Día de la mujer: poca libertad

09/03/2017

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La causa de la libertad de la mujer es parte de la causa más amplia de la libertad en general. El liberalismo defiende los derechos y deberes de la mujer igual que los del hombre porque son los mismos: libertad, propiedad, no agresión (y compensación por las agresiones sufridas), y cumplimiento de los contratos voluntariamente pactados; lo que no acepta es derechos especiales o privilegios de unos a costa de otros. La igualdad ante la ley que respete la libertad individual y los derechos de propiedad ya incluye los derechos de las mujeres como idénticos a los de los hombres, porque el género o sexo son irrelevantes para el carácter de sujeto ético.

De forma variable según los diferentes grupos humanos, las mujeres han sido y son víctimas relativamente más frecuentes o sistemáticas de agresiones, discriminaciones, prohibiciones u obligaciones contrarias a la libertad: asesinatos, violaciones, abusos sexuales, mutilación genital, diferentes derechos civiles o políticos, subordinación coactiva a los hombres. Estas mujeres tienen derecho a reclamar su libertad y a quitarse de encima a sus opresores, posiblemente con ayuda de otras personas que quieran solidarizarse con ellas. Sin embargo ninguna persona tiene ningún derecho a exigir nada a quienes no las han agredido ni son responsables de sus problemas, y algunas personas pueden hacerse las víctimas sin serlo en realidad para de este modo conseguir simpatías y ventajas.

Muchas agresiones contra la mujer son directamente responsabilidad de ciertos Estados más o menos autoritarios, y en otras el Estado burocrático y funcionarial (policía, justicia) muestra su incompetencia para defenderlas. Muchas situaciones de pobreza, que afectan más intensamente a las mujeres, se deben al carácter nocivo de ideologías colectivistas, socialistas y comunistas. Por otro lado algunos Estados discriminan de forma ilegítima a favor de las mujeres, con obligaciones como cuotas o leyes de paridad.

En el Día Internacional de la Mujer han abundado las declaraciones solemnes, altisonantes, grandilocuentes; lo políticamente correcto, la indignación moral, la protesta reivindicativa, la pose progresista y el feminismo colectivista e intervencionista; las declaraciones de solidaridad sin asumir ningún coste real; el postureo, la superioridad moral, el aplauso a uno mismo y a los de mi cuerda, las señales de lealtad y pertenencia al grupo, los intentos de mejorar la propia reputación y el estatus social estando a favor del bien y en contra del mal; los guiños a las mujeres para caerles mejor y quizás así ligar más. Se ha reclamado igualdad, pero no ante la ley, sino mediante la ley. Han escaseado la libertad y la inteligencia, y ha habido poca o nula defensa de la responsabilidad y la tolerancia: los culpables siempre son otros y el razonamiento económico correcto ha brillado por su ausencia.

Se han metido en un mismo saco cuestiones tan diferentes como los piropos (“acoso callejero”), los “micromachismos” de moda, los asuntos económicos (la falaz brecha salarial o de ingresos), y crímenes muy graves como las violaciones, la esclavitud sexual o los asesinatos. Se ha insistido en afirmar que todo son cuestiones meramente culturales o socioeconómicas (el patriarcado, el heteropatriarcado), ignorando realidades biológicas y olvidando mencionar que países tan avanzados como los escandinavos tienen cifras comparables de asesinatos por violencia de género.

Se ha reclamado igualdad en las tareas domésticas y de cuidado de dependientes como si fuera un problema colectivo cuando se trata de un asunto que cada familia puede y debe resolver por sí misma: si una mujer no está de acuerdo con la contribución de su pareja (o del resto de la familia), puede abandonarlo y buscar a otro (escogiendo mejor esta vez), proponer algún acuerdo contractual sobre la distribución del trabajo doméstico, o exigir algún tipo de compensación a cambio de su mayor dedicación. Conviene recordar que la división del trabajo y la especialización son estrategias de optimización de recursos que tienden a incrementar la eficiencia y la productividad, y que algunas personas pueden trabajar menos en casa porque trabajan más fuera de casa o aportan más dinero al hogar.

Es interesante observar cómo las críticas en este ámbito suelen ser a bulto, al hombre en general y no a alguno concreto en particular con nombres y apellidos: casualmente los familiares o parejas de las denunciantes casi siempre parecen estar exentos de culpa o al menos no son mencionados, de modo que los malos deben de ser otros; o quizás se trata de críticas a ellos pero sin atreverse a señalarlos con el dedo.

Se ha insistido en que es injusto que las mujeres no puedan desarrollar su trabajo y su carrera profesional en igualdad de condiciones con los hombres por los problemas de las cargas familiares (embarazo y cuidado de niños): pero la justicia compatible con la libertad consiste en que las reglas sean las mismas para todos, no que los resultados o las circunstancias personales sean todos iguales. Las diferencias biológicas y psicológicas existen pero no son injusticias. En una sociedad libre nadie está obligado a reproducirse ni a financiar la reproducción de los demás: quien quiere tener hijos asume sus costes y sus consecuencias y no pretende que son un bien público que debe ser subvencionado.

Se ha hablado de compensar económicamente el trabajo doméstico de las amas de casa, obviando que este se hace para uno mismo o sus allegados y no para la sociedad en su conjunto. Si uno quiere un sueldo por esta labor, que se lo pida o exija a sus directos beneficiarios y que no busque desvergonzadamente una subvención a costa de todos los demás. Si lo que quieren es reconocimiento, pues muchas gracias.

Se han criticado las actitudes o declaraciones verbales machistas, que existen, pero estas frecuentemente no son agresiones delictivas sino meras groserías, valoraciones particulares o ideas falsas o arbitrarias de descerebrados o maleducados que muchos rechazan (“el hombre es superior a la mujer”, “la mujer debe quedarse en casa y obedecer al hombre”). En lugar de fomentar la hipersensibilidad tal vez convendría aprender algo de imperturbabilidad, o quizás recurrir a la burla y al repudio social (lo que entraría en conflicto con que todo el mundo es bueno, honorable o digno).

Se ha hablado de violencia machista o de género cuando (salvo en las violaciones) no se trata de hombres que maltraten, ataquen o asesinen mujeres al azar simplemente porque son mujeres, sino que son crímenes pasionales específicos, agresiones dirigidas a sus parejas afectivas por problemas de celos patológicos, infidelidades o rupturas de la relación. Se trata de situaciones difíciles de resolver por la dependencia económica, por el miedo a represalias, por la vergüenza de reconocer el fracaso de la relación, por la baja autoestima y por la toxicidad de muchas relaciones de dependencia psicológica.

El maltrato físico a una mujer es claramente una agresión, y el asesinato de una mujer es un crimen muy grave, del mismo modo que el maltrato físico a un hombre es una agresión y el asesinato de un hombre es un crimen muy grave. En el ámbito de las relaciones de pareja estos delitos o crímenes suelen ser perpetrados de forma muy mayoritaria por el hombre contra la mujer porque este tiende a ser más fuerte y violento que aquella, más débil y vulnerable. Para reducir estos crímenes hace falta menos postureo y más soluciones eficaces: mejor vigilancia y quizás sanciones más graves para los agresores (teniendo en cuenta que en los crímenes pasionales los desincentivos penales pueden ser muy poco efectivos). Estas soluciones pueden ser muy complicadas por la naturaleza íntima del hogar y de las relaciones de pareja: existe la posibilidad de fallar en ambos sentidos, no protegiendo adecuadamente a víctimas potenciales o condenando a inocentes (por las posibles denuncias falsas, cuya inexistencia o irrelevancia no ha quedado demostrada).

Se ha denunciado que el número de víctimas de estos crímenes es inaceptablemente alto, que una sola víctima ya es demasiado, y que se trata de un problema que afecta o debe concernir a todos. Obviamente para las víctimas y sus allegados esto es un problema muy grave. Sin embargo estos problemas son localizados, la mayoría de la sociedad no los sufre directamente, y las posibilidades de ayudar son limitadas e imperfectas. Las campañas de sensibilización suelen ser poco realistas y efectivas y sirven más como señal de superioridad moral.

Se ha criticado la cosificación de la mujer como adorno u objeto sexual, el uso de mujeres atractivas como reclamo en publicidad, eventos deportivos o programas de televisión. Les disgusta que mucha gente preste atención al físico de las mujeres, lo cual tiene una explicación psicológica evolutiva que se ignora o rechaza (señal de salud y aptitud biológica), asegurando que la “tiranía de la imagen” es algo meramente cultural y socioeconómico. Sin embargo no se trata de que la publicidad pervierta las preferencias de hombres y mujeres para vender productos de belleza, sino que se reconocen una preferencias naturales y se ofrecen medios para satisfacerlas.

Estos críticos menosprecian a las mujeres que quieren sacar partido de su belleza con algún trabajo como modelo, para el cual la imagen suele ser muy importante. En realidad no todas las mujeres son vistas como objetos sexuales o decorativos, sino que esto es función de su atractivo físico y sexual: como no todas lo son igualmente, quizás estos ataques contengan algo de envidia inconfesable o de mecanismo para limitar o prohibir la competencia en este ámbito (si no puedes ganar, que nadie juegue). Por otro lado también hay hombres objeto que triunfan por su atractivo físico, y las mujeres tienden a preferir en los hombres atributos parciales como riqueza, poder, éxito y estatus.

Se ha repetido de forma acrítica el topicazo de la brecha salarial, a menudo asegurando con nulo rigor que las mujeres cobran mucho menos por el mismo trabajo en las mismas condiciones, lo cual es empíricamente falso y teóricamente paradójico: ¿a qué están esperando los empresarios ávidos de beneficios para contratar a todas estas mujeres más productivas, eficientes y competitivas que los varones? Cuando se desmonta este discurso se cambia de tema y se habla de brecha de ingresos: las mujeres y los hombres deben ganar lo mismo independientemente del valor que aporten, o deben ganar lo mismo como conjunto. También se ha criticado que la sociedad o el mercado no valoran adecuadamente la aportación laboral femenina, pero esto es simplemente un berrinche camuflado, la protesta carente de argumentos sólidos de quien no está de acuerdo con las preferencias ajenas.

Se ha insistido en que es un grave error económico el desperdiciar la mitad del talento de la población, como si esa mitad estuviera de manos cruzadas sin hacer nada, o como si el trabajo por cuenta ajena en el mercado laboral fuera siempre mejor idea que el trabajo doméstico. Se ha recordado que las mujeres tienen mayor educación pero ganan menos: quizás porque no han adquirido el capital intelectual más valorado en el mercado laboral, porque sus preferencias de ocupación profesional son diferentes a las de los hombres, o porque han desperdiciado el gasto en su educación. Es interesante que no se mencione la brecha en accidentes laborales mortales: adivinen qué sexo los sufre de forma casi total.

Se ha hablado de conciliación laboral, obviando que las rigideces a menudo proceden de la regulación estatal y del intervencionismo sindical. Se olvida que el trabajo consiste en servir a otros (empleadores, clientes), y que estos otros tienen algo que decir sobre cuándo y cómo desean ser servidos.

Algunos ejemplos:

Lidia Falcón, líder del feminismo español más antiliberal, y que aparentemente se cree dueña del movimiento, protesta contra “Las últimas perversiones del feminismo”:

… lo que desconcierta y desanima es comprobar cómo en este Primer Mundo, que disfruta de los avances que los movimientos sociales han alcanzado en siglos de cruentas batallas, un sector del MF, más desinteresado hoy de la lucha por la subsistencia, está derivando a defender reclamaciones que contradicen la esencia misma del feminismo.

Cuando reclamábamos el derecho al amor libre, vindicación que ha cumplido más de un siglo, no pudimos ni imaginar, ni nosotras ni nuestras heroicas antepasadas, pioneras de todas las luchas, que tal reclamación se pervirtiera de tal modo que se defendiera la prostitución como un trabajo aceptable, o incluso deseable, ignorando la degradación moral y la explotación económica que supone dicha esclavitud para las mujeres.

… un sector del feminismo ve con complacencia la explotación de las víctimas, haciendo una infame campaña a favor de legalizarla, montando incluso una Escuela de Prostitución en Barcelona…

… Cuando aún no hemos logrado abolir la prostitución y situarnos entre los países avanzados moralmente, nos encontramos con que unos sectores del movimiento LGTB defienden legalizar “los vientres de alquiler” Es decir, la mercantilización más absoluta del cuerpo de la mujer. Y como esa es una demanda del movimiento homosexual, predominantemente masculino, que tiene influencia en muchos de los partidos políticos, y dinero para financiar sus campañas, han logrado que la mayoría de ellos no se defina en contra, a la espera de ver cuántos votos logran.

Mariano Rajoy Brey, presidente del gobierno:

… en cada una de las decisiones que tomemos ahora, tenemos la oportunidad de hacer frente a la sinrazón que, históricamente, ha dejado a tantas mujeres fuera del mercado laboral o ha minusvalorado su contribución con salarios más bajos que los de sus compañeros varones.

… tampoco puede permitirse desperdiciar el talento de la mitad de la población.

Queremos que la sociedad española supere las desigualdades salariales injustificadas, y estamos comprometidos con la puesta en marcha de medidas que estimulen la conciliación de la vida familiar y laboral, y la corresponsabilidad en las tareas del cuidado de los hijos.

Aún persisten, en efecto, importantes desigualdades entre mujeres y hombres. Destacan las relativas al cuidado de hijos o de familiares en situación de dependencia, que colocan a las mujeres en situación de desventaja en sus carreras profesionales y contribuyen a que al final de su vida laboral alcancen unos ingresos más bajos que los de sus compañeros varones. Para compensar esta diferencia, el Gobierno ha introducido un complemento de hasta un 15% en la cuantía de las pensiones que reciben las mujeres que han sido madres.

Me gustaría también tener en el día de hoy un sentido recuerdo por todas y cada una de las mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas y por las que todavía siguen inmersas en la mayor y más insoportable manifestación de desigualdad, la violencia de género.

Porque si hoy es el Día Internacional de la Mujer, queremos que todos los días del año sean su día: el de las mujeres y los hombres en condiciones de igualdad.

David Bollero

Rosa María Artal

Cristina Antoñanzas, vicesecretaria general de UGT

Miguel Lorente Acosta

Berna González Harbour

Editorial de El País

Jose Ignacio Torreblanca, jefe de Opinión de El País (algo más razonable en comparación con los anteriores)


Jordi Sevilla quiere la mitad de todo para las mujeres

20/03/2012

Qué majo. Qué forma de hacerse popular entre las mujeres… Así se liga y se gana popularidad. Es un maestro de la seducción.

Decía Ana María Llopis, la única presidenta de una empresa del Ibex 35, que las mujeres no piden mucho: sólo la mitad de todo, ya que son la mitad de la especie humana.

¿Cómo sabe Ana María Llopis lo que piden las mujeres? ¿Acaso conoce a todas las mujeres? ¿Habla en su nombre? ¿Ser ella mujer le da algún conocimiento especial al respecto?

¿Qué tiene que ver ser la mitad de la especie humana con pedir la mitad de todo? ¿Acaso ser la mitad de un grupo da automáticamente derecho a la mitad de lo que todo ese grupo ha producido? ¿Es que todos producen lo mismo y tienen derecho a exactamente la misma parte?

Hay cosas que uno no elige al nacer: la familia (nivel social), la nación o grupo étnico o el sexo. Hacer compatible esto con que todos nacemos iguales en derechos, uno de los principios constitutivos de nuestras sociedades democráticas, exige desarrollar eficaces medidas de igualdad de oportunidades que ayuden a contrarrestar las desigualdades que puedan experimentarse como consecuencia de actos de nacimiento no elegidos.

Esos derechos respecto a los cuales todos nacemos iguales, pueden interpretarse como derechos negativos o positivos, y en abstracto o en concreto. La interpretación liberal es que las normas generales son iguales para todos, y el único derecho que permite esto es el derecho de propiedad o principio de no agresión: todos somos igualmente propietarios de nuestro cuerpo, nuestro trabajo, y de lo que produzcamos e intercambiemos voluntariamente con otros. Pero las posesiones concretas de cada uno son necesariamente diferentes, y según la habilidad al servir a los demás unos serán más ricos que otros: no pueden tener todos los mismos derechos sobre los mismos objetos o el mismo derecho a la misma cantidad de riqueza. Y no tenemos más derechos positivos que los que consigamos contratando con otros y ofreciendo algo a cambio: las exigencias a los demás, simplemente porque sí, son ilegítimas.

Si las personas son desiguales al nacer y esto no les gusta, pueden reclamar a sus progenitores por no haberlo hecho mejor; no tienen ningún derecho a exigir nada al resto de la sociedad, quien no ha sido responsable de su desafortunada llegada al mundo. Que uno no sea responsable de su desventaja inicial no implica que todo el resto del mundo sí lo sea y tenga que remediarlo.

La idea es clara: los individuos tienen derecho a exigir una recompensa por el esfuerzo personal a lo largo de la vida, pero también a que los dejen competir en las mismas condiciones, a que se remuevan aquellos obstáculos sociales que impiden que puedan desarrollar todas sus capacidades por prejuicios, discriminaciones o segregaciones, artificiales.

Yo no tengo derecho a exigir que me dejen competir en las mismas condiciones si esto significa quitarles recursos a otros para dármelos a mí. Que los demás me discriminen o tengan prejuicios contra mí puede no gustarme, pero nada me da derecho a usar la violencia contra ellos para cambiar ese hecho.

Parece que sí hemos eliminado las discriminaciones contra la mujer en el origen, pero todavía estamos muy lejos de conseguirlo a lo largo de toda la carrera. Cuando en la base de la pirámide los resultados se reparten según sexo por mitades, resulta estadísticamente poco creíble que conforme vamos subiendo en niveles de responsabilidad el número de mujeres disminuya hasta el exiguo 10% de la cúpula directiva. Que a partir de los 30/35 años una inmensa mayoría de mujeres prefieran abandonar su carrera profesional hacia la cima porque de forma voluntaria decidan libremente elegir otras opciones vitales como dedicar tiempo a su familia, hijos y mayores dependientes, es en términos de probabilidades, imposible. A menos que incorporemos la existencia de una fuerte presión estructural (parafraseando al ministro Gallardón) sobre ellas para que así sea, en base a una discriminación impuesta, muy favorable para el otro sexo. De eso hablamos cuando decimos machismo.

La imposibilidad es algo muy serio, y Sevilla no parece especialmente cualificado para entenderla: sería altamente improbable que una distribución mostrara un sesgo semejante en la cumbre si los puestos directivos se obtuvieran o asignaran al azar; pero es que no lo hacen, y existen tendencias sistemáticas que explican estas diferencias. Sevilla está seguro de que la regularidad esencial bajo este fenómeno no puede ser que las mujeres prefieren la familia al trabajo; según él debe haber algún machismo discriminador. Asume lo que debe demostrar y lo argumenta mal.

Podemos asumir que las primitivas divisiones del trabajo entre hombres y mujeres estaban basadas en las habilidades y capacidades de cada uno de los sexos por cuestiones biológicas. Es discutible y hay demasiados contraejemplos, pero aceptémoslo como hipótesis. Lo que ya no es defendible es que aquella realidad se siga imponiendo todavía hoy sobre la evidencia que representa la base del gráfico, en un mundo, el nuestro, muy diferente de aquel de los primeros homosapiens.

No sé si por ineptitud o por habilidad en el engaño (quizás muchos no lo notan), Sevilla deja fuera de su análisis un elemento esencial: las preferencias de las personas. Las divisiones del trabajo no se basan sólo en diferentes capacidades; también cuentan las distintas valoraciones subjetivas y relativas. Aunque seas muy bueno para algo, quizás no lo hagas si no te gusta, o si hay algo que te gusta más y es incompatible con lo primero.

Sus suposiciones de partida están mal por ser fundamentalmente incompletas. Asume que son discutibles pero no se molesta en explicar por qué; y asegura que existen múltiples contraejemplos pero no ofrece ninguno.

Aunque muchas diferencias en habilidades profesionales pueden haberse reducido en el mundo moderno, es posible que los mecanismos psicológicos que explican las diferentes preferencias entre hombre y mujeres no hayan cambiado tanto. Para los seres vivos la reproducción es algo tan esencial y con una división del trabajo tan clara entre sexos, que los cambios en el ámbito laboral pueden ser insuficientes como para compensar la constancia y la intensidad de las preferencias respecto al cuidado del hogar y la familia.

Con ello estaríamos perdiendo, como sociedad, a la mitad de nuestro talento, cuando el discurso hegemónico es que vivimos en una sociedad de conocimiento donde nada es más productivo que el capital humano del que las mujeres representan el 50%. Y lo estaríamos perdiendo por un prejuicio que blinda en una estructura laboral y social pensada para los hombres (es decir, para que haya alguien, casualmente la mujer, en casa ocupándose de otras tareas) pero ligado a la defensa de una cuota masculina mayoritaria hoy en los niveles de dirección y toma de decisiones de las empresas y de la sociedad. El resultado de esta discriminación es que no nos dirigen los mejores, sino sólo los mejores entre los hombres.

El análisis colectivista típico analiza (mal) lo que gana o pierde la sociedad y pretende falazmente hablar en su nombre: no parece importarle lo que ganan o pierden los individuos concretos.

Toda elección económica implica costes de oportunidad: si una mujer quiere dedicar más tiempo a su familia, eso implica dedicar menos al trabajo. El talento no se pierde, se distribuye. Podríamos hacer un análisis semejante en el cual defendiéramos que para igualar la distribución por sexos del trabajo los hombres trabajen menos (sin que las mujeres lo hagan más) y se dediquen más a la familia: así además reducimos la división social del trabajo y volvemos hacia la familia como unidad de producción y consumo.

No hay ninguna cuota masculina obligatoria, ni yo conozco a nadie que defienda que la haya. Es bastante desvergonzado defender la imposición de cuotas femeninas sugiriendo que existen ahora cuotas masculinas obligatorias.

No “nos” dirigen hombres o mujeres. Empresas concretas, con accionistas identificados que no coinciden con todo el mundo, deciden quiénes las dirigen: normalmente los mejor capacitados y dispuestos a los sacrificios necesarios; como estos sacrificios implican un coste familiar importante, las mujeres no suelen querer hacerlo. Simplemente prefieren otra cosa.

Y eso que prefieren es lo que hacen, y además son mejores para ello: tener hijos (es difícil para un hombre quedarse embarazado), criarlos y cuidar del hogar, del cual son referencia esencial.

Resulta gracioso observar cómo quienes a menudo critican el excesivo economicismo del mundo moderno parecen pretender que las mujeres se dediquen más al mundo de los intercambios laborales productivos impersonales en detrimento del ámbito familiar, más personal, emocional y compartido.

La pérdida económica que representa esta mala asignación de recursos humanos es difícil de calcular. Pero debemos ponerla encima de la mesa junto a la defensa de los derechos de igualdad y a una verdadera libertad de elección que, si existiera, llevaría a que estadísticamente, hoy, se repartieran por igual las tareas laborales, políticas y domésticas entre hombre y mujeres, poniendo, de verdad, a los mejores allá donde libremente eligieran estar.

A Jordi Sevilla, que sigue demostrando su ignorancia sobre estadística, no le gusta la asignación de los recursos: pero en ver de decirlo honestamente, nos asegura que es “mala”. Es un hecho objetivo, no puede haber valoraciones diferentes ¿no?

Ya que estamos con la sacrosanta igualdad ¿se garantizará también que los hombres que lo reclamen puedan quedarse embarazados y parir hijos? Tal vez no, porque entonces dejarán de trabajar y de ser “productivos” para la sociedad…

Lo de elegir libremente dónde uno quiere estar ¿implica limitar la libertad de otros para decidir si ellos quieren o no estar contigo? Porque en eso consisten las cuotas. ¿O es que Sevilla no se ha dado cuenta de este hecho? ¿Es la libertad de todos o sólo la de unos cuantos lo que se defiende aquí?

[…] tendremos que reconocer que si en 1974 una mujer no podía en España abrir una cuenta bancaria sin autorización de un hombre, padre o marido y hoy la realidad es otra, no se debe sólo a un cambio cultural, sino a un cambio drástico en las leyes que lo regulaban.

Pero esos cambios en las leyes han sido para hacer que la ley sea igual para hombres y mujeres, para eliminar discriminaciones legales responsabilidad del Estado, no para privilegiar a algunas mujeres a costa de todos los demás.

Esperar, pues, no parece una solución aceptable. Pero tampoco lo está siendo el dejarlo en manos de los hombres que, de forma voluntaria, deben decidir, de acuerdo con las recomendaciones de los Códigos de Buen Gobierno o de Leyes de Igualdad, ceder parcelas de lo que hoy es su poder a mujeres, aunque estén sobradamente preparadas.

Sevilla está impaciente, no quiere esperar: así que esperar parece “inaceptable”, o sea que nadie puede aceptarlo.

Los consejos de administración tal vez estén dominados por hombres: pero esos plutócratas no es que no quieran ceder cuotas de poder a mujeres, es que quizás no quieren cedérselo tampoco… a otros hombres.

¿Y quién manda sobre esos consejos de administración? ¿También hay discriminación a la hora de hacerse accionista? ¿Las mujeres tienen alguna barrera legal o cultural a la hora de comprar participaciones de empresas? ¿O para montar empresas donde demuestren la gran aportación que pueden hacer al contar con más mujeres?

Llegados a este punto, sólo nos quedan dos reflexiones para la acción: las dichosas cuotas y cambiar las reglas de juego. Respecto a lo primero, que está siendo impulsado por la Comisión Europea en base a una Recomendación aprobada esta misma semana por el Parlamento Europeo, me quedo con lo que dijo una Comisaria: no me gustan las cuotas, pero me gusta lo que se consigue con ellas. Lo segundo es más importante: no creo que debamos incorporar a las mujeres a un edificio laboral y social construido por hombres sobre la base de una vieja división del trabajo por género, hoy insostenible, sino invitarlas a propiciar juntos una verdadera transformación del mismo. Cambiando las reglas con que lo organizamos, introduciendo la conciliación entre vida laboral y personal para que si alguien tiene que escoger, en algún momento de su carrera, entre su trabajo, o su hijo, no esté predeterminado que la respuesta masculina será siempre el trabajo y la femenina, casi siempre el hijo. Lo dicho, la mitad de todo. Es lo justo y lo más productivo.

Por fin algo de sinceridad: esto es en esencia una cuestión de gustos, y hay gente sin demasiados escrúpulos morales dispuesta a imponer sus gustos coactivamente contra los demás. Estos mismos sujetos pretenden determinar, desde su autoproclamda superioridad moral y su postura políticamente correcta, lo que es justo. Y desde su falta de conocimientos de economía, lo que es más productivo.


La natalidad, ¿bien de Estado?

12/03/2012

Mary-Lys Urueña es presidenta de la asociación 85 Broads España; Ana Requesens Moll es miembro del consejo asesor de 85 Broads España y de Zonta España. 85 Broads es una red exclusiva y discriminatoria, solamente para mujeres de alto nivel: imagino que es legal, y me pregunto si existe algo equivalente sólo para hombres; sospecho que no.

Ambas afirman:

… nunca es demasiado tarde para llegar a ser la sociedad que querríamos haber sido… En el caso de las mujeres, nuestras sociedades no han alcanzado el punto donde la mujer pueda hacer una aportación económica equiparada a su preparación y capacidad profesionales.

Las autoras hablan como si representaran a toda la sociedad y supieran lo que esta quiere, o como si fueran la misma sociedad hablando. ¡Eso es humildad!

¿Qué se entiende por “aportación económica”? ¿Sólo aquello que se produce e intercambia en el mercado? Porque hay aportaciones que se realizan de forma gratuita o que no se intercambian por dinero, pero que son económicas en el sentido de que implican elecciones que tienen costes de oportunidad: tener hijos y criarlos, por ejemplo.

… hay un porcentaje elevado de mujeres cualificadas que renuncian a trabajos, a ascensos y a perseguir con concentración absoluta el éxito laboral porque no desean sacrificar la crianza de sus hijos. Esta decisión disminuye significativamente las perspectivas profesionales y la estabilidad económica de estas mujeres. Sin embargo, la natalidad es un bien de Estado. La sociedad necesita que nazcan niños que en un futuro puedan financiar con sus aportaciones a la Seguridad Social el gasto de las pensiones. El valor de la aportación que realizan las mujeres (o los hombres si así fuera) cuando dedican varios años a criar a sus hijos y a gestionar el hogar fue estimado por el Departamento de Estadística de EEUU en 1995 en 125.900 dólares anuales. Si un país decidiera externalizar este trabajo, no habría fondos para pagarlo.

Toda elección implica costes. Algunos de estos costes se refieren al futuro: no invertir en capital humano implica peores perspectivas profesionales futuras y menores ingresos. Esto le sucede a todo el mundo, no solo a las mujeres.

La natalidad no es un bien de Estado. Pero siempre que alguien quiere promover algo a costa de otros, lo declara bien común. Por la cara.

El sistema actual de pensiones es esencialmente un fraude piramidal: la solución al problema de las pensiones pasa por capitalizarlas y privatizarlas, no por empeñarse en captar nuevos primos que se apunten a la estafa. Y si hacen falta nuevos contribuyentes, quizás sea mejor idea recurrir a la inmigración, especialmente si se trata de trabajadores ya formados, en lugar de producir bebés que implicarán grandes costes de alimentación, protección y educación.

La sociedad invierte en formar a mujeres tanto como a hombres (y ellas devuelven la inversión con brillantes resultados académicos) pero recoge, desde el punto de vista económico, pobres resultados, comparativamente hablando, de su población femenina. Las estadísticas muestran más allá de toda duda que la mujer está infrarrepresentada en la realidad profesional a niveles altos. Así, parece que la sociedad no rentabiliza la inversión que realiza para formar y preparar a sus mujeres.

De aquí podría deducirse, de forma políticamente incorrecta, que no conviene subvencionar la formación de las mujeres, porque no son rentables. Pero las autoras no van por ahí, claro.

Las razones de esta asimetría son estructurales. No existen en nuestro país medidas efectivas que pongan en valor la contribución de las mujeres a la sociedad cuando deciden dar prioridad a su familia durante un tiempo, en detrimento de otros intereses profesionales que les pudiesen resultar más rentables a nivel individual. Tampoco existen medidas efectivas que permitan que los hombres se impliquen más en la crianza de los hijos y la gestión de todos los aspectos de la vida doméstica. Uno pensaría que las primeras interesadas en corregir esta situación serían las mujeres más preparadas y que sin embargo acaban en muchos casos dejando de lado su vida profesional por cuidar lo que en algún momento de sus vidas consideran su prioridad: a sus hijos. Estas mujeres, desbordadas por las exigencias que conlleva el simultanear su carrera con la maternidad, se ven en la tesitura de escoger, no tienen la capacidad de hacer una brecha sustancial en el statu quo y acaban decantándose por dar prioridad al ámbito familiar. Con ello, la sociedad pierde uno de sus mayores activos.

Lo de “contribuir a la sociedad” refleja un pensamiento típicamente colectivista incapaz de ver que los beneficiarios o perjudicados de las acciones humanas son individuos concretos: las mujeres no producen hijos para la sociedad.

Si los hombres se implican menos en la crianza de los hijos y en las tareas domésticas tal vez es porque la división del trabajo es eficiente y las familias llegan a acuerdos que les resultan subjetivamente óptimos.

La sociedad no pierde uno de sus mayores activos cuando algunas mujeres se concentran en el cuidado de su familia y su hogar: los activos se miden por el valor que generan, y esas mismas mujeres están mostrando qué tiene más valor para ellas. El resto de la sociedad puede preferir más mujeres generando bienes y servicios en vez de cuidando de sus hijos, pero estas valoraciones no dan derecho a redistribuir la riqueza de unos para satisfacer los deseos de otros.

Más allá de las diferencias ideológicas, hay aspectos que nos interesan a todas las mujeres, como la igualdad salarial por igual trabajo, la conciliación de horarios laborales, la erradicación de la violencia de género o incentivar la corresponsabilidad en la crianza de los hijos y la gestión doméstica. Sin embargo, las mujeres que estamos en puestos de toma de decisiones, ya sea en la política o en otros ámbitos, no estamos trabajando lo suficiente para lograr unidas estos objetivos. Tal vez sea porque las mujeres que llegan a la cima en sus profesiones, no en todos los casos pero sí en general, han de adoptar un papel que tradicionalmente ha sido representado por los hombres que ellas ahora perpetúan.

Las autoras no conocen los problemas que interesan a todas las mujeres, porque no conocen a todas las mujeres. La igualdad salarial por igual producto del trabajo tiende a conseguirse con un mercado libre, igual que la conciliación de horarios y la erradicación de la violencia de género. La corresponsabilidad del cuidado de los hijos y del hogar parece una obsesión de algunas mujeres que no parecen capaces de aceptar que otros puedan llegar a acuerdos diferentes; o quizás es una forma muy indirecta de obligar a sus parejas concretas a participar en las tareas domésticas, obligando a todo el mundo a hacerlo.

¿Cómo tendría que ser la sociedad para que las mujeres no tuvieran que realizar elecciones injustas para ellas y nocivas para la sociedad cuando los hijos no deberían ser sólo responsabilidad de sus madres?

Las autoras pretenden un conocimiento y una autoridad moral de los cuales carecen: ni entienden qué es una elección injusta si parecen saber relacionar deberes y responsabilidades. Se limitan a asegurar que los hijos no deben ser responsabilidad sólo de sus madres. Y de nuevo hablan en nombre de la sociedad y de los que es bueno o malo para ella.

En Estados Unidos, las medidas de acción afirmativa, que consideran factores como el género, la raza o la religión para asegurar que todos los sectores de la población están representados de forma equitativa en las universidades y en los lugares de trabajo han logrado revertir en cierta medida el sistema de cuotas tradicional, donde la ventaja comparativa recaía de forma generalizada en los varones de raza blanca. Uno de los frutos más claros del sistema de acción afirmativa es que, hoy, Estados Unidos tiene como presidente a un afroamericano. Desde aquí defendemos que un sistema similar de cuotas, utilizado hasta que la balanza entre sexos esté más equilibrada en el ámbito profesional, podría beneficiar a las mujeres y a otros grupos de población que son discriminados en términos de acceso y ascenso en el mundo laboral.

Otros lo hacen, pero quizás no aciertan.

Es curioso criticar la discriminación que puede ser justa y eficiente y proponer “remediarla” con otra discriminación, la cuota obligatoria, injusta e ineficiente.

Las profesoras Claudia Goldin, economista de la universidad de Harvard, y Cecilia Rouse, de la Universidad de Princeton, estudiaron hace tiempo los efectos de realizar las audiciones con pantalla a candidatos a las orquestas sinfónicas de este país. Su estudio probó que cuando se usa una pantalla, las candidatas son elegidas un 50% más que cuando no se utiliza la pantalla en las primeras rondas de selección. En las rondas finalistas, el incremento en la selección de mujeres es de un 300%. El uso de pantallas en las audiciones incrementó la participación de mujeres en las orquestas de 5% al 36% en 20 años.

¿Y qué tiene esto que ver con un sistema de cuotas?

De todos es sabido que, en algunos países escandinavos, hombres y mujeres pueden dejar su puesto de trabajo durante varios años y percibir un salario por su trabajo de crianza, pudiendo volver después a su trabajo con ciertas garantías de continuidad, especialmente si trabajan en el sector público. Nosotras añadiríamos que si esas condiciones se extendieran a los hombres y al sector privado de forma uniforme estaríamos mucho más cerca de rentabilizar la inversión que la sociedad hace en la formación del 50% de sus ciudadanos, las mujeres.

“De todos es sabido”… Pues no, quizás haya gente que no lo sepa.

Hay una forma mejor de mejorar una inversión tan mala en la formación de mujeres: no hacerla. Y para evitar la discriminación sistemática, no hacerla tampoco para los hombres, claro. Qué idea tan horrible, que cada uno se pague su propia formación (o que sean los padres o benefactores quienes lo hagan): no es una idea nada socialdemócrata, no.

Asimismo, cuando los hombres sean capaces de sacrificar temporalmente su ascenso profesional para garantizar el bienestar de sus familias, habremos llegado a equilibrar la balanza de la aportación económica entre los géneros. Sin embargo, a día de hoy el éxito vital de un hombre sigue estando definido en gran medida por el nivel profesional que llegue a alcanzar. Una de las tristes consecuencias de esta falta de conciliación de la vida familiar con la profesional es que todos conocemos a hombres que llegados los cuarenta y los cincuenta lamentan no tener la relación que querrían con sus hijos y echan de menos aún más el haber disfrutado más de ellos cuando eran niños. En la tensión entre la realidad y el deseo, que todavía se vive con dolor en innumerables familias, todos pierden: a los niños les falta la atención que merecen y necesitan; las mujeres se sienten forzadas a tomar decisiones que no satisfacen ni sus necesidades profesionales ni las familiares; y los hombres se ven alienados de su faceta de padres y compañeros.

Qué majas son las autoras: también piensan en el bienestar de los hombres, que los pobres, alienados, olvidan a sus familias. Y qué lástima que no se limiten a expresar sus preferencias y sus consejos, sino que insistan en que deben equilibrarse todas las aportaciones (económicas, familiares) mediante la coacción política y herramientas como las cuotas femeninas.

Porque la natalidad es un bien de Estado, y porque nunca es demasiado tarde para ser la sociedad que podríamos haber sido, desde nuestras redes de mujeres profesionales invitamos a todas las mujeres y a la sociedad española a elegir crecer, aprender y trabajar para conseguir cambios que a todos beneficiarán.

Beneficiarán a todos, seguro: incluso a aquellos a quienes no se permita elegir en libertad. Pero qué bonito lo de elegir crecer y aprender: naturalmente, sólo si hacemos lo que ellas nos indican.


Rompetechos, e igual de cegatos

07/03/2012

Joaquín Almunia es vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Política de Competencia; Viviane Reding es vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía de la UE. Son personas muy importantes. Nos advierten:

… existe un importante déficit: la falta de mujeres en los niveles superiores de las empresas. Muchas mujeres cualificadas no pueden romper el techo de cristal al subir los peldaños corporativos. Los hechos son desoladores: solo uno de cada siete miembros de los consejos de administración (13,7%) de las principales empresas de Europa y uno de cada 30 presidentes de los consejos (33,2%) es una mujer.

“Déficit”, “falta”, “no pueden romper el techo de cristal”: la cosa pinta mal. “Los hechos son desoladores”: no es que los valoremos negativamente, no, es que son así y nadie puede valorarlos de forma diferente.

En España, la situación incluso es peor, al representar las mujeres el 11,5% de los miembros de los consejos de administración.

No es una valoración subjetiva de lo bueno y lo malo, no: es peor.

… es más importante que nunca aprovechar la cualificación de cada persona.

No es que nos parezca más importante, sino que lo es. Pero no queda claro quién se va aprovechar de la cualificación de cada persona: ¿ella misma?, ¿otros? Y ya puestos: ¿es cada persona incapaz de conseguir aprovechar su cualificación de forma pacífica y libre? ¿Tienen que venir los políticos a interferir coactivamente en el proceso de descubrimiento de los usos más eficientes de los recursos disponibles?

Existen cuatro razones para apoyar a las mujeres a que finalmente rompan el techo de cristal en los consejos de administración de las empresas.

En primer lugar, la economía: incorporar más mujeres al mundo laboral contribuye considerablemente a mejorar la competitividad de Europa. La presencia de un mayor número de mujeres en el mundo laboral facilita, asimismo, el cumplimiento del objetivo de la UE de incrementar la tasa de empleo de la población adulta al 75%.

Pues en primer lugar, que haya más mujeres en puestos de dirección no es lo mismo que que haya más mujeres trabajando en total.

Ser más competitivo no se consigue automáticamente poniendo más gente a trabajar, sino consiguiendo que quienes lo hacen, sean cuantos sean, produzcan lo máximo posible al mínimo coste. En esto no suelen ayudar los intervencionistas, políticos y burócratas varios.

Que la UE tenga objetivos, sean los que sean, no justifica violar la libertad de las personas para trabajar o no hacerlo, o para contratar los directivos que se considere convenientes en cada empresa.

… un número creciente de estudios muestran una relación entre más mujeres en puestos elevados y los resultados financieros de las empresas.

Y las empresas son tan tontas que no se dan cuenta y por eso vamos a obligarlas a… mejorar sus resultados financieros. Las cuotas para mujeres directivas sólo son un medio para lograrlo, no tienen nada que ver con estrategias políticas demagógicas o guiños al electorado femenino, qué va.

En tercer lugar, varios Estados miembros de la UE han empezado a actuar, introduciendo cuotas legalmente vinculantes para los consejos de administración.

Claro, como otros lo hacen, nosotros también: que se note que estamos buscando las razones más tontas posibles para “justificar” lo que queremos hacer.

En cuarto lugar, los europeos apoyan un mejor equilibrio de género.

Eso, que quede claro: “mejor”. No una distribución más uniforme u homogénea, sino “mejor”. Y como la mayoría democrática lo justifica todo, pues “mejoremos”.

En toda Europa, los ciudadanos, desde políticos a representantes del mundo académico y líderes empresariales, son conscientes de que las mujeres significan negocio. Es un gran paso adelante.

O sea que casi todos se han dado cuenta de la gran oportunidad, pero por si acaso vamos a obligarles coactivamente a aprovecharla: siempre hacia delante y con grandes pasos. No importan los derechos y libertades que pisemos por el camino.

Romper el techo de cristal para las mujeres en los consejos de administración es un reto común al que se enfrenta la economía europea. Ya no podemos permitirnos malgastar el talento femenino. En estos momentos de grandes desafíos, lo que está en juego es demasiado importante como para mantener el statu quo. Ha llegado el momento de actuar.

¿Que usted no lo ve como un reto? Entonces no forma usted parte de la economía europea, o es usted un liberal insolidario que pretende fijarse sus propios retos respetando los de otros.

“No podemos malgastar el talento femenino”: por eso vamos a malgastar en su lugar el superior talento masculino que será excluido por las cuotas femeninas; esperemos que no se note mucho.

Y para acabar, la verborrea grandilocuente habitual para arengar a las masas y que se despierten los adormilados: grandes desafíos… demasiado importante… momento de actuar…

Firmar y quedarse a gusto consigo mismo por el talento mostrado.


Cuotas femeninas en la dirección de empresas

06/03/2012

Viviane Reding, comisaria de Justicia y vicepresidenta de la Comisión Europea:

… las empresas con mayor presencia femenina al mando tienen mejores resultados; las mujeres significan negocio.

Y como las empresas son un poco tontas, vamos a imponerles, por su bien naturalmente, cuotas femeninas en los órganos de dirección.

No soy una gran fan de las cuotas, pero me gusta lo que las cuotas consiguen.

Y como a ella le gustan y tiene el poder de imponer sus gustos, los demás, con preferencias posiblemente diferentes, no pueden decir que no.

Así que se está planteando multar a las compañías que no cumplan lo establecido, anular los acuerdos de composición de los consejos, premiar a las compañías que logren una equiparación en sus cúpulas o circunscribir las medidas a las empresas públicas: intervencionismo de género.

Al parecer hay una encuesta europea sobre el apoyo ciudadano a estas cuestiones: casi nueve de cada diez europeos creen que, a igualdad de cualificación, las mujeres deberían estar representadas de forma igualitaria en los puestos de responsabilidad de las empresas. Pues estos ciudadanos tienen una forma no violenta de conseguir sus deseos: compren acciones de empresas y nombren en ellas mujeres directivas; déjense de declaraciones verbales, probablemente realizadas para quedar bien ante los demás y reforzar su estatus moral, y demuestren sus preferencias con su acción y su propio dinero en ámbitos de su legítima competencia.

También parece que el 75% de los ciudadanos apoya la imposición de cuotas si no hay otra forma de garantizar esa igualdad: a ver qué pasa cuando el 75% de los ciudadanos apoye algo que no guste a los gobernantes. ¿Se esconderá el dato cuidadosamente? ¿O se apelará a derechos superiores sobre los cuales la mayoría no puede legislar?