Xavier Sala i Martín sobre la prostitución

17/09/2009

Xavier Sala i Martín escribe un artículo bastante acertado sobre la prostitución. Pero tiene un par de problemas.

Dice la sabiduría popular que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Aunque estrictamente hablando eso no puede ser verdad (en todo caso, el oficio más antiguo sería el del cliente que frecuentó a la primera prostituta, puesto que necesitaba haber trabajado en algún oficio para poder comprar sus servicios)…

Queriendo hacer una pirueta intelectual Sala se mete en un lío. Si se entiende por oficio una especialización con la que una persona se gana la vida ofreciendo sus bienes o servicios a los demás a cambio de algo de valor, la prostitución puede ser un oficio. Pero el cliente no necesita tener un oficio, puede ofrecer a la prostituta un bien, como la comida, que ha conseguido por sí mismo y que en general no ofrece a los demás. Además el argumento de Sala lleva a un regresión potencialmente infinita: si se dice que el primer oficio no fue la prostituta sino su primer cliente, se puede decir que no fue el primer cliente, sino el cliente de ese cliente, y así sucesivamente.

Otro asunto:

…en el proceso de intercambio de sexo por dinero, hay una persona inocente (y engañada) cuya salud es puesta en peligro por la conducta temeraria del hombre: la esposa. El marido tiene derecho a arriesgar su propia salud, pero no la de su pareja (o la de los amantes de esta, si los hay). Es decir, la amenaza a la salud de inocentes es una externalidad que necesita ser corregida.

¿Cómo? Los economistas han pensado dos maneras distintas… y ambas pasan por la legalización. La primera es la regulación: obligar a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes. La segunda es la introducción de impuestos pigouvianos, parecidos a los que se usan para combatir la contaminación. Eso, además de equiparar la prostitución a todos los demás oficios que cotizan a Hacienda, encarecería la transacción, reduciría la demanda de servicios sexuales y disminuiría los incentivos económicos del hombre para practicar, voluntariamente, su outsourcing sexual.

Es curioso que Sala sólo piense en la esposa y no en las novias o amantes ocasionales del cliente. También resulta peculiar que un economista (por lo general utilitarista) hable de derechos con tanta desenvoltura. Parece dar por hecho que las infecciones venéreas son una agresión que viola un derecho, lo cual es posible pero debatible. Es posible considerar que la responsabilidad de que una enfermedad no se transmita esté en los receptores potenciales, quienes no tienen por qué dar por hecho que sus parejas sexuales están sanas y pueden exigir algún tipo de comprobación.

Y ya que se mencionan los derechos, si se entiende lo que es el contrato matrimonial se comprueba que el marido no tiene derecho a recurrir a la prostituta, ya que ha prometido formalmente fidelidad sexual a su esposa (resulta interesante analizar si la prostituta tiene derecho a tener clientes casados o si es cómplice en la vulneración de un derecho, de forma semejante a quien recibe bienes robados).

Las infecciones sexuales son externalidades negativas muy localizadas (es necesario contacto físico íntimo), no son como la contaminación atmosférica que la respiras aunque no hagas nada: el receptor del posible daño puede hacer algo al respecto. La externalidad no necesita ser corregida, sino que a algunas personas (pocas o muchas) puede interesarles reducirla: es posible que los costes (subjetivos) de la corrección sean mayores que la reducción del riesgo.

La regulación que obliga a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes no es una medida muy liberal. La competencia en el mercado probablemente promoverá formas de certificar la salud de las prostitutas sin necesidad de coacción estatal (la cual al ser uniforme y burocrática no tendría por qué ser acertada). Y quizás haya clientes a quienes el coste adicional de la mejora marginal en la calidad no merezca la pena.

Los impuestos pigouvianos, si son sólo sobre la actividad y su precio, castigarían igual a prostitutas sanas que a enfermas, y a clientes casados o solteros, o a los clientes que usen siempre a la misma prostituta o solamente a prostitutas sanas (y que por lo tanto no infectan a nadie). Los impuestos obviamente encarecen la transacción y reducen coactivamente la demanda de servicios sexuales, lo cual implica que se dificultan transacciones voluntarias mutuamente satisfactorias.