Antonio Ruiz de Elvira y el Juan de Mariana

31/01/2008

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física, protesta porque “gente sin la suficiente preparación” realiza comentarios críticos contra la histeria catastrofista del cambio climático. Resulta risible que alguien que no para de decir y escribir estupideces (que no lloriquee, que él mismo usa estos términos para los demás) se queje de lo malos que son los que no están de acuerdo con él. Naturalmente no todo lo que produce son tonterías, y cuando se limita al ámbito de las ciencias naturales sus aportaciones son a menudo interesantes. Es cuando intenta argumentar en los ámbitos de la economía, la ética y la política cuando hace el ridículo combinando profunda ignorancia y fatal arrogancia.

Según él, entre los críticos a la visión oficial del cambio climático “hay dos tipos de personas: unas, aquellas evidentemente pagadas por las empresas petrolíferas y de otro tipo, empresas que no quieren cambiar de energía, aunque pueden hacerlo sin el menor problema ni la menor pérdida de beneficio”. Pero no cita a nadie en particular, ni muestra ninguna prueba: ¿en la ciencia no es necesaria la evidencia? Resulta raro que empresas para las cuales un cambio no supondría ningún problema se opongan al mismo. ¿No será más razonable pensar que tienen intereses que pueden verse perjudicados y por eso se defienden? Pero no puede ser esto: Ruiz de Elvira ha decretado que les garantiza los beneficios. Él no es empresario sino funcionario, y seguramente no sabe gran cosa de gestión empresarial, así que queda pendiente averiguar de dónde viene su certeza.

Los otros críticos son “los fundamentalistas liberales, aquellos que escriben en Libertad Digital (LD) o en el Instituto Juan de Mariana (IJM). Estas personas piensan que preocuparse por el futuro va en contra de las ideas correctas u ortodoxas de la economía tradicional, que se basa exclusivamente en el equilibrio, es decir, en la no evolución del sistema económico-social. El credo de este fundamentalismo es muy sencillo: ‘Solo nos debemos interesar por comprar y vender hoy, sin aceptar que nuestras acciones de hoy pueden destrozar nuestros beneficios de mañana’. Es un error de bulto, propio de ignorantes absolutos, basado en una interpretación errónea de lo que son las ‘leyes de mercado’ y la ‘mano oculta de Adam Smith’.”

Uno de los errores más comunes que cometen quienes no saben pensar bien es atribuir incorrectamente ideas a los contrincantes intelectuales (o quizás no es un error sino una muestra de deshonestidad). Igual cree que sus lectores son tan tontos que no son capaces de detectar esta falacia del hombre de paja: atacar a otros inventándose que dicen algo absurdo fácil de criticar. Una persona con un mínimo nivel de inteligencia no comete un error tan burdo: intentar explicar lo que piensan personas a quienes ni conoce ni comprende en absoluto. Se nota que desconoce por completo los fundamentos de la Escuela Austriaca de economía (estrechamente vinculada a LD y al IJM), que critica sistemáticamente los modelos de equilibrio, es fundamentalmente evolucionista y dinámica e insiste en la importancia de la coordinación intertemporal (preocuparse por el futuro). Y no se molesta en profundizar acerca de la interpretación correcta de las “leyes de mercado” y la “mano oculta de Adam Smith”, porque obviamente no tiene competencia para ello.

Sigue haciendo el ridículo: “En vez de vivir como seres humanos, creadores, miembros de una especie que viene de lejos y quiere ir aún mas lejos, que quiere crear obras de arte y ciencia, es decir, estudiar y crear belleza, son como gallinas que picotean, que solo quieren vivir el minuto, que viven para la ganancia diaria que muere con la luz del día”. Qué bonito lo de ser una especie que quiere cosas tan estupendas: lástima que en realidad sólo los individuos tienen voluntad (no los colectivos), y que las preferencias de las personas reales a veces no son tan grandilocuentes y entran en conflicto unas con otras (posibilidades de conflicto, costes de oportunidad). Él nos ve como gallinas tontorronas: ¿ha oído hablar del fenómeno psicológico de la proyección?

Además somos “inmensamente contradictorios consigo mismos” porque uno de nuestros héroes es Bush (contengan las risas, por favor) y nuestra doctrina favorita es “la desaparición de las subvenciones estatales” (por fin acierta en algo, pero tiene que ser casualidad) pero defendemos la energía nuclear, que ha sido y sigue siendo fuertemente subvencionada. Si se molestara en leernos con algo de cuidado tal vez vería que criticamos las trabas absurdas que se imponen contra la energía nuclear, pero defendemos la eliminación de subsidios y la internalización de costes en todos los sectores (como somos fundamentalistas tenemos fundamentos o principios éticos); él sin embardo insiste en subvencionar lo que haga falta las hoy muy caras y económicamente ineficientes energías renovables eólica y solar (si algún día son rentables tendrá el morro de ponerse medallas de que fue gracias a él, o que él ya lo predijo). También parece que “la economía americana” es “el paradigma del libre mercado” pero está muy intervenida y repleta de subvenciones a los amigos de los políticos: ¿esto lo ha descubierto él solito?; ¿cree que no nos habíamos dado cuenta?

Insiste en mostrar que es una nulidad como economista: “Respecto a los mecanismos de mercado, estarían muy bien si la información fuese completa. Pero puesto que sabemos que ésto es, hoy, y posiblemente en el futuro, un sueño, la idea del mercado cae por su propio peso”. Aunque hay modelos neoclásicos anticuados y demasiado simples que caen en el error del conocimiento perfecto, los economistas del IJM estamos muy lejos de esa postura: como defendía Hayek, los mercados libres son imprescindibles precisamente porque el conocimiento es siempre parcial, local, imperfecto, limitado, disperso, tácito, no articulado.

Aún hay más: “Las ideas de Libertad Digital y del Instituto Juan de Mariana se basan en los axiomas de la teoría económica más rancia, esa teoría que propusieron Walras, Jevons y Pareto, basada en la estática física de finales del siglo XIX, en vez de en la dinámica. Se basan en la frase de Keynes: “No pensemos en el mañana”, y en los siguiente axiomas: 1) La existencia de un equilibrio económico. 2) La racionalidad de los agentes económicos, es decir, de los seres humanos. 3) La idea de ganador/perdedor o de los juegos de suma cero. 4) La falacia del mercado libre. 5) Una economía lineal (1+1)=2.”

Cuando se comienza una lista con Walras y Jevons, el siguiente suele ser… Menger, el que le falta de los marginalistas y el padre de la escuela austriaca (los que destrozan los modelos basados en la estática física, qué curioso). Pero claro, no se puede esperar ningún rigor de alguien que nos relaciona con… ¡Keynes! Insiste en la memez de que nos basamos en equilibrios; menciona la racionalidad como si fuera el primero en descubrir su problemática; no se da cuenta de que el mercado libre, el capitalismo, donde los intercambios son voluntarios, es un juego de suma positiva y no una falacia como las que él perpetra con asiduidad; y los problemas de la no linealidad son conocidos, pero él obviamente desconoce la naturaleza de los ciclos económicos (la teoría del dinero y el crédito y su manipulación estatal seguramente no son su fuerte). Según él “el dinero, como medida de la energía, ni se crea ni se destruye”, y “el concepto de caro y barato es irreal y difícil de especificar”.

“Tenemos la riqueza que tenemos porque disponemos de energía”. Como decía un anuncio de neumáticos, la potencia sin control no sirve de mucho. “¿Cual era la riqueza mundial antes de 1800? ¿Qué fue lo único que cambió con el cambio de siglo? La puesta en marcha de la extracción masiva de carbón. La revolución industrial, fue, si bien se mira, una revolución energética. ¿Que le ocurrió al sistema económico cuando se puso en marcha la explotación masiva de petróleo?” Si tu única herramienta es un martillo, todo lo que veas te parecerán clavos. Para un físico que no domine lo que hay más allá de su ámbito, sólo cuenta la energía. La falacia marxista del valor trabajo va por allí. Ni una palabra acerca de la acumulación de tecnología (inteligencia), de capital (herramientas alimentadas por esa energía), y sobre todo del marco institucional adecuado (que evoluciona). “Es indiferente que se pague más o menos por la energía primaria, pues es la energía la única medida de la riqueza humana.” ¿Mande? ¿Da igual lo que paguemos por la energía? ¿En serio? ¿Y medimos nuestra riqueza únicamente en términos de energía? ¿En julios o en ergios?

“Sería conveniente que las personas que escriben hubiesen reflexionado a fondo sobre lo que escriben. Que hubiesen profundizado en las ideas, no se hubiesen limitado a aprenderse los manuales de los cursos universitarios.” ¿Se aplica el cuento? Está tan ciego que jamás verá su pedazo de viga y seguirá cubriéndose de gloria con sus despropósitos.

“Adam Smith introdujo ideas muy valiosas, lo mismo que Ricardo, que Jevons, Walras, Pareto, Marshall, y más cerca, que Georgescu-Roegen, Schumpeter, Hayek, que todos los premios Nobel de Economía.” ¡Si le suena Hayek! Lástima que lo mezcle con otros (en especial Georgescu-Roegen) y que crea que todos los premios Nobel de Economía hayan aportado ideas valiosas: muchos son lamentables.

Todas estas sandeces las ha perpetrado en un par de artículos: hay muchas más. Recientemente comenzó su intervención en un debate sobre cambio climático comentando que si le dejaban hablar convencería a todo el mundo: ¡qué gran psicólogo y argumentador! Y en una charla hace pocos años le preguntaron si llovería en otoño: contestó simplemente que no, sin un solo matiz, ni detalle, ni explicación; fue el otoño más lluvioso en varias décadas.


Defensa y proporcionalidad

03/01/2008

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

No tiene nada de ilógico hablar de proporcionalidad en la defensa: es un concepto perfectamente consistente, no contradictorio y con mucho sentido. El derecho a defenderse de una agresión criminal tiene límites y no queda determinado solamente por lo que la víctima considere oportuno según su inmediata valoración de la situación. Legitimar la defensa proporcionada significa modular de forma inteligente el uso de la fuerza y no implica justificar el crimen ni facilitarle las cosas al agresor. La proporcionalidad no deja a la víctima indefensa o en una posición de inferioridad frente al criminal. Proporcionalidad no es lo mismo que igualdad: el agresor sabe que la víctima tiene derecho a usar más fuerza que él con una constante de proporcionalidad adecuada (obviamente mayor que la unidad). Es perfectamente legítimo utilizar armas en defensa propia, siempre y cuando su uso se adecue a la situación de modo que no causen daños desproporcionados: no es lo mismo inmovilizar, aturdir, herir o matar. No es necesario esperar a que la amenaza inminente, clara y letal se lleve a cabo, ya que entonces no sería defensa y sería demasiado tarde. Si existe una amenaza física clara de muerte, aunque aún no haya habido ningún daño, es perfectamente legítima la defensa a muerte.

El principio de la proporcionalidad es consustancial a la justicia (y a la defensa justa o legítima) e imprescindible para que ésta no sea arbitraria. El criterio de proporcionalidad en la defensa recuerda que de lo que se trata es de repeler la agresión, y nada más, según su potencialidad y gravedad. No es necesario ni adecuado el mismo uso de la fuerza para un hurto menor que para un riesgo vital; no es lo mismo que te ataque alguien muy débil o alguien muy fuerte; no es lo mismo que el agresor se rinda (o huya) en seguida o que el agresor incremente su amenaza y muestre que no va a ceder.

Afirmar que un criminal pierde sus derechos al cometer un delito es muy impreciso: es necesario aclarar qué derechos pierde y en qué medida; no parece muy sensato pretender que se pierden absolutamente todos los derechos (incluso a la vida) por delitos menores (pequeños hurtos). Una teoría ética que simplemente insista en que la propiedad es inviolable en cualquier circunstancia es incompleta: es necesario especificar con la máxima precisión posible (quizás sea poca) qué es legítimo hacer cuando la propiedad está siendo o ha sido agredida, y no vale simplemente afirmar que cualquier cosa.

La proporcionalidad en la defensa no se basa en ninguna ordenación jerárquica de las posesiones de una persona en función de su valor (las valoraciones son subjetivas y dinámicas); lo que implica es una cierta relación de simetría entre las acciones agresoras y las defensivas de modo que se evite la arbitrariedad. No es que unas cosas sean objetivamente más importantes que otras (aunque en general sí lo son, la integridad física o incluso la propia vida no son siempre más valiosos que los objetos impersonales o que otros posibles valores), sino que tienen diferente naturaleza. No se trata de que la persona no pueda decidir qué valora más o menos y que el criminal o los demás lo hagan por él. Mi derecho de propiedad sobre mis posesiones no implica que mis cosas no puedan ser valoradas por los demás, sino que sus valoraciones, sean cuales sean, no les dan derecho a apropiarse de ellas. Lo que importa no son la valoraciones de los demás sino sus acciones y sus consecuencias; no se puede exigir a nadie que no valore algo o que lo valore de determinada manera. Una persona no es más virtuosa por matar a un ladrón si resulta que valora más sus posesiones que la vida del delincuente: es absurdo pretender que mi acción es legítima si mato a un ladrón porque me importa poco su vida.

Una parte esencial de la inteligencia argumentativa consiste en distinguir diferencias relevantes. Los criminales que no respetan el derecho de propiedad ajeno pueden cometer diversos tipos de agresiones, con violencia física o sin ella. Algunos ladrones evitan a los dueños y huyen si son descubiertos; otros agreden directamente a sus víctimas para que les entreguen su riqueza (o para otros crímenes como secuestros o violaciones). No es lo mismo un hurto (se pierden objetos materiales, en general sustituibles) que un ataque físico contra la persona (se pierde la integridad física, quizás no reparable, o incluso la vida, totalmente irreversible). Los criminales son responsables de las situaciones que crean, pero éstas son muy variadas y no parece adecuado responder que todo vale contra cualquier delito. No es ni malicioso, ni simplista, ni irreal investigar las diferencias y cómo tratarlas. Lo que no es muy inteligente es no diferenciarlas y tratarlas a todas igual.

Una víctima se defiende para poner fin a una agresión que se desarrolla en el tiempo y puede cambiar: si el agresor abandona su intento, la defensa ya no tiene sentido; si el agresor agrava su amenaza, se responde con más fuerza. La víctima decide qué nivel de defensa usar siempre que este no sea excesivo: puede renunciar a defenderse (no es una obligación), hacerlo al máximo permitido por su derecho legítimo, pero no puede exceder ese límite porque al hacerlo se convierte en agresor. Es totalmente inadecuado pretender que la víctima puede legítimamente defenderse como le plazca, independientemente de la naturaleza de la agresión, porque luego en la práctica el que se defiende usará su sentido común y no se excederá sino que actuará según sus valoraciones subjetivas. Esto equivale a pretender que las normas objetivas son innecesarias porque la gente sabe cómo comportarse: si un derecho se concede, se ejercerá más que si no se permite (las normas desincentivan las acciones que prohíben). Es peligroso otorgar derechos a usar la fuerza de forma desproporcionada pretendiendo que serán bien empleados, y además la ética intenta minimizar (no maximizar) el uso legítimo de la violencia.

Según sea la agresión el derecho a la defensa en distinto. Las alternativas a este principio son que no existe el derecho a la defensa, que es completamente arbitrario o aleatorio o que es siempre el mismo e independiente de la naturaleza de la agresión, lo que en ocasiones será insuficiente y otras veces excesivo. Si el derecho a la defensa no dependiera de la intensidad de la agresión, se incentivaría al agresor para emplear el máximo posible de fuerza, ya que ello no altera la legalidad de la conducta del defensor.

Es lógico que la legitimidad de la reacción posterior de la víctima dependa de la acción previa del agresor: la defensa implica un ataque previo (o inminente). Como es el criminal el que agrede en cierto modo determina el derecho de defensa al decidir el tipo de agresión, pero esto no le beneficia en absoluto si la proporcionalidad se ajusta para que salga perdiendo. Si las normas son objetivas y universales ambos, agresor y víctima, saben a qué tienen derecho (otra cosa es que su conducta sea legal o no). El agresor comienza la interacción, parece que controla la situación ya que de él depende el nivel del derecho a la defensa de la víctima: pero esto no es ninguna ventaja para él, ya que cuanto más intensa sea su acción ilegítima más rango de actuación concede al defensor; además no sabe si la víctima decidirá excederse y responder de forma desproporcionada (no es lo mismo saber lo que es legítimo que suceda que saber lo que realmente va a suceder). Quejarse de que el agresor determina el derecho de la víctima a defenderse es como protestar porque si no me agreden me están quitando el derecho a defenderme. Una teoría ética que otorgue un derecho de defensa ilimitado a la víctima es muy cómoda intelectualmente para ésta ya que no tiene que pensar cómo adaptarse a la situación: pero es tan simple que resulta inservible.

La proporcionalidad en la defensa no es un consejo a la víctima respecto a cómo responder ante una agresión: es una norma limitadora y legitimadora del uso defensivo de la fuerza mediante la cual se le advierte de que su utilización excesiva lo transforma en agresor. La persona que no se defiende y permite que le roben corre el riesgo de adquirir una reputación de débil que incentive a futuros agresores potenciales. La persona que se defiende de forma desproporcionada puede disuadir a posibles agresores, pero también puede obtener fama de bruto, injusto y poco razonable, de modo que algunos evitarán relaciones productivas con él. Una opción inteligente es disuadir mediante la exhibición de la capacidad defensiva y de la disposición a utilizarla (de forma legítima) para así no tener que usarla.

La defensa ante una agresión tiene el serio problema de intentar averiguar los resultados previsibles de la acción del agresor. Para ello es necesario estimar su capacidad de acción, y sus intenciones si se trata de una acción premeditada, deliberada (no un daño posible por negligencia). En muchas ocasiones esto puede resultar muy difícil. También puede ser muy complicado modular de forma gradual la fuerza disponible por la víctima.

La percepción subjetiva de la amenaza no es suficiente (debe haber algún hecho objetivo) para justificar cualquier defensa, ya que una víctima podría excederse fácilmente y luego simplemente alegar que percibió riesgo extremo para su vida; se premiaría a los hipersensibles que logren demostrar que sufren mucho con cualquier daño por pequeño que parezca para casi todo el mundo.

Una defensa proporcional legítima no requiere que la víctima tenga información plena y perfecta de la situación: simplemente que actúe de forma sensata (no arbitraria, no histérica, no exagerada) según una percepción razonable de la misma en la medida en que esta es posible dadas las circunstancias particulares de cada caso. El conocimiento es imperfecto y limitado pero los hechos objetivos existen y pueden al menos intentar estimarse, la incertidumbre no tiene por qué ser total. Es importante considerar las dificultades de cognición y autocontrol emocional (miedo, pánico) que se producen durante una agresión violenta (especialmente si es rápida y por sorpresa), pero no saberlo todo no es lo mismo que no saber nada.

Muchas legislaciones estatistas son liberticidas en el sentido de estar sesgadas contra la víctima, pero la solución no es corregir ese error con el error contrario. En un sociedad libre, los criminales se pensarían mucho el actuar sobre la propiedad de los demás, pero no porque deban temer por su vida, sino porque el sistema policial y judicial va a descubrirlos, capturarlos y obligarlos a compensar a la víctima, por lo cual el crimen no les merecerá la pena. Un sistema de justicia eficiente puede llegar a compensar ser robado: el ladrón es capturado y se le obliga a compensar satisfactoriamente a la víctima para que ésta no salga perdiendo; no es tan importante defenderse de un hurto. Los daños causados por una defensa ilegítima pueden ser mucho mayores que los costes que supondría la captura y condena del criminal: el agresor muerto ya no puede trabajar para compensar a la víctima.