Nacho Vegas quiere el fin del capitalismo

06/03/2012

Según el músico Nacho Vegas:

A veces parece que lo mejor sería que llegara el fin del mundo. Que llegara el fin del capitalismo sería lo ideal.

Pues a mí personalmente en este momento el fin del mundo no me vendría nada bien: vamos que para mí no es lo mejor, y agradecería que mi opinión se tuviera en cuenta, si puede ser.

Y respecto al fin del capitalismo, yo no deseo que mueran miles de millones de personas por acabar con el único sistema (o lo poco que hay de él) capaz de generar y distribuir los recursos necesarios para mantenerlas con vida.


Quiebra intelectual contra el capitalismo

20/04/2011

Artículo en Libertad Digital.


El gran error de Estefanía

18/09/2009

Joaquín Estefanía, divulgador profesional de falacias económicas keynesianas y krugmanitas, escribe sobre un gran error:

El 15 de septiembre de 2008 … quebraba el banco de inversión Lehman Brothers (LM) y se generaba el pánico. La Reserva Federal (Fed) y el Tesoro lo dejaron caer, haciendo una excepción respecto a lo que había ocurrido hasta el momento.

La gran paradoja es que en el único momento en el que el capitalismo aplica su darwiniana regla de oro, deja caer a un banco con problemas y es coherente con lo que predica, parece el principio del fin y todo el mundo habla de “el gran error”.

Estefanía parece sugerir que en cuanto se deja que el capitalismo funcione solo inmediatamente sucede el desastre. Pero el sistema económico actual está muy lejos de ser capitalista, abundan las intervenciones, regulaciones y redistribuciones coactivas por parte de los gobiernos: que además ni siquiera son estables, existe un grave riesgo de inestabilidad institucional, de modo que no se respeta el imperio de la ley sino que se decide a golpe de arbitrariedad del político o burócrata de turno (a estos los salvo, a estos los dejo caer), lo cual genera incertidumbre en los agentes económicos (véase Robert Higgs, Regime uncertainty).

Los bancos centrales no son instituciones propias del capitalismo (y son los principales causantes de la crisis por su manipulación monetaria y crediticia), y el tesoro público es una entidad estatal. Así que es absurdo creer que este caso se trata del capitalismo aplicando la selección competitiva que sí le es propia.

Estefanía, desde su púlpito en El País, pretende conocer a todo el mundo, sabe lo que piensan y resulta que todos creen que dejar caer a Lehman fue un gran error.

Pero resulta que John Cochrane y Luigi Zingales, catedráticos de finanzas en la Universidad de Chicago, no están de acuerdo con su apreciación. Más bien fue el alarmismo incompetente de la Reserva Federal y del Tesoro, asegurando que el sistema financiero estaba al borde de la catástrofe, que no podían explicar los detalles pero que necesitaban gigantescas sumas de dinero para salvar la situación, lo que desató el pánico.


Claudi Pérez y el capitalismo salvaje

14/09/2009

Según Claudi Pérez, presunto informador de El País:

Los ideólogos del capitalismo salvaje -de capa caída últimamente- han querido ver en el darwinismo y la selección de los más aptos una coartada científica para justificar abusos. La teoría darwinista vuelve a estar encima del tapete, pese a que suena a simple excusa para justificar la avaricia y los años de excesos.

Hay algo llamado “capitalismo salvaje” pero no se cita a ningún ideólogo, de esos de capa caída, que defienda esa corriente: tal vez sea que este sujeto está inventándose etiquetas falaces para criticar el único capitalismo auténtico, el civilizado. El que no le da su cabeza para entenderlo.

No se nos explica cómo el capitalismo produce abusos y excesos. Lo que sí hay es darwinismo, selección que en este caso es humana y económica: los más aptos en servir a los demás tienden a triunfar; algo muy salvaje.


Jordi Sevilla y el capitalismo

14/09/2009

Según Jordi Sevilla, la presunta sensatez económica dentro del PSOE, “La teoría marxista de las crisis económicas” es “una de las más sólidas explicaciones de este fenómeno recurrente”. Seguro: con eso de la apropiación de la plusvalía, el empobrecimiento progresivo del proletariado, la disminución de los rendimientos del capital y todas las demás memeces marxistas.

La Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado estuvo a punto de ser esa crisis final que se llevara por delante un capitalismo asediado no sólo por sus problemas internos y la presión de una lucha de clases evidente, sino también por la presión externa que representaba un sistema comunista recién implantado en Rusia que, todavía en sus albores, tenía gran poder de atracción. Tan grave fue la cosa que en esa convulsión social y política se encuentra el origen de los fascismos y nazismos y con ellos la antesala de la Segunda Guerra Mundial. El keynesianismo, por tanto, con un profundo cambio de las reglas de juego que legitimaba la intervención pública, no fue la principal consecuencia institucional de la Gran Depresión, aunque sí la más duradera.

La Gran Depresión no la generó el capitalismo sino la intervención estatal: manipulación monetaria y crediticia por la banca central, proteccionismo y barreras comerciales, diversas coacciones legales contra los empresarios, regulaciones que impedían ajustes de precios… El keynesianismo, un revoltijo de múltiples falacias, no legitimó la intervención pública sino que fue una fachada intelectual utilizada por los intervencionistas para engañar a los ignorantes de ayer y hoy.

Sevilla tiene un serio problema semántico, como muchas otras personas, cuando hablar del “capitalismo actual” como si el sistema socioeconómico del presente mereciera ese nombre cuando en realidad se trata de socialdemocracia, es decir de socialismo democrático, de ingeniería social parcial y redistribución masiva de riqueza. El capitalismo significa libre mercado y derechos de propiedad (sobre bienes de consumo y de capital), lo cual está muy lejos de la realidad actual. Pero no importa, parece que todo lo que no sea comunismo puro son variantes menores del capitalismo: el sistema se transforma negándolo pero seguimos usando el mismo nombre para criticarlo a gusto.

Presuntamente en Europa “el consenso socialdemócrata … estabilizó las fluctuaciones cíclicas y produjo una larga etapa de crecimiento y bienestar”. O sea que como Europa era (y es) una socialdemocracia, debe ser eso lo que estabiliza y produce prosperidad. Si no se sabe apenas nada de economía uno podría hasta creérselo, aunque no nos cuenten cuáles son los mecanismos causales. Que nadie se atreva a plantearse que la prosperidad se obtiene a pesar de la socialdemocracia.

La actual Gran Recesión estuvo a punto de convertirse en la crisis final del neocapitalismo el día que se dejó quebrar a Lehman Brothers. En las últimas décadas, el reconocimiento de que también existen los fallos del Estado justificó que los mercados financieros internacionales, un segmento de la economía muy activo y creciente, se construyera, en muchos aspectos importantes, al margen de la regulación, el control y la supervisión estatal.

Ahora resulta que tenemos “neocapitalismo”, qué original. Fíjense cómo los fallos del Estado existen “también”, o sea que son un detalle añadido, que lo que principal son los fallos del mercado. Es cierto que algunas partes de los mercados financieros estaban parcialmente no regulados: pero convendría recordar que la esencia del sistema está controlada directamente por el Estado mediante la emisión de moneda de curso legal, la cartelización bancaria y las múltiples regulaciones que sí existen sobre las operaciones financieras.

La desregulación, el Estado mínimo y la presunción de que los mercados libres se autorregulan son presupuestos del modelo que entró en crisis hace casi 100 años.

Como no tiene ni idea de lo que habla es difícil que comprenda qué es la autorregulación, el orden emergente espontáneo, la capacidad adaptativa de los sistemas complejos. Lo de “hace casi cien años” refleja que o es muy malo con los números o utiliza referencias históricas poco claras. La mención al Estado mínimo también es muy graciosa.

Cuando surgieron los primeros problemas con las subprime, se produjo una respuesta que combinó en distintas dosis los siguientes elementos: sorpresa, incredulidad, sensación de inmunidad, confianza en que el problema estaba acotado sin saltar a la economía real y que los daños serían mínimos y controlables. Es el tiempo en que se oyen con fuerza voces que reclaman aplicar soluciones de mercado a la crisis. Soluciones que reforzarían la ofensiva liberal para despojar al capitalismo de aquellas reformas intervencionistas de las que se dotó hace décadas como respuesta a la Gran Depresión y soluciones que, básicamente, consistirían en dejar que el mercado se ajuste libremente, y si alguien tiene que quebrar, que lo haga, porque ello depura y fortalece el sistema.

¿El capitalismo se dotó a sí mismo de reformas intervencionistas? Eso sería regulación espontánea pero no es historia ni teoría científica sino pura ficción: los políticos, agentes extraños y nocivos para un mercado libre, impusieron de forma coactiva reformas destructivas.

Es verdad que la Reserva Federal intentó encontrar compradores para Lehman. De nuevo una solución de mercado.

¿Es una solución de mercado que un organismo semiestatal (y con la parte privada cartelizada) busque compradores para una empresa? ¡Qué mercado tan curioso! Libre, más bien poco.

Pero cuando decidió dejarlo caer, en aplicación de sus principios liberales y convencidos de que la crisis estaba acotada, la cosa se les fue de las manos mostrando, una vez más y como ante la Gran Depresión, las debilidades de un sistema capitalista puro de mercado en un contexto tan interrelacionado. La quiebra de un banco como Lehman amenazó con arrastrar a otros muchos en medio de una profunda crisis de confianza (en los períodos excepcionales, el comportamiento humano no es racional como predican los manuales para situaciones normales, por eso existen burbujas especulativas y crisis económicas profundas) que pudo llevarse por delante al conjunto del sistema. Así, la quiebra de Lehman evidenció los límites del libre mercado y los riesgos sistémicos para el propio capitalismo de aplicar a las crisis soluciones de capitalismo puro.

Para un socialista la ineptitud respecto a la ciencia económica se da por supuesta. En cuanto hay algo de libertad ya asumen que se trata de capitalismo puro, ignorando todas las partes del sistema que están intervenidas o controladas por el Estado: como por ejemplo la banca, que no es en absoluto libre.

Sevilla es así el típico necio que quiere ayudarte y controlarte por tu propio bien. Se siente responsable y sensato evitando que el capitalismo se autodestruya. Qué amable.

A partir de esa evidencia, se puso en marcha la mayor operación de la Historia de apoyo público a la banca y a la economía. Ya no se deja caer a ninguna entidad financiera grande con el curioso argumento de que algunos son «demasiado importantes para caer» (si es así, deben de ser públicos) y se empieza a hablar de refundaciones del capitalismo y de profundas reformas institucionales. Entre otras, la sumisión de todas las actividades financiera a la regulación y supervisión de los bancos centrales, sin agujeros negros, la supresión de los paraísos fiscales o la revisión del sistema de incentivos para los directivos.

Si algo es demasiado grande para caer y se convierte en entidad pública tardará mucho más en caer pero hará mucho más daño mientras exista. Las cosas demasiado grandes para caer se solucionan eliminándolas cuando aún no lo son, y aclarando que no se va a salvar a nadie con esa excusa.

Se vive ahora un momento en el que parece que, de la mano del G-20, el impulso reformista del capitalismo se vigoriza a semejanza de lo ocurrido tras la Gran Depresión y que vamos a volver a vivir una época de grandes transformaciones sociales impulsadas desde la racionalidad política y económica. Fracasada con Lehman la solución de mercado, entraríamos en la solución de Estado. El problema es que ahora, con la Gran Recesión, no existe ni la presión externa de los modelos alternativos ni la interna de una potente lucha sociopolítica con fines alternativos. Y, sin competencia, parece que los anhelos reformistas están languideciendo.

Racionalidad y política son básicamente antónimos, como demuestra este político (ahora ex) que de razonar sabe más bien poco. Resulta curioso que considere positivo que existan modelos alternativos (como los comunistas en todas sus variantes) para tomar partes de ellos: los seres humanos que sufran bajo esos sistemas destructivos no parecen ser tenidos en cuenta.

Obama ha aprobado una reforma del sistema normativo para las entidades financieras, pero se está quedando varado ante la reforma sanitaria. La UE ha hecho cambios relevantes sólo perceptibles por los expertos. Y el G-20, que celebrará otra reunión en breve, se atasca con las reformas sistémicas ante la perdida de fuerza transformadora conforme pasa lo peor de la crisis. Con ello, la alternativa político-estatal también está mostrando sus limitaciones. Si es así, estaremos incubando ya la próxima burbuja con su crisis correspondiente, porque, a estas alturas, me temo que ya sabemos que esta vez el mundo no va a cambiar de base. Aunque debiera.

Claro que “debería” cambiar de base: hacia un sistema libre, el que Sevilla despacha tan deprisa con sus pocas luces, que él sigue pretendiendo largas.


Sebastián Royo y el capitalismo

23/05/2009

Sebastián Royo, profesor de ciencias políticas, escribe:

La ideología pro mercado dominante de las últimas décadas surgió como una reacción al supuesto fracaso del modelo de economías mixtas que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial. La llegada al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher marcó una línea divisoria e inició una nueva etapa marcada por el llamado laissez faire, caracterizada por la desregularización y la fe ciega en los mercados libres. Esta crisis ha mostrado que este modelo ha fracasado, y al mismo tiempo ha erosionado la credibilidad y legitimidad del mercado y del modelo anglosajón.

O sea que las economías mixtas sólo fracasaron supuestamente: tal vez la estanflación fue parte de su éxito. Luego al parecer dominó la ideología pro mercado: si con este dominio los estados siguen controlando más o menos la mitad de la riqueza producida por la sociedad, qué pasará ahora que parece que este “dominio” va a desaparecer. Lo de utilizar el término “laissez faire” para referirse al liberalismo o al capitalismo me parece a menudo una pedantería propia de ignorantes que aspiran a informarnos de que hablan idiomas (dos palabras, al menos, olvidan el “laissez passer”); pero los hablan mal, y así confunden la desregulación con la desregularización. Y como no saben, tienen fe o no tienen fe: y creen que los que defienden los mercados libres tampoco saben y sólo tienen fe ciega en la libertad. Y como siguen sin saber, culpan de esta crisis al liberalismo: no dan una.

¿Cuántas veces en los últimos años hemos tenido que oír en Europa que nuestras economías están esclerotizadas, que no son suficientemente flexibles, que necesitan más desregularización y mayor competencia; y que los Estados tienen que ser menos intervencionistas? El paradigma dominante se resumía en que “los Gobiernos son malos y los mercados desregulados buenos”, que se sintetizaba en la famosa frase de Reagan: “Las nueve palabras más aterradoras del idioma inglés son: ‘Vengo del Gobierno y estoy aquí para ayudar”.

Dale con la desregularización. Independientemente de cuántas veces Royo haya tenido que sufrir en sus delicados oídos todas estas herejías, ¿se ha parado e pensar si realmente se han llevado a la práctica? ¿Se ha pasado de los dichos a los hechos?

¿Qué cambios cabe esperar? Las lecciones de la crisis parecen cada vez más claras: no se deben de liberalizar los sectores financieros demasiado rápidamente, se debe de ahorrar y de moderar el crédito, hay que centrarse en la economía real e invertir en educación y productividad, y no todas las innovaciones son positivas y útiles.

¿Deber o deber de? ¿Entiende Royo la diferencia entre la necesidad y la posibilidad? ¿Puede extraer y dar lecciones quien demuestra no enterarse de gran cosa?

Por ello es muy probable que como consecuencia de la crisis haya una mayor intervención de los Estados, que haya reformas impositivas que dejen de primar actividades como la construcción, y que tengamos una menor obsesión con el beneficio a todo coste y con generar valor a corto plazo para los accionistas. Por el contrario, sería deseable que las empresas den prioridad a los empleados, los productos y a los clientes.

¿Él en sus empresas, si es que dirige alguna, pasa de los accionistas y da prioridad a empleados, productos y clientes? Los accionistas estarán encantados de saberlo. ¿A todo coste no querrá decir a cualquier coste? ¿Es malo generar valor a corto plazo si no se destruye a largo plazo?

Al mismo tiempo se está discutiendo sobre la posibilidad de separar la banca de inversión y la comercial (como se hizo en Estados Unidos en 1933 para responder a la Gran Depresión con la ahora difunta Glass-Steagall Act). Además se está generando mayor consenso sobre la necesidad de obligar a los bancos a que aumenten sus reservas de capital en periodos de crecimiento (como se hizo en España); de establecer mejores controles y mayor escrutinio de las agencias de valoración; de expandir el marco regulatorio para incluir a todas las instituciones que puedan provocar un riesgo sistémico; de cambiar las políticas de compensación salarial y los incentivos; de establecer un sistema centralizado para regular los derivados, y por ultimo, de que los bancos centrales usen las políticas monetarias y los instrumentos regulatorios para evitar burbujas de activos.

Un profesor de políticas recomienda intervención política para regular el mercado: sorprendente.

Por fortuna ya casi nadie cuestiona la necesidad de mejores regulaciones, o los beneficios que el Estado puede jugar para tratar de equilibrar los abusos y excesos de los mercados. Incluso en Estados Unidos, el paradigma del modelo dominante, el presidente Barack Obama lo plasmó en su discurso de investidura cuando manifestó que “los cínicos no entienden que la tierra se ha movido bajo sus pies… La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro Gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, sino si funciona”.

“Por fortuna” = a mí me gusta que… ¿De verdad que nadie cuestiona al Estado? No somos nadie… ¿Podría molestarse en explicar los abusos y los excesos de los mercados? Lo de que el gobierno funcione, ¿qué significa? ¿Qué se supone que debe hacer? ¿Y su funcionalidad no tiene relación con su tamaño?

La crisis ha mostrado que la economía de mercado no siempre se estabiliza y regula por sí misma. Ha dejado claro que los Gobiernos tienen la obligación de salvar a los mercados de sus excesos, y al mismo tiempo que tienen que crear las condiciones que permitan a los mercados funcionar de forma efectiva. Esto debería de incluir la regulación de los mercados de activos para asegurar que los inversores no son inducidos a comprar activos potencialmente tóxicos (como hacemos con las medicinas). Además deben de usar las políticas monetarias y fiscales para conseguir el objetivo del pleno empleo, y por último deben de tratar de reducir las crecientes desigualdades y proteger a los que pierden por la globalización.

Cuando no se sabe economía la historia no puede mostrar gran cosa pues se carece del arsenal teórico necesario para interpretarla. Lo de los gobiernos obligados a salvar al mercado es como referirse al violador como guardián de la castidad. De nuevo nos enteramos de que quizás (“debe de”) usemos para los mercados financieros la misma estulticia regulatoria que la existente con el sector farmacéutico: pobrecitos nosotros que nos inducen a comprar tóxicos. Y quizás seamos keynesianos, parece.

Es de esperar que podamos terminar con los dogmas y la polarización que han caracterizado estos debates y que seamos capaces de trabajar juntos pragmáticamente para afrontar los retos que presenta el nuevo milenio. Hace 147 años, el presidente Abraham Lincoln alertaba durante su discurso anual al Congreso de que “los dogmas del pasado son inadecuados para las tormentas del presente”. Esto es tan cierto hoy como lo era entonces. Ojalá lo reconozcamos y actuemos en consecuencia.

Algunos preferiremos no trabajar cerca de Sebastián Royo, porque su ignorancia podría ser contagiosa. Y qué grande fue Lincoln. O tal vez no.


Pobre defensa del capitalismo de Guy Sorman

14/05/2009

Guy Sorman “defiende” al capitalismo en la crisis actual:

La primera exigencia, que a menudo se ha puesto a prueba en el pasado, exige que se haga humanamente tolerable la transición entre las actividades anticuadas y las profesiones futuras que todavía desconocemos. Este proceso denominado «destrucción creativa» (abandonar lo antiguo para pasar a lo nuevo) es el motor del capitalismo: en un cierto grado, exige una colectivización de los riesgos, es decir, que el Estado se haga cargo de los daños. Ése es el supuesto que se mantuvo en todos los países industrializados en los años setenta, cuando las explotaciones hulleras, la siderurgia o la industria textil se trasladaron a lugares en los que la explotación era más rentable, en concreto a Asia y a Iberoamérica. Los Estados supieron dirigir dicha transición, y eso salvó al capitalismo e hizo que se volviera económicamente más rentable y socialmente más aceptable. Este mismo escenario se repite en la actualidad, de forma idéntica en Estados Unidos en la industria automovilística y, en parte, en el sector bancario. Sin duda, la fabricación de automóviles está condenada a la larga en América del Norte, y quizás también en Europa; y el sector financiero está ciertamente sobredimensionado en todas partes en relación a las necesidades de la economía real. Los gobiernos norteamericanos y europeos intentan por tanto anestesiar sin demasiado dolor a un mundo antiguo para que dé a luz a un mundo nuevo: esta transición, afirma Barack Obama, no es una nacionalización y, en este tema, hay que creerle a pies juntillas. Y el arte de los empresarios capitalistas, perfeccionado a lo largo de los siglos, consiste en hacer que las pérdidas sean mutuas: nada nuevo bajo el Sol.

La destrucción creativa no exige ninguna colectivización de riesgos, y de hecho hacerlo es completamente contraproducente, ya que ocasiona riesgo moral, fomentando actividades peligrosas al saber que los daños se pagarán entre todos. Los Estados son realmente incompetentes dirigiendo transiciones: lo que hacen es dificultarlas, pero luego se cuelgan las medallas de que han salvado al capitalismo (y algunos incautos se lo creen). Sorman no parece entender qué es lo que hacen los empresarios: asumir riesgos y obtener beneficios o pérdidas en función de sus aciertos o errores. Parece que hay que echar una manita a todos los que se queden anticuados, lo que equivale a ceder al chantaje violento de los fracasados que no están dispuestos a asumir ellos mismos los costes de su reconversión.

La sostenibilidad económica de la fabricación de automóviles en cualquier sitio depende de su productividad, y en los Estados Unidos hay empresas inviables porque han sido parasitadas por sus sindicatos, pero también las hay exitosas.

Lo de que hay que creer a pies juntillas a un político cuando asegura que no intenta nacionalizar nada es patético: tal vez Guy Sorman no ha oído hablar del fascismo participativo que bien describe Robert Higgs.

Un auténtico empresario capitalista asume sus pérdidas; el que intenta repartirlas entre todos es un caradura cazador de rentas.

Una buena regulación que encuadrara la desconexión de las finanzas y la economía dentro de unos límites razonables (un azar sabio) es la quimera del momento. Esta regulación implica un conocimiento de los flujos mundiales que no tenemos pero que se podría adquirir. Rama Cont, economista en París y en la Universidad Columbia de Nueva York, propone la creación oportuna de un observatorio mundial de riesgos que alertara a los gobiernos nacionales de una posible tempestad. Correspondería a estos gobiernos (la Administación de Obama ya ha anunciado que no renunciará a la soberanía nacional en la regulación de su mercado financiero) proteger a los ahorradores, a los accionistas, a los bancos y a las aseguradoras frente a estrategias especulativas que amenazaran con llevar el sistema a la quiebra.

La regulación que funciona es la que surge desde abajo de forma creativa y competitiva, desde los agentes económicos interesados y con conocimiento de causa en sus relaciones contractuales sobre el terreno, y no la que se impone desde arriba a nivel mundial. Los observatorios mundiales son auténticos disparates, y pretender que son los gobiernos quienes protegen a sus súbditos es vivir en la inopia.