La natalidad, ¿bien de Estado?

12/03/2012

Mary-Lys Urueña es presidenta de la asociación 85 Broads España; Ana Requesens Moll es miembro del consejo asesor de 85 Broads España y de Zonta España. 85 Broads es una red exclusiva y discriminatoria, solamente para mujeres de alto nivel: imagino que es legal, y me pregunto si existe algo equivalente sólo para hombres; sospecho que no.

Ambas afirman:

… nunca es demasiado tarde para llegar a ser la sociedad que querríamos haber sido… En el caso de las mujeres, nuestras sociedades no han alcanzado el punto donde la mujer pueda hacer una aportación económica equiparada a su preparación y capacidad profesionales.

Las autoras hablan como si representaran a toda la sociedad y supieran lo que esta quiere, o como si fueran la misma sociedad hablando. ¡Eso es humildad!

¿Qué se entiende por “aportación económica”? ¿Sólo aquello que se produce e intercambia en el mercado? Porque hay aportaciones que se realizan de forma gratuita o que no se intercambian por dinero, pero que son económicas en el sentido de que implican elecciones que tienen costes de oportunidad: tener hijos y criarlos, por ejemplo.

… hay un porcentaje elevado de mujeres cualificadas que renuncian a trabajos, a ascensos y a perseguir con concentración absoluta el éxito laboral porque no desean sacrificar la crianza de sus hijos. Esta decisión disminuye significativamente las perspectivas profesionales y la estabilidad económica de estas mujeres. Sin embargo, la natalidad es un bien de Estado. La sociedad necesita que nazcan niños que en un futuro puedan financiar con sus aportaciones a la Seguridad Social el gasto de las pensiones. El valor de la aportación que realizan las mujeres (o los hombres si así fuera) cuando dedican varios años a criar a sus hijos y a gestionar el hogar fue estimado por el Departamento de Estadística de EEUU en 1995 en 125.900 dólares anuales. Si un país decidiera externalizar este trabajo, no habría fondos para pagarlo.

Toda elección implica costes. Algunos de estos costes se refieren al futuro: no invertir en capital humano implica peores perspectivas profesionales futuras y menores ingresos. Esto le sucede a todo el mundo, no solo a las mujeres.

La natalidad no es un bien de Estado. Pero siempre que alguien quiere promover algo a costa de otros, lo declara bien común. Por la cara.

El sistema actual de pensiones es esencialmente un fraude piramidal: la solución al problema de las pensiones pasa por capitalizarlas y privatizarlas, no por empeñarse en captar nuevos primos que se apunten a la estafa. Y si hacen falta nuevos contribuyentes, quizás sea mejor idea recurrir a la inmigración, especialmente si se trata de trabajadores ya formados, en lugar de producir bebés que implicarán grandes costes de alimentación, protección y educación.

La sociedad invierte en formar a mujeres tanto como a hombres (y ellas devuelven la inversión con brillantes resultados académicos) pero recoge, desde el punto de vista económico, pobres resultados, comparativamente hablando, de su población femenina. Las estadísticas muestran más allá de toda duda que la mujer está infrarrepresentada en la realidad profesional a niveles altos. Así, parece que la sociedad no rentabiliza la inversión que realiza para formar y preparar a sus mujeres.

De aquí podría deducirse, de forma políticamente incorrecta, que no conviene subvencionar la formación de las mujeres, porque no son rentables. Pero las autoras no van por ahí, claro.

Las razones de esta asimetría son estructurales. No existen en nuestro país medidas efectivas que pongan en valor la contribución de las mujeres a la sociedad cuando deciden dar prioridad a su familia durante un tiempo, en detrimento de otros intereses profesionales que les pudiesen resultar más rentables a nivel individual. Tampoco existen medidas efectivas que permitan que los hombres se impliquen más en la crianza de los hijos y la gestión de todos los aspectos de la vida doméstica. Uno pensaría que las primeras interesadas en corregir esta situación serían las mujeres más preparadas y que sin embargo acaban en muchos casos dejando de lado su vida profesional por cuidar lo que en algún momento de sus vidas consideran su prioridad: a sus hijos. Estas mujeres, desbordadas por las exigencias que conlleva el simultanear su carrera con la maternidad, se ven en la tesitura de escoger, no tienen la capacidad de hacer una brecha sustancial en el statu quo y acaban decantándose por dar prioridad al ámbito familiar. Con ello, la sociedad pierde uno de sus mayores activos.

Lo de “contribuir a la sociedad” refleja un pensamiento típicamente colectivista incapaz de ver que los beneficiarios o perjudicados de las acciones humanas son individuos concretos: las mujeres no producen hijos para la sociedad.

Si los hombres se implican menos en la crianza de los hijos y en las tareas domésticas tal vez es porque la división del trabajo es eficiente y las familias llegan a acuerdos que les resultan subjetivamente óptimos.

La sociedad no pierde uno de sus mayores activos cuando algunas mujeres se concentran en el cuidado de su familia y su hogar: los activos se miden por el valor que generan, y esas mismas mujeres están mostrando qué tiene más valor para ellas. El resto de la sociedad puede preferir más mujeres generando bienes y servicios en vez de cuidando de sus hijos, pero estas valoraciones no dan derecho a redistribuir la riqueza de unos para satisfacer los deseos de otros.

Más allá de las diferencias ideológicas, hay aspectos que nos interesan a todas las mujeres, como la igualdad salarial por igual trabajo, la conciliación de horarios laborales, la erradicación de la violencia de género o incentivar la corresponsabilidad en la crianza de los hijos y la gestión doméstica. Sin embargo, las mujeres que estamos en puestos de toma de decisiones, ya sea en la política o en otros ámbitos, no estamos trabajando lo suficiente para lograr unidas estos objetivos. Tal vez sea porque las mujeres que llegan a la cima en sus profesiones, no en todos los casos pero sí en general, han de adoptar un papel que tradicionalmente ha sido representado por los hombres que ellas ahora perpetúan.

Las autoras no conocen los problemas que interesan a todas las mujeres, porque no conocen a todas las mujeres. La igualdad salarial por igual producto del trabajo tiende a conseguirse con un mercado libre, igual que la conciliación de horarios y la erradicación de la violencia de género. La corresponsabilidad del cuidado de los hijos y del hogar parece una obsesión de algunas mujeres que no parecen capaces de aceptar que otros puedan llegar a acuerdos diferentes; o quizás es una forma muy indirecta de obligar a sus parejas concretas a participar en las tareas domésticas, obligando a todo el mundo a hacerlo.

¿Cómo tendría que ser la sociedad para que las mujeres no tuvieran que realizar elecciones injustas para ellas y nocivas para la sociedad cuando los hijos no deberían ser sólo responsabilidad de sus madres?

Las autoras pretenden un conocimiento y una autoridad moral de los cuales carecen: ni entienden qué es una elección injusta si parecen saber relacionar deberes y responsabilidades. Se limitan a asegurar que los hijos no deben ser responsabilidad sólo de sus madres. Y de nuevo hablan en nombre de la sociedad y de los que es bueno o malo para ella.

En Estados Unidos, las medidas de acción afirmativa, que consideran factores como el género, la raza o la religión para asegurar que todos los sectores de la población están representados de forma equitativa en las universidades y en los lugares de trabajo han logrado revertir en cierta medida el sistema de cuotas tradicional, donde la ventaja comparativa recaía de forma generalizada en los varones de raza blanca. Uno de los frutos más claros del sistema de acción afirmativa es que, hoy, Estados Unidos tiene como presidente a un afroamericano. Desde aquí defendemos que un sistema similar de cuotas, utilizado hasta que la balanza entre sexos esté más equilibrada en el ámbito profesional, podría beneficiar a las mujeres y a otros grupos de población que son discriminados en términos de acceso y ascenso en el mundo laboral.

Otros lo hacen, pero quizás no aciertan.

Es curioso criticar la discriminación que puede ser justa y eficiente y proponer “remediarla” con otra discriminación, la cuota obligatoria, injusta e ineficiente.

Las profesoras Claudia Goldin, economista de la universidad de Harvard, y Cecilia Rouse, de la Universidad de Princeton, estudiaron hace tiempo los efectos de realizar las audiciones con pantalla a candidatos a las orquestas sinfónicas de este país. Su estudio probó que cuando se usa una pantalla, las candidatas son elegidas un 50% más que cuando no se utiliza la pantalla en las primeras rondas de selección. En las rondas finalistas, el incremento en la selección de mujeres es de un 300%. El uso de pantallas en las audiciones incrementó la participación de mujeres en las orquestas de 5% al 36% en 20 años.

¿Y qué tiene esto que ver con un sistema de cuotas?

De todos es sabido que, en algunos países escandinavos, hombres y mujeres pueden dejar su puesto de trabajo durante varios años y percibir un salario por su trabajo de crianza, pudiendo volver después a su trabajo con ciertas garantías de continuidad, especialmente si trabajan en el sector público. Nosotras añadiríamos que si esas condiciones se extendieran a los hombres y al sector privado de forma uniforme estaríamos mucho más cerca de rentabilizar la inversión que la sociedad hace en la formación del 50% de sus ciudadanos, las mujeres.

“De todos es sabido”… Pues no, quizás haya gente que no lo sepa.

Hay una forma mejor de mejorar una inversión tan mala en la formación de mujeres: no hacerla. Y para evitar la discriminación sistemática, no hacerla tampoco para los hombres, claro. Qué idea tan horrible, que cada uno se pague su propia formación (o que sean los padres o benefactores quienes lo hagan): no es una idea nada socialdemócrata, no.

Asimismo, cuando los hombres sean capaces de sacrificar temporalmente su ascenso profesional para garantizar el bienestar de sus familias, habremos llegado a equilibrar la balanza de la aportación económica entre los géneros. Sin embargo, a día de hoy el éxito vital de un hombre sigue estando definido en gran medida por el nivel profesional que llegue a alcanzar. Una de las tristes consecuencias de esta falta de conciliación de la vida familiar con la profesional es que todos conocemos a hombres que llegados los cuarenta y los cincuenta lamentan no tener la relación que querrían con sus hijos y echan de menos aún más el haber disfrutado más de ellos cuando eran niños. En la tensión entre la realidad y el deseo, que todavía se vive con dolor en innumerables familias, todos pierden: a los niños les falta la atención que merecen y necesitan; las mujeres se sienten forzadas a tomar decisiones que no satisfacen ni sus necesidades profesionales ni las familiares; y los hombres se ven alienados de su faceta de padres y compañeros.

Qué majas son las autoras: también piensan en el bienestar de los hombres, que los pobres, alienados, olvidan a sus familias. Y qué lástima que no se limiten a expresar sus preferencias y sus consejos, sino que insistan en que deben equilibrarse todas las aportaciones (económicas, familiares) mediante la coacción política y herramientas como las cuotas femeninas.

Porque la natalidad es un bien de Estado, y porque nunca es demasiado tarde para ser la sociedad que podríamos haber sido, desde nuestras redes de mujeres profesionales invitamos a todas las mujeres y a la sociedad española a elegir crecer, aprender y trabajar para conseguir cambios que a todos beneficiarán.

Beneficiarán a todos, seguro: incluso a aquellos a quienes no se permita elegir en libertad. Pero qué bonito lo de elegir crecer y aprender: naturalmente, sólo si hacemos lo que ellas nos indican.