Tonterías selectas

La tercera Europa, de Irene Lozano

Monsanto, la semilla del diablo, de Esther Vivas

Trabajadores y pobres, de Fernando Luengo

La manera como los establishments políticos y mediáticos responden al crecimiento de las desigualdades, de Vicenç Navarro

Desahuciar es innecesario, de Xavier Vidal-Folch

Banqueros, paralizad inmediatamente todos los desahucios. Os perjudican.

La expulsión (“evicción”) de familias morosas de su hogar habitual por no poder pagar la hipoteca es una flagrante injusticia.

… Expulsar de la vivienda propia al arruinado es la siembra de un veneno social, la creciente desigualdad, que aúna a los sin trabajo y a los sin techo. Y rompe la mínima cohesión social indispensable para evitar una revuelta social generalizada.

Desahuciar es pues injusto, nada inteligente y atenta contra el orden.

Economista o moralista: pensiones

Juan F. Jimeno, en “¿Qué será de mi pensión?”: Recomendación de lectura para jubilados y los que aspiran a serlo afirma:

El sistema público de pensiones de reparto, basado en un pacto intergeneracional por el cual la población en edad de trabajar provee, conjunta y solidariamente, de pensiones vitalicias a la generación anterior, constituye un avance social muy importante sobre la situación previa en la que el soporte de la renta durante la vejez dependía exclusivamente de vínculos familiares. Por tanto, debe mantenerse y consolidarse.

Este párrafo incluye una descripción problemática, una valoración subjetiva camuflada como un hecho objetivo irrefutable, y una conclusión normativa infundada.

La descripción:

El sistema público de pensiones de reparto, basado en un pacto intergeneracional por el cual la población en edad de trabajar provee, conjunta y solidariamente, de pensiones vitalicias a la generación anterior…

No aclara cómo cada individuo decide o no participar en ese pacto, si es por consentimiento explícito o tácito; tampoco especifica los contenidos de ese presunto pacto; ni se aclara cuál es la edad de trabajar; si son las generaciones como entes colectivos los que pactan, cómo se definen y quién los representa. Ni siquiera se menciona cuál es la población afectada, si se refiere a la de un municipio, región, país o ente supranacional. Se olvida mencionar que esa presunta solidaridad, algo que suena muy bien, en realidad es redistribución coactiva de riqueza.

La valoración:

… constituye un avance social muy importante sobre la situación previa en la que el soporte de la renta durante la vejez dependía exclusivamente de vínculos familiares.

Se trata de una afirmación hecha básicamente por la cara a ver si cuela. Y el problema es que normalmente cuela. O tal vez sea simplemente fruto de la falta de reflexión o de la comprensión de las valoraciones humanas como algo subjetivo. “Avance” y “social” son términos que suenan muy bien y a los cuales resulta difícil oponerse. Además se trata de un avance social muy importante, no uno cualquiera. El autor parece no atreverse a decir que simplemente él lo prefiere así, y tal vez otros también. La descripción de la situación previa es incorrecta: no se trata de que dependiera exclusivamente de vínculos familiares; uno podía ahorrar para sí mismo sin necesidad de recurrir a sus hijos y también podía solicitar ayuda a personas que no fueran miembros de la familia; pero lo esencial es que se trataba de relaciones voluntarias, en algunos casos informales y en otros casos mediante contratos libremente pactados por cada individuo.

La conclusión normativa:

Por tanto, debe mantenerse y consolidarse.

“Por tanto” indica que el autor cree estar siendo lógico y riguroso o quiere parecerlo. El “debe” indica una orden o una norma que ha de cumplirse. No se trata de un deber técnico o condicionado a algo previo: no se dice que se mantenga si se considera valioso. Como es valioso y punto y no se puede dudar de ello, el sistema debe mantenerse y reforzarse, es un imperativo categórico: como mucho puede reformarse de forma marginal, pero no conviene considerar alternativas, como la capitalización individual, que al parecer no son relevantes para este análisis.

Se supone que la economía es una ciencia positiva, libre de juicios de valor personales, que supera la moralina normativa. Pero quizás no sea cierto.

Tonterías selectas

Las cartas escondidas de lo que nos jugamos, de María Pazos Morán, investigadora del Instituto de Estudios Fiscales

El Economista Cabreado

¡Los ricos también sufren!, de Fernando Luengo

Europa hoy, mañana… y siempre, de Miguel Ángel Velasco

Telemendicidad para todos, de José Manuel Ramírez Navarro, presidente de la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales

La compasión y la caridad no pueden sustituir a la justicia social.

La telemendicidad es todo un monumento al discurso neoliberal que entiende que estas situaciones, estas necesidades, son cosas de la vida privada y deben ser resueltas en ese ámbito, no en el de la intervención estatal. El Estado está para ayudar a los bancos o a las autopistas en quiebra, no a las personas: eso se deja a la caridad. He aquí el retorno a la premodernidad, a un estado feudal con nuevas tecnologías, sí, pero con las mismas formas indignas de entender las necesidades sociales: la pena, la limosna y la negación del compromiso de la sociedad.

Este programa de fanfarria lastimera solo busca resaltar su propia bondad, y en lugar de sensibilizar al público, lo somete a una sobredosis de sensiblería. La verdadera solidaridad está muy lejos de estas exhibiciones. Está en las organizaciones de afectados, en las ONG que no hacen negocio del sufrimiento, en las personas que se agrupan para defender sus derechos y los de los demás, y también en gobiernos locales o autonómicos que mantienen gastos sociales contra la marea inagotable de los recortes. No hay nada más solidario que pagar impuestos de manera justa y defender los derechos sociales.

Tonterías selectas

“Nos comeremos unos a otros”: la tétrica advertencia de un experto en superpoblación (Paul Ehrlich)

Los sindicatos eligen al presidente de Amazon como “el peor jefe del mundo”

Bola de partido, de José Carlos Díez

Repensar Europa, de Miguel Arias Cañete

Sobre el futuro del trabajo, de Alfredo Pastor, profesor de Economía del IESE

Más que ser ciegos, los mercados son miopes. Parece que a los inversores y los empresarios les cuesta ver más allá del futuro inmediato, lo que conduce a errores: no existen mercados que se extiendan hasta el infinito, condición necesaria para que sean eficientes.

Del mismo modo que los luditas no pudieron prever el final feliz de la industrialización, los empresarios pueden dejar de ver las ventajas de una sociedad armoniosa. Estamos acostumbrados a dejar en manos de las instituciones públicas, que tienen el don de la permanencia, tales previsiones. Y es menester si queremos evitar un sufrimiento innecesario ante los cambios actuales.