La diferencia socialdemócrata según Jordi Sevilla

02/04/2012

Jordi Sevilla está

… convencido de que los problemas de la sociedad actual, en plena efervescencia de transformación, solo encontrarán solución equitativa y democrática de la mano de políticas fundamentadas en valores socialdemócratas.

Y tiene razón. Me refiero a que es seguramente verdad que está convencido de ello. Lo que ya no es correcto es que las soluciones a los problemas sociales estén en la socialdemocracia: porque por mucho que pretenda defender “valores” (que siempre suena bien), en realidad los destruye. No consigue lo que la gente prefiere, o lo hace para unos a costa de otros.

En pleno asalto a la razón desde fundamentalismos varios, la diferencia socialdemócrata consiste en la defensa, hasta sus últimas consecuencias, de los principios de la Ilustración y por su orden: libertad, igualdad, fraternidad, pero tomados en serio.

Sevilla quiere aparentar sensatez, distanciarse de los fundamentalismos: tal vez porque sus propios fundamentos intelectuales son muy flojos. De todos modos el “hasta sus últimas consecuencias”, el ser consecuentemente radical, suena típico de fundamentalistas… Qué raro.

Asegurar con total desenvoltura que su primer principio es la libertad: pero es que luego se encargará de destrozar el concepto a conciencia. La igualdad no será ante la ley sino mediante la ley, y la fraternidad operará mediante la coacción violenta (que naturalmente no será mencionada en absoluto).

Con flexibilidad en los medios necesarios para conseguirlos en una realidad con demasiadas respuestas obsoletas y muchas preguntas aún sin contestación. Pero con firmeza en el apego a objetivos tan dignos como la aspiración a vivir en una sociedad mejor y más justa, que estimule ciudadanos felices como pedía la Constitución de Cádiz.

Yo: flexibilidad (bueno). Algunos otros: obsoletos (malos).

La mención a la dignidad, ese término y concepto tan ambiguo o incluso vacío, suena muy bien, es popular y otorga peso moral: claro que sólo se apoya en otras vaguedades abstractas como lo mejor, lo más justo y la felicidad. ¿Conoce usted a alguien que defienda lo peor, lo injusto, lo que provoca infelicidad?

Y no concretemos mucho, no vaya a ser que se nos vea el plumero.

Libertad entendida como libertades políticas, pero también como la posibilidad real de que los individuos puedan llevar a cabo, en sociedad, sus proyectos de vida libremente elegidos, removiendo todos los obstáculos artificiales como los de posición social, género, raza o religión que lo dificultan.

Ya nos hemos cepillado a la libertad: nada de ausencia de interferencia violenta, no agresión, respeto al derecho de propiedad. Las libertades son políticas (votar, opinar, hablar, asociarse), nada de individuales o prepolíticas. Y las confundimos, como de costumbre entre los socialistas, con riqueza y poder; y para colmo metemos el término definido dentro de la definición. Y obviamos cuidadosamente mencionar que los costes de remover todos esos presuntos obstáculos… se los traspasamos a otros.

Igualdad sustancial de oportunidades para que cada uno pueda aportar según sus capacidades, volviendo a introducir el valor de la responsabilidad individual junto a la garantía social de una cobertura de necesidades básicas centrada en los menos favorecidos.

Nada de igualdad ante la ley, de ausencia de privilegios. Las oportunidades se consiguen quitándoselas a unos para dárselas a otros, receptores de ayudas que serán votantes agradecidos. La cobertura de las necesidades básicas se garantiza: sin precisar cuáles son, cómo se obtienen los medios necesarios y cómo se garantiza que se cumplirán las garantías. Por cierto: ¿no están garantizadas ya?

Fraternidad, como argamasa que dota de identidad común a un colectivo que comparte los mismos derechos y obligaciones, proporcionando un sentido individual de pertenencia a una ciudadanía constitucional.

Los miembros del colectivo no comparten los mismos derechos y obligaciones en absoluto: en el Estado socialdemócrata la ley no es igual para todos. La pertenencia al colectivo no es voluntaria ni opcional: el grupo y sus miembros están dados y son indiscutibles. Si no tienes ese sentido de pertenencia, pues te fastidias. De todos modos no te preocupes, porque harán todo lo posible para inculcártelo. Y si eso no basta, mucha argamasa: mucho cemento para conseguir la cohesión propia de las paredes de ladrillo. Porque al final para eso fundamentalmente están los colectivos políticos: para la lucha, la guerra, la batalla, los golpes. Como queda feo reconocerlo, se camufla todo como preocupación por los más desafortunados.

La diferencia socialdemócrata debe consistir en mantener, en medio del escepticismo general, la convicción y la práctica de una acción colectiva consciente basada en la razón y no en las pasiones, ni en los sentimientos. Hay que hacer política con el corazón, pero desde la razón. Porque solo desde la razón dialogada podemos reclamar una democracia que funcione, que resuelva de verdad los problemas en lugar de bloquearlos y que gestione las discrepancias desde principios distintos del “y tú más”, combinando el acuerdo transversal en unas cosas, con la confrontación en otras, para reducir los condicionantes impuestos por los mercados o la partitocracia, enfermedad que transforma a los partidos en instrumentos interesados solo en conseguir cuotas de poder institucional, del que se apropian los fieles al mando de turno.

O sea que la política socialdemocráta es imposible: por un lado, los sociáldemocratas son muy incompetentes, como puede verse, en el uso de la razón (parecer razonable o simplemente mencionar la razón no cuenta); y por otro, la razón y el diálogo son herramientas pobres en sociedades complejas con grandes cantidades y diversidad de participantes y problemas posibles.

La diferencia socialdemócrata debe hacer compatible la propiedad privada y la superioridad técnica del mercado, con la defensa del Estado y el cumplimiento de otros objetivos de responsabilidad social corporativa. Refundando el capitalismo sobre la base de no confundir derechos con mercancías, ni valores bursátiles con valores morales, ni competencia con darwinismo, ni empresas con negocios; exigiendo una regulación efectiva de los mercados financieros mundiales, el fin de los paraísos fiscales, y una gobernanza de la globalización económica; dejando claro que la admiración por el milagro económico de algunos países emergentes no debe hacernos olvidar que, en muchos casos, se explica por ausencia de democracia y por una sobre-explotación, humana y medio ambiental, que repudiamos.

El Estado, como monopolio de la violencia y la jurisdiccción, es incompatible con la propiedad privada y el mercado. El mercado no es superior sólo en lo técnico (eficiencia): también lo es en lo moral; aunque esto es algo que un socialista jamás podrá ni comprender ni aceptar.

La responsabilidad social corporativa es el tópico de moda políticamente correcto para intentar controlar, al menos en parte, a las empresas y su poder de acción.

¿Hay alguien tan tonto que confunda derechos (normas) con mercancías (cosas)? Aunque pensándolo un poco, los derechos son por lo general transferibles, negociables, se puede comerciar con ellos… Eso debe ser algo muy malo.

¿Hay alguien tan tonto que confunda valores bursátiles (precios) con valores morales (virtudes, normas, preferencias)?

¿Hay alguien tan tonto que no sepa que en la evolución (mal llamada darwinismo) existen tanto la competencia como la cooperación y que ambas pueden ser adaptativas? La respuesta a esto, probablemente es que sí.

Lo de no confundir empresas con negocios ya es más difícil: a saber lo que ha querido decir este ilustre socialdemócrata. Tal vez que no deben mezclarse, o que queda feo hacer negocios en o con las empresas.

Regular los mercados financieros mundiales: eso, porque lo digo yo. Lástima que falten los detalles, que no se aclare si la regulación debe ser centralizada y uniforme o si puede ser descentralizada (contractual) y competitiva.

Los paraísos fiscales ¿se llaman así en comparación con los infiernos fiscales? Porque originalmente eran refugios fiscales, o sea sitios donde protegerte de la confiscación. Ahora ya son el cielo, el nirvana.

La gobernanza de la globalización económica ¿va a ser responsabilidad de Jordi Sevilla? Pues qué miedo. ¿Aprenderán alguna vez estos presuntos seres racionales los límites de la inteligencia humana? ¿Comprenderán el caos que causan con sus patéticos intentos de imponer el orden?

La diferencia socialdemócrata debe recuperar un fuerte componente humanista en su acción política. Queremos transformar la sociedad para que los individuos concretos puedan tener una vida más plena y satisfactoria. Y eso tiene que ver con principios materiales (trabajo, renta básica, oportunidades, seguridad vital) pero, también, con valores éticos (educación, cultura, medios de comunicación, criterios de éxito social) cuya urgencia es evidente con solo observar como transcurre un día cualquiera en la mayoría de suburbios de las grandes ciudades.

¡Qué buenos son los socialdemócratas que quieren cosas tan bonitas! Y los liberales somos “inhumanistas”, supongo, y queremos que los individuos concretos no puedan tener una vida más plena y satisfactoria. O al menos somos tan circunspectos que no declaramos cada dos por tres lo mucho que amamos a los demás y cuánto deseamos su bienestar y su felicidad, su plenitud y su satisfacción.

Qué lástima que los socialistas sean tan incompetentes: con las buenas intenciones que tienen, por qué tendrán tan poca capacidad de conseguirlas… Y si limitaran las consecuencias nocivas de sus políticas a sí mismos, serían hasta entrañables.

La diferencia socialdemócrata consiste en recuperarla como proyecto de transformación social que participa en las elecciones y en el poder institucional, pero los trasciende en medio de una acción hegemónica más completa y compleja que incluye el ejemplo como método. Eso significa, entre otras cosas, rechazo absoluto a cualquier tipo de corrupción y abuso, preocupación por cómo convencer a los ciudadanos y no tanto por vencer al adversario en las urnas, así como un partido que combine eficacia organizativa con respeto a la discrepancia y a la democracia interna. Menos líderes mediáticos y eslóganes de marketing electoral y más debates sobre propuestas, con órganos colegiados de dirección que fomenten una participación interna y externa amplia, incluidas las nuevas redes sociales.

Hegemonía: en el fondo se trata de eso, de la capacidad de imponerse sobre los demás. Y si puede ser, de forma completa, para transformar la sociedad sin preguntarse si esta quiere ser cambiada. Rechazando la corrupción y el abuso, como si hubiera alguien que no lo hiciera.

La diferencia socialdemócrata contempla que la redistribución de renta, riqueza y oportunidades es una pieza esencial de su identidad, que se hace tanto desde los ingresos públicos (impuestos progresivos), como desde el gasto (no lineal, sino en función de las posibilidades). Pero está implicada en la revisión permanente de la eficacia de los instrumentos, incluida la Administración y los servicios sociales, así como en la evaluación de las políticas públicas, para reformar todo aquello que no funcione adecuadamente. Y, desde ahí, promueve unas instituciones del euro que hagan compatible los compromisos de déficit con los objetivos de crecimiento y la necesidad de un auténtico Banco Central que combata la especulación financiera contra los países.

Redistribuir: quitar a unos coactivamente lo que es legítimamente suyo para dárselo a otros, preferiblemente a los amigos o votantes. Esta es la identidad de la socialdemocracia: el robo de la confiscación impositiva y la dádiva de los subsidios y las subvenciones.

Evaluando las políticas públicas: sí claro, pero ¿según las valoraciones de quién?

Con un auténtico Banco Central: así, con mayúsculas, porque sólo puede haber un monopolio o poder supremo de la emisión de mal dinero y de la financiación de los Estados derrochadores.

La diferencia socialdemócrata ha cambiado la vieja clasificación de individuos en clases sociales incompatibles, por la de ciudadanos con algunos intereses comunes y, otros, confrontados. Y defiende la economía productiva, creadora de verdadera riqueza, frente a la economía depredadora, arquitecta de burbujas especulativas. La diferencia socialdemócrata hace autocrítica de lo hecho ante la presente recesión. Sobre todo, por contribuir a que los ciudadanos coloquen la política como tercer problema del país y a los partidos como institución peor valorada. No es solo cuestión de hacer otra política, sino de hacer política de otra manera. Para que los ciudadanos perciban y valoren esas diferencias que son el principio esperanza de que las cosas no solo deben, sino que pueden, ser diferentes y mejores para todos. Porque sí, juntos podemos.

El socialdemócrata dice que defiende la economía productiva, lo cual demuestra que el lenguaje permite una desconexión total entre lo que se dice y lo que se hace. Critica la economía depredadora cuanto en su esencia política están de forma sistemática la depredación y el parasitismo (aunque naturalmente ni se llaman así ni se reconocen como tales). Crea burbujas especulativas con sus intentos de planificación monetaria y luego se opone a ellas como si no tuviera nada que ver, como si fueran cosa del enemigo.

El socialdemócrata dice hacer autocrítica: pero la esconde muy bien, porque no aparece por ninguna parte. Tal vez quiere y no puede.

“Porque sí, juntos podemos”. Efectivamente, su fundamentación no va mucho más allá del “porque sí”, en realidad “porque os lo digo yo como forma de daros ánimos”.

Lo que podemos juntos suele consistir en derrotar al enemigo: la base del colectivismo está en cerrar filas para vencer a otros que a su vez se creen que juntos pueden.

No es extraño que quienes expresan estas aseveraciones acerca de la capacidad del grupo cohesionado no se molesten en especificar quiénes son los miembros de su grupo: para ellos es inimaginable que alguien no se considere parte de él y no los acepte como sus representantes.

Así que: ¿el “juntos podemos” me incluye a mí?; si es que sí, preferiría que me hubieran consultado, pero ya que estamos, ¿contra quiénes podemos juntos?; si es que no, gracias, y a ver si hay suerte y no se emplean todos juntos en mi contra…

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Socialdemócrata oprimida por los poderes financieros

24/06/2011

Artículo en Libertad Digital.


Carlos Mulas y la socialdemocracia

03/10/2009

Según Carlos Mulas, director de la Fundación Ideas, donde ninguna tontería queda sin ser expresada, “los partidos socialdemócratas europeos no han sabido sacar beneficio político de la asociación entre la veneración que tiene la derecha por los mercados libres y las crisis económicas que asolan al continente”.

Al parecer la derecha venera los mercados libres: tal vez; la derecha suele ser creyente; la izquierda, sin embargo, tan sabia, científica y descreída, “sabe” que el Estado y el socialismo funcionan, sólo que no terminan de cogerle el tranquillo a los detalles cuando están en el poder. Los progres practican la asociación libre psicoanalítica y se les junta la crisis no con el mercado libre sino con su veneración: qué cosas. Tal vez haya que empezar a dejar que los mercados funcionen porque se sabe que lo hacen, y no como un acto de fe.

A Mulas de todos modos no parece interesarle si esa asociación es correcta o no. En política se trata de aprovechar lo que haya sin demasiados escrúpulos. Además del rollo político habitual nos cuenta algo que resulta especialmente raro viniendo de un progre irredento:

Mientras los beneficios de la globalización se repartieron ampliamente, los costes fueron soportados por unos pocos, normalmente colectivos de la clase trabajadora que alguna vez fueron la base de los partidos socialdemócratas.

Resulta que los mercados libres extienden ampliamente sus beneficios, no los concentran en los más pudientes como pretenden muchos demagogos envidiosos. Si los costes son soportados por unos pocos, tal vez se les pueda pedir que los asuman en nombre de un utilitarismo que considere el bien de la mayoría (¿no va de eso el bien común?). Lo que es extraño es que se pretenda que esos pocos son la clase trabajadora que votaba socialdemócrata: ¿no se supone que los trabajadores conscientes de su clase social son muchos y los capitalistas pocos?; ¿cómo es que la socialdemocracia ha gobernado alguna vez con esos presuntamente escasos apoyos?


La socialdemocracia populista de Fernando Vallespín

19/06/2009

Afirma Fernando Vallespín:

“Así no”, ése es el mensaje que los electores europeos acaban de lanzar a la socialdemocracia de nuestro continente. “¿Entonces cómo?”. Ésta debería ser la pregunta que se han de plantear con urgencia todos los partidos que se reclaman de esta ideología. Lo primero que han de hacer es superar la perplejidad derivada de no entender cómo en momentos de crisis, que afecta particularmente a su electorado natural, y después del espectacular derrumbe de la ideología neoliberal, no están ahí para recoger los frutos.

El “lenguaje” electoral es tan pobre que permite estas desfachateces interpretativas: los electores hablan con la socialdemocracia y le dicen que así no. Los socialdemócratas como Vallespín no sólo son lingüísticamente incompetentes, de modo que entienden lo que les da la gana en inexistentes mensajes. También su análisis intelectual de la realidad es patético, como muestra al mencionar el “espectacular derrumbe de la ideología neoliberal”: ni sabe lo que es el liberalismo, ni entiende que no vivimos en sociedades libres, ni ve que la raíz del problema, el sistema monetario y financiero, es un ejemplo de libro de planificación socialista e intervencionismo masivo.

La gran oportunidad para la socialdemocracia es evitar que después de la crisis todo siga igual. Alguien tendrá que hacer un adecuado balance de lo que ha ocurrido, y promover e impulsar un nuevo contrato social ajustado a los nuevos datos de la realidad. Su gran baza consiste, además, en que es la única ideología política bien vertebrada internacionalmente y que bebe de un patrimonio valorativo que ofrece una magnífica guía para estos tiempos de desconcierto. Después de que todos los valores se hubieran reducido a una fórmula monetaria o a una miríada de particularismos identitarios, ahora en manos de un populismo de nuevo signo, la socialdemocracia tiene al menos un conjunto de ideas fuerza en las que se combina el respeto por la libertad y la iniciativa individual a un proyecto de cohesión y justicia social.

Efectivamente la socialdemocracia probablemente conseguirá que las cosas no sigan igual: irán a peor. No basta con que “alguien” analice lo ocurrido: ese “alguien” necesitará una inteligencia de la que los socialdemócratas carecen por completo. Respecto a los contratos sociales, no estaría mal que se dedicaran a proponerlos, pero lo que suelen hacer es imponerlos: les gusta el colectivismo porque nadie puede escapar de sus garras. Como se consideran seres moralmente superiores se refieren a su “patrimonio valorativo” y tienen la desfachatez de asegurar que respetan la libertad y la iniciativa individual: los que les llevan la contraria sólo piensan en el dinero o en sus identidades particulares y son muy malos, no se quieren cohesionar y no quieren participar en el proyecto de la “justicia social”. Y Vallespín tiene el morro de criticar a otros por populistas.

Su gran desafío consiste en redefinir los espacios que competen, respectivamente, al Estado y al mercado, en reorganizar las finanzas públicas para restañar las heridas abiertas en el grupo de los más desfavorecidos, en conectar las políticas nacionales a un compromiso con fines globales, en buscar alternativas viables al hasta ahora discurso único de la maximización de beneficios, en emancipar a la sociedad de los nuevos temores que tanto favorecen a los discursos populistas.

Redefinamos espacios para incrementar la coacción estatal y disminuir la libertad, la responsabilidad y la tolerancia del mercado: en eso consiste la socialdemocracia, por mucho que pretendan ser bondadosos sanadores de los desfavorecidos. Es obvio que no quieren maximizar beneficios: tienen suerte cuando no maximizan las pérdidas. Eso sí, todo con una sociedad emancipada (como si sin ellos fueran esclavos) y sin temor: papá Estado ya está aquí, niños.


Antonio Estella, la socialdemocracia y Europa

28/05/2009

Antonio Estella, profesor de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid, quiere contarnos la bonita historia de la maravillosa contribución socialdemócrata a la unificación europea: pura ficción literaria.

Los países europeos pasaron de ser Estados liberales a convertirse en Estados del bienestar, gracias fundamentalmente al impacto que en muchos lugares tuvo la revolución socialdemócrata. Se pasó de un mundo en el que el ciudadano estaba básicamente dejado a su suerte a una situación en la que empezó a contar con un aliado para desarrollar sus proyectos y sentirse seguro: el Estado.

El escribir “gracias a” en lugar de “debido a” quizás refleja algo de parcialidad, sobre todo cuando resultaría más correcto “por culpa de”. Los pobrecitos ciudadanos estaban solos y abandonados, deseosos de un papá o una mamá o al menos un hermano mayor que los protegiera. Y entonces llegó el Estado, aunque es una lástima que Estella no explique cómo proporciona seguridad y cómo ayuda a unos a desarrollar sus proyectos: a costa de otros ciudadanos. Además el Estado resulta ser un aliado muy peculiar, de esos con los cuales ya no te hacen falta enemigos: si intentas explicarle que no te interesa relacionarte con él no sólo no te hace caso sino que probablemente te trata violentamente.

Y de nuevo emerge nuestro relato de reencuentro, de reconciliación, porque en el horizonte aparecen dos grandes objetivos. Uno, de cara al exterior, que es dar nuevos pasos hacia la reunificación de Europa, incorporando a más países a este gran proyecto, y consolidando a los que ya están embarcados con nosotros. Y otro, de cara al interior, que es hacer evolucionar la idea de ciudadanía europea hacia una nueva dimensión social y del bienestar.

Estella pretende que Europa en realidad se está reunificando, como si antes ya hubiera estado unificada, pero no se refiere al Sacro Imperio Romano Germánico: confunde la relativa libertad del siglo XIX, debida en buena medida a la disgregación política, con una unidad europea que jamás existió. Y como buen colectivista, sólo aspira a más colectivización: dirigir la evolución y que ningún país quede fuera del socialismo. Todo en nombre del bienestar, sobre todo del suyo propio, ya que como profesor de Derecho Administrativo nos enseñará a administrar el derecho desde el monopolio del Estado, nuestro aliado.