Economista o moralista: pensiones

27/05/2014

Juan F. Jimeno, en “¿Qué será de mi pensión?”: Recomendación de lectura para jubilados y los que aspiran a serlo afirma:

El sistema público de pensiones de reparto, basado en un pacto intergeneracional por el cual la población en edad de trabajar provee, conjunta y solidariamente, de pensiones vitalicias a la generación anterior, constituye un avance social muy importante sobre la situación previa en la que el soporte de la renta durante la vejez dependía exclusivamente de vínculos familiares. Por tanto, debe mantenerse y consolidarse.

Este párrafo incluye una descripción problemática, una valoración subjetiva camuflada como un hecho objetivo irrefutable, y una conclusión normativa infundada.

La descripción:

El sistema público de pensiones de reparto, basado en un pacto intergeneracional por el cual la población en edad de trabajar provee, conjunta y solidariamente, de pensiones vitalicias a la generación anterior…

No aclara cómo cada individuo decide o no participar en ese pacto, si es por consentimiento explícito o tácito; tampoco especifica los contenidos de ese presunto pacto; ni se aclara cuál es la edad de trabajar; si son las generaciones como entes colectivos los que pactan, cómo se definen y quién los representa. Ni siquiera se menciona cuál es la población afectada, si se refiere a la de un municipio, región, país o ente supranacional. Se olvida mencionar que esa presunta solidaridad, algo que suena muy bien, en realidad es redistribución coactiva de riqueza.

La valoración:

… constituye un avance social muy importante sobre la situación previa en la que el soporte de la renta durante la vejez dependía exclusivamente de vínculos familiares.

Se trata de una afirmación hecha básicamente por la cara a ver si cuela. Y el problema es que normalmente cuela. O tal vez sea simplemente fruto de la falta de reflexión o de la comprensión de las valoraciones humanas como algo subjetivo. “Avance” y “social” son términos que suenan muy bien y a los cuales resulta difícil oponerse. Además se trata de un avance social muy importante, no uno cualquiera. El autor parece no atreverse a decir que simplemente él lo prefiere así, y tal vez otros también. La descripción de la situación previa es incorrecta: no se trata de que dependiera exclusivamente de vínculos familiares; uno podía ahorrar para sí mismo sin necesidad de recurrir a sus hijos y también podía solicitar ayuda a personas que no fueran miembros de la familia; pero lo esencial es que se trataba de relaciones voluntarias, en algunos casos informales y en otros casos mediante contratos libremente pactados por cada individuo.

La conclusión normativa:

Por tanto, debe mantenerse y consolidarse.

“Por tanto” indica que el autor cree estar siendo lógico y riguroso o quiere parecerlo. El “debe” indica una orden o una norma que ha de cumplirse. No se trata de un deber técnico o condicionado a algo previo: no se dice que se mantenga si se considera valioso. Como es valioso y punto y no se puede dudar de ello, el sistema debe mantenerse y reforzarse, es un imperativo categórico: como mucho puede reformarse de forma marginal, pero no conviene considerar alternativas, como la capitalización individual, que al parecer no son relevantes para este análisis.

Se supone que la economía es una ciencia positiva, libre de juicios de valor personales, que supera la moralina normativa. Pero quizás no sea cierto.


Bienes económicos: tiempo, riesgo y normas

07/02/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los bienes económicos pueden ser clasificados según múltiples atributos: físicos (materiales) o intangibles (inmateriales); presentes o futuros; duraderos (resistentes, estables) o no duraderos (frágiles, inestables, se deterioran por sí solos o se desgastan con el uso o consumo); cercanos o lejanos; muebles o inmuebles; fraccionables o no; seguros o con riesgo o incertidumbre; originales, intermedios o finales (en la estructura de producción y consumo); directos (para uso) o indirectos (para intercambio); específicos o genéricos (para múltiples usos posibles); complementarios o sustitutivos en relación a otros bienes; de uso o consumo rival (no posible por varios agentes a la vez) o no rival; de exclusión fácil o difícil; públicos o privados; con altos o bajos costes de transporte, almacenamiento, mantenimiento, transacción y protección contra el robo; su uso puede requerir mayor o menor pericia; manipulables o transformables de forma controlada con mayor o menor facilidad; fungibles o no; más o menos fáciles de distinguir y falsificar; de mayor o menor calidad; más o menos exclusivos, de oferta más o menos escasa en relación con su demanda; según su relación entre flujo y existencias; bienes posicionales o no; bienes red o no; según sus externalidades positivas o negativas; regulados (sujetos a diversas normas) o no; contractuales o no; condicionados, contingentes, o no; primitivos o derivados; únicos o repetibles; de valoración más o menos invariante respecto a distintos cambios posibles (sujeto, espacio, tiempo, cantidades, posición de comprador o vendedor).

La producción, el uso o consumo y la disposición de los bienes económicos tienen componentes o dimensiones espaciales (localización, distancia) y temporales (duración), están afectados por riesgo e incertidumbre y tienen restricciones y condicionantes jurídicos (leyes y normas, que pueden cumplirse o no).

La acción humana y los procesos naturales transforman unos bienes en otros: los bienes se crean, se modifican, son destruidos (o consumidos); aparecen, persisten y desaparecen; algunos bienes son duraderos, otros se degradan o estropean más o menos deprisa. Para usar o manipular los bienes físicos suele ser necesario estar cerca de ellos, poder controlarlos y recibir los servicios que proporcionan. Espacio y tiempo están relacionados según la velocidad de movimiento: un bien existente lejano sería semejante a un bien futuro en el sentido de que es necesario un tiempo de desplazamiento (además de los costes de transporte) del bien o del usuario para disfrutarlo.

En una estructura económica algunos bienes pasan por distintas fases temporales y productivas mientras van siendo transformados de materias primas originales a bienes intermedios (semifacturados), bienes de capital o de producción (máquinas, herramientas, locales) y bienes finales de consumo; y van siendo distribuidos, movidos o transportados en el espacio desde la naturaleza a fábricas, almacenes (logística), comercios (mayoristas o minoristas) y domicilios. Los bienes indirectos, como el dinero, se utilizan para ser intercambiados por otros bienes o servicios.

Los bienes son valiosos por los servicios que prestan o las funciones que realizan: son útiles. Los bienes finales, directos y presentes, son valiosos subjetivamente por cómo satisfacen algún deseo o necesidad; los demás bienes se valoran por cómo se espera que contribuyan a producir o conseguir bienes finales, o porque dan derecho a recibir algún bien (final o no), siempre teniendo en cuenta (descontando, aplicando un tipo de interés) la preferencia temporal (presente mejor que futuro) y la aversión al riesgo e incertidumbre (seguro mejor que arriesgado, cierto mejor que incierto). Los valores esperados son estimaciones que pueden estar equivocadas o no cumplirse por distintos motivos: fallo técnico en un proceso de producción; error empresarial sobre la demanda de un bien (cantidades y precios de venta); impago de algún derecho de cobro.

El uso de los bienes está regulado mediante leyes generales, derechos de propiedad y normas contractuales específicas. Las diferentes reglas explicitan obligaciones (deberes, compromisos), prohibiciones y derechos (positivos o negativos, opciones). Los agentes económicos son titulares de derechos de propiedad sobre los bienes y pueden emplearlos con diversas restricciones legales, intercambiarlos (compraventas), cederlos temporalmente (alquiler, préstamo) o realizar otras transacciones o contratos mercantiles, comerciales o financieros, primitivos o derivados (futuros, opciones de compra y venta, permutas financieras), relacionados con su entrega y recepción en diferentes condiciones de cantidad, calidad, distribución, presentación, espacio y tiempo. También es posible realizar contratos sobre diferentes servicios o acciones a realizar.

Una cosa es el bien o cosa física, y otra el derecho de propiedad sobre su uso y disfrute, que también es un bien al proteger o asegurar legalmente dicho uso y disfrute: es posible emplear un objeto cuya posesión es ilegal, pero en una sociedad con un sistema policial y judicial adecuado este aprovechamiento resulta efímero y muy costoso (pérdida de lo robado, castigo, pago de compensaciones). Algunos bienes son de propiedad individual, otros de propiedad compartida, la cual requiere alguna regulación entre los múltiples dueños para evitar conflictos por incompatibilidad.

Algunos bienes son derechos legales o contractuales. Ciertos bienes son derechos sobre la participación, gestión y recepción de posibles beneficios de grupos humanos, empresas o proyectos colectivos (acciones, ciudadanía). También existen derechos de cobro o recepción de ciertos bienes determinados (deudas, obligaciones): acreedor de deuda monetaria; dueño de un contrato de futuro. La emisión de bienes futuros contractuales tiene costes múltiples: costes de transacción para llegar al contrato (búsqueda e investigación del crédito de las partes, negociación de condiciones y precios, formalización contractual); costes de documentación o certificación; costes de las obligaciones que implican los contratos.

La deuda es para el acreedor un derecho de cobro exigible mediante reclamación al deudor en cualquier momento (préstamo a la vista) o al cumplirse un plazo predeterminado: es una promesa del deudor de entregar bienes al acreedor en el futuro (o en cualquier momento presente si se trata de deuda a la vista). Un agente económico puede prestar un bien si la compensación recibida (teniendo en cuenta la preferencia temporal, el posible deterioro del bien y el riesgo de no devolución) es mayor que la conveniencia de disponer de su uso libremente en cualquier momento (teniendo en cuenta los costes de mantener la posesión del bien).

Algunos bienes son derechos que dependen de alguna contingencia, como un boleto para un sorteo, un seguro médico, un seguro de vida; ciertos bienes ejercen como prendas, colaterales o garantías, y pueden perderse por algún incumplimiento contractual. Algunos bienes están condicionados legalmente por decisiones ajenas, como el reparto de dividendos y las decisiones de gestión de una sociedad, los bienes recibidos en préstamo con opción de recuperación por el acreedor, o los bienes sobre los cuales otro agente posee una opción de compra (que puede ejecutarse o no).

Los bienes o activos financieros (acciones, deuda, seguros, derivados) suelen ser transferibles mediante negociación a precios variables en mercados secundarios: pueden intercambiarse por bienes presentes vendiéndolos en mercados secundarios (en el caso de la deuda, en lugar de esperar el plazo de amortización), pero el valor obtenido es a priori indeterminado (no tiene por qué ser el valor facial o nominal). La deuda a la vista es especial porque siempre se tiene derecho a reclamar ya una cantidad de dinero determinada, no sujeta a negociación.

Algunos bienes están en reserva (existencias) y otros están siendo utilizados. Si un agente posee un bien existente que no usa o necesita constantemente y quiere prestarlo pero manteniendo el derecho sobre la disponibilidad del bien en cualquier momento, puede prestarlo a la vista (o con un plazo predeterminado pero con opción permanente de recuperación, o con un plazo muy corto y renovación automática salvo declaración en contra). No hay conflicto entre dos individuos usando de forma incompatible el mismo bien simultáneamente: el prestatario dispone del bien hasta que se lo reclamen (o mientras que no se lo reclamen); el prestamista dispone del bien en cuanto lo reclame. Los receptores que quieran garantizar la disponibilidad más tiempo deben contratar por el plazo deseado y no ceder la opción de recuperación.

En teoría monetaria y financiera suele hablarse de bienes presentes y futuros. Un bien puede ser presente en el sentido de que existe aquí (no ausente) y ahora (no futuro), puede controlarse y se tiene derecho a usarlo. Algunos bienes son presentes y futuros a la vez en el sentido de que son persistentes en el tiempo, son utilizables ahora y se espera que sigan siéndolo en el futuro porque no desaparecen al ser empleados. Algunos bienes son persistentes pero se extinguen al ser consumidos (ciertos alimentos y formas de energía). Un bien puede ser futuro porque aún no existe, aún no se controla o disfruta, o aún no se tiene derecho sobre él; en este último sentido el bien futuro es resultado de un contrato que da derecho a recibir un bien en el futuro; es un derecho existente y conocido en el presente, pero sólo exigible o ejecutable algún momento futuro.

Sin embargo esta denominación sólo resalta la componente temporal y no diferencia, resalta o explicita el factor riesgo, y tiempo y riesgo son fenómenos relacionados pero diferentes. Los derechos a recibir bienes no sólo tienen componente temporal (necesidad de esperar), también tienen componente de riesgo (posible incumplimiento). Son bienes inseguros o inciertos, condicionados al cumplimiento por el deudor de la promesa realizada. El derecho puede madurar o ser a la vista o ya inmediato (sin componente temporal) pero el riesgo de impago aún existe: no es lo mismo tener ya un bien que tener ya el derecho a recibir ese bien ya de otro agente, porque la otra parte puede no cumplir con su deber de entrega o provisión (porque no quiera o porque no pueda).

Casi todos los activos financieros son bienes contractuales futuros; sin embargo algunos son exigibles en todo momento por una cantidad de dinero o bienes previamente especificada, como el depósito a la vista o las opciones de compra o venta ejecutables a la vista (durante su plazo de vigencia), que están determinadas en cantidad de dinero a cambio del bien correspondiente. El depósito a la vista es un derecho mantenido en reserva para ejecutarlo cuando se desee, y además tiene la utilidad presente de poder emplearse como medio de pago generalmente aceptado, transfiriendo el derecho por su valor nominal en lugar de dinero en sentido estricto.

El dinero mercancía que surge espontáneamente en el mercado libre es un bien físico presente indirecto. Es una institución social que no depende de ningún acuerdo o consenso legal y no da derecho a exigir nada: su valor depende de que sea aceptado voluntariamente de forma generalizada como medio de intercambio.

El depósito o billete bancario a la vista es un bien contractual presente con riesgo: es deuda de dinero (un derivado monetario), con componente temporal potencialmente nula (salvo el tiempo de reclamar y recibir la devolución, a partir de cualquier momento el prestamista no tiene por qué esperar más), pero riesgo de impago (normalmente casi nulo, ya que si no no sería un medio de pago generalmente aceptado).

El dinero recibido por el banco en un depósito a la vista es un bien presente pero de disponibilidad condicionada, sujeto a la posible obligación de devolverlo en cualquier momento (y si ese dinero ha sido a su vez prestado, con el riesgo de no recuperarlo). El depósito a la vista (y el billete convertible) es para el cliente un bien presente con riesgo: es un derecho presente sobre un bien presente (dinero) pero con la posibilidad de impago; el impago impondría una componente temporal, la espera por reestructuración de la deuda o el proceso de liquidación del banco.


Dame más, pídeme menos

14/10/2013

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Dos vecinos, Luis y Diego, coinciden en un pequeño rastrillo.

(Luis)

-Hola, Diego. Veo que vendes tus discos.

(Diego)

-Hola Luis, así es. Y yo veo que tú vendes tus libros. Por cierto, este me interesa. ¿Cuánto pides por él?

(Luis)

-Diez euros.

(Diego)

-Vaya, me parece demasiado caro.

(Luis)

-Pues creo que te he hecho una buena oferta e incluso estoy pensando subir el precio. De todos modos, fíjate que cuanto más me pagues por cada libro, más dinero tendré yo luego para comprar tus discos.

(Diego)

-Podría ser así, pero tendrías que comprometerte a que vas a usar todo ese dinero que yo te doy en comprar mis discos, y de momento no has mostrado interés por ellos y ni siquiera hemos hablado de sus precios. Se me ocurre una idea mejor: te propongo que lo hagamos al revés, que bajes tú el precio del libro, y así yo tendré más dinero disponible para seguir comprándote más libros.

(Luis)

-Esto es realmente curioso. Resulta que cualquier precio que pongamos parece equivocado y que bajarlo o subirlo va a incrementar nuestras compraventas, y por lo tanto nuestra prosperidad económica.

(Diego)

-Tal vez es porque hemos olvidado que los intercambios no son mutuamente beneficiosos si el vendedor o el comprador reciben menos valor que el que entregan. Esto no es un juego en el que gana el que más movimientos realiza, sino el que maximiza sus beneficios. No hay que considerar sólo la rotación de mercancías sino también los márgenes, la diferencia entre lo que se consigue y lo que se da. Que el flujo de bienes y dinero se reduzca o interrumpa podría simplemente reflejar que ya no nos interesa realizar ninguna operación comercial más.

(Luis)

-Cuánta economía puede aprenderse simplemente practicando un poco el comprar y vender. ¿Qué tal si regateamos un poco?

(Diego)

-Supongo que no te refieres al fútbol, sino a la negociación, la práctica de tantear los precios pedidos y los ofrecidos para ver si encontramos un acuerdo mutuamente beneficioso. De acuerdo, juguemos un rato, pero te advierto que mi estrategia es comenzar pidiendo mucho y ofreciendo poco. Trataré de convencerte de lo valioso que es lo que te ofrezco y lo poco valioso que es lo que tú me ofreces.

(Luis)

-Yo pensaba mantener secreta mi estrategia negociadora, pero casualmente esa es también la mía, quizás se trate de un universal humano o una estrategia óptima evolutivamente estable. Supongo que si no hay acuerdo deberemos bajar los precios que pedimos y subir los que ofrecemos, ¿no?

(Diego)

-Así es. Afortunadamente está garantizado que no nos eternizaremos porque el juego tiene condiciones de terminación: o se alcanza un acuerdo mutuamente satisfactorio, o el vendedor no quiere bajar más el precio pedido (con lo que deja de intentar la venta), o el comprador no quiere subir más el precio ofrecido (e igualmente es expulsado del mercado).

(Luis)

-Sería interesante analizar qué pasa si uno de los participantes comienza pidiendo poco y ofreciendo mucho, o si lo hacen los dos. O si el precio pedido tiende a subir en lugar de bajar, o el precio ofrecido tiende a bajar en vez de subir.

(Diego)

-Dejemos esas enrevesadas y poco realistas posibilidades para los estudiosos de la economía, y nosotros vayamos a lo nuestro.

(Luis)

-Juguemos, pues, y que gane el mejor.

(Diego)

-Bueno, eso suele decirse en competiciones de suma cero, en las cuales unos deben perder para que otros ganen. En los mercados existe la posibilidad de que todos los participantes ganen, y si no juegas no pierdes sino que simplemente te quedas igual que estabas.

(Luis)

-Intentemos entonces ambos mejorar nuestra satisfacción personal mediante la redistribución libre y voluntaria de nuestras legítimas posesiones.


Biología, economía y moralidad

02/10/2012

Conferencia en el Instituto Juan de Mariana el sábado 6 de octubre a las 20:00.

Hablaré de cómo los tres ámbitos están interconectados en un marco naturalista y evolucionista: qué son la vida y la acción, y cómo a partir de estos dos conceptos básicos surgen las preferencias, la cognición, la intencionalidad y las normas. Emisión por streaming.

 


Hacia una economía con valores

12/03/2012

Juan Francisco Julià, rector de la Universidad Politécnica de Valencia, y Rafael Chaves, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia, defienden avanzar “Hacia una economía con valores”. Suena bien, claro, porque es una frase construida para sonar bien y elevar el estatus moral de quienes la pronuncian. Los valores son lo bueno, y uno queda bien defendiendo lo bueno.

Pero el discurso concreto ya no está tan logrado:

… es necesaria no solo una revisión en profundidad del modelo económico de crecimiento, sino también un cambio en el paradigma dominante del pensamiento económico. La actual crisis requiere un profundo giro, teórico y práctico. Como postulaba el profesor Stiglitz, unos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el fundamentalismo de mercado, la mainstream del pensamiento económico actual, basado en la superioridad de los mercados autorregulables, ha demostrado una doble incapacidad en la práctica, por un lado, para resolver los problemas económicos y sociales más importantes de nuestro tiempo y, por otro, para salir de la crisis que el propio modelo ha generado.

El fundamentalismo de mercado no puede haber causado ninguna crisis porque no ha existido en ningún lado; ni puede fracasar en salir de la crisis porque sigue sin existir en ningún lado. Pero uno queda bien atacando a los “fundamentalistas” de mercado. Ser fundamentalista es malo, sea de lo que sea.

¿Cómo van a autoregularse las personas y sus asociaciones voluntarias en sus intercambios libres?; ¿mediante el respeto a los derechos de propiedad y el cumplimiento de las cláusulas contractuales? Eso no puede ser, hombre: unas personas tienen que imponer coactivamente reglas a otras personas.

En el origen de esta crisis se halla sobre todo una profunda crisis de valores cívicos y económicos que han guiado el modelo de crecimiento. En efecto, un exceso de codicia, un escaso respeto a las prácticas de buen gobierno corporativo y una marcada insensibilidad hacia el medio ambiente y social que nos rodea, así como a las condiciones de vida y de trabajo de la mayor parte de la humanidad, han sido los valores aceptados por las instituciones y los órganos centrales de decisión en las pasadas décadas. Resulta por ello obligada la reivindicación de una economía más equilibrada y con valores sociales y económicos potenciadores del desarrollo humano y de la sostenibilidad. Debe emerger un nuevo paradigma basado en economías más plurales, donde el sector público y los otros modelos de empresas y organizaciones, en especial las cooperativas, las entidades no lucrativas y otras entidades de economía social adquieran roles significativamente más relevantes.

Si no te gustan las preferencias de otros, acúsales de crisis o falta de valores; o concreta con la codicia, que eso funciona siempre; y remata con insensibiliad social o ambiental, que está ahora de moda. Mucha gente es mala: pero siempre son otros…

Cuando reivindiques, di que lo haces “obligado”, o que “resulta obligado”, quitándote de enmedio. Y propón generalidades vacías de contenido pero que suenen bien: desarrollo humano, sostenibilidad…

No te preocupes al dar órdenes con lo que debe ser o hacerse: la gente parece acostumbrada a ese lenguaje y no nota la coacción implícita. No promuevas pacíficamente más cooperativas o entidades no lucrativas: debe haber más de ellas, y más sector público, que parece que nunca es suficiente, y más “economía social”, que suena fenomenal.

Pero ¿alguna economía no es social?; ¿o es antisocial? ¿No será la de libre mercado, verdad?

En este contexto, la economía social, un tercer sector de la economía situado entre la economía pública y las empresas privadas tradicionales capitalistas, adquiere un renovado valor teórico y práctico. Se trata de un sector económico que pone énfasis en las personas más que en el capital, en la satisfacción de las necesidades sociales, el interés social y el interés general más que en el lucro, y en el anclaje a los territorios y sus poblaciones más que en la volatilidad geográfica. Un sector que demuestra en la práctica cómo el interés común y los bienes colectivos pueden ser eficazmente gestionados desde el ámbito privado, como revela Elinor Ostrom, la primera mujer premio Nobel de Economía. Todo ello sin caer en tentaciones intervencionistas, no olvidando las fuerzas del libre mercado, ya que no puede ignorarse que en el marco de la actual economía de mercado también se produjo en las últimas décadas, antes del estallido de la actual crisis, la etapa de mayor crecimiento económico, como bien nos recordaban en un artículo en el Financial Times Becker y Murphy al indicar cómo, desde 1998 a 2007, el PIB mundial se incrementó en un 145%.

Si realmente quieren defender el libre mercado y evitar el intervencionismo e incluso citan a Ostrom, tal vez podrían revisar su lenguaje y su argumentación.

Enfatizar las personas más que el capital suena muy bonito, pero resulta que los capitalistas o ahorradores… también son personas.

Las necesidades sociales suelen ser las necesidades de muchos individuos, que pueden ser incompatibles o conflictivas; lo del interés general o social suena muy bonito pero suele resultar engañoso y tramposo. Y la satisfacción de esas necesidades ¿quién la va a pagar?

El lucro no tiene nada de malo, sobre todo cuando se consigue sirviendo a los demás.

El anclaje a los territorios y a sus poblaciones ¿no significa olvidarse de otros territorios y otras poblaciones que quizás también tienen necesidades y que curiosamente a veces son más competitivas?; ¿no implica que las poblaciones locales pueden acabar viviendo del cuento y haciéndose las víctimas cuando las empresas buscan mejores oportunidades?


Colectivos, jefes, depredadores y parásitos

29/11/2011

Artículo en Libertad Digital.


Pobre macroeconomía

03/08/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Jesús Fernández-Villaverde aplaude estas citas ajenas:

“All the interesting policy questions involve understanding how people make decisions over time and how they handle uncertainty. All must deal with the effects on the whole economy. So, any interesting model must be a dynamic stochastic general equilibrium model. From this perspective, there is no other game in town.”

“What is exactly that you are against in DSGE models? Being dynamic? Being stochastic? Being aggregate? Or being a model?”

Cuando tu única herramienta es un martillo, es posible que todo lo que veas te parezcan clavos. Si además intentas utilizar un martillo pilón como una herramienta de precisión probablemente hagas más mal que bien. Los macroeconomistas, con sus modelos matemáticos que pretenden representar a toda la economía, creen que su actividad es esencial para el estudio de las cuestiones políticas. Pero no suelen tener la humildad intelectual de reconocer que tal vez sea algo prácticamente imposible y potencialmente peligroso por sus abusos.

Los gobernantes tratan de dirigir la actividad de los ciudadanos, pero se les podría criticar no haber tenido algo en cuenta, haberse fijado sólo en lo que se ve fácilmente y no en lo que no se ve a primera vista (aparte de los problemas éticos de interferir con la libertad individual, claro). En realidad la tarea de ingeniería social es imposible debido a la complejidad de los sistemas sociales, imposibles de controlar por sus múltiples y variadas interconexiones. El macroeconomista ofrece una coartada genial para el político: en lugar de estudiar cada uno de los múltiples sectores, factores o aspectos de una economía y fracasar de forma ostentosa en el intento, huyamos hacia adelante, distraigamos la atención del espectador, demos el cambiazo y recurramos a los remedos holísticos más burdos (eso sí, con mucha sofisticación matemática que eso impresiona una barbaridad).

Vendamos nuestra debilidad como una fortaleza: olvidemos que no somos capaces de representar con precisión ningún sector real de una economía (si lo fuéramos usaríamos las predicciones de nuestros modelos para garantizar nuestro éxito empresarial y enriquecernos fácilmente, lo que obviamente no ha sucedido) e intentemos representar todo a la vez; asumamos que los detalles parciales y locales desaparecen o se vuelven irrelevantes por la magia de la compensación estadística.

Mencionemos de boquilla a la microeconomía hablando de individuos que toman decisiones en el tiempo en condiciones de incertidumbre. Y desde aquí y sin que se note mucho, demos un salto mortal sin red, ignoremos cómo estos agentes coordinan empresarialmente de forma evolutiva y adaptativa sus acciones y asumamos que toda la economía está ya prácticamente ajustada y en equilibrio en todos los mercados salvo pequeñas perturbaciones que como parecen muy complicadas vamos a decir que son aleatorias.

Presumamos de rigor científico porque usamos modelos matemáticos implementables en sistemas informáticos: si luego no somos capaces de predecir crisis generalizadas seguro que no es culpa nuestra sino de la realidad que se empeña en no comportarse como debe. Agreguemos de forma ambiciosa, aspiremos a entenderlo todo para ocultar que no sabemos casi nada acerca de los fenómenos particulares y concretos que alegremente sumamos y restamos. Pongamos la etiqueta de estocástico, que casi nadie entiende lo que significa y eso apabulla pero bien. Y naturalmente no vamos a ir de estáticos por la vida, que en el mundo todo es cambio dinámico. No nos apeemos nunca del paradigma básico: como mucho asumamos unas pocas clases de agentes heterogéneos en lugar de agentes representativos; supongamos que la conducta no es del todo racional y que el conocimiento y la competencia no son del todo perfectas. Y pidamos más y más dinero para nuestras líneas de investigación.

Ya de cosecha propia, Jesús Fernández-Villaverde no recomienda leer “La acción humana” (además, Mises era “insufrible” y hasta se peleó con Hayek, de qué cosas se entera uno…) y Hayek no está arriba en su lista. Pretende que “La teoría austriaca del ciclo tiene bastantes problemas” y no explica la crisis actual: tal vez no entiende ninguna de las dos. Como demostración:

“Los problemas de reajuste que según la teoría austriaca explicarían la recesión también deberían causar problemas en una expansión, lo cual obliga a introducir una asimetría en costes de ajuste que es un tanto difícil de justificar”.

La asimetría es fácil de justificar, pero como él no sabe hacerlo cree que es muy difícil. La expansión y la recesión son esencialmente asimétricas: en una expansión (debida fundamentalmente al intervencionismo estatal sobre el dinero, el crédito y la banca) se están forzando descoordinaciones y generando tensiones excesivas en un sistema inicialmente bastante bien ajustado; los componentes del sistema no se reacoplan gradualmente, las tensiones se acumulan y el sistema se rompe de forma catastrófica (dinámicas no lineales, caóticas); donde antes había pugna por asignar recursos a proyectos empresariales existentes pero insostenibles, ahora es necesario recalcular, reasignar recursos, liquidar muchas empresas y lanzar otras posiblemente desde cero; donde antes había confianza, que se gana con dificultad y se pierde con facilidad, ahora hay desconfianza. Un globo es muy distinto mientras se está hinchando que después de haber explotado; los animales salen poco a poco de sus madrigueras atentos y con miedo a los depredadores, y vuelven corriendo en cuanto detectan el peligro.