La defensa de lo indefendible y sus agujeros (y II)

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La defensa de lo indefendible y sus agujeros (I)

Block dice que los vendedores de droga, en la situación actual de ilegalización, contribuyen a bajar sus precios asumiendo riesgos personales importantes. Pero no considera que a menudo venden productos nocivos, adulterados, de calidad defectuosa, y que suelen utilizar la violencia, con múltiples daños colaterales, para limitar o eliminar a la competencia y así poder mantener en lo posible un monopolio geográfico y precios más altos.

La corrupción del sistema policial y judicial es un fenómeno complejo: por un lado permite que al menos cierta cantidad de droga llegue al mercado a precios algo más bajos; pero por otro genera incentivos para dar poder a policías, jueces y políticos corruptos que tal vez se comporten igual de mal en otros ámbitos de interés común.

Sobre el adicto a las drogas, Block afirma que la opinión mayoritaria (sobre cualquier tema), la mayor parte de las veces, ha sido errónea: es una proposición muy genérica y atrevida para la cual no ofrece ninguna evidencia. La mayoría se puede equivocar, y puede hacerlo muy a menudo, pero asegurar que lo hace la mayor parte de las veces es simplemente excesivo porque en realidad no puede saberlo.

Block asegura que la heroína no puede dañar a nadie excepto a su usuario. Efectivamente el efecto directo nocivo del abuso de una droga sólo lo sufre su usuario; pero el posible deterioro físico y psicológico de un adicto puede doler también a sus seres queridos, que se preocupan por su bienestar.

Los capítulos dedicados al chantaje, al libelo y a la libertad de expresión son especialmente interesantes y problemáticos: ¿existe una libertad de expresión ilimitada o debe restringirse por cuestiones como la intimidad y el honor?; ¿es el derecho de propiedad de cada individuo sobre sus órganos lingüísticos y sobre los medios de comunicación la única norma éticamente legítima?; ¿es legítimo reclamar dinero a cambio de no decir ciertas cosas?

La comunicación es una de las acciones más importantes para los seres humanos, que como animales hipersociales utilizan el lenguaje para interaccionar, relacionarse, compartir información, presentarse ante los demás y manipular a los demás. A los individuos suele importarles lo que otros piensan y dicen de ellos, valoran mucho su reputación y su estatus social, y quieren preservar ámbitos de intimidad. La fuerza física produce daños físicos que se sienten como tales a nivel psicológico; el lenguaje también puede utilizarse para producir daños percibidos subjetivamente (insultos, burlas, difamaciones, difusión de información perjudicial, críticas destructivas, engaños), o para avisar de la posible realización de alguna acción nociva y negociar al respecto (amenazas, chantaje).

La forma más simple de regular el uso del lenguaje, compatible con el derecho fundamental de propiedad, es que cada sujeto tenga pleno derecho a expresar o callar lo que quiera, verdadero o falso, con sus propios medios, sin poder exigir a los demás que le atiendan o le proporcionen recursos para difundir su mensaje; pueden regularse restricciones siempre que sean aceptadas de forma contractual.

Ciertas normas tácitas tradicionales del lenguaje pueden servir para preservar la armonía en un grupo. El lenguaje puede utilizarse para causar conflictos o para ayudar a resolverlos, para fomentar la paz o para avivar el enfrentamiento violento. La convivencia social depende de cómo se utilice y regule el lenguaje. La distorsión de la realidad, la exageración, la mentira y la hipocresía son esenciales: las relaciones amistosas dependen de realizar expresiones de afecto o interés por los demás que suelen ser poco realistas, y de no hacer comentarios ofensivos o molestos; los enemigos sin embargo pueden y deben ser criticados y demonizados.

Estas costumbres sobre el lenguaje, que pueden llegar a convertirse en ley efectiva, tienen diversos inconvenientes: los individuos intentan hacer trampas, pretendiendo ser muy escrupulosos en público pero incumpliendo la norma en privado (cotilleos, rumores, difusión anónima); las normas se utilizan para que no se sepan ciertas verdades, especialmente aquellas que perjudican a los más poderosos; se difunden presuntas verdades oficiales que en realidad convienen a ciertos intereses; prohibir expresiones según si son o no verdaderas implica que alguien conoce la realidad con seguridad, lo cual es muy problemático, y puede dificultar el descubrimiento de la verdad mediante la exploración y el debate crítico entre alternativas.

Existen sesgos psicológicos que favorecen por lo general creerse las cosas frente a no creerlas. Un sano escepticismo puede ser una barrera efectiva contra el engaño (y el autoengaño), pero requiere un cierto esfuerzo de atención crítica. Los individuos pueden volverse muy crédulos si piensan que el gobierno garantiza de forma efectiva la veracidad de las expresiones.

Block afirma que el chantaje contra algunos homosexuales concretos puede haber contribuido a liberar a los homosexuales en general, al acostumbrar a la población a la homosexualidad al hablarse de ella. Esto es muy problemático: si un chantajista exige dinero a cambio de no revelar cierta homosexualidad, si el chantaje es efectivo no se hablará públicamente de la homosexualidad y hará que los homosexuales sean más cuidadosos para no ser descubiertos y sometidos a chantaje; para fomentar que un individuo reconozca su homosexualidad un chantajista debe amenazarlo con revelar algo peor.

A mi juicio Block, obsesionado con que no hay excepciones a la libertad de expresión, cae en el absurdo cuando asegura que la persona que grita “fuego” en un teatro lleno es un héroe que nos recuerda la importancia de la libertad de expresión; incluso imagina que se estaría prohibiendo a sádicos y masoquistas ejercer sus derechos. Parece no entender que existen normas de sentido común por defecto que no es necesario formalizar en un contrato porque se aceptan y entienden de forma tácita, y además sería muy costoso y ridículo explicitarlas en cada acceso a un local público.

Sobre los policías obsesionados con que se cumpla la ley, Block tiene razón en que pueden contribuir a hacer el mal si las leyes son ilegítimas y contrarias a la libertad de los ciudadanos. Pero eso no significa que el policía que vaguea y se echa una siesta sea digno de aplauso, ya que está recibiendo un salario a cambio de nada. El policía que acepta dinero a cambio de hacer la vista gorda y permitir una actividad ilegal pero legítima no está simplemente recibiendo un regalo: habría que ver qué hace ese policía si deja de recibir ese dinero; en realidad lo más probable es que esté chantajeando con un acto violento (el encarcelamiento) si no le dan lo que exige.

Block se equivoca de pleno al considerar un héroe al falsificador no gubernamental de dinero. Su argumento es que el dinero estatal es en realidad dinero falsificado, y que quien roba a un ladrón (o falsifica a un falsificador) no comete ningún delito: ambas ideas son erróneas. Que el Estado gestione mal y de forma ilegítima el dinero no exculpa a los falsificadores. Un monopolista no es un falsificador. Un banquero imprudente, público o privado, que emite demasiados pasivos (billetes y depósitos) o los respalda con activos ilíquidos no es un falsificador.

El dinero estatal de curso legal forzoso es una imposición liberticida pero no una falsificación, no pretende pasar por otra cosa que en realidad no es (salvo en los casos en los que se manipulaba el valor nominal de una moneda). El papel moneda del banco central fue en su momento una promesa de pago convertible o exigible a la vista (no eran certificados de depósito para guarda y custodia emitidos en exceso de las reservas disponibles); su no conversión implicaría un delito de impago, pero no de falsificación. Actualmente el papel moneda no pretende ser una promesa de pago de nada.

Block confunde el sudado de la moneda (agitar monedas en una bolsa para luego recoger y aprovechar el polvo de metal precioso) con su devaluación mediante el sellado a un valor facial mayor que el contenido metálico real.

Un problema típico de algunos liberales es que parecen querer deducirlo todo de algunos axiomas apodícticos irrefutables. Quizás no entienden que lo esencial en lógica es la consistencia, la no contradicción, y que hay proposiciones en los sistemas de ideas que no son simplemente deducibles. Al construir un sistema ético es posible que existan diferentes soluciones o propuestas alternativas para un determinado problema, sin que ninguna de ellas sea deducible de un principio abstracto fundamental: estas opciones deben tratarse como posibilidades, no como necesidades.

Por ejemplo: ¿qué deben decir las normas sobre la recepción y uso de bienes robados?; ¿depende la culpabilidad del vendedor o del comprador de un bien robado de su conocimiento del hecho de que es un bien robado?; ¿quién debe asumir las pérdidas cuando se descubre que un billete es falso? Según Block el que entrega un billete falso (se sobreentiende, supongo, que sin saberlo) es completamente inocente. Pero entonces ¿por qué afirma que probablemente la pérdida debería repartirse entre los dos? ¿Ese “probablemente” expresa que no está seguro de qué debe inferirse de los axiomas básicos de la ética de la libertad, o que reconoce que no hay una sola respuesta deducible de forma única?

Block afirma que no es ningún delito quitarle a un ladrón lo que ha robado, porque el ladrón no es el dueño legítimo. Efectivamente no se comete ningún delito contra el ladrón, pero sí contra el dueño original, ya que se está utilizando su propiedad sin su consentimiento. Quizás todo comprador o receptor de regalos debería asegurarse de que lo que recibe no es material robado o está sujeto a algún tipo de problema de legitimidad.

Que el sistema monetario estatal sea ilegítimo y defectuoso no implica que los falsificadores privados sean héroes. El falsificador privado viola los derechos de gente inocente, no beneficia a grandes cantidades de personas, y asume el mismo riesgo personal que los criminales en general.

Block asegura que el heredero será colocado en un merecido pedestal en nombre del individualismo y la civilización. Pero una cosa es insistir en la importancia del derecho de propiedad y la posibilidad de hacer regalos y otra muy distinta glorificar a quienes reciben herencias, que en principio no han hecho nada por nadie.

Al decir que uno de los grandes males de la caridad es que interfiere con la supervivencia de la especie humana, Block muestra que no entiende bien la evolución biológica, para la cual da una explicación superficial e incompleta. Los rasgos que se mantienen al ayudar caritativamente a otros no son necesariamente negativos o nocivos, sino simplemente menos aptos que otras variantes. El sentimiento moral de caridad suele activarse cuando puede hacerse un gran bien a un necesitado (que puede serlo por razones más o menos duraderas, por responsabilidad o por azar) a un coste bajo para el proveedor de ayuda, y especialmente si existe la posibilidad de reciprocidad y es importante la reputación social como cooperador en grupos de auxilio muto.

Al analizar al cascarrabias o gruñón que se niega a vender su propiedad y al hacerlo bloquea algún proyecto, Block afirma que cada persona es su propio dueño porque por la naturaleza de las cosas su voluntad controla sus acciones. Es el error típico de confundir el hecho del control (la posesión) con su derecho o legitimidad. Si yo consigo que mi voluntad controle el cuerpo de otros (mediante amenazas o algún mecanismo cibernético), ¿soy su dueño legítimo? Los animales tienen voluntad y controlan con ella sus acciones: ¿qué hacemos los seres humanos apropiándonos de ellos?

Respecto a la propiedad de terrenos que en el pasado fueron robados, según Block el actual propietario debe ser considerado legítimo si no se encuentra al propietario original o a algún heredero. ¿Pero significa esto que si uno consigue eliminar al propietario y a todos sus herederos se convierte en propietario legítimo?

Como a menudo se supone que los gobernantes son sabios y bondadosos, Block señala que en realidad los individuos que forman parte del gobierno no son diferentes del resto: por una vez se queda corto, ya que es probable que sean más necios, interesados o corruptos que lo normal.

Dos últimos detalles. Los especuladores no necesitan comprar y almacenar bienes sino que pueden operar mediante derivados financieros como opciones de compra y venta o contratos de futuros. Aunque las valoraciones son subjetivas, no son arbitrarias, y existen patrones comunes muy generalizados para la valoración estética: el desierto de una mina a cielo abierto no es equivalente a un desierto natural.

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