Necedades papales

19/08/2011

No pocos jóvenes, por causa de su fe en Cristo, sufren en sí mismos la discriminación. Se les acosa, queriendo apartarlos de Él, privándoles de los signos de su presencia en la vida pública.

Y esto lo dice después de muchos días de ostentación de símbolos religiosos por todas partes. Resulta que hay sufridores adictos a los signos de la presencia de Cristo en la vida pública. Estos mártires de hoy ya no son como los de antes, ahora parecen más bien lloricas hipersensibles, victimistas que pretenden estar siendo acosados y discriminados porque no les dejan colocar su símbolo particular (que ellos pretenden universal) en el espacio común.

Hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o es malo, lo justo o lo injusto, decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias, dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso en cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios.

Tanta palabrería, trampa y demagogia de un presunto filósofo e intelectual además de Papa. Parece que en estos comentarios vaporosos, evanescentes e imprecisos no se atreve a llamar a las cosas por su nombre: no dice “crucifijos en espacios y colegios públicos” que algunos creyentes quieren seguir dominando; no dice “aborto” ni “eutanasia”.

Construye un hombre de paja con esos “muchos que, creyéndose dioses”: ¿por qué no pone a alguien de ejemplo, ya que son tantos? ¿Cómo sabe que se creen dioses? ¿Tiene el Papa acceso privilegiado a las mentes ajenas y sabe lo que creen? ¿Puede referirse a los ateos? Pero si los ateos aseguran que no hay dioses ¿cómo van a creerse a sí mismos dioses? ¿Uno puede creerse dios sin haber hecho ningún milagro o crear algo de la nada? En realidad se trata de la típica crítica absurda del creyente a quien no cree en ningún dios: si no te sometes a la divinidad debe ser porque estás endiosado.

Las raíces de un árbol y los cimientos de un edificio son partes del árbol y del edificio: no es tan raro ser autoconsistente. Quizás es que los que necesitan muletas creen que todo el mundo necesita muletas. Los seres humanos son sociales, culturales e interdependientes: heredan una historia que pueden aprovechar. Pero quizás parte de esa herencia, concretamente la superstición religiosa, sea prescindible o incluso nociva. Necesitar a otros no es equivalente a necesitar a divinidades imaginarias inexistentes. La moral es algo natural, no sobrenatural.

Resulta curioso que un propagador de superstición pretenda defender la verdad. Uno no decide lo que es verdad o no sino que lo descubre, pudiendo equivocarse. Descubrir por sí solos lo que es verdad ¿es imposible si se utilizan criterios correctos de comprobación, verificación o falsificación como la observación y el razonamiento? ¿O es que hay que defender que sean otros los que decidan por mí qué es verdad? ¿O recurrir a una presunta revelación como única fuente válida de certeza? Los dogmas de fe ¿son verdad? Trinidades, creaciones, resurrecciones, concepciones inmaculadas y virginales, ascensiones…

Lo bueno y lo malo tienen una fuerte componente subjetiva y relativa: no se trata de algo absoluto, ni de algo arbitrario. Cada uno es probablemente quien mejor sepa lo que es bueno o malo para él. Pero es muy común que algunos pretendan imponer a otros sus preferencias particulares calificándolas como bienes o males objetivos.

Lo justo y lo injusto dependen del criterio de justicia que se use: ¿igualdad formal ante la ley?; ¿igualdad material mediante la ley?; ¿justicia divina?

Sobre decidir quién es digno de vivir, en clara referencia a la eutanasia, Ratzinger parece no distinguir la posibilidad de que uno decida por sí mismo el fin de su vida y solicite la ayuda de otros: ¿qué más preferencias habría que considerar? ¿Le parecería aceptable este caso? Y si una persona no puede decidir por sí misma, la única alternativa es que otra decida en su nombre.

Lo de dar pasos al azar, sin rumbo, y por impulsos ¿cómo casa con lo de creerse dioses? Los dioses son omnipotentes y omniscientes, no dejan nada al azar y no tienen simples impulsos. Y como son omnipresentes no necesitan desplazarse. Sobre los impulsos, ¿son siempre malos? ¿No tendrán algo que ver con la espontaneidad? ¿No había alguien que recomendaba ser como niños?

Naturalmente el pastor habla para el rebaño de seguidores convencidos, ya que la fe religiosa es el autoengaño compartido que cohesiona un colectivo: refuerza el lazo e intenta que no se le escape ninguno y se dé cuenta de que es perfectamente posible “una libertad sin Dios”, y sin sus presuntos representantes, decidiendo y pensando por sí mismo y con horizontes reales, no ficticios.