Tonterías selectas

24/05/2018

La continua hostilidad contra Podemos de los mayores medios de información y persuasión españoles, de Vicenç Navarro

Why Reinvent the Monetary Wheel?, by Robert Skidelsky

La cultura del privilegio, de Joaquín Estefanía

Hombres humillados, de Barbijaputa

La estupidez laboral, según David Graeber, de Héctor G. Barnés

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Tonterías selectas

21/05/2018

Was Zecharia Sitchin Right About The Anunnaki & An Extra Planet In Our Solar System?, by Arjun Walia (Collective Evolution) (at LewRockwell.com)

Los incel sólo son la versión extrema del sexo bajo el capitalismo, de Rebecca Solnit

Los derechos y la mercancía, de Montero Glez

El liberalismo es una doctrina económica que promueve la falsa libertad. Porque cuando el individuo carece de recursos económicos y no tiene libertad de elegir, la doctrina liberal autoriza al individuo a vivir debajo de un puente o a vivir de la caridad, que viene a ser lo mismo.

En nuestro país, el liberalismo se enquistó con la llegada del euro, la moneda que nos igualaba a los demás países de Europa en lo que al préstamo con interés se refiere. Cuando todavía estábamos aprendiendo a contar el cambio de la peseta en su nueva moneda, el horizonte se cubrió de grúas y ladrillos. A la distancia de un gargajo siempre había una hormigonera con la boca abierta, dispuesta a recibir nuestra indignación.

La actividad crediticia condenaría a buena parte de la población que cayó en la trampa de un sistema inhumano. Según su lógica irrefutable, había que aprovechar la posibilidad que el liberalismo nos brindaba para poder vivir por encima de nuestras posibilidades. El dinero, como símbolo de lo que puede ser adquirido, se revalorizaba cuando era invertido en ladrillo. En el Registro de la Propiedad no daban abasto con tanta escritura de compra y venta; los notarios estaban más animados que pulgas en perro nuevo y la economía de casino -que el gobierno de Felipe González impulsó en su día- tomaba forma bajo el Aznarato. La doctrina liberal cambiaba de manos pero no de fundamentos y nuestra docilidad se vería premiada bajo la dictadura de lo consumible.

Dicho esto, no está de más recordar que la vivienda es un derecho, no una mercancía. Que la tierra no nos pertenece porque somos igual que los gusanos y que pertenecemos a ella. Por lo dicho, lo más grosero que hay, en lo que respecta a comprarse una casa de 600.000 euros, es que una casa valga 600.000 euros; precio inalcanzable para los que eligen vivir debajo de un puente o eligen vivir de la caridad. Que una casa cueste 600.000 euros no es culpa del comprador que la pueda comprar sino de los mismos que bendicen la doctrina de la falsa libertad y que no quieren que se hable de otra cosa que de la casa que se ha comprado una pareja de jóvenes que militan en la izquierda política. Recuerdo que a Vázquez Montalbán se le criticaba porque era de izquierdas y conducía un Jaguar; como si conducir un Jaguar fuera monopolio de los de derechas. En fin, que durante los últimos días también han ocurrido otras noticias, aunque las hayamos conseguido olvidar.

Federico Mayor Zaragoza: Recuerdos para el porvenir, de Rosa María Artal

La gran mentira de Amazon, de Esteban Hernández


Tonterías selectas

17/05/2018

Lo que se está ocultando a los usuarios de los móviles: su salud puede peligrar, de Vicenç Navarro

Macri y el desastre de Argentina: aviso para navegantes, de Juan Laborda

Qué es una chica y para qué sirve, de Ana de Miguel Álvarez, profesora titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

La desigualdad asesina a la democracia, de Antón Costas

Eudald Carbonell: “La revolución tecnológica se cobrará 1.000 millones de vidas en 20 años”


Tonterías selectas

13/05/2018

El bien morir y la eutanasia, de Federico de Montalvo Jääskeläinen, vicepresidente del Comité de Bioética de España.

Eutanasia y la cultura del descarte, de Julio L. Martínez, rector de la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE

Uno de los derechos constitucionales más ignorados en España: el derecho a la vivienda, de Vicenç Navarro

Life Cut Short At 104, by Bill Sardi (at LewRockwell.com)

A Case for Berlin Wall (Homeopathy)


Tonterías selectas

09/05/2018

“Dad 10.000 libras a cada uno al cumplir los 25”: la propuesta para los millennials

Alquileres por las nubes: ¿qué hacer?, de Alejandro Inurrieta

Entrevista a Daniel Raventós sobre la renta básica universal

Por qué cada vez tenemos menos dinero y qué hacen los políticos mientras tanto, de Esteban Hernández

Por qué Montoro tiene razón y Google o Apple deben ayudar a pagar las pensiones, de Carlos Sánchez

Cobrar impuestos tiene mala prensa. Pero para conocer su utilidad solo hay que imaginarse un país en el que no se pagaran. Es decir, que cada ciudadano tuviera que abonar de su bolsillo el coste de los servicios públicos esenciales: educación, sanidad, pensiones… Como alguien dijo, si usted piensa que se gasta demasiado en cultura, piense lo que pasaría si no se destinara un céntimo a alimentar el cerebro. Por supuesto que en ningún país del mundo se dan esas circunstancias. En los paraísos fiscales o los estados de baja tributación, incluso, las autoridades obligan a pagar impuestos a sus ciudadanos, aunque sean reducidos.

En todos los casos, el argumento central para cobrar impuestos es el mismo. El sostenimiento de las políticas públicas exige recaudar, y aunque la casuística es muy variada, existen dos principios de carácter general. Se pagan impuestos (en cualquiera de sus formulaciones) en función de la capacidad económica del contribuyente —principalmente a través del impuesto sobre la renta— y, en segundo lugar, respecto de la utilización de determinados servicios públicos. Nadie protesta, por ejemplo, porque al viajar en avión haya que pagar una tasa aeroportuaria. Se entiende, implícitamente, que los usuarios del transporte aéreo son quienes deben financiar esas infraestructuras, y, por eso, nadie se niega a pagar. En muchos países, incluso, los camioneros pagan una tarifa por el uso de las infraestructuras. Y así ocurre en multitud de sectores.

Solo hay un caso en el que los beneficiarios de una determinada infraestructura no pagan un céntimo por el aprovechamiento de la red. Son las empresas tecnológicas. Durante años, las compañías de telecomunicaciones (la mayoría herederas del sector público) han creado una amplia, compleja (y costosa) autopista por la que circula internet. Sin embargo, los beneficios que se generan no van a parar a quienes han invertido muchos miles de millones de euros para mantener y actualizar la red por la que discurren los datos y la información. Por el contrario, la parte del león se la quedan empresas con menos de 15 o 20 años de antigüedad que han enriquecido (legítimamente) a sus promotores usando de forma profusa sociedades instrumentales.

El resultado es evidente. Como ha recordado la Comisión Europea, nueve de las 20 mayores empresas del mundo por capitalización bursátil son digitales. Sin duda, por el talento de sus creadores, pero también por el uso de una ingeniería fiscal tan sofisticada como agresiva que implica el desplazamiento artificioso de beneficios hacia territorios de muy baja tributación, y a la que la Unión Europea (UE) ha puesto la proa. Entre otras cosas, como dice la última comunicación de Bruselas, porque “las empresas digitales tienen un tipo impositivo medio efectivo que es la mitad del que soportan los sectores económicos tradicionales”. No vale, por lo tanto, contabilizar de forma torticera lo que se paga en EEUU, sino lo que se tributa en el país donde se generan los beneficios. Por lo menos, mientras los Estados nacionales sean los responsables de recaudar.

Es decir, que se produce una doble paradoja. Estamos ante compañías que no solo no han invertido en el despliegue de la red que hace posible la existencia de internet (y su negocio), sino que, además, pagan bastante menos impuestos que otras que han invertido mucho dinero para hacer posible que aparezcan empresas como Google, Facebook, Netflix ​o Amazon.

Como afirmó hace unos días Karl Happe, director de inversiones de Allianz, en ‘Cinco Días’, las grandes compañías tecnológicas “se han aprovechado de internet con mucho éxito, privatizando eficazmente un bien público”. Es paradójico, en este sentido, que muchos autoproclamados liberales reivindiquen los peajes o el copago para financiar las infraestructuras públicas, pero protestan cuando se pide que las grandes empresas tecnológicas paguen impuestos para costear el despliegue de la red o financiar los servicios públicos.

… Aunque los impuestos, por definición, no pueden ser finalistas, Hacienda se compromete a destinar esos recursos no previstos para financiar el coste adicional que tendrá para la Seguridad Social actualizar las pensiones como el IPC.

Algunos han criticado que se use la ‘tasa Google’ para pagar las pensiones, pero conviene recordar que los impuestos, al no ser finalistas, van a una caja común centralizada, que es la Hacienda pública. Y dado que el Estado es el garante de que se paguen las pensiones —como, por cierto, establece la Constitución— parece razonable que busque nuevos recursos. O nuevos hechos imposibles, como se prefiera.

Entre cosas, porque la propia Carta Magna deja muy claro que “todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”. Así de fácil. Y no parece ni muy moderno ni muy ‘cool’ no pagar impuestos, aunque se utilice el último grito en tecnologías o se juegue al futbolín en las amplias instalaciones de Cupertino. Escaquearse a la hora de rascarse el bolsillo es lo más parecido a un ‘fake’.


Tonterías selectas

05/05/2018

Why Fractional Reserve Banking Poses a Threat to Market Stability, by Robert Murphy

El bicentenario de Marx huele a victoria, de Eddy Sánchez

AI will spell the end of capitalism, by Feng Xiang, professor of law at Tsinghua University

“Quiero un empleo, trabajo me sobra”, de Begoña Huertas

Sean previsores: no se fíen de los planes de pensiones, de Emilio de la Peña


Tonterías selectas

03/05/2018

Nuestra democracia es proteger, de Nicolás Maduro

La hegemonía cultural del sindicalismo, de Joaquín Estefanía

Nuevas formas de esclavitud, de José Antonio Pérez Tapias, catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada

Twitter oficial del Papa Francisco

El día y la noche del trabajador, de Emir Sader