Libertad de elección y abundancia de alternativas

31/03/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Según el psicólogo Barry Schwartz (autor de The paradox of choice. Why more is less) existe un dogma oficial aceptado de forma acrítica en las sociedades avanzadas: que para maximizar el bienestar de los ciudadanos es necesario maximizar la libertad (porque es buena en sí misma y en libertad cada cual puede decidir por sí mismo) mediante el incremento de la capacidad de elección. Pero más y mejores alternativas para elegir no siempre implican mayor satisfacción.

Demasiadas posibilidades de elección pueden ser malas para la gente e incluso causar serios problemas clínicos (depresión, suicidio): cuando lamentan sus decisiones (e incluso se preocupan antes de la elección anticipando el probable arrepentimiento futuro); cuando piensan demasiado acerca de los costes de oportunidad (el valor de las alternativas no elegidas) y, por lo tanto, no pueden disfrutar lo que han escogido; cuando sus expectativas crecen, se hacen poco realistas y no son alcanzadas; cuando se paralizan y no pueden elegir por la dificultad y la importancia de algunas decisiones; y cuando se culpan a sí mismos por sus errores al no tomar decisiones perfectas (como presuntamente la sociedad exige) cuando no hay límites a sus opciones.

Schwartz afirma que hay una cantidad óptima de elección que las sociedades modernas han sobrepasado por mucho, y que la redistribución de los ingresos beneficiará a todo el mundo, no sólo a los pobres sino especialmente a los ricos, debido al daño que les causa la sobrecarga de decisiones.

Schwartz estudia un fenómeno real y un conjunto de posibles problemas, pero los exagera y saca de quicio, ignora soluciones ya existentes y propone el defectuoso remedio de las transferencias coactivas de riqueza. Habla de un dogma (que es lo que uno a menudo llama a ideas que no le gustan), pero no ofrece nombres o citas para demostrar su acusación, así que quizás está simplemente construyendo un hombre de paja. Proporciona algunas anécdotas acerca de la inmensa diversidad de bienes de consumo y muchos buenos chistes sobre la problemática de la elección humana, pero sus argumentos son falaces en múltiples aspectos.

La libertad, como concepto político, significa que los individuos que actúan pueden elegir perseguir los objetivos que prefieren sin la interferencia violenta de otros. Schwartz no diferencia entre la libertad negativa (respeto por los derechos de propiedad) como ausencia de coacción en la elección y la acción por un lado, y la abundancia y variedad de las alternativas disponibles entre las cuales elegir por el otro lado (libertad positiva, riqueza). Lo empaqueta todo junto e ignora una realidad importante: que las personas quieren tener el control último de la decisión, incluso si esta decisión es delegar la elección a otra persona. Los individuos quieren ser metadecisores, los que deciden acerca de cómo decidir (de forma recursiva); no les gusta ser controlados contra su voluntad, pero aceptan la influencia y el consejo de aquellos en quienes confían.

La abundancia de alternativas es un rasgo normal de las sociedades opulentas y no es un problema irresoluble: es mucho más fácil eliminar o no considerar opciones existentes que crearlas cuando no están ahí. La posibilidad de vivir vidas más simples y pobres siempre está ahí, y a veces la gente dice que eso es lo que quiere, pero sus elecciones reales lo desmienten. Cuestionarnos nuestras propias decisiones puede resultar obsesivo, pero también puede considerarse reflexión sensata y responsable. Crecer y transformarse en personas maduras incluye aprender a elegir. Nadie exige que tomes decisiones perfectas: en realidad a la mayoría de la gente no le importan en absoluto ni tú ni tus decisiones, ellos tienen sus propias elecciones que hacer y vidas que vivir.

La praxeología muestra que los agentes actúan intencionalmente para conseguir sus fines según sus preferencias subjetivas entre las posibles alternativas usando los medios disponibles. La ciencia cognitiva añade que la elección es también una acción, no en el mundo externo al cuerpo sino dentro del cerebro del agente pensante y evaluador: la decisión es una tarea de procesamiento de información que utiliza recursos escasos como la atención, la percepción, la memoria, la capacidad de procesamiento y el tiempo. Como las capacidades cognitivas humanas son limitadas, el proceso de decisión puede enfrentarse a diversos problemas normalmente debidos a demasiado o insuficiente conocimiento.

Analizar y comparar muchas alternativas puede ser una tarea compleja: una persona no prefiere una cosa a otras siempre de forma directa y sin esfuerzo; algún procesamiento cognitivo, normalmente inconsciente, es necesario, y en ocasiones esta tarea puede ser muy exigente para los recursos mentales. No importa sólo que las alternativas existan, sino que puedan ser conocidas y comparadas, y esto no es siempre fácil. Si te ofrecen la posibilidad de quedarte con los contenidos de una caja entre miles de cajas, te enfrentas a un problema de búsqueda que puede ser realizada con diferentes estrategias de satisfacción u optimización. El coste de oportunidad no es sólo lo que abandonas, sino también lo que no has podido hacer mientras tomabas la decisión (has gastado tiempo y energía). Un proceso de toma de decisiones puede ser controlado por un mecanismo de metadecisión que evalúa su importancia y los recursos que es necesario asignarle (y esta estructura de control puede tener varios niveles recursivos).

Si las diferencias entre las opciones son pequeñas y el coste de exploración es alto la decisión podría tomarse al azar. Si hay muchas alternativas semejantes, entonces la elección entre ellas no es muy relevante, y además a veces pueden probarse de forma sucesiva (muchas oportunidades están disponibles sistemáticamente y algunas elecciones son reversibles). Si aquello a lo que renuncio es muy atractivo, eso significa que lo que he escogido es aun más atractivo. Cuando las opciones son abundantes, renuncio a mucho pero también obtengo mucho, de modo que no es inevitable que acabe sufriendo y arrepentido.

Las preferencias surgen del funcionamiento de la mente, la cual es un orden complejo formado por elementos más simples interconectados (la sociedad de la mente). Una elección puede entenderse como una competición entre diferentes agentes mentales cada uno promoviendo una alternativa: algunas veces la victoria es rápida y clara, pero otras veces la lucha puede llevar tiempo y el resultado final no es tan claro. Incluso si se toma una decisión, los agentes derrotados pueden permanecer activos y protestar por no haber sido elegidos: puede ser difícil disfrutar una decisión si uno está constantemente pensando en las opciones abandonadas. Como una persona no conoce con certeza sus estados mentales futuros, podría acabar insatisfecho. En algunas elecciones difíciles la percepción consciente de la posibilidad del arrepentimiento es un factor que añade una dificultad importante.

Debido a la especialización, a la división del trabajo, y a la acumulación de capital y tecnología en ámbitos institucionales relativamente adecuados, las sociedades opulentas pueden disfrutar abundantes y diversos servicios y bienes de consumo. No sólo hay muchas cosas concretas que todo el mundo quiere: como los gustos son diferentes, hay una gran diversidad de bienes y servicios. Cada persona puede estar interesada solamente en una pequeña fracción de todos los bienes existentes, pero esa fracción es distinta para cada individuo. Las personas tolerantes aceptan esto como una realidad de la vida. Las personas intolerantes quieren imponer sus preferencias sobre otros. Algunas personas no pueden soportar la complejidad, prefieren un mundo simple, pero simple según sus propios criterios.

La calidad de muchas cosas precisa de cantidad y diversidad: en una sociedad libre con división del trabajo los productores no están pensando sólo en ti. Tenderán a darte lo que quieres a un precio competitivo, pero también ofrecerán muchas más cosas que interesen a otros, lo cual puede confundirte porque te obliga a buscar. En esta situación, surge una oportunidad empresarial para los proveedores de simplicidad, los garantes de satisfacción o los asesores de compras. La gente puede aprender a ponerse los límites necesarios a sus propias elecciones sin necesidad de que intervencionistas paternalistas lo hagan por ellos.

Los individuos no nacen con todas sus preferencias establecidas en sus cerebros. Las valoraciones tienen algo de componente genética, pero también son formadas durante la historia de cada persona por sus interacciones con otra gente influyente (parientes, amigos, figuras de autoridad, expertos, anunciantes, comercializadores, vendedores). Siempre hay una tensión entre un estilo personal estable y la experimentación con cosas nuevas. Del mismo modo que muchas opciones carecen de interés para una persona pero son relevantes para otros, algunas opciones pueden no tener importancia para un sujeto en una fase de su vida (cuando desea estabilidad y constancia) pero ser importantes en otros momentos (cuando está aprendiendo, convirtiéndose o transformándose, o cuando se aburre de la rutina y busca algo diferente).

Es posible que en un determinado ámbito una persona no haya establecido sus preferencias: no conoce las alternativas, no las ha probado o aún no se ha aclarado qué quiere. La vida es un proceso de aprendizaje, no sólo acerca de cómo hacer cosas sino también acerca de qué desear, de qué produce satisfacción: los individuos tienden a descubrir lo que quieren y les gusta, y esto puede ser transformado en hábitos o rasgos de la personalidad. Aprender es un proceso de ensayos y errores. La frustración con los errores de elección es una parte esencial del aprendizaje: si no sientes algún dolor no corregirás tus fallos. Los individuos tienden a tomar decisiones cada vez más importantes en sus vidas de forma progresiva y gradual: no suelen enfrentarse súbitamente a graves dilemas para los que no están preparados en absoluto, sino que van construyendo sobre lo previamente experimentado.

Algunas elecciones, como los tratamientos médicos o las inversiones financieras, requieren el uso de conocimiento especializado: una persona puede externalizar parte de la decisión a un especialista de confianza. Los tecnócratas suelen creer que sólo los expertos deberían tomar las decisiones finales por el bien de los otros: olvidan que los expertos a menudo carecen del conocimiento particular de las circunstancias específicas de las personas a quienes pretenden aconsejar, y no se enfrentan a los mismos incentivos (el doctor conoce la enfermedad y las posibles curas, sus beneficios, los costes y los riesgos, pero no sufre las consecuencias él mismo). Dar a los individuos la posibilidad de elegir no les fuerza a hacerlo, pueden usar el consejo de quien quieran. El bienestar es subjetivo, y se consigue por las personas actuando para conseguir sus objetivos deseados: no se promueve por los tecnócratas utilizando la coacción para imponer legislación y redistribuir la riqueza por el presunto bien del pueblo.

Algunas personas necesitan o prefieren que les digan qué hacer, o piensan que otros necesitan que les digan qué hacer o al menos qué no hacer: esto no les legitima para interferir violentamente contra su libertad. Menos libertad significa que otros deciden por ti sin tu consentimiento, y probablemente ellos ya tienen sus propios problemas de sobrecarga de decisiones. La solución a los problemas de la elección no es destruir las opciones de los demás por su presunto propio bien. Los individuos pueden madurar, hacerse más conscientes, mejorar su capacidad de decisión, disfrutar el momento y aprender a relajarse y no obsesionarse con el pasado o el futuro. Ser humano incluye reflexionar sobre las propias decisiones, aprender del pasado y proyectarse hacia el futuro. Conforme la sociedad se hace más compleja es posible producir herramientas que ayuden en la toma de decisiones. Múltiples guías y referencias pueden asistir en la navegación del inmenso espacio de posibilidades.

Los seres humanos no nacen ni están hechos para ser felices: la felicidad es un mecanismo emocional adaptativo que te informa de lo bien que lo estás haciendo en la competición de la vida. Los seres humanos no viven para ser felices, sino que son felices para vivir: la felicidad es normalmente una señal de que las tareas necesarias para la vida humana (salud, amor, riqueza) están siendo realizadas correctamente. La satisfacción completa es imposible porque la vida exige acción (los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos) y la evolución implica algo de competencia por la supervivencia y la reproducción: éxito es siempre relativo y temporal, y por lo tanto los mecanismos mentales responsables de la sensación de felicidad necesitan ajustarse y recalibrarse según cambien las circunstancias. Estos mecanismos pueden ser imperfectos y forzar al sujeto a hacer demasiado para sus capacidades, pero el error también puede producirse en la dirección contraria, cuando las expectativas y exigencias se ponen demasiado bajas: los individuos felices con poco tienden a eliminarse y extinguirse por sí mismos (puede ser peligroso manipular la mente para recibir satisfacción psíquica sin realizar tareas necesarias en el mundo real). Los que están satisfechos con poco y quieren simplicidad podrían tal vez hacer el esfuerzo de comprender y tolerar a quienes tienen el impulso de mejorar.

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Cuando Margaret Thatcher llegó al poder en Reino Unido, en 1979, el general chileno Augusto Pinochet llevaba seis años al frente de una de las dictaduras más brutales de la historia latinoamericana. Thatcher era una ferviente admiradora del modelo económico ultraliberal impuesto a la fuerza por Pinochet y su implacable aparato represivo. En 1982, cuando el gurú del liberalismo Fredrich von Hayek propuso a la premier británica aplicar la receta en su propio país, esta le contestó: “Estoy segura de que usted entenderá que, en Gran Bretaña, dadas nuestras instituciones democráticas y la necesidad que aquí existe de alcanzar un elevado nivel de consenso, algunas de las medidas adoptadas en Chile son del todo inaceptables. Nuestra reforma debe ser conforme a nuestras tradiciones y a nuestra Constitución”.

Lo que estaba en marcha en el laboratorio chileno era la instauración de la ley de la selva, la consagración del darwinismo social en toda su violenta magnitud. Una manera despiadada de concebir la humanidad que Thatcher (pese a sus reservas iniciales) y su amigo estadounidense Ronald Reagan implantarían en sus países y en buena parte del mundo por tres décadas, hasta el día de hoy.

El martes pasado, FAES, la fundación del PP que preside José María Aznar, otorgó el Premio de la Libertad a Thatcher, protectora de un cruel dictador y adalid de un modelo económico inhumano que ha ahondado las desigualdades y las injusticias en el mundo. Eso sí: era amiga de Pinochet. No de Castro o Chávez.

Exorcista Amorth dice que ataques al Papa por pederastia son obra de Satanás

¿Un Estado unido para limitar al mercado…?, de Jordi Sevilla

Soy más partidario de buscar soluciones que culpables. Pero de nada valen algunas soluciones si no modificamos, a la vez, aquellas actitudes y comportamientos que nos han conducido a una situación, no deseada, de crisis. Y, con mucha frecuencia, estos cambios que alteran posiciones de privilegio para algunos sólo se pueden llevar a la práctica desde el carácter imperativo de la ley y las normas. Es decir, desde la acción del Estado que, en la medida en que sea democrático, tiene un alma más humana que la del mercado cuya finalidad es, sólo y exclusivamente, ganar dinero persiguiendo, con egoísmo, el interés propio.

La socialdemocracia moderna persigue tres objetivos alcanzables mediante una acción pública racional: libertad real para llevar adelante el proyecto de vida que cada uno decida, igualdad efectiva de oportunidades […] y fraternidad entre quienes compartimos un proyecto constitucional con normas y procedimientos compatibles con distintas visiones sobre la vida, la religión o la moral. Remover los obstáculos sociales que impiden desarrollar ese proyecto y promover todas aquellas reformas institucionales que lo hagan posible […] es un programa político, pero también moral.

Otro fracaso del mercado, de Jorge Calero, catedrático de Economía Aplicada

Las que aún tienen que servir, de Isaac Rosa