Thomas Piketty contra el capitalismo y la propiedad privada

25/11/2019

Cuenta Thomas Piketty en esta entrevista que en su libro Capital e ideología estudia las ideologías que han justificado las desigualdades, con especial atención a la propiedad privada como causante fundamental. Quiere “superar” el capitalismo y la propiedad privada: no “abolir” o “suprimir”, que suenan mal, sino “superar”, porque suena bien y sería retrógrado oponerse a algo que suena bien. No a lo negativo, sí a lo positivo.

Defiendo un sistema de socialismo participativo. También se puede hablar de economía participativa o circular. La idea es que necesitamos la participación de todos, no solo en la vida política, sino también en la económica. No puede haber una hiperconcentración del poder en un número reducido de personas. El poder debe circular.

Un socialismo participativo es un absurdo contradictorio. El socialismo se caracteriza por la propiedad pública (estatal) de los medios de producción: el poder se concentra de forma absoluta en los planificadores centrales, lo que casa mal con la participación de otros agentes no estatales, y peor con la participación de todos. Como mucho en un socialismo democrático se puede permitir a los ciudadanos elegir quiénes serán sus gobernantes, y una vez elegidos estos tendrán todo el poder. Piketty abusa del término “socialismo”, le añade un “participativo” y el engendro significa que todo el mundo tenga suficiente capital pero no demasiado, traspasándolo por la fuerza de quienes tienen más a quienes tienen menos.

Piketty se opone a la hiperconcentración del poder económico en unos pocos multimillonarios, pero no parece tener problemas con la hiperconcentración del poder político de los Estados en unos pocos gobernantes. Afirma que el poder debe circular, pero se refiere solamente a la riqueza, y oculta que lo que propone es una circulación forzada de quienes la han producido (o recibido como regalo) a quienes no lo han hecho.

… el capitalismo hoy es diferente al del siglo XIX. El capitalismo puro consistiría en concentrar todo el poder en los propietarios y los accionistas, poder despedir a quien uno quiera y cuando quiera, o triplicar el alquiler al inquilino de la noche a la mañana. Un capitalista del siglo XIX vería como una herejía las reglamentaciones actuales para limitar los derechos de los propietarios.

El capitalismo simplemente permite la propiedad privada de los medios de producción. El propietario concentra todo el poder sobre su propiedad, pero a cambio no tiene ningún poder sobre la propiedad ajena: el poder en realidad está diluido entre los individuos porque todos pueden ser propietarios, y todos lo son al menos de su propio cuerpo y su capacidad de trabajo. La propiedad privada es la mejor defensa contra los abusos de los poderosos porque en la propiedad manda cada dueño, y los demás pueden proponer intercambios pero no imponerlos. Algunos propietarios muy ricos pueden tener más bienes y riqueza que otros, pero en un sistema de mercado libre seguramente es porque son responsables de su producción y no se la han quitado a nadie.

El capitalismo no defiende poder despedir a quien uno quiera cuando quiera sino tener libertad contractual, y los contratos laborales voluntariamente pactados por las partes especifican las condiciones en las que se puede o no despedir a un trabajador. En algunos casos tal vez no sea necesaria ninguna justificación, notificación previa o compensación por el despido, igual que el comprador de un bien o servicio que no tenga ningún compromiso contractual no tiene por qué justificar al vendedor si deja de intercambiar con él.

Los precios de alquiler en el mercado libre se reflejan en contratos de cierta duración predeterminada, de modo que no pueden ser modificados sin más durante su duración; al terminar el contrato las condiciones deben ser negociadas de nuevo, y ninguna parte puede imponerle unilateralmente nada a la otra. Lo del aparente escándalo de triplicar el alquiler a un inquilino es algo entre raro o imposible de lo cual obviamente no ofrece ningún ejemplo real porque es demagogia torpe y barata.

Piketty parece burlarse del capitalista del siglo XIX al mencionar la percepción de herejía: no se plantea en absoluto la posible ilegitimidad de las actuales limitaciones a los derechos de los propietarios, ni que sean un retroceso y no un avance progresista.

Hay una evolución hacia una mayor igualdad. Las desigualdades, aunque hayan aumentado desde los años ochenta o noventa, son menores que hace un siglo. El mundo del siglo XIX, con una propiedad concentrada en unos pocos, no solo era injusto, sino que producía menos crecimiento que el que hubo en el siglo XX con la clara reducción de las desigualdades.

Su concepción de la justicia es equivalente a la igualdad: no ante la ley, sino de resultados mediante la ley. Es más justa una sociedad si la propiedad está más uniformemente distribuida, independientemente de cómo se haya obtenido esa propiedad: mediante la producción y el intercambio, mediante el robo por uno mismo o mediante la redistribución coactiva por parte del Estado.

La lección de la historia es que la propiedad privada es útil para el desarrollo económico, pero únicamente si se equilibra con otros derechos: los de los asalariados, de los consumidores, de las diferentes partes. Yo digo sí a la propiedad privada, mientras se mantenga en lo razonable.

Reconoce la utilidad económica de la propiedad: “es un buen sistema para coordinar las acciones individuales y permitir a cada uno realizar sus proyectos”. Sin embargo no menciona su importancia ética como única norma justa universal, simétrica y funcional. Dice que debe equilibrarse con otros derechos, pero sin especificar cuáles son estos, y como si asalariados o consumidores no fueran también propietarios. Obviamente no sabe cómo justificar todos los auténticos derechos a partir de la propiedad y mediante contratos libres. No explicita qué entiende como razonable: tal vez lo que a él, mente privilegiada con altos estudios, le parezca bien decirnos desde su arrogancia tecnocrática disfrazada de sentido común.

Aunque reconoce que la propiedad es emancipadora y está ligada a la libertad, no le basta con “la igualdad formal ante el derecho de la propiedad sin ir hacia la igualdad real, hacia la verdadera difusión de la propiedad.” Es decir que no basta con que las leyes protejan la propiedad (contra el robo) y especifiquen cómo conseguirla de forma legítima, sino que además deben garantizar que todo el mundo tenga propiedad y sin grandes diferencias de riqueza. No ve problema en quitarles su propiedad a unos para dársela a otros y así garantizar que todos tengan algo que se llama propiedad pero en realidad no lo es porque otros pueden quitártela legalmente con la excusa de que es más justo que la tengan otros. Los límites de la propiedad ya no están en la propiedad ajena sino en lo que otros quieran y consigan quitarme mientras me aseguran que es que tengo más de lo razonable.

Defiende las reformas agrarias y la limitación de las propiedades individuales:

En el momento de la Revolución, no se hizo una gran reforma agraria en Francia. No se dio a los campesinos 10 hectáreas, ni se limitaron las propiedades individuales a 200 o 500 hectáreas. Otras sociedades lo hicieron. Cuando se ofrece a la gente la posibilidad de trabajar la tierra para sí mismos, se mejora la productividad. Lo mismo vale en general.

No ve que lo esencial no es trabajar la propia tierra, sino poder apropiarse legalmente de los frutos del propio trabajo sin que estos sean confiscados. No considera que cuando uno es más productivo y exitoso en el mercado quizás colonice o compre y acumule más tierras, y que si no puede hacerlo porque su propiedad individual está limitada por un máximo legal entonces seguramente deje de esforzarse. Lo mismo puede pasar con el empresario que sabe que le van a quitar su empresa si esta crece demasiado.

Exige “que haya acceso a la propiedad” como si ello estuviera prohibido o fuera imposible en un sistema de libre mercado. Tal vez ignora que es posible acceder a la propiedad mediante intercambios voluntarios o mediante primer uso de cosas no poseídas.

Afirma que “la sacralización del derecho de la propiedad convierte las relaciones sociales en algo brutal” y pone como ejemplo la propiedad de seres humanos por otros seres humanos. Ignora que la esclavitud es prácticamente siempre (salvo que se acceda a ella de forma voluntaria) una forma de posesión violenta e ilegítima incompatible con un mercado libre. Pone como ejemplo de “contradicción de la filosofía de la propiedad” a Alexis de Tocqueville (presunto intelectual liberal), que consideraba que con la abolición de la esclavitud había que compensar a los propietarios de esclavos, en vez de a los esclavos; también a los esclavos de Haití, que tuvieron que pagar a Francia por su emancipación. Como Piketty no conoce la fundamentación ética de la libertad y la propiedad ve contradicciones internas donde solo hay un error grave de un pensador (torpe o quizás no tan liberal) y un caso de injusticia que no reflejan realmente la filosofía de la propiedad sino su negación.

Frente a la posible pendiente resbaladiza que permitiría la redistribución de la riqueza al no tener límite y no saber dónde parar, Piketty asegura que “la historia muestra que, por medio de la deliberación democrática, se pueden encontrar límites a lo que es una propiedad privada razonable y lo que es una propiedad privada excesiva.” Es tan ingenuo que cree que en las democracias se delibera y se razona, y reconoce que democráticamente es posible confiscar tanta riqueza como la mayoría desee: la propiedad ya no es una protección del individuo y su libertad contra las agresiones ajenas sino el dominio exiguo sobre lo que la mayoría tenga a bien conceder al individuo minoritario.

Piketty propone un impuesto del 90% sobre el patrimonio de los más ricos: “El objetivo es hacer circular la propiedad, permitir que todo el mundo acceda a ella.” Que todo el mundo acceda a propiedad que han producido legítimamente otros, es decir que el parasitismo sea legal.

El impuesto sobre la propiedad permitiría financiar una herencia para todos de 120.000 euros a los 25 años.

Aparte de que los números quizás no salgan tan bonitos, se estaría diciendo a los jóvenes que tienen derecho a la riqueza por la cara, a cambio de nada, sin necesidad de producir ni aportar nada valioso a cambio.

Ahora la mitad de la población no posee patrimonio. Aunque uno tenga un buen diploma y un buen salario, puede que una parte importante del salario sirva para pagar toda la vida un alquiler a hijos de propietarios y carezca de medios para crear su propia empresa.

Los números redondos como “la mitad de la población” suelen tener trampa. A Piketty le parece mal que un padre deje un patrimonio a sus hijos en forma de propiedad inmobiliaria que les permita obtener rentas del alquiler. Los pobrecitos inquilinos, a pesar de tener “un buen diploma y un buen salario”, están pagando toda la vida un alquiler en lugar de comprar su propia vivienda como si estuvieran en las garras del malvado arrendador. Y además no tienen medios para crear su propia empresa, como si todo el mundo tuviera que tener su propia empresa y como si los mercados de capitales estuvieran cerrados a las buenas ideas.

Quiero una sociedad en la que todo el mundo pueda tener algunos centenares de miles de euros, y en la que algunos que crean empresas y tienen éxito tengan unos millones de euros, quizá a veces unas decenas de millones de euros. Pero, francamente, tener varios centenares o miles de millones no creo que contribuya al interés general.

Y yo quiero felicidad, amor y salud para todos y la paz en el mundo. También quiero que la gente tenga riqueza, pero tengo ciertos escrúpulos morales que me prohíben quitársela por la fuerza a unos para dársela a otros y que así la distribución sea más conforme a mis preferencias subjetivas.

Piketty es tan generoso que permite que los empresarios de éxito tengan incluso decenas de millones de euros: otros serían mucho más cicateros y querrían quitarles más o todo. Se saca los números del sombrero mágico, y le sale que cientos o millones de euros ya no contribuye a un indefinido interés general. Olvida mencionar el interés de todos aquellos que hicieron negocios o intercambiaron con estos millonarios, como clientes, trabajadores o proveedores, y se beneficiaron por ello.

Afirma que las liberalizaciones y reducciones de impuestos de la época de Reagan en los años ochenta han incrementado el número de milmillonarios pero han reducido el crecimiento y no han incrementado los salarios. Esto es esencialmente falso, y además es absurdo criticar a los milmillonarios ya que el mero hecho de serlo suele mostrar que ellos sí que han contribuido al crecimiento generando enormes cantidades de riqueza.

… la verdadera razón fue que se estancó la inversión en educación. El resultado es que hoy muchas personas van a la universidad sin los medios que necesitarían. La lección es que lo que llevará al crecimiento en el siglo XXI es, ante todo, la educación.

Obviamente no conoce la crítica contra el exceso de educación de Bryan Caplan (The Case Against Education) y no sabe cómo se (mal)gastan recursos en señalización social. No distingue la inversión privada de la pública, probablemente porque no quiere que la gente decida individualmente cuánto invertir en educación sino subsidiarla o dirigirla desde el poder central del Estado.

Respecto a la arbitrariedad del impuesto a la riqueza del 90%, Piketty nos informa, por si no nos habíamos dado cuenta, de que “Un 90% a quien tenga 1.000 millones de euros significa que le quedarán 100 millones de euros. Con 100 millones todavía uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida.” Tal vez se cree muy gracioso después de haber propuesto la confiscación de 900 millones de euros: calderilla que la pierdes y no duele. También con 10 millones de euros uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida, incluso con 1 millón solo. Piketty es generoso y deja a los milmillonarios que se queden un 10%. No explica a partir de qué nivel de riqueza se aplicaría este impuesto, qué pasaría con el efecto frontera (quedarse en el límite), cuándo se ejecutaría el impuesto, ni otros enojosos detalles seguramente sin importancia.

El objetivo es regresar a un nivel de concentración de la fortuna que era más o menos el de los años sesenta, setenta u ochenta en Estados Unidos y en Europa. Mi enfoque es empírico. Lo que queremos evitar es la sedimentación. Mark Zuckerberg tuvo una buena idea a los 25 años. Pero, ¿esto justifica que a los 50 o 70 años continúe decidiéndolo todo sobre una red social mundial?

Para un progresista resulta misterioso este regreso al pasado idílico en lugar de mirar hacia el futuro. No explica qué es eso de la sedimentación que quiere evitar. Sobre Mark Zuckerberg, olvida que Facebook tiene muchos más accionistas que son los que lo nombran para que dirija la empresa, quizás porque lo hace bien para obtener beneficios. Que la red social sea mundial no significa que pertenezca al mundo y que por eso pueda confiscarse la riqueza de su creador.

Si no se para el aumento de las desigualdades Piketty advierte de “una explosión de la Unión Europea, otros Brexit. O bien una toma del control por parte de movimientos xenófobos”. Según él hay que “regular el capitalismo, hacer pagar impuestos a los más ricos y tener una economía más justa”. Olvida que el capitalismo ya tiene reglas (la inviolabilidad de la propiedad, la libertad contractual y las normas generadas en los pactos contractuales), que los ricos ya pagan grandes cantidades de impuestos, y que conviene aclarar qué entiende uno por justicia si va a jugar a hacer juicios morales que van mucho más allá de su (in)competencia como economista. También asegura que “nos desatamos golpeando a los pobres de origen extranjero”, sin plantearse que es la anquilosada y empobrecedora socialdemocracia, con su constante redistribución coactiva de riqueza y la lucha por la misma, la que genera resentimientos contra los de fuera.

Piketty reconoce que es propietario (quiere decir muy rico) y lamenta que su presidente Macron “decidió exonerarme del impuesto sobre la fortuna”. Seguramente no lo hizo por él personalmente, y si Piketty quería pagarlo, como mendazmente dice, las haciendas estatales suelen aceptar todo tipo de regalos voluntarios en favor del tesoro público: como este regalo no ha sido recibido, muestra con su acción su preferencia revelada de quedarse con su fortuna. Lo que seguramente quiere no es pagarlo solamente él sino que tengan que hacerlo todos los que tienen tanto como él o más, que es muy distinto.

Cuando uno escribe un libro como El capital en el siglo XXI, del que se venden 2,5 millones de ejemplares, no significa que sea mil veces mejor que aquellos de los que se venden 2.500 ejemplares. En parte es la suerte. Y me beneficié de las ideas de colegas y del sistema educativo francés. Es una ilustración perfecta de que las rentas y la propiedad siempre tienen orígenes sociales. No lo inventamos todo nosotros solos. Desde el momento en que uno obtiene altos ingresos, se ha beneficiado de muchas otras personas. Mi experiencia ha confirmado mis convicciones.

Efectivamente Piketty no es mil veces mejor, y ha tenido mucha suerte de ponerse de moda como el economista de izquierdas del momento. Sobre que se benefició del trabajo de otros, olvida mencionar que ese trabajo ya fue pagado en su momento, que no se hizo gratis, y que las ideas son de consumo no rival. La riqueza tiene origen social en el sentido de que a menudo se consigue o se produce en equipo o mediante intercambios con otros, pero esos otros ya han sido compensados y no tienen derecho a estar reclamando más pagos de forma perpetua.

Piketty a menudo tiene una visión estática de la distribución de la riqueza para reconfigurarla a su gusto de forma más uniforme, y cuando añade un componente dinámico solo es para mirar de forma equivocada hacia atrás (todo lo hemos hecho entre todos), y olvida mirar al futuro y preguntarse qué pasará con los grandes creadores de riqueza si saben que les van a expropiar el 90% de la misma: no sabe, no contesta.

En este extracto de su libro resume sus análisis y propuestas:

… estoy convencido de que es posible superar el capitalismo y la propiedad privada y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y en el federalismo social. Esto pasa principalmente por desarrollar un régimen de propiedad social y temporal que repose, por una parte, en la limitación y la distribución (entre accionistas y asalariados) de los derechos de voto y de poder en las empresas y, por otra parte, en una fiscalidad fuertemente progresiva sobre la propiedad, en una dotación universal de capital y en la circulación permanente de la riqueza. También pasa por la fiscalidad progresiva sobre la renta y por un sistema de regulación colectiva de las emisiones de carbono que contribuya a la financiación de los seguros sociales y de una renta básica, así como por la transición ecológica y un sistema educativo verdaderamente igualitario.

Quiere entrometerse en la dirección de las empresas dando derechos de voto a los trabajadores sin que estos tengan que aportar capital ni asumir los riesgos de los accionistas, y obviando la posibilidad de que los trabajadores cobren parte de su salario en acciones, o simplemente las compren con su propio dinero si así lo desean.

La fiscalidad sobre la propiedad y la renta no solo deben ser progresivas sino fuertemente progresivas, o sea machacar a impuestos a los más ricos en renta y riqueza. No importa si eso desincentiva la producción de riqueza y el ahorro hasta que no quede renta y riqueza que gravar.

Dar capital a todo el mundo suena muy bonito si se olvida que este se ha expropiado a unos para dárselo a otros, y que los receptores quizás no sean especialmente hábiles en el uso del mismo: algunos quizás lo usen productivamente mientras que muchos otros lo invertirán mal o simplemente lo consumirán.

El Estado debe disponer de recursos para seguros sociales y renta básica: nada de plantearse que los individuos podrían resolver sus propios problemas mediante asociaciones libres no parasitarias de la riqueza ajena.

El sistema educativo debe ser verdaderamente igualitario: nadie podrá ofrecer servicios de mejor calidad, y los progenitores no podrán dar mejores oportunidades a sus hijos.

La superación del capitalismo y la propiedad privada también pasa por organizar la mundialización de otra manera, con tratados de cooperación al desarrollo que giren en torno a objetivos cuantificados de justicia social, fiscal y climática, cuyo cumplimiento condicione el mantenimiento de los intercambios comerciales y de los flujos financieros. Una redefinición del marco legal como ésta exige la retirada de un cierto número de tratados en vigor, en particular los acuerdos de libre circulación de capitales puestos en marcha desde los años 1980-1990 y su sustitución por nuevas reglas basadas en la transparencia financiera, la cooperación fiscal y la democracia transnacional.

Para destrozar con éxito el capitalismo y la propiedad privada es necesario un gobierno mundial o un sistema de acuerdos de boicoteo contra quienes quieran mantener sociedades y mercados libres. El capital no debe poder moverse libremente para así poder confiscarlo más fácilmente.

Algunas de estas conclusiones pueden parecer radicales. En realidad, son una continuación del movimiento hacia el socialismo democrático que se inició a finales del siglo XIX y que ha supuesto una profunda transformación del sistema legal, social y fiscal. La fuerte reducción de las desigualdades observada a mediados del siglo XX fue posible gracias a la construcción de un Estado social basado en una relativa igualdad educativa y en un cierto número de innovaciones radicales, como la cogestión germánica y nórdica o la progresividad fiscal a la anglosajona. La revolución conservadora de la década de 1980 y la caída del comunismo interrumpieron este movimiento y contribuyeron a que el mundo entrase, a partir de los años 1980-1990, en un periodo de fe indefinida en la autorregulación de los mercados y casi de sacralización de la propiedad.

El socialismo democrático es bueno, justo y necesario: es la expresión del progreso natural, solo interrumpido por la revolución conservadora (junto con la incómoda caída del comunismo), que no tiene un pensamiento económico y social profundo sino solo “fe” y “sacralización”.

Piketty llega a afirmar que “la toma de conciencia de las limitaciones del capitalismo mundial desregulado se ha acelerado tras la crisis financiera de 2008.” Al parecer vivimos en un capitalismo puro sin interferencia estatal, o en la ley de la jungla sin ningún tipo de normas. Asegura que “el riesgo de una nueva oleada de competencia exacerbada y dumping fiscal y social es desgraciadamente real”: no está claro si acepta la competencia que no sea exacerbada; sí lo está que cree que los gobiernos que reducen impuestos y eliminan regulaciones están haciendo trampas.


Nacho Vegas quiere el fin del capitalismo

06/03/2012

Según el músico Nacho Vegas:

A veces parece que lo mejor sería que llegara el fin del mundo. Que llegara el fin del capitalismo sería lo ideal.

Pues a mí personalmente en este momento el fin del mundo no me vendría nada bien: vamos que para mí no es lo mejor, y agradecería que mi opinión se tuviera en cuenta, si puede ser.

Y respecto al fin del capitalismo, yo no deseo que mueran miles de millones de personas por acabar con el único sistema (o lo poco que hay de él) capaz de generar y distribuir los recursos necesarios para mantenerlas con vida.


Quiebra intelectual contra el capitalismo

20/04/2011

Artículo en Libertad Digital.


El gran error de Estefanía

18/09/2009

Joaquín Estefanía, divulgador profesional de falacias económicas keynesianas y krugmanitas, escribe sobre un gran error:

El 15 de septiembre de 2008 … quebraba el banco de inversión Lehman Brothers (LM) y se generaba el pánico. La Reserva Federal (Fed) y el Tesoro lo dejaron caer, haciendo una excepción respecto a lo que había ocurrido hasta el momento.

La gran paradoja es que en el único momento en el que el capitalismo aplica su darwiniana regla de oro, deja caer a un banco con problemas y es coherente con lo que predica, parece el principio del fin y todo el mundo habla de “el gran error”.

Estefanía parece sugerir que en cuanto se deja que el capitalismo funcione solo inmediatamente sucede el desastre. Pero el sistema económico actual está muy lejos de ser capitalista, abundan las intervenciones, regulaciones y redistribuciones coactivas por parte de los gobiernos: que además ni siquiera son estables, existe un grave riesgo de inestabilidad institucional, de modo que no se respeta el imperio de la ley sino que se decide a golpe de arbitrariedad del político o burócrata de turno (a estos los salvo, a estos los dejo caer), lo cual genera incertidumbre en los agentes económicos (véase Robert Higgs, Regime uncertainty).

Los bancos centrales no son instituciones propias del capitalismo (y son los principales causantes de la crisis por su manipulación monetaria y crediticia), y el tesoro público es una entidad estatal. Así que es absurdo creer que este caso se trata del capitalismo aplicando la selección competitiva que sí le es propia.

Estefanía, desde su púlpito en El País, pretende conocer a todo el mundo, sabe lo que piensan y resulta que todos creen que dejar caer a Lehman fue un gran error.

Pero resulta que John Cochrane y Luigi Zingales, catedráticos de finanzas en la Universidad de Chicago, no están de acuerdo con su apreciación. Más bien fue el alarmismo incompetente de la Reserva Federal y del Tesoro, asegurando que el sistema financiero estaba al borde de la catástrofe, que no podían explicar los detalles pero que necesitaban gigantescas sumas de dinero para salvar la situación, lo que desató el pánico.


Claudi Pérez y el capitalismo salvaje

14/09/2009

Según Claudi Pérez, presunto informador de El País:

Los ideólogos del capitalismo salvaje -de capa caída últimamente- han querido ver en el darwinismo y la selección de los más aptos una coartada científica para justificar abusos. La teoría darwinista vuelve a estar encima del tapete, pese a que suena a simple excusa para justificar la avaricia y los años de excesos.

Hay algo llamado “capitalismo salvaje” pero no se cita a ningún ideólogo, de esos de capa caída, que defienda esa corriente: tal vez sea que este sujeto está inventándose etiquetas falaces para criticar el único capitalismo auténtico, el civilizado. El que no le da su cabeza para entenderlo.

No se nos explica cómo el capitalismo produce abusos y excesos. Lo que sí hay es darwinismo, selección que en este caso es humana y económica: los más aptos en servir a los demás tienden a triunfar; algo muy salvaje.


Jordi Sevilla y el capitalismo

14/09/2009

Según Jordi Sevilla, la presunta sensatez económica dentro del PSOE, “La teoría marxista de las crisis económicas” es “una de las más sólidas explicaciones de este fenómeno recurrente”. Seguro: con eso de la apropiación de la plusvalía, el empobrecimiento progresivo del proletariado, la disminución de los rendimientos del capital y todas las demás memeces marxistas.

La Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado estuvo a punto de ser esa crisis final que se llevara por delante un capitalismo asediado no sólo por sus problemas internos y la presión de una lucha de clases evidente, sino también por la presión externa que representaba un sistema comunista recién implantado en Rusia que, todavía en sus albores, tenía gran poder de atracción. Tan grave fue la cosa que en esa convulsión social y política se encuentra el origen de los fascismos y nazismos y con ellos la antesala de la Segunda Guerra Mundial. El keynesianismo, por tanto, con un profundo cambio de las reglas de juego que legitimaba la intervención pública, no fue la principal consecuencia institucional de la Gran Depresión, aunque sí la más duradera.

La Gran Depresión no la generó el capitalismo sino la intervención estatal: manipulación monetaria y crediticia por la banca central, proteccionismo y barreras comerciales, diversas coacciones legales contra los empresarios, regulaciones que impedían ajustes de precios… El keynesianismo, un revoltijo de múltiples falacias, no legitimó la intervención pública sino que fue una fachada intelectual utilizada por los intervencionistas para engañar a los ignorantes de ayer y hoy.

Sevilla tiene un serio problema semántico, como muchas otras personas, cuando hablar del “capitalismo actual” como si el sistema socioeconómico del presente mereciera ese nombre cuando en realidad se trata de socialdemocracia, es decir de socialismo democrático, de ingeniería social parcial y redistribución masiva de riqueza. El capitalismo significa libre mercado y derechos de propiedad (sobre bienes de consumo y de capital), lo cual está muy lejos de la realidad actual. Pero no importa, parece que todo lo que no sea comunismo puro son variantes menores del capitalismo: el sistema se transforma negándolo pero seguimos usando el mismo nombre para criticarlo a gusto.

Presuntamente en Europa “el consenso socialdemócrata … estabilizó las fluctuaciones cíclicas y produjo una larga etapa de crecimiento y bienestar”. O sea que como Europa era (y es) una socialdemocracia, debe ser eso lo que estabiliza y produce prosperidad. Si no se sabe apenas nada de economía uno podría hasta creérselo, aunque no nos cuenten cuáles son los mecanismos causales. Que nadie se atreva a plantearse que la prosperidad se obtiene a pesar de la socialdemocracia.

La actual Gran Recesión estuvo a punto de convertirse en la crisis final del neocapitalismo el día que se dejó quebrar a Lehman Brothers. En las últimas décadas, el reconocimiento de que también existen los fallos del Estado justificó que los mercados financieros internacionales, un segmento de la economía muy activo y creciente, se construyera, en muchos aspectos importantes, al margen de la regulación, el control y la supervisión estatal.

Ahora resulta que tenemos “neocapitalismo”, qué original. Fíjense cómo los fallos del Estado existen “también”, o sea que son un detalle añadido, que lo que principal son los fallos del mercado. Es cierto que algunas partes de los mercados financieros estaban parcialmente no regulados: pero convendría recordar que la esencia del sistema está controlada directamente por el Estado mediante la emisión de moneda de curso legal, la cartelización bancaria y las múltiples regulaciones que sí existen sobre las operaciones financieras.

La desregulación, el Estado mínimo y la presunción de que los mercados libres se autorregulan son presupuestos del modelo que entró en crisis hace casi 100 años.

Como no tiene ni idea de lo que habla es difícil que comprenda qué es la autorregulación, el orden emergente espontáneo, la capacidad adaptativa de los sistemas complejos. Lo de “hace casi cien años” refleja que o es muy malo con los números o utiliza referencias históricas poco claras. La mención al Estado mínimo también es muy graciosa.

Cuando surgieron los primeros problemas con las subprime, se produjo una respuesta que combinó en distintas dosis los siguientes elementos: sorpresa, incredulidad, sensación de inmunidad, confianza en que el problema estaba acotado sin saltar a la economía real y que los daños serían mínimos y controlables. Es el tiempo en que se oyen con fuerza voces que reclaman aplicar soluciones de mercado a la crisis. Soluciones que reforzarían la ofensiva liberal para despojar al capitalismo de aquellas reformas intervencionistas de las que se dotó hace décadas como respuesta a la Gran Depresión y soluciones que, básicamente, consistirían en dejar que el mercado se ajuste libremente, y si alguien tiene que quebrar, que lo haga, porque ello depura y fortalece el sistema.

¿El capitalismo se dotó a sí mismo de reformas intervencionistas? Eso sería regulación espontánea pero no es historia ni teoría científica sino pura ficción: los políticos, agentes extraños y nocivos para un mercado libre, impusieron de forma coactiva reformas destructivas.

Es verdad que la Reserva Federal intentó encontrar compradores para Lehman. De nuevo una solución de mercado.

¿Es una solución de mercado que un organismo semiestatal (y con la parte privada cartelizada) busque compradores para una empresa? ¡Qué mercado tan curioso! Libre, más bien poco.

Pero cuando decidió dejarlo caer, en aplicación de sus principios liberales y convencidos de que la crisis estaba acotada, la cosa se les fue de las manos mostrando, una vez más y como ante la Gran Depresión, las debilidades de un sistema capitalista puro de mercado en un contexto tan interrelacionado. La quiebra de un banco como Lehman amenazó con arrastrar a otros muchos en medio de una profunda crisis de confianza (en los períodos excepcionales, el comportamiento humano no es racional como predican los manuales para situaciones normales, por eso existen burbujas especulativas y crisis económicas profundas) que pudo llevarse por delante al conjunto del sistema. Así, la quiebra de Lehman evidenció los límites del libre mercado y los riesgos sistémicos para el propio capitalismo de aplicar a las crisis soluciones de capitalismo puro.

Para un socialista la ineptitud respecto a la ciencia económica se da por supuesta. En cuanto hay algo de libertad ya asumen que se trata de capitalismo puro, ignorando todas las partes del sistema que están intervenidas o controladas por el Estado: como por ejemplo la banca, que no es en absoluto libre.

Sevilla es así el típico necio que quiere ayudarte y controlarte por tu propio bien. Se siente responsable y sensato evitando que el capitalismo se autodestruya. Qué amable.

A partir de esa evidencia, se puso en marcha la mayor operación de la Historia de apoyo público a la banca y a la economía. Ya no se deja caer a ninguna entidad financiera grande con el curioso argumento de que algunos son «demasiado importantes para caer» (si es así, deben de ser públicos) y se empieza a hablar de refundaciones del capitalismo y de profundas reformas institucionales. Entre otras, la sumisión de todas las actividades financiera a la regulación y supervisión de los bancos centrales, sin agujeros negros, la supresión de los paraísos fiscales o la revisión del sistema de incentivos para los directivos.

Si algo es demasiado grande para caer y se convierte en entidad pública tardará mucho más en caer pero hará mucho más daño mientras exista. Las cosas demasiado grandes para caer se solucionan eliminándolas cuando aún no lo son, y aclarando que no se va a salvar a nadie con esa excusa.

Se vive ahora un momento en el que parece que, de la mano del G-20, el impulso reformista del capitalismo se vigoriza a semejanza de lo ocurrido tras la Gran Depresión y que vamos a volver a vivir una época de grandes transformaciones sociales impulsadas desde la racionalidad política y económica. Fracasada con Lehman la solución de mercado, entraríamos en la solución de Estado. El problema es que ahora, con la Gran Recesión, no existe ni la presión externa de los modelos alternativos ni la interna de una potente lucha sociopolítica con fines alternativos. Y, sin competencia, parece que los anhelos reformistas están languideciendo.

Racionalidad y política son básicamente antónimos, como demuestra este político (ahora ex) que de razonar sabe más bien poco. Resulta curioso que considere positivo que existan modelos alternativos (como los comunistas en todas sus variantes) para tomar partes de ellos: los seres humanos que sufran bajo esos sistemas destructivos no parecen ser tenidos en cuenta.

Obama ha aprobado una reforma del sistema normativo para las entidades financieras, pero se está quedando varado ante la reforma sanitaria. La UE ha hecho cambios relevantes sólo perceptibles por los expertos. Y el G-20, que celebrará otra reunión en breve, se atasca con las reformas sistémicas ante la perdida de fuerza transformadora conforme pasa lo peor de la crisis. Con ello, la alternativa político-estatal también está mostrando sus limitaciones. Si es así, estaremos incubando ya la próxima burbuja con su crisis correspondiente, porque, a estas alturas, me temo que ya sabemos que esta vez el mundo no va a cambiar de base. Aunque debiera.

Claro que “debería” cambiar de base: hacia un sistema libre, el que Sevilla despacha tan deprisa con sus pocas luces, que él sigue pretendiendo largas.


Sebastián Royo y el capitalismo

23/05/2009

Sebastián Royo, profesor de ciencias políticas, escribe:

La ideología pro mercado dominante de las últimas décadas surgió como una reacción al supuesto fracaso del modelo de economías mixtas que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial. La llegada al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher marcó una línea divisoria e inició una nueva etapa marcada por el llamado laissez faire, caracterizada por la desregularización y la fe ciega en los mercados libres. Esta crisis ha mostrado que este modelo ha fracasado, y al mismo tiempo ha erosionado la credibilidad y legitimidad del mercado y del modelo anglosajón.

O sea que las economías mixtas sólo fracasaron supuestamente: tal vez la estanflación fue parte de su éxito. Luego al parecer dominó la ideología pro mercado: si con este dominio los estados siguen controlando más o menos la mitad de la riqueza producida por la sociedad, qué pasará ahora que parece que este “dominio” va a desaparecer. Lo de utilizar el término “laissez faire” para referirse al liberalismo o al capitalismo me parece a menudo una pedantería propia de ignorantes que aspiran a informarnos de que hablan idiomas (dos palabras, al menos, olvidan el “laissez passer”); pero los hablan mal, y así confunden la desregulación con la desregularización. Y como no saben, tienen fe o no tienen fe: y creen que los que defienden los mercados libres tampoco saben y sólo tienen fe ciega en la libertad. Y como siguen sin saber, culpan de esta crisis al liberalismo: no dan una.

¿Cuántas veces en los últimos años hemos tenido que oír en Europa que nuestras economías están esclerotizadas, que no son suficientemente flexibles, que necesitan más desregularización y mayor competencia; y que los Estados tienen que ser menos intervencionistas? El paradigma dominante se resumía en que “los Gobiernos son malos y los mercados desregulados buenos”, que se sintetizaba en la famosa frase de Reagan: “Las nueve palabras más aterradoras del idioma inglés son: ‘Vengo del Gobierno y estoy aquí para ayudar”.

Dale con la desregularización. Independientemente de cuántas veces Royo haya tenido que sufrir en sus delicados oídos todas estas herejías, ¿se ha parado e pensar si realmente se han llevado a la práctica? ¿Se ha pasado de los dichos a los hechos?

¿Qué cambios cabe esperar? Las lecciones de la crisis parecen cada vez más claras: no se deben de liberalizar los sectores financieros demasiado rápidamente, se debe de ahorrar y de moderar el crédito, hay que centrarse en la economía real e invertir en educación y productividad, y no todas las innovaciones son positivas y útiles.

¿Deber o deber de? ¿Entiende Royo la diferencia entre la necesidad y la posibilidad? ¿Puede extraer y dar lecciones quien demuestra no enterarse de gran cosa?

Por ello es muy probable que como consecuencia de la crisis haya una mayor intervención de los Estados, que haya reformas impositivas que dejen de primar actividades como la construcción, y que tengamos una menor obsesión con el beneficio a todo coste y con generar valor a corto plazo para los accionistas. Por el contrario, sería deseable que las empresas den prioridad a los empleados, los productos y a los clientes.

¿Él en sus empresas, si es que dirige alguna, pasa de los accionistas y da prioridad a empleados, productos y clientes? Los accionistas estarán encantados de saberlo. ¿A todo coste no querrá decir a cualquier coste? ¿Es malo generar valor a corto plazo si no se destruye a largo plazo?

Al mismo tiempo se está discutiendo sobre la posibilidad de separar la banca de inversión y la comercial (como se hizo en Estados Unidos en 1933 para responder a la Gran Depresión con la ahora difunta Glass-Steagall Act). Además se está generando mayor consenso sobre la necesidad de obligar a los bancos a que aumenten sus reservas de capital en periodos de crecimiento (como se hizo en España); de establecer mejores controles y mayor escrutinio de las agencias de valoración; de expandir el marco regulatorio para incluir a todas las instituciones que puedan provocar un riesgo sistémico; de cambiar las políticas de compensación salarial y los incentivos; de establecer un sistema centralizado para regular los derivados, y por ultimo, de que los bancos centrales usen las políticas monetarias y los instrumentos regulatorios para evitar burbujas de activos.

Un profesor de políticas recomienda intervención política para regular el mercado: sorprendente.

Por fortuna ya casi nadie cuestiona la necesidad de mejores regulaciones, o los beneficios que el Estado puede jugar para tratar de equilibrar los abusos y excesos de los mercados. Incluso en Estados Unidos, el paradigma del modelo dominante, el presidente Barack Obama lo plasmó en su discurso de investidura cuando manifestó que “los cínicos no entienden que la tierra se ha movido bajo sus pies… La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro Gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, sino si funciona”.

“Por fortuna” = a mí me gusta que… ¿De verdad que nadie cuestiona al Estado? No somos nadie… ¿Podría molestarse en explicar los abusos y los excesos de los mercados? Lo de que el gobierno funcione, ¿qué significa? ¿Qué se supone que debe hacer? ¿Y su funcionalidad no tiene relación con su tamaño?

La crisis ha mostrado que la economía de mercado no siempre se estabiliza y regula por sí misma. Ha dejado claro que los Gobiernos tienen la obligación de salvar a los mercados de sus excesos, y al mismo tiempo que tienen que crear las condiciones que permitan a los mercados funcionar de forma efectiva. Esto debería de incluir la regulación de los mercados de activos para asegurar que los inversores no son inducidos a comprar activos potencialmente tóxicos (como hacemos con las medicinas). Además deben de usar las políticas monetarias y fiscales para conseguir el objetivo del pleno empleo, y por último deben de tratar de reducir las crecientes desigualdades y proteger a los que pierden por la globalización.

Cuando no se sabe economía la historia no puede mostrar gran cosa pues se carece del arsenal teórico necesario para interpretarla. Lo de los gobiernos obligados a salvar al mercado es como referirse al violador como guardián de la castidad. De nuevo nos enteramos de que quizás (“debe de”) usemos para los mercados financieros la misma estulticia regulatoria que la existente con el sector farmacéutico: pobrecitos nosotros que nos inducen a comprar tóxicos. Y quizás seamos keynesianos, parece.

Es de esperar que podamos terminar con los dogmas y la polarización que han caracterizado estos debates y que seamos capaces de trabajar juntos pragmáticamente para afrontar los retos que presenta el nuevo milenio. Hace 147 años, el presidente Abraham Lincoln alertaba durante su discurso anual al Congreso de que “los dogmas del pasado son inadecuados para las tormentas del presente”. Esto es tan cierto hoy como lo era entonces. Ojalá lo reconozcamos y actuemos en consecuencia.

Algunos preferiremos no trabajar cerca de Sebastián Royo, porque su ignorancia podría ser contagiosa. Y qué grande fue Lincoln. O tal vez no.


Pobre defensa del capitalismo de Guy Sorman

14/05/2009

Guy Sorman “defiende” al capitalismo en la crisis actual:

La primera exigencia, que a menudo se ha puesto a prueba en el pasado, exige que se haga humanamente tolerable la transición entre las actividades anticuadas y las profesiones futuras que todavía desconocemos. Este proceso denominado «destrucción creativa» (abandonar lo antiguo para pasar a lo nuevo) es el motor del capitalismo: en un cierto grado, exige una colectivización de los riesgos, es decir, que el Estado se haga cargo de los daños. Ése es el supuesto que se mantuvo en todos los países industrializados en los años setenta, cuando las explotaciones hulleras, la siderurgia o la industria textil se trasladaron a lugares en los que la explotación era más rentable, en concreto a Asia y a Iberoamérica. Los Estados supieron dirigir dicha transición, y eso salvó al capitalismo e hizo que se volviera económicamente más rentable y socialmente más aceptable. Este mismo escenario se repite en la actualidad, de forma idéntica en Estados Unidos en la industria automovilística y, en parte, en el sector bancario. Sin duda, la fabricación de automóviles está condenada a la larga en América del Norte, y quizás también en Europa; y el sector financiero está ciertamente sobredimensionado en todas partes en relación a las necesidades de la economía real. Los gobiernos norteamericanos y europeos intentan por tanto anestesiar sin demasiado dolor a un mundo antiguo para que dé a luz a un mundo nuevo: esta transición, afirma Barack Obama, no es una nacionalización y, en este tema, hay que creerle a pies juntillas. Y el arte de los empresarios capitalistas, perfeccionado a lo largo de los siglos, consiste en hacer que las pérdidas sean mutuas: nada nuevo bajo el Sol.

La destrucción creativa no exige ninguna colectivización de riesgos, y de hecho hacerlo es completamente contraproducente, ya que ocasiona riesgo moral, fomentando actividades peligrosas al saber que los daños se pagarán entre todos. Los Estados son realmente incompetentes dirigiendo transiciones: lo que hacen es dificultarlas, pero luego se cuelgan las medallas de que han salvado al capitalismo (y algunos incautos se lo creen). Sorman no parece entender qué es lo que hacen los empresarios: asumir riesgos y obtener beneficios o pérdidas en función de sus aciertos o errores. Parece que hay que echar una manita a todos los que se queden anticuados, lo que equivale a ceder al chantaje violento de los fracasados que no están dispuestos a asumir ellos mismos los costes de su reconversión.

La sostenibilidad económica de la fabricación de automóviles en cualquier sitio depende de su productividad, y en los Estados Unidos hay empresas inviables porque han sido parasitadas por sus sindicatos, pero también las hay exitosas.

Lo de que hay que creer a pies juntillas a un político cuando asegura que no intenta nacionalizar nada es patético: tal vez Guy Sorman no ha oído hablar del fascismo participativo que bien describe Robert Higgs.

Un auténtico empresario capitalista asume sus pérdidas; el que intenta repartirlas entre todos es un caradura cazador de rentas.

Una buena regulación que encuadrara la desconexión de las finanzas y la economía dentro de unos límites razonables (un azar sabio) es la quimera del momento. Esta regulación implica un conocimiento de los flujos mundiales que no tenemos pero que se podría adquirir. Rama Cont, economista en París y en la Universidad Columbia de Nueva York, propone la creación oportuna de un observatorio mundial de riesgos que alertara a los gobiernos nacionales de una posible tempestad. Correspondería a estos gobiernos (la Administación de Obama ya ha anunciado que no renunciará a la soberanía nacional en la regulación de su mercado financiero) proteger a los ahorradores, a los accionistas, a los bancos y a las aseguradoras frente a estrategias especulativas que amenazaran con llevar el sistema a la quiebra.

La regulación que funciona es la que surge desde abajo de forma creativa y competitiva, desde los agentes económicos interesados y con conocimiento de causa en sus relaciones contractuales sobre el terreno, y no la que se impone desde arriba a nivel mundial. Los observatorios mundiales son auténticos disparates, y pretender que son los gobiernos quienes protegen a sus súbditos es vivir en la inopia.