Tonterías selectas

31/08/2019

Una epifanía económica, de Antón Costas

Urbanismo y bien común, de Carmen Molina Cañadas

Un burofax trajo la trágica noticia: “Ante el inminente fin de su contrato, el dueño ha decidido subirle 225 euros el alquiler mensual”

Más vivienda pública y más asequible, de José Luis Ábalos, ministro de Fomento

Nuria Coronado Sopeña entrevista a Teresa Lozano, actriz y cofundadora de Towanda Rebels


Tonterías selectas

30/08/2019

Tennesse-Chengdu 2024, de Bruno Estrada

La Ingobernable, símbolo contra el Madrid del pelotazo, de Nuria Alabao

Prominent Yale Professor Explains How Darwin’s Theory of Evolution Doesn’t Match The Science, by Arjun Walia, of Collective Evolution (at LewRockwell.com)

Gallinas “violadas” y “plantas que comen gente”: las espantosas teorías de un santuario vegano (Almas Veganas)

Miedo a La Ingobernable, de David Bollero


Recomendaciones

30/08/2019

The truth about the female brain, by Saloni Dattani

El engaño verde, de Jorge Vilches

Ha muerto David Koch y la izquierda lo celebra, de Santiago Navajas

Las apariencias engañan: China no es el “manipulador monetario” que denuncia Trump, de Daniel Fernández

Cinco datos que no te contarán sobre los incendios del Amazonas en Brasil, de Manuel Llamas


Tonterías selectas

28/08/2019

Reforma laboral: es el momento de desandar el camino, de Paloma Vega López, secretaria de Organización de CCOO de Madrid

Las dinámicas de competencia y acumulación capitalista en la academia, de Natalia Millán Acevedo, doctora en Ciencia Política (Relaciones Internacionales), profesora de la Universidad Pontificia Comillas, secretaria de la Red Española de Estudios del Desarrollo (REEDES) y miembro de Economistas sin Fronteras

Is Stakeholder Capitalism Really Back?, by Joseph Stiglitz

El G7, la cumbre de los mentirosos, de Fernando Luengo, de Podemos

El nuevo becerro de oro: la libertad, de Pilar Aguilar Carrasco, analista y crítica de cine


Recomendaciones

27/08/2019

Why Everything They Say About The Amazon, Including That It’s The ‘Lungs Of The World,’ Is Wrong, by Michael Shellenberger

Bitcoin, ¿una alternativa al dólar?, de Juan Ramón Rallo

Don’t Panic: Amazon Burning Is Mostly Farms, Not Forests, by Ronald Bailey

Por qué no funciona la política contra el cambio climático (y por qué nunca cambiará), de Domingo Soriano

Inmigrantes, muertes y extorsión: las mafias generan 500 millones en el Mediterráneo, por Joaquín Hernández


Tonterías selectas

25/08/2019

How Life Became an Endless, Terrible Competition: Meritocracy prizes achievement above all else, making everyone—even the rich—miserable, by Daniel Markovits, professor at Yale Law School

Fin a la hipocresía colectiva, de Stephan Lessenich, sociólogo

La distribución asimétrica de condiciones de vida entre los países que nos hemos acostumbrado a llamar “desarrollados” y el mundo presuntamente “en desarrollo” radica en desigualdades geopolíticas que se han establecido durante siglos —en la época que se conoce por el nombre de “modernidad”—. Pero resulta que nuestra modernidad la hemos construido a través de la colonialidad, a modo de adueñarnos del trabajo, las tierras, la sabiduría, la vida de otros pueblos. Se sabe que ese proceso ha sido extremadamente violento y sangriento, pero con el tiempo ha sido “racionalizado” y las asimetrías económicas, ecológicas y sociales han quedado institutionalizadas en forma de regímenes políticos transnacionales, desde el Fondo Monetario Internacional hasta la Organización Mundial del Comercio o el Acuerdo de París. Basándose en esa constelación geopolítica y en su poderío militar, ha sido posible para las sociedades occidentales construir una estructura socioeconómica que solo funciona a costa de terceros. Un modo de producción y consumo que obedece a una racionalidad irracional, porque no puede dejar de producir daños materiales para seguir funcionando.

Las sociedades de capitalismo democrático son sociedades externalizadoras. Su reproducción opera a través de un complejo de mecanismos, empezando por la apropiación de recursos, particularmente recursos humanos y naturales, a costa de expropiar pueblos y tierras en otras partes del mundo. Estos recursos son explotados para extraer beneficios financieros de ellos, beneficios que en un intercambio desigual recaen sistemáticamente en una parte de la relación económica. Ese sistema de expropiación y explotación, sin embargo, es viable solo porque a la parte más poderosa de esta relación le es posible desvalorizar los recursos en cuestión, negándoles al trabajo y a la naturaleza de los países “subdesarrollados” el valor y el precio que les serían atribuidos si provinieran de las regiones “desarrolladas”. Una vez utilizados, los costes del aprovechamiento de los recursos ajenos —costes económicos, sociales, ecológicos— son exteriorizados, reservando la “productividad” de ese modelo de reproducción para las economías más “competitivas”, mientras que su destructividad debe ser procesada por las economías más vulnerables. Para evitar que las repercusiones negativas de su modelo de reproducción puedan recaer en sí mismas, las sociedades externalizadoras intentan cerrar el espacio económico y social propio, controlando el flujo de mercancías y, sobre todo, de personas por sus fronteras. Y, finalmente, para completar la cosa, los países explotadores y externalizadores tratan de obscurecer y enmascarar todos los mecanismos mencionados, construyendo el imaginario social de un mundo en el que el “progreso” del Oeste se debe a sus propias fuerzas y capacidades: al ingenio de sus empresas, al empeño de sus trabajadores, a la construcción de su orden institucional.

Las sociedades ricas de este planeta operan con una doble moral, una hipocresía estructural. Siendo sociedades externalizadoras, viven con la verdad negada de la historia de su supuestamente imparable ascenso mundial. Su éxito económico y su riqueza colectiva se basan en la extracción de minerales y de las plantaciones industriales en otras regiones del mundo, en el trabajo de 150 millones de niños alrededor del globo, en la destrucción indiscriminada de la selva tropical. No hay una producción y menos un consumo ingenuos en Europa. Los ciudadanos europeos vivimos en sociedades que hacen trabajar, o bien ilegalmente o bien en condiciones legales, pero miserables, a migrantes africanos en sus huertas industriales o a migrantes latinoamericanas en sus casas particulares —y que al mismo tiempo declaran que no pueden acoger refugiados porque están “al límite” de sus capacidades—.

Al mismo tiempo, los ciudadanos de las sociedades externalizadoras no queremos saber cuáles son las condiciones estructurales de nuestro modo de vivir, ni queremos saber tampoco de sus inevitables efectos. Es más, los que vivimos en los países ricos del planeta estamos en una posición de no tener que saber lo que está pasando, lo cual es un importante recurso de poder. Un recurso que los ciudadanos de estos países poseen colectivamente, aún perteneciendo a los estratos menos privilegiados de sus sociedades nacionales.

Paradójicamente, esta posición contradictoria de las clases subalternas en las sociedades externalizadoras puede ser una de las llaves para cambiar las cosas. Porque la perversión de nuestro modo de vida está en que incluso los más míseros y perjudicados en nuestras sociedades de la abundancia, para vivir la vida que viven, tienen que dañar a otros. Para gozar de sus pequeñas libertades tienen que privar a otros de las suyas. Siendo los más pobres y desprivilegiados de nuestras sociedades, se preguntarán cómo es posible que, no sabiendo cómo llegar a finales de mes, sí saben que si de algún modo lo quieren lograr será a costa de gente con unas condiciones de vida aún mucho más miserables que las suyas. ¿Por favor, cómo puede ser esto? Y la respuesta es: pues es como funciona la sociedad de la externalización.

Nuestra vida diaria y todo el orden institucional de las sociedades occidentales están íntimamente relacionados con procesos de externalización. Por ello, iniciar un proceso de transformación de nuestro modelo de producción y consumo equivale a un acto heroico. Renunciar a los beneficios de la externalización es renunciar a la vida a la que estamos acostumbrados y a la que muchos creemos tener un derecho casi legal a sostenerla. Hemos incorporado colectivamente las normas del individualismo liberal, e insistimos en la libertad individual de consumir cuando, donde y como queramos. En consecuencia, lo que se necesitaría para salir del dilema de la externalización sería algo equivalente a una revolución cultural. Porque una cosa está bien clara: al mundo no lo cambiamos a base de decisiones individuales de no usar las libertades que se nos ofrecen y de restringir nuestro consumo de energía o de recursos naturales. Las cosas solo cambiarán si colectivamente decidimos dejar de producir millares de cosas que restringen o anulan las libertades de otros. Lo que hará falta es un nuevo contrato social: juntos convenimos que no queremos seguir viviendo a costa de otros.

David Koch, el gran financiador de la ultraderecha liberal estadounidense

… se gastó una fortuna en promover algunas de las causas más dañinas que existen.

… los principales culpables de haber arrastrado al partido republicano de EEUU a posiciones absurdas como negar el cambio climático.

… compartía también con su hermano esas ideas que ellos llamaban libertarias, pero que también podríamos calificar de neoliberales.

… Según el difunto David Koch, toda esta actividad política se debía tan solo a su su patriotismo y a una ideología liberal muy arraigada desde su infancia. Sin embargo, entonces y ahora era difícil no ver que las causas que más apoyaba su brazo armado de ‘Americanos por la prosperidad’ eran precisamente las que más favorecían sus intereses empresariales. Estaban en primera línea combatiendo las regulaciones mediambientales que más daño podían hacer a una compañía dedicada al petróleo y la química como Koch Industries. Se oponían “al despilfarro” que suponía cualquier ampliación del transporte público cuando, casualmente, su empresa necesitaba mucho de “la cultura del coche” para prosperar. Y organizaron un movimiento poco menos que fundamentalista contra cualquier subida de impuestos cuando eran personas como ellos los principales perjudicados.

“Estamos dispuestos a todo”: la exitosa lucha por subir el salario mínimo en EEUU, de Argemino Barro

¿Quién propicia la «sensación de inseguridad»?, de Marià de Delàs


Recomendaciones

24/08/2019

Los datos que desmienten la colaboración de las ONG de rescate y las mafias

Naufragios de conveniencia, de Jose María Ruiz Soroa

How Idealists Aid Cheaters, by Robin Hanson

The Real Reason They Behave Hypocritically On Climate Change Is Because They Want To, by Michael Shellenberger

An Interview with Deirdre McCloskey