Tonterías selectas

Thomas Piketty, Freud y Argentina, de Hugo Sigman

¿No es la vivienda un derecho?, de Carlos Huerga

¿Bajar los salarios para aumentar la competitividad? NO, de Fernando Luengo

La tecnología también tiene fecha de caducidad, una artimaña para obligarnos a usar, tirar y volver a comprar, de Marta G. Peñarrubia

Cierre en falso de la crisis europea, de Antón Costas

Tonterías selectas

Ban Ki-Moon en el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas

The Koch Brothers’ Favorite Economist Moves to War Keynesianism, by Gary North

Diez pruebas de que la sociedad de consumo (tal como la conocemos) está llegando a su fin

Política de sostenibilidad para el siglo XXI, de Fernando Prieto, ecólogo de EconoNuestra

¡Es la formación!, de Jordi Sevilla

Los estudios realizados sobre los efectos de los salarios mínimos sobre el empleo juvenil no son concluyentes. Los académicos tienden a decir que existe una relación negativa entre subidas en los salarios mínimos y caídas en el empleo, aunque los trabajos empíricos que presentan tienen que retorcer mucho las hipótesis y los datos para respaldarlo. Pero el salario mínimo desempeña, además, otras dos funciones que no podemos olvidar: es el coste de oportunidad, para un joven, de seguir escolarizado y es una medida clara de lucha contra la pobreza, como acaba de recordar el FMI en sus Recomendaciones a Estados Unidos presentadas esta semana, donde pide «aumentar el salario mínimo» ya que ello «ayudaría a elevar los ingresos de millones de trabajadores pobres». Esta medida está especialmente recomendada en USA, según el Fondo, por el bajo nivel que tiene el salario mínimo en ese país, apenas un 38% del salario medio. Curiosamente muy próxima, por debajo, a la relación existente en España, lo que nos llevaría a pensar que también aquí habría que subir el salario mínimo, en lugar de bajarlo, sobre todo en épocas donde aumenta el porcentaje de jóvenes en riesgo de pobreza y donde la conjunción entre contratación precaria y horas extras no retribuidas está permitiendo soslayar, en la práctica, esa restricción de coste, si es que la hubiera, sin mejorar con ello la contratación.