La competencia por el control de la acción humana: valoraciones y normas

29/05/2012

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El ser humano es un agente intencional (actúa según sus valoraciones) y seguidor de reglas. Las valoraciones y las normas están fuertemente relacionadas: en la filosofía moral suelen mezclarse o confundirse bajo el término “valores”.

El individuo desea y rechaza cosas, las valora de forma positiva o negativa; estas preferencias (subjetivas, relativas y dinámicas) guían la acción que persigue los fines más valiosos, utilizando medios escasos y asumiendo costes.

Además diversas reglas restringen las posibilidades de conducta de los agentes: son leyes o normas expresadas en algún lenguaje natural o formal como obligaciones, prohibiciones o derechos; sirven como límites, restricciones o condiciones de contorno para la acción y limitan el ejercicio de la voluntad (de forma real o nominal, según si el cumplimiento de esas normas se exige en la práctica o no).

Las reglas suelen incluir incentivos para fomentar su cumplimiento (o desincentivos para su incumplimiento): obedecer o ignorar las leyes tiene consecuencias, premios o castigos reales o imaginarios, establecidos según sean las preferencias y creencias de los individuos.

Además de los incentivos externos, las normas pueden estar internalizadas en la mente de un individuo y conectadas íntimamente con su sistema de valoraciones, de modo que el agente siente un bienestar por su cumplimiento (satisfacción del deber cumplido, orgullo) o malestar por su incumplimiento (culpa, remordimientos): la conciencia moral de la persona actúa como un policía interno.

Los individuos valoran las normas, les gustan o no, prefieren unas leyes u otras, según cómo sean compatibles o incompatibles con sus intereses, según cómo limiten su propia conducta y la de los demás. Un agente prefiere (rechaza) las leyes cuyas obligaciones coinciden con sus valoraciones positivas (negativas) y cuyas prohibiciones coinciden con sus valoraciones negativas (positivas).

Los seres humanos son hipersociales, se agrupan en colectivos e interaccionan fuertemente unos con otros. Una parte muy importante de estas relaciones sociales consiste en intentar modelar las preferencias ajenas y determinar cuáles son las reglas vigentes en el grupo.

Valoraciones y normas, además de su contenido genético, emergen y se configuran socialmente de forma interactiva: las preferencias de cada individuo dependen de sus experiencias personales y de sus relaciones con otros sujetos que pueden influir sobre él (interés afectivo por otros, publicidad); los individuos hablan acerca de las normas, se las recuerdan mutuamente, exigen su cumplimiento, las argumentan (defendiéndolas o criticándolas), promueven algún cambio en las mismas.

Para controlar a los demás e incrementar su propio poder, cada agente puede intentar influir sobre las valoraciones ajenas (persuasión), sobre las normas vigentes (legislación), sobre la conciencia moral (implantación de normas en la mente de los individuos), o sobre todos estos elementos (a menudo de forma entremezclada). Estas influencias pueden ser violentas o pacíficas, y directas o indirectas.

Un agente suficientemente poderoso puede imponer su voluntad sobre otros más débiles, mediante el uso directo de la fuerza o mediante amenazas explicitadas en forma de normas que expresan qué quiere el poderoso que hagan los débiles y qué represalias pueden esperar si desobedecen. La relación de sumisión violenta es asimétrica y contraria a la voluntad y los intereses de los sometidos: las leyes reflejan las preferencias de los más fuertes.

Sin recurrir a la violencia (o en combinación con la misma para justificarla y reducir la oposición de los sometidos) es posible recurrir al lenguaje moral para influir sobre los demás. El discurso moral o ético pretende ser argumentación racional (lógica, razonable, filosófica) pero a menudo es en realidad una herramienta para la manipulación en la lucha por el control social y la reputación: abundan las arbitrariedades y los malos argumentos (sermoneo moralizante).

El engaño puede utilizarse para vencer posibles mecanismos de defensa: la confusión entre valoraciones y normas puede ser un mero error intelectual, pero también puede servir como una estrategia indirecta y tramposa de manipulación de la conducta que se realiza de forma automática (hipocresía natural); el autoengaño es común porque facilita el engaño a los demás.

Algunas aseveraciones morales proclaman hechos presuntamente objetivos que en realidad ocultan preferencias subjetivas: “es bueno” o “es mejor” en lugar de “a mí me gusta” o “yo lo prefiero”; “esto es injusto” en vez de “no me gusta”.

Ciertas expresiones pretenden regular no ya las acciones sino las preferencias: “es indeseable” (es decir, que no se puede desear, no te atrevas a quererlo).

Algunas afirmaciones son normas acerca de normas (metanormas) que esconden valoraciones particulares acerca de las leyes: “debería estar prohibido”, “es intolerable”, en lugar de “yo preferiría que estuviera prohibido” y “yo no puedo tolerarlo y no me gusta nada que otros lo acepten”.

Es común promover, forzar o distorsionar ciertas definiciones de términos morales con connotaciones positivas para satisfacer los intereses propios: justicia como igualdad material, libertad como poder o riqueza.

Muchos profesionales de la ética, con toda seriedad y aparentemente sin ser conscientes de su fatal arrogancia, pretenden saber qué valores o formas de preferir son superiores o “mejores”. Lo que les gusta es lo “más humano”; lo que no, “inhumano”.


Nadie puede lamentar… Todos querríamos…

03/05/2012

Según Gregorio Peces-Barba (sobre el aniversario de la muerte de Osama Bin Laden):

Es evidente que su conducta es merecedora de un reproche generalizado y que nadie puede lamentar su muerte, claramente beneficiosa para la humanidad.

Para los familiares y seguidores de Bin Laden quizás no sea tan evidente que su conducta sea merecedora de un reproche generalizado; y quizás ellos sí sean capaces de lamentar su muerte e incluso la lamenten. ¿O es que Peces-Barba quiere decir que está prohibido hacerlo?

Respecto al beneficio para la humanidad: ¿cómo lo ha estimado?; ¿conoce a todo el mundo y sabe qué les beneficia y perjudica y cuánto?; ¿y luego lo ha agregado todo para obtener un beneficio social neto?

… El hecho reiterado en otras ocasiones de la impartición del castigo por una especie de titularidad de la venganza más que de la acción de la justicia, cuya responsabilidad se atribuyen asimismo los Estados Unidos de América, transforma la condena en un asesinato y ensucia la trayectoria política de su presidente, que todos querríamos que fuera ejemplar.

¿”Todos” querríamos que fuera ejemplar? ¿Por qué esta manía de hablar (falazmente) en nombre de todos? ¿A quién se cree este individuo que representa?

 


Hacia una economía con valores

12/03/2012

Juan Francisco Julià, rector de la Universidad Politécnica de Valencia, y Rafael Chaves, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia, defienden avanzar “Hacia una economía con valores”. Suena bien, claro, porque es una frase construida para sonar bien y elevar el estatus moral de quienes la pronuncian. Los valores son lo bueno, y uno queda bien defendiendo lo bueno.

Pero el discurso concreto ya no está tan logrado:

… es necesaria no solo una revisión en profundidad del modelo económico de crecimiento, sino también un cambio en el paradigma dominante del pensamiento económico. La actual crisis requiere un profundo giro, teórico y práctico. Como postulaba el profesor Stiglitz, unos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el fundamentalismo de mercado, la mainstream del pensamiento económico actual, basado en la superioridad de los mercados autorregulables, ha demostrado una doble incapacidad en la práctica, por un lado, para resolver los problemas económicos y sociales más importantes de nuestro tiempo y, por otro, para salir de la crisis que el propio modelo ha generado.

El fundamentalismo de mercado no puede haber causado ninguna crisis porque no ha existido en ningún lado; ni puede fracasar en salir de la crisis porque sigue sin existir en ningún lado. Pero uno queda bien atacando a los “fundamentalistas” de mercado. Ser fundamentalista es malo, sea de lo que sea.

¿Cómo van a autoregularse las personas y sus asociaciones voluntarias en sus intercambios libres?; ¿mediante el respeto a los derechos de propiedad y el cumplimiento de las cláusulas contractuales? Eso no puede ser, hombre: unas personas tienen que imponer coactivamente reglas a otras personas.

En el origen de esta crisis se halla sobre todo una profunda crisis de valores cívicos y económicos que han guiado el modelo de crecimiento. En efecto, un exceso de codicia, un escaso respeto a las prácticas de buen gobierno corporativo y una marcada insensibilidad hacia el medio ambiente y social que nos rodea, así como a las condiciones de vida y de trabajo de la mayor parte de la humanidad, han sido los valores aceptados por las instituciones y los órganos centrales de decisión en las pasadas décadas. Resulta por ello obligada la reivindicación de una economía más equilibrada y con valores sociales y económicos potenciadores del desarrollo humano y de la sostenibilidad. Debe emerger un nuevo paradigma basado en economías más plurales, donde el sector público y los otros modelos de empresas y organizaciones, en especial las cooperativas, las entidades no lucrativas y otras entidades de economía social adquieran roles significativamente más relevantes.

Si no te gustan las preferencias de otros, acúsales de crisis o falta de valores; o concreta con la codicia, que eso funciona siempre; y remata con insensibiliad social o ambiental, que está ahora de moda. Mucha gente es mala: pero siempre son otros…

Cuando reivindiques, di que lo haces “obligado”, o que “resulta obligado”, quitándote de enmedio. Y propón generalidades vacías de contenido pero que suenen bien: desarrollo humano, sostenibilidad…

No te preocupes al dar órdenes con lo que debe ser o hacerse: la gente parece acostumbrada a ese lenguaje y no nota la coacción implícita. No promuevas pacíficamente más cooperativas o entidades no lucrativas: debe haber más de ellas, y más sector público, que parece que nunca es suficiente, y más “economía social”, que suena fenomenal.

Pero ¿alguna economía no es social?; ¿o es antisocial? ¿No será la de libre mercado, verdad?

En este contexto, la economía social, un tercer sector de la economía situado entre la economía pública y las empresas privadas tradicionales capitalistas, adquiere un renovado valor teórico y práctico. Se trata de un sector económico que pone énfasis en las personas más que en el capital, en la satisfacción de las necesidades sociales, el interés social y el interés general más que en el lucro, y en el anclaje a los territorios y sus poblaciones más que en la volatilidad geográfica. Un sector que demuestra en la práctica cómo el interés común y los bienes colectivos pueden ser eficazmente gestionados desde el ámbito privado, como revela Elinor Ostrom, la primera mujer premio Nobel de Economía. Todo ello sin caer en tentaciones intervencionistas, no olvidando las fuerzas del libre mercado, ya que no puede ignorarse que en el marco de la actual economía de mercado también se produjo en las últimas décadas, antes del estallido de la actual crisis, la etapa de mayor crecimiento económico, como bien nos recordaban en un artículo en el Financial Times Becker y Murphy al indicar cómo, desde 1998 a 2007, el PIB mundial se incrementó en un 145%.

Si realmente quieren defender el libre mercado y evitar el intervencionismo e incluso citan a Ostrom, tal vez podrían revisar su lenguaje y su argumentación.

Enfatizar las personas más que el capital suena muy bonito, pero resulta que los capitalistas o ahorradores… también son personas.

Las necesidades sociales suelen ser las necesidades de muchos individuos, que pueden ser incompatibles o conflictivas; lo del interés general o social suena muy bonito pero suele resultar engañoso y tramposo. Y la satisfacción de esas necesidades ¿quién la va a pagar?

El lucro no tiene nada de malo, sobre todo cuando se consigue sirviendo a los demás.

El anclaje a los territorios y a sus poblaciones ¿no significa olvidarse de otros territorios y otras poblaciones que quizás también tienen necesidades y que curiosamente a veces son más competitivas?; ¿no implica que las poblaciones locales pueden acabar viviendo del cuento y haciéndose las víctimas cuando las empresas buscan mejores oportunidades?


Lo bueno, lo malo, lo que me gusta, lo que no me gusta

02/03/2012

Pilar Rahola:

Es bueno que los estudiantes se manifiesten por sus derechos. Es malo que lo hagan de cualquier manera, cortando autopistas, creyendo que la ocupación de la calle es un derecho sin reglas. Es bueno que los estudiantes tengan conciencia crítica. Es malo que no proyecten también esa conciencia crítica hacia sus propios errores. Es bueno que quieran cambiar el mundo. Es malo que reduzcan esa voluntad de cambio a consignas simples generalmente más vistosas que profundas. Es bueno que vivan sus luchas con pasión. Es inaceptable y delictivo que la pasión comporte cualquier tipo de violencia. Es bueno que se desvinculen de los brotes violentos. Es malo que minimicen dicha violencia criminalizando a la policía. Es bueno que se sientan solidarios con sus compañeros. Es malo que consideren compañeros a los provocadores callejeros. Es bueno que tengan valores e ideales. Es malo que no se sensibilicen por las víctimas colaterales de las acciones que protagonizan. En este sentido, la falta de sensibilidad hacia la mujer a la que le han quemado el coche –que acababa de pagar– ha sido desgraciadamente muy notoria. Es bueno que sus dirigentes sindicales organicen manifestaciones. Es malo que no tengan la madurez de asumir sus responsabilidades, como mínimo éticas, si dichas manifestaciones se tuercen. Y finalmente, es bueno y necesario que los estudiantes amen la libertad. Es malo y preocupante que desprecien las leyes que garantizan dicha la libertad, la de ellos y la de todos. Porque intentar cambiar el mundo arrasando con la sociedad democrática que hemos tardado siglos en construir, no es ir hacia delante, sino hacia atrás.¿No montarán una colecta para pagarle el coche a la pobre señora? Son unos céntimos por estudiante.

Es bueno = me gusta.

Es malo = no me gusta.

Las cosas que menciona son buenas o malas… para Pilar Rahola. Quizás otros tengan valoraciones diferentes, pero igual usan el mismo lenguaje de “es bueno” y “es malo”: o sea que al final algo puede ser bueno y/o malo según quién lo exprese.

¿Por qué va a ser necesariamente bueno querer cambiar el mundo? ¿Y si me gusta cómo está? ¿O si los cambios propuestos o conseguidos son a peor?

“Es bueno tener valores e ideales”: esto quiere decir que es bueno que haya cosas que nos parezcan buenas y nos sirvan de objetivo para la acción. Las piedras, pobres, no pueden disfrutar de esta bondad. Pero entre las personas ¿hay alguna que no tenga valores o ideales?

¿No se tratará de que me gusta que los demás tengan valores iguales o parecidos a los míos?


Los valores tóxicos de Vicenç Navarro

17/09/2009

La infrainteligencia ultraizquierdista de Vicenç Navarro no descansa.

Existe una amplia sensibilidad en la sociedad civil y en la vida política de nuestro país hacia los problemas que crea la contaminación ambiental. Esta sensibilidad ha generado una demanda popular para que las autoridades públicas, en nombre de todos, intervengan para evitar la contaminación atmosférica tomando medidas preventivas. Un tipo de contaminación que no tiene todavía mucha atención mediática en España y, por lo tanto, no ha tenido la suficiente prioridad por parte de la clase política ha sido un tipo de contaminación en la que la televisión es parte del problema. Me estoy refiriendo a la contaminación de valores tóxicos, es decir, valores que, distribuidos y promocionados a través de la televisión entre la población, crean patología. Los programas televisivos (y muchos otros medios también) promueven constantemente valores que son dañinos para la población. Entre ellos, los más destacados son la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad y otros mensajes que la literatura científica ha mostrado claramente que crean gran número de patologías.

La contaminación atmosférica es difícil de evitar, porque todos respiramos, y llevar máscaras o filtros es incómodo; además la contaminación puede considerarse una agresión difusa que es legítimo exigir que se detenga. Por otro lado es trivial evitar recibir “basura” por televisión: basta con no encenderla, o también se puede escoger una programación que al espectador le parezca adecuada.

Vicenç Navarro se cree muy sabio y nos dice a toda la población qué no nos conviene contemplar para no sufrir alguna patología. Resulta un poco ridículo que pretenda que los ciudadanos no están concienciados respecto a la telebasura, cuando por un lado es un tema frecuente de conversación y análisis y por otro es una realidad muy subjetiva: lo que a unos les parece degradante a otros les interesa o entretiene.

Navarro no ofrece ningún ejemplo concreto de programa televisivo que promocione “la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad”. El erotismo (manipulador o no) sí que es frecuente en la televisión (el sexo es importante para los humanos aunque moleste a los puritanos), y el alarmismo (que produce miedo e inseguridad) es de lo más normal, simplemente por aquello de que las buenas noticias no son noticia. Pero los medios de comunicación insisten de forma machacona contra la violencia, el racismo y el machismo, así que en este ámbito este ilustre profesor parece estar proyectando sus fobias e inventándose la realidad.

Si Vicenç Navarro asegura que la literatura científica ha mostrado claramente y de forma incuestionable algo, es casi seguro que la ciencia haya demostrado lo contrario o que se trate de un asunto muy problemático y cuestionable. La relación entre comportamientos violentos y el grado de exposición a programas televisivos violentos, por ejemplo, no está nada clara. Es posible un efecto de imitación simple, pero a menudo la violencia en las historias no es glorificada sino que es perpetrada por malvados criminales a quienes se intenta castigar.

Un ejemplo más de tal contaminación tóxica es la competitividad darwiniana de muchos programas televisivos, que ensalzan al vencedor a costa de derrotar al perdedor.

Cuesta tomarse esto en serio, tal vez resulte que los concursos televisivos sean una cuestión de vida o muerte. Y en el deporte, qué bonito aquello de que lo importante es participar, da lo mismo perder o ganar.

Otro ejemplo de promoción de valores tóxicos (es decir, que crean patologías) es el estudio llevado a cabo por investigadores de medios de información de la Universidad Pompeu Fabra, realizados en los años noventa para el Instituto de la Mujer de la Generalitat de Catalunya, que analizó la manera en que las cadenas televisivas en Catalunya proyectaban a la mujer en sus programas. Tal estudio, que nunca se publicó ni se distribuyó, mostraba una visión machista de la mujer, enfatizando una imagen de esta como objeto de deseo y placer para el hombre, acentuando su proyección erótica. Así, las presentadoras de programas televisivos, incluyendo los noticiarios, tenían que aparecer sexys, jóvenes y muy escotadas, contrastando con la manera más formal y discreta de vestir de los presentadores varones, que no aparecían nunca escotados. Esta situación no ha cambiado. Estos estereotipos –de lo que tienen que ser el hombre y la mujer– crean frustraciones y tensiones. Un estudio realizado por el Instituto de Higiene Mental de The Johns Hopkins University, antes citado, analizó la proyección de la mujer en las cadenas de televisión en varios países de América Latina, Europa y Norteamérica y mostró que a mayor machismo en la cultura de un país, más escotadas y sexys aparecían las mujeres en los programas de televisión (incluidas las presentadoras de noticiarios). Las más escotadas eran las de América Latina y el sur de Europa, y las que menos las del norte de Europa y de EEUU. Este estereotipo de mujeres como objeto de deseo crea patología. Y la evidencia de ello es abrumadora. Promueve una imagen de la mujer en la que se identifica belleza y atractivo con mujer joven, que atraiga eróticamente al hombre. Esta definición normativa crea gran frustración en aquellas mujeres (la mayoría) que no encajan en los parámetros de la norma de belleza.

O sea que el estudio analizado promueve valores tóxicos, ¿no? Superando los problemas expresivos de este catedrático de universidad, se entiende que el estudio ha descubierto lo obvio, que la gente prefiere observar personas atractivas, y que el aspecto físico es más importante en el caso de la mujer. No se trata de algo que los directivos de las televisiones impongan: es simplemente una realidad que reconocen. Tal vez los feos se vean frustrados al darse cuenta de que no resultan físicamente atractivos para los demás, pero si esto les provoca alguna patología no van a curarse engañándose con la falacia de que en realidad los cánones de belleza son estereotipos impuestos culturalmente que hay que prohibir o regular desde la coacción estatal.

Muchos programas que se definen como “programas basura” son, además de basura, nocivos y tóxicos. Soy consciente de que la respuesta a este artículo será que estoy exagerando el impacto de tales programas en la cultura popular. Pero la mejor prueba de que no exagero es que la propia industria televisiva cobra barbaridades para que aparezca un anuncio de sólo un minuto en los espacios televisivos.

Navarro confunde el que los programas tengan una amplia difusión, de modo que se puedan cobrar grandes cantidades por los anuncios televisivos, con que los contenidos de los programas sean nocivos, cosa que da por supuesta.

Estas reflexiones vienen a cuento de la publicación del cuarto informe anual del Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia, que cubre las denuncias recibidas sobre la programación infantil. Es sorprendente el escaso número de denuncias. En Cataluña, el número de denuncias es sólo de 125 al año, cuando, de haber una mayor concienciación del problema, debiera haber muchos más. En realidad, la Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña ha publicado un informe muy crítico sobre los programas televisivos, por su falta de sensibilidad hacia la adecuación de tales programas para los infantes y jóvenes.

Nada es sorprendente sino que los sucesos sorprenden a alguien, en este caso Navarro, incapaz de aceptar que otros no vean igual lo que él cree que es un gravísimo problema sobre el cual está empeñado en concienciar a todo el mundo, quieran o no: es la naturaleza del pesado metomentodo con ínfulas de sermoneador moralizante.

La Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña probablemente sean unos pocos telespectadores que tal vez pretendan hablar en nombre de todos, pero que lo único que hacen es expresar sus valoraciones particulares.

Dudo, sin embargo, que la autorregulación resuelva este problema. Lo que se requiere es un mayor intervencionismo público, que elimine tanta contaminación de valores. Las cadenas de televisión, sean públicas o privadas, utilizan el aire –un bien público– para su transmisión. De ahí que las autoridades públicas tengan toda la legitimidad para intervenir y proteger la salud e higiene mental de la población. Si es aceptable prohibir que se promueva fumar en los programas de televisión, debiera ser igualmente aceptable que se prohíban comportamientos y actitudes tóxicas que dañen la calidad de vida de nuestra población.

La higiene mental de la población se ve amenazada principalmente por demagogos descerebrados como este aspirante a pastor del rebaño, liberticida profesional que en cualquier ámbito defiende mayor intervencionismo público (naturalmente en la dirección que él prefiere y recomienda). Dada sus escasas luces, sus argumentos suelen ser intelectualmente patéticos. En este caso, las ondas electromagnéticas en realidad no utilizan el aire (se transmiten mejor en el vacío), y el espectro electromagnético no es ningún bien público sino que simplemente el Estado se ha apropiado de él y lo cede o no según sus caprichos políticos.

Navarro no considera la posibilidad de que la baja calidad de los mensajes televisivos se deba a que van dirigidos a una población cuyos rasgos morales y civilizatorios estén siendo erosionados por el colectivismo a ultranza que él defiende con pasión. El socialismo redistribuidor e hiperregulador produce chusma que reclama pan y circo. Todos estos telespectadores presuntamente enfermos de sexo y violencia resultan ser luego los ciudadanos que ejercen su sacrosanto derecho al voto que elige a esa autoridad pública cuyo activismo se reclama.