tal vez resulta que no eres del todo liberal, o de los liberales economicistas, o liberal conservador, pero aún así yo te quiero en el club, vigilándote para que no rompas algo. Si lo que pretendes es que te despidamos para cobrar indemnización o para librarte de alguna responsabilidad, lo siento pero no vamos a picar.

Suelo recomendar prácticamente todo lo que escribe Domingo Soriano, y lo que hace en la radio, y sus conferencias: con mucho trabajo detrás, teorías y datos, citas y referencias, y muy bien comunicado, claro, preciso, exhaustivo, profundo, didáctico. Este artículo desgraciadamente no es así. Hay preguntas sin respuesta cuando las respuestas existen, y es más la expresión de preferencias y dilemas personales que una exploración consistente del tema de la eutanasia y el liberalismo. A mucha gente le habrá gustado: por eso hay más conservadores que liberales (y tanto “liberal conservador”); es algo mucho más fácil, cómodo y popular.

¿Para cuándo un programa de ética para quedarse sin amigos? ¿Quizás no queremos quedarnos sin ningún amigo? ¿Qué más cosas podríamos tratar en ese programa que son muy complejas y hay que tener cuidado y no liberalizarlas o legalizarlas, o no hacerlo con prisas porque aún no se han debatido? ¿Las drogas, la prostitución, la gestación subrogada?

Con aprecio, de un amigo liberal.

Mala munición de Mariona Gúmpert contra la eutanasia

Mariona Gúmpert, filósofa conservadora, ofrece Munición contra la eutanasia para “dar la batalla cultural”: cree que son “refutaciones a los principales argumentos que utilizan aquellos que se muestran a favor de aprobar la ley de eutanasia”. En realidad se trata de pólvora mojada o de munición defectuosa que les estalla en las manos al utilizarla. Son razonamientos motivados que parten de una conclusión predeterminada que hay que apoyar a toda costa, y son tan flojos que es normal que pierdan la batalla cultural, a no ser que esta consista simplemente en predicar para los ya convencidos.

«Cada quien tiene derecho a decidir sobre su propia vida, y sobre su cuerpo»

Gúmpert dice que esto es falso porque la ley prohíbe cosas contra “la soberanía absoluta sobre el propio yo”: venderse como esclavo, vender órganos, el proxenetismo.

Confunde la mera descripción de los contenidos de una ley positiva, que efectivamente suelen violar el axioma de autopropiedad, con un principio de la ética de la libertad, que es lo que intenta guiar los cambios legales en el asunto de la eutanasia.

Ignora que hay países en los cuales es legal vender órganos, o el proxenetismo.

El venderse como esclavo no es legal en ningún lado, y algunos liberales discuten sobre el asunto, ya que consiste en utilizar la libertad para limitar o destruir la libertad (o autonomía), que es lo que se hace en cualquier tipo de contrato.

Gúmpert trata de argumentar estas prohibiciones:

estas acciones son intrínsecamente malas para el sujeto que decidiere tomarlas; se considera que quien opta por alguna de estas cosas es, o bien por ignorancia, o bien por desesperación. En todo caso, se presupone que son acciones que vulneran la dignidad y/o la integridad física y moral de la persona.

Los conservadores suelen asegurar que hay cosas intrínsecamente malas, ignorando el carácter subjetivo (depende de la persona) y relativo (se valoran unas cosas en comparación con otras) de las valoraciones. Ellos conocen el bien y el mal mejor que los propios interesados en sus circunstancias particulares, y lo imponen de forma paternalista a los demás, que son ignorantes o están desesperados. Si solicitas la eutanasia tu voluntad no cuenta porque eres ignorante o estás desesperado.

Es interesante el uso de la voz pasiva impersonal del “se considera” y “se presupone”: ¿quién considera y presupone? ¿Son acciones malas, o alguien considera que son malas, y ahí se cuela la subjetividad que se quiere ocultar? ¿Todo el mundo lo considera y presupone así? También es relevante el uso de términos grandilocuentes pero de significado ambiguo o problemático, como la dignidad.

«Mientras no se dañe a otros, la libertad individual es sagrada»

Al parecer “este argumento es completamente falaz”, ya que al legalizar la eutanasia hay varias formas de dañar a otros.

se acaba con el juramento hipocrático, según el cual todos los médicos prometen no infligir nunca un mal a sus pacientes.

El juramento hipocrático, del cual hay varias versiones con contenidos diferentes y de interpretación problemática, ni es una norma ética de aplicación universal, ni es parte de la legislación positiva. La legalización de la eutanasia no obliga a ningún médico a participar y considera la posible objeción de conciencia por cuestiones morales.

Estando abierta la opción de la eutanasia se despierta la desconfianza por parte del paciente. De normal nos cuesta confiar en el juicio de los galenos –porque estamos asustados, y porque desconocemos casi por completo la disciplina-, imagínense existiendo una ley sobre la eutanasia «exprés y a domicilio».

Estas afirmaciones de suspicacia y desconfianza en los médicos son arbitrarias y desprovistas de evidencia: es el paciente el que decide (en tiempo real o con un testamento vital), no el médico unilateralmente; el médico no puede activar por su cuenta el proceso, pero sí puede pararlo si no certifica las circunstancias previstas en la ley; si uno no confía en un médico o en su capacitación, puede escoger otro.

La presunta “eutanasia exprés” tiene plazos y condiciones garantistas, no es cuestión de un par de días; ampliarlos puede reforzar las garantías, pero también prolongar el sufrimiento de forma innecesaria. La eutanasia a domicilio se ofrece a quien prefiera estar ahí en lugar de un hospital.

Gúmpert afirma que la eutanasia “no es otra cosa” que un homicidio, incumpliendo así con los principios cooperativos de la comunicación (máximas de Grice): obvia cuidadosamente mencionar que se mata o se ayuda a morir a una persona porque esta así lo solicita de forma libre y voluntaria, algo muy diferente a lo que normalmente se entiende como un homicidio.

La suspicacia se extiende hacia enfermos crónicos y personas mayores que son, y se sienten, una carga para sus familiares o cuidadores, y la ley no ayuda con estos sentimientos: mejor prohibir ciertas opciones no vaya a ser que haya gente que escoja mal bajo la coacción sutil de egoístas no identificados.

Al parecer la eutanasia se solicita, no para evitar graves sufrimientos propios, sino para no ser una carga para otros. Es curioso que los conservadores suelen pedir y valorar ciertos sacrificios por la patria, como los de los soldados, o de los padres por sus hijos, pero otros posibles sacrificios voluntarios les parecen mal. También se ignora cómo los familiares y cuidadores pueden sufrir con el dolor de un ser querido cuya voluntad de morir no se respeta: se puede sufrir por la muerte del amado, pero también aun más por su dolor desesperado.

Afirma que hay daños a terceros porque los seres queridos sufren por una muerte no deseada, como en un suicidio, pero en este caso todavía peor porque están informados. De nuevo estas afirmaciones psicológicas se realizan gratuitamente sin ninguna evidencia, no son ni siquiera anécdotas reales. No se ofrecen datos de sufrimiento en parientes por suicidio o por eutanasia. El suicidio suele ser devastador para los allegados por la falta de comunicación, de conocimiento y de oportunidad de actuar para ayudar, y porque suele pensarse que la situación de depresión o desesperación podía ser pasajera y remediable. La eutanasia es muy diferente.

Gúmpert lleva a comparar la eutanasia con matar a los parados desesperados que han perdido su empleo y su casa en lugar de solucionar el desempleo. Plantea la situación no desde el punto de vista de quien pide la eutanasia, sino de toda la sociedad que “con todos los medios al alcance, hemos decidido rendirnos y hemos abierto la puerta a una solución como esta.” Colectivismo para aderezar los malos argumentos: no es el individuo el que decide, hay que apelar a la sociedad.

Tal vez conviene aclarar que la limitación de la libertad en el daño a otros se refiere normalmente a agresiones físicas o sus amenazas, a violaciones de la propiedad ajena. No se refiere a no poder hacer algo porque a otro le disgustará mucho: si así fuera, cualquier presunto afectado podría interferir sistemáticamente en las vidas ajenas. Uno no podría romper nunca con su pareja enamorada, o causar cualquier tipo de dolor o decepción en una relación o interacción. La sensibilidad no genera automáticamente derechos.

el objetivo a perseguir -en el fondo- es acabar con el sufrimiento del paciente.

La opinión y la voluntad del paciente parece que no cuentan. Y a veces la única forma de acabar con el sufrimiento es la inconsciencia o la muerte.

«No queremos que nadie sufra»

Este principio parece encajar con lo que acaba de defender. Presenta a los prohibicionistas de la eutanasia como “provida”: claro, la vida suena mejor que la muerte y así parece que quien defiende legalizar la eutanasia es “promuerte”, muy malo. Asegura que no son monstruos que hacen apología del sufrimiento, pero algunos hablan de dar sentido al sufrimiento, de aprender a sufrir, de imitar a Jesús y cargar con su cruz.

Lo que nos distingue de quienes están a favor de la eutanasia es que nosotros deseamos acabar con el dolor, no con el paciente.

Gúmpert parece insinuar que ellos son buenos y nosotros somos malos porque, o queremos acabar con el paciente, o ignoramos que se puede acabar con su dolor sin matarlo (sedación terminal). Pero lo que defendemos es que se respete la voluntad y la libertad de cada individuo en el ámbito de su legítima propiedad.

Según Gúmpert la sedación terminal es “un procedimiento médico éticamente correcto” porque “la intención principal [es] eliminar dolores insoportables -no provocar la muerte-”. Es la intelectualmente penosa bioética en la que lo que cuenta es la intención, no los resultados, y no aparece por ningún lado la voluntad del individuo que la recibe.

Al menos se opone al encarnizamiento terapéutico. Algo es algo, aunque no sea mucho.

con una buena coordinación e inversión en medicina familiar y paliativa, podría conseguirse que muchas personas llegaran al final de su vida en su domicilio, rodeados de sus seres queridos y sin sufrir, que es al final lo que todos deseamos.

Nadie les prohíbe recaudar fondos para ayudar a quienes no puedan permitirse esto. Que muchas personas consigan esta muerte presuntamente deseada por todos no quiere decir que todos vayan a conseguirlo, y precisamente por eso conviene que la eutanasia sea legal.

«Hay formas de vida que no son dignas»

Dice Gúmpert que hay un “error de fondo: quien tiene dignidad es la persona”, pero no explica en qué consiste esa misteriosa “dignidad intrínseca que posemos los seres humanos”. Una dignidad que aparentemente no fundamenta el derecho a decidir cómo vivir y cómo morir, sino que por el contrario niega el derecho a morir mediante eutanasia.

Lo de que la vida no es digna no significa que ciertas personas pierdan derechos por sus circunstancias límites, sino que es una forma de expresar que a algún individuo no le merece la pena vivir así y prefiere que le ayuden a morir. Se trata de un nuevo incumplimiento de las normas de uso del lenguaje para ofuscar en lugar de aclarar.

Menciona Gúmpert también, como no podía faltar, la pendiente resbaladiza: las condiciones para pedir la eutanasia se han ido ampliando allá donde se ha legalizado, como es el caso de Holanda. Dice que se “ha disparado el número de personas que recurren cada año al mal llamado suicidio asistido.” No aclara por qué está mal llamarlo así, y no ofrece ningún dato, al tiempo que critica que “«padecer un sufrimiento insoportable» … [es] un término impreciso donde los haya”. Obviamente no se plantea la posibilidad de que sea bueno que más personas recurran a la eutanasia o al suicidio asistido: sus preferencias no importan. Tal vez conviene explicar que estar a favor de legalizar la eutanasia no es lo mismo que promover que la gente la pida o la practique, ni alegrarse de que lo hagan: es pedir que se respete su libertad.

Termina insistiendo en que nos preguntemos por el “tema de la dignidad humana” como fundamento de todo: al parecer “solo se [consideran] dignos los individuos «activos» en términos económicos”. Efectivamente, la confusión que tienen los conservadores con este término es considerable, y tal vez el día en que lo entiendan se harán liberales.

Tuitioteces de Eugenio d’Ors contra la legalización de la eutanasia

Aseguran desde la derecha (especialmente desde la extrema derecha típicamente religiosa) que el debate sobre la eutanasia está secuestrado: es el eslogan de su campaña contra la legalización. En este tema los conservadores demuestran que no solo los progresistas (la izquierda) pueden ser liberticidas e intelectualmente incompetentes.

El tuitero Eugenio d’Ors @EugeniodOrs_ afirma que “no pocos liberales han caído en la trampa de la defensa de una causa que consideran que concierne únicamente a la libertad individual.”

Pobres liberales, que caemos en trampas, invocamos “una falsa libertad individual”, no sabemos lo que hacemos y necesitamos a sabios y buenos conservadores para sacarnos de ellas y explicarnos las cosas que no entendemos.

D’Ors cree que la izquierda es colectivista, como si la derecha no lo fuera también. Asegura que los socialistas utilizan el derecho para “la función de orientación y organización. Mediante las leyes, el Derecho va modificando conductas y “educando” a la sociedad”; “legisla sobre lo injusto para darle una pátina de justicia”; “[modela] a la sociedad, al interiorizar esta, con el paso del tiempo, lo “legal” como bueno o deseable.”

Olvida que este uso paternalista y “educador” del derecho también lo realizan los conservadores, normalmente en dirección contraria a los socialistas. Todos los intervencionistas quieren decir a la gente lo que es bueno o malo como si se tratara de hechos objetivos e ignorando las valoraciones subjetivas de los individuos.

“Esta función de orientación es algo de lo que un liberal debería huir como de la peste”. Y efectivamente, los liberales no se dedican a orientar a la gente sobre qué es bueno y malo.

D’Ors asegura que hay otras cuatro funciones del derecho, pero no las menciona: quizás porque una podría ser la defensa de derechos individuales, de la libertad, de la propiedad privada, de los pactos voluntariamente acordados. Esta función implicaría legalizar la eutanasia.

La ley de la eutanasia es un claro ejemplo. No se trata de dotar de cobertura legal un derecho hasta ahora inalcanzado, puesto que a morir nadie tiene ni deja de tener derecho: todos fenecemos lo queramos o no.

D’Ors confunde el derecho a morir, que es un suceso y no una acción, con el derecho a que alguien actúe con tu consentimiento y te ayude a morir. Es irrelevante que todos fallezcamos eventualmente, lo queramos o no: de lo que se trata con la eutanasia es de poder decidir hacerlo ya, sin esperar más, con ayuda de otros.

Se trata más bien de abrir un nuevo frente de batalla en la guerra de la ingeniería social. El corpus legislativo lanza un mensaje al conjunto de la sociedad: quien se quiera quitar de enmedio, adelante. Sin trabas. Le ayudamos.

D’Ors ignora cuidadosamente el mensaje de ingeniería social que el corpus legislativo lanzaba antes al conjunto de la sociedad: tu voluntad de morir no cuenta, no vamos a permitir que nadie te ayude, debes vivir quieras o no.

La legalización de la eutanasia no tiene por qué animar a la gente a pedirla, ni decirle que es algo bueno o positivo, ni comprometerse a ayudar: basta con que se permita participar a quien quiera hacerlo.

D’Ors no quiere “hablar de la vida como un bien absoluto, para no dar carnaza a los relativistas”, pero sí “como un bien que proteger”. No lo plantea como absoluto, pero parece que es objetivo: hay que protegerlo sí o sí, y la voluntad subjetiva de los individuos “protegidos” no cuenta. Recuerda que “tenemos más bienes dignos de protección en las sociedades civilizadas: los grupos de población vulnerables. En este caso, ancianos, enfermos terminales o crónicos y grandes dependientes”. Parece que es un hecho objetivo qué cosas son “dignas” de protección: no explica qué significa ese “dignas”, si es que merecen protección u obligan a la protección. Dado el carácter conservador, proclive a prohibir y obligar, parece sensato interpretar esto como una obligación de protección.

D’Ors denuncia:

La ley nos pretende convencer de que dota de libertad a estos grupos. Mentira. Todo lo contrario. Si por un lado tenemos a una sociedad que está siendo moldeada para cambiar su cosmovisión sobre un tema tan emotivamente manipulable como el dolor, la dependencia, la “indignidad” de algunas situaciones (nadie pierde la dignidad por estar enfermo, pero la sociedad sí puede hacer que un enfermo pierda su sentido de la dignidad, que es muy diferente), y por otro lado tenemos un bien elevado que antes protegíamos, como es su vida, pero que ahora queda desprotegido, tenemos la mezcla perfecta, y aquí llegamos al hueso del asunto: grupos vulnerables que están recibiendo continuamente inputs sobre su dignidad, su carga social, su inasumible dependencia. Y que además, tras estos inputs, se les brinda, sutilmente, la opción más rápida “por su bien”. ¿Os habéis dado cuenta también vosotros, no?

Su error o trampa argumental es confundir la libertad como posibilidad legal de decisión individual en ausencia de coacción violenta externa (obligaciones o prohibiciones impuestas por la fuerza), que es lo que defienden los liberales, con una libertad psicológica o libre albedrío para decidir sin ningún tipo de influencia externa o afectación por las circunstancias: uno no sería libre si los demás pueden influir en él, o en condiciones problemáticas y delicadas.

D’Ors lanza unas cuantas preguntas retóricas:

¿Alguien puede afirmar rotundamente que un enfermo terminal o crónico que decide que se le practique la eutanasia, esta tomando una decisión plenamente libre?

Sí, si puede, si entiende qué significa que la decisión es libre.

¿Alguien puede afirmar que no existe ningún tipo de coerción social sobre estos grupos vulnerables, que atente gravemente contra su libre albedrío? No. Nadie puede hacerlo.

D’Ors parece conocer a todo el mundo y sabe qué pueden o no pueden afirmar a este respecto.

¿Algo que decir, liberales (y ahora me dirijo a vosotros) sobre la coerción social que corroe desde sus cimientos un acto que debería ser plenamente libre, porque afecta a un bien elevado y único, como es la vida?

Sí, claro que podemos decirte cosas, Eugenio, como que tu competencia intelectual y lingüística es defectuosa, y que eres deshonesto.

D’Ors insiste en una presunta coerción social y familiar corrosiva e inaceptable de la cual no ofrece ninguna evidencia real (datos, estudios, referencias) más allá de hipotéticas anécdotas:

… la coerción social: residencias de ancianos costosísimas, dependientes graves de los que ningún familiar se puede hacer cargo por falta de conciliación laboral, cuidados paliativos precarios o inexistentes en la red pública, y carísimos en la red privada… Todo eso es percibido de forma negativa, qué duda cabe.

Pero hablemos también de la coerción familiar, del entorno inmediato. Descendamos al detalle. Una simple conversación entre hijos sobre “quién se ocupa este fin de semana”, “qué cara es la residencia”, “no llegamos para pagar a un cuidador”. Por no mencionar la falta de maña por parte de muchos profesionales sanitarios para poder detectar esas coerciones, porque prefieren no implicarse en la toma de decisiones.

Parece que hay por un lado gente muy manipulable, y por otro gente muy mala y egoísta, pero todos quedan como desconocidos no identificados. Si alguien pide la eutanasia debe ser porque no decide libremente, porque sus familiares y la sociedad lo desprecian. D’Ors ni siquiera se plantea la posibilidad de que sean los familiares quienes coaccionen a un individuo para que no pida la eutanasia, tal vez por su fe religiosa.

D’Ors enfatiza la gravedad de la decisión, por si alguien no se había dado cuenta de que la muerte es irreversible: “la decisión que se toma sobre este bien, la vida, le afecta de tal forma (acabar con ella) que es imposible restituirlo. Es una decisión absolutamente grave por sus efectos.” Tal vez cree que quienes la piden lo hacen a la ligera y sin darse cuenta de las consecuencias.

Pasa a decirnos qué hay que hacer:

La solución, en una sociedad avanzada, debería ser la contraria: enviar inputs positivos a los grupos vulnerables. Dotar de presupuesto a los cuidados paliativos (sí, se puede mitigar o incluso erradicar el dolor, salvo casos extremos). Sí, decirles que efectivamente son una carga, la realidad es tozuda, pero una carga que se sobrelleva por convicción de que nada, NADA, puede socavar la dignidad de nadie.

Al parecer es incompatible dedicar más recursos a cuidados paliativos con legalizar la eutanasia. Si uno prefiere la eutanasia a los cuidados paliativos su voluntad no cuenta ya que D’Ors escoge por él. Nadie prohíbe a los particulares recaudar fondos para ayudar a los necesitados, pero aquí seguramente se trata de que lo haga el Estado por la fuerza, porque el conservador sabe cuál es la solución y se la impone a todos.

Qué duda cabe de que una sociedad cada vez más nihilista, de la que ha desaparecido todo sentido de trascendencia, será irremediablemente práctica con estos grupos vulnerables.

¿La sociedad es más nihilista? ¿Qué quiere decir eso? ¿Que hay menos fe religiosa? ¿“ha desaparecido todo sentido de trascendencia”? ¿Ya no hay creyentes en el más allá y la vida eterna? ¿La única forma de trascendencia es la religiosa? ¿Seguro que la sociedad será “irremediablemente práctica con estos grupos vulnerables”?

Aparece la pendiente resbaladiza: “La pendiente es acusada y resbaladiza.”

Denuncia incoherencia, irracionalidad y perversión: “¿por qué a una persona físicamente sana que se quiere quitar la vida, se le intenta convencer de que no lo haga? ¿Por qué a un anciano, a un crónico, a un dependiente que quiere hacer lo mismo, se le abre la puerta de par en par indicándole el camino? Sería irracional si no fuera perverso.”

¿Realmente no conoce la respuesta a estas preguntas? A un suicida se le intenta convencer para que supere un momento posiblemente pasajero de desesperación; a quien pide abiertamente la eutanasia se le respeta ante una situación prolongada y seguramente irreversible.

Por si no nos habíamos dado cuenta, D’Ors da “una vuelta de tuerca para acabar de convencer a los liberales indecisos: la eutanasia no es un acto personal. Implica obligatoriamente a otras personas. El paciente que desea ser eutanasiado, obliga a otros a participar de esa decisión última. No hablamos pues de un acto libre que solo afecta al que lo toma. Necesita la concurrencia de un tercero. Ya no es tan individual…”

Obviamente en la eutanasia hay una decisión individual de quien la pide, y también otra u otras decisiones de quienes ayudan o no ayudan. Que sea necesaria alguna persona para realizar la eutanasia no equivale a obligar a nadie a participar: aquí se confunde torpemente una necesidad con una obligación legal. Quien quiere comprar algo no obliga a nadie a vender; quien quiere tener una relación o interacción necesita a otro pero no obliga a nadie.

D’Ors juega a psicólogo, sociólogo y politólogo: “Es obvio que desde el miedo al dolor se puede convencer a mucha gente de que esta ley es la mejor de las decisiones. Es un engaño.” ¿Se ha dado cuenta de que la ley no obliga a nadie a pedir la eutanasia o asistir en la misma? Parece confundir legalizar la eutanasia con pedir la eutanasia. Cree que los individuos no tienen capacidad de agencia, que el poder político manda el mensaje de que la eutanasia es buena y que los débiles manipulables y sin criterio la pedirán automáticamente por su miedo al dolor.

D’Ors es aparentemente generoso, no está a favor del “encarnecimiento terapéutico [sic]”, y acepta que ciertas prácticas médicas para aliviar el dolor acorten la vida del paciente:

Evidentemente que hay casos extremos. Casos en los que únicamente con el uso de altas dosis de morfina que prácticamente adormecen al paciente puede acabarse con su dolor. Nadie está a favor del encarnecimiento terapéutico para alargar un agónico final. Es de uso común, sin necesidad de legislar nada, aumentar dosis de potentes analgésicos que conllevan irremediablemente un acortamiento de los tiempos.

Ignora cuidadosamente que hay casos extremos que no son así, como tetrapléjicos (Ramón Sampedro) o enfermedades degenerativas (María José Carrasco).

“Es necesario un debate sano y sin prejuicios sobre una ley que se va a aprobar y que abre una espita que ya será imposible cerrar. Hagámoslo ahora. Mañana será tarde.”

Si esta es su contribución al debate, deja mucho que desear.

Eutanasia y libertad

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La eutanasia es etimológicamente la buena muerte: consiste en causar la muerte, con el mínimo dolor posible, de una persona o de un animal, normalmente para acabar con su sufrimiento o para poner fin a una situación terminal irreversible. En la eutanasia voluntaria la persona fallecida ha dado previamente su consentimiento explícito: lo ha pedido expresamente de forma deliberada, consciente y libre. En la eutanasia involuntaria (o no voluntaria) la involuntariedad no significa que la persona no quiera morir, sino que no puede expresar su voluntad en el momento de su posible aplicación: está inconsciente (coma potencialmente indefinido o irreversible, estado vegetativo), o demente, o es un bebé.

La eutanasia activa consiste en hacer algo para que la persona muera: es una intervención intencional, un acto ejecutivo suficiente para poner fin a la vida, como la inyección de un veneno o una sobredosis letal de una droga. La eutanasia pasiva consiste en dejar morir a la persona: no mantenerla artificialmente con vida, omitir o suspender un tratamiento médico necesario para prolongar una vida sin esperanza de curación (desconectar el soporte vital, evitar la distanasia, el encarnizamiento o ensañamiento terapéutico). La eutanasia indirecta es el resultado de algunos procedimientos médicos, como la sedación u otros tratamientos contra el dolor, que pueden acelerar la muerte del paciente como efecto secundario no intencionado.

La participación en un suicidio asistido es la colaboración necesaria con el suicidio de otro individuo, por ejemplo proporcionando un medio para que la persona acabe con su propia vida, como un veneno que la persona debe tomar por sí misma: se trata de ayudar a morir a quien no puede o no quiere hacerlo solo. No es lo mismo que la inducción al suicidio, que consiste en persuadir a una persona para que se suicide.

El suicidio asistido (cooperar con actos necesarios al suicidio) y la eutanasia activa voluntaria (causar la muerte) pueden parecer muy diferentes pero no lo son tanto: en la eutanasia voluntaria la persona que la recibe no es totalmente pasiva sino que debe al menos expresar su voluntad, y ese acto de declaración explícita del deseo de recibir la eutanasia puede utilizarse para activar un mecanismo automático que cause la muerte, el cual previamente ha sido preparado por un asistente.

En algunos casos se ha denominado inadecuadamente eutanasia a lo que en realidad ha sido el asesinato sistemático a gran escala por estados totalitarios (como los nazis) de discapacitados, enfermos incurables, niños con taras, miembros de diversas etnias, ancianos o adultos improductivos. Una crítica tramposa contra la legalización de la eutanasia es asociarla a estos hechos históricos como si fueran equivalentes o una consecuencia probable tras una presunta pendiente resbaladiza.

La persona que solicita la eutanasia o la asistencia al suicidio normalmente desea poner fin a su vida porque cree que es la única forma posible de evitar un sufrimiento insoportable que prevé que va a continuar o incluso empeorar: dolores agudos, fuerte depresión, cansancio vital (no encontrar sentido a la existencia, pérdida extrema de esperanza o ilusión). Normalmente la vida es buena y valiosa y la gente desea vivir, pero la vida no es un valor objetivo absoluto y en algunas circunstancias una persona puede preferir morir a malvivir: la muerte, según su propio criterio, es el mal menor.

El dolor o malestar suele estar causado por una enfermedad o discapacidad física o psíquica grave, incurable y a menudo terminal. En algunos casos el individuo pierde su autonomía o capacidad de control de forma brusca (tetraplejia por algún accidente) o gradual (enfermedades degenerativas de cuerpo y mente, como esclerosis o demencias), con posible incapacidad para moverse, asearse, respirar, ingerir alimentos, o controlar esfínteres: su vida deja de tener sentido o no quiere ser una carga para los demás. No todas las personas enfermas o discapacitadas solicitan la eutanasia: algunas deciden seguir viviendo. Los cuidados paliativos (analgésicos, sedación) o la atención a los dependientes pueden en algunos casos reducir o aliviar el sufrimiento y mejorar algo la calidad de vida del paciente, pero no hay garantía de que la mejoría sea suficiente.

Quien pide la eutanasia o la ayuda para el suicidio no lo hace por capricho sino porque suicidarse solo y por sí mismo le resulta imposible (por parálisis física o por inhibiciones psíquicas), desagradable o indigno: el intento de suicidio puede fallar y agravar la situación de la persona, el acto puede ser doloroso, o las consecuencias del mismo pueden dañar a otros (por el impacto físico de una caída, por el trauma psíquico por el descubrimiento inesperado del cadáver). Una eutanasia o un suicidio asistido, en compañía de los seres queridos, en un momento libremente elegido y en unas condiciones controladas, puede ser una opción mejor que la prolongación de la degeneración y del sufrimiento o que un suicidio desesperado, clandestino, trágico y en soledad.

La solicitud de ayuda puede causar un problema para quienes quieran ayudar pero no deseen participar en ella, por ejemplo por algún conflicto moral. Los seres queridos pueden enfrentarse a un dilema desgarrador por la impotencia ante la situación, la gravedad de la decisión por el carácter irreversible y definitivo de la muerte, y la tensión entre deseos contradictorios (quieren ofrecer ayuda, pero no causar la muerte).

La eutanasia involuntaria es problemática: de forma temporal o permanente el individuo afectado no es una persona consciente capaz de expresar su voluntad. Algunas situaciones duran horas o días (una sedación terminal), otras pueden prolongarse durante años (coma, demencia). En casos como comas o estados vegetativos puede haber dudas sobre el nivel de consciencia del individuo, su capacidad de experimentar y comunicarse, y la posible reversibilidad de la situación. Ciertos estados de inconsciencia se deben a la sedación por situación terminal de enfermedades incurables (cáncer); otros comas se deben a accidentes, y es posible mantener al paciente en un estado vegetativo durante mucho tiempo. Las incertidumbres en una situación de coma no implican que haya que mantener con vida al paciente a cualquier coste: en algunos casos unos pacientes recuperan la consciencia y ellos y sus seres queridos valoran positivamente los recursos empleados, pero en otros casos los pacientes permanecen indefinidamente en coma y los recursos empleados son malgastados; que un paciente tenga un nivel no nulo de consciencia no quiere decir que valore su experiencia como algo positivo.

Hay algunas formas posibles para decidir sobre la aplicación o no de la eutanasia involuntaria que respetan la voluntad de la persona en su estado consciente íntegro: un adulto puede haber expresado antes su preferencia, tal vez formalmente en un testamento vital, o haber delegado su decisión en otra persona, normalmente un ser querido. En estos casos son otras personas las que solicitan o rechazan la eutanasia como representantes o tutores legales en nombre de otro. El conflicto es posible cuando existen varias partes con opiniones contrapuestas que no se ponen de acuerdo: parientes, médicos, poderes públicos. Los bebés enfermos incurables, incapaces de razonar y hablar, son casos especialmente problemáticos: los progenitores o tutores legales normalmente velan por su interés y pueden decidir en su nombre, pero en algunos casos pueden prolongar su sufrimiento al aferrarse a vanas esperanzas en curas o milagros sin fundamento; los padres pueden sentir más amor y angustia, pero los médicos tienen más conocimiento de la situación y su posible evolución.

En algunas enfermedades neurológicas degenerativas, como la demencia senil de tipo Alzheimer, el individuo está consciente y se comunica pero ha sufrido un deterioro psíquico grave por pérdida de memoria (no saber quién es, no recordar a sus seres queridos), de modo que ya no es la misma persona mentalmente sana y competente que existía previamente. Algunas personas pueden solicitar la eutanasia para evitar la degeneración de esta demencia, pero si la enfermedad avanza lo suficiente la persona inicial esencialmente deja de existir y se transforma en otra diferente que es dependiente y tiene sus capacidades cognitivas alteradas, pero que quizás prefiera seguir viviendo así: hay entonces el dilema de qué voluntad tener en cuenta.

La posible aplicación de la eutanasia no tiene por qué estar restringida al ámbito de situaciones terminales o agónicas al final de la vida: esto implicaría discriminar contra quienes tienen graves sufrimientos psíquicos que son compatibles con la supervivencia, como una depresión grave persistente o una tetraplejia. Una cuestión clave relacionada con la eutanasia es determinar, siempre con conocimiento limitado e imperfecto, si un sufrimiento es temporal o permanente, si existe alguna cura para una enfermedad o un proceso de alivio natural, y si merece la pena o no aguantar en espera de una situación mejor. Algunas fuertes depresiones se pasan con el tiempo, pero otras patologías persistentes. Un tetrapléjico puede deprimirse inicialmente y mejorar después, o puede desear morir de forma consistente. Los seres queridos pueden intentar animar a una persona para que sea paciente y aguante hasta su mejoría.

Como la muerte es definitiva y los muertos no piensan ni sienten ni actúan, es imposible arrepentirse de haber recibido una eutanasia. Algunas personas vivas pueden sentir alivio por no haberse suicidado o por no haber solicitado la eutanasia en algunos casos como depresiones profundas. Sin embargo la posibilidad del cambio de opinión en el futuro no justifica la prohibición de actuar según la opinión presente. También es posible no cambiar de opinión, sufrir de forma inútil y arrepentirse de no haber pedido la eutanasia antes.

Los médicos suelen estar involucrados con la eutanasia porque quienes la solicitan suelen ser enfermos. Los farmacéuticos suelen estar involucrados con la eutanasia porque una forma común es la ingestión o la inyección de algún veneno. Sin embargo la eutanasia o la asistencia al suicidio no tienen por qué ser realizadas por un médico o por un farmacéutico: basta con disponer de un veneno, o con realizar alguna otra acción que cause la muerte (asfixia por ahogamiento, trauma por el disparo de un arma de fuego).

Para la ética de la libertad la eutanasia es perfectamente legítima para todas las partes implicadas con su consentimiento voluntario. Cada individuo es por defecto dueño de sí mismo (autoposesión o autopropiedad) y es libre para decidir sobre su propia vida y su propia muerte: tiene derecho a vivir pero no la obligación de seguir viviendo; puede disponer de su vida como desee, solo o con la ayuda pactada con otros.

La eutanasia no es una agresión maliciosa y puede ser un acto de piedad, de empatía con el sufrimiento ajeno, o incluso de amor. Si es cruel causar un sufrimiento innecesario, no practicar la eutanasia en ciertas circunstancias extremas puede ser considerado como una forma de crueldad pasiva al no hacer algo para evitar un sufrimiento inútil.

La legitimidad ética de la eutanasia no se basa en un cálculo utilitarista de maximización del bienestar o de minimización del dolor para todos los afectados: no se trata de realizar imposibles o absurdas comparaciones o compensaciones de la reducción del dolor de unos con el incremento del dolor de otros.

Cada persona puede interactuar de forma libre y voluntaria con otros con el consentimiento mutuo de ambos y sin coaccionar o agredir a nadie. Un individuo puede pedir a otro que le ayude a morir y la otra persona puede aceptar o negarse. Los contratos o compromisos formales exigibles pueden utilizarse para modificar las obligaciones, las prohibiciones y los derechos que afectan a los individuos involucrados por ellos: una persona puede obligarse a realizar una eutanasia, puede prohibirse realizar una eutanasia, o puede comprometerse a no pedir o recibir nunca una eutanasia.

Los médicos no tienen ningún privilegio o rol ético especial en la eutanasia: si su conciencia moral les plantea objeciones, o si consideran que su juramento hipocrático se lo prohíbe, pueden negarse a participar en ella. Un médico puede informar a su paciente de su situación y de posibles tratamientos alternativos, y evaluar o estimar si su enfermedad es curable o no, terminal o no: sin embargo su experiencia profesional no le otorga ningún derecho especial para decidir en su nombre o para prohibir la eutanasia a un paciente; el médico no tiene por qué ser su testigo, ni el garante de su voluntariedad, ni el certificador de su padecimiento, ni el protector de sus intereses.

Que el individuo sea libre y dueño de sí mismo no significa que esté aislado o que sus actos no puedan afectar a los demás: la propia muerte puede doler a otros, y la eutanasia puede repugnarles moralmente. Sin embargo el dueño es quien tiene derecho a decidir sobre su propiedad sin más límite que no agredir violentamente a los demás y cumplir los contratos libremente pactados. Quien pide la eutanasia no es necesariamente un egoísta que no piensa en los demás: puede tener en cuenta y lamentar el posible dolor que cause a sus seres queridos, pero no existe ningún deber ético, exigible por la fuerza, de evitar a toda costa dolor afectivo a los demás, y los seres queridos tal vez pueden comprender la decisión de quien prefiere morir en ciertas circunstancias extremas.

Aunque suela camuflarse como preocupación benevolente por el bienestar de todos, y especialmente de los más débiles, la prohibición de la eutanasia es un ejemplo claro de intolerancia, de autoritarismo y de falta de respeto por la libertad ajena. Quienes crean que la eutanasia es una mala idea pueden intentar convencer a los demás mediante la persuasión, o incluso mediante el repudio de quienes participen en ella, pero no tienen ningún derecho a prohibirla.

La eutanasia o la asistencia al suicidio pueden parecer éticamente problemáticas porque la gente tiene reacciones morales intuitivas irreflexivas, no razonadas o mal argumentadas. Normalmente, y como simplificación útil pero incompleta e imprecisa, la vida es sagrada o intocable, matar está mal y conviene castigar a los asesinos para desincentivar los asesinatos y proteger a sus víctimas: la gente casi siempre desea vivir, los códigos morales y legales prohíben el homicidio y los individuos tienen fuertes inhibiciones morales instintivas contra el asesinato. Sin embargo la eutanasia y la asistencia al suicidio son casos especiales y diferentes del asesinato: el criminal mata en contra de la voluntad de su víctima y dispone unilateralmente de su vida, mientras que quien practica la eutanasia hace el bien a quien se la pide y su relación es consentida por ambas partes.

“No matar” puede parecer una norma fundamental muy obvia contra un mal muy grave, pero en realidad es un caso particular de “no hagas a otro lo que este no quiere que le hagas”: la expresión más completa y correcta sería “no mates a otro en contra de su voluntad”. El asesinato es un crimen grave porque casi siempre los individuos desean no ser asesinados, y el asesino tiene algún interés en causar la muerte de su víctima (por odio, resentimiento, celos, venganza) o lo hace para conseguir otra cosa sin importarle el daño causado (robar, eliminar un testigo). En la situación especial de la eutanasia la persona que la pide desea morir, y quien la realiza normalmente lo hace por compasión.

Que haya o no demanda social por la eutanasia y su legalización, o que los países donde la eutanasia es legal sean minoría, son hechos irrelevantes para su juicio ético: ni la opinión popular ni el derecho positivo son fuentes de legitimidad; toda persona tiene derecho a no pedir la eutanasia y a no practicarla, pero ningún derecho a entrometerse en las interacciones libres ajenas. La eutanasia es responsabilidad de los participantes voluntariamente involucrados en ella, y no del resto de la sociedad o del Estado, el cual no debe ni prohibirla, ni fomentarla (como método de control de población o de reducción de gastos sanitarios), ni proporcionarla: aunque sus costes son muy pequeños, algunos contribuyentes podrían considerar que están financiando algo que encuentran moralmente repugnante.

La legalización de la eutanasia no significa que la ley o la sociedad en su conjunto determine cuándo o en qué circunstancias una vida deja de ser digna de ser vivida: significa que cada individuo puede decidir al respecto por sí mismo. Es la persona que pide la eutanasia quien decide, según sus circunstancias y valoraciones particulares subjetivas, que su vida ya no merece la pena. Legalizar la eutanasia no es animar a nadie a que la pida ni decidir que la vida de otros no tiene sentido.

Un posible argumento contra la eutanasia es que el derecho a la vida es inalienable. El problema de esta idea es que es un tópico falaz: la inalienabilidad correctamente interpretada se refiere a que nadie puede despojar a otro de un derecho sin su consentimiento, pero todos los derechos son alienables con el consentimiento de su poseedor. En la eutanasia voluntaria una persona da a otra permiso o derecho para disponer de su vida.

No hay ninguna contradicción terminológica o conceptual en el derecho a morir. El derecho suele ser a algo bueno, valioso, querido, para proteger intereses y bienes, y eso parece encajar mal con la muerte como algo normalmente malo o no deseado. Sin embargo hay circunstancias particulares en las cuales la muerte es el mal menor, y en realidad el derecho no es a lo bueno sino a elegir libremente la mejor o menos mala, según la valoración personal subjetiva, entre las alternativas disponibles, que en algunos casos pueden ser todas malas. La eutanasia puede ser algo triste y lamentable, pero esto no justifica su prohibición para así evitar el mal.

Los críticos de la legalización de la eutanasia protestan y argumentan que hay que promover el amor, el altruismo, la entrega y los cuidados mutuos, y que estos faltan presuntamente por culpa de la sociedad hiperindividualista, consumista, hedonista, materialista, solitaria, insolidaria, egoísta, solo preocupada por la eficiencia. Hablan mucho de amor, entrega, altruismo, cuidado y solidaridad sin que esté claro que ellos mismos realmente los practiquen: tal vez se trata de un discurso destinado a mejorar su reputación e imagen pública como presuntas buenas personas.

La legalización de la eutanasia no implica condenar a los dependientes o incapacitados ya que no es un castigo contra ellos y no les obliga a nada. Quienes teman que algunas familias no puedan costearse los cuidados de un enfermo incurable o un discapacitado son libres para asumir ellos los costes, aportar sus recursos económicos de forma altruista y ayudar a los necesitados. La legalización de la eutanasia no significa que la sociedad se desentienda del sufrimiento de los más vulnerables: no es meramente un parche ante la desatención personal, la falta de solidaridad o la escasez de recursos para los cuidados paliativos a los enfermos terminales. Quien quiera ayudar al necesitado, que intente hacerlo con sus propios medios o asociándose libremente con otros y sin obligar a participar a nadie, y sin olvidar que quien decide si le basta o no esa ayuda es cada individuo en situación de escoger si vivir o morir.

Como en cualquier realidad humana, en la eutanasia pueden cometerse abusos: puede ser conveniente utilizar algún sistema de control que ofrezca ciertas garantías o protecciones. Un posible elemento de este sistema es la expresión consciente, razonada, reiterada, consistente y ante testigos de la voluntad de quien desea morir: aunque la persona libre no tiene por qué justificar ni explicar las decisiones que toma, esta declaración puede ser un requisito de quien practica la eutanasia para ser mostrar prudencia ante una situación muy delicada y para no ser acusado de asesinato. Otro posible elemento de control es la evaluación por un médico del sufrimiento del solicitante o del carácter terminal de su enfermedad: esto tiene el problema de que el criterio del médico se considera más importante que la voluntad del individuo, el cual ya no es libre para decidir por sí mismo.

La legalización de la eutanasia no es ningún empujón catastrófico hacia una presunta pendiente resbaladiza que lleve al asesinato de los socialmente inútiles, los enfermos o los ancianos. Es posible y relativamente fácil ofrecer garantías de que las eutanasias se realizan conforme a la voluntad de quienes la piden expresamente (como testigos o protocolos de actuación), en los casos de eutanasia voluntaria, o según sus testamentos vitales o el criterio de sus seres queridos, en los casos de eutanasia involuntaria.

Aunque la aplicación de garantías para comprobar y confirmar la voluntariedad de la eutanasia parecen algo netamente positivo, las garantías excesivas pueden incentivar a algunos enfermos a solicitarla y realizarla antes por miedo a no poder hacerlo más adelante: en los casos de demencia progresiva el paciente va perdiendo la capacidad de razonar y comunicarse de forma efectiva, por lo cual puede preferir adelantar la eutanasia para no llegar a la situación en la cual la repetición clara y consistente de la confirmación es imposible, y por lo tanto la persona queda atrapada en su demencia.

Prohibir la eutanasia porque podría haber abusos o asesinatos equivaldría a prohibir las relaciones sexuales voluntarias porque eso podría desembocar en violaciones, o a prohibir el comercio porque podría haber estafas o robos. Las apelaciones apocalípticas a distopías en obras de ficción, como mundos superpoblados en los cuales se asesina de forma legal o mediante conspiraciones secretas, no son argumentos serios sino apelaciones a sesgos cognitivos que impiden el razonamiento correcto.

Un bulo persistente contra la legalización de la eutanasia es que muchos ancianos huyen en masa de países donde esta es legal por miedo a que se la practiquen sin su consentimiento: la difusión de estas historias falsas o falaces muestra la credulidad, la incompetencia intelectual y la deshonestidad de estos críticos, poco interesados por el rigor intelectual.

Que la cantidad de eutanasias o suicidios asistidos crezca en los países donde estos son legales no es ningún problema ni ningún fracaso social sino simplemente la expresión de los deseos de las personas y el resultado de los cambios institucionales y culturales en un mundo progresivamente más secular y más respetuoso de la libertad individual.

La libertad de quien pide la eutanasia o la asistencia al suicidio es meramente la ausencia de coacción o prohibición, poder decidir sin ser forzado por otros. Las circunstancias determinantes como el dolor o el sufrimiento no invalidan el consentimiento informado y son parte esencial de la motivación de la solicitud.

Una preocupación de críticos de la eutanasia es que algunas personas pueden verse influidas por otras para aceptar recibirla: sin embargo esto no es ninguna violación de la libertad individual, y si es posible verse influido para aceptar recibir la eutanasia en contra de la propia voluntad también es posible verse influido para rechazar recibir la eutanasia en contra de la propia voluntad.

Algunas personas promueven la legalización de la eutanasia (o el suicidio asistido) porque desean esa posibilidad para sí mismos o sus seres queridos, en el presente (discapacitados graves, enfermos terminales) o en el futuro, pero no obligan a otros en circunstancias semejantes a tomar su misma decisión. Las personas que promueven la prohibición de la eutanasia no la quieren para sí mismos ni sus seres queridos, pero además coaccionan mediante la violencia de los poderes públicos a todos los demás. Quien pide la eutanasia aplica sus preferencias de forma pacífica a sí mismo, mientras que quienes quieren prohibirla las aplican por la fuerza a todos los demás.

Un concepto del que típicamente se abusa en filosofía y bioética es el de dignidad: el problemático y aparentemente positivo concepto de dignidad se aplica al debate ético de la eutanasia tanto a favor como en contra: cada parte considera que es un concepto cuya interpretación (que normalmente no se explicita) les da la razón.

Que la eutanasia (y el suicidio) acabe con la vida, y que la vida sea necesaria para que tenga sentido la libertad, no implica que la eutanasia sea contraria a la libertad y por lo tanto deba estar prohibida. La libertad puede utilizarse para limitarse o anularse a sí misma mediante los contratos: se asumen obligaciones o prohibiciones y se entregan derechos. Un individuo puede usar su libertad para destruirse a sí mismo: la autonomía puede aplicarse de forma recursiva, reflexiva o autorreferente para destruirse a sí misma. La eutanasia implica la destrucción o finalización de la vida del individuo que libremente la ha recibido: la autonomía o capacidad de tomar decisiones de un ser vivo sirve legítimamente para terminar con esa vida y esa autonomía; no se trata de una violación de la libertad (aunque hay un muerto no hay ninguna víctima), sino del uso de la libertad de una persona para autodestruirse, y al dejar de existir la noción de libertad deja de tener sentido.

Gran parte de los malos argumentos contra la legalización de la eutanasia son de origen conservador y religioso: los dioses dan y quitan la vida y la voluntad individual es irrelevante; el sufrimiento es visto como un justo castigo a los pecados, como una forma de expiación o como una prueba para medir la fe del creyente. Los creyentes se escandalizan, se indignan, protestan contra la degradación y la decadencia de la civilización, y profetizan catástrofes futuras por el abandono de la fe y la caída en el relativismo moral: con sus creencias absurdas y su fanatismo muestran su lealtad a su propio grupo y su rechazo a sus enemigos; se felicitan unos a otros, se sienten bien por su presunta superioridad moral y son indiferentes al dolor que causan con su intolerancia contra la libertad ajena.

La vida no es ningún don divino y no pertenece a ningún dios. Decir que solo el dios de cada religión es dueño de la vida puede servir para inhibir ciertas conductas de los creyentes y conseguir que los seres humanos no se maten unos a otros (lo cual casi siempre sucede en contra del interés y de la voluntad de las víctimas), o para evitar suicidios por situaciones de desesperación que tal vez puedan superarse. Pero estas creencias religiosas están basadas en engaños (los dioses son construcciones imaginarias inexistentes, sin referentes reales), y en algunas situaciones, como la de la eutanasia, son liberticidas, fomentan la intolerancia, resultan disfuncionales y provocan sufrimiento inútil.

En cuestiones como la eutanasia los conservadores muestran que no son liberales, que son intolerantes, y que las libertades que les interesan son principalmente económicas pero no morales o personales; los progresistas o socialistas muestran cierto respeto por algunas libertades.

Una crítica de los conservadores a la eutanasia es que promueve o es ejemplo de una presunta “cultura de la muerte”. Como la muerte es algo con connotaciones negativas, los prohibicionistas autoritarios e intolerantes quieren estigmatizar a quienes promueven la libertad de todos acusándoles de fomentar o preferir la muerte a la vida. Se trata de un juego de palabras tramposo que se fija en algo obvio, como que la eutanasia tiene que ver con la muerte y matar a alguien, pero obviando elementos esenciales, como permitir la libertad del individuo y evitar la degradación y el dolor asociados a seguir con vida. La expresión “cultura de la muerte”, junto con la oposición a la legalización de la eutanasia y otras descalificaciones típicas (relativismo moral, nihilismo), pueden servir como señales de buena reputación y de pertenencia a un grupo de gente de bien frente a los rivales o gente de mal.

REFERENCIAS

– Por la legalización de la eutanasia:

Asociación Derecho a Morir DignamenteLibres Hasta el Final

Suicidio, suicidio asistido y eutanasia involuntaria, de Albert Esplugas

Ética y eutanasia, de Francisco Capella

Derecho a la vida también es derecho a la eutanasia, de Juan Ramón Rallo

Una visión liberal de la eutanasia, de Juan Pina

Por la despenalización, desregulación y liberalización de la eutanasia y el suicidio, de Jorge Valín

Euthanasia, by Sigrid Fry-Revere at The Encyclopedia of Libertarianism

– Contra la legalización de la eutanasia (por lo general argumentos entre malos y pésimos):

MuerteDigna.org: Luis de Moya, sacerdote capellán en la Universidad de Navarra (Opus Dei) y tetrapléjico.

“La Eutanasia mata”. Nuevo argumentario sobre la eutanasia de e-Cristians (Josep Miró i Ardévol)

Forum Libertas

Hazte OírCitizen GoActuall

José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián

Religión en Libertad

Elentir en Contando Estrelas

– Otros:

Libro (no leído por el autor) relacionado con la eutanasia: Morfina Roja: Toda la verdad sobre el caso del doctor Montes, las “sedaciones terminales” y la eutanasia que promueve el PSOE, de Cristina Losada.

Casos famosos: Ramón Sampedro, María José Carrasco, Vincent Lambert, Eluana Englaro, Terry Schiavo. Niños: Charlie Gard, Alfie Evans. Doctor Jack Kevorkian.

Cine: Mar adentro (Alejandro Amenábar), Million Dollar Baby (Clint Eastwood), Amor (Michael Haneke).

Eutanasia móvil en Holanda

Aquí la noticia.

A Bert Dorenbos, del grupo holandés Grito por la Vida, no le gusta:

Es una idea de locos. Es una excusa de la gente a favor de la eutanasia para imponer sus intereses. Creo que es una campaña de relaciones públicas más que una preocupación genuina por los pacientes que sufren.

El juez retirado que promueve el proyecto seguro que está loco. La organización Derecho a Morir, seguro que también. Si es que sólo saben poner excusas para imponer sus intereses: pero no se nos explica cómo conseguirán “imponerlos”; ni siquiera cuáles son. Pero seguro que no son preocupación genuina por los pacientes que sufren. Eso sólo puede tenerlo gente como Bert Dorenbos, que efectivamente “cree”.