Amigos de la ciencia y la libertad (o un análisis crítico de periodismo basura)

26/10/2007

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Rafael Méndez, periodista del diario que recientemente ha dejado de proclamarse independiente (por algo será) cree que la ciencia aún tiene enemigos… ¡qué miedo! Escribe sobre ciencia alguien cuyo conocimiento científico es obviamente escaso: confunde calor, temperatura y energía, se nota que habla de oídas del cambio climático (se luce cuando añade algo personal), repite de forma acrítica las presuntas verdades oficiales y olvida cuidadosamente mencionar los datos y teorías contrarios a las mismas.

“Simplificando: a más CO2, más calor; menos CO2, menos.” Sí: o sea, que sí que es una simplificación, claramente excesiva. No está tan claro cuán intenso es el efecto directo (y mucho menos los indirectos mediante mecanismos de realimentación positivos y negativos) de los gases de efecto invernadero (de los cuales el principal es el vapor de agua, cosa que no se suele decir). Además no menciona un asunto clave, y es que también puede ser que a más temperatura más CO2 (no es simplemente una posibilidad, se sabe que ha sucedido a menudo durante la historia climática de la Tierra), porque algunos sumideros como el mar se transforman en fuentes de CO2.

“En los años, 70, pero sobre todo en los 80 y los 90, los científicos comenzaron a ver que las concentraciones de CO2 en la atmosfera subían de forma alarmante e inexorable.” Lo de alarmante e inexorable lo añade él con mucha soltura. “2005 y 1998 fueron los años más calientes desde que hay registros y seis de los siete años más cálidos han ocurrido desde 2001”. Esto ya no está tan claro después de las revisiones que ha realizado recientemente la NASA: el ganador resulta ser 1934. “El Ártico ha alcanzado este año su mínimo histórico”. Pero se sabe que se debe a vientos inusualmente fuertes que favorecían la disgregación del hielo. Se olvida mencionar que en la Antártida cada vez hay más hielo.

“El Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, que agrupa a 4.000 expertos, dio por zanjada cualquier controversia sobre la responsabilidad de la mano del hombre en el calentamiento”. De esos expertos sólo una pequeña parte son climatólogos, y ni son todos los que están ni están todos los que son. Recientemente se está reconociendo que la variabilidad natural del clima se está minusvalorando, y que el ser humano influya sobre el clima no implica que todo el cambio climático sea antropogénico. En ciencia las controversias no se zanjan porque un organismo oficial produzca un informe que, además, es mucho menos alarmista de lo que a muchos ecofanáticos les gustaría.

“A no ser que uno tenga poderosas razones, oponerse a la ciencia no suele ser rentable para la propia imagen. Pero en este caso hay muchos intereses.” La “oposición” es parte misma de la ciencia y se hace desde dentro: la crítica es esencial para el avance científico. Lo que no suele ser rentable para la propia imagen es tener el valor de denunciar que el emperador va desnudo, que la opinión mayoritaria puede estar equivocada. Naturalmente en este caso hay muchos intereses por ambos bandos y, aunque parezca extraño, son mucho mayores en el lado “oficial” (tengan o no razón). Algunos sabemos por qué somos escépticos: para otros resulta más cómodo sugerir que participamos en turbias conspiraciones; para qué se van a molestar en conocernos.

“Admitir que el planeta se calienta implica que hay que hacer algo para evitar las desastrosas consecuencias (no hoy, como dicen los detractores, sino en 50 o 100 años). Supone intentar reducir el consumo de combustibles fósiles: petróleo y carbón. Implica ahorrar energía y elegir las fuentes renovables o la energía nuclear. Por eso, políticos, economistas y empresas decidieron, 100 años después, que Arrhenius no tenía razón.” En este párrafo Méndez desbarra sin control. Las consecuencias del calentamiento global pueden ser negativas o positivas (qué herejía recordar esto último) según las valoraciones subjetivas de las personas; lo de los desastres lo añaden siempre los alarmistas (además aquí no queda claro si el desastre toca ya hoy o en cien años, cuando no se piensa con precisión es difícil escribir y que se entienda). Muchos pueden preferir un planeta más caliente, o sea, que su “implicación” es un abuso de la lógica. O incluso prefiriendo menos temperatura, tal vez el coste de evitarlo sea excesivo. El ahorro es algo que cualquier consumidor hace en la medida en que merezca la pena, pero no es un fin en sí mismo. Las fuentes renovables son muy queridas por los amigos de la naturaleza pero también resultan muy ineficientes, nada económicas (con las tecnologías actuales no significan ahorro sino despilfarro). Reconozcamos el valor de mencionar la energía nuclear, que a tantos mueve a la histeria: qué pena estropearlo luego con la estúpida acusación genérica contra políticos, economistas y empresas.

“Greenpeace ha acusado a la estadounidense Exxon-Mobil de financiar decenas de grupos de presión e instituciones para hacer dudar del cambio climático. Su intención no ha sido negarlo, sino sembrar la duda. Han copiado la estrategia que años antes siguieron las tabacaleras para poner en duda que el tabaco causase cáncer.” Claro, si Greenpeace acusa seguro que es cierto, las petroleras sólo pueden ser malvadas, la duda es muy mala para la fe verdadera del pensamiento único y los críticos escépticos en realidad no queremos negar nada… ¡Un momento! ¿Entonces por qué nos denominan “negacionistas” como a los del Holocausto? ¿En qué quedamos? “Entre 1998 y 2005, Exxon-Mobil gastó 16 millones en estudios para negar el calentamiento”. ¿Lee este pobre hombre lo que él mismo escribe para intentar no contradecirse? ¿Sabe lo que es una contradicción? “El American Enterprise Institute, financiado por Exxon-Mobil con 1,12 millones de euros, ofreció el año pasado 7.000 euros por cabeza a algunos científicos del IPCC para rebajasen las conclusiones de este grupo, según el diario británico The Guardian.” Qué fácil es recurrir a “aquél dijo” (The Guardian) para seguir propagando una leyenda urbana que distorsiona gravemente la verdad.

“El negacionismo del cambio climático cae en todo el mundo”. ¿Pero negamos o no negamos? Si cae en todo el mundo, ¿por qué siguen planteándolo como un grave problema contra el cual hay que luchar? No especifica a qué se refiere con lo de negar el cambio climático, no sea que los detalles y los matices de un tema hipercomplejo les fastidien los simplones topicazos que la inane progresía es capaz de asumir en sus muy limitadas inteligencias.

“Parte de la derecha cree que la ecología, y especialmente la lucha contra el cambio climático, es un invento para suplir al socialismo. Consideran que los llamamientos a dejar el coche en casa o a cambiar hábitos de vida son una intromisión intolerable del Estado en la vida privada. Para sustentar esta teoría desacreditan a los científicos”. El socialismo sigue presente en todos los partidos, tanto de derechas como de izquierdas; la ecología (ciencia del medio ambiente) y el ecologismo (ideología política) no son lo mismo; muchos ecologistas son como sandías, verdes por fuera y rojos por dentro, no comprenden y desprecian los mercados libres y claman por el intervencionismo estatal: son hechos comprobables, no simples consideraciones de la siempre perversa derecha. Para un liberal todo llamamiento pacífico es legítimo por tonto que sea, pero es que eso no es lo que hace el Estado como monopolista de la coacción legal. Y respecto a los “científicos”, que son personas, no todos merecen crédito: cuando uno dice una cosa y otro la contraria al menos uno está equivocado; ¿acaso no se les ataca cuando dicen algo impopular? ¿Les suena el premio Nobel James Watson?

“La organización que más hace por rebajar el cambio climático es el Instituto Juan de Mariana, que asegura no tener ánimo de lucro, ni afiliación política, y cuya misión consiste en dar a conocer los beneficios de la propiedad privada, la libre iniciativa empresarial y la limitación del ámbito de actuación de los poderes públicos”. Narbona nos va a dar un premio por ser los mejores en la lucha contra el cambio climático. O eso o este mindundi no acaba de expresarse bien (o quizás ni siquiera comienza a hacerlo). No sólo aseguramos esas cosas, sino que son ciertas (compruébelo quien quiera). “En la web afirman que se financian únicamente con donaciones individuales”. ¿De veras? ¿Dónde? ¿Realmente no está claro que lo que no aceptamos es subvenciones públicas, o sea estatales, pero sí de grupos, empresas, asociaciones, fundaciones?

“Este diario intentó ayer, sin éxito, contactar con el Instituto Juan de Mariana”. Risas, por favor. ¿Lo intentaron muchos y con mucho esfuerzo y sudores? ¿De verdad que querían pero se les había olvidado el teléfono en el otro pantalón? ¿Realmente es “ese diario” un imponente grupo multimedia al que nada se le escapa? Cuando tanta gente contacta con nosotros con suma facilidad, pedimos alguna prueba fehaciente de este presunto intento de contacto. Si demuestra que es cierto, sólo queda inferir que como periodista lo intenta pero no puede: vamos, que es un incompetente. Bellísima persona, eso seguro. Rigor periodístico, ínfimo.

“Muchos de estos críticos han puesto la política por encima de la ciencia. Como hizo Lysenko, el supuesto genetista comunista que decidió que Mendel y la herencia eran una patraña y que todos los guisantes y los hombres nacían iguales. Con sus teorías y el apoyo soviético, condenó a la hambruna a millones de personas.” Su uso de la analogía bordea lo criminal. Por favor, dé nombres de críticos a los que compara con un indeseable como Lysenko. Y recuerde que no fueron las teorías las asesinas, sino los soviéticos, que eran ¿adivinan? ¿URSS?… socialistas.

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Liberalismo radical

11/10/2007

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El liberalismo no es simplemente una ideología política que refleja los deseos particulares de los liberales. La ética de la libertad es una teoría científica acerca de la convivencia en sociedad de los seres humanos, respetando cada cual de forma tolerante las acciones no violentas de los demás. Como teoría científica debe tener una estructura lógica consistente (axiomas, argumentaciones, demostraciones, teoremas) y ser en la medida de lo posible correcta (comprobable, verdadera o al menos falsificable, adecuada), eficiente, precisa, clara y completa (tratando todos las áreas posibles en profundidad). Para muchas personas el liberalismo es algo puramente económico y tiene que ver con los mercados y el intervencionismo estatal. Pero la libertad, entendida como el respeto al derecho de propiedad y su equivalente principio de no agresión, puede estudiarse respecto a todo lo humano, haya o no intercambios comerciales o dinero de por medio.

Muchas personas tienen bloqueos emocionales o tabúes (a menudo religiosos) respecto a diversos ámbitos de la realidad: su repulsa moral se dispara, se activan los prejuicios y se dificulta la capacidad de argumentar racionalmente aplicando con consistencia principios fundamentales. Para algunos se trata del dinero, para otros es el sexo, las drogas, algunos alimentos prohibidos, el aborto, la eutanasia, la compraventa de órganos, el mercado de adopción, etc. Si los liberales quisiéramos ganar algún concurso de popularidad, tal vez podríamos guardar un prudente silencio respecto a asuntos escabrosos que hieren la sensibilidad del espectador, correr un tupido velo y esperar que nadie pregunte al respecto.

Para algunos comentaristas el liberal debe dedicarse fundamentalmente a la batalla política, sobre todo en estos momentos de tan graves problemas (rellénese aquí con lo que se quiera, porque el presente político siempre es gravísimo, sobre todo si no gobiernan “los nuestros”): hay que atacar al partido declaradamente socialista y defender al partido no nominalmente socialista; hay que tender puentes y forjar alianzas con “nuestros aliados naturales”, los conservadores, que esos al fin y al cabo nos dejan algo de libertad económica (más bien poca) a cambio de negar unas cuantas libertades personales sin importancia.

Tal vez a algunos nos interese mucho más la batalla intelectual: no nos preocupa tanto caer simpáticos y conseguir votos. Y si se quiere investigar con rigor sobre la libertad es necesario estudiar todos los temas relevantes posibles: no necesariamente para restregárselos por la cara a personas que no están cognitiva ni emocionalmente preparadas para asumir ciertas ideas, pero sí para comprobar la fortaleza de la teoría y aclarar sus contenidos. Hay asuntos que la gente suele callar por educación, por delicadeza, para no ofender. Sin embargo, aunque no afecten a muchos que se consideran normales y honrados, sí pueden ser importantes para otros que piden un debate abierto, ya que las intuiciones morales pueden estar equivocadas y las buenas intenciones no bastan para solucionar problemas.

Son muy pocos los que piden la eutanasia, pero no les consuela que la inmensa mayoría no sufra ese problema y no respete la libertad ajena. Bastantes personas sufren por carencia de órganos para trasplantes, pero muchos meapilas contribuyen a la prohibición de mercados de órganos apelando difusamente a la socorrida “dignidad inalienable” de los seres humanos. La guerra contra las drogas es un completo fracaso enormemente costoso, pero cuando se intenta hablar de liberalización saltan como un resorte los histéricos profetizando la drogadicción generalizada de los niños. En grupos humanos enormes siempre habrá unos pocos excéntricos con deseos que casi todos considerarán anómalos y asquerosos (¿probar el sabor de la carne humana, tal vez?), pero si no hay víctima no hay crimen, y si su actividad es disfuncional les perjudicará exclusivamente a ellos y tenderán a extinguirse solos.

Algunos presuntos liberales consideran que los que tratamos ciertos temas de forma radical y fundamentada somos unos locos peligrosos, adanes caídos en la fatal arrogancia, un cáncer para el “auténtico” liberalismo, que es naturalmente el suyo. Estos críticos hipersensibles que ven por todas partes la amenaza del anarcocapitalismo (aunque no venga a cuento) insisten en informar al mundo de que ellos no son como nosotros, que sienten repugnancia, asco, ante ciertas ideas que les parecen absolutamente inaceptables e indignantes. Los niveles de histeria y escándalo suelen ser inversamente proporcionales a la corrección de los argumentos.

Igual que los aspirantes a médicos que no venzan la repulsión instintiva ante un cadáver, la sangre y las vísceras difícilmente podrán ayudar a nadie, los aspirantes a intelectuales que no puedan controlar sus fobias ideológicas difícilmente podrán ofrecer razonamientos con algo de sustancia e interés. E igual que un cirujano para operar suele tener que cortar, lo cual sin anestesia resulta muy doloroso, un liberal que analice críticamente la realidad a menudo se encuentra mostrando errores ajenos, de los cuales parece que no hay escasez. Como a la gente no le suele gustar que le muestren su ignorancia ni que se critiquen sus preferencias más íntimas, el liberal radical va por la vida “haciendo amigos”. Espíritus delicados abstenerse.