Marta Lamas sobre la prostitución: muchos aciertos y un grave error

02/11/2018

Marta Lamas, feminista socialista y doctora en antropología, escribe en El respeto a otras sobre el abolicionismo de la prostitución:

El debate en torno al registro de la organización de trabajadoras sexuales Otras vuelve a poner en el centro de la discusión política un tema que tiene dividido al movimiento feminista. Resulta complicado hablar en abstracto del comercio sexual, sin ubicarlo en el contexto concreto en que ocurren los intercambios sexomercantiles. Los argumentos de las feministas en contra de la prostitución califican todos los intercambios sexuales pagados como denigrantes para las mujeres, y sostienen que implican tanto una dañina mercantilización como una enajenación de su sexualidad. Son de la opinión de que la transacción mercantil convierte a las mujeres en objetos que los hombres controlan y usan a su antojo y que son despojadas de su dignidad.

La filósofa Martha Nussbaum cuestiona estas ideas, y plantea que hay que hacer una revisión de nuestras creencias y prácticas en relación a tomar dinero por el uso del cuerpo. Ella señala que: “Todas las personas, excepto las que son ricas de manera independiente y las desempleadas, recibimos dinero por el uso de nuestro cuerpo. Profesores, obreros, abogados, cantantes de ópera, prostitutas, médicos, legisladores, todos hacemos cosas con partes de nuestro cuerpo y recibimos a cambio un salario. Algunas personas reciben un buen salario, y otras no: algunas tienen cierto grado de control sobre sus condiciones laborales, otras muy poco control; algunas tienen muchas opciones de empleo, y otras tienen muy pocas. Y unas son socialmente estigmatizadas y otras no lo son”. Según ella, no debería preocuparnos el que una mujer con opciones laborales elija la prostitución; lo verdaderamente preocupante es que las mujeres pobres (o las sin papeles, diría yo) no tengan más opción que esa para conseguir un ingreso suficiente.

Por eso para Nussbaum el punto candente es el de las oportunidades laborales de las mujeres de escasos recursos y el control que pueden tener sobre sus condiciones de empleo. Comparto con ella su convicción de que la lucha de las feministas debería promover la expansión de las opciones laborales, a través de la educación, la capacitación en habilidades y la creación de empleos, en lugar de intentar prohibir su práctica. Es central el cómo expandir las opciones y oportunidades que tienen las trabajadoras sexuales y cómo garantizar que todas tengan derechos laborales y sean tratadas con respeto. Ese es un objetivo del sindicato Otras.

Gran parte del rechazo surgido en torno al comercio sexual se debe a que confunde la situación de las mujeres obligadas a tener sexo a través de engaños, amenazas y violencia, con la de mujeres que realizan trabajo sexual por la misma razón por la que todas las personas trabajamos: por razones económicas. El discurso neoabolicionista imperante, que pretende “abolir” el comercio sexual por medio de medidas punitivas sin escuchar la voz de las propias trabajadoras, mezcla discursivamente comercio sexual y trata. Indudablemente que existe una urgencia ético-política para erradicar la trata de personas, pero junto a ella también existe la imperiosa necesidad de respetar a las prostitutas que se asumen como trabajadoras.

Esta confusión entre las mujeres que ejercen libremente (aunque sea por necesidad económica) y las coaccionadas por otras personas (engaños, amenazas, violencia, trata) puede ser un accidente debido a falta de inteligencia (incapacidad para percibir y comprender diferencias relevantes), algo intencional debido a falta de honestidad intelectual (deseo de confundir, de ofuscar), o una combinación de ambas cosas.

Las abolicionistas se presentan como personas moralmente superiores hablando de dignidad, degradación y derechos humanos: en realidad son intolerantes autoritarias que no tienen escrúpulos morales para usar la violencia subyacente tras la coacción legal de toda prohibición. Afirman preocuparse por las prostitutas pobres y vulnerables y hablan en su nombre como si fueran sus representantes o tutores legales, sin permitirles decidir por sí mismas porque no saben lo que les conviene. Se escandalizan por su situación de pobreza pero no hacen nada efectivo por remediarla: no utilizan sus propios recursos económicos para ayudarles a abandonar voluntariamente la prostitución, sino que exigen que sean otros quienes asuman esos costes.

No se les ha ocurrido que si es perfectamente legítimo que un cliente pague a una prostituta por un servicio sexual, también lo es que una persona pague a otra a cambio de no practicar la prostitución. Todos los derechos son alienables, y este solo es un caso particular más. ¿Quieres evitar que una mujer se prostituya y no es suficiente con la persuasión? Negocia con ella un contrato mediante el cual tú le das dinero (remediando así en parte su situación de necesidad) a cambio de no prostituirse.

¿Por qué nadie utiliza este mecanismo? Una excusa posible es que esto envilece aún más la situación: la introducción de pagos monetarios a cambio de restricciones de la conducta es indigna. La explicación real más probable es que mucha gente son bocazas metomentodo a los que les gusta hablar y sentirse moralmente superiores mediante la señalización pública de su virtud, pero que en realidad no están dispuestos a asumir sacrificios reales en forma de costes económicos. Sus señales de virtud son baratas (solo hablan o escriben) y poco fiables.

Me sorprende la forma en que las feministas neoabolicionistas caen en una postura como la que Richard Hare, un filósofo inglés que trabajó sobre las valoraciones morales desde la racionalidad, identificó como fanática. Hare describe al fanatismo como la actitud de quienes persiguen la afirmación de los propios principios morales dejando que éstos prevalezcan sobre los intereses reales de las personas de carne y hueso, indiferentes al daño que sus creencias moralistas ocasionan. Valdría la pena que las neoabolicionistas exploraran hasta dónde esa concepción puritana sobre la venta de servicios sexuales se deriva de la creencia hegemónica judeocristiana sobre la sexualidad.

Reflexionar sobre el efecto que tendría “abolir” el comercio sexual trae a cuento la distinción que Weber estableció entre la persona que actúa en política solo desde sus convicciones o la que lo hace con la responsabilidad de analizar las consecuencias. El neoabolicionismo tiene un impacto negativo en la justicia social, en especial, en cómo estructura las opciones vitales de las personas que se dedican al trabajo sexual.

La idea del fanatismo moral irracional (irreflexivo, no pensado, visceral, pasional) es importante, pero no es nada sorprendente que los fanáticos intenten imponer coactivamente sus criterios morales sobre los demás, dañando a aquellos a quienes dicen proteger. Es el resultado esperable de la combinación de estupidez y desvergüenza como estrategias de búsqueda de prestigio social. El fanático moralista busca sentirse bien consigo mismo y no le preocupan demasiado los resultados de sus propuestas; también le interesa señalar a otros que él es parte leal del grupo que comparte esos valores fanáticos. No pretende realmente ayudar a los necesitados, como demuestra en la práctica con su inacción respecto a actos realmente efectivos para otros pero costosos para él. Lo que busca es la aprobación y el aplauso de su colectivo con una torpe exhibición de presunto altruismo.

Sin duda hay muchos tipos de trabajadoras sexuales, y también hay distintas personas y organizaciones que están implicadas en el negocio del comercio sexual. Pero precisamente lo que una organización sindical pretende es fortalecer a las mujeres para que no caigan en manos de las mafias. El trabajo sexual es la ocupación mejor remunerada que consiguen muchísimas personas frente a los brutales cambios económicos que provoca la reestructuración globalizada del capitalismo, que genera precarización laboral, desempleo prolongado y salarios míseros. Más que abolir el comercio sexual, hay que cambiar el sistema socioeconómico.

Desgraciadamente los sindicatos no solo sirven para no caer en manos de mafias, sino que a menudo son mafias que se organizan para obtener algo a costa de otros.

El capitalismo global produce cambios económicos porque implica liberar sectores previamente intervenidos y protegidos y eliminar barreras comerciales. Algunos pueden verse afectados porque antes disfrutaban de subvenciones o privilegios ilegítimos que otros tenían que pagar: no solo no hay que compensarles sino que habría que exigirles compensaciones por los daños causados.

El mercado libre exige responsabilizarse para ser productivo y competitivo en un mundo cambiante por nuevas tecnologías y formas de organización, pero esto no es en absoluto algo brutal. El capitalismo no es el responsable de la precarización laboral, el desempleo prolongado y los salarios míseros, sino todo lo contrario.

Marta Lamas acierta al criticar el abolicionismo, pero sufre el grave error intelectual que es la ideología socialista.

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Lidia Falcón quiere la abolición de la prostitución

10/10/2009

Lidia Falcón, feminista liberticida, se pregunta “Qué hacer con la prostitución”. Al parecer su abuela “luchó por organizar a los trabajadores en defensa de sus intereses y contra las explotaciones del capital a través del cooperativismo y el sindicalismo”. Los trabajadores tienen intereses y cooperan; el capital (tal vez no los capitalistas) explota. Idioteces marxistas en estado puro.

La abuela también luchó por “la abolición de la prostitución”, “esa infame actividad”, “esa infame esclavitud”. No queda claro si se refiere a que todos los esclavos se prostituyen (y quizás alguna persona libre también lo hace) o a que todas las personas que se dedican a la prostitución son esclavos (pero quizás hay esclavos que no lo hacen). Lo de infame seguro que no representa una valoración personal subjetiva: nadie debería valorar la prostitución de otra manera diferente según ella.

Falcón cree que parte de la visión de los defensores de la prostitución como una actividad libre es que:

Según esta visión del problema, mientras los hombres sigan necesitando mujeres para liberar a todas horas sus irreprimibles instintos sexuales, será bueno que haya prostitutas. Y como los vecinos de los barrios afectados están hartos de que los clientes se sirvan de aquellas en plena calle, habrá que estabularlas en burdeles y prostíbulos, fuera de la visión de niños y gentes de orden.

Instintos sexuales irreprimibles a todas horas: qué desenfreno erótico y cuánta resistencia para la actividad sexual; realismo pornográfico puro. Lo de pretender que no se abuse de las calles como espacios comunes para el tránsito no parece equivalente a querer “estabular” a nadie en “burdeles y prostíbulos” (cuya diferencia por cierto desconozco). Los trabajadores que realizan sus tareas en fábricas, o en despachos, no suelen denominarse “estabulados”. Quizás Falcón no sea una pensadora ecuánime; tal vez ni siquiera sea especialmente inteligente y ducha con el lenguaje.

Damos por supuesto que las africanas, las latinoamericanas, las europeas del Este, se pasean por nuestras calles y se ofrecen en los clubs libremente porque eligieron esta opción, contentas de tener un puesto de trabajo. Y también, mientras tanto, aceptamos que hay unas mujeres que sirven para eso –que, por supuesto, no somos ni nosotras ni nuestras madres ni nuestras hijas–, porque los hombres necesitan carne femenina para sus desahogos sexuales y nadie debe inmiscuirse en las transacciones consentidas entre las personas en un país de libre comercio.

O sea que ella (y algunos más no identificados) dan todo eso por supuesto: qué poca capacidad para la observación; obviamente hay trata de mujeres por las mafias para la prostitución. Olvida que quizás no todos los hombres “necesitan carne femenina para sus desahogos sexuales”; algunos quizás recurran a carne masculina, y otros tal vez no utilizan los servicios de las meretrices. También olvida mencionar que quizás hay mujeres que no son trabajadoras sino clientas de la prostitución: qué curiosa omisión.

Pero es verdad que “nadie debe inmiscuirse en las transacciones consentidas entre las personas en un país de libre comercio”: se llama libertad, un concepto que le es completamente ajeno. Y desgraciadamente algo poco común en el mundo actual profundamente intervencionista.

Como, de momento, la prostitución no se va a abolir, sin que por lo menos yo entienda por qué, mientras tanto, podemos habilitar enormes edificios donde encerrar a las prostitutas para que su presencia no sea visible, hacerles pasar controles sanitarios semanales, cobrarles impuestos y cuotas de la Seguridad Social y dejarlas inermes a la disposición de proxenetas, chulos y clientes, allí donde nadie sabrá qué les sucede. Buena solución para la mala imagen de la ciudad, que ya el Ayuntamiento de Barcelona está habilitando, y que colmará los mejores deseos de las mafias de la prostitución.

No sorprende gran cosa que ella no entienda por qué. Sus entendederas son así y no dan para mucho más. Lo de encerrar a las prostitutas ¿es para no dejarlas salir nunca? ¿O a qué se refiere con eso de encerrarlas? ¿Pasar controles sanitarios es malo? Cobrar impuestos sí, eso es feísimo. ¿Todas las prostitutas están “inermes a la disposición de proxenetas, chulos y clientes”? ¿Es que todos son violentos? ¿No hay ninguna prostituta que gane dinero para sí misma sin coacción ajena? ¿O es que estas últimas sólo pueden ser las que ejercen en la calle y no están encerradas, con controles sanitarios y todo lo demás? Lo de que nadie sabrá qué les sucede suena muy dramático pero poco realista: ¿no hemos quedado que van a tener controles sanitarios, que van a pagar impuestos y demás peajes estatales?

Y ya que, según el Gobierno, es imposible aprobar la abolición que el feminismo exige en España desde hace 150 años (en tal reclamación llevamos mucha anticipación a Suecia –aunque nuestro esfuerzo haya obtenido menos resultado–, cuando desde Concepción Arenal hasta mi abuela esa era la única opción posible para los defensores de la libertad de todos los seres humanos), es mejor que, mientras tanto, las mujeres prostituidas entren en el censo de los trabajadores y quizá hasta se creen cursillos de formación profesional como para otros oficios.

Lidia Falcón habla en nombre del feminismo. No hay otro feminismo posible, al menos en España. Las feministas liberales (o liberales feministas) no existen. Y es que hay gente que lleva muchos años, quizás toda su vida, reclamando: quizás no saben hacer otra cosa; tal vez les cuesta mucho pedir por favor, u ofrecer alguna idea sensata.


Xavier Sala i Martín sobre la prostitución

17/09/2009

Xavier Sala i Martín escribe un artículo bastante acertado sobre la prostitución. Pero tiene un par de problemas.

Dice la sabiduría popular que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Aunque estrictamente hablando eso no puede ser verdad (en todo caso, el oficio más antiguo sería el del cliente que frecuentó a la primera prostituta, puesto que necesitaba haber trabajado en algún oficio para poder comprar sus servicios)…

Queriendo hacer una pirueta intelectual Sala se mete en un lío. Si se entiende por oficio una especialización con la que una persona se gana la vida ofreciendo sus bienes o servicios a los demás a cambio de algo de valor, la prostitución puede ser un oficio. Pero el cliente no necesita tener un oficio, puede ofrecer a la prostituta un bien, como la comida, que ha conseguido por sí mismo y que en general no ofrece a los demás. Además el argumento de Sala lleva a un regresión potencialmente infinita: si se dice que el primer oficio no fue la prostituta sino su primer cliente, se puede decir que no fue el primer cliente, sino el cliente de ese cliente, y así sucesivamente.

Otro asunto:

…en el proceso de intercambio de sexo por dinero, hay una persona inocente (y engañada) cuya salud es puesta en peligro por la conducta temeraria del hombre: la esposa. El marido tiene derecho a arriesgar su propia salud, pero no la de su pareja (o la de los amantes de esta, si los hay). Es decir, la amenaza a la salud de inocentes es una externalidad que necesita ser corregida.

¿Cómo? Los economistas han pensado dos maneras distintas… y ambas pasan por la legalización. La primera es la regulación: obligar a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes. La segunda es la introducción de impuestos pigouvianos, parecidos a los que se usan para combatir la contaminación. Eso, además de equiparar la prostitución a todos los demás oficios que cotizan a Hacienda, encarecería la transacción, reduciría la demanda de servicios sexuales y disminuiría los incentivos económicos del hombre para practicar, voluntariamente, su outsourcing sexual.

Es curioso que Sala sólo piense en la esposa y no en las novias o amantes ocasionales del cliente. También resulta peculiar que un economista (por lo general utilitarista) hable de derechos con tanta desenvoltura. Parece dar por hecho que las infecciones venéreas son una agresión que viola un derecho, lo cual es posible pero debatible. Es posible considerar que la responsabilidad de que una enfermedad no se transmita esté en los receptores potenciales, quienes no tienen por qué dar por hecho que sus parejas sexuales están sanas y pueden exigir algún tipo de comprobación.

Y ya que se mencionan los derechos, si se entiende lo que es el contrato matrimonial se comprueba que el marido no tiene derecho a recurrir a la prostituta, ya que ha prometido formalmente fidelidad sexual a su esposa (resulta interesante analizar si la prostituta tiene derecho a tener clientes casados o si es cómplice en la vulneración de un derecho, de forma semejante a quien recibe bienes robados).

Las infecciones sexuales son externalidades negativas muy localizadas (es necesario contacto físico íntimo), no son como la contaminación atmosférica que la respiras aunque no hagas nada: el receptor del posible daño puede hacer algo al respecto. La externalidad no necesita ser corregida, sino que a algunas personas (pocas o muchas) puede interesarles reducirla: es posible que los costes (subjetivos) de la corrección sean mayores que la reducción del riesgo.

La regulación que obliga a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes no es una medida muy liberal. La competencia en el mercado probablemente promoverá formas de certificar la salud de las prostitutas sin necesidad de coacción estatal (la cual al ser uniforme y burocrática no tendría por qué ser acertada). Y quizás haya clientes a quienes el coste adicional de la mejora marginal en la calidad no merezca la pena.

Los impuestos pigouvianos, si son sólo sobre la actividad y su precio, castigarían igual a prostitutas sanas que a enfermas, y a clientes casados o solteros, o a los clientes que usen siempre a la misma prostituta o solamente a prostitutas sanas (y que por lo tanto no infectan a nadie). Los impuestos obviamente encarecen la transacción y reducen coactivamente la demanda de servicios sexuales, lo cual implica que se dificultan transacciones voluntarias mutuamente satisfactorias.


Ana Botella, la prostitución y los proxenetas

12/09/2009

Ana Botella está “radicalmente” en contra de regular la prostitución; considera que el comercio sexual esconde un régimen de “semiesclavitud”, y según ella “Si legalizamos la prostitución, estaremos legalizando al proxeneta que hay detrás y que maneja grupos de mujeres”. Como tiene poder político, impone sus particulares preferencias morales a todos los ciudadanos. Como no razona muy bien, no sabe distinguir entre las prostitutas coaccionadas y las que ejercen libremente, las mezcla a todas y las mete en el saco abominable de la semiesclavitud.

Además su analogía o inferencia es defectuosa. Sería posible regular la prostitución ilegalizando al proxeneta, prohibiendo que las prostitutas utilicen agentes, intermediarios o empresarios que las contraten como trabajadoras asalariadas: sólo podrían trabajar como autónomas o en régimen de cooperativa.

El concepto de proxeneta es problemático: puede entenderse como la persona que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona (y que no sea el cliente, que obviamente obtiene algún tipo de beneficio psíquico y por eso está dispuesto a pagar). Si el proxeneta no utiliza la violencia contra la prostituta, si ejerce su función es porque le proporciona algún servicio (protección, intermediación). Si el proxeneta es violento puede explotar a la prostituta de forma coactiva. Algunas personas parece que sólo son capaces de entender a un proxeneta en este último sentido ilegítimo, olvidando que no es el único posible.

Algunas personas tienen problemas morales con el sexo; otras los tienen con el dinero. Juntar ambas cosas pone muy nerviosos a algunos y algunas. Y si además se incluyen empresarios, empleadores o intermediarios, los nervios se transforman en histeria.

Quizás sea cierto que “entre un 80% y un 90% de las mujeres que se prostituyen en Madrid son inmigrantes sin papeles manejadas por un proxeneta”. La solución tal vez no sea prohibir su actividad, que las fuerza a la marginalidad, sino regularizar su situación laboral y asegurarse de que no son extorsionadas.

Botella no está sola: la portavoz socialista en la Asamblea de Madrid, Maru Menéndez, ha afirmado que siente “vergüenza como mujer” por la posición de Esperanza Aguirre (a favor de regular la prostitución), que considera igual de inaceptable que si se planteara legalizar la esclavitud. Su limitada inteligencia le da al menos para no decir que la prostitución y la esclavitud son lo mismo: sólo expresa que ella, que parece creer que todas las mujeres deben pensar igual, es incapaz de distinguir moralmente entre pagar por sexo por un lado y secuestrar a una persona y forzarla a trabajar por otro. Igualito.


Ana Botella y la prostitución

20/05/2009

Artículo en Libertad Digital.


Ideas sobre la prostitución

11/11/2005

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

– ¿Se acostaría usted conmigo por un millón de euros?

– Ay, caballero, qué cosas tiene usted.

– ¿Y por diez euros?

– Pero, ¿por quién me ha tomado? ¿Qué se cree usted que soy?

– Está claro que una prostituta; ahora estamos discutiendo el precio.

Algunas feministas colectivistas quieren abolir la prostitución. No se atreven a aclarar si quieren prohibirla (prohibición es prácticamente sinónimo de abolición) o simplemente que, sin coacción legal y de algún modo que no explican, deje de existir el intercambio de sexo por dinero.

Parece que la prostitución es contraria a la dignidad humana, que denigra al trabajador sexual (generalmente mujer) y lo convierte en una persona de clase inferior. Afirman que pretenden ayudar a las prostitutas diciéndoles que son ciudadanos de segunda. No aclaran si también habría que abolir la pornografía, donde además de sexo y dinero el asunto se exhibe públicamente por más dinero.

Insisten en que la prostitución no puede considerarse una profesión porque no es un oficio cualquiera; es la comercialización y compraventa de un cuerpo humano para algo íntimo y personal como el sexo. Ignoran que la prostitución no es la venta ni el alquiler de un bien sino la prestación de un servicio.

Abominan del lucro, del beneficio y del empresario, les repugna que alguien pueda ganar dinero ejerciendo de intermediario o protector entre prostitutas y clientes. Repiten de forma monótona y machacona sus tópicos y son incapaces de aprender. Algunas han dedicado toda su vida a una causa y sería horrible descubrir que ha sido en vano, que no ha tenido sentido porque estaban fatalmente equivocadas.

Algunos conservadores quieren prohibir la prostitución porque según ellos es inmoral. No aclaran si defienden que la moral es obvia, objetiva y universal (y cuáles son todos sus contenidos o preceptos y cómo es posible conocerlos) o si es posible que existan distintas morales en diversos grupos humanos. Parecen asumir que si algo es inmoral es legítimo prohibirlo, es decir, utilizar la coacción sistemática del estado para castigar a quienes cometan actos inmorales. Inquieren a quienes quieren mantener legal (o mejor alegal, apartada de la regulación estatal) la prostitución si les gustaría que su mujer, su madre o sus hijas (o maridos, padres, o hijos) se dedicaran a ello, como si el hecho de que no te guste algo implique automáticamente que debas intentar conseguir su prohibición.

No está claro cómo puede ser inmoral algo que hace tanta gente desde hace tanto tiempo sin agredir a nadie y produciendo beneficios (monetarios y psíquicos) para todas las partes directamente involucradas. Tal vez el moralista es incapaz de entender que lo que a él le parece repugnante en grado sumo a otro puede resultarle interesante o un mal menor que merece la pena a cambio de algo mejor. El hombre de bien quizás no tiene en cuenta que si no hubiera prostitutas el deseo sexual de muchos hombres podría dirigirse hacia su madre, su mujer, sus hijas u otras potenciales víctimas de seducción o violación.

La prostitución es frecuentemente una forma de esclavitud y explotación asociada al crimen organizado y a la inmigración ilegal, pero no siempre. Hay prostitutas (pobres o ricas) que ejercen su trabajo libre y voluntariamente. Las que son pobres y no tienen muchas alternativas son tan libres como las menos pobres si nadie las obliga por la fuerza a ejercer.

Los prohibicionistas confunden y mezclan todas las situaciones (por interés o incapacidad intelectual), no analizan las diferencias relevantes, y en vez de luchar contra la violencia de las mafias pretenden agredir o acosar a los clientes porque, aparentemente, son quienes fomentan la prostitución: hay prostitución porque ellos pagan (admirable tautología para la cual sólo hay que conocer la definición del fenómeno analizado). Efectivamente, el que haya más clientes dispuestos (demanda) incentiva que haya más prostitutas (oferta). Si se quiere ayudar a las prostitutas libres conviene incrementar la demanda para que puedan subir el precio.

Si se quiere eliminar la prostitución que se ejerce con violencia no parece muy acertado utilizar más violencia institucional para prohibir la prostitución voluntaria que se ejerce sin violencia. Si se quiere ayudar a las prostitutas forzadas conviene atrapar a sus agresores y obligarles a que las compensen por los daños causados. En lugar de luchar contra la pobreza causada por el colectivismo (muchas prostitutas, libres o esclavas, proceden de países socialistas) parece que es mejor eliminar los síntomas y las vías de escape.

Los colectivistas hablan en nombre de personas a quienes no representan y se refieren a clases, no a individuos. Les preocupa la dignidad de la mujer como colectivo, no el bienestar de cada mujer particular. Asumen que la prohibición ayudaría a la prostituta, no imaginan que podría dañarla marginándola aún más y quitándole una fuente de ingresos más necesarios cuanto más pobre sea y más cargas familiares tenga. Cuando quieren subvencionar a las mujeres para que abandonen la prostitución suele ser con el dinero de los demás.

Algunas prostitutas y quienes las defienden pretenden que puedan pagar impuestos, sindicarse e inscribirse en la seguridad social: ingenuamente desconocen la auténtica naturaleza del estado o piensan que van a obtener más que lo que tengan que aportar.

Algunas prostitutas querrían poder organizarse de forma cooperativa sin intermediarios, pero parece que en este negocio es imprescindible alguien con habilidad y contactos para pagar los sobornos adecuados a policías, jueces y políticos corruptos (y eso que la prostitución no es ilegal).

El sexo es esencial en los seres humanos, organismos vivos preocupados por reproducirse y transmitir sus genes de forma eficiente para ser competitivos en la historia evolutiva. El hombre y la mujer son biológicamente y sexualmente diferentes, no sólo en su anatomía y fisiología sino también en su psicología. Sus estrategias de apareamiento son diferentes: el hombre produce fácilmente gran cantidad de espermatozoides y no se queda embarazado, por lo cual es más proactivo y menos selectivo. La mujer sólo produce un óvulo en cada ciclo menstrual y si es fecundado se queda embarazada nueve meses y luego suele querer cuidar de sus hijos, lo que supone un alto coste que explica que sea mucho más selectiva y exigente para el sexo (aunque obviamente los anticonceptivos hayan cambiado la situación, las emociones básicas permanecen porque evolucionaron en un entorno muy distinto del actual).

El hombre suele tener el poder físico y económico. El hombre es, en general, físicamente más fuerte que la mujer (resultado de largos periodos evolutivos de lucha entre los machos por las hembras), y a menudo es quien trabaja para otros y quien tiene el dinero (resultado de la división del trabajo según roles sexuales). Pero respecto al sexo es la mujer quien tiene el poder, ya que conoce el deseo del hombre y puede ocultar el suyo (los seres humanos no tienen periodos anuales de celo como otros animales, y las hembras humanas no muestran abiertamente su periodo fértil). La mujer suele pedir algo a cambio de sexo (regalos, compromiso afectivo o legal, dinero), y el hombre tiende a estar dispuesto a ofrecer algo por el sexo. Después del sexo es la prostituta la que se queda con el dinero, mientras que el hombre tuvo un placer psíquico efímero.

Pero los razonamientos biológicos de la psicología evolucionista acerca de la naturaleza humana y los económicos de la praxeología les parecen espantosos e inválidos a los progresistas que creen que todo es cultura y todo puede cambiarse con el adoctrinamiento adecuado; y los ignorantes no pueden o no quieren entenderlos.

La prostituta novata le cuenta a la veterana:

– Ese hombre era tan guapo que me habría acostado con él gratis.

– Cariño, no te ha dado dinero para que te acostaras con él, sino para que luego te marcharas.