Estado (minarquista) frente a anarcocapitalismo (conferencia IJM)

19/04/2017

Estado (minarquista) frente a anarcocapitalismo (video de conferencia en el Instituto Juan de Mariana)

Entrevista sobre Estado (minarquista) frente a anarcocapitalismo


Estado: ¿monopolio o gestor de la defensa común?

17/10/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Two of the most widely accepted propositions among political economists and political philosophers are the following:

First: Every “monopoly” is “bad” from the viewpoint of consumers. Monopoly here is understood in its classical sense as an exclusive privilege granted to a single producer of a commodity or service; i.e., as the absence of “free entry” into a particular line of production. In other words, only one agency, A, may produce a given good, x. Any such monopolist is “bad” for consumers because, shielded from potential new entrants into his area of production, the price of his product x will be higher and the quality of x lower than otherwise.

Second, the production of security must be undertaken by and is the primary function of government. Here, security is understood in the wide sense adopted in the Declaration of Independence: as the protection of life, property (liberty), and the pursuit of happiness from domestic violence (crime) as well as external (foreign) aggression (war). In accordance with generally accepted terminology, government is defined as a territorial monopoly of law and order (the ultimate decision maker and enforcer).

That both propositions are clearly incompatible has rarely caused concern among economists and philosophers, and in so far as it has, the typical reaction has been one of taking exception to the first proposition rather than the second.

Hans-Hermann Hoppe, The Myth of National Defense, Introduction, pp. 3-4

Preguntas

¿Es el Estado malo porque es un monopolio? ¿Son malos todos los monopolios? ¿Tiene sentido hablar de monopolio cuando un agente individual o colectivo produce algo para sí mismo, de modo que no se intercambia en un mercado por problemas de costes o riesgos? ¿Es posible separar las diversas funciones del Estado y analizar cuáles son más o menos importantes, cuáles se realizan de forma más o menos eficiente, cuáles son más o menos legítimas? ¿Es la defensa o seguridad ante agresiones un bien o servicio especial?

Estado malo por monopólico

Un argumento central en la crítica del anarcocapitalismo contra el Estado es que los monopolios son malos, el Estado es un monopolio (el monopolio de la violencia legítima y la jurisdicción sobre un territorio y unos súbditos o ciudadanos), y por lo tanto el Estado es malo. Malo aquí significa que es ineficiente, que lo que produce o proporciona lo hace con peor calidad o más alto precio que si tuviera alternativas en competencia entre las cuales poder elegir: no hace falta recurrir a maldad moral, malicia (intenciones malvadas) o corrupción, factores que pueden agravar los daños producidos por el Estado.

Un problema de este argumento es que puede confundir o mezclar la monopolización de una provisión externa (de algo que se intercambia con otros) con la dirección de la acción colectiva para la provisión propia de un servicio, según cómo se interprete qué es y qué hace el Estado. En el primer caso hay posibilidad de especialización, externalización e intercambio de mercado, pero estos son prohibidos; en el segundo caso hay organización interna mediante toma de decisiones colectivas y comandos. En el primer caso el Estado es el único proveedor legal de ciertos bienes o servicios, prohibiendo la actividad de otros posibles proveedores alternativos; en el segundo caso el Estado es la institucionalización de la identidad de un grupo, el gestor de lo común, el órgano de gobierno (único por necesidad) de la acción colectiva.

El Estado es una entidad compleja y de análisis problemático: parece tener ambas características, de monopolio (que se otorga a sí mismo en múltiples áreas) y de gobierno único porque por su naturaleza y funciones no puede ser de otra manera (un grupo sólo puede tener un órgano de gobierno, aunque esta sea compuesto y complejo).

Los problemas de la acción colectiva (y los asociados entre principales y agentes) son múltiples y pueden ser muy graves, pero no son idénticos a los problemas del monopolio impuesto por la fuerza de la ley.

Monopolio

El razonamiento económico sobre la ineficiencia de los monopolios es sencillo: cuando existen varios proveedores posibles alternativos los compradores pueden elegir a los mejores, a quienes consiguen satisfacer sus preferencias a menor coste, de modo que los vendedores deben esforzarse en mejorar para satisfacer los deseos de sus clientes; si no existe competencia (o la posibilidad de entrada en el mercado), o si esta es débil, esta presión para mejorar desaparece o es menor; el monopolio entendido como un privilegio legal a un solo proveedor elimina o limita la competencia y deteriora la calidad del bien o servicio.

El monopolio puede referirse a que existe un único proveedor en un lugar y momento determinado (por diversos motivos como características del bien o servicio, tamaño del mercado insuficiente o barreras económicas o técnicas de entrada), o a que sólo puede legalmente existir un proveedor debido a un privilegio otorgado por la autoridad competente. El Estado como fuente de la ley es la entidad que establece los monopolios legales. Normalmente el Estado concede monopolios a otros, pero en el caso del Estado como monopolio este se otorga a sí mismo la exclusividad en la provisión de ciertos servicios o la realización de ciertas funciones.

El monopolio legal es malo para los consumidores como compradores o receptores de los bienes o servicios monopolizados; también es malo para los productores o vendedores a quienes se prohíbe su actividad. El monopolio legal es bueno para los monopolistas, que pueden incrementar sus beneficios con menor esfuerzo, reduciendo costes o incrementando ingresos: los aspirantes suelen estar dispuestos a pagar a los gobernantes por el privilegio del monopolio.

El monopolio legal no es malo o subóptimo si los proveedores alternativos son necesariamente peores que el monopolista, de modo que nunca serían elegidos: su eliminación como alternativa no produce ninguna pérdida de eficiencia, e incluso puede permitir ahorrar en costes de búsqueda y selección. Sin embargo puede resultar muy difícil o imposible garantizar que el monopolista es la mejor opción posible: el legislador no conoce las preferencias de los consumidores ni las capacidades de los productores; los receptores de los bienes o servicios pueden tener valoraciones subjetivas diferentes que no pueden satisfacerse por un único productor; y los agentes proveedores (actuales o potenciales) pueden mejorar o empeorar su calidad y precio, lo que llevaría a cambios en la identidad del monopolista ideal.

La posibilidad de la competencia tiene efectos positivos, como servir de acicate para que los agentes intenten mejorar: es esencial para la innovación empresarial. Pero la competencia podría tener también efectos nocivos o costes que un monopolio legal eliminaría, como la duplicación de esfuerzos en tareas que no requieren redundancia o el no aprovechamiento de economías de escala.

Aunque la maldad de los monopolios es generalmente o casi universalmente correcta, es algo que debe precisarse o matizarse: en algunas relaciones comerciales las partes pactan libremente la exclusividad en la provisión de un bien o servicio por un único proveedor, eliminando durante la duración del contrato la posibilidad de escoger otras alternativas; para algunos bienes o servicios su externalización puede resultar ineficiente o de alto riesgo, de modo que en lugar de intercambiar con otros un agente, individual o colectivo, produce por sí mismo y consume ese bien o disfruta de ese servicio (la división del trabajo con especialización no siempre es una buena idea); dado un grupo o colectivo, algunas funciones como su gobierno para la consecución de sus objetivos y el cumplimiento de sus funciones son cuestiones esencialmente internas, de difícil o problemática externalización por problemas de principal y agente; uno de los rasgos esenciales de la libertad es el autogobierno, el no estar sometido a la voluntad de otro.

Relaciones exclusivas

Es normal querer poder tener alternativas entre las cuales poder elegir, pero ciertas relaciones implican una cierta exclusividad, y en algunas circunstancias las alternativas ni siquiera tienen sentido porque el servicio no se externaliza sino que se produce para uno mismo, sea individualmente o de forma colectiva.

En algunas relaciones personales o comerciales los agentes pueden aceptar condiciones de exclusividad, prohibiéndose mutuamente (o una parte a la otra) el recurrir a alternativas: en una franquicia el franquiciado debe comprar ciertos productos solamente al franquiciador (ropa, alimentos); en una distribución en exclusiva una tienda es el único vendedor final de un producto o una marca; en un matrimonio sin poligamia los cónyuges se intercambian promesas de exclusividad o fidelidad sexual; ciertos grupos exigen lealtad y exclusividad a sus miembros, los cuales no pueden formar parte de otros grupos en competencia (mafias, bandas criminales, iglesias); algunas empresas exigen a sus empleados dedicación exclusiva.

Estas relaciones son alianzas cooperativas duraderas entre partes que aceptan ciertas restricciones por los beneficios que obtienen a cambio: seguridad, estabilidad, pertenencia a un grupo, exclusividad mutua (aceptas el monopolio o monopsonio del otro porque el otro acepta los tuyos). Las restricciones contractuales que aceptan las partes involucradas (A y B se comprometen y obligan de forma libre y voluntaria) son diferentes de las imposiciones por terceros (C coacciona a B para que sólo pueda relacionarse con A).

La defensa es especial

La especialización implica relaciones de interdependencia. Si te especializas en algo y no sabes hacer por ti mismo otras cosas que necesitas o deseas, entonces dependes de otros para conseguirlas y estos otros tienen cierto poder sobre ti. Como seguramente ellos están en la misma situación, tú tienes cierto poder sobre ellos. Si puedes elegir entre varias alternativas, cada una de ellas tiene menos poder sobre ti, o tú más poder de negociación sobre ellos.

Se obtiene seguridad por la capacidad de resistir los intentos ajenos de causar daño (seguridad pasiva, como los escudos o murallas, o puramente defensiva), y por la capacidad de causar daños en represalia contra los agresores potenciales.

Con la fuerza sucede algo particular: el panadero, como panadero, sólo puede venderte pan o negarse a hacerlo. El militar, como militar, puede defenderte, no hacer nada, o atacarte. La defensa es especial porque su externalización y cesión a especialistas es muy peligrosa. La defensa requiere la capacidad de utilizar la fuerza, el poder de hacer daño, y este es fácilmente invertible: puede usarse para uno o contra uno, puede defenderte o atacarte. Tu proveedor de seguridad puede transformarse en tu causa de inseguridad. Si un agente puede defenderte, seguramente también puede atacarte. Si tú sólo tienes riqueza y nada de fuerza, y el otro es fuerte, ¿qué le impide utilizar su fuerza para quitarte tu riqueza?

Un individuo o grupo que quiera sobrevivir y prosperar necesita cierta capacidad propia de usar la fuerza para defenderse de posibles ataques. La ayuda de otros puede ser un complemento, pero no la fuente principal de la seguridad. Las alianzas defensivas son posibles, pero en ellas todos los participantes aportan cierta capacidad bélica. Es posible pagar para que otros te defiendan, pero estas relaciones pueden parecerse más a chantajes de los poderosos sobre los débiles que a relaciones voluntarias en un mercado libre.

Los fuertes pueden someter a los débiles y a menudo lo hacen. Esto no sucede, o lo hace en menor medida, si los fuertes se preocupan por el bienestar de los débiles, normalmente porque son sus familiares, sus amigos, miembros de algún grupo por el cual sienten afecto.

Los grupos humanos como unidades de convivencia (igual que muchos grupos animales), y especialmente los más primitivos, como las tribus, son colectivos que consiguen incrementar la capacidad de uso de la fuerza para utilizarla en el ataque o la defensa frente a otros grupos y la caza o protección frente a animales. La defensa es algo que el grupo hace casi exclusivamente para sí mismo: rara vez se externaliza y no suele hacerse para otros. El grupo como agente colectivo actúa o trabaja para sí mismo: su organización económica es de cooperativa de producción y consumo de la defensa.

Dentro del grupo puede haber especialización: no todos luchan (no todos pueden o quieren, otras tareas deben ser atendidas), aunque probablemente todos contribuyen de algún modo (manteniendo a los combatientes, aportando materiales o recursos financieros), y quizás los que lo hacen tienen un estatus social especial o superior (y pueden llegar a abusar de él y convertirse en opresores internos).

El soldado normalmente sólo sirve a su grupo; puede servir a otros grupos si estos son aliados, definiendo así un grupo mayor; el soldado también puede cambiar de grupo mediante emigración o asimilación (un grupo entero absorbido por otro). Cuando el militar sirve al enemigo es un traidor y si es descubierto y capturado será duramente castigado por ello.

Los mercenarios son posibles, pero son más la excepción que la regla: pueden ser un complemento en las labores defensivas pero no el único o principal recurso. Los mercenarios pueden serlo a título individual (un soldado que trabaja para diferentes grupos) o colectivo (un grupo humano especializado en la guerra, como los gurkas).

También son posibles las naciones poderosas o imperiales que proporcionan servicios defensivos a otras: normalmente no se trata de relaciones entre iguales sino que hay dominadores y dominados. Puede suceder que un imperio defienda a naciones ajenas como parte de la defensa propia, simplemente para que no caigan en poder de algún imperio enemigo que así se volvería más poderoso.

Las alianzas defensivas son posibles pero no están exentas de problemas: un aliado puede incumplir su compromiso de ayuda, o ayudar de forma insuficiente, o incluso traicionar la alianza y convertirse en agresor. Para garantizar la cohesión y cooperación militar las alianzas tienden a transformarse en uniones políticas más fuertes.

En el mercado las empresas pueden distribuir sus productos a larga distancia si los costes de transporte son asumibles; sin embargo no todos los servicios son comercializables a larga distancia. Otra propiedad especial de la defensa es su carácter local: las murallas protegen a los que están dentro; los proyectiles funcionan mejor si se lanzan más cerca; los ejércitos no pueden defender a los protegidos si están lejos de ellos o si no controlan el territorio.

Competencia

Si las reglas de la libertad, la propiedad y la no agresión legitiman o no el uso de la fuerza (de la capacidad de hacer daño), esto indica que la capacidad de utilizan la fuerza es un bien especial.

La competencia comercial o profesional en mercados libres, aunque sea contra otros, es una actividad pacífica y legítima: uno se ofrece para servir a otros, para cooperar con otros; es competir para ser los mejores socios o partícipes en relaciones de intercambio y ser así los elegidos por los demás.

Existe también la competencia violenta, la lucha física, el combate para destruir o dañar al otro. La posibilidad del conflicto violento es una realidad biológica y humana. Los grupos humanos (al igual que muchos grupos animales) existen no sólo por la división del trabajo y la especialización, sino por la posibilidad de unir o sumar esfuerzos para tener más capacidad bélica, más fuerza ofensiva, mejores defensas, más potencial de ataque y defensa en relación a otros grupos humanos. La fuerza permite defenderse de otros, pero también conquistar, esclavizar o someter a otros.

En un mundo anarcocapitalista de intercambios de mercado para la defensa se dan ambas formas de competencia: empresas bélicas (ejércitos privados) competirían (se supone que pacíficamente) contra otros ejércitos como oferentes del servicio que consiste en competir militarmente contra potenciales agresores, es decir quizás algunos de esos mismos ejércitos si deciden no respetar las reglas del mercado libre.

Por lo general una pequeña empresa puede competir contra empresas más grandes y vencerlas (o al menos sobrevivir y prosperar) si es más eficiente: su crecimiento reflejará su éxito en el mercado, pero no la hará necesariamente más eficiente. Pero un pequeño ejército (siendo todos los demás factores iguales) será derrotado por un ejército más grande: la competencia militar tiende a generar pocos actores grandes, poderosos, que eliminan físicamente a sus adversarios o los asimilan. En el mercado importa mucho la capacidad o eficiencia relativa; en la guerra importa mucho la capacidad total o absoluta.

Para evitar dañarse mutuamente e incrementar su poder, dos o más ejércitos pueden decidir cooperar en lugar de competir entre sí. Esta capacidad de cooperación puede utilizarse para ser mejores defensores en el mercado, pero también para ser mejores agresores y opresores.

Que los grupos compitan o no violentamente unos contra otros depende de que quieran y puedan hacerlo: que perciban posibles beneficios de la victoria en la guerra en comparación con la paz; las relaciones comerciales y de amistad pueden incrementar los costes o pérdidas de la guerra y así desincentivarla. Una posibilidad problemática es la existencia de un poder hegemónico que impida agresiones entre agentes subordinados: sin embargo este poder dominante puede fácilmente abusar de su posición y convertirse en agresor sistemático.

Los ideales éticos de libertad son difíciles de conseguir en la realidad. Las normas éticas exigen que la defensa esté justifica y sea proporcional. Sin embargo los individuos o grupos, aunque puedan afirmar o creer que su conducta es ética, frecuentemente trampean y tuercen la interpretación de los hechos a su favor: cuando se tiene la capacidad de usar la fuerza es muy probable que se abuse de ella en mayor o menor medida. Además los agentes que contratan servicios defensivos probablemente quieren principalmente que estos sean eficientes y eficaces, y sólo de forma secundaria que cumplan reglas éticas contra potenciales agresores.

Más: réplicas sobre el anarcocapitalismo y sus problemas

Respuesta a Daniel Mondéjar sobre anarcocapitalismo y cuñadismo liberal

Respuesta a José Hernández Cabrera sobre el anarcocapitalismo

Respuesta a Eladio García García sobre anarcocapitalismo y minarquismo


Respuesta a Daniel Mondéjar sobre anarcocapitalismo y cuñadismo liberal

29/09/2016

Según Daniel Mondéjar soy “el cuñado del liberalismo”. Escribiendo en primera persona del plural, como si representara a alguien más no identificado (tal vez a “la gran familia de libertarios y liberales” de la que habla), o como si tuviera cierta inseguridad personal y necesidad de apoyos externos, se refiere a mí como “nuestro cuñado” o “nuestro querido ejemplar de ‘cuñadismo liberal’”. Por si no estuviera claro que se trata del insulto despectivo de moda (algo no muy original) lo aclara explícitamente:

Hablamos de ese individuo vivo, locuaz, que con sus discursos y lecciones ameniza los almuerzos y saraos familiares. Habla por los codos, ¡qué digo codos!, hasta por las rodillas, nudillos y todas las articulaciones del cuerpo humano. Habla mucho, demasiado, tanto que no tiene tiempo de pensar lo que dice y suelta lo primero que se le pasa por la cabeza.

O sea un payaso, un bocazas, un idiota que no sabe de qué habla: ¡cuñaaaaaoooo! Alguien a quien insultas y de quien te burlas al mismo tiempo que aseguras, con displicente superioridad, que lo quieres, como se tiene afecto a un pobre tonto: “nuestro querido cuñado”, “mi querido Capella”, “nuestro querido cuñado Francisco Capella”. Alguien a quien no sabes cómo dirigirte porque mezclas de forma confusa e incoherente la segunda y la tercera persona.

Es interesante que mencione lo mucho que hablo, quizás sin saber que el artículo que critica lo escribí precisamente para no extenderme en los comentarios al debate sobre anarcocapitalismo entre Rallo y Bastos en la Universidad de Verano del IJM: no sé si tiene mucho sentido ser “cuñado” por escrito, sin forzar a nadie a leerte y aguantarte, y sin pretender entretener a nadie con gracietas. También se refiere a reuniones familiares en las que no recuerdo que hayamos coincidido porque no lo conozco de nada. Sin embargo él sí parece conocerme íntimamente a mí, tanto que sabe qué pienso y dejo de pensar cuando hablo o escribo: vive dentro de mi cabeza y yo sin saberlo.

Cree Mondéjar que “Es bien digno que se someta a un microscopio toda la relación de disparates que suelta” Capella, refiriéndose a mi artículo Más problemas del anarcocapitalismo. ¿Bien digno? ¿Qué significa eso? ¿Sabe Mondéjar, que es muy de letras, utilizar un microscopio? ¿Está tan mal de la vista que necesita un microscopio para leer e intentar entender lo que escribo? ¿Tiene la inteligencia necesaria como para detectar disparates? ¿Si es tan importante resaltar todos los disparates que presuntamente suelto, por qué luego solamente analiza seis puntos de los diez que hay según sus propias cuentas? ¿Se cansa con facilidad de su “deconstrucción y análisis”?

Nuestro cuñado analiza detenidamente los argumentos a favor del anarcocapitalismo y todas las críticas que él hace.

A ver si aprendemos a pensar y escribir, sobre todo siendo de letras: no tiene mucho sentido lo de “analiza detenidamente… todas las críticas que él hace”; uno suele escribir (sintetizar, pero no en el sentido de resumir) lo suyo propio y analizar lo que escriben o dicen otros.

Y a ver si aprendemos a leer y entender: en mi artículo no pretendo analizar (todos) los argumentos a favor del anarcocapitalismo, sino justamente aquellos en los que veo problemas y de los cuales me he acordado al escribir el artículo (quizás no estén todos). No es en absoluto un análisis exhaustivo acerca del anarcocapitalismo, sus pros y contras.

Sobre el problema del argumento de que no hay gobierno dentro del gobierno, Mondéjar me da la razón. Pero afirma que “No hay anarcocapitalista serio que critique al Estado diciendo que no existe un Estado dentro del Estado”. O sea que Mondéjar conoce a todos los anarcocapitalistas y sabe cuáles son serios y cuáles no y qué defiende cada uno; o plantea un requisito necesario para ser un anarcocapitalista serio; según él Miguel Anxo Bastos no sería un anarcocapitalista serio. Se trata de la falacia del no true scotsman, y curiosamente nada más cometerla me acusa a mí de construir hombres de paja, falacia que se molesta en explicar por si acaso sus lectores no lo saben (me pregunto quién cree que lo lee).

Según Mondéjar yo hago trampa con este argumento, ya que “lo [hago] pasar por un argumento central del anarcocapitalismo”: realmente no ha entendido que en mi artículo hay, entre otras cosas, una lista de argumentos problemáticos sin ningún orden particular, y sin evaluar si son centrales o no. Pero él necesita inventarse que lo veo como un argumento central, “agresivo, fuerte”, para hacerme el héroe triunfador ante un terrible enemigo: “nuestro cuñado-héroe desenvaina la espada contra el fiero enemigo armado y lo vence”.

Sobre el argumento de que la sociedad extensa funciona sin necesidad e Estado, Mondéjar escribe seis largos párrafos donde explica con cierta erudición qué es el anarcocapitalismo, con algunos ejemplos y defensores, todo ello de sobra conocido para cualquiera que conozca el tema. Se hace un pequeño lío al hablar de “las empresas [que] sería (sic) dueñas de un territorio. Este territorio puede ser a modo de comunidad de propietarios”: una comunidad de propietarios es una entidad jurídica caracterizada por colectivizar el disfrute o gestión de unos bienes y servicios comunes, pero no es una empresa que ofrece bienes y servicios a otros.

Su maniobra tramposa en este caso es de distracción de la atención, hablando un buen rato de algo que no era el asunto a discutir, que es la diferencia entre una sociedad extensa y un grupo específico. Yo había escrito esto:

La sociedad extensa no es lo mismo que un grupo delimitado específico: la sociedad extensa está constituida por una multiplicidad flexible de personas, grupos y relaciones entre los mismos, no tiene un interés común, ni fronteras o barreras de entrada y salida; un grupo tiene un interés común para sus miembros, mecanismos de identificación, límites y barreras de entrada y salida, y algún sistema de gobierno para gestionar sus activos comunes y el cumplimiento de sus funciones. Además un grupo sólo puede tener un gobierno centralizado, no puede tener varios potencialmente en conflicto: por ejemplo una comunidad de vecinos o un club deportivo sólo tienen una junta directiva; la naturaleza única o monopólica del gobierno no es una prohibición ilegítima de la competencia sino un requisito funcional.

Según Mondéjar:

Pues aquí llega Capella y suelta: «la naturaleza única o monopólica del gobierno no es una prohibición ilegítima de la competencia sino un requisito funcional». ¿Por qué? Capella no especifica. Simplemente, lo suelta y se queda tan ancho. ¡Típico de cuñados soltar la frase lapidaria sin un argumentario que lo respalde! A ver, Paco, ¿por qué en un territorio determinado no se podría reunir suficientes condiciones para hacer posible que materialmente haya un libre mercado de ordenamientos jurídicos?

Yo me refiero al gobierno de un grupo con una funcionalidad clara y Mondéjar habla de un territorio (quizás no entiende la diferencia): encima corta por la cara gran parte de la explicación y los ejemplos que según él no existen (o quizás es que no le valen como argumentos y por eso los esconde).

Sobre el argumento de que el Estado no existe resulta que yo tengo razón y Bastos se equivoca. Al final va a resultar que no hay tanto disparate por mi parte.

Sobre el argumento de que no hay o no puede haber ningún contrato para legitimar un Estado, Mondéjar cree que me ando por las ramas (quizás su excusa para no esforzarse en entender y analizar los argumentos) y se inventa que creo que “no es necesario explicitar tal contrato social”, naturalmente sin dar ninguna cita para demostrarlo. Este es un tema complejo (incluye la evolución espontánea de las normas en los grupos y todo el contractualismo ético de Rawls), pero lo despacha rápidamente y sin más asegurando que “tal contrato social no existe ni tan siquiera de forma implícita”.

Sobre el argumento de que el Estado no puede determinar qué cantidad y calidad de servicios de seguridad es óptima, Mondéjar me recomienda de forma paternalista que no use términos absolutos, lo cual naturalmente no he hecho, y luego plantea que los colectivos de defensa sean sociedades por acciones: de nuevo no ve la diferencia entre una comunidad de bienes y convivencia (donde no puedes vender tu participación, como mucho puedes irte) y un grupo de socios que se constituye para un proyecto empresarial de prestación de servicios o producción de bienes para terceros.

Sobre el argumento de que la defensa puede ser proporcionada por mercenarios o por asociaciones de entidades políticamente independientes, Mondéjar afirma estar bastante de acuerdo conmigo, pero luego se lía buscando pegas y hablando de ciudades (las cuales yo he mencionado), ejércitos (igualmente) y su posible carácter privado: menciona que Singapur es una ciudad con un ejército, sí, pero resulta que también es un Estado, no es un territorio privado en absoluto.

No sé si el problema de Mondéjar es la falta de inteligencia o la desvergüenza (o tal vez sí lo sé):

[…] es falso pensar que con anarcocapitalismo no habría ejércitos y solo mercenarios y guerrillas. Por último, una guerra puede justificar una organización central mayor entre unidades. Una guerra puede hacer que diversos territorios se unan en una entidad superior para defenderse. Pero, nuestro Estado actual no está justificado por una guerra exterior. Ahora tú te escondes en una patraña, mi querido Capella.

¿He afirmado yo en algún sitio que con el anarcocapitalismo no habría ejércitos y solo mercenarios y guerrillas? ¿He afirmado yo que el Estado actual esté justificado por una guerra exterior? ¿Y acaso no he escrito yo mismo que la guerra provoca las uniones y organizaciones de mayor tamaño? ¿Dónde está la patraña? ¿Sabe Mondéjar lo que es el fenómeno psicológico de la proyección? ¿Cree el ladrón que todos son de su condición?

En sus conclusiones Mondéjar describe de forma muy simplista lo que para él es el anarcocapitalismo (poder elegir) y vuelve a acusarme de ser responsable de una “burda representación”, que naturalmente él se ha encargado de inventar.

Si entiendes, querido cuñado, que el anarcocapitalismo es la sarta de perversiones del economista Murray Rothbard, entonces sí: ¡por favor, que nos conquisten y nos domine un Estado!

Mondéjar no sólo tiene serios problemas con la inteligencia, el rigor y la honestidad intelectual: además tampoco tiene gracia; pero esto último podría ser una apreciación particular mía, un problema subjetivo de falta de sentido del humor.

O quizás, vaya usted a saber… es él el cuñao.


Respuesta a José Hernández Cabrera sobre el anarcocapitalismo

28/09/2016

José Hernández Cabrera cree que comienzo mal mi artículo Más problemas del anarcocapitalismo porque afirmo que “Independientemente de la corrección o validez de sus ideas, el anarcocapitalismo es una teoría política (o antipolítica) extrema, muy minoritaria, y con un alto porcentaje de fanáticos e ingenuos entre sus seguidores”.

¿Por qué le parece un mal comienzo? Según él:

Mal comienzo sin duda porque la esencia de un debate intelectual, precisamente, es la corrección y validez de los argumentos presentados y no el número de seguidores que tengan ciertas ideas.

No hay duda de que es un mal comienzo: es algo apodíctico, de certeza absoluta; las valoraciones resultan no ser subjetivas. Parece que sólo se puede hablar de las ideas, de su corrección y validez (o incorrección o invalidez), y no de cuánta gente las defiende, qué tipo de gente las defiende, o por qué lo hace: la sociología y psicología de las ideas y la cultura no existen o está mal hablar de ellas; típico de cierto sector austriaco integrista.

No es epistemológicamente aceptable apelar a una pretensión democrática de la verdad, regla que nuestro autor evidentemente olvida cuando se trata de comparar el número de liberales con el de socialistas.

Que Hernández Cabrera pretenda darme lecciones de epistemología me parece un poco atrevido a la par que divertido. Además me acusa de “apelar a una pretensión democrática de la verdad”, lo cual no he hecho en absoluto: se lo está inventando con bastante desfachatez o quizás tiene problemas de comprensión lectora. Lo que he hecho es resaltar que, independientemente de que sus ideas sean verdaderas o falsas, correctas o incorrectas (algo que se analiza en parte luego en el artículo), los anarcocapitalistas son pocos y muchos tienen, a mi juicio por los muchos años que llevo tratándolos muy de cerca, ciertos rasgos de fanatismo e ingenuidad (y no soy yo el único que lo ve así). Y que cuando te equivocas con fanatismo puedes causar graves problemas y quedar en ridículo.

Hace pocas semanas Capella impartió en Málaga una magnífica conferencia TEDx donde afirmaba que la ausencia de libertad –el socialismo– era imposible que funcionara (Mises, 1920), por eso, no entendemos que ahora diga, de otro modo y en otro foro, que un “poquito” de socialismo (minarquismo) sí es posible porque la ausencia total de socialismo (anarcocapitalismo) no es posible. ¿Ustedes entienden esto?

Muchas gracias por su amable buena valoración de mi charla TED. Sin embargo yo no he dicho ni escrito que el anarcocapitalismo no sea posible, ni que el minarquismo sea posible (ni deseable), sino que me he concentrado en ver los problemas que tienen ciertos argumentos de defensa del anarcocapitalismo (como también los tienen los que defienden el minarquismo). En vez de posibilidad o imposibilidad prefiero hablar de dificultades y problemas de implementación concreta.

Además el minarquismo no es un poquito de socialismo: el socialismo es la planificación centralizada y coactiva de toda una sociedad y su economía, la propiedad estatal o pública de todos los medios de producción; el minarquismo sólo insiste en la necesidad de un Estado mínimo para mantener una sociedad ordenada ante ataques externos (defensa) y desórdenes internos (policía, justicia) y defender la propiedad privada y el cumplimiento de los acuerdos contractuales. Hernández Cabrera busca una contradicción donde no la hay.

Cuando di esa misma charla con más calma y tiempo en la universidad de verano del IJM le pedí a la gente que se fijara en un tema importante sobre la oposición o las pegas a la libertad que yo intencionalmente no iba a mencionar pero que es importante: nadie lo vio, o al menos nadie dijo nada al respecto, y es el tema de los bienes públicos, entre los cuales está o puede estar la defensa y el aparato estatal mínimo que los minarquistas insisten que es necesario para el mantenimiento del orden, la gestión de lo común y la provisión de los bienes públicos necesarios.

A la pregunta de si ustedes entienden esto, espero que esos lectores inteligentes que el Herald Post dice tener contesten que sí: una charla TEDx se da en 18 minutos a gente que quizás no haya oído hablar del liberalismo con ninguna profundidad, ni de por qué el socialismo no puede funcionar; una conferencia o un artículo en el Instituto Juan de Mariana tienen otra extensión y otro público con una formación y un contexto compartido muy diferentes.

De todos modos cuando Hernández Cabrera dice que él no entiende algo, yo le creo: quizás deba estudiarlo y pensarlo un poco mejor. Lo que me resulta extraño es que use la primera persona del plural para afirmar que son varios los que no lo entienden: ¿en nombre de quiénes más escribe?; ¿o está simplemente usando un plural mayestático para aparentar que no es él solo quien escribe y no entiende?

Apelando al argumento de Thomas Hobbesel hombre es un lobo para el hombre– Capella opina que el monopolio de la violencia estatal es un mal menor que debemos asumir y, por ello, algunos sectores económicos como Defensa, Seguridad y Justicia deben seguir en manos de un “Gran Lobo” que es más fiable que muchos pequeños lobos actuando libremente en el mercado.

¿Podría Hernández Cabrera señalar alguna cita o referencia mía en la que me base en Hobbes y apele a ese argumento y mencione a los lobos grandes y pequeños? Seguramente no puede porque se lo está inventando, igual que se inventa que yo opine que “la violencia estatal es un mal menor que debemos asumir”. Esa frase es muy distinta de esta otra que tiene más sentido: “tal vez (hipótesis, posibilidad a estudiar, o sea algo no apodíctico) el Estado es un mal menor necesario para sobrevivir como grupo en ciertas circunstancias”. De nuevo esto es un síntoma de serios problemas de comprensión lectora o de construcción de hombres de paja.

Continúa Hernández Cabrera diciendo que no va insistir en “la endeble teoría samuelsoniana de los bienes públicos, externalidades y free riders” como justificación de la existencia del Estado. Sin embargo que esas teorías tengan problemas, que los tienen, no quiere decir que sean totalmente inválidas, que no lo son, y tampoco que los argumentos a favor del anarcocapitalismo no tengan ningún problema, que los tienen. Es interesante cómo repite el ejemplo anecdótico de los fuegos artificiales como si con él se invalidara el asunto de los bienes públicos en todos los casos, al tiempo que evita cuidadosamente tratar específicamente el tema de la defensa… ¡cuando él es o ha sido militar profesional!

Especialmente preocupante es esta frase:

… si la gente demuestra cooperar económicamente, al margen del free rider, en asuntos poco relevantes para su vida, ¿por qué no habría de cooperar en otras cuestiones vitales?

¿Por qué me das una pequeña limosna pero no toda tu riqueza? ¿Por qué me ayudas a llevar esta maleta unos metros pero no con la mudanza de toda la casa al extranjero? ¿Por qué será que salimos con mucha gente pero nos casamos con muy pocos? ¿Por qué te asocias conmigo para un pequeño negocio pero no para uno mucho más grande?

¿Quizás porque los problemas de posibles riesgos, beneficios y costes son muy diferentes? ¿Porque una cosa es dar un poco de dinero y otra jugarte la vida? ¿Porque no se trata de si cooperar o no, sino de qué reglas, sistemas o instituciones de cooperación se usan según las circunstancias, si descentralizados y espontáneos o centralizados y planificados, y cuál es mejor en cada caso?

Sigue Hernández Cabrera protestando (methinks too much):

Lo que resulta inadmisible del artículo de Capella es su elenco de descalificaciones, algo impropio de quien imparte clases de comunicación de las ideas. Es una falacia ad hominem calificar a los ancaps como un grupo de “radicales”, “fanáticos”, “ingenuos”, “fundamentalistas”, “integristas” y “adolescentes inmaduros”.

Antes lo que yo hacía era “epistemológicamente inaceptable”: ahora es inadmisible e impropio; no es que no le guste a él de forma particular y subjetiva.

Me temo que Hernández Cabrera no domina lo que es una falacia ad hominem. Tampoco ha interpretado con cuidado lo que digo de “un alto porcentaje de fanáticos e ingenuos entre sus seguidores” (del anarcocapitalismo): esto obviamente no los incluye a todos, como él parece sugerir, así que cualquiera puede asegurar que él no es de esos o simplemente que no comparte mi opinión. Lo de fanáticos no es necesariamente ningún insulto o descalificación: es simplemente alguien muy apasionado y entregado a algo; igual que lo de radical (que además aparece como adjetivo calificativo de la idea de anarcocapitalismo), que yo lo soy sin duda en muchas de mis ideas. Lo de ingenuos sí que pretende expresar que hay bastantes cosas de las que no se dan cuenta, como él mismo demuestra. Lo de adolescentes inmaduros es una descripción a mi juicio acertada de mucha gente a quienes les falta eso, madurar, desarrollar los lóbulos frontales ejecutivos y reflexionar de forma crítica e imparcial. El integrismo y el fundamentalismo los veo a menudo y llevo muchos años en esto: y no soy el único que los ve y critica.

El anarcocapitalismo, como decía Rothbard, no es otra cosa que llevar los principios de libertad, propiedad y no agresión hasta sus últimas consecuencias lógicas.

Sí, esto es muy obvio, pero conviene hacerlo bien y reconocer sus problemas y limitaciones. Y no sólo usar esa presunta lógica universal e infalible (la misma que lleva a Rothbard, Hoppe, Huerta de Soto y Bastos a la monumental pifia de la crítica a la reserva fraccionaria de la banca), sino también el sentido común, la crítica reflexiva y la observación de la realidad.

Vuelve a equivocarse Capella apelando a una supuesta evolución positiva del pensamiento que discurre desde posturas radicales hacia otras más equilibradas, como si ello fuera sinónimo de “progresismo” intelectual o como si la verdad estuviera en algún sitio intermedio entre ideas opuestas. El hecho es que muchos ancaps no lo fueron en sus tiempos mozos y sólo abrazaron la anarquía de mercado en su madurez intelectual, tal ha sido el caso de Rothbard, Hoppe, Huerta de Soto y Bastos, entre otros. Capella presume de haber “evolucionado” hacia la sensatez y de haber influido (tal vez) en Rallo en este sentido.

Parece obsesionado Hernández Cabrera en conseguir demostrar lo mucho que me equivoco, para lo cual no duda en inventarse lo que haga falta. El pensamiento humano puede mejorar o empeorar con el tiempo, y puede hacerlo radicalizándose o moderándose. Alguna gente madura con la edad, otros chochean o tienen crisis de segunda adolescencia. Yo no presumo de mi evolución o desarrollo (reconocer que uno se ha equivocado tiene su parte de humillación), sino que informo de los problemas que voy viendo, de las cosas que voy aprendiendo, y me critico a mí mismo si hace falta: y sí que me parezco a mí mismo bastante sensato en un ambiente en el que abundan las insensateces no corregidas y la repetición de mantras tópicos irreflexivos y superficiales.


Respuesta a Eladio García García sobre anarcocapitalismo y minarquismo

28/09/2016

Eladio García García cree que Rallo y yo acertamos al criticar al anarcocapitalismo, pero que tampoco tenemos razón al ser anarcocapitalistas “pragmáticos”. Su artículo sirve como ejemplo de la debilidad de los argumentos de algunos críticos del anarcocapitalismo.

Eladio piensa de forma excesivamente simple y rígida y se expresa mal con frecuencia (seguramente por escribir deprisa y no revisar de forma crítica y cuidadosa). Presume de practicar la metafísica (según él como antídoto del cientismo) y cree que en el ámbito de las ciencias sociales sólo vale la lógica, la deducción a partir de principios axiomáticos autoevidentes, lo que de forma ingenua confunde con la filosofía, como si la filosofía fuera eso y solamente eso.

En su forma de pensar y escribir Eladio suele ofrecer clasificaciones definitivas con pocos criterios independientes y complementarios que resultan en particiones únicas, perfectas y completas del mundo sin problemas de límites, matices o interpretación: son categorizaciones que atraen a la mente por su simplicidad y aparente perfección, pero peligrosas porque ocultan o ignoran sus propios defectos y no suelen considerar alternativas posibles.

A Eladio le gustan las expresiones grandilocuentes, rotundas, tajantes, apodícticas: presenta el mundo como blanco y negro, sí o no, todo o nada, verdadero o falso. O filosofía o ciencia; o lógica o empirismo; o deducción u observación. Son alternativas excluyentes, no pueden ocurrir juntas: o esto o lo otro, pero no las dos cosas a la vez y nada en medio. Se trata de una lógica proposicional muy elemental que ofrece una sensación de certeza y solidez: si el mundo real es más complicado, que se fastidie la realidad.

Nos pone como ejemplo a Rallo y a mí, como anarcocapitalistas pragmáticos (mejor sensatos), de todos los males cientistas, cientifistas o cientificistas: según él somos obsesos maniacos de la ciencia. No se da cuenta de que está proyectando su manía y obsesión por lo que él llama filosofía: ya se lo he explicado en más de una ocasión, pero da igual.

Sus acusaciones a menudo son ridículas: si afirmo que “tal vez no exista una respuesta clara a cuál de los dos sistemas funciona mejor” (anarcocapitalismo o minarquismo), él detecta un tufillo cientista a “investigación progresiva y siempre inacabada”. Sin embargo un análisis más “científico” (¿cientista?) propondría algún tipo de métrica o criterio cuantitativo y no meramente lógico para evaluar ambos sistemas y obtener alguna respuesta numérica, algo que podría ser interesante pero yo no hago: planteo una posibilidad de que no haya una respuesta clara precisamente porque veo que a ambos lados del debate hay mucho ingenuo que tiene respuestas muy claras con argumentos muy flojos; si la respuesta no está clara habrá que seguir investigando en lugar de creer, como buen fanático sectario, que el tema está cerrado y ya sabemos todo lo necesario.

Más ejemplos de mala expresión o argumentación:

Según él para la Escuela Austriaca de Economía “la oposición al socialismo [es] la única justificación lógica que da sentido y coherencia a todos sus argumentos”. O sea que la EAE sólo tiene sentido por aquello a lo cual se opone (el socialismo), y no tendría justificación lógica ni coherencia interna sin ese factor externo: la EAE no puede ser autoconsistente, necesita al socialismo (o al menos la idea del socialismo) como apoyo o muleta para sobrevivir y significar algo.

Si no podemos actuar sobre la sociedad empíricamente…

¿Qué es eso de “actuar empíricamente”?

… se empeñan continuamente en aplicar el análisis fáctico a todos los órdenes del conocimiento.

O sea que mejor no analizamos los hechos: analicemos lo que no son hechos, lo que no es real o lo que es meramente ideal (yo solo en mi mente con mis ideas me siento tan bien sin necesidad de tocar el mundo real…).

Para un cientista solo existe una vía al conocimiento, la vía inductiva y empírica.

O sea que ni Rallo ni yo somos cientistas (aunque nos acuse de ello, que está muy feo), porque también utilizamos a menudo la lógica y la deducción, como seguramente sabe porque nos ha leído aunque quizás no comprendido.

En mala hora aseguró Capella que hay que contemplar todas las jerarquías y circunstancias de una sociedad, si luego se olvida de la categoría epistémica que mejor define a la Escuela Austriaca de Economía, aquella que describe también una buena parte de la realidad: los axiomas y el deduccionismo austriaco que desarrolla los mismos.

Aquí mezcla jerarquías de organización y agregación y circunstancias concretas con las herramientas lógicas de los axiomas y deducción, que es a donde siempre quiere ir por el amor maniático obsesivo que les tiene.

…[Capella] es incapaz de aplicar estas reflexiones al ámbito de la epistemología y el anarquismo, evaluando de la misma manera las dos posibilidades que tenemos de conocer la realidad y ordenar la sociedad, la inducción científica y la deducción filosófica, la que analiza hechos complejos y se aplica en demostrarlos fácticamente, y la que parte de hechos sumamente sencillos y necesarios, que no tienen alternativa y que por tanto no requieren de ningún probatorio.

Cualquier cosa que se diga, cualquier tema que se estudie, Eladio no está contento si no hacemos un análisis metodológico que distinga claramente la inducción científica de la deducción filosófica; y según él esto último es lo único válido en este ámbito. ¿Por qué? Esencialmente porque sí, porque lo dice él.

Capella aplica el criticismo (o cretinismo) científico a todas las formas de gobierno, tanto si se trata de anarquismo como si se trata de minarquismo. Lleva el método científico a todas las áreas del pensamiento; todo está sujeto a revisión permanente. De lo que no se da cuenta es que el minarquismo representa precisamente esa solución política que él pospone para dentro de cien años.

Cuando escribí mi artículo no pensé que estaba haciendo crítica “científica” sino simplemente criticando unos malos argumentos y mostrando sus problemas, combinando lógica y observación. Pero a Eladio le molesta que lo científico invada ámbitos donde según él no puede entrar. Se inventa por la cara lo de posponer la solución cien años. Y efectivamente es difícil que me dé cuenta de cosas que… no son ciertas.

Los problemas que entraña la falta de gobierno central solo pueden subsanarse con la instauración de un gobierno central.

Aquí haría falta algo más de detalle en el análisis. Tal vez algunos problemas de la falta de gobierno central no tienen solución, o se agravan con el gobierno central.

Y los problemas que resultan del gobierno central solo pueden corregirse limitando al máximo las funciones del mismo.

¿Y eso cómo se consigue? ¿Cuál es ese límite máximo o mínimo al que hay que llegar? ¿Cómo sabemos si lo hemos alcanzado o si nos hemos excedido?

El minarquismo es la única teoría verdaderamente inclusiva, la única que es consciente de los problemas que existen a uno y otro lado del espectro ideológico, y la única que aboga por una solución intermedia, que repare ambos tipos de problemas, haciendo uso de todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición, permitiendo el libre mercado allí donde este opera mejor, y reservando algunas funciones claves para el Estado, concretamente aquellas que desempeñan un papel colectivo insustituible, la garantía de los derechos individuales y la defensa del territorio y el marco institucional que sirven para poner en práctica esos derechos.

¡Viva el minarquismo, que es lo más grande! ¡El minarquista es el único consciente, el que lo repara todo de forma realista! Suena todo muy bien, pero: ¿quiénes son los individuos que forman parte de cada Estado?; ¿por qué unos sí y otros no?; ¿qué territorio corresponde a cada Estado?; ¿por qué los minarquistas evitan sistemáticamente contestar a estas sencillas preguntas?

Resulta absurdo que Capella reivindique el valor de contemplar adecuadamente todos los niveles jerárquicos y todos los problemas, y luego ponga en igualdad de condiciones al anarquismo y al minarquismo, toda vez que el primero manifiesta un grave déficit de soluciones, mientras que el segundo intenta poner en práctica todos los arreglos posibles, los que resultan de la acción en el nivel individual y los que avienen con el ordenamiento común y la jerarquía general.

Pero es que yo no he puesto en igualdad de condiciones al anarquismo y al minarquismo, de hecho mi artículo se concentra en criticar argumentos flojos o erróneos en favor del anarcocapitalismo, pero parece que Eladio me exige que reconozca la según él indudable superioridad del minarquismo.

El único sistema capaz de optimizar al máximo las energías de una sociedad capitalista es el sistema minarquista. Esta es una afirmación invariable que no depende de demostración alguna.

En un periódico esto aparecería como contenido patrocinado o directamente publicidad; en una película de esas con pretensiones sería el mensaje del autor. Mensaje invariable (es verdad que Eladio parece incapaz de cambiar de idea aunque se lo expliques) y que no depende de demostración alguna: o sea que porque sí, vamos.

Parece evidente que no acaban de entender la diferencia que existe entre filosofía y ciencia.

Yo sí la entiendo, e intento hacer ambas… bien.

La minarquía por tanto es el único sistema que contempla esa división esencial que distingue los fenómenos complejos, que no pueden dirigirse de forma centralizada y que dependen en cualquier caso de los gustos, los experimentos, las acciones y las decisiones de los particulares, de aquellos otros hechos que son tan claros y necesarios que constituyen las condiciones de posibilidad de todo el sistema, y que por tanto deben estar representados y asegurados por un único órgano central, al que llamamos gobierno limitado o estado mínimo. La minarquía es la única solución al problema del gobierno, la única que da muestras de alcanzar una mayor operatividad y optimización, la única interpretación de la realidad que tiene en consideración todos los niveles jerárquicos, todos los grados de complejidad, todas las formas posibles de gobernabilidad, y todas las heurísticas del conocimiento.

Por si no había quedado todo claro, vamos a repetirlo con rotundidad y firmeza; no mencionemos ni estudiemos un poco en serio los problemas que pudiera tener el minarquismo. La minarquía es única y además es la mejor.

… la justificación del liberalismo y la ética política que éste avala, solo hallarán una defensa definitiva si consiguen demostrar la íntima relación que les une con los principios mas básicos de la realidad, los cuales solo encuentran asiento en el interior de las formaciones kársticas que dibuja el terreno de la filosofía.

Bajo todo y sobre todo, filosofía, con las formaciones kársticas dibujando su terreno… ¿Se molesta Eladio en leer lo que escribe? A mí me fascinan las formaciones kársticas, pero no creo que sean una buena metáfora (dejo como ejercicio el por qué).

Es este cientismo una enfermedad tan extendida en la población que afecta incluso a la casta mejor preparada, la de los liberales austriacos, aquellos que tienen en sus manos unos argumentos filosóficos impecables, el sistema axiomático de Mises y Rothbard, la alternativa al historicismo, el cientismo, y el constructivismo social.

Rallo y yo estamos muy bien preparados pero estamos enfermos: necesitamos la medicina del sistema axiomático austriaco. Cree el loco que todos los demás están locos. Tal vez incluso cree que no conocemos o dominamos los “axiomatismos” austriacos.

La minarquía aporta todas las soluciones posibles al problema, es una visión del mundo más acertada, completa e inclusiva. Los problemas que resultan de la falta de gobierno se solucionan con un Estado mínimo, y los problemas que nacen del exceso de gobierno se amortiguan también con un Estado controlado y pequeño. Además, la minarquía es la única teoría política realmente consecuente con los principios axiomáticos, precisamente aquellos que definen a la escuela austriaca de economía.

La gente suele creer que las cosas son más verdad si aparecen repetidas, así que repitamos.

Este artículo de Eladio García García me sirve como ejemplo o evidencia (obviamente anecdótica y parcial) de que la Escuela Austriaca de Economía, en su versión más lógica apodíctica integrista, es como un agujero negro que captura a la gente y no la deja escapar: tiene una serie de mantras tópicos que se repiten para tranquilizar al individuo; es imposible no tener razón si deducimos a partir de axiomas necesarios autoevidentes y sin alternativas posibles; nos importa más decir algo estrictamente verdadero y cierto, aunque sea muy simple y genérico, que complicar el modelo teórico para que sea más preciso, específico y realista; y si nos equivocamos, en lugar de reconocer nuestro error lo repetimos de forma más rotunda.

Una vez que tienes ciertas ideas (o que esas ideas te tienen a ti) cuya solidez es infinita e indudable, lo demás es poco relevante. La lógica pasa de ser necesaria (no contradecirse, construir teorías consistentes) a ser suficiente: es lo único válido y además es omnipotente.

Eladio menciona la posible soberbia del científico y los graves problemas que puede causar cuando se equivoca. Sin embargo, aunque es posible que la ciencia cometa excesos al estudiar la sociedad, esto no significa que la ciencia no pueda utilizarse en absoluto para estudiar la sociedad. Sobre todo si por ciencia entendemos pensar, observar, experimentar, medir, contar, criticar, modelizar, siendo consciente de las limitaciones e imperfecciones de todas esas actividades.

Eladio acusa a quienes invocan “la unilateral defensa del empirismo como única herramienta de análisis y monopolio de la razón”. Pero no da ningún ejemplo, no aclara a quién en concreto se refiere; además hace trampa porque no creo que haya nadie que defienda que el empirismo sea la única herramienta de análisis (además de observar suele ser necesario pensar, teoría e historia van de la mano); y de nuevo no está claro qué es eso de que el empirismo sea el monopolio de la razón cuando normalmente empirismo y racionalismo son doctrinas opuestas.

Eladio propone una caricatura del científico “consagrado a la tarea de manipular las muestras que tiene delante de sus narices y que ha preparado él mismo para invocar alguna función concreta”. Sin embargo no está muy claro qué es eso de “invocar alguna función concreta”, si es que significa algo; algunos científicos manipulan muestras, pero otros analizan muestras preexistentes (sólo observan, no experimentan) o generadas por otros científicos; las muestras utilizadas no siempre están delante de las narices, sino que a veces están muy lejos (astrofísica, cosmología).

Según él la sociedad no puede estudiarse de forma científica, porque “es un sistema altamente complejo”. Supongo que entonces las sociedades no humanas tampoco pueden estudiarse de forma científica porque son órdenes complejos (y la sociobiología no sería científica); y el ser humano como sistema complejo tampoco puede estudiarse de forma científica. La psicología y la medicina tampoco son ciencias, y no existen las ciencias de los sitemas complejos.

Una recomendación final: lean también la crítica devastadora que le hace Ismael Rodríguez en los comentarios al artículo. Y recuerden que, aunque no lo parezca, Ismael y yo somos amigos de Eladio. A mí Eladio me cae muy bien, me hizo una entrevista muy jugosa, muestra interés por lo que investigo y escribo, y él mismo intenta construir una integración entre ciencias naturales y ciencias humanas y sociales parecida a la que yo mismo estoy intentando.


Más problemas del anarcocapitalismo

11/08/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El debate sobre el anarcocapitalismo entre Juan Ramón Rallo y Miguel Anxo Bastos en la Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana de 2016 me ha sugerido diversas reflexiones.

Independientemente de la corrección o validez de sus ideas, el anarcocapitalismo es una teoría política (o antipolítica) extrema, muy minoritaria, y con un alto porcentaje de fanáticos e ingenuos entre sus seguidores.

La eliminación total del Estado como solución a los problemas sociales es una propuesta claramente radical, de máximos, no precisamente moderada: es una idea para rebeldes inconformistas, o para quienes buscan llamar la atención, y no es apta para grandes masas de la población que quizás prefieren refugiarse en posiciones más centradas, normales y populares, quizás sin pensar mucho al respecto.

Si los liberales somos pocos, la cantidad de anarcocapitalistas es aún menor: algunos ni siquiera se ven como liberales (como Jesús Huerta de Soto y muchos seguidores), y parecen orgullosos de ser los más fundamentalistas, integristas, selectos y fieles luchadores en la defensa de la libertad, la punta de lanza en la batalla de las ideas; los demás quizás son cobardes o acomodaticios.

El anarcocapitalismo parece una señal costosa de reputación, estatus, integridad y lealtad a la causa de la libertad: “yo soy más ancap que tú y que nadie”. Sin embargo este coste a menudo sólo consiste en declaraciones verbales altisonantes que parecen más poses teatrales histriónicas que llamadas auténticas a la revolución real contra el sistema y el orden establecido.

La mención del “Estado pequeñito” del minarquismo es objeto de humor, que puede ser muy sano (sobre todo con el acento gallego y la voz y los gestos de una persona brillante y bondadosa como Bastos), pero también es peligroso porque esto es un asunto muy serio y las risas y las burlas pueden usarse para no pensar y no contestar a las críticas: una de las funciones evolutivas del humor y la burla es cohesionar a los miembros de un grupo contra otros que son enemigos y no merecen respeto o miedo.

Además de fanáticos muy entusiasmados, muchos anarcocapitalistas me parecen ingenuos porque no ven los problemas que tienen sus ideas y no se dan cuenta de la debilidad de sus argumentos: además si se lo explicas seguramente les dará igual (sesgo de confirmación, negativa a reconocer errores, incapacidad de aprender) y repetirán los mismos tópicos año tras año, sin revisarlos o matizarlos (esto no es algo exclusivo de los ancaps, los objetivistas hacen esencialmente lo mismo, que es repetir una y otra vez un credo bastante dogmático). Aunque tus argumentos sean flojos, los repites porque te gustan, son los que conoces y los que otros fieles de tu misma parroquia esperan oír.

Es normal que muchos pensadores vean desde fuera al anarcocapitalismo y al objetivismo como enfermedades juveniles propias de adolescentes inmaduros (y que pueden superarse con la edad y la reflexión), ya que muchos de sus defensores se comportan como tales.

Creo que hay esperanza y que es posible ser anarcocapitalista sensato: verlo con simpatía, entender sus fortalezas como ideal deseado y sistema de ideas, pero estar dispuesto a investigarlo y criticarlo de forma objetiva y desinteresada, sin dejarse llevar por el fanatismo, sin ponerse orejeras, sin defenderlo a toda costa negándose a reconocer sus problemas y limitaciones.

Con los años yo he ido matizando mi postura conforme veía algún problema con los argumentos que suelen utilizarse para defender el anarcocapitalismo. Creo que Juan Ramón Rallo ha hecho lo mismo y ha seguido un proceso parecido, quizás por debates que hemos ido compartiendo a lo largo del tiempo: ha madurado mucho, ha aprendido y ya no defiende algunas de las cosas que con mucha firmeza utilizaba como argumentos contra algunos oponentes cuando era más joven. Dejo como ejercicio para los lectores la exploración arqueológica en antiguos textos y el descubrimiento de estos deslices de juventud.

Siendo el anarcocapitalismo una idea tan extrema, querida por algunos fanáticos y tan fácil de rechazar por la mayoría, conviene que los argumentos que se usen en su defensa sean muy rigurosos y sólidos, lo que a menudo no es el caso. Critico a continuación algunos argumentos típicos: que los gobernantes no utilizan un gobierno centralizado para coordinarse a sí mismos (no hay Estado dentro del Estado); que la sociedad extensa funciona sin necesidad de Estado; que el Estado no existe, que es una ficción, y en realidad sólo hay individuos; que no hay o no puede haber ningún contrato para legitimar un Estado; que el Estado no puede determinar qué cantidad y calidad de servicios de seguridad es óptima; que la ausencia de Estado puede hacer más difícil el ser conquistados por un atacante externo; que la defensa puede ser proporcionada por mercenarios o por asociaciones de entidades políticamente independientes; que la seguridad es un concepto confuso que se refiere a cosas distintas (guerra, salud, accidentes); que muchos problemas de bienes públicos o no existen o tienen solución no estatal; que el minarquismo tiene muchos problemas.

Conviene distinguir entre el Estado como unidad política constituida por unos ciudadanos, un territorio y unas leyes e instituciones, del Estado como aparato que gobierna de forma monopólica y centralizada a dicho colectivo (políticos, burócratas, funcionarios). Es cierto que los gobernantes no utilizan un gobierno para dirigirse a sí mismos, del mismo modo que el cerebro no tiene un minicerebro que lo controle. Pero esto no significa que el Estado como gobierno central monopólico sea prescindible siempre, sino que su existencia depende de ciertas circunstancias como la escala o tamaño del sistema y la complejidad de la tarea de coordinación: unas pocas personas pueden cooperar para un objetivo común sin necesidad de instaurar un mando superior; unos pocos grupos o naciones pueden convivir sin necesidad de un imperio que los gobierne. Cuando es necesaria una jerarquía de control esta puede tener varios niveles de mando (departamentos en una empresa, organización territorial subsidiaria de una nación), con cada nivel coordinando y supervisando a los inferiores, pero al ser una estructura finita el nivel superior necesariamente no tiene nada por encima.

La sociedad extensa no es lo mismo que un grupo delimitado específico: la sociedad extensa está constituida por una multiplicidad flexible de personas, grupos y relaciones entre los mismos, no tiene un interés común, ni fronteras o barreras de entrada y salida; un grupo tiene un interés común para sus miembros, mecanismos de identificación, límites y barreras de entrada y salida, y algún sistema de gobierno para gestionar sus activos comunes y el cumplimiento de sus funciones. Además un grupo sólo puede tener un gobierno centralizado, no puede tener varios potencialmente en conflicto: por ejemplo una comunidad de vecinos o un club deportivo sólo tienen una junta directiva; la naturaleza única o monopólica del gobierno no es una prohibición ilegítima de la competencia sino un requisito funcional.

El gobierno del Estado es algo más o diferente de las personas que forman parte de él, de forma semejante a como un ser humano es algo más o diferente de sus células o átomos constituyentes. No es Fulanito Pérez quien te confisca tu propiedad con los impuestos, sino que es una persona que ejerce como ministro de Hacienda, un cargo que existe más allá del sujeto específico que lo ocupa o desempeña en cada momento, y que implica una autoridad especial, unos derechos y deberes que no tienen otros individuos.

Que las ideas que se utilizan para legitimar al Estado sean ficciones o falacias no significa que el Estado en sí mismo no tenga existencia real más allá de los individuos. Hay tres entidades: los individuos, el Estado como asociación y gobierno de esa asociación, y las ideas (correctas o incorrectas) utilizadas para defender la justicia de la asociación y facilitar su funcionamiento; igual que en la religión hay tres entidades, el creyente individual, la iglesia o comunidad de creyentes con una jerarquía eclesiástica, y el ámbito sobrenatural como conjunto de ideas imaginarias falsas pero funcionales por su utilidad para cohesionar al colectivo.

Si el Estado no existe, el Estado no ha hecho nunca nada malo, no ha matado nunca a nadie y no hay razón para criticarlo y oponerse a él: han sido personas individuales, en los ejércitos todos casualmente vestidos igual, que han matado a otros individuos también vestidos igual entre ellos pero con un uniforme diferente a los primeros.

La legitimación contractual del Estado es muy difícil pero tal vez no sea imposible, y por otro lado puede tener un problema de interpretación. Es ingenuo pretender que el Estado resulta de unos individuos inicialmente autónomos y con derechos de propiedad definidos que en un momento dado deciden asociarse contractualmente: probablemente lo que sucede históricamente es que unos individuos viven en un grupo cohesionado, con normas más o menos formales, que al crecer y hacerse más complejo va formalizando progresivamente sus normas de convivencia, sus objetivos compartidos y sus criterios de pertenencia. La proclamación de una ley fundamental o constitución para una nación o grupo humano no es algo que suceda de repente y a partir de la nada, sino que puede ser la culminación de un proceso gradual de cohesión social. En ciertos casos la permanencia en un grupo puede entenderse como una aceptación tácita de las normas de dicho grupo: si el colectivo está constituido de forma legítima, es el individuo que no está de acuerdo quien debe abandonarlo en lugar de imponer cambios no deseados a los demás.

Un contrato implica un compromiso voluntario libremente adquirido y una formalización explícita del mismo. Las relaciones y asociaciones humanas no son totalmente informales o plenamente formales, sino que presentan diversos grados de formalidad según sus necesidades: la formalización es costosa y puede tener consecuencias no deseadas; puede emerger de forma gradual e imperfecta, como en el caso del derecho evolutivo. Los compromisos explícitos pueden servir para aclarar a todas las partes cuáles son las reglas y roles de cada individuo y qué se espera de ellos, pero también existen expectativas de sentido común y usos y costumbres tácitos e informales.

Es cierto que el Estado, como entidad ineficiente que es por sus problemas de información, incentivos y corrupción, no puede determinar qué cantidad y calidad de servicios de seguridad es óptima según las valoraciones subjetivas personales. Pero esto tampoco se resuelve por individuos produciendo, comprando y vendiendo en el mercado, porque la defensa es un bien especial que suele proporcionarse y recibirse de forma colectiva, en forma de cooperativa de producción y consumo. Cuánta defensa obtener y cómo conseguirlo es un problema de decisión y acción colectiva: las preferencias y capacidades de los individuos deben agregarse de algún modo para producir una única solución global, y este proceso puede resultar muy problemático. Los intercambios libres y voluntarios permiten conocer las preferencias de los individuos y la posibilidad de competencia fomenta la eficiencia, pero en algunos ámbitos no son posibles ni las decisiones puramente individuales ni la existencia de alternativas simultáneas en competencia entre las cuales elegir. Además las preferencias existen aunque no se manifiesten en elecciones individuales: puede haber individuos insatisfechos con los servicios de seguridad recibidos (por escasos o excesivos), pero también puede haber individuos que reciban grandes beneficios a costa del sacrificio de otros; y todo el mundo puede mentir en sus declaraciones verbales al respecto.

Para garantizar su supervivencia tal vez los grupos deban tender a excederse en sus gastos de defensa y no arriesgarse y quedarse cortos: existen países sin ejército, o comunidades pacifistas que renunciar al uso de la fuerza, pero pueden estar protegidas por alguna otra comunidad o corren el riesgo de ser invadidas y conquistadas o destruidas. En un entorno primitivo, sin posibilidad de pedir ayuda a aliados, un grupo incapaz de defenderse de forma efectiva seguramente será aniquilado, esclavizado o asimilado en otro.

Puede parecer irracional no renunciar a la defensa de ciertos territorios marginales y de escaso valor, como la isla de Perejil. Pero en las relaciones de competencia bélica (real o potencial) a menudo es necesario producir señales honestas costosas de que estás dispuesto a defenderte de cualquier ataque para así evitarlos. Ciertos actos son importantes por su carácter simbólico, por lo que representan, por cómo definen el carácter y la reputación de quien los lleva a cabo.

La existencia de un gobierno central podría hacer más fácil la conquista de un territorio si el enemigo consiguiera hacerse con el control de dicho gobierno y se aprovechara del aparato jerárquico organizado para el mando y de la costumbre de obedecer de los ciudadanos. Sin embargo este argumento olvida considerar que la propia organización centralizada puede hacer mucho más difícil la invasión externa y la victoria del enemigo: sin ejército organizado la posibilidad de defensa efectiva es muy pequeña, y si no existe aparato de gobierno este puede organizarse e imponerse por los invasores. Si no logran capturar un gobierno local establecido tal vez los invasores simplemente se marchen, pero también es posible que se dediquen al pillaje, a la violación y al asesinato antes de marcharse. Algunos territorios y grupos humanos no son invadidos y pueden vivir sin Estado porque no interesa a nadie conquistarlos: viven en zonas de difícil acceso, pobres, marginales.

Las guerrillas o grupos espontáneos de lucha suelen ser más molestas que realmente destructivas: funcionan mejor cuando se organizan y asemejan a ejércitos, y no suelen ganar guerras o expulsar invasores por sí solas. Las armas ligeras no suelen ganar batallas contra las armas pesadas, y además quienes poseen armas pesadas también tienen armas pequeñas.

El tema de la guerra es tan importante que conviene tratarlo de forma científica, con buenas teorías y buenos datos, y no con ideas sueltas y anécdotas anómalas y poco representativas. Hoy día la ciencia indica que no sólo el Estado hace la guerra sino que es la guerra la que hace al Estado: la necesidad de sobrevivir y dominar a otros fomenta la existencia de organizaciones centralizadas que controlan grandes grupos humanos.

Ciertos ejemplos de defensa privada, como los mercenarios en barcos mercantes contra piratas, no son equivalentes a los problemas de la seguridad de un grupo humano relativamente grande, con bienes comunes (infraestructuras públicas como calles, alcantarillado, murallas defensivas) y establecido en un territorio fijo.

Las ligas o asociaciones defensivas entre unidades políticas separadas (por ejemplo, ligas de ciudades) pueden tener diversos problemas como la necesidad de concentrar físicamente los recursos militares y la forma de garantizar el cumplimiento de los compromisos de ayuda mutua. Los Estados normalmente son territorios conexos, compactos y delimitados por fronteras bien definidas donde se concentran armas y barreras defensivas (pueden tener colonias o emplazamientos alejados por su importancia comercial o estratégica); su unidad política garantiza la defensa común con un único ejército y mando, de modo que no hay problemas de incumplimiento de pactos porque no hay unidades autónomas que puedan incumplir pactos de ayuda mutua.

La seguridad es un término amplio que puede referirse a muchas cosas: ataques externos e internos, agresiones, robos, violaciones, accidentes, enfermedades, pobreza, desempleo, calidad de bienes y servicios (alimentos, agua). La ideología socialdemócrata ha ido extendiendo el Estado a todos los ámbitos con las excusas de la igualdad, la seguridad y la solidaridad, aun cuando existen alternativas libres, privadas y no estatales perfectamente funcionales. Sin embargo la esencia más fundamental del Estado es el problema de la seguridad humana ante ataques de otros humanos, especialmente si son grupos organizados: la guerra, el ataque y la defensa.

Es posible que muchos problemas de bienes públicos no existan, no sean graves o tengan solución privada. Pero resolver otros problemas de bienes públicos, a veces poco importantes o anecdóticos (como la provisión de fuegos artificiales en las fiestas populares), no garantiza que el problema de la defensa común sea poco importante o fácil de resolver.

El minarquismo también tiene muchos problemas, pero analizarlos y enfatizarlos no implica automáticamente que la respuesta acertada, por eliminación, sea el anarcocapitalismo. Depende de cuáles sean más graves y qué soluciones puedan encontrarse a los mismos. Y tal vez no exista una respuesta clara a cuál de los dos sistemas es mejor.


Otros artículos sobre estos temas:


Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo

10/07/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Dentro del liberalismo existen a grandes rasgos tres escuelas o corrientes fundamentales de filosofía política: anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. Cada una defiende la libertad desde posiciones diferentes, en parte contradictorias pero también complementarias, con imperfecciones y limitaciones.

El anarcocapitalismo (anarquismo liberal, individualista, de mercado) se opone al Estado como institucionalización y monopolio de la coacción sistemática y defiende un orden social basado en el derecho de propiedad y el principio de no agresión: la seguridad y la resolución de conflictos pueden conseguirse mediante mecanismos de mercado libre a través de contratos con agencias privadas en competencia, sin exclusividad ni privilegios.

El anarcocapitalismo propone una justificación o fundamentación ética de las normas sociales de inspiración iusnaturalista o consecuencialista (o una combinación de ambas): las leyes legítimas aplicables a los individuos son universales, simétricas y funcionales. La única norma con estas características es el derecho de propiedad o principio de no agresión: la propiedad o dominio legítimo sobre los bienes se consigue mediante ocupación original (primer uso, colonización) e intercambios voluntarios; la fuerza contra otras personas sólo puede utilizarse para defenderse, para restablecer la justicia ante algún delito o crimen; las obligaciones y los derechos positivos sólo surgen mediante contratos libremente aceptados por las partes involucradas. Una sociedad libre es la que resuelve sus problemas sin iniciar la violencia y sin robos, mediante intercambios puntuales y acuerdos voluntarios.

El anarcocapitalista considera que el Estado, ineficiente, abusivo o corrupto en el uso del poder, no defiende la libertad y la propiedad sino que las viola sistemáticamente y es su peor enemigo: la legislación suele ser liberticida, los impuestos son robos y las guerras son matanzas injustificadas. A partir de los principios fundamentales argumenta cómo puede existir en la práctica la sociedad sin Estado, recuerda que no ha habido ningún contrato con cada individuo que legitime su sometimiento al poder estatal, y que los servicios o bienes públicos recibidos no justifican la obligación del pago de impuestos.

Los principales problemas del anarcocapitalismo son considerar la seguridad un bien económico como cualquier otro y obviar que existen ciertos bienes y servicios, como los espacios comunes y la defensa, que los grupos humanos suelen poseer, proporcionar y disfrutar de forma conjunta, lo cual puede implicar la necesidad de un gobierno centralizado. Además algunas normas que se perciben socialmente como legítimas no se aceptan explícitamente a nivel individual mediante contratos sino que surgen evolutivamente y se concretan en tradiciones y costumbres sociales: que un individuo no acepte una norma no implica automáticamente que esta sea ilegítima, y tal vez el grupo está justificado a obligar o expulsar a quienes la incumplen.

El minarquismo defiende un Estado limitado o mínimo necesario para las funciones de seguridad y vigilancia (defensa nacional frente al exterior, orden público interno) y para la provisión o gestión de otros bienes públicos (especialmente legislación, justicia, policía, relaciones diplomáticas, infraestructuras públicas): sin este gobierno mínimo imprescindible para la organización colectiva estable cualquier grupo humano dejará de existir como unidad autónoma, bien por desintegración por desórdenes internos (conflictos no resueltos por subjetividad, parcialidad o poder coercitivo insuficiente, guerra de todos contra todos) o por invasión y conquista desde fuera. El minarquista suele preferir jurisdicciones o unidades de administración pequeñas por su mayor eficiencia y por la facilidad de los individuos de cambiar de una a otra (voto con los pies).

El Estado es necesario para evitar y resolver conflictos internos y para actuar coherentemente como una unidad frente al exterior: pero como concentración del poder es una entidad peligrosa, tanto para sus propios ciudadanos como para los no miembros. El minarquismo intenta legitimarlo y limitarlo mediante algún acuerdo constitucional con normas que permitan dividir y restringir su poder (separaciones, contrapesos): sin embargo históricamente las limitaciones constitucionales han resultado ser poco efectivas ya que son endógenas (el Estado se vigila o supervisa a sí mismo).

El minarquismo tiene diversos problemas: no especifica cuál debe ser la extensión de cada Estado, qué individuos y territorios debe incluir o excluir y por qué; si se permite la secesión no está claro hasta qué nivel puede ejercerse; si la defensa ante agresiones externas es un problema grave, las unidades políticas pequeñas pueden ser ineficientes y tal vez tiendan a agregarse en unidades mayores (de ciudades a naciones e imperios); si la secesión no se permite, el minarquismo parece consistir en coaccionar al prójimo para participar en la defensa común contra potenciales enemigos más lejanos. Gran parte de la producción de leyes y su administración judicial es privatizable: no todas las normas tienen por qué ser iguales para todo el mundo, y las pactadas mediante contratos privados pueden utilizar mecanismos competitivos alternativos de vigilancia y arbitraje.

El problema esencial del anarcocapitalismo y del minarquismo es cómo definir o entender al Estado: si como un agresor ilegítimo o como la organización del gobierno o estructura de control de un grupo; si como un opresor unilateral privilegiado o como el resultado de un acuerdo que facilita la cooperación social. Ambas interpretaciones son posibles, y normalmente la realidad es compleja y contiene elementos de las dos (no necesariamente en la misma medida). El Estado es el monopolio de la fuerza y de la jurisdicción sobre un territorio y unos súbditos o ciudadanos: pero esto no es ilegítimo si las personas involucradas lo han pactado libremente así; normalmente no todos los individuos lo han aceptado voluntariamente, algunos porque no quieren participar de ese Estado, otros porque quieren un Estado diferente (más o menos liberal o intervencionista).

El evolucionismo aplicado a la filosofía política enfatiza la importancia de los órdenes espontáneos en los sistemas complejos adaptativos: pretende describir científicamente y explicar cómo funciona la sociedad en lugar de legitimar o justificar filosóficamente cómo debe hacerlo; advierte contra el racionalismo constructivista, contra la planificación coactiva centralizada, contra la ingeniería social; recuerda que la realidad es muy compleja, que el conocimiento humano es limitado y disperso, y que las cosas probablemente existen porque funcionan relativamente bien aunque no se entienda cómo o por qué. Las normas sociales no se producen mediante razonamientos reflexivos abstractos utilizando axiomas irrefutables y lógica deductiva, sino por evolución mediante generación de alternativas, rechazo de lo fracasado y retención de lo exitoso (prueba y error): los grupos mejor organizados tienden a desplazar a los peor organizados.

El evolucionismo es correcto pero incompleto: las normas son propuestas y aceptadas o rechazadas por los individuos según sus preferencias o intereses (dando mucha importancia a la reacción de los demás, al qué dirán, a la reputación o prestigio); las personas argumentan las leyes utilizando diferentes criterios de legitimidad o justicia; algunos grupos humanos pueden prosperar cooperando internamente para parasitar o depredar a otros.

Los liberales pueden incluirse en una de estas corrientes o tomar elementos de todas ellas: esto puede hacerse por motivos puramente intelectuales o por otras razones como querer dar una imagen de sí mismo y señalar la pertenencia a algún grupo (el anarcocapitalista radical, rebelde, contundente, extremista, lógico, consistente, idealista; el minarquista sensato, pragmático, realista; el evolucionista científico, descriptivo). Los problemas surgen de no querer o no poder ver las limitaciones, errores e imperfecciones de cada paradigma.