Más necedades de Antonio Ruiz de Elvira

23/08/2009

No resulta especialmente sorprendente que Antonio Ruiz de Elvira se haga un lío aquí con los derechos de propiedad:

En contra de las propuestas que continuamente leemos: ‘Mi’ caja, ‘mi’ aeropuerto, ‘mi’ lengua, voy a hacer una para todos: ‘la’ energía de todos y para todos.

Frenar el cambio climático exige dejar de explorar los mares en busca de petróleo, como se quiere hacer en Guinea, y aceptar, sencillamente, -aceptar- (lo que no es tan difícil) que hay otras energías y que esas energías no son de empresas particulares, ni de regiones concretas: Que una vez instaladas son de cada uno y funcionan en todas las regiones: Que son de todos y que no tienen barreras.

Frenar el cambio climático no requiere dejar de buscar petróleo. Ni siquiera requiere dejar de utilizarlo como combustible. Si el CO2 atmosférico es un problema no es imprescindible dejar de añadirlo a la atmósfera: también se puede retirar de ella tanto como se añada (o incluso más), o compensar sus efectos térmicos con otras medidas de geoingeniería. Qué acciones sean más acertadas dependerá de sus costes relativos.

Dudo que haya mucha gente que no acepte que haya otras energías. Además como la física es universal, funcionan en todas las regiones. El problema es si son económicamente competitivas o no. Aparte de que las energías no se instalan: lo que se instala son dispositivos para captarlas, almacenarlas, procesarlas, transportarlas y aprovecharlas.

No queda muy claro que la energía sea de todos y de cada uno: ¿quiere eso decir que cualquiera puede enchufarse a mi panel solar o a mi molino de viento? Si algo es mío ¿no significa que puedo excluir a otros de su uso? El viento y la luz solar son tan abundantes que son casi bienes libres; pero una vez transformados en energía eléctrica, ¿es esta mía o es de todos y para todos? Lo de la ausencia de barreras, ¿se refiere a que no hay ningún límite físico o de nuevo se trata de que los propietarios no pueden construir barreras para delimitar sus posesiones?

Necesitamos, y podemos, montar 5 gigavatios de energía solar al año. De molinos de viento, de celdas solares, de energía solar térmica, de biocombustibles. Algunos ingenieros con quien he hablado me dicen: “Muy difícil”. Esos no son ingenieros. Los ingenieros son aquellos que dicen: “Vamos a hacerlo”. Como Watt, como Telford, como von Braun, como Gates y Steve Jobs.

Algunos economistas me dicen: “Es muy costoso”, y no los entiendo. Montar, por ejemplo, un gigavatio al año de celdas solares en los tejados de las casas exige cinco mil montadores, cinco mil preparadores, los trabajadores de las fábricas de celdas, los transportistas, etc. Podemos calcular que unos cincuenta mil empleados. Dar trabajo a cincuenta mil personas significa generar empleo para quinientas mil. Y ese empleo es reciclable: No es dar dinero para hacer un jardín, un camino o montar una feria: Actividades que mueren cuando el jardín acaba, o se termina el camino. No. Significan crear infraestructura industrial.

Antonio Ruiz de Elvira decide por todos nosotros lo que necesitamos o no (si lo pagara él de su bolsillo, tal vez hasta le podríamos dejar jugar un ratito). Y además determina quién es ingeniero y quién no. Ya no hace falta estudiar y examinarse: basta con decir “Vamos a hacerlo”. No está claro que las personas que menciona, que quizás se avergonzarían de ser alabadas por un necio integral, tuvieran éxito simplemente con esas tres palabras: quizás también se preguntaron si merecía la pena hacerlo, si los costes eran asumibles para lo que se iba a obtener. El sesgo del éxito es muy común entre quienes ponen como ejemplo a los que han triunfado pero olvidan mencionar a todos aquellos que han fracasado intentando cosas relativamente parecidas.

Ruiz de Elvira reconoce y demuestra una y otra vez que no entiende el concepto de costes, pero no importa: él sigue pontificando como si supiera algo de economía. Aquí confunde generar empleo (con números inventados completamente arbitrarios) con producir riqueza, y además ignora lo que no se ve: lo que podría haberse hecho con esos recursos escasos utilizados de otra manera.

La energía solar exige vehículos de hidrógeno. Un plan Manhattan que resuelva el problema que queda en un plazo de cuatro años. Un plan Manhattan significa sueldos para diez mil personas: Esos sueldos se multiplican en otros cincuenta mil empleos. Es claro que hay que pagar. Pero esos pagos vuelven a los bolsillos de quien paga, o las arcas del estado, en un plazo de cuatro años, a base de impuestos directos e indirectos en una economía relanzada, mientras que el dinero del paro desaparece sin dejar rastro.

Una economía de hidrógeno exige montar las generadoras, los gasoductos, los nuevos motores, las ‘hidrogeneras’ que deben reemplazar en su día, pero que durante un tiempo deben coexistir con, las gasolineras. Los talleres de reparación, las ventas, etc. Negocio y empleo.

La energía solar no exige vehículos de hidrógeno. Quizás funcionen mejor las baterías eléctricas. O quizás sea más rentable utilizar energía solar para sintetizar algún tipo de combustible, o para cualquier otro sistema aún no inventado.

Pretender relanzar una economía con un plan Manhattan es propio de un completo ignorante que no entiende los problemas de la planificación central del socialismo, pero éste además se cree muy listo al tiempo que no para de meter la pata. El dinero del paro no desaparece sin dejar rastro: o se atesora, o se ahorra e invierte, o se gasta en consumo.

Si él está tan seguro de que hay que gastar más y más dinero no importa en qué porque el dinero circula automáticamente y siempre vuelve a su origen, que predique con el ejemplo, que gaste de forma alocada y se siente a esperar. Tal vez le sorprenderá ver lo mal que funciona el multiplicador del gasto.

Frenar el cambio climático es un negocio de todos y para todos: Es creación de empleo. Se olvida constantemente, sobre todo por el nuevo primer estado, los nuevos nobles, que no hay riqueza si no la tiene el pueblo. Que la riqueza concentrada dura lo que un porro a la puerta de un colegio.

Frenar el cambio climático es un negocio para unos pocos grupos de interés que apuestan por seguir recibiendo subsidios, como las energías renovables. Los empleos que se crean hay que pagarlos, suponen costes, y esos recursos gastados no pueden dedicarse a otros sectores seguramente más productivos. Si queremos sólo crear empleo, destruyamos todas las herramientas.

Se nota que Ruiz de Elvira no entiende gran cosa de lo que es la riqueza. Algún millonario podría explicarle que la riqueza existe aunque esté concentrada, que uno puede ser rico y otros no.

Aquí se pregunta si vivimos en la Tierra. Anda un poco despistado.

Cada día entiendo menos de la economía que nos gobierna.

No hace falta que lo jure. Lo demuestra cada vez que escribe.

Un editorial del New York Times se queja de que China protege su industria de energía solar. Es de sobra conocido que la única manera que tiene cualquier país de acceder a la riqueza, es desarrollar su propia industria, y para ello necesita cuidarla en invernadero como se cuida a las plantas antes de trasplantarlas. Lo hizo Inglaterra durante la revolución industrial, lo hicieron los EEUU en el siglo XX, Japón y recientemente Corea. Es imprescindible.

“Es de sobra conocido” es la muletilla previa a todo tipo de disparates. El del proteccionismo “imprescindible” es de los que demuestran ignorancia económica de la buena, de los mercantilistas proteccionistas de todos los tiempos. Que muchos países hayan sido y sean proteccionistas no significa que eso les haya beneficiado colectivamente: sólo ha supuesto un trasvase coactivo de recursos de los ciudadanos a los sectores protegidos. Y a las plantas se las cuida en viveros, no necesariamente en invernaderos (qué obsesión con el cambio climático).

Y sin embargo las quejas surgen siempre. Que si las empresas europeas no pueden competir, que si es injusto, etc. Derivan estas quejas de dos tremendos errores de las hipótesis implícitas (y nunca explicitadas) del pensamiento económico: Uno de ellos, que la riqueza es escasa y si la tiene otro no la tengo yo. Y por tanto para ser rico yo los demás tienen que ser pobres. El segundo, que uno solo puede competir en lo que ya sabe, que no hay cambio en el mundo y que las empresas no se adaptan.

¿Nunca se ha explicitado que la riqueza es escasa? ¿Pero qué ha leído este personaje? Lo de que para ser rico yo los demás deben ser pobres efectivamente es una falacia, pero no está claro que todos los economistas la cometan: con el libre comercio ambas partes se benefician y es posible que todos se enriquezcan de forma interdependiente. Pero si yo tengo un objeto físico que es un bien económico, otro no lo tiene: mi bicicleta la tengo yo, no otro.

Hay algunas visiones estáticas de la economía (giro uniforme, equilibrio general) en las que no hay cambios, pero no todo el pensamiento económico ignora la empresarialidad.

Ambos errores nos han traído hasta aquí, a la enésima crisis aceptada como natural por los economistas profesionales. Es como si los médicos aceptaran como lo más natural del mundo que cada diez años un cuarto de la población debiese sufrir una pandemia sin hacer, para controlarla, otra cosa más que esperar a que pase.

Parece que conoce a todos los economistas profesionales y que todos piensan lo mismo.

Pues bien: Los desastres económicos de España (y como los nuestros, los de los demás) se han basado siempre en insistir en la hipótesis de ‘estaticidad’: Siempre se iba a necesitar acero, siempre se podrían vender barcos baratos, siempre venderemos fresa, vino, etc.

Esta es la idealidad de Marte. En la Tierra las cosas cambian, cambian constantemente y cambian muy deprisa. No solo ahora. En el siglo XVII las pañerías españolas, ancladas en tradiciones antiguas, tuvieron que cerrar porque la tecnología (holandesa) había cambiado y las nuestras ya no podían competir (lo mismo pasó en Florencia y las ciudades italianas).

¿La solución? Cambiar más deprisa de lo que cambia el entorno, el medio donde vivimos, el medio ambiente. Adaptarnos. Estudiar, trabajar.

La idea antigua es que una vez acabado el colegio, la universidad, ya no hay que estudiar más. Los ejecutivos de la naval, de los altos hornos, que no estudiaban constantemente, tuvieron que cerrar.

Está muy bien insistir en que las cosas cambian. El problema es que no todo cambia igual de deprisa, algunas cosas casi son constantes, y no basta con afirmar que las cosas pueden cambiar, lo interesante es prever los cambios y anticiparse a ellos con perspicacia empresarial, para lo cual no hay garantías de acierto. Estudiar e innovar consume recursos, es una actividad que tiene el coste de reducir la producción presente: por eso no se hace sin más.

Por otro lado parece que asume que el medio ambiente puede cambiar y que podemos adaptarnos: entonces ¿a qué viene tanta histeria respecto al cambio climático? ¿Por qué insistir en frenarlo a cualquier precio?

Las empresas solares europeas pueden competir con las chinas, siempre que ofrezcan mejores productos. Si han invertido mucho en los productos anteriores, tendrán que invertir más en los nuevos ¿pasa algo?

No se trata sólo de ofrecer mejores productos, también hay que tener en cuenta los precios. Y si otro país subsidia a sus exportadores (a costa de sus ciudadanos contribuyentes) quizás la competencia no sea muy justa. Respecto a invertir siempre más, Ruiz de Elvira parece no entender que el capital es escaso y que hay usos alternativos, no se trata de invertir más sin ton ni son, sino de decidir en qué se invierte. Aparte de que también está el consumo presente que limita lo que se ahorra e invierte.

El primer error es peor aun: Henry Ford explicó, con el ejemplo, que la riqueza es general. Que para hacerse él rico no tenía que hacer pobres a los demás, a sus trabajadores. Al revés: El negocio está en que no solo 200 millones de chinos, sino 1400 millones se hagan ricos: Así nos comprarán los productos que, mediante el estudio y la adaptación, fabriquemos nosotros.

Henry Ford nunca pensó que tuviera la opción de empobrecer a sus trabajadores. Lo que hizo fue fabricar un producto al cual podían acceder sus trabajadores, popularizando así el automóvil. Se repite mucho la tontería de que decidió pagar bien a sus empleados para que pudieran permitirse comprar sus productos: sus empleados son una fracción ínfima de los consumidores potenciales; un empresario no puede decidir unilateralmente cuánto paga a sus empleados, ya que si les paga poco se los lleva la competencia y si les paga demasiado quiebra.

Es estupendo que todos nos hagamos ricos, pero esto no sucederá gastando a lo loco e invirtiendo a ciegas.

La riqueza no es escasa: Se ha multiplicado por veinte en 200 años, se puede multiplicar por 100 en los próximos 200 años.

La riqueza es escasa: nunca hay suficiente para satisfacer todos los deseos de los seres humanos. Mañana seguramente habrá más riqueza que hoy, y seguirá siendo escasa.

¿Corregimos las hipótesis?

¿Pueden los necios corregir el pensamiento de los demás?

La última serie de sandeces de Ruiz de Elvira criticadas en esta entrada las ha publicado en su artículo “El penoso informe del doctor Calzada” (ese tan famoso del Instituto Juan de Mariana sobre la destrucción de empleo por las subvenciones a las energías renovables), aparecido en la revista Integral (número 355) junto a otros artículos de alto nivel científico como “Curarse con flores de Bach”. En su reseña biográfica además nos avisa (o amenaza) de que está desarrollando nuevos modelos económicos dinámicos para el problema del cambio climático.

Según Ruiz de Elvira el IJM se basa en el fundamentalismo liberal: o sea que somos liberales con fundamentos, muchas gracias por el reconocimiento intelectual. Pero el informe tiene “varios errores de bulto, desde el punto de vista de la mejor teoría económica actual”. No me queda claro cómo alguien absolutamente negado y ciego para la economía puede entender o dominar “el punto de vista de la mejor teoría económica actual”. A ver por dónde nos quiere llevar.

Empieza por criticar que no se use o cite ningún modelo económico, que prácticamente sólo se recopilan datos históricos. Claro, si no tienes una simulación matemática de la economía no puedes hacer ciencia en serio: habrá modelos malos y los habrá peores, pero son ineludibles según este experto en metodología y epistemología de la economía. Si no usas un modelo, no mereces crítica científica, y además no te van a entender.

Además las conclusiones son inválidas para una economía antigua y más para la economía moderna.

Supongo que no se refiere a la economía como ciencia, cuyos principios son universales, sino a la situación económica, a la coyuntura histórica.

El trabajo está basado en la filosofía defectuosa que subyace los trabajos del Instituto Juan de Mariana: la filosofía de que nada cambia en este mundo. Por lo tanto, ni hay cambio climático ni destrucción de la naturaleza ni cambio económico.

Ante esta afirmación uno se pregunta si estamos ante un completo inepto que no se entera de nada o ante un mentiroso sin ninguna vergüenza. ¿Conoce algún otro trabajo del IJM para poder hablar en plural de sus trabajos? ¿Conoce la filosofía en la que se basa su pensamiento? ¿Entiende que si por algo se caracteriza la escuela austríaca de economía y el liberalismo como filosofía política es por su insistencia en la empresarialidad, el cambio, el dinamismo, la creatividad? Por otro lado, la existencia o no de cambio climático es una cuestión empírica que poco tiene que ver con la ciencia económica. Que las cosas puedan cambiar no implica que tengan que cambiar constantemente o que esos cambios sean relevantes o perjudiciales.

Los modelos económicos actuales incluyen las derivadas en el tiempo, la evolución económica y social. Una realidad básica de la economía es que las fuentes energéticas cambian en el tiempo. Antes de 1800 derivaban de la madera viva. En el siglo XIX de la madera fósil, el carbón. En el XX, de la microfauna fósil, el petróleo. Hoy deben derivar directamente del sol actual, no del fósil.

Ruiz de Elvira ha descubierto América y nos informa de la existencia de derivadas en el tiempo en los modelos económicos actuales: quedamos a la espera de que nos aclare si son derivadas parciales o totales, y si existen también derivadas de órdenes superiores (derivadas de las derivadas).

Que las fuentes energéticas cambian en el tiempo no es un principio fundamental de la ciencia económica sino un rasgo coyuntural de la historia económica, resultado del principio fundamental de que tienden a usarse los medios de producción más económicos según la tecnología, el capital y la demanda existentes.

Es interesante observar cómo pasa de describir cambios que sucedieron en el pasado, a prescribir lo que debe hacerse en el presente (a sus órdenes, jefe). Típico de necios sermoneadores que quizás en sus limitadas mentes no perciben lo que han hecho, o que sí lo hacen y pretenden engañar a algún incauto que no se dé cuenta de la jugada.

Una de las afirmaciones, curiosa, es que montar molinos de viento impide montar tenderetes de venta de hamburguesas, por tanto destruye puestos de trabajo y dificulta el desarrollo económico y la actividad productiva. Muestra que los autores de este estudio, doctores y licenciados en Ciencias Económicas, han pasado por las facultades como la luz por el cristal: sin entender nada de economía. ¿Cómo pueden ser actividades productivas” fabricar y vender hamburguesas? Producir quiere decir obtener algo que no existe antes, es decir, capturar energía no previamente almacenada. Fabricar y vender hamburguesas son esencialmente actividades transformadoras, que implican exclusivamente un flujo de dinero que circula una y otra vez, disipándose al cabo de algunos ciclos como cualquier actividad natural.

¿Puede un incompetente sumo en el ámbito de la economía distinguir quién sabe economía y quién no? Obviamente no. Si producir es obtener algo que no existe antes, fabricar hamburguesas es productivo (la carne picada no es una hamburguesa; la carne picada con forma de hamburguesa pero aún no cocinada no es una hamburguesa); incluso venderlas es productivo, se presta el servicio de hacer llegar al consumidor potencial un bien económico (no es lo mismo una hamburguesa inalcanzable o que una persona hambrienta no sabe dónde está que una hamburguesa en un restaurante).

Confunde producir con capturar energía no previamente almacenada: tal vez está un poco obsesionado con la física y con la energía solar. Lo del flujo de dinero que circula y se disipa es una de las analogías con la física más desafortunadas: el dinero no se diluye inevitablemente.

Obviamente Ruiz de Elvira no ha entendido el meollo del informe. Montar molinos de viento impide montar restaurantes igual que montar restaurantes impide montar molinos de viento: los recursos productivos en un momento dado (capital y bienes de capital) son escasos y no es posible satisfacer todos los planes empresariales imaginables; lo que se dedica a una cosa no puede dedicarse a otra (noción de coste de oportunidad, que este genio a menudo confiesa que no entiende).

Lo que destruye (de forma neta) puestos de trabajo y dificulta el desarrollo económico son las subvenciones al sector de las energías renovables: porque requieren mucho capital por cada empleo generado allí (ese capital habría creado más empleo en otros ámbitos) y porque es una decisión política centralizada no conforme con los deseos y capacidades de los ciudadanos.

Es verdad que el estudio no considera el futuro sino sólo el pasado. Sus autores no aspiran a adivinos, sólo quieren describir y explicar qué ha pasado en realidad: se ha destruido empleo, en contra de las reiteradas aseveraciones de la propaganda gubernamental, que sólo menciona lo que se ve (los puestos de trabajo en el sector renovable) y no lo que no se ve (los puestos de trabajo que no han podido crearse en otros sectores por falta de capital).

Parece que el estudio insiste en el “mercado”, “una entelequia que ni siquiera funciona en la teoría”. Abundan las teoría erróneas en las que el mercado no funciona (se le exige que sea perfecto, y eso es mucho pedir). Pero también hay teorías qué explican cómo funciona y por qué no hay alterativas (salvo que se prefiera el empobrecimiento generalizado).

Las empresas energéticas actuales viven de las rentas de las inversiones públicas (guerras, entre otras) de los años 40 del siglo XX. La única solución para generar riqueza para el futuro es que la sociedad invierta hoy sin esperanza de beneficios en unos años. Puesto que los empresarios que viven hoy de la inversión pública pasada no lo van a hacer, lo tienen que hacer los estados.

Ruiz de Elvira no es de los que acumulan múltiples estupideces entre algún que otro acierto al principio y al final. Él se zambulle en seguida en la idiotez y no para hasta la traca final.

Resulta curioso entender la guerra como una inversión pública. Supongo que se refiere a que de algunos programas bélicos (bomba atómica) se ha obtenido conocimiento científico y tecnológico que luego se ha aplicado a campos civiles como es el caso de la energía nuclear. Pero las empresas energéticas (que obviamente no son todas nucleares), aun siendo públicas muchas de ellas, han tenido que seguir invirtiendo, no se han limitado a vivir de las rentas de hace ¡seis décadas! El capital se amortiza.

En la economía actúan personas y empresas, no actúa “la sociedad”. No es la sociedad quien invierte (a veces lo hace el Estado, pero eso tiene poco que ver con la sociedad y es más gasto que inversión productiva rentable). Es posible que algunas inversiones tarden en madurar: hay que asumir unos años de pérdidas hasta lograr beneficios. El problema es que este lumbrera no especifica cuántos años van a ser (decenas, cientos, miles) ni en qué hay que invertir. Pero seguro que acertamos si nos fiamos de él, por su vasta (o quizás basta) experiencia empresarial jalonada de múltiples éxitos por todos conocidos.

Naturalmente que hay muchos presuntos “empresarios” que no hacen más que vegetar a la sombra del Estado. Pero asegurar que la única solución es que el Estado haga de empresario demuestra estar en la más absoluta inopia: quizás por no entender qué es y qué hace un auténtico empresario. Algo completamente ajeno a sus conocimientos teóricos (si es que hay alguno) y a su experiencia personal.

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Un desatino cebrianés

21/08/2009

Artículo en Libertad Digital.


Tonterías políticamente correctas sobre el cambio climático

21/08/2009

Karl-Heinz Florenz, diputado alemán al Parlamento Europeo del Partido Popular Europeo y ponente sobre el cambio climático, perpetra este engendro de artículo, Cambio climático: actos para un futuro mejor.

Se ha dicho muchas veces a lo largo de los años que la juventud es nuestra esperanza. Sin embargo, en la carrera por asegurar los escasos recursos y proteger nuestro clima, el tiempo se ha acabado y no podemos esperar a que las generaciones futuras encuentren soluciones a los problemas actuales. A menos que encontremos soluciones sostenibles (y las pongamos en práctica) pronto, nuestros hijos no tendrán materias primas con las que calentar sus hogares o producir bienes; ahora más que nunca su futuro está en nuestras manos. Es una gran responsabilidad, pero también una oportunidad única para que esta generación de dirigentes sean los arquitectos del mañana.

Juventud, divino tesoro. La juventud actual, tras sufrir la estupidificación pública obligatoria que se conoce como educación obligatoria estatal, difícilmente puede ser la esperanza de nadie. Quizás de los pensionistas que esperen saquear a otros como ellos han sido saqueados. Eso sí, la juventud es el futuro sin hacer ningún esfuerzo: el tiempo pasa.

Si el tiempo se ha acabado ¿para qué seguimos corriendo? ¿Sabe este diputado que todos los recursos económicos son escasos por definición? ¿Conoce el funcionamiento de los mercados de futuros? ¿No se cansa de repetir la tontería del agotamiento de los recursos? ¿Qué problemas hay actualmente tan graves que tenemos que transportar en el tiempo a las generaciones futuras para que nos los resuelvan?

La muletilla política de moda es “sostenible”. Si lo que se propone es sostenibilidad ya no hace falta pensar con un mínimo de rigor, todo estará bien, hasta la memez más extrema. Nuestros hijos (“todo es por los niños”), pobrecitos, podrían carecer de materias primas para calentar sus hogares y para producir bienes, ¡qué desastre! Repitan conmigo: la energía fluye, la materia se recicla (física); derechos de propiedad y precios (ética y economía).

Efectivamente gran parte del futuro está en manos de los burócratas aborregados y aborregantes que aspiran a convertirse en los arquitectos del mañana, necios que se creen sabios y responsables.

Garantizar que tomamos las decisiones acertadas es una tarea compleja, entran en juego numerosos factores y no nos quedan muchas oportunidades para asegurarnos de que hacemos las cosas bien.

Es prácticamente imposible que dada su incompetencia puedan hacer las cosas bien. Pero ni se plantean que la solución es que ellos dejen de tomar decisiones en nombre de cientos de millones de personas y se las impongan coactivamente.

Cabe esperar que la cumbre de Copenhague de diciembre dé a luz un nuevo acuerdo internacional que sustituya al Protocolo de Kioto. Esperamos que la cumbre también ayude a dejar claro que la acción contra el cambio climático no es solo una necesidad para garantizar el desarrollo en el futuro, sino que resulta imprescindible para superar la actual crisis económica y financiera. Mediante acciones concretas, no solo protegeremos el clima, el medio ambiente y ayudaremos a fortalecer nuestra economía, sino que también garantizaremos un futuro mejor y más justo para todos los ciudadanos.

Esta estupidez se repite mucho: como estamos endeudados hasta las cejas y con la estructura productiva descoordinada, démonos el lujazo de utilizar energías caras y así reactivaremos las finanzas y la economía. También podríamos salir en procesión para que llueva (esto último al menos no hace menos probable que llueva).

Qué graciosos y originales resultan los políticos garantizando “un futuro mejor y más justo para todos los ciudadanos”. ¿Dónde se puede reclamar por el incumplimiento de esta garantía?

La Unión Europea debe dar ejemplo. Para ello, ha fijado unos niveles de referencia para que los demás sigan el objetivo de reducir para 2020 las emisiones de carbono en un 20 % (y el 30 % en el marco de un acuerdo internacional). No podemos mostrar signos de flaqueza si queremos avanzar hacia dichos objetivos; pero es necesario emprender acciones comunes y con perspectivas de futuro.

Los líderes europeos se creen moralmente superiores cuando son los responsables de sociedades envejecidas y carentes de impulso emprendedor. Pero no mostremos signos de flaqueza, que se nos puede notar que todo es fachada. Sigamos sacando pecho hasta asfixiarnos.

Si bien es verdad, con políticas tan específicas se corre el riesgo de crear de manera inadvertida desequilibrios en otros ámbitos. Es importante que todas las partes interesadas trabajen duro y de forma coordinada para evitar que esas desigualdades ocurran. Por lo tanto, me complace participar en un proyecto de la Fundación Rey Balduino en cuyo marco se organizarán una serie de debates que reunirán a expertos en materia de política social y cambio climático. Las conclusiones extraídas del proyecto representarán una valiosa contribución para los responsables políticos europeos sobre el mejor modo de incluir cuestiones en la agenda social y los objetivos de reducción del cambio climático.

Vamos a esforzarnos y a coordinarnos bien y todo saldrá de maravilla. Debatamos mucho, hagamos la pelota a quienes organicen proyectos que nos permitan lucirnos y presentarnos como expertos. Y luego justifiquemos nuestro intervencionismo político en las conclusiones de esos programas que previamente hemos apoyado.

Aunque las políticas de reducción no tienen como finalidad abordar la desigualdad social, una buena gestión de esta cuestión puede ofrecer muchas oportunidades. Tiene la capacidad de crear nuevos empleos, infundir nuevo vigor a las economías y, en colaboración con otros ámbitos políticos, abrir el camino hacia un futuro mejor menos marcado por las desigualdades. Sin embargo, para conseguir beneficios a largo plazo se requiere una estrategia a corto plazo; todos debemos apoyar iniciativas como la de la Fundación Rey Balduino para poder tomar las decisiones correctas hoy.

Mezclémoslo todo, el clima, la igualdad y la economía. Hemos recibido una orden: hay que apoyar estas iniciativas, y no se hable más. Todos, que nadie se escaquee. Porque no vamos a dejar que los ciudadanos decidan cada uno en su ámbito e intenten acertar por su cuenta y riesgo. Nosotros, los políticos, vamos a decidir correctamente por ellos. Palabra de Karl-Heinz Florenz.


Manuel Pimentel y la venganza del campo

19/08/2009

Manuel Pimentel nos avisa de “La venganza del campo”:

No sabemos cuándo llegará, pero más pronto que tarde se presentará entre nosotros con sus fauces abiertas sedientas de venganza. Durante décadas los hemos despreciado, humillado, pisoteado. Al campo, a la agricultura, a la ganadería y al conjunto de sus gentes. Sector primario, lo definíamos, como sinónimo malicioso de elementales, primitivos, básicos. La sociedad posmoderna ignoraba a los productores agrarios, a los que benignamente sólo toleraba como cuidadores de un medio ambiente en el que solazarse. El campo ha desaparecido del debate público. Oímos a los políticos y a los gurús desgañitarse en el debate de la economía del futuro. ¿Alguien los ha oído alguna vez nombrar la agricultura? No. El campo ya no existe para las mentes pensantes. Todas dan por hecho que los productos agrarios sanos y baratos seguirán inundando los mercados. Se equivocan. Más pronto que tarde, el campo se vengará en forma de escasez de alimentos, que subirán de precio de forma brusca e inesperada. Que nadie se queje entonces. Entre todos estamos incubando ese monstruo a base de desprecios y desdén.

Lo de las “fauces abiertas sedientas de venganza” demuestra el rigor intelectual de este aspirante a pensador. El cual se acusa a sí mismo y a algunos más de desprecio, humillación y pisoteo: tal vez quiera entregarse junto con sus cómplices en la comisaría más cercana.

Lo de sector primario más que una malicia parece una descripción elemental de que es el primero históricamente (comer es muy importante), así que efectivamente es primitivo y básico: lo de elemental sorprende que lo diga un ingeniero agrónomo, tal vez sea una ingeniería facilita.

Como colectivista que es, Pimentel habla en nombre de la sociedad y la reprende por no atender adecuadamente a sus productores agrarios: el típico discurso de cualquier defensor de un grupo de interés (no nos hacen caso y somos muy importantes).

Pretende que la economía del futuro la van a diseñar los políticos con sus debates actuales: se nota que se ha decicado a la política, que le pareció “muy hermosa, tiene tantas cosas como personalidades humanas. Uno: la capacidad de hacer cosas influyentes, contribuir a transformar la sociedad. Dos: es una vida muy interesante, conoces a gente importante, estás en el corazón de la historia. También te da estatus, conocimiento”. Quizás los que sufren la política no la ven tan atractiva y lamentan su influencia y poder de transformación.

Aunque es empresario, parece no entender cómo funcionan los mercados (aunque el agrícola en Europa es tan intervenido que todo depende del capricho de los gobernantes). Si está tan seguro de que los alimentos escasearán, debe estar comprando opciones de compra sobre las materias primas agrícolas en los mercados de futuros, o acciones de empresas alimentarias, o tierras para cultivar… ¿Lo está haciendo? Jim Rogers, legendario inversor, recomienda la agricultura como inversión de futuro, pero no suelta estos sermones moralizantes tan pesados y ridículos.

Lo de “que nadie se queje entonces”, ¿es una orden o un acto de chulería? ¿Si no hacemos caso a este profeta del desastre agrícola vendrán grandes calamidades y ni siquiera podremos protestar? Pimentel parece creer que el campo no está aún suficientemente mimado, subvencionado y protegido: hace falta más, lo de la Política Agraria Común es “desprecio y desdén”.

Le llaman cadena de valor. El precio final que paga el consumidor debe retribuir a la cadena de supermercados, al fabricante, al transportista, al almacenista y finalmente al agricultor. ¿Adivina quién es el que menos percibe de esta cadena? Pues ha adivinado bien: es el que está al final, el proveedor de la materia prima, el más débil a la hora de negociar. Le dan tan poco que no puede ni cubrir gastos. Pongamos un ejemplo. Una camisa de algodón que cuesta 100 apenas si tendrá unos céntimos de hilo de algodón. Todo se queda en la marca, el diseño, los transportes, el comercio, el valor añadido de la cadena, etc. El costo de la materia prima agraria o ganadera es irrelevante. Tanto la política como la empresa exprimen sin piedad al agricultor, que contempla impotente la progresiva ruina de sus economías y familias. La sociedad canta ahora, por ejemplo, a las marcas blancas, sinónimo de una vuelta de tuerca más sobre el pescuezo de los agricultores.

Este hombre debe de tener muchos amigos en el sector agrícola y les está haciendo la pelota descaradamente. ¿Las empresas exprimen sin piedad al agricultor? Si tienen tanto poder ¿por qué le pagan algo en lugar de nada? ¿No existen otras empresas competidoras a las que ofrecer estos productos? Y si no existen ¿ese presunto enorme margen de beneficio no es un fortísimo incentivo para actuar empresarialmente y crear esas nuevas empresas que hagan que cada eslabón de la cadena de valor reciba en proporción a lo que aporta? Tal vez he olvidado que el agricultor sólo sabe ser agricultor, no puede hacer otra cosa, es impotente y sólo sabe arruinarse. Tal vez sea inaceptable que el sector agrícola sea cada vez más productivo con menos trabajadores.

Mientras esto ocurre, la expansión de las zonas urbanas e industriales -ubicadas normalmente sobre las tierras más fértiles- continúa devorando implacablemente la superficie agrícola, y la proliferación de infraestructuras, sigue arañando miles y miles de hectáreas cada año de tierras de cultivo. El factor tierra también se reduce por el crecimiento de instalaciones de energías renovables. Los paneles y los molinos también restan hectáreas de cultivo y pastos. Se nos podría contraargumentar que aún existen tierras abandonadas o vírgenes, pero la verdad es que son más escasas de lo que podemos pensar. Casi toda la superficie que se puede cultivar ya se cultiva, y el resto, o es infértil o se encuentra protegida. No podemos basar nuestro desarrollo en la deforestación masiva de los escasos bosques y zonas salvajes que nos restan. Lentamente, cada vez tenemos menos tierra para labrar.

Si el suelo tiene un precio de mercado libre, será raro que el más fértil deje de dedicarse a la agricultura (sólo lo hará si otros usos son aun más valiosos, lo cual no será ningún desastre). No es tan grave que cada vez haya menos tierra para labrar si esta se cultiva de forma eficiente. Y hoy día mucha tierra cultivada lo es solamente por los subsidios y los aranceles proteccionistas.

El segundo factor básico es el agua, y aquí el futuro es aún más sombrío. Sin adentrarnos en las teorías del cambio climático, y aún contemplando el mantenimiento del clima tal y como lo conocemos, la cantidad de agua destinada a la agricultura disminuye año a año. Las modernizaciones de los regadíos podría ser una causa positiva, pero la principal es la rivalidad de usos. El ingente consumo urbano, turístico e industrial del agua -todos ellos antepuestos al agrícola- hace que cada año los agricultores dispongan de menos agua para sus cultivos. La escasa rentabilidad de sus producciones también limita al máximo su consumo.

Ya va siendo hora de que los agricultores paguen por el agua un precio de mercado. Tal vez entonces su actividad no sea rentable: qué lástima.

Es en el tercer factor, las técnicas de cultivo y la investigación en las variables de producción donde aún podemos cifrar nuestras esperanzas. Todavía queda camino por recorrer para incrementar la productividad por hectárea. Pero los actuales precios basura impiden financiar la innovación. Tan sólo si el campo vuelve a la rentabilidad, la investigación podrá azuzarse.

¿Precios basura? ¿Acaso no acaba de haber una burbuja en los precios de los productos agrícolas? ¿No está Pimentel anunciando precios altísimos para un futuro cercano inminente?

Todos los alimentos -y digo bien: todos- provienen del sector primario. Ni toda la química ni electrónica del momento han logrado producir ni un solo gramo para comer. Hemos olvidado algo tan elemental como el que tenemos que comer todos los días. No debemos permitir que el campo siga muriendo. Los precios deben reajustarse, y en los planes económicos, el sector primario debe tener un peso propio. Algunos países, como China, están comprando masivamente tierras en terceros países. Quieren inmunizarse ante la venganza del campo. ¿Qué hacemos nosotros? Pues nada. Así nos irá.

Naturalmente que la química puede producir algún que otro gramo para comer. Pimentel no dice bien prácticamente nada. La gente no es tan tonta que olvide que suele comer todos los días; bueno, quizás Pimentel y los suyos sí, ya que habla en primera persona del plural y dado lo que escribe en este artículo es fácil estimar en exceso su inteligencia.

No debemos permitir que el campo siga muriendo. No debemos permitir que la industria siga muriendo. No debemos permitir que el sector servicios siga muriendo. No debemos permitir que el turismo siga muriendo. No debemos permitir que la cultura siga muriendo.

Pimentel nos está dando una orden, nos prohíbe dejar de subvencionar al campo. Exige que los precios se reajusten (aunque olvida mencionar que tiene que ser al alza según sus preferencias), y planes económicos (¿anuales? ¿quinquenales?) para el sector. Nos recomienda la conducta estatista china, según la cual el Estado compra terrenos. Olvida mencionar el caso del faraón egipcio y sus almacenes de grano.

Todo esto, por alguien que pretende que sus referencias intelectuales son “el individuo, la iniciativa, la libertad individual”.


Jean-Marie Colombani y la reforma sanitaria de Obama

19/08/2009

Jean-Marie Colombani, ex director del diario francés Le Monde, asegura que “Los ‘lobbies’ sanitarios se enfrentan a Obama”:

Hay dos puntos del programa electoral de Barack Obama que serán determinantes para juzgar la calidad de su mandato: la lucha contra la crisis, por supuesto, y también la promesa de creación de un seguro médico que permita cubrir, por fin, a los 46 millones de norteamericanos que carecen de toda asistencia. Si bien sobre el primer punto no hay un verdadero debate -al margen de una minoría del Partido Republicano que critica la intervención del Estado en sí misma-, no ocurre lo mismo en lo tocante a la salud.

Una idiotez tras otra. Si Colombani afirma que no hay un auténtico debate sobre la lucha contra la crisis económica, tendremos que creerlo, faltaría más, porque se trata de un periodista de alto nivel que debe saberlo todo. Es interesante comprobar cómo los necios aseguran que no existe aquello de lo que menos saben, convenciendo así a otros incautos tan desinformados como ellos.

No existen “46 millones de norteamericanos que carecen de toda asistencia”. Lo que hay es norteamericanos que carecen de seguro médico. Pueden recibir asistencia médica pagándola por su cuenta (como se puede arreglar un vehículo aunque no se tenga seguro a todo riesgo), o como hacen muchos a través de los servicios de urgencias, donde en general no pueden ser rechazados. De esos muchos millones una proporción importante son inmigrantes ilegales (para quienes no es posible contratar una póliza de seguro), otros son trabajadores en transición entre empleos, y muchos son jóvenes a quienes no les merece la pena pagar un seguro médico porque no creen que vayan a necesitar servicios médicos en breve.

Según Colombani Estados Unidos es “un país en el que los lobbies de las compañías aseguradoras y las corporaciones médicas son prácticamente todopoderosas”. Quizás sean algo menos todopoderosas que el gobierno de Estados Unidos, que es quien establece las leyes de las cuales luego éstas intentan aprovecharse. Y Obama pretende incrementar el poder de ese mismo gobierno, y por eso muchos ciudadanos se oponen a él, no intentan simplemente “enmascarar el carácter racial de su oposición”.

Hemos visto fijar carteles con el retrato de Obama luciendo un bigote al estilo hitleriano.

Como si fuera algo novedoso. Con Bush o con otros políticos nunca se ha hecho ¿verdad?

Sarah Palin ha tomado como pretexto una disposición que incluye en el proyecto de cobertura sanitaria la asistencia médica al final de la vida para denunciar -ahí es nada- la instauración de “tribunales de la muerte”. Dirigiéndose a las personas mayores, les anuncia que, si el texto sale aprobado, tendrán que comparecer ante un tribunal compuesto por burócratas que decidirán si serán atendidos o no.

Los políticos son así de demagógicos, pero algo de verdad hay. Los medios sanitarios son escasos y no pueden dar satisfacción a todos los deseos de atención, de modo que alguien debe decidir, en un sistema burocratizado, quién deja de recibirla (y algunos ancianos con escasas posibilidades de supervivencia serán los principales candidatos).

Estos excesos y esta ofensiva han marcado a la opinión pública. En un país en el que el temor al Estado se impone siempre a la idea de que éste pueda aportar soluciones a los problemas de la gente, la campaña de los adversarios de Barack Obama se ha traducido en un descenso espectacular del índice de confianza del presidente, que, sin embargo, sigue siendo mayoritario por muy poco.

O sea que Obama no puede perder la confianza de sus ciudadanos por sus propios errores: son esas indeseables campañas las responsables de que el rebaño desconfíe de su líder supremo. Porque el Estado puede “aportar soluciones a los problemas de la gente”: o más concretamente puede ayudar a algunas personas a costa de perjudicar a otras personas. Porque mucha de esa gente preferiría que el Estado les dejara en paz, o que al menos les permitiera escoger si aceptar o no su ayuda.

Fundamentalmente, se trata de instaurar un sistema de seguros de enfermedad accesible a todos los estadounidenses y gestionado por el Estado. Las compañías aseguradoras objetan que el sistema público podría llegar a ser un competidor para ellas y temen que la intervención del Estado en este terreno conduzca a una bajada del precio de las prestaciones médicas y, en consecuencia, de las primas de los seguros.

El Estado, ese maravilloso gestor que está llevando a la ruina a los programas que ya controla como Medicare (ancianos) o Medicaid (pobres). Repitamos muchas veces que el sistema será accesible a todos y olvidemos hablar de lo que va a costar.

Las aseguradoras ganan dinero por la diferencia entre sus ingresos (primas de los seguros) y sus costes (los precios de las prestaciones médicas más sus costes administrativos). Que ambos bajen no implica necesariamente problemas para las aseguradoras si el margen se mantiene. Pero pedir a Colombani un mínimo de rigor en el razonamiento económico quizás sea excesivo.

Lo que pretende Obama es poner término a algo que, para todo europeo, sigue siendo objeto de escándalo: el hecho de que 46 millones de estadounidenses (algunos dicen que hasta 50 millones) carezcan de toda cobertura sanitaria.

Colombani conoce íntimamente a todos los europeos y sabe lo que los escandaliza. Me pregunto si he olvidado mi estrecha relación con este sujeto, con quien no recuerdo haber hablado de este tema, que además no me escandaliza en absoluto. O tal vez es que no soy europeo, y conozco a un montón de personas que curiosamente tampoco son europeos aunque ellos no lo sepan.


Los cuentos de los lecheros

18/08/2009

Artículo en Libertad Digital.