Manuel Pimentel y la venganza del campo

19/08/2009

Manuel Pimentel nos avisa de “La venganza del campo”:

No sabemos cuándo llegará, pero más pronto que tarde se presentará entre nosotros con sus fauces abiertas sedientas de venganza. Durante décadas los hemos despreciado, humillado, pisoteado. Al campo, a la agricultura, a la ganadería y al conjunto de sus gentes. Sector primario, lo definíamos, como sinónimo malicioso de elementales, primitivos, básicos. La sociedad posmoderna ignoraba a los productores agrarios, a los que benignamente sólo toleraba como cuidadores de un medio ambiente en el que solazarse. El campo ha desaparecido del debate público. Oímos a los políticos y a los gurús desgañitarse en el debate de la economía del futuro. ¿Alguien los ha oído alguna vez nombrar la agricultura? No. El campo ya no existe para las mentes pensantes. Todas dan por hecho que los productos agrarios sanos y baratos seguirán inundando los mercados. Se equivocan. Más pronto que tarde, el campo se vengará en forma de escasez de alimentos, que subirán de precio de forma brusca e inesperada. Que nadie se queje entonces. Entre todos estamos incubando ese monstruo a base de desprecios y desdén.

Lo de las “fauces abiertas sedientas de venganza” demuestra el rigor intelectual de este aspirante a pensador. El cual se acusa a sí mismo y a algunos más de desprecio, humillación y pisoteo: tal vez quiera entregarse junto con sus cómplices en la comisaría más cercana.

Lo de sector primario más que una malicia parece una descripción elemental de que es el primero históricamente (comer es muy importante), así que efectivamente es primitivo y básico: lo de elemental sorprende que lo diga un ingeniero agrónomo, tal vez sea una ingeniería facilita.

Como colectivista que es, Pimentel habla en nombre de la sociedad y la reprende por no atender adecuadamente a sus productores agrarios: el típico discurso de cualquier defensor de un grupo de interés (no nos hacen caso y somos muy importantes).

Pretende que la economía del futuro la van a diseñar los políticos con sus debates actuales: se nota que se ha decicado a la política, que le pareció “muy hermosa, tiene tantas cosas como personalidades humanas. Uno: la capacidad de hacer cosas influyentes, contribuir a transformar la sociedad. Dos: es una vida muy interesante, conoces a gente importante, estás en el corazón de la historia. También te da estatus, conocimiento”. Quizás los que sufren la política no la ven tan atractiva y lamentan su influencia y poder de transformación.

Aunque es empresario, parece no entender cómo funcionan los mercados (aunque el agrícola en Europa es tan intervenido que todo depende del capricho de los gobernantes). Si está tan seguro de que los alimentos escasearán, debe estar comprando opciones de compra sobre las materias primas agrícolas en los mercados de futuros, o acciones de empresas alimentarias, o tierras para cultivar… ¿Lo está haciendo? Jim Rogers, legendario inversor, recomienda la agricultura como inversión de futuro, pero no suelta estos sermones moralizantes tan pesados y ridículos.

Lo de “que nadie se queje entonces”, ¿es una orden o un acto de chulería? ¿Si no hacemos caso a este profeta del desastre agrícola vendrán grandes calamidades y ni siquiera podremos protestar? Pimentel parece creer que el campo no está aún suficientemente mimado, subvencionado y protegido: hace falta más, lo de la Política Agraria Común es “desprecio y desdén”.

Le llaman cadena de valor. El precio final que paga el consumidor debe retribuir a la cadena de supermercados, al fabricante, al transportista, al almacenista y finalmente al agricultor. ¿Adivina quién es el que menos percibe de esta cadena? Pues ha adivinado bien: es el que está al final, el proveedor de la materia prima, el más débil a la hora de negociar. Le dan tan poco que no puede ni cubrir gastos. Pongamos un ejemplo. Una camisa de algodón que cuesta 100 apenas si tendrá unos céntimos de hilo de algodón. Todo se queda en la marca, el diseño, los transportes, el comercio, el valor añadido de la cadena, etc. El costo de la materia prima agraria o ganadera es irrelevante. Tanto la política como la empresa exprimen sin piedad al agricultor, que contempla impotente la progresiva ruina de sus economías y familias. La sociedad canta ahora, por ejemplo, a las marcas blancas, sinónimo de una vuelta de tuerca más sobre el pescuezo de los agricultores.

Este hombre debe de tener muchos amigos en el sector agrícola y les está haciendo la pelota descaradamente. ¿Las empresas exprimen sin piedad al agricultor? Si tienen tanto poder ¿por qué le pagan algo en lugar de nada? ¿No existen otras empresas competidoras a las que ofrecer estos productos? Y si no existen ¿ese presunto enorme margen de beneficio no es un fortísimo incentivo para actuar empresarialmente y crear esas nuevas empresas que hagan que cada eslabón de la cadena de valor reciba en proporción a lo que aporta? Tal vez he olvidado que el agricultor sólo sabe ser agricultor, no puede hacer otra cosa, es impotente y sólo sabe arruinarse. Tal vez sea inaceptable que el sector agrícola sea cada vez más productivo con menos trabajadores.

Mientras esto ocurre, la expansión de las zonas urbanas e industriales -ubicadas normalmente sobre las tierras más fértiles- continúa devorando implacablemente la superficie agrícola, y la proliferación de infraestructuras, sigue arañando miles y miles de hectáreas cada año de tierras de cultivo. El factor tierra también se reduce por el crecimiento de instalaciones de energías renovables. Los paneles y los molinos también restan hectáreas de cultivo y pastos. Se nos podría contraargumentar que aún existen tierras abandonadas o vírgenes, pero la verdad es que son más escasas de lo que podemos pensar. Casi toda la superficie que se puede cultivar ya se cultiva, y el resto, o es infértil o se encuentra protegida. No podemos basar nuestro desarrollo en la deforestación masiva de los escasos bosques y zonas salvajes que nos restan. Lentamente, cada vez tenemos menos tierra para labrar.

Si el suelo tiene un precio de mercado libre, será raro que el más fértil deje de dedicarse a la agricultura (sólo lo hará si otros usos son aun más valiosos, lo cual no será ningún desastre). No es tan grave que cada vez haya menos tierra para labrar si esta se cultiva de forma eficiente. Y hoy día mucha tierra cultivada lo es solamente por los subsidios y los aranceles proteccionistas.

El segundo factor básico es el agua, y aquí el futuro es aún más sombrío. Sin adentrarnos en las teorías del cambio climático, y aún contemplando el mantenimiento del clima tal y como lo conocemos, la cantidad de agua destinada a la agricultura disminuye año a año. Las modernizaciones de los regadíos podría ser una causa positiva, pero la principal es la rivalidad de usos. El ingente consumo urbano, turístico e industrial del agua -todos ellos antepuestos al agrícola- hace que cada año los agricultores dispongan de menos agua para sus cultivos. La escasa rentabilidad de sus producciones también limita al máximo su consumo.

Ya va siendo hora de que los agricultores paguen por el agua un precio de mercado. Tal vez entonces su actividad no sea rentable: qué lástima.

Es en el tercer factor, las técnicas de cultivo y la investigación en las variables de producción donde aún podemos cifrar nuestras esperanzas. Todavía queda camino por recorrer para incrementar la productividad por hectárea. Pero los actuales precios basura impiden financiar la innovación. Tan sólo si el campo vuelve a la rentabilidad, la investigación podrá azuzarse.

¿Precios basura? ¿Acaso no acaba de haber una burbuja en los precios de los productos agrícolas? ¿No está Pimentel anunciando precios altísimos para un futuro cercano inminente?

Todos los alimentos -y digo bien: todos- provienen del sector primario. Ni toda la química ni electrónica del momento han logrado producir ni un solo gramo para comer. Hemos olvidado algo tan elemental como el que tenemos que comer todos los días. No debemos permitir que el campo siga muriendo. Los precios deben reajustarse, y en los planes económicos, el sector primario debe tener un peso propio. Algunos países, como China, están comprando masivamente tierras en terceros países. Quieren inmunizarse ante la venganza del campo. ¿Qué hacemos nosotros? Pues nada. Así nos irá.

Naturalmente que la química puede producir algún que otro gramo para comer. Pimentel no dice bien prácticamente nada. La gente no es tan tonta que olvide que suele comer todos los días; bueno, quizás Pimentel y los suyos sí, ya que habla en primera persona del plural y dado lo que escribe en este artículo es fácil estimar en exceso su inteligencia.

No debemos permitir que el campo siga muriendo. No debemos permitir que la industria siga muriendo. No debemos permitir que el sector servicios siga muriendo. No debemos permitir que el turismo siga muriendo. No debemos permitir que la cultura siga muriendo.

Pimentel nos está dando una orden, nos prohíbe dejar de subvencionar al campo. Exige que los precios se reajusten (aunque olvida mencionar que tiene que ser al alza según sus preferencias), y planes económicos (¿anuales? ¿quinquenales?) para el sector. Nos recomienda la conducta estatista china, según la cual el Estado compra terrenos. Olvida mencionar el caso del faraón egipcio y sus almacenes de grano.

Todo esto, por alguien que pretende que sus referencias intelectuales son “el individuo, la iniciativa, la libertad individual”.