Tonterías selectas

30/04/2019

La justicia sanciona a las empresas que impongan a sus trabajadoras un horario que les impida conciliar

La Bestia, de Cristina Fallarás

Reflexiones económicas después de la batalla, de Juan Laborda

Can We Please Relax About ‘Socialism’?, by David Bentley Hart

¡Es la libertad, estúpido!, de Elisa Beni

… es ese patrimonio de avance común, labrado durante décadas, el que está en peligro. No es la economía, ni son las lindes y las fronteras, ni son las lenguas ni nuestros apellidos. Es la libertad. La libertad, estúpidos. Eso es lo que está en juego. Eso es lo que habéis puesto en almoneda para conseguir enardecer las vísceras grandes. La libertad de un pueblo. Libertad. Libertad sin ira. Libertad como patria. Libertad como bandera.

… unos hemos de ser más porque somos mejores. Les molesta mucho lo que llaman la superioridad moral de la izquierda, pero no cabe duda de que es moralmente superior buscar el bien común que el bien de unos pocos. En nuestra España caben hasta ellos, en la suya sobramos nosotros. No, no todos somos iguales y no, no todos los votos que caigan hoy en las urnas lo serán.


Tonterías selectas

27/04/2019

Entrevista a Mariana Mazzucato: “La desigualdad seguirá aumentando si permitimos que las empresas se queden con todos los beneficios”

Extinction Rebellion: la humanidad se extingue en Madrid

Algo va mal con el capitalismo corporativo, de Antón Costas

Cómo combatir la creciente desigualdad de ingresos, de Sara de la Rica

No existe consenso sobre cuál es el grado de desigualdad de ingresos que consigue un nivel de bienestar social máximo. Si los ingresos salariales dependieran mayormente del esfuerzo individual, sería justo que, quienes se esforzaran más, generaran mayores ingresos salariales. Pero la realidad está muy lejos de ser ésta. La desigualdad en ingresos se va gestando desde la más tierna infancia por una desigualdad en oportunidades, que es, por definición, injusta desde un punto de vista social. Pero la escasa movilidad social existente en nuestra sociedad provoca que sea casi imposible que los niños de los entornos más desfavorecidos puedan alcanzar niveles de ingresos elevados en el futuro. En parte, porque estos niños alcanzan menores niveles educativos, pero también porque obtienen menor rendimiento al tiempo que dedican a su inversión en educación. Y esto se traslada posteriormente al ámbito laboral, de manera que las personas de familias más pobres afrontan perspectivas laborales mucho menos prometedoras que aquellas de familias bien posicionadas económicamente. Especial mención debe hacerse aquí a las familias monoparentales, que son el colectivo donde la trampa de la pobreza se manifiesta con mayor crudeza.

Por todo esto, es urgente que nuestra sociedad aproveche esta nueva etapa política que hoy se abre para dar un giro de timón contra esta creciente desigualdad en ingresos que proviene mayormente de una injusta desigualdad en oportunidades. Cada ciudadano debiera poder adquirir, independientemente de su origen social, las capacidades y el talento necesario para afrontar un futuro laboral exitoso. Y esto pasa sin duda por apostar, como pilar básico, por un sistema educativo público de calidad, abierto a la innovación y blindado a recortes que preste especial atención al desarrollo global de la infancia que proviene de entornos más desfavorecidos. En segundo lugar, debe apostarse por un giro hacia un mercado laboral que promueva la estabilidad laboral y el empleo de calidad como norma y no como excepción. Este objetivo es particularmente importante para colectivos como los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, muchos de ellos actualmente en situación de pobreza laboral. Además, las instituciones deben proteger a quienes más pierden ante el avance tecnológico, mediante la implantación de políticas activas en constante supervisión y evaluación dirigidas a la orientación, formación e intermediación de quienes muestran mayores dificultades para la adaptación de sus capacidades a las demandas del mercado.

¿Es verdad que el dinero está mejor en el bolsillo de los contribuyentes?, de Carlos Sánchez

Entre las muchas perlas que está ofreciendo la campaña electoral, hay una que destaca con luz propia. Los líderes del Partido Popular (PP) y Ciudadanos —se supone que asesorados por sus respectivos expertos económicos— no se han cansado de repetir que el dinero, donde mejor está, es en el bolsillo de los contribuyentes.

El argumento es un tanto pedestre, aunque electoralmente pueda ser muy poderoso. De hecho, solo habría que imaginarse un mundo en el que cada contribuyente se tuviera que pagar de su bolsillo el médico, la educación, la seguridad ciudadana o incluso la justicia. Es decir, que el Estado, que es la fusión de los pueblos que lo componen, según la célebre definición de Ernest Renan, no tuviera recursos para satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos. Simplemente, porque alguien hubiera decidido que “el dinero, donde mejor está, es en el bolsillo de los contribuyentes”.

… Nadie se imaginaría, de hecho, un Estado en el que la Administración careciera de recursos. Entre otras cosas, porque la construcción del Estado-nación —que nació sobre la tumba del absolutismo— ha sido una de las causas del enorme progreso que ha vivido el mundo en los dos últimos siglos. Fundamentalmente, desde que algunas naciones pusieran en marcha distintos modelos de educación obligatoria que había que financiar, necesariamente, con impuestos. Y que posteriormente se complementaron con un incipiente sistema de protección social que procuraba recursos a los más necesitados: huérfanos, viudas o trabajadores en los últimos años de su vida que acababan en la más absoluta miseria.

… ‘hacer patria’ —el Estado-nación en el sentido jurídico-político— exigía una solidaridad no solo emocional sino material, lo que explica la eclosión del Estado de bienestar a partir de 1945 y el consiguiente ensanchamiento de las clases medias a partir de políticas redistributivas que han procurado la igualdad de oportunidades.

… Existen muchas más razones para justificar que se paguen los impuestos, por supuesto de forma justa, equilibrada y no confiscatoria. Y que tiene que ver con la eficiencia.

El caso más obvio es el de EEUU, donde cada contribuyente (salvo los excluidos del sistema económico, a quienes atiende la beneficencia pública) se paga la sanidad de su bolsillo. El resultado no puede ser más llamativo. Según datos de la OCDE, el gasto per cápita en salud en EEUU casi triplica al de España (10.209 dólares frente a 3.371 en 2017) y pocos pensarán que el sistema sanitario estadounidense —que excluye a millones de personas y es un quebradero de cabeza para la clase media por sus elevados costes— es mejor que el de España, pese a que es el país que más gasta en salud del mundo.

La razón es algo más que evidente. Las políticas públicas en sanidad, educación o, incluso, pensiones se benefician de las economías de escala, lo cual hace el sistema más eficiente (y barato). El caso de la Seguridad Social es el más significativo. Su presupuesto de gastos ascenderá este año a 145.599 millones de euros, pero el coste total de los servicios para gestión y administración de las prestaciones económicas (la parte del león del sistema) ascenderá a 556,4 millones de euros. Es decir, apenas un 0,4% cuesta gestionar más de nueve millones de pensiones, muy por debajo de las comisiones que cobra cualquier fondo de pensiones privado.

Más allá de la economía, lo relevante desde el punto de vista político es el mensaje que se quiere transmitir: pagar impuestos es malo porque nadie mejor que cada ciudadano sabe dónde gastar su dinero. Es decir, el Estado, por definición, es manirroto, lo que desde luego en algunos casos es muy cierto, pero ocultando las ventajas competitivas que tiene vivir solidariamente. Claro está, salvo que se quiera volver a la ley de la selva.

O lo que es lo mismo, al sálvese quien pueda. Ya lo decía el sabio Renan, “la nación, como el individuo, es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos”. Y volver a la democracia censitaria sería como regresar a los siglos XVIII y XIX. Cosa distinta es abrir un debate profundo sobré cuál es el nivel de protección social que están dispuestos a pagar los contribuyentes, pero eso exigiría un grado de consenso incompatible con la demagogia.


Tonterías selectas

26/04/2019

¡Harto de las estadísticas de desempleo!, de Fernando Luengo

El futuro de las mujeres, de Baltasar Garzón y María Garzón, de Actúa

#SalvemosCorreos, de Mario Murillo, trabajador de Correos

Atención a la dependencia: si hay solución, ¿cuál es el problema?, de María Pazos Morán

Campaña electoral: ¿Qué hace España en la OTAN?, de Lidia Falcón


Recomendaciones

26/04/2019

Nurture Alone Can’t Explain Male Aggression, by Steve Stewart-Williams

Neuroscience Readies for a Showdown Over Consciousness Ideas, by Philip Ball

Por qué no vas a convencer a (casi) nadie de que cambie de opinión en política, de Jaime Rubio Hancock

Entrevista a Emery Brown sobre anestesia y consciencia

Los chimpancés saben darse pistas para urdir un plan


Tonterías selectas

25/04/2019

Carta a la juventud no votante, a la que se ha robado su historia, de Vicenç Navarro

‘Patriotic Millionaires’: ricos a favor de su país y contra este capitalismo, de Esteban Hernández

¿Subir o bajar los impuestos?, de Isa Serra y Fernando Luengo, de Podemos

Crecimiento económico y justicia social, de Pedro Sánchez

Tierraplanismo económico, de José Luis Fdez. Casadevante “Kois”


Recomendaciones

24/04/2019

Sánchez infla la desigualdad para acrecentar el Estado, de Juan Ramón Rallo

Five Environmental and Human Trends Worth Celebrating This Earth Day, by Ronald Bailey

What Inmates, the Amish, and Imperial Chinese Law Teach Us About Relying on the State, by Michael Huemer

Sapolsky’s Deflated Darwinian Left, by Larry Arnhart

An Evolutionary Perspective On Free Will Belief, by Cory Clark & Bo Winegard


Tonterías selectas

22/04/2019

Vota, de Almudena Grandes

La autoridad paralela, de Andreu Missé

Se nos acaba el tiempo y se os han agotado las excusas, de África Clota, Gemma Barricarte, Irene Rubiera y Lucas Barrera, miembros del movimiento Fridays For Future – Juventud por el Clima

Nuestra vida y nuestro planeta están en juego, de Mario Rodríguez Vargas y Cecilia Carballo, de Greenpeace

Esther Vivas: “La violencia obstétrica es la última frontera de la violencia de género, porque está socialmente aceptada”