Conflicto

09/02/2017

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El conflicto

Los seres vivos pueden tener conflictos unos con otros. Un conflicto es un choque o colisión de voluntades, una oposición o enfrentamiento de necesidades o valores insatisfechos: dos o más individuos o grupos quieren cosas incompatibles, están en desacuerdo o confrontados.

Un conflicto es una relación de competencia entre agentes: no es posible que ambos ganen, sino que alguno debe perder. En un conflicto hay intereses contrapuestos, como controlar algún recurso escaso o vencer al otro de algún modo: dos animales quieren poseer un territorio, ocupar un lugar mejor o hacerse con el mismo alimento; dos machos desean aparearse de forma exclusiva con una o varias hembras; dos personas quieren ganar en un debate o tener razón en una discusión con ideas contradictorias.

El conflicto es contrario a la paz, a la concordia, al entendimiento, al acuerdo, a la armonía, a las buenas relaciones de convivencia y cooperación: implica roces, fricciones, desgastes, tensiones, enemistad, rivalidad, antagonismo; trae problemas para las partes directamente involucradas, y quizás también para terceros afectados por proximidad física o por relaciones de amor o amistad con los implicados.

Un conflicto puede afectar a pocos o muchos agentes, ser más o menos frecuente o duradero, y deberse a asuntos de menor o mayor importancia. Los conflictos generan más problemas cuantos más individuos estén involucrados, cuanto más duraderos sean o más se acumulen sus efectos, y cuanto más importantes o valiosos sean los intereses implicados.

Ciertos conflictos crecen hasta alcanzar un umbral de activación, o permanecen latentes hasta que estallan: una enemistad que se agrava de forma progresiva, o una mala relación familiar o vecinal que se aviva por algún evento desencadenante, como una reunión en la cual se junta a individuos que no se llevan bien.

Para ciertos conflictos menores puede resultar eficiente no resolverlos, ya que a veces el coste o riesgo de la solución es mayor que el daño causado por el problema original.

Como un agente no sólo utiliza recursos sino que él mismo constituye un recurso que puede ser utilizado por otros (como alimento, como mecanismo de reproducción, o como fuerza de trabajo), el origen del conflicto puede estar en el control del cuerpo de un agente directamente involucrado en el mismo: un depredador quiere comerse a una presa que no desea ser devorada; un macho desea violar a una hembra; un humano quiere esclavizar a otro; un grupo intenta conquistar a otro.

En algunos conflictos, típicos de la convivencia próxima en entornos sociales, un individuo molesta a otro y le provoca algún perjuicio o malestar (ruidos, malos olores, suciedad, bloqueo del paso o de la vista): en estos casos la víctima de la externalidad negativa no pretende controlar completamente la conducta de quien molesta, sino solamente impedir los perjuicios que recibe.

Los conflictos son fuente de cambios sociales como resultado de las tensiones no equilibradas entre los diversos intereses y capacidades de los miembros de un grupo. Fuentes importantes de conflictividad en los grupos son la gestión de lo común, la toma de decisiones colectivas, la asignación de puestos jerárquicos de mando (el poder y la autoridad), el reconocimiento del estatus social, los privilegios de unos a costa de otros, el reparto de las cargas y beneficios del funcionamiento del grupo (deberes y derechos), y el establecimiento y la aplicación de las normas de convivencia.

Normas, lenguaje, árbitros

Algunos conflictos se dirimen mediante el uso de la fuerza física o la violencia: el más fuerte o poderoso se impone sobre el más débil. Los individuos con voluntad conciliadora evitan imponer sus intereses mediante la fuerza o al menos tratan de justificar su uso.

Para evitar el uso destructivo de la fuerza y sus daños asociados, en algunas ocasiones los conflictos pueden evitarse, minimizarse o resolverse mediante la aplicación de normas de conducta que protejan o delimiten intereses e indiquen cómo se controlan o distribuyen los recursos: no agredir o atacar a otros sin justificación, respetar la propiedad ajena, repartir los frutos del esfuerzo común según la aportación efectuada. Estas normas pueden ser tácitas, no articuladas, no expresadas mediante ningún lenguaje: son mecanismos mentales íntimos, emociones o sentimientos morales instintivos o aprendidos mediante imitación que operan como inhibidores o censores de conductas problemáticas, o como activadores o promotores de comportamientos que facilitan la convivencia con otros.

Los agentes capaces de comunicarse mediante algún lenguaje suficientemente sofisticado pueden además explicitar y transmitir estas normas, discutir sobre ellas, explicar, precisar o aclarar su contenido, o generar normas nuevas que sustituyan o complementen a las anteriores. El lenguaje permite a los individuos entenderse, justificarse, ofrecer su visión de los hechos, pedir explicaciones o explicar a otros las razones y circunstancias de su conducta. Sin embargo la capacidad lingüística no garantiza el éxito en la resolución pacífica de conflictos, ya que las partes podrían no alcanzar ningún acuerdo consensuado satisfactorio para todos.

En principio es posible evitar, minimizar o resolver conflictos recurriendo a normas previas imparciales generalmente aceptadas o pactadas. Sin embargo el desacuerdo sobre las reglas imperantes (su contenido y significado: cuáles son y cómo se interpretan) o su aplicación a casos concretos (posibles incumplimientos de la ley) puede a su vez ser causa de graves conflictos sociales.

Los agentes pueden intentar imponer a los demás sus preferencias particulares mediante las leyes que afectan a todos: compiten por determinar el contenido de las normas sociales, ya que estas son potentes herramientas de restricción y control de la conducta ajena (las normas son armas); intentan establecer leyes que los beneficien a costa de otros (privilegios), y tratan de evitar leyes que los perjudiquen.

Las violaciones de las reglas pueden ser difíciles de probar, y los incumplidores, delincuentes o criminales pueden mentir y negar su culpabilidad: hacen trampa doblemente, al incumplir la ley y al negar su delito. También es posible acusar a inocentes por error, para perjudicarlos (sobre todo si el sistema judicial es imperfecto o corrupto), o para distraer la atención de los auténticos culpables.

Las normas pueden ser ignoradas por quienes son suficientemente hábiles como para no ser descubiertos, por quienes valoran más lo conseguido con su incumplimiento que el posible castigo, y especialmente por quienes son tan poderosos que no temen el castigo asociado a las mismas ya que este no se llevará a cabo: un sistema normativo exige de algún poder suficiente para obligar a su cumplimiento, y ese poder no siempre está disponible.

Para evitar problemas de parcialidad entre los implicados es posible recurrir a terceros presuntamente imparciales que actúen como árbitros, mediadores o jueces que intentan resolver el conflicto. Pero los jueces también pueden corromperse, prevaricar, abusar de su poder, venderse a una de las partes u operar en su propio beneficio a costa de todos los demás. Es importante entender que el hecho de que un conflicto requiera un juez imparcial no es equivalente a que deba haber un mismo juez imparcial para todos los conflictos. La posibilidad de elegir a los árbitros es esencial para que las partes involucradas controlen la calidad del arbitraje: el monopolio coactivo de la justicia es muy peligroso.

El lenguaje puede utilizarse para evitar, minimizar y resolver conflictos (hablando se entiende la gente), pero también puede emplearse para provocarlos o agravarlos: es una herramienta que puede utilizarse para la paz y para la guerra, para la cooperación y para la competencia, para la amistad o para la enemistad.

Algunos gestos simbólicos o conversaciones sirven para unir, para conciliar, para llevarse bien, para demostrar amistad, para tejer lazos de cooperación y forjar alianzas; pero el lenguaje también sirve para separar, para hacer daño, para mostrar enemistad, para resaltar las diferencias con el enemigo. Es posible dialogar para evitar un conflicto violento: informo de un daño y reclamo pacíficamente una reparación; pido disculpas por daños u ofensas; muestro respeto e interés por el bienestar y el honor del otro; explico las motivaciones de acciones problemáticas; aclaro malentendidos; intento comprender al otro; intento calmar los ánimos. Pero también es posible que la comunicación degenere en un conflicto violento: insultos, ofensas, acusaciones, amenazas, mentiras, engaños.

El diálogo es una herramienta social imperfecta: la gente miente, distorsiona la verdad a su favor, o sufre de sesgos que le impiden reconocer la verdad. Participar en un diálogo no implica inocencia ni buena voluntad: los delincuentes responsables de algunos daños o conflictos pueden proponer hablar y negociar para llegar a acuerdos como una estrategia de engaño y distracción en lugar de reconocer su culpabilidad y asumir su castigo.

El lenguaje puede servir para incrementar la escala y gravedad de los conflictos: es una poderosa herramienta de coordinación que hace crecer el poder de actuación de un grupo, y este poder es útil en un conflicto violento contra otros grupos también organizados mediante el lenguaje; el grupo se cohesiona e identifica con un idioma común y se diferencia del exterior porque su idioma es diferente, quizás incomprensible para los otros; el grupo se organiza mediante el uso del lenguaje, compartiendo información, transmitiendo instrucciones, dando ánimos, fortaleciendo la moral. Con el lenguaje es posible negociar acuerdos para evitar un conflicto violento, pero también es posible negociar alianzas para ser más fuertes en un conflicto violento contra otros.

En las confrontaciones o conflictos verbales en lugar de utilizar la violencia física las personas discuten, hablan y argumentan a su favor y contra otros, defienden sus ideas y atacan las de los adversarios, tratan de vencer o imponerse en los debates, compiten con su inteligencia e ingenio; algunas veces pueden intentar ofender o humillar mediante insultos y burlas. Como a los humanos suele preocuparles mucho su honor o reputación, las derrotas en debates o las provocaciones verbales suficientemente graves pueden provocar resentimiento y degenerar en peleas.

El conflicto violento

Si un conflicto no se evita o resuelve de forma pacífica, entonces un agente puede utilizar la fuerza de forma violenta contra una víctima: mediante el daño o la amenaza del mismo el agresor intenta imponer su voluntad y dominar, expulsar, neutralizar o destruir al otro, o tal vez quitarle la posesión de algo valioso. La agresión consiste en causar algún daño físico, en hacer algo destructivo y perjudicial contra otro agente (heridas, enfermedad, muerte) o su propiedad (robo, invasión, destrucción).

También se puede utilizar la fuerza como reacción defensiva o contraataque para detener una agresión y evitar ser dañado, dominado, expulsado o destruido, o para mantener la posesión de algo valioso: la posibilidad del uso de la fuerza por un defensor puede disuadir a un potencial atacante, ya que el agresor corre el riesgo de sufrir daños y pérdidas por las acciones defensivas violentas.

Algunos conflictos son asimétricos en el sentido de que una parte quiere agredir a la otra pero no a la inversa: el depredador quiere comerse a la presa pero la presa no quiere comerse al depredador; el esclavista quiere capturar al esclavo pero el esclavo sólo desea evitar al esclavista y que le dejen en paz; el ladrón quiere hacerse con la propiedad de la víctima pero no al revés. Otros conflictos son simétricos y cada parte quiere dominar o expulsar a la otra: conflictos por estatus social, de machos por emparejamiento con hembras, de animales por control de recursos externos.

Los roles en un conflicto pueden referirse a quien posee previamente un recurso como propietario frente a quien quiere cambiar la situación y hacerse con el control del recurso: titular (incumbente) contra aspirante, defensor contra atacante, dueño contra ladrón. En algunos conflictos no hay propietario inicial y ambos agentes participan como aspirantes. El hecho de ser un propietario establecido puede otorgar alguna ventaja en el conflicto: mejor situación estratégica, mejor conocimiento de las circunstancias, mayor motivación e interés por resultar vencedor (aversión a pérdidas), más apoyo de terceros imparciales.

La fuerza puede utilizarse para cambiar la posesión de un objeto (robo por la fuerza o recuperación forzosa de lo robado) y para conseguir o evitar alguna conducta mediante amenazas o castigos. En algunos casos el agente que utiliza primero la violencia contra el otro es el causante del conflicto, pero esto no siempre es así: es posible hacer algo físicamente no violento que provoque un conflicto violento, como un hurto o robo sin fuerza, o un incumplimiento de un acuerdo contractual. Que un agente sea el primero en utilizar la fuerza física no implica que sea el causante o responsable del conflicto: según criterios de justicia o ética la fuerza puede utilizarse de forma legítima para evitar un robo o para recuperar algún objeto robado sin violencia (hurto), como castigo por la violación de alguna norma, o por el incumplimiento de un contrato. Los agentes con capacidades morales, como los seres humanos, a menudo intentan justificar su uso de la fuerza contra otro como la respuesta a una agresión, robo o incumplimiento previos por su parte.

Un conflicto violento es una interacción entre dos partes contrarias u opuestas (enemigos, contrincantes, rivales, antagonistas, adversarios) en la cual hay como mínimo una agresión o ataque inicial por una parte. El agredido puede intentar protegerse o defenderse, o no, según su capacidad y voluntad. A menudo ambos contendientes atacan y se defienden: en un conflicto con ambas partes activas cada agente intenta hacer daño al rival para que este no pueda o no quiera seguir luchando, para que quede inerte (impotente, inerme) o se rinda.

Los conflictos violentos existen en todos los ámbitos de la vida: pueden suceder entre organismos de la misma especie o de especies diferentes, y pueden darse entre todos los seres vivos de cualquier tipo y tamaño, desde los microorganismos a los organismos macroscópicos (pequeños contra pequeños, pequeños contra grandes, o grandes contra grandes). Los organismos multicelulares macroscópicos pueden disponer de un sistema inmune a escala microscópica para luchar contra los microbios patógenos.

La capacidad de movimiento, percepción e inteligencia de los animales los convierte en los principales protagonistas de los conflictos violentos entre organismos multicelulares. Las plantas son inmóviles pero pueden parasitar a otras plantas o incluso cazar animales (plantas carnívoras); sus defensas son físicas (cortezas, espinas, cáscaras) o químicas (venenos, señales que atraen a los depredadores de sus atacantes). Los hongos pueden defenderse mediante venenos.

Algunas presas típicas de un depredador son individuos vulnerables con menos capacidad de defenderse como los huevos, las larvas, las crías o los organismos juveniles (que por ello suelen recibir protección especial de sus progenitores), y los heridos; los enfermos son problemáticos porque pueden transmitir alguna enfermedad al depredador. Los carroñeros se alimentan de organismos ya muertos con los cuales no hay ningún conflicto, pero sí puede haberlo con otros carroñeros competidores.

Psicología y economía del conflicto violento

Los agentes luchan porque quieren y pueden: porque perciben algún beneficio (o minimización de pérdidas) si pelean, y porque tienen capacidad de hacerlo. Los agentes no luchan, o dejan de luchar, cuando no quieren (o no lo necesitan) o no pueden hacerlo.

La lucha violenta intencional es un acto simultáneamente afectivo y racional, volitivo y cognitivo. Tiene componentes emocionales y pasionales importantes como la indignación, la ira o el odio al enemigo, el deseo de venganza por los daños recibidos, el miedo al peligro, el amor por aquellos a quienes se intenta proteger, la vergüenza por la cobardía, el deseo del premio o botín para el vencedor, el hambre del cazador, el deseo sexual del macho que compite para poder copular con hembras. La violencia es racional en el sentido de que cada agente participante en un conflicto decide qué hacer según los beneficios o pérdidas esperados: lucha o no según su capacidad, según el valor esperado de lo conseguido y según los costes y riesgos previstos de cada curso de acción.

Las nociones de racionalidad y voluntad se entienden fácilmente en seres humanos pero pueden ser problemáticas o parecer forzadas para agentes más simples sin un sistema nervioso sofisticado. Sin embargo todo organismo dispone de un sistema de control cibernético capaz de tomar decisiones de acción utilizando información (cognición, inteligencia) y algún criterio de valor relacionado con su supervivencia y desarrollo (intereses, voluntad, preferencias, valoraciones, emociones, sensaciones).

La acción en un conflicto violento puede ser controlada de forma reflexiva, consciente, intencional, o mediante automatismos o reacciones reflejas o inconscientes. Hay control consciente y pensamiento reflexivo en la preparación estratégica para la batalla y en los momentos de descanso u observación mutua; hay automatismos en los movimientos rápidos adecuados para la pelea o la huida.

La capacidad de luchar puede incrementarse mediante la acumulación de recursos y el entrenamiento: el éxito en el combate debe prepararse de antemano. La lucha consume energías y cansa, y además los daños o heridas causados por el combate violento tienden a reducir o incluso anular por completo la capacidad de acción de los combatientes: agotamiento físico, pérdida o daño de algún órgano, miembro o extremidad. Según la naturaleza del conflicto (su intensidad, duración, problemas logísticos) las partes pueden tener la oportunidad de descansar, reponerse, reparar los daños y avituallarse: periodos de descanso entre batallas en una guerra; pausas entre los asaltos en un combate de boxeo.

La capacidad de luchar se incrementa si se dispone de armas ofensivas y defensivas, que pueden ser parte del propio organismo u objetos externos. Las armas y los escudos son escasos y costosos: hay que producirlos y además cargar con ellos o vivir dentro de ellos, lo que puede limitar la capacidad de movimiento.

El deseo de luchar depende de las oportunidades y riesgos percibidos. El combate puede desgastar la voluntad de los combatientes (cansancio, desmoralización, miedo ante la superioridad del otro; arrepentimiento al ver el sufrimiento ajeno) o intensificarla (deseo de revancha, lucha a vida o muerte por desesperación). La voluntad de luchar puede extinguirse también si no es necesario hacerlo porque el enemigo se rinde o ha sido derrotado.

Algunos combates como la interacción entre depredador y presa son asimétricos en el sentido de que el depredador lucha para comer mientras que la presa lucha para sobrevivir: la derrota del depredador sólo es un intento fallido y puede haber otras ocasiones de conseguir comida; la derrota de la presa implica su muerte; el depredador puede permitirse algún fallo, pero no puede permitirse fallar siempre; la presa no puede permitirse fallar nunca. Las heridas pueden llevar al final del combate: a la presa puede bastarle herir al depredador para disuadirlo, y el depredador puede matar a la presa con más facilidad después de herirla.

En el conflicto entre parásito y huésped (o esclavista y esclavo) al parásito le interesa mantener vivo al huésped, al menos mientras no pueda encontrar uno nuevo: también le interesa que el huésped sea capaz de generar recursos disponibles para ser parasitados.

El conflicto violento como competición estratégica

Un conflicto violento es una relación de competencia, una competición de uno contra otro (o unos contra otros) en la cual una parte consigue algo a costa de la otra (juego de suma cero o negativa que tiende a destruir valor). Al final de la lucha suele haber un vencedor y un vencido. El derrotado pierde, muere, se rinde o huye. El vencedor gana, pero en algunos casos las partes pueden causarse daños tan graves que incluso el lado victorioso sufre pérdidas netas (victoria pírrica). Algunos conflictos violentos son tan catastróficos que las partes pueden llegar a destruirse mutuamente, como una pelea entre animales que los deja tan malheridos que ambos mueren, o una guerra de de aniquilamiento total por ambas partes.

Un conflicto violento es una interacción estratégica con riesgo e incertidumbre: el resultado final depende de la acción de ambas partes porque ambos son agentes (no es como la acción más sencilla de un solo agente sobre algo inerte); cada agente intenta predecir qué va a hacer el otro y adapta su conducta al comportamiento esperado, sabiendo que el otro hace lo mismo de forma recursiva (intento predecir lo que el otro va a predecir sobre mí); además de intentar predecir al otro, cada parte puede intentar confundir, engañar o sorprender al adversario con señales falsas o trampas (faroles, señuelos, cebos, fintas); cada contendiente intenta influir sobre la capacidad y la voluntad del enemigo para reducir su poder y su moral y conseguir que no pueda o no quiera seguir luchando.

La posibilidad de un conflicto violento depende de las percepciones de los posibles combatientes: cada agente decide si lucha o no según su estimación de su propia capacidad y de la capacidad del adversario. El conflicto puede parecer más probable si una parte se cree más fuerte que la otra y predice una mayor probabilidad de éxito: sin embargo la parte más débil puede evitar la lucha y huir, esconderse o someterse (paz entre opresores y oprimidos, aceptación de jerarquías de estatus social, pagar a cambio de no ser agredido). La igualdad aproximada de fuerzas puede implicar equilibrios sin agresión (por la previsión de pérdidas por ambas partes) o peleas para averiguar quién es el más fuerte (duelos, competiciones por estatus). Si el resultado del conflicto está claro, la parte más débil tiende a evitarlo: el más débil se somete ante el más fuerte. Los individuos cuya fuerza relativa no está clara luchan para determinar su situación. En los conflictos por estatus a ambas partes puede interesarles minimizar costes, y lo consiguen si se limitan a luchar solamente en la medida en que no esté claro quién es el superior: el perdedor reconoce su inferioridad y se rinde.

Los rivales pueden utilizar señales informativas de su capacidad y voluntad de combate para así determinar relaciones de superioridad y dominio. Sin embargo estas señales podrían ser fingidas: faroles para asustar pretendiendo más fuerza de la real, o hacerse el débil cuando se es fuerte para provocar el acercamiento de un rival confiado al cual sorprender. Las señales honestas informativas suelen ser costosas y reflejan fielmente la fuerza superior (tamaño, número, armas), la voluntad de lucha (pasiones como la ira desatada) o la voluntad de sumisión (entregar las armas, colocarse en posición vulnerable al arrodillarse, o introducir la yugular en las fauces del rival como hacen los lobos).

Renunciar al conflicto violento puede minimizar el riesgo de daños de la parte débil, evitando la muerte o heridas graves, pero también implica costes como el precio de la sumisión (confiscación de riqueza, esclavitud) o la renuncia al valor del objeto del conflicto. El dominador debe dosificar su agresión para mantener la sumisión y evitar la rebelión o revolución del débil, la cual puede suceder si el dominador se muestra demasiado débil o demasiado violento, o si las posiciones relativas de fuerza cambian.

Los conflictos pueden y suelen involucrar a más de dos agentes, al menos de forma indirecta, cuando las partes tienen cooperadores u otros individuos afectados por el resultado: un animal caza a una presa para alimentar a sus crías, otro lucha para defender a sus crías de un depredador; varios individuos se unen para atacar o defenderse juntos.

Capacidades para el conflicto violento

Los seres vivos disponen de múltiples y diversas estructuras y funciones para el ataque y la defensa, para la búsqueda y la ocultación. El éxito en conflictos violentos requiere capacidades ofensivas y defensivas de percepción, inteligencia y ejecución de movimientos: detectar al rival y tal vez evitar ser detectado, pensar y decidir qué hacer con la información disponible, y realizar acciones ofensivas o defensivas.

La inteligencia estratégica se utiliza para planificar, para imaginar y considerar diversas alternativas y circunstancias, para recordar casos similares, para intentar predecir las actuaciones del rival y para engañarlo, confundirlo o sorprenderlo interfiriendo con su capacidad de predecir y haciendo que cometa algún error.

Estas habilidades de los organismos son adaptaciones que tienden a desarrollarse de forma competitiva en carreras de armamentos evolutivas: una mejora de un participante implica presiones selectivas para los demás competidores. Si una presa consigue un mejor camuflaje su depredador debe mejorar su capacidad de percepción, y viceversa; si un depredador alcanza mayor velocidad o agilidad en la persecución su presa debe mejorar en esos mismos aspectos, y viceversa. Los organismos que no consiguen aptitudes suficientes tienen menos probabilidad de sobrevivir y reproducirse.

A largo plazo las especies de presas tienden a huir de sus depredadores buscando y ocupando nichos ecológicos más seguros, con menos amenazas (ambientes marginales, novedosos, con condiciones extremas), y tienden a adaptarse a ellos: sin embargo los depredadores suelen seguirlas y así se mantienen las presiones evolutivas para ambas partes. Los depredadores también pueden explorar nuevos entornos y oportunidades.

Una especie de presa potencial que pase mucho tiempo en un entorno sin enemigos (como las islas para algunas aves) puede perder capacidades defensivas (como su armamento o el miedo instintivo) y sucumbir ante la llegada repentina de un depredador. Una presa puede sucumbir también ante la aparición de un depredador nuevo y especialmente poderoso (como los cazadores humanos de especies extintas como el mamut y el pájaro dodo).

Muchas estructuras y funciones orgánicas para el ataque y la defensa son genéticas e instintivas. Algunos animales pueden desarrollar sus habilidades para la lucha, especialmente en la caza, mediante la práctica: los jóvenes juegan entre ellos o aprenden de los adultos.

Un conflicto violento en forma de combate requiere que los contendientes estén suficientemente próximos como para conseguir un contacto directo entre los organismos, o a una distancia adecuada para el lanzamiento de algún tipo de arma. Los rivales contactan físicamente, lanzan objetos o emiten sustancias nocivas; intentan golpear y evitar o amortiguar los golpes, impactos u otras formas de daño.

Antes del contacto físico entre los agentes participantes en el conflicto violento puede haber otras acciones más o menos importantes o difíciles de búsqueda, ocultación, huida, persecución y refugio. Estas funciones o acciones son más o menos relevantes para cada organismo según cómo sean sus habilidades y las de sus rivales: un agente más débil en la lucha necesita ser más hábil en la ocultación, la huida o el refugio; un agente más fuerte no necesita tanto ser capaz de esconderse, escapar o refugiarse. Las diversas especies de organismos tienen diferentes combinaciones de habilidades para tener éxito en los conflictos violentos, participando en ellos o evitándolos.

En algunos conflictos o partes de los mismos ambas partes quieren combatir (como animales peleando para establecer su estatus, o machos luchando por aparearse con las hembras, o dos ejércitos enfrentándose a campo abierto): no hay procesos de búsqueda, ocultación, huida o persecución; los contendientes son miembros de un mismo grupo que conviven en un mismo lugar o se juntan para luchar.

En algunos conflictos, típicos de depredadores y presas, una parte (la presa) no quiere luchar (salvo que no quede más remedio y como último recurso): intenta no ser localizada o alcanzada, se esconde o se refugia, o escapa cuando ha sido detectada. El agresor debe buscar a su víctima, perseguirla, alcanzarla y superar las defensas de su refugio. Algunos atacantes buscan activamente al rival; otros lo esperan escondidos para sorprenderlo: acechan, vigilan, se ocultan.

Para percibir al otro los agentes disponen de sensores: sentidos como olfato, gusto, tacto, vista, oído, sensores eléctricos. Para no ser detectados o confundir al rival existen escondites, sistemas de camuflaje, mimetismo o cripsis (confundirse con el entorno, permanecer inmóvil para no contrastar, parecerse a otro organismo), estrategias de distracción, y mecanismos de confusión o incapacitación de los sentidos del rival (tinta de calamar, señuelos, interferencias, daño o destrucción de los sensores).

En lugar de pasar desapercibidos, algunos agentes tienen rasgos llamativos (colores, patrones geométricos) que sirven como señales de advertencia a sus potenciales agresores (aposematismo) de peligro (venenos, armas especiales) o de no ser comestibles (sabor desagradable).

Algunos depredadores que buscan activamente a sus presas intentan no ser detectados para así poder acercarse lo máximo posible, sorprenderlas y evitar que escapen: avanzan agazapados, se camuflan, son silenciosos, se mueven contra el viento para evitar que detecten su olor. Algunos depredadores permanecen escondidos y al acecho para cazar: esperan a que sus presas pasen cerca para lanzar su ataque (rana que atrapa insectos con su lengua), las atrapan o capturan en alguna trampa (arañas y sus telas), y quizás las atraen con algún cebo (pez pescador).

Algunas presas permanecen mucho tiempo escondidas, de modo que no son localizadas, o en refugios donde no están al alcance de sus depredadores aunque estos sepan que están allí (guaridas, nidos, madrigueras): sin embargo los animales no pueden permanecer indefinidamente en sus refugios porque necesitan salir a buscar comida; las crías dependen de que sus progenitores traigan alimento, y eventualmente deben madurar y valerse por sí mismas. Un refugio puede ser un lugar natural (un iceberg o la tierra para una foca y una orca, un árbol para una ardilla) o algo construido por los animales (nidos en altura, madrigueras excavadas bajo tierra). Los escondites o refugios no son perfectos: los depredadores los buscan activamente porque ahí suelen encontrar huevos o crías vulnerables que no pueden huir o defenderse; para reducir estos peligros algunos refugios como las madrigueras disponen de salidas de emergencia.

Una forma que tienen algunas presas de evitar ser detectadas es estar activas de noche, cuando la visibilidad es menor, con sus sentidos especialmente adaptados a esas circunstancias: sin embargo existen depredadores nocturnos cuyos sentidos también están adaptados a esas condiciones.

Los movimientos de ataque y defensa pueden requerir estructuras corporales (musculatura, esqueleto) y habilidades funcionales psicomotrices para correr, reptar, rodar, trepar, nadar, bucear, volar, y fintar con velocidad, aceleración, agilidad, resistencia, fuerza y potencia.

El conflicto puede incluir una persecución o carrera: el atacante debe alcanzar e inmovilizar o capturar al defensor y este puede intentar escapar, esconderse o refugiarse. La persecución puede estar preparada de antemano, tanto por el perseguidor como por el perseguido, para tender trampas al rival o provocar circunstancias de superioridad de las cuales sea difícil escapar (emboscada, encerrona).

En algunos conflictos la diferencia de tamaño y poder es tan grande que unos organismos devoran rápidamente a otros más pequeños que no tienen tiempo ni capacidad de defenderse.

El conflicto violento implica algún tipo de contacto físico próximo (combate cuerpo a cuerpo) o lejano (objetos o sustancias nocivas lanzadas con puntería para impactar con el objetivo). Los rivales pueden intentar agarrar, morder, desgarrar, despedazar, desmembrar, romper, cortar, pinchar, golpear de forma directa al otro; o pueden lanzar proyectiles sólidos o fluidos (contundentes, cortantes, punzantes, explosivos, venenos, irritantes) y evitar los impactos. El atacante intenta alcanzar las zonas más vulnerables que el defensor debe proteger con especial cuidado.

En el contacto físico las armas ofensivas se enfrentan contra sí mismas (cornamenta contra cornamenta, espada contra espada) y contra los escudos defensivos: las estructuras para hacer daño colisionan con las destinadas a evitar o minimizar daños; extremidades (puñetazos, patadas, coces), garras, pezuñas, picos, dientes (colmillos), mandíbulas, aguijones, cuernos, astas, pinzas, espadas, lanzas, hachas, proyectiles (piedras, flechas, balas) se enfrentan entre sí y a membranas, paredes, conchas, caparazones, piel gruesa, espinas, corazas, escudos, murallas. A escala celular los organismos están delimitados y protegidos por una membrana y quizás una pared protectora que el atacante puede intentar destruir o penetrar con alguna manipulación física o química.

Además de los objetos contundentes, cortantes o punzantes y sus escudos asociados que funcionan mediante principios físicos simples (energía cinética, momento lineal, capacidad de penetración y amortiguación, resistencia a impactos), muchas formas de materia y energía pueden ser utilizadas como armas ofensivas o defensivas: químicas (venenos y antídotos, toxinas y antitoxinas, irritantes, olores o sabores repulsivos, enzimas para destruir paredes y membranas celulares), biológicas (patógenos infecciosos para enfermar al rival), térmicas (calor), fuego, explosivos (bombas), eléctricas (descargas eléctricas), electromagnéticas (láser), nucleares (bombas atómicas, radiación). Las armas químicas y biológicas son moléculas o microorganismos que alcanzan a sus víctimas mediante mordisco, inyección, contacto o difusión.

Algunos sistemas sirven para inmovilizar o retener al rival: redes (arañas), sustancias pegajosas, jaulas, cuerdas y nudos, esposas.

Es posible aprovechar el entorno y sus cambios para neutralizar, dañar o matar al rival: provocar caídas traumáticas en la huida, asfixiar dentro o fuera del agua, caer en arenas movedizas.

Una conducta defensiva especial es hacerse el muerto: algunos depredadores sólo comen lo que han matado ellos mismos, se sienten confundidos o demasiado confiados por la inmovilidad de la presa, que aprovecha la oportunidad para escapar.

Conflicto violento, grupos y guerra

Una forma especialmente eficaz y eficiente de incrementar la capacidad para el conflicto violento es actuar en grupo: la cooperación organizada con otros agentes permite incrementar mucho la capacidad ofensiva y defensiva sumando fuerzas (al mismo tiempo o por turnos), dividiendo el trabajo y quizás especializándose en diferentes funciones complementarias. Algunos buscan alimento, otros construyen el nido, otros vigilan, otros cuidan de las crías, otros luchan; unos pelean y otros descansan; en la caza unos buscan, otros asustan y persiguen, otros bloquean el escape, otros abaten a la presa; en la defensa se cierran filas para proteger a los más vulnerables; en la guerra no todos los ciudadanos son soldados, y estos se especializan para usar armas diferentes (infantería, artillería, caballería, armada, fuerza aérea).

Los grupos o colectivos con múltiples agentes cohesionados y bien coordinados son muy poderosos: la unión hace la fuerza. El grupo social es una adaptación evolutiva que incrementa las posibilidades de supervivencia y reproducción de los individuos. Para que el grupo funcione es necesario que sus miembros tengan capacidades cognitivas y emocionales adecuadas: que sepan y quieran cooperar.

El hecho de que algunos individuos se agrupen y organicen genera una presión evolutiva para que otros individuos también se agrupen y mejoren su organización: los grupos tienden a ser progresivamente más grandes, complejos y poderosos.

El grupo puede entenderse como una herramienta de los individuos para incrementar su poder: el individuo ataca a otros con su grupo y se defiende de otros con su grupo. Desde el punto de vista de un agente individual, uno es el agente y los demás son medios de acción que resultan ser también agentes individuales que lo consideran a uno como medio de sus acciones.

Cada individuo se beneficia de la existencia del grupo, y como este tiene costes de mantenimiento y funcionamiento, los miembros de un grupo deben asumir esos costes de algún modo: la distribución de los beneficios y costes del grupo es una posible fuente de conflictos dentro del mismo que deben ser resueltos de algún modo suficientemente adecuado como para que el grupo pueda funcionar como una unidad exitosa frente a otros grupos competidores.

La guerra es el conflicto violento a gran escala entre grupos. Los humanos son animales que han desarrollado diversas características distintivas esenciales para la guerra: son hipersociales y tribales, con unas emociones y una psicología moral adecuadas para la vida en grupo; utilizan el lenguaje simbólico para comunicarse, coordinarse y cohesionarse; tienen una teoría de la mente, piensan estratégicamente y comprenden intuitivamente a los demás como agentes intencionales cooperadores y competidores; generan cultura que identifica a cada grupo y permite acumular y transmitir conocimiento; producen tecnología en forma de armamentos progresivamente más poderosos.

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Guerra y grupos

15/11/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La guerra es un conflicto social violento, un enfrentamiento destructivo entre grupos humanos relativamente grandes (tribus, naciones) con daños personales y materiales considerables (sufrimiento, heridas, muerte, destrucción, coste económico). Mediante la guerra un grupo intenta dominar o destruir a otro o no ser dominado o destruido por otro, o compiten por dominar o ayudar a un tercero. En la guerra se combinan cooperación y competencia: los miembros de un grupo (ciudadanos, soldados) cooperan para competir más eficientemente en el conflicto violento contra el grupo rival.

No se consideran guerras, aunque pueda utilizarse el término metafóricamente, a los conflictos violentos entre individuos sin considerar su pertenencia a grupos: sin embargo el conflicto entre individuos es la base o el germen de la guerra, porque los grupos surgen como asociaciones poderosas para luchar contra otros individuos o grupos (hay otros motivos de asociación, como la ayuda mutua ante riesgos accidentales, enfermedades o fluctuaciones en la obtención de alimento; la toma de decisiones colectivas mediante la agregación de conocimiento individual; la división del trabajo, la especialización y compartir o intercambiar).

La guerra es un fenómeno no exclusivamente humano (existe claramente entre insectos sociales, como las hormigas, y a pequeña escala entre grupos de chimpancés y otros animales), pero sí es algo específicamente y típicamente humano: explica en gran medida la naturaleza tribal y colectivista de los seres humanos, cuyos grupos requieren estar cohesionados y coordinados y ser grandes y poderosos para vencer en sus conflictos con otros grupos. El grupo humano sirve no solo para cazar presas y defenderse de depredadores, sino especialmente para atacar a otros grupos humanos o defenderse de ellos.

En la guerra el grupo actúa como una unidad: es una unidad de acción colectiva que ataca a otros grupos y se defiende de otros grupos. La guerra es la acción colectiva por excelencia, la que requiere más cohesión y organización de los individuos para intentar conseguir objetivos comunes como la supervivencia conjunta. Aunque en la guerra actúan individuos, la guerra no es una acción meramente individual: los individuos no pelean por su cuenta y riesgo ni se coordinan espontáneamente; la guerra se decide, planifica y ejecuta de forma colectiva, y requiere planificación centralizada y jerarquías de mando para atacar y defenderse juntos de forma más eficiente.

La guerra no es una gran cantidad de conflictos individuales sin conexión entre sí: es un conflicto a gran escala entre todos los individuos de un grupo contra todos los individuos del grupo rival (aunque algunas guerras pueden limitarse a los militares o combatientes y no extenderse a la población civil). El guerrero no ataca a título individual sino como miembro de un grupo, y el ataque es percibido no como un conflicto entre individuos sino como una agresión de un grupo a otro; el ciudadano atacado es defendido por el grupo como miembro del grupo; una persona no es atacada por su identidad particular, que puede ser ignorada, sino por su pertenencia al grupo enemigo.

El individualismo metodológico intenta comprender, analizar y reducir los fenómenos sociales en función de acciones individuales. Esto es una línea de investigación muy valiosa, pero que se equivoca si insiste en que los grupos o las acciones colectivas no existen. En cierto modo es como negar que los organismos multicelulares existen y afirmar que sólo hay células individuales que resultan estar físicamente juntas. Los grupos existen en la medida en que están delimitados y que sus miembros están cohesionados y coordinados para acciones con objetivos comunes: una colonia de animales sociales (un superorganismo) y un organismo multicelular sólo se diferencian en su grado de cohesión y coordinación y en la autonomía de sus individuos (si son capaces de vivir solos e independientes), y ambos tienen problemas más o menos graves de delimitación (quién forma parte del grupo) y permeabilidad (cómo se entra y sale del grupo).

Las acciones colectivas pueden ser más complicadas y problemáticas que las acciones individuales por múltiples motivos: puede no estar claro quién forma parte de cada grupo y por qué (adscripción libre y voluntaria o no por ambas partes); puede haber grupos dentro de grupos; algunos individuos pueden cambiar de grupo o pueden ser simultáneamente miembros de varios grupos con lealtades incompatibles; la decisión colectiva no emerge de forma simple de las preferencias individuales sino que depende de cómo se agreguen estas; no todos los miembros del grupo participan del mismo modo en la acción colectiva; algunos miembros de un grupo pueden no contribuir a la acción colectiva o incluso intentar sabotearla activamente; puede haber conflictos internos sobre cuáles son las reglas de funcionamiento del grupo, quién debe mandar y quién obedecer, y cómo se reparten las cargas y beneficios del grupo.

Los grupos con mayor capacidad bélica tienden a dominar y expandirse y desplazan a los grupos más débiles: estos son conquistados, esclavizados, sometidos o asimilados con un estatus social inferior, o son expulsados a territorios pobres en recursos, marginales y de difícil acceso donde la supervivencia es más dura (tierras menos fértiles, desiertos, montañas).

La capacidad militar crece con la cantidad y calidad de recursos bélicos disponibles y su adecuada organización o dirección: población total, eficiencia del sistema económico generador de riqueza (con producción o compra de armamento y recursos logísticos y pago de salarios a soldados), liderazgo político, cohesión social, competencia táctica y estratégica. La guerra tiene costes y riesgos, pero el éxito en la guerra permite apropiarse de recursos valiosos (territorio, población, bienes materiales) que a su vez incrementan la capacidad militar.

Los grupos más cohesionados hacen mejor la guerra, y además la guerra puede servir para reducir el disenso y los problemas internos, o al menos obviarlos temporalmente, y unir al grupo frente al enemigo exterior. Los grupos más grandes y heterogéneos pueden sufrir problemas de organización y conflictividad política interna que reduzcan su capacidad militar o incluso lleven a su destrucción desde dentro (guerra de secesión, guerra civil).

El éxito en la guerra requiere planificación centralizada y jerarquías de mando: los soldados deben aprender a trabajar juntos bajo las órdenes de superiores, y la competencia de los generales es crucial para la victoria o la derrota.

El Estado, entendido como el sistema institucional estable que organiza y estructura la acción colectiva de un grupo y gestiona sus bienes comunes, está íntimamente relacionado con la guerra: el Estado hace la guerra y la guerra hace al Estado. Para comprender el Estado es necesario comprender la guerra, y viceversa. Y para entender la guerra en necesario entender los conflictos entre individuos y especialmente los conflictos violentos.

NOTA: este artículo es una sección de un artículo más largo ya casi listo sobre la guerra, los grupos, la sociedad, el mercado y el Estado. Otras secciones son:

Cooperación (coordinación) y competencia

El conflicto

El conflicto violento

Psicología y economía del conflicto violento

El conflicto violento como competición estratégica

Capacidades para el conflicto violento

Armamento humano artificial

Estrategia militar

Estado, guerra y sociología

Sociedad libre, mercado libre y guerra


Castas españolas

14/10/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

En España se habla mucho últimamente de la casta. No de la casta española entendida como bravura y orgullo (propia de soldados, toreros, deportistas), sino de un grupo oscuro, poderoso y muy perjudicial. Desde la extrema izquierda se señala y critica a un número relativamente pequeño de individuos y organizaciones que presuntamente mueven los hilos del poder político y económico y que son los grandes responsables de los grandes males del país: crisis económica, pobreza, desigualdad, injusticia, corrupción.

Esta casta está constituida, según ellos, por los políticos de los partidos tradicionales establecidos (del gobierno y la oposición, es decir todos excepto los nuevos movimientos populistas asamblearios) y por empresarios y altos directivos cercanos al poder (especialmente en los sectores de la banca, las finanzas, las obras y los servicios públicos).

Hay gran parte de verdad y acierto en señalar que los poderes estatales y los servicios públicos funcionan muy mal, son ineficientes y a menudo corruptos, y están capturados por individuos y organizaciones que los utilizan para su beneficio particular en lugar de promover el bien común. Los miembros de la casta y sus amigos o allegados obtienen diferentes prebendas y privilegios: altos cargos de responsabilidad (como puestos en consejos que en realidad no exigen gran conocimiento, esfuerzo ni responsabilidad) con suculentas compensaciones económicas (legales o ilegales, transparentes u opacas); contratos públicos en condiciones ventajosas; protección contra la competencia y el fracaso empresarial; diversos subsidios y subvenciones.

Sin embargo las propuestas de la extrema izquierda, más allá de expulsar a esta casta del poder y alguna reforma política acertada, son casi siempre completos disparates cuya implementación agravaría enormemente los problemas en lugar de solucionarlos. A pesar de que se presenten a sí mismos como abnegados luchadores por el bienestar general, los pobres, los débiles, los excluidos y la justicia social, sus ideas se basan en la ignorancia económica más radical, son altamente liberticidas y resultan éticamente lamentables.

Pero es que además su análisis de las castas del país es pobre e incompleto. No existen solamente grupos elitistas y exclusivos en las cumbres del poder político y económico. En España han abundado y abundan la picaresca, el escaqueo, el vagueo, la chapuza, la hidalguía, el trampeo, el incivismo. La extracción de recursos, la caza de rentas, el parasitismo, el recibir más valor del que se genera, también se realizan por castas más populares, con mayor número de miembros y que tienen mucho poder sin estar en su núcleo central. Muchas personas toleran el sistema o incluso lo defienden porque se benefician de él, dejan trampear a otros a cambio de poder trampear ellos.

Estos grupos están bien organizados y firmemente establecidos en diferentes sectores económicos: son reaccionarios e inmovilistas, no están dispuestos a ceder sus privilegios sin luchar. Algunos ejemplos, con diferente número de miembros, nivel económico de los mismos e importancia económica y social, son los notarios, los registradores de la propiedad, los farmacéuticos con farmacia, los controladores aéreos, los estibadores portuarios, los taxistas, los aparatos sindicales y sus liberados, las organizaciones empresariales al amparo del poder político, y todo tipo de funcionarios y empleados públicos (administraciones, transporte) cuyo desempeño laboral es poco eficiente. Casos especiales son el ejército y las diversas policías.

Los dos casos más importantes de castas extensas nocivas, por el alto número de miembros y su gran y creciente importancia económica y presupuestaria, son los trabajadores públicos de la sanidad y la educación (directivos, administrativos, médicos, enfermería, profesores). Las mareas blanca y verde se han movilizado y han pretendido hipócritamente que luchan por el bienestar general: en realidad defienden sus intereses particulares, sus salarios y sus condiciones laborales (menos horas, menos intensidad, menos controles).

Son dos sectores escasamente competitivos y poco productivos como puede comprobarse en comparación con el sector privado, que los ciudadanos escogen libremente si pueden pagárselo o conseguirlo (seguros médicos privados, educación concertada). Incluso los propios funcionarios escogen masivamente el sector privado cuando les dejan, como es el caso de la sanidad, con un privilegio del que carecen los demás ciudadanos que lo financian todo con sus impuestos y que quedan atados a la muy mal llamada Seguridad Social.

Sanidad y educación públicas son dos sectores capturados por los proveedores de los servicios, los empleados públicos: serían posibles grandes mejoras de productividad y calidad con medidas como los cheques escolar y sanitario para los ciudadanos, quienes al poder elegir dónde gastarlos estimularían una sana y necesaria competencia.

Si los trabajadores de estos dos ámbitos fueran grandes profesionales realmente deseosos de servir a los demás, podrían querer demostrarlo permitiendo que los ciudadanos elijan (o no) sus servicios. El hecho de que no lo hagan, que culpen de todos los problemas a sus superiores políticos, y que sistemáticamente reclamen más recursos presupuestarios (que suelen acabar en sus nóminas), hace sospechar que lo que defienden es su cómoda plaza en propiedad.

La sanidad y la educación son muy valoradas por los ciudadanos, quienes quizás confunden el servicio con sus actuales prestadores. Tal vez no quieren criticar el sistema por miedo a llamar la atención y luego tener que sufrir alguna represalia o un trato de inferior calidad. Además es fácil querer de todo bueno para todos sin importar los costes, y en el fondo la mayoría cree que son otros quienes pagan.

Los populistas tienen un problema: para ellos es fácil denunciar a los visiblemente poderosos; quizás resulta inconveniente criticar a otros individuos y grupos, presuntamente más débiles y que a menudo se presentan como víctimas y servidores públicos, que pueden ser parte esencial de los problemas sociales. Los colectivistas, socialistas y estatistas de todos lo partidos deben elegir entre por un lado los ciudadanos receptores de los servicios, que siempre quieren más y que lo pague otro, o por el otro lado los empleados en la prestación pública de esos mismos servicios, bien organizados e interesados en la mayor recompensa económica, con el mínimo esfuerzo posible, y trampeando todo lo que se pueda sin que se note demasiado.


Cohesión social: guerra, ayuda y parasitismo

11/12/2013

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La vida solitaria es muy diferente de la vida social, tanto para los seres humanos como para otros seres vivos. Un organismo aislado tiene problemas que podría solucionar mediante la cooperación con otros individuos, sea de forma ocasional o en un grupo estable. Pero la convivencia colectiva tiene sus propios problemas y requisitos.

La vida solitaria tiene muchas limitaciones: cada agente tiene una fuerza, una capacidad de acción y trabajo y unas habilidades determinadas, que se pueden mejorar, pero no de forma indefinida, de modo que hay logros que están fuera de su alcance; es imposible, o más difícil o ineficiente, hacer algunas cosas simultáneamente, como por ejemplo cazar y cuidar de las crías; y el individuo no tiene nadie que le ayude a superar una situación delicada si sufre un accidente o enfermedad, de modo que ciertos peligros pueden resultar letales.

Un agente solitario puede intercambiar bienes o servicios con otro si ambos coinciden e interactúan de algún modo. Pero estos encuentros requieren algún desplazamiento, coordinación y costes de búsqueda, o son casuales, aleatorios; quizás son poco frecuentes y cuando ocurren tal vez las partes no tienen nada valioso que interese al otro o no existe la confianza necesaria para negociar y realizar un intercambio. Algunos individuos pueden ser amenazas (depredadores, parásitos, ladrones, tramposos, estafadores) y conviene mantenerse a cierta distancia o vigilarlos cuidadosamente. Muchos animales de vida individual sólo cooperan esporádicamente (o incluso una sola vez en su vida) con otros de sexo opuesto para la reproducción sexual.

La vida social en un grupo estable permite compartir ciertos recursos valiosos, como un refugio o reservas de alimentos; juntar esfuerzos y generar sinergias para tareas comunes (caza, ataque y defensa); dividir el trabajo temporalmente (vigilar, construir el refugio, cuidar de las crías) o especializarse en tareas diferentes complementarias y realizar intercambios; y tener a otros siempre cerca y recibir ayuda en caso de necesidad. La cohesión social en animales es frecuente en situaciones de estrés y peligro.

La cooperación colectiva precisa algún tipo de coordinación mediante señales informativas e incentivos adecuados para conseguir fines comunes. Las interacciones frecuentes con otros y el conocimiento mutuo permiten desarrollar la confianza entre los individuos. La convivencia en proximidad requiere normas para evitar conflictos: molestias, externalidades negativas, parásitos, agresores, tramposos.

La cooperación social proporciona seguridad a los individuos mediante la lucha conjunta y la ayuda mutua: siendo muchos y estando cohesionados y adecuadamente organizados para la guerra (la unión hace la fuerza para la defensa ante ataques de otros grupos; divide y vencerás); y teniendo siempre a alguien al lado que puede y quiere socorrer o cuidar a un necesitado. Sin embargo estos dos fenómenos tienen diferencias importantes: la guerra es una acción necesariamente colectiva, de grupos contra grupos; la ayuda solidaria es una acción que puede realizarse de múltiples maneras, individualmente o mediante distintos tipos de asociaciones que no tienen por qué coincidir con el colectivo políticamente organizado.

Aunque no todos los individuos participan igual, la guerra es una actividad colectiva que implica a todo el grupo. La fuerza militar se incrementa notablemente conforme crece el número de guerreros o soldados disponibles, su calidad, su coordinación y su cohesión: jerarquía de mando, disciplina, capacidad de luchar como unidades eficientes de combate, cerrar filas, resistir, no ceder, no huir. La victoria en la batalla es más probable si se dispone de más combatientes con el armamento, la organización y la motivación adecuadas. Los grupos que más crecen (tanto en número de miembros como en recursos) y están más cohesionados (sentimiento tribal, patriotismo, compromiso, lealtad) tienden a triunfar en los conflictos bélicos. También son muy importantes las posibles alianzas entre grupos, las cuales pueden llegar a producir fusiones en unidades mayores.

Si un grupo crece y se organiza para la guerra sus potenciales víctimas deben a su vez crecer y prepararse si quieren sobrevivir y continuar siendo libres. Si el número de miembros no puede aumentar rápidamente es necesario mejorar la cohesión y la coordinación. Los colectivos pequeños, divididos o aislados, son débiles y pueden ser derrotados más fácilmente; tienden a ser eliminados, esclavizados o asimilados por otros grupos más poderosos, y para mantener su independencia suelen localizarse en zonas pobres en recursos o de difícil acceso (montañas, desiertos, junglas).

Los grupos organizados son poderosos para bien y para mal: es difícil separar la preparación para la defensa de la preparación para el ataque. Un grupo puede imponerse sobre otro grupo externo: guerreros que se establecen como gobernantes en el territorio de otro pueblo menos poderoso o le exigen sumisión y tributos. Un subgrupo organizado puede controlar coactivamente a los demás miembros de su propia sociedad: la casta militar o policial oprime al resto de la población.

La ayuda a un necesitado no suele implicar a todo el grupo, sobre todo cuando el colectivo es grande y complejo y la necesidad relativamente pequeña: pueden ser suficientes interacciones individuales. Cada sujeto tiene una red de relaciones familiares y de amistad en las cuales pide y ofrece, da y recibe ayuda. Es posible organizar asociaciones cooperativas de ayuda mutua como hermandades o fraternidades: estas intentan atraer a muchos miembros para incrementar los recursos disponibles y compensar mejor estadísticamente los riesgos, pero estos grupos no suelen coincidir con el nivel de asociación preciso para la defensa, y tampoco tienen por qué coincidir con las agrupaciones por otros motivos como la gestión de recursos comunes (ayuntamientos). En una economía avanzada también existen empresas especializadas dedicadas, como las aseguradoras de salud, accidentes o muerte.

La ayuda mutua suele ser limitada, ocasional, temporal y condicional. Funciona en ambas direcciones (hoy por ti, mañana por mí) gracias a la empatía de los donantes y a los sentimientos de agradecimiento y deuda de los receptores. Un caso problemático y minoritario es el de los necesitados permanentes, ya que sólo reciben y no dan y son una carga neta para otros.

Los parásitos recurren al engaño y la coacción para exigir y recibir mucho más de lo que dan, si es que dan algo. En la medida de sus posibilidades los individuos productivos intentan librarse de ellos mediante la denuncia y el repudio o exclusión de las redes de cooperación social. Pero el polizón descarado insiste en su derecho a viajar gratis total, el incompetente y negligente exige a todos que le ayuden en su fracaso, y el imprudente e irresponsable se aferra a otros para no hundirse y ahogarse solo.

La convivencia en grupos extensos con estados intervencionistas proporciona grandes oportunidades para el parasitismo interno, ya que el control social mediante relaciones personales es muy limitado y los grupos de interés capturan con relativa facilidad las estructuras del poder. Los parásitos suelen ser hábiles en la manipulación, la picaresca y el engaño: no se presentan abiertamente como tales sino que suelen camuflarse hipócritamente y sin escrúpulos morales como altruistas, inocentes necesitados, pobres explotados, víctimas merecedoras de ayuda o proveedores de servicios públicos esenciales que actúan por el bien común.

Los grupos de presión e interés obtienen beneficios y privilegios a costa de los demás: rentas, proteccionismo, subvenciones, restricciones de competencia. Puede tratarse de reducidas élites extractivas con profesiones corporativistas de alto estatus y muy lucrativas (poderosos próximos al poder político, notarios, registradores de la propiedad, farmacéuticos con licencia para su farmacia, controladores aéreos, pilotos de algunas líneas aéreas), o de colectivos formados por gran cantidad de individuos (jubilados que votan según qué partido político les garantiza su pensión pública).

Las estrategias de extracción de rentas evolucionan: en las socialdemocracias estatistas diversas castas subvencionadas se esconden tras la prestación ineficiente de servicios de pobre calidad por funcionarios inamovibles y otros empleados públicos por lo general interesados en esforzarse lo mínimo y obtener el máximo salario posible, como cualquier agente racional. Son especialmente importantes, por su impacto presupuestario y su relevancia económica y social, en la educación y en la sanidad. Algunos colectivos profesionales, como los bomberos, ocultan sus privilegios tras su aureola de sacrificio y heroísmo, que hace más difícil criticarlos.

Son especialmente problemáticos, por su importancia esencial para el buen funcionamiento de la sociedad, la posibilidad de que abusen de su poder, la falta de competencia y la dificultad de conocer su auténtica eficiencia y productividad (más allá de las campañas de relaciones públicas lanzadas desde el poder para mejorar su imagen y respetabilidad), colectivos profesionales como el judicial, el policial y el militar.

Las apelaciones a la cohesión social y a la solidaridad a menudo son declaraciones grandilocuentes que sirven para mejorar la reputación del hablante sin necesidad de asumir costes reales, ayudando él en lugar de exigirlo a todos los demás. Frecuentemente se invocan miedos tribales ancestrales, carecen de argumentación correcta, no suelen explicitar las razones reales de su necesidad y ocultan los auténticos intereses particulares inconfesables de sus defensores.

La cohesión para la guerra exige algún enemigo o amenaza, normalmente inventado, exagerado o no identificado: es la cohesión de la falange militar, el puño cerrado que amenaza con golpear (saludo de ciertos partidos políticos) o la piedra utilizada como arma arrojadiza contundente. Los que demandan cohesión social pueden en realidad ser parte esencial del problema: los sindicatos amenazan con romper la paz social, provocando enfrentamientos violentos, saboteando y alterando el orden público si los gobernantes y empresarios no ceden ante su chantaje.

Los políticos liberticidas más megalómanos reclaman más unión política y colectivización en todos los ámbitos, cohesión social a niveles progresivamente más alejados de los individuos y sus relaciones voluntarias: más jerarquías de mando, más coacción, más burocracia, más planificación centralizada condenada al fracaso, mayor aislamiento de los gobernantes de las malas consecuencias de sus decisiones, y menos oportunidades para las personas de escapar de la tiranía e ineficiencia del socialismo.

Los parásitos apelan a la cohesión social propia de la sanguijuela y otros chupópteros: serían rechazados por otros en asociaciones voluntarias, y dependen de la coacción y el engaño para mantenerse pegados a sus víctimas y que estas, atrapadas, no puedan huir y librarse de ellos. El Estado, tradicionalmente una herramienta para organizar la fuerza y matar a gran escala, se ha transformado en una herramienta para organizar la fuerza y robar a gran escala.

El socialista acusa al liberal de egoísta por pretender decidir libremente con quién sí se asocia y con quién no. Sin embargo el socialismo, aunque presuma de superioridad moral, no ofrece auténticas redes de seguridad: las impone a todos, y además resulta que son de mala calidad. Es muy diferente la cohesión social que se consigue en una estructura social extensa mediante una gran cantidad y variedad de ligaduras locales, voluntarias, libres, dinámicas y potencialmente reconfigurables (una sociedad libre y abierta), y la conseguida mediante barreras coactivas que impiden la salida de los individuos (un Estado). Las cuerdas de seguridad que atan a montañeros libremente asociados son muy diferentes de las redes y cadenas utilizadas para capturar y retener esclavos. Los apretones de manos que sellan los acuerdos contractuales son muy diferentes de las vallas que impiden que el ganado escape.

Al oír “cohesión social”, sospecha: hipocresía, histeria, guerra, robo.