Basura selecta

Revuelta en Occidente, de Marco Schwartz

A favor de los 110 km/h, de Ignacio Escolar

Después de los norteafricanos, son los norteamericanos quienes deberían empezar a pasar a la acción: ¡ya es hora de destronar a los dictadores granempresariales!, de Ralph Nader

Dolor sin sentido, de J. Bradford DeLong

Necesidad contra codicia, de Jeffrey D. Sachs

Basura selecta

Entrevista a Gordon Brown

La doctrina del choque en EEUU, por Paul Krugman

Congreso Ciencia y Espíritu

Las rebeliones populares frente al neoliberalismo: Desde Egipto a Wisconsin, EEUU

Un fantasma recorre África y Oriente Próximo: El fantasma de la libertad, de Carlos Berzosa

El mundo se mueve y resulta urgente plantear un Nuevo Orden Económico Mundial que favorezca un desarrollo humano en el que la libertad individual y colectiva esté contemplada. Es evidente que nos encontramos ante un sistema caduco, sustentado en el lucro y en el fundamentalismo de mercado, incapaz de ofrecer respuestas a las demandas sociales e impotente ante las grandes imperfecciones que tiene el orden económico vigente.

Dinero, unidad de cuenta y cálculo económico

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Si no existiera dinero, en un sistema económico con N bienes (o servicios) intercambiables habría N(N-1)/2 precios o relaciones de intercambio posibles. Estos precios no serían completamente independientes entre sí: si el precio de un intercambio directo entre dos bienes no coincide con lo que se conseguiría con un intercambio indirecto entre esos dos mismos bienes (con uno o varios bienes diferentes como intermediarios), habría oportunidades de arbitraje para utilizar el proceso de intercambio que procurase más beneficios; las variaciones de demanda y oferta de bienes por estos mecanismos alterarían los precios relativos hasta ajustarlos de modo que solamente queden N-1 precios independientes (este proceso se verá limitado por los costes de transacción y de recopilación y procesamiento de información).

Los agentes en este sistema sin dinero pueden operar conociendo y recordando todos los precios de los intercambios que suelen realizar o computándolos a partir de un conjunto básico arbitrario (potencialmente diferente para cada agente) de precios independientes que permita generar todos los demás según sea necesario (conociendo el precio de A respecto a B y el precio de B respecto a C es posible calcular el precio de A respecto a C), o con una combinación de ambos sistemas (recordando algunos precios y calculando otros). Para un sistema complejo con un elevado número de bienes ambas opciones son problemáticas, ya sea por la cantidad de información a almacenar o por la necesidad de su procesamiento. Además estos precios de trueque directo pueden variar constantemente.

La existencia de dinero con un poder adquisitivo o valor estable minimiza estos problemas de información sobre precios relativos: los N-1 precios fundamentales a utilizar son los de todos los demás bienes respecto al dinero; la relación de intercambio entre dos bienes cualesquiera se calcula a partir de sus precios monetarios.

El dinero utilizado como unidad de cuenta común simplifica el problema de la contabilidad, del cálculo económico de los resultados de los negocios. Siempre es posible comparar el patrimonio de dos agentes económicos, por muy distinto que sea, y las variaciones del mismo, mediante los precios de todos los bienes involucrados respecto a algún otro bien arbitrario que sirva como referente de comparación o unidad de cuenta. Pero si se utilizan referencias diferentes es posible que la relación entre ambas no sea estable y estas variaciones pueden dificultar las comparaciones relativas. El dinero sirve como estándar o lenguaje universal mediante el cual expresar precios, valoraciones del patrimonio o capital y resultados de la actividad del negocio (beneficios o pérdidas).

El uso de diferentes nombres para referirse a cantidades distintas del mismo dinero mercancía (monedas) es un problema de conversión relativamente sencillo. Es mucho más problemático utilizar unidades de cuenta referidas a bienes distintos cuyo valor relativo puede cambiar.

En una economía con finanzas desarrolladas el dinero se transforma en algo progresivamente más abstracto: los agentes pueden preservar o incluso aumentar valor mediante instrumentos financieros muy seguros, y pueden utilizar complementos o sustitutos monetarios en lugar de intercambiar materialmente el dinero físico. Estos hechos pueden llevar a algunos a caer en el error de creer que el dinero puede ser cualquier cosa sin valor real decretada coactivamente por el gobierno como referencia común, que la unidad de cuenta es un estándar arbitrario (como los de las unidades de las magnitudes físicas) que puede y debe imponerse y optimizarse desde el poder político intervencionista en lugar de dejar funcionar la adaptación evolutiva institucional.

También se puede recurrir a alterar el valor del dinero para presuntamente ajustar de forma fina diversas variables macroeconómicas (más crecimiento y empleo a cambio de inflación). En realidad los tecnócratas al mando del monopolio monetario estatal fracasan sistemáticamente en sus empeños de optimizar la actividad económica, no son capaces de estabilizar adecuadamente el valor del dinero, distorsionan la unidad de cuenta, dificultan el cálculo económico y provocan ciclos recurrentes de auges y depresiones.

La existencia de múltiples divisas nacionales de curso legal forzoso, no convertibles en dinero físico a tasas fijas y de variaciones relativas arbitrarias agrava aún más el problema de encontrar unidades comunes estables a nivel universal: el problema se reduce si los ciudadanos pueden al menos escoger libremente entre estas divisas en competencia para sus transacciones comerciales.

Basura selecta

Hipotecas inconstitucionales, de Ignacio Escolar

Salarios, precios y competitividad, de Juan Francisco Martín Seco

Entre la ciencia y la fe, de Manolo Seco

Una de las lecciones más decisivas de esta crisis es que la economía no es una ciencia; en todo caso, la ciencia del trilero, del falsificador de la realidad, como ayer señalaba este periódico con el caso de las agencias de rating. Si la medicina es la ciencia para prevenir y curar, la economía es, como mucho, la de adivinar el pasado.

Los trabajadores derrocaron a un dictador en Egipto, pero podrían acabar silenciados en Wisconsin, EEUU, de Harold Meyerson

No nos estamos enterando, de Joan Majó

No hemos comprenddo que durante la última parte del siglo XX, aunque en el mundo vivieran más de 6.000 millones de personas, quienes contaban a la hora de producir y de consumir recursos del planeta, no pasaban de 800 o 1.000 millones y que en 2020, esta cifra estará entre los 1.500 y 2.000 millones. Mucho más importante que el hecho de que algunos recursos se estén agotando (y algunos lo están), es que no es posible mantener nuestro modelo económico “occidental” si lo han de compartir 2.000 millones.

Nuestras pautas de crecimiento y de consumo deben ajustarse. Si las sociedades desarrolladas no lo hacen (y no consiguen disminuir el consumo y aumentar la eficiencia, para evitar bajar los niveles de bienestar), las tensiones con los países emergentes van a ser enormemente peligrosas.

Que una zona monetaria única, de la misma forma que ha representado una gran capacidad de crecimiento y unos bajos tipos de interés que nunca habíamos soñado, exige aceptar una progresiva coordinación y armonización de políticas laborales, fiscales y presupuestarias.

El hecho de que haya sido la crisis la que haya precipitado de forma casi violenta esta coordinación, ha teñido de tintes oscuros algo que es muy beneficioso. Y las especiales circunstancias que han dado un protagonismo inaceptable a esto que llaman “los mercados”, han contribuido a generar una reticencia frente a un cambio en los procesos de decisión, que no solo era necesario, sino que es bueno.