Tonterías selectas

22/09/2019

Generación Greta. Así son los jóvenes que han dicho basta a la destrucción del planeta

El grito de una generación, desafíos y claves del nuevo compromiso medioambiental, de Eliane Brum

“Nuestra casa está en llama. Quiero que entréis en pánico”. Cuando Greta Thunberg dice frases como estas a los adultos, anuncia la mayor inflexión histórica que ha producido una generación. Por primera vez en la trayectoria humana, las crías cuidan del mundo que los especímenes adultos han destruido y siguen destruyendo. Es una inversión del funcionamiento no solo de nuestra especie, sino de cualquiera. El cambio responde a algo igualmente grandioso. La emergencia climática es la mayor amenaza que haya vivido la humanidad en toda su historia. Cuando oímos el grito de Greta y de los millones de jóvenes a quienes inspira, un grito que resuena en diferentes lenguas y geografías, este es el orden de magnitud de lo que presenciamos. Escuchar es imperativo.

En pocos meses, Greta se convirtió en una de las personas más influyentes del planeta. Tenía 15 años cuando, en agosto de 2018, decidió saltarse las clases para plantarse ante el Parlamento sueco: “Estoy haciendo esto porque a vosotros, adultos, os importa una mierda mi futuro”. ¿De qué sirve ir a la escuela si no habrá mañana? La pregunta, que a muchos les parecía insolente, era justa. Más que justa: expresaba una lucidez que la sociedad no esperaba de niños y adolescentes…

Si estos son los adultos que controlan el mundo en que vives y vivirás, y si estás mentalmente sano, basta tener una inteligencia media para entrar en pánico de inmediato. Entonces miras dentro de casa, la que está hecha de paredes, y ves que tus padres están ocupados con urgencias más triviales, como pagar las cuentas del mes, o intentando concluir si el móvil más avanzado es el de Huawei, Apple o Samsung.

Los niños y adolescentes de la Generación Greta se han dado cuenta de lo obvio. Su casa se está quemando —la Amazonia en llamas desde agosto ha literalizado esta imagen— y sus padres y gobernantes siguen viviendo como si no pasara nada. Al contrario, cuando el planeta más necesita políticas públicas y alianzas globales por el clima, los adultos se muestran lo suficientemente estúpidos como para elegir a representantes del nacionalismo más abyecto, que niegan el sobrecalentamiento global en nombre de intereses inmediatos.

Al constatar que los adultos han abdicado de ser adultos, los adolescentes han asumido la tarea de cuidar del mundo. Es lo que afirmó Greta el pasado diciembre, en Polonia, durante la Cumbre del Clima: “Ya que nuestros líderes se comportan como niños, tendremos que asumir la responsabilidad que ellos deberían haber asumido hace mucho tiempo”. A la vez, los jóvenes líderes son lo suficientemente inteligentes como para entender que el voluntarismo no basta, hace falta ocupar espacio político y debatir con los adultos que tienen el poder de hacer políticas públicas. Esta es otra novedad de la generación climática: son niños y adolescentes, pero no son ingenuos.

En cada intervención pública, Greta Thunberg ha demostrado tener la lucidez que —por oportunismo, más que por incompetencia— falta en el mundo de los adultos. Como cuando se dirigió al selecto público multimillonario del Foro de Davos: “Algunas personas, algunas empresas, algunos tomadores de decisiones en particular saben exactamente qué valores inestimables se han sacrificado para seguir ganando cuantías inimaginables de dinero. Y creo que muchos de ustedes que están hoy aquí pertenecen a este grupo de personas”.

… Quienes hoy tienen unos 30 o 40 años se criaron en el imperativo del consumo y de la satisfacción inmediata, y muchos se niegan a convertirse en adultos porque eso significa aceptar límites. Formados en la lógica capitalista de que libertad es poder hacer cualquier cosa, que darse todos los placeres es un derecho básico, creen que el planeta cabe en su ombligo.

Y entonces, unas chicas con trenzas les meten el dedo en la cara y les dicen: “¡Creced!”. Estos adolescentes de cara redonda, algunos con espinillas, condenan el gran objeto de consumo del siglo XX, el coche, y también el avión. Van en bicicleta y utilizan el transporte público. Condenan la industria de los combustibles fósiles, y las corporaciones hacen que sus cabilderos difundan noticias falsas contra ellos. Condenan el consumo de carne, y no solo la industria se siente amenazada, también toda la constelación de chefs estrellados. Dicen que es mejor no comprar ropa y otros objetos, sino intercambiarlos y reciclarlos, y ponen en jaque a la industria de la moda. Y lo hacen rápido porque la velocidad también ha cambiado.

La Generación Greta propone una transformación radical en la experiencia del tiempo. Por un lado, ya no hay tiempo. Según los científicos, tenemos poco más de una década para tomar las medidas capaces de contener el sobrecalentamiento global y mantener el aumento de la temperatura en el límite de 1,5 grados centígrados. Si se supera este límite, desaparecerán del planeta maravillas como los corales y millones de personas estarán condenados a la miseria y el hambre, sin contar el contingente que ya sufre privaciones extremas.

Lo que hoy está en juego es si la Tierra será muy en breve un planeta malo o francamente hostil para la especie humana. Los jóvenes activistas saben que hay una enorme diferencia entre lo malo y lo hostil. Pero ¿cómo convencer a los adultos y a los tomadores de decisiones, si parece que vivan como si no hubiera un mañana y, como viven así, quizá no lo haya? ¿Cómo convencer a los que agotan los recursos en nombre del gozo inmediato de que el mañana está justo ahí y será malo para todos, aunque mucho peor para los que menos han contribuido al agotamiento del planeta?

La Generación Greta propone una transformación radical en la experiencia del tiempo. Por un lado, ya no hay tiempo. Según los científicos, tenemos poco más de una década para tomar las medidas capaces de contener el sobrecalentamiento global y mantener el aumento de la temperatura en el límite de 1,5 grados centígrados. Si se supera este límite, desaparecerán del planeta maravillas como los corales y millones de personas estarán condenados a la miseria y el hambre, sin contar el contingente que ya sufre privaciones extremas.

Lo que hoy está en juego es si la Tierra será muy en breve un planeta malo o francamente hostil para la especie humana. Los jóvenes activistas saben que hay una enorme diferencia entre lo malo y lo hostil. Pero ¿cómo convencer a los adultos y a los tomadores de decisiones, si parece que vivan como si no hubiera un mañana y, como viven así, quizá no lo haya? ¿Cómo convencer a los que agotan los recursos en nombre del gozo inmediato de que el mañana está justo ahí y será malo para todos, aunque mucho peor para los que menos han contribuido al agotamiento del planeta?

La Generación Greta propone responder a la emergencia climática con una vivencia diferente del tiempo y espacio. “Quedaos en tierra”, les dicen a los adultos, al afirmar que el uso de aviones debe restringirse a urgencias reales. Para dar ejemplo, Greta ha viajado en velero a Estados Unidos, donde participará en la Cumbre de la ONU. Otros líderes europeos de la juventud climática, como las belgas Anuna de Wever y Adélaïde Charlier, acompañadas por dos docenas de activistas, emprenderán un viaje que durará semanas, navegando a vela hacia la Cumbre del Clima, en Chile.

La imagen es fuerte. En lugar de colonizar Latinoamérica con esta versión contemporánea de las carabelas, las adolescentes defienden con su gesto la descolonización de Europa (y Estados Unidos) y de las mentes que viven para consumir también el tiempo. Entre un país y otro, ya no puede haber solo un salto. Tiene que vivirse la jornada y comprender la distancia con el cuerpo. Tiene que producirse localmente y consumir localmente. Sin venenos ni transgénicos. Lo superfluo ya no es necesario, como la publicidad nos ha ido infiltrando en las últimas décadas. No es una elección, señalan. El tiempo de elegir entre lo bueno y lo mejor ha terminado. Es esto, o la catástrofe será todavía mayor.

Basta que cada uno observe su propia rutina para entender el tamaño de la herida narcisista que la Generación Greta está abriendo en el cuerpo de sus padres y hermanos mayores. La truculencia —que se produce tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda— contra los activistas adolescentes es proporcional a los poderosos intereses a los que afecta y al tamaño del cambio de hábitos que piden a las personas que siempre se han considerado defensoras del medio ambiente, creyendo que bastaba reciclar la basura para ser una “persona de bien”.

Los adultos suelen decir a las chicas del clima: “Me dais esperanza”. Y Greta y otras líderes responden: “No quiero vuestra esperanza. Yo no tengo esperanza. Quiero que sintáis el miedo que siento todos los días”. No es solo una forma de expresarse. Están bien informadas y saben que, con los gobernantes que tenemos, la cuenta atrás está contra la humanidad. Es probable que el planeta se caliente tres, cuatro y hasta cinco grados. A no ser que la población global se subleve. Lo que presenciamos es la adaptación humana más vital a la emergencia climática: una generación que prescinde de la esperanza exactamente para ser capaz de romper la parálisis y luchar. Renunciar a la esperanza, pero no a la alegría de luchar juntos. Es la potencia de la Generación Greta.

… . Greta anuncia su condición de Asperger. No como una enfermedad, sino como una diferencia, un “superpoder” cuya fijación y capacidad de concentración han sido determinantes para la lucha climática. La belga Anuna de Wever se declara “de género fluido”. Y defiende que esa condición le permite buscar otras posibilidades de ser y estar en el mundo, sin aferrarse a los dogmas de lo que se impone como “normalidad”. Estas líderes aportan a la lucha por el planeta la posibilidad de ver las diferencias como una fuerza, un activo positivo ante los desafíos de la emergencia climática.

En este mundo de muros, alambradas y fronteras armadas, la mayor insubordinación del mensaje de esta generación es el llamamiento a ser capaces de hacer una comunidad global por nuestra casa común. Es su rechazo a doblegarse a las órdenes de Trump, Bolsonaro y otros déspotas. Lo mejor que podemos hacer, nosotros, adultos imperfectos e incapaces de enfrentar los desafíos de este momento histórico, es ponernos radicalmente de su lado.

Thomas Piketty, contra la propiedad privada, de Marc Bassets

“Hoy afrontamos una lógica de acumulación sin límite y de sacralización del derecho del propietario”, dijo esta semana Piketty en un encuentro con corresponsales en la Paris School of Economics, donde codirige el Laboratorio Mundial de la Desigualdad. “Y olvidamos que los grandes éxitos del siglo XX en la reducción de las desigualdades, pero también en el crecimiento económico, se obtuvieron re-equilibrando los derechos del propietario con los del asalariado, el consumidor. Se hizo circular la propiedad”.

… “Soy fundamentalmente optimista”, declara. Y se refiere a su nuevo libro: “Capital e ideología parte de una constatación: ha habido una mejora prodigiosa de los niveles de educación y de salud. Y termina con otra constatación optimista: hay un aprendizaje de la justicia en la historia. Hay fases de regresión terrible, pero creo en una historia de progreso: no solo técnico, sino humano, por medio de la educación y la sanidad, y con una organización social que sea más igualitaria en el sentido de que permita acceder a la educación, a la cultura, a la riqueza”. Si un rasgo de la izquierda fue la fe en el progreso humano, Piketty la conserva.

Elena, Lorenzo, la coach que ‘curaba’ gays en Madrid volviéndolos ‘normales’

Esto no es normal, de Moisés Naím

… si lo que está pasando en la política mundial no es normal, lo que está pasando en el medio ambiente lo es aún menos. Los datos son conocidos, las imágenes de todas partes del planeta mostrándonos las catástrofes producidas por incendios, lluvias torrenciales, sequías prolongadas y vientos huracanados son cotidianos. La evidencia científica es abrumadora y la inacción para atender esta amenaza lo es aún más. La parálisis para enfrentar con eficacia el cambio climático sin duda constituye el mayor peligro que enfrenta nuestra civilización.

La ineptitud de los Gobiernos para responder a la emergencia climática es exacerbada por la influencia de intereses económicos. ExxonMobil y los hermanos Charles y David Koch son solo dos ejemplos de empresas y acaudalados individuos que durante décadas financiaron “centros de investigación” y “científicos” dedicados a sembrar dudas sobre la gravedad del problema climático, confundir incautos e impedir que los Gobiernos adopten las políticas necesarias.

Que las grandes empresas influyan sobre el Gobierno para evitar que tome decisiones que afecten a sus ganancias no es nada nuevo. De hecho, es lo normal.

Lo que no es normal es que líderes de algunas de las empresas más grandes del mundo repudien públicamente la idea de que su objetivo primordial deba ser maximizar las ganancias. Pero fue lo que ocurrió hace unas semanas cuando los jefes de 181 de las más grandes empresas estadounidenses firmaron un comunicado que mantiene exactamente eso. Estos altos ejecutivos afirman que las empresas privadas deben reconciliar los intereses de sus accionistas con los de sus clientes, empleados, proveedores y con los de las comunidades en las que operan.

Obviamente, estos titanes del capitalismo están llegando tarde a la conversación. Para muchos ya es obvio que resulta insostenible para cualquier empresa el ignorar los intereses y necesidades de los grupos de los cuales depende, además de sus accionistas. El debate es cómo hacerlo y, sobre todo, cómo garantizar que las empresas hagan lo que prometen. Hay algunos importantes líderes empresariales que tienen ideas al respecto. Brad Smith, el presidente de Microsoft, por ejemplo, ha publicado un artículo en la revista The Atlantic intitulado Las empresas tecnológicas necesitan más regulación.

Esto no es normal. Sin duda sorprende que el presidente de la decimosexta empresa más grande del mundo exhorte a los Gobiernos a que regulen su industria. Pero esta, como las demás anomalías que hemos discutido aquí, todas sacadas de los noticieros de estos días, es tan solo un ejemplo más de cuán difícil es descifrar el mundo en el que nos ha tocado vivir.


Tonterías selectas

21/09/2019

#SerPuteroNoMola: una campaña destinada a los jóvenes quiere romper con la normalización del sexo de pago

Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir, de Anita Botwin

Amelia Tiganus: “La prostitución es esclavitud, aunque sea voluntaria”

Abran las cajas negras, de Ana Fuentes

Creer que por sí mismas las máquinas van a tomar decisiones justas es el equivalente hoy al clásico error liberal de pensar que los mercados se regulan solos

El derecho a la vivienda, Gerardo Roger Fernández es arquitecto y urbanista, y profesor de Urbanismo


Tonterías selectas

21/09/2019

La nueva socialdemocracia ha comenzado en España, de Manuel Escudero, embajador de España ante la OCDE y secretario de Economía y Empleo del PSOE

Yo viví en primera persona ese proceso pues bajo el liderazgo de Pedro Sánchez tuve el honor de ayudar a escribir los nuevos renglones de lo que quiere ser el PSOE que se adentra en el siglo XXI, luego refrendados en su Congreso de julio de 2017: una alternativa a un capitalismo que parece incapaz de readaptarse, que ha hecho posible el estancamiento de la renta de trabajadores y clases medias, que no puede ofrecer a nuestros hijos lo que nosotros conseguimos. Por ello pasó a primer plano los problemas de la desigualdad, de renta, de género, territoriales. El problema ya no está solamente en la redistribución (con un mensaje lacio respecto al estado de bienestar), sino en la predistribución, es decir, en cómo se organiza la sociedad en sus actividades, en el lugar de trabajo, en la brecha de género, en el precariado. Y por lo tanto en la transición ecológica, en la igualdad entre hombres y mujeres, en la lucha contra la pobreza…

Realidad y populismo sobre los impuestos, de Francisco de la Torre Díaz, economista e inspector de Hacienda del Estado.

“Los impuestos son el precio que pagamos por la civilización. En la selva no existen”. Esta conocida cita de Oliver Wendell Holmes, juez de la Corte Suprema de Estados Unidos, es la expresión de la necesidad de un sistema fiscal, por mínimo que sea, para que una sociedad se pueda organizar. Además, más allá de un mínimo imprescindible, si una sociedad quiere un determinado nivel de servicios públicos tendrá que estar dispuesta a aportar los impuestos necesarios para pagarlos.

Así, en los Estados de la Unión Europea, salvo excepciones, el nivel de impuestos, directos e indirectos, es muy superior al de Estados Unidos. Pero este es prácticamente el único sistema para que el Estado de bienestar sea muy superior en Europa, los niveles de desigualdad menores y, por ejemplo, el sistema sanitario cubra a prácticamente toda la población. En consecuencia, se puede observar que el mantra de que “el dinero donde mejor está es en el bolsillo del contribuyente” no es siempre cierto. Los españoles, a través de nuestros impuestos, financiamos una sanidad, según los estudios de la Organización Mundial de la Salud, mejor que la estadounidense, entre otras, pero además, obviamente, más barata. Traduciendo, el norteamericano medio paga mucho más por seguros médicos y tratamientos que un español, vía impuestos, para financiar la sanidad…

De las aulas a las calles, de Nieves Rey, directora de comunicación de Ecoembes

Jorge Carrión da instrucciones para levantarse contra Amazon

Amazon no solo baja los precios de sus productos, sino que los devalúa. “Desde su mirada algorítmica e hiperpráctica no hay diferencia entre una caja de tornillos y un libro”, dice Jorge Carrión (Tarragona, 1976) que acaba de publicar Contra Amazon (Galaxia Gutenberg), recopilación de sus artículos publicados en prensa con la empresa como protagonista. El autor defiende la resistencia de las librerías y las bibliotecas, pero con la complicidad de un ciudadano consciente y crítico con el lugar en el que va a gastar su dinero. Es un consumo ético que apela a pagar en los comercios de proximidad y no en las grandes áreas comerciales o en una distribuidora que trata de que tus deseos y caprichos sean atendidos de inmediato.

“En su modo salvaje de concebir el capitalismo no hay zona de la realidad donde no vaya a meter sus zarpas, tanto en los continentes como en los contenidos e imponiendo una ética que no incluye la transparencia, que no respeta la autoría y que se basa en la velocidad”, sostiene Carrión. “Y que no paga impuestos en España”, añade.

… El precio del libro está regulado por ley en España y eso mantiene a raya a la empresa logística, a pesar de que para el autor este es un proyecto antirregulación, “un monstruo global al que los organismos internacionales llegan tarde para controlar”, en palabras del autor. “La lógica de Amazon es eliminar cualquier figura de mediación y de control, para crear nuevos modelos de autopublicación. Sin embargo, tanto Facebook, como Twitter, como YouTube han tenido que reconocer que la moderación y el control son importantes para no divulgar noticias falsas. Me parece terrible que Wikipedia haya quedado desvalida y en minoría frente a todos estos monstruos, que imponen una visión de la creación donde ni el autor ni la autoría existe”, explica Carrión.

“Habría que tomar una decisión de apoyo firme al comercio de cercanía para garantizar la supervivencia de la cultura”, dice el autor de Librerías, que propone levantar el pie del acelerador y recordar que somos cuerpo, que los espacios más adecuados para el diálogo son los bares, los centros culturales, las bibliotecas y la prensa. Piensa que es tan importante no ser reaccionarios como conservar y aumentar la inversión pública en estas “estructuras físicas esenciales para las ciudades y la democracia”. Reivindica un ciudadano crítico que defienda el comercio de cercanía y las empresas que pagan impuestos en España.

Banco de España: ¡sí, hay una alternativa!, de Juan Laborda


Tonterías selectas

18/09/2019

¿Ordenación sacerdotal de mujeres?, de Antonio Cañizares Llovera

The insidious ideology (neoliberalism) pushing us towards a Brexit cliff-edge, by George Monbiot

La depilación brasileña y el nuevo espíritu del capitalismo, de Constanza Michelson, psicoanalista

La impunidad de proxenetas y puteros, de Rosario Carracedo Bullido, portavoz de la Plataforma de Organizaciones de Mujeres por la Abolición de la Prostitución

No es una ley contra la trata lo que demanda el feminismo; contamos con suficientes datos y experiencia para saber los limitados efectos y los enormes nichos de impunidad que proporciona la normativa actual.

Lo que exigimos es reamar el muro de contención contra el proxenetismo que derogó el Código Penal de Belloch para que se penalice el proxenetismo en todas sus formas y se sancione conforme al principio de proporcionalidad de la pena a todos los que, con ánimo de lucro, con violencia o sin violencia, con coacción o sin coacción, con abuso o sin abuso de posición dominante, organizan, promueven o facilitan el consumo sexual de mujeres.

Y lo que pedimos es la sanción punitiva de los puteros que, con sus prácticas, se ejercitan impunemente en actos de violencia y subordinación contra, precisamente, las mujeres más vulnerables.

Richard Wilkinson: “Elevaría el impuesto de sucesiones. Estamos creando dinastías”


Tonterías selectas

17/09/2019

Muerte al sexo gratis o por qué legalizar la prostitución es una pésima idea, de Ilya Topper

Hay quien lo pide. “Regulemos el trabajo de las prostitutas”, dicen. Que coticen, paguen impuestos, tengan seguro, IVA, deducciones y convenio colectivo. Como cualquier trabajadora. Lo malo es que ahí no se acabarán los problemas. Ahí empezarán. No para las prostitutas, sino para toda la sociedad. Firmar un convenio con la prostitución es vender el cuerpo de ellas y la mente de todos.

Porque si la prostitución es un trabajo, el sexo es una mercancía. Y como toda mercancía tendrá tarifas, precios regulados por la ley de oferta y demanda, inversiones publicitarias, promociones, catálogos de navidad, rebajas de verano y saldos de fin de temporada. Solo hay una cosa que en una economía de libre mercado no se puede hacer con una mercancía: darla gratis.

Un mercado no puede aceptar que lo que se vende sea de libre acceso a todos. No funciona. Cuando en el mundo sobra una cantidad de algún producto, ese excedente se destruye. Regalarlo sería hundir al sector. No habría restaurantes si el pescado frito creciera en los árboles de la avenida.

Quienes viven del negocio de la prostitución procurarán aumentar su clientela, como hace todo empresario. Para ello necesitan una sociedad en la que tener sexo no sea gratis, o en la que tener sexo gratis esté mal visto. Esto no es una cuestión moral ni ética: es una dinámica del mercado.

… Obviamente, lo que hoy nos debe preocupar no es el voto de las entre 100.000 y 300.000 personas que trabajan en el sector en España (y de las que muchas no pueden votar por ser extranjeras). Lo que nos debe preocupar son los 20.000 millones de euros que el sector mueve al año. Esto es diez veces más dinero que la facturación anual del sector pesquero de España. (La cifra es una aproximación: en 2007 se calculaban 18.000 millones; hoy hay quien habla de 24.000 millones.

Esta fuerza del mercado necesita un sexo mercantil. Necesita una sociedad en la que para una hombre haya altas barreras para acceder al sexo, en la que a las mujeres se les enseñe poner altas barreras. Una sociedad en la que una mujer siempre diga “no” a la primera, porque sabe que es lo que se espera de ella. En la que aquella que dice “sí” a la primera, porque le gusta el sexo y tiene ganas, es una guarra. Una puta.

El hecho de que sigamos llamando “puta” a las mujeres que follan a la primera con un hombre que les guste, sin cobrar y sin plantearse relaciones formales, noviazgos o casamientos, muestra que tenemos aún interiorizados los valores del patriarcado. Las chicas decentes cierran las piernas. Así fue nuestra sociedad, la cristiana europea, durante siglos, y así sigue siendo en todas partes. Tienen ustedes un buen ejemplo en nuestros vecinos de moral islámica, pero es lo mismo en India y China: hay que llegar virgen al matrimonio, la prostitución está prohibida y florecen los burdeles: a más tabú, más negocio. Pero no hace falta que ustedes vean cine extranjero. Basta con que lean literatura europea del siglo pasado.

Sí. Hasta bien entrado el siglo XX, el único modelo de sexo en Europa era el de pago. Se vendía en dos categorías: el oficial, que era carísimo y se pagaba a plazos durante toda la vida, empezando con el anillo de diamantes; y el de rebaja y saldo, de usar y tirar. Las mujeres eran vendedoras de una de las dos modalidades. Con honores cobrando ante el altar o con deshonor en una pensión. Los hombres eran clientes.

… Venderse caro, con firma en la iglesia, era un ingreso en una cárcel cuyos barrotes estaban hechos de palabras como honor, decencia, buen nombre. La institución del sagrado matrimonio, un contrato mercantil por el que un hombre obtenía en exclusiva el derecho al acceso carnal de una mujer, a cambio de pagarle durante toda la vida manutención y vivienda, no era otra cosa que una forma de prostitución de alto ‘standing’. Eso sí, regulada y con jubilación.

… Hoy en Europa lo del honor femenino, los suicidios por no llegar virgen al altar, los duelos a pistolas nos parece solo literatura. Hoy, la libertad de la mujer ya no pasa por ser arrastrada, primero, públicamente por el fango. A lo largo del siglo XX ha habido una revolución bajo el lema “Otro sexo es posible”. Hemos llegado por fin a una sociedad en la que el sexo ha vuelto a ser lo que nunca debería haber dejado de ser: un juego entre quienes tienen ganas de jugar, un placer compartido, un acto libre.

La libertad de la mujer para hacer con su coño lo que desee ha sido y es uno de los pilares del feminismo. Y bajo este mismo lema ahora hay quien defiende la prostitución como un oficio más. Si la mujer es libre de hacer con su coño lo que quiera, ¿por qué no alquilarlo al mejor postor?

Pero renunciar a la libertad no es libertad. Decir “mi coño es mío y hago con él lo que me da la gana” es feminista. Decir “mi coño es mío y hago con él lo que me da la gana, siempre y cuando un hombre me pague por ello” no es feminista. Es subordinar la función más íntima del cuerpo, la de compartir placer, a las decisiones de un hombre. Y no de cualquier hombre, sino de alguien con poder económico, el suficiente como para pagar la mercancía.

Que una mujer elija libremente hacer algo no convierte ese algo en feminista. Hay mujeres que eligen libremente meterse a monja o ponerse el velo islamista o vivir con un maltratador o votar a Vox y ninguna de estas cosas es feminista. Ninguna es compatible con la defensa de la igualdad de derechos de mujeres y hombres. La nueva corriente seudofeminista que aplaude todo lo que haga una mujer voluntariamente, así sea defender el machismo del velo o la prostitución, es una estafa. Segrega la humanidad por sexos y asigna solo a los varones la capacidad intelectual de obrar mal. Ellas son benignas por naturaleza. El patriarcado era eso.

El discurso sobre la “libre elección” de prostituirse obvia, desde luego, que la mayor parte de las chicas de vida alegre en España son todo menos de vida alegre. Son extranjeras explotadas, engañadas, amenazadas. ¿Podría mejorar su situación si la prostitución fuese regulada por la ley? En las drogas, la legalización es, con certeza, la única vía para reducir los daños, pero nos olvidamos de que en la prostitución, los daños no los sufre el cliente, sino la mercancía.

… Comprar sexo hoy no es asumir que uno es incapaz de ligar en un bar, sino fardar de la capacidad adquisitiva, es sentirse rico y poderoso. Por eso mismo, ir al puticlub sigue siendo algo que a menudo se hace en grupo: el poder es para mostrarlo. Si realmente se disfruta del sexo en la habitación arriba es lo de menos.

He dicho sexo, pero no es sexo. Dice una famosa viñeta que la violación no es sexo, al igual que darle a alguien con una pala en la cabeza no es jardinería. Tampoco es jardinería vender palas de plástico en un supermercado, ni tampoco es sexo la prostitución. Es una mentira.

Normalizar la prostitución como un trabajo más es instalar esta mentira en la sociedad, es enseñar al respetable público que el sexo no es un placer compartido sino una eyaculación tarifada en minutos y euros, un derecho (mercantil) del hombre sobre la mujer, una manera de exhibir poderío económico. Considerar esto normal es la mayor apología del patriarcado que cabe imaginar. Es putear a las mujeres, a todas aquellas mujeres que quisieran tener sexo en lugar de clientes, porque fomenta la idea de que pagando, un hombre tiene derecho a utilizar a una mujer a su antojo. Forzar a una chica tras invitarla a tres copas, si eran caras, ya no sería violación. Sería recoger la mercancía.

… No sé ustedes: no es la sociedad en la que yo quiero vivir. En mi mundo, las chicas no miran la declaración de la renta de un hombre antes de quitarse las bragas. Ni se dejan invitar a copas caras. No les hace falta, porque ellas trabajan. Se ganan la vida. Son mujeres independientes, no objetos de mercado. Ha costado llegar hasta esta libertad, y el precio lo han pagado las mujeres, en sudor y sangre. No entiendo como alguien es capaz ahora de llamar “libertad” al hecho de volver a colocarse una etiqueta de precio en el monte de Venus.

Eso sí, lo que menos entiendo es por qué a tantos hombres les sigue gustando más la etiqueta del precio que el monte de Venus. ¿Por qué, cuando el sexo de verdad se da gratis, prefieren pagar por una falsificación? ¿Por qué deciden financiar con un impuesto consumista la faceta más atroz del patriarcado? ¿No saben que vivir en una sociedad así es una auténtica putada?

70 litros de agua bendita y San Juan Bautista para erradicar la fornicación y las drogas de Rusia

De Riotinto a la Huelga Mundial por el clima del 27S, de José Luis Fdez. Casadevante “Kois”

Política de Estado, la gran ausente, ante la emergencia feminista y emergencia climática, de Carmen Castro García

Monopolios, publicidad y periodismo, de Roger Senserrich

Regular e incluso dividir a monstruos como Facebook o Google es sumamente importante. Hablamos de supervivencia y monopolio.


Tonterías selectas

17/09/2019

Por qué las marcas de fabricante son las que más valor añadido aportan al gran consumo, de Ignacio Larracoechea, presidente de Promarca

Mema, de Marta Sanz

Los desahuciados esperaban justicia, de Andreu Missé

¿Es el calentamiento global la mayor mentira de la historia de la ciencia?, de Miguel del Pino

Armageddon climático, de Elisa Beni


Tonterías selectas

15/09/2019

Entrevista a Stephanie Kelton: “Cuando hay déficit, el gobierno está haciendo una contribución financiera al resto de la economía”

La ciudadanía reclama un nuevo contrato social a las empresas: el beneficio no lo es todo, de Miguel Ángel García Vega

Existen dos tipos de capitalismo: el que crea valor para la sociedad y el que lo expolia. Durante las últimas décadas, millones de personas han visto que tienen trabajo, pero resulta insuficiente para llevar una vida digna; que el ascensor social se ha ralentizado; que la inequidad es inmensa; que la codicia parece el verbo más conjugado por las finanzas y que la crisis climática podría dejar un futuro a sus hijos y nietos abrasado de cenizas. Si la promesa de un mañana mejor, de una vida mejor, que ha sido la base del capitalismo, se desvanece, el pensamiento del hombre entra en un círculo vicioso. ¿Por qué sacrificarme? ¿Por dónde seguir? Elizabeth Warren, la senadora demócrata que quiere llegar a la Casa Blanca, resume esa angustia: “La gente siente que el sistema está amañado contra ellos. ¿Y sabe cuál es la parte más dolorosa? Tienen razón”.

¿Dónde están las grandes empresas cuando esta pena en observación atraviesa el planeta? Muchas jugando en su particular jardín de recreo. “La codicia corporativa está gobernando este país. Y esa codicia está destruyendo los sueños y las esperanzas de millones de estadounidenses”, criticaba Bernie Sanders, otro de los candidatos demócratas al despacho oval.

En un mundo (hasta ahora) de fronteras de escarcha, los problemas son juegos de espejos entre las naciones y queda al descubierto ese relato neoliberal de que la desregulación iba a traer prosperidad a todos. Solo para algunos, los de siempre. En Estados Unidos, no por casualidad, al tiempo que el peso de los sindicatos decaía, los beneficios empresariales —según el semanario The Economist— pasaban de representar el 5% del PIB en 1989 al 8% actual.

Esos números proceden del dogma establecido en 1970 por el economista Milton Friedman. El premio Nobel sostenía que como el consejero delegado es un “empleado” de los accionistas debe defender sus intereses, dándoles los mayores beneficios posibles. Esta idea, que hiere al igual que caminar descalzo sobre vasos rotos, ha sido amplificada en las últimas décadas por escuelas de negocios y directivos. El sistema métrico es el corto plazo, el sentido diario de la firma es un gráfico de Bolsa y la codicia, un casino global. Friedman respondía así en una entrevista: “¿Hay alguna sociedad que usted conozca que no se guíe por la avaricia? ¿Cree que Rusia o China no se guían por la avaricia? ¿Qué es la codicia? Desde luego, ninguno de nosotros es codicioso, solo lo es el otro. El mundo se guía a través de individuos que persiguen intereses distintos”. Esta es la línea editorial que hoy sigue escribiendo el destino de cientos de millones de seres humanos.

… “Desde mi punto de vista” —avanza Jeremy Lent—, “las transformaciones que necesita nuestra sociedad solo llegarán cuando los Gobiernos fuercen a las compañías a que en sus estatutos figuren obligatoriamente los principios sociales, medioambientales y financieros”.

… Otra opción sería crear una estructura que vigilara y obligase (la autorregulación nunca ha funcionado) a los directivos a hacer algo más que sobrealimentar los beneficios del accionista.

“No sabía lo que era el euríbor y mucho menos el IRPH”

Los derechos se defienden, de Meli Galarza, presidenta de la Asociación para la defensa de la Imagen Pública de las Mujeres y profesora asociada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga

Hace ya muchos años que comenzó mi activismo en el movimiento feminista. Hace el mismo tiempo que participo en encuentros donde se habla, se debate y se piensa en cómo afrontar la prostitución, esa lacra social. Lacra a la que hay quienes insisten en combatir desde la posición de la regulación. El propósito, aseguran, sería el de dar salida a situaciones extremas de pobreza, vulnerabilidad y explotación: la de las mujeres en situación de prostitución. El regulacionismo −pese a mi posición abolicionista− no me impide abordar este debate y confrontación (siendo feminista, además, sería imposible hacerlo).

Así que me gustaría comenzar con una aclaración: aquí no se trata de cuestionar decisiones individuales. Aquí se trata de acabar con un sistema bien arraigado y legitimado durante siglos. ¿Quién soy yo para decirle a una mujer si debe o no autodenominarse “trabajadora sexual” o prostituta? Evidentemente, nadie. Tampoco cuestiono a las mujeres que están en situación de prostitución, lo que cuestiono es el sistema prostitucional, la gran industria del sexo. ¿Por qué? Porque considero que atenta contra los derechos humanos y las libertades de las mujeres. Lo hago porque este sistema legitima la violencia sexual contra las mujeres, la violencia es de hecho el mecanismo que lo engrasa.

En este sentido, considero que la Universidad pública no debería ser un espacio para poner en entredicho derechos humanos conquistados, que están fuera de discusión. Las Jornadas previstas en la Universidad de A Coruña −bajo el título eufemístico de “Trabajo sexual”− legitiman este sistema. ¿Es admisible que una universidad se convierta en un lugar donde se sanciona culturalmente un sistema que atenta contra los derechos fundamentales de las mujeres? ¿Es digno que la Academia proponga una actividad donde la prostitución, que vulnera los derechos humanos, sea asumida como opción laboral posible para las mujeres? ¿Es esa perspectiva debatible?

Nosotras, las feministas, llevamos años denunciando la realidad de la prostitución, debatiendo con quienes sostenían otras posturas, argumentando que la prostitución es inaceptable. Y ahora nos vienen con que estamos “coartando” la libertad de expresión, la libertad de cátedra incluso. Echándonos la libertad a la cara, y obviando un concepto clave en la lucha de las mujeres: la igualdad. Igualdad, dignidad, integridad. Y es que estamos en una sociedad donde, si mínimamente se defiende un derecho colectivo, la avalancha de respuesta solo parece obedecer a un ilusiorio concepto de libertad individual. A veces, en el mejor de los casos, esa avalancha te interpela, cuando no te increpa, con insolencia. Cuando lo cierto es que sin igualdad social la libertad individual suena a quimera (¿o no sería más bien a “fake news”?).

No es que me moleste que se programen unas jornadas universitarias con semejante título, que dan por sentado que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera. Que también. Lo que me irrita en especial es la pasmosa facilidad con la que se ningunean los derechos de las mujeres en pro de un supuesto debate que, extrapolado a otros temas que afectaran a la población en su conjunto, ni se contemplaría. ¿Se imaginan unas jornadas dedicadas al “Tráfico y venta de órganos vitales”, por ejemplo? Con intervenciones de personas que han estudiado ese mercado, traficantes, vendedores y vendedoras, etcétera. ¿Qué derechos se debaten ahí, los de poder vender un riñón por necesidad? En fin.

La prostitución es la institución patriarcal por excelencia. La que permite a los hombres gozar del privilegio de disfrutar del cuerpo de cualquier mujer cuando lo desee, en cualquier tiempo y lugar. En lo que llevamos de siglo XXI se ha producido un hecho fundamental: el sistema prostitucional ha consolidado su alianza con el neoliberalismo imperante. Como resultado, puede decirse que la prostitución es la esclavitud del siglo en curso. Sería más adecuado, entonces, referirnos a estas jornadas como relativas al “Trabajo esclavo”. En esta hipotética propuesta académica intervendría la gente estudiosa de la cuestión, abordando las repercusiones de esta modalidad de esclavitud posmoderna en el mercado laboral, en el PIB y la economía del país. Se podría contar con personas esclavas trabajadoras, incluso. ¡Fíjense que no puedo imaginar un debate acerca de las “bondades” de la esclavitud!

En definitiva, la celebración de estas Jornadas era inadmisible. No se puede vender como libertad de expresión el debatir sobre la vulneración de los derechos humanos. Pasar por encima de estos derechos fundamentales no es una opción. El límite a un derecho fundamental está en otro, esto me lo enseñaron hace mucho. Es más, no todos los derechos gozan de la misma protección en el ordenamiento jurídico: la igualdad es un derecho fundamental y un valor superior jurídicamente. Y ninguna universidad puede poner en entredicho ese derecho. Menos aún con dinero público.

El capitalismo en la encrucijada, de Francisco Jose Bustos Serrano