Manipulación moral vs. liberalismo

12/03/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los seres humanos actúan según sus preferencias y capacidades subjetivas, persiguen objetivos valiosos, asumen costes, tienen en cuenta normas de diversos tipos, se preocupan por su reputación, valoran de forma selectiva y limitada el bienestar de otros individuos y consideran las consecuencias de sus actos para los demás. Ciertos comportamientos se automatizan parcialmente como hábitos positivos o negativos: virtudes o vicios. Las personas valoran también las conductas ajenas y las juzgan según diversos criterios o principios. Una parte importante de la conducta humana sirve para influir sobre otros y así participar en el control de la acción ajena implantando valoraciones y reglas en sus mentes.

La moral (y su estudio como filosofía moral o ética) tiene que ver con estos tres ámbitos: valoraciones, reglas y hábitos. Los individuos tienen sentimientos morales que influyen sobre su conducta: promueven la cooperación y la ayuda mutua y defienden de parásitos y tramposos. Además las personas hablan y razonan sobre la moralidad, argumentan qué acciones y leyes están justificadas y cuáles son ilegítimas, si son compatibles o incompatibles con principios abstractos de alto nivel. El lenguaje moral fomenta ciertas conductas y rechaza otras.

Los debates morales pueden tener atributos propios de la auténtica exploración intelectual: objetividad, lógica, racionalidad, imparcialidad, uso de evidencia empírica. Sin embargo a menudo los moralistas ideológicos o religiosos, de izquierdas, derechas o centro, son hipócritas manipuladores con pocos escrúpulos o necios que fuerzan y distorsionan los razonamientos y cometen errores de argumentación para alcanzar conclusiones deseadas que convienen a sus intereses o preferencias particulares: mejorar su imagen pública, conseguir algún privilegio para algún grupo, mantener una estructura social opresora y a alguna élite en el poder. El sermoneo moral incluye diferentes variantes, desde el fanatismo intransigente, intolerante y radical hasta el buenismo tontorrón que sólo propone que seamos buenos y que lo que en el fondo importa es la actitud y la intención (y no los resultados).

Es común que preferencias, normas y hábitos se entremezclen y confundan en el discurso moral al hablar de valores. Se mencionan valores absolutos sin aclarar de qué se trata, si son normas inviolables o cosas que todo el mundo quiere sin importar los costes. Se repiten de forma acrítica múltiples obligaciones y prohibiciones sin explicar su origen y funcionalidad, o insistiendo en que están escritas, proceden de la divinidad o son por el bien común. Se le dice a la gente no sólo qué debe o no puede hacer, sino también qué debe o no puede querer, desear o preferir. Se afirma que algo es bueno o malo como si fuera un atributo objetivo, obviando a los agentes que lo valoran así o no, que lo aceptan o lo rechazan, que lo desean o no de forma subjetiva, relativa y dinámica. Se olvida que la acción se basa en preferencias relativas, no absolutas, porque siempre hay que asumir costes y renunciar a algo. Se dice que algo está bien o mal en lugar de afirmar que está permitido o prohibido.

Se recurre a grandes palabras sin aclarar su significado o forzándolo de forma demagógica: se equipara justicia a igualdad, normalmente de resultados y no ante la ley; se demoniza la desigualdad aunque esta pueda ser merecida; las desigualdades se presumen inaceptables sin indicar quiénes no son capaces de aceptarlas; se fomentan la envidia y el igualitarismo al tiempo que se promueven leyes desiguales con privilegios para algunos; se confunde libertad como ausencia de interferencia violenta en las decisiones con el poder efectivo o la disponibilidad de medios para actuar; se asegura que todo el mundo sabe que algo es bueno o malo, por lo cual no hace falta investigarlo o discutirlo; se insiste en que el principal valor ético es la solidaridad y esta se impone por la fuerza sin permitir que los individuos decidan a quién y cómo desean ayudar o no.

Se promueve la paz pero se roba sistemáticamente, denominándolo eufemísticamente redistribución. Se le dice a la gente que puede elegir pero que no puede discriminar sistemáticamente según determinados criterios. Se trata a los ciudadanos como niños incapaces de decidir algunas cosas por sí mismos, como qué sustancias introducir en su propio cuerpo, pero se les permite elegir a sus paternalistas gobernantes. Se asegura que algo es injusto cuando simplemente no gusta (justo es gusto). Se recurre a la indignación moral con completa desvergüenza simplemente para negociar mejores condiciones (el salario no es digno). Se critica al empleador, presunto explotador, y se beatifica sin más al empleado. Se deslegitima el ánimo de lucro como si los beneficios fueran malos y las pérdidas buenas. Se asegura que se actúa por el bien común y en servicio de todos mientras que se exige recibir más y entregar menos.

El liberalismo es impopular porque no busca halagar, trampear o engañar. Defiende normas universales, simétricas e iguales para todos, y que sean funcionales, que sirvan para coordinar la sociedad, para permitir y fomentar el crecimiento y el desarrollo de los individuos, para evitar, minimizar o resolver conflictos. Libertad es no agresión y respeto al derecho de propiedad, es tolerancia y responsabilidad: no actuar violentamente contra lo que no te gusta, asumir las consecuencias de tus actos, pedir ayuda pero no exigirla, compensar los daños causados a otros. Derechos y deberes positivos surgen de los contratos voluntariamente acordados y no pueden imponerse a las partes no explícitamente interesadas.


Mario Vargas Llosa sobre los liberales

26/01/2014

Mario Vargas Llosa ha escrito un interesante y muy recomendable artículo sobre el significado del liberalismo.

Pero algunas de sus afirmaciones son problemáticas o erróneas.

En nuestros días, liberal y liberalismo quieren decir, según las culturas y los países, cosas distintas y a veces contradictorias. El partido del tiranuelo nicaragüense Somoza se llamaba liberal y así se denomina, en Austria, un partido neofascista. La confusión es tan extrema que regímenes dictatoriales como los de Pinochet en Chile y de Fujimori en Perú son llamados a veces “liberales” o “neoliberales” porque privatizaron algunas empresas y abrieron mercados. De esta desnaturalización de lo que es la doctrina liberal no son del todo inocentes algunos liberales convencidos de que el liberalismo es una doctrina esencialmente económica, que gira en torno del mercado como una panacea mágica para la resolución de todos los problemas sociales. Esos logaritmos vivientes llegan a formas extremas de dogmatismo y están dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación.

Habría sido muy informativo que Vargas Llosa diera algún ejemplo o nombre de estos “logaritmos vivientes” (¿se refiere a economistas con fuerte componente matemática?), extremistas dogmáticos, defensores de la “panacea mágica” del mercado, si es que en realidad existe alguno.

Menciona Vargas Llosa a

algunos gobiernos socialistas, como el de Felipe González en España o el de José Mujica en Uruguay, que, en la esfera de los derechos humanos, han hecho progresar a sus países reduciendo injusticias inveteradas y creando oportunidades para los ciudadanos de menores ingresos.

Sin embargo no explica qué entiende por derechos humanos, de qué injusticias se trata ni cómo se han creado esas oportunidades: tal vez ha sido a costa de otras oportunidades y de la libertad de los mismos u otros ciudadanos. Los “socialistas” hacen progresar a sus países cuando no son realmente socialistas.

Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada.

Un valor puede entenderse como una preferencia o como una norma. El liberal prefiere la libertad como principio ético y de organización política frente a otras ideas como la igualdad o la solidaridad. Como norma suprema, la libertad significa que solo las agresiones contra la propiedad privada y el incumplimiento de los contratos deben estar prohibidos y sancionados.

Lo de que la libertad es una e indivisible suena muy bonito y grandilocuente. Sin embargo la libertad es perfectamente divisible, y precisamente por eso puede hablarse de libertad política, económica, social, cultural, religiosa, sexual, personal… Es posible no violar ninguna, violar una, algunas o todas. Las leyes liberticidas suelen prohibir cosas más o menos concretas y no todo a bulto. Tal vez la violación de la libertad en un solo campo ponga en peligro a la libertad en todos los demás, pero esto sólo es una posibilidad y no una necesidad.

Los liberales creen que el Estado pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades públicas.

Más que creerlo, los liberales lo saben. Con todas las limitaciones que pueda tener el conocimiento humano, pero no se trata de una mera opinión o creencia sin fundamento teórico o empírico.

La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica sino en estrecha colaboración con la sociedad civil.

¿La educación y la salud competen al Estado? ¿Por qué esos ámbitos sí y otros no? ¿Las pensiones y la dependencia no competen al Estado?

Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el sistema democrático.

Totalmente cierto. Pero los esclavos y oprimidos podían desear reformas rápidas aunque provocaran todos esos problemas. Tal vez los frustrados y culpables de los desórdenes son parásitos liberticidas temerosos de perder sus privilegios y lo mejor que puede hacerse es reconocerlos como tales, denunciarlos y enfrentarse a ellos.

Tolerancia quiere decir, simplemente, aceptar la posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.

Esta tolerancia epistémica frecuentemente mencionada en realidad tiene poco que ver con la auténtica tolerancia liberal, que consiste en permitir que otros hagan, en el ámbito de su propiedad, cosas que me disgustan y que un liberticida intentaría prohibir.

Es natural, por eso, que haya entre los liberales discrepancias, y a veces muy serias, sobre temas como el aborto, los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no hay verdades reveladas.

Sobre estos temas a menudo hay discrepancias porque se utilizan argumentaciones erróneas. También las hay porque algunos sólo son presuntamente liberales y su tolerancia flaquea en ciertos ámbitos (drogas, sexo).

Para los liberales no hay verdades reveladas simplemente porque no hay verdades reveladas. Lo que algunos defienden como verdades reveladas en realidad no son reveladas, y probablemente no son verdades (o porque son falsas o porque ni siquiera tiene sentido asignarles un valor de verdad).


El lenguaje antiliberal

28/04/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

A menudo se enseña a los niños a no mentir, porque la falsedad va contra la naturaleza de la comunicación, y no se les explica mucho más acerca de la funcionalidad del lenguaje. Algunos pensadores, poco conocedores de su naturaleza evolutiva, parecen creer que el lenguaje humano sólo sirve (o sólo debería servir) para describir con precisión, claridad y concisión la realidad y compartir información de forma imparcial y desinteresada. Bastantes personas ignoran cómo el lenguaje se utiliza para la manipulación.

El lenguaje es una herramienta cognitiva que sirve para la interacción, el acoplamiento, la cohesión y la coordinación social (saber qué hacer juntos y cómo organizar las tareas). Algunas teorías evolutivas del lenguaje explican que el lenguaje puede surgir en sujetos aislados que no necesitan coordinarse con otros individuos: pero incluso entonces su utilidad es la comunicación entre diversos subsistemas de la sociedad de la mente, que no pudiendo comunicarse internamente de forma directa dentro del cerebro lo consiguen mediante un área de memoria de trabajo común o incluso saliendo al exterior mediante la expresión verbal y volviendo a entrar mediante la audición.

El lenguaje permite la transmisión racional de información objetiva, expresando hechos verdaderos acerca del mundo real, pero esa no es su única función ni su aspecto principal. El habla es una acción y también un medio para la acción: al hablar el emisor actúa sobre los receptores, influye sobre ellos, altera su estado mental, provoca emociones y cambia su conducta.

Estas interacciones y sus efectos pueden ser inconscientes o involuntarios, como cuando un miembro de un grupo percibe una amenaza, siente miedo y emite un grito que alerta y asusta a los demás, que pueden prepararse o escapar. Conforme los animales se hacen más inteligentes y conscientes perciben las relaciones entre las expresiones verbales y los efectos que producen en los demás, aprendiendo a utilizarlas en su propio beneficio (en ocasiones mediante el engaño y la distorsión de los mensajes). El hablante se transforma en un persuasor o seductor, que intenta provocar diversas acciones de sus oyentes para así utilizarlos como medios para la obtención de sus propios objetivos. Los sujetos participantes en actos comunicativos también pueden aprender a defenderse de la manipulación ajena, no creyéndose todo lo que les dicen o sospechando intereses ocultos. La existencia del lenguaje origina una carrera de armamentos evolutiva, desarrollando progresivamente mejores habilidades para su uso y para la defensa ante su abuso.

Los agentes sociales deben resolver problemas de coordinación de sus acciones grupales y de gestión de la confianza para la cooperación. Al actuar como un todo el grupo necesita tener un objetivo común, una sintonía o coherencia que permita que los esfuerzos vayan en la misma dirección y se potencien o complementen mutuamente en lugar de interferir de forma destructiva. Esta meta puede ser propuesta por algún individuo que intenta convencer a los demás de la conveniencia o necesidad de realizar alguna acción; otras personas pueden tener otras ideas diferentes, posiblemente incompatibles, y cada uno argumenta de forma competitiva según sus preferencias y creencias.

Pero el lenguaje que manifiesta la argumentación puede ocultar los intereses reales de cada sujeto. Sea o no sincero el orador que intenta animar a una acción colectiva (su intención no declarada podría ser egoísta y no altruista como pretende), su discurso se refiere al bien común, al interés ajeno (todo es por el bien de los oyentes): habla en plurales colectivos (debemos, queremos) o con formas impersonales (hay que, es necesario). El individuo puede fracasar en su intento de motivar y coordinar la acción social, pero al menos da una buena imagen de altruista interesado en los demás, un elemento en sintonía con el grupo.

Los grupos de interés se basan en alianzas que precisan fidelidad: los miembros necesitan emitir sistemáticamente mensajes que muestren su compromiso por la causa común. El individuo habla bien de su grupo no sólo para presentarse de forma positiva al exterior sino también para manifestar su adhesión. Los miembros de un grupo hablan para animarse y apoyarse mutuamente y para desacreditar a sus enemigos. Las ideas (por ejemplo las religiones), ciertas o falsas, sensatas o absurdas, sirven como cohesionadoras de los grupos, de modo que se fomenta la expresión de las creencias comunes y se penalizan los mensajes críticos que pueden perjudicar al grupo, especialmente si son ciertos.

La hipocresía es un rasgo natural en los agentes cooperativos que compiten por el estatus social. La comunicación sirve para hacer relaciones públicas, para presentarse ante los demás como un buen cooperador y así ganar el aprecio de los otros. La competencia por el estatus lleva a llenar el lenguaje de expresiones de buenos deseos hacia los demás, como los saludos rutinarios. Muchos mensajes sólo sirven para demostrar el reconocimiento y respeto hacia el otro, y estos hábitos se dan por supuestos, de modo que quien no los practica parece no ser neutro frente a los demás sino que aparenta desinterés y provoca emociones negativas, de rechazo. Aunque a menudo se mencionen sentimientos inexistentes, al no hablar de sentimientos parece que no se tienen.

La acción colectiva, especialmente a gran escala, a menudo implica algún perjuicio para otros (una típica actuación como un todo en los grupos es la guerra), sean miembros del propio grupo o de otros grupos. Los dirigentes simplemente declaran que sus actuaciones son por el bien común (o por el bien de los más débiles y necesitados) y no aceptan los deseos de los discrepantes de no participar: tal vez les dejan hablar o incluso votar, para desahogarse de forma inofensiva, pero no les permiten no contribuir una vez que el poder, sea en forma de mayorías o de minorías bien organizadas, ha decidido (la posibilidad de salida disminuiría drásticamente el poder de la acción colectiva). El crítico de la acción grupal, sea por escrúpulos ante la agresión contra otros o por ser víctima perjudicada, corre el riesgo de ser tachado de egoísta o traidor.

El lenguaje de las ciencias sociales, la descripción objetiva de la realidad humana, especialmente de hechos que cuesta asumir, resulta a menudo impopular, y se atiende más a los demagogos que apelan a las emociones, estimulan prejuicios enraizados y realizan bonitas promesas: la expresión de la preocupación por el bienestar ajeno suele importar más que el análisis intelectual de la realidad (porque son los intereses y las emociones, y no la búsqueda de la verdad, lo que en general mueve a la gente). Un parado puede ser técnicamente un trabajador potencial sin empleo a causa del intervencionismo estatal, pero resulta más evocativo presentarlo como un drama personal de angustia, incertidumbre y necesidad de ayuda.

El liberalismo enfatiza la no agresión y exige que la cooperación sea voluntaria y descentralizada pero no anima a ninguna cooperación concreta para ningún proyecto específico: algunos necios pueden acusarlo de promover la indiferencia, de defender privilegios de los poderosos o de estar a sueldo de intereses inconfesables. Es una filosofía política realista y sincera que no intenta ganar concursos de popularidad apelando constantemente a buenos sentimientos de solidaridad que casi siempre sirven para camuflar la coacción institucional.

El liberal puede intentar contrarrestar la demagogia colectivista y las tendencias liberticidas del uso del lenguaje de diversas maneras: explorar lo que no se dice, porque se calla intencionadamente (malicia) o porque no se piensa en ello (ignorancia); investigar las consecuencias de lo que se propone; llamar la atención sobre posibles estrategias de distracción de la atención; preguntar en nombre de quién se está hablando cuando se usan formas plurales, a quién pretende representar el orador (o es que no sabe hablar en primera persona); pedir precisión y concreción para evitar las vaguedades de términos que sólo se usan por sus connotaciones positivas o negativas; llevar más allá el mensaje lanzado, enfatizándolo aun más, para comprobar que es absurdo; preguntar sobre las acciones concretas que el sujeto está realizando por los demás, el ejemplo que debería estar dando ya que muestra tantos buenos sentimientos y reclama que todos ayuden; indagar si el sujeto pretende ser un desapasionado analista científico o un activista o agitador interesado.


Tonterías de Pablo Pardo sobre el liberalismo

19/11/2009

Pablo Pardo no da crédito: tal vez porque carece de él.

Adam Smith habló de la ‘mano invisible’, o sea, de cómo la oferta y la demanda redundan en bien para toda la sociedad. En el Valle de San Fernando (o, como se le conoce coloquialmente, el Valle de San Pornando, por ser la capital mundial del porno) lo de la mano es demasiado obvio. Paseando por aquí me he acordado al economista de la Escuela Austriaca (es decir, admirador de Hayek y, por tanto, de Adam Smith) Peter Leeson, que ha escrito un libro de éxito titulado ‘El garfio invisible’, en el que explica la piratería (de ahí el garfio) desde los postulados del liberalismo clásico.

Aparte de que uno se acuerda de algo o recuerda algo, la “explicación” de la mano invisible es más bien pobre. Pretender que por ser economista de la Escuela Austriaca se debe ser admirador de Adam Smith revela que no se sabe gran cosa de la Escuela Austriaca, ya que algunos de sus miembros (Murray Rothbard, Jesús Huerta de Soto) son, con razón o sin ella, muy críticos con Adam Smith; admirar a Hayek no implica admirar a Smith.

Peter Leeson no explica la piratería desde los postulados del liberalismo clásico, sino desde la racionalidad económica de los piratas. El liberalismo clásico se basa en el respeto a los derechos de propiedad, algo que los piratas no practicaban, al menos respecto a sus víctimas.

El Valle de San Pornando es la quintaesencia del liberalismo (eso sí, no del liberalismo iusnaturalista): la industria dominante aquí ha crecido sin ayudas públicas—más bien con la hostilidad de los podres públicos—y, sabedora de que cualquier error podía acabar con la policía llevándose a sus directivos a comisaría, ha desarrollado códigos de buenas prácticas (no los llamaré éticos) muy estrictos. Por ejemplo, la filmación de determinadas aberraciones queda para la industria del Este de Europa. Ciertamente, la Nobel de Economía Elinor Ostrom debería venir a estudiar la gestión colectiva del morbo del Valle de San Fernando y dejarse del Tribunal de las Aguas de Valencia.

Tal vez se crea muy gracioso este periodista al describir la esencia del liberalismo, pero ¿está seguro de que la industria del porno no es compatible con el iusnaturalismo? Tal vez es que Pablo Pardo cree que el iusnaturalismo consiste en puritanismo de inspiración religiosa, lo cual de nuevo muestra que no está muy enterado acerca de la investigación sobre ética del liberalismo: quizás por eso no puede llamar éticos a los códigos estrictos de buenas prácticas (le ha faltado el chiste de llamarlos códigos inmorales).

Probablemente Elinor Ostrom ignore sus recomendaciones.

Así que Adam Smith, Friedrich Hayek y Karl Popper viven en el Valle de San Pornando. Ahora sólo queda ver cuánto van a tardar en mudarse a Internet.

Tal vez no sea el Adam Smith de “La teoría de los sentimientos morales”, ni el Friedrich Hayek que estudiaba el sustrato moral evolutivo de la sociedad. En Internet sus obras llevan ya tiempo presentes, pero a necios como Pablo Pardo no les llega la inteligencia como para entenderlos mínimamente.

 


José Vidal-Beneyto contra el individualismo liberal

11/05/2009

José Vidal-Beneyto, sociólogo, es un claro ejemplo de un “intelectual” cortesano siempre dispuesto a justificar de algún modo la colectivización, la politización al más alto nivel y la restricción de la libertad individual, la cual obviamente desprecia. Su estilo de escritura es formalmente ampuloso y pretencioso, poco claro y argumentativamente débil. Sustituye el análisis riguroso con múltiples referencias de lecturas de las que no parece aprender gran cosa más que confirmar sus prejuicios.

La democracia-marketing, tanto en su fase de emergencia como de consolidación, tiene como ethos fundante la afirmación del sujeto en sus diversas variantes que señorean la época y todas sus actividades. Con lo que el sujeto, el yo, lo de uno, el ego, lo propio, lo mío, lo íntimo y su expresión pública, el individuo, dibujan el perímetro sémico y social al que Malraux apostrofaba como ese “monstre préférable à tout”, que nos devora pero nos realiza. De las inabarcables referencias bibliográficas que lo manifiestan retengo sólo el reader de Pierre Birnbaum y Jean Leca, Sur l’individualisme, que fue el primero que, hace más de 20 años nos ayudó a sobrevivir a la confusión del imperialismo individualista en que iba a sumirnos el neoliberalismo radical y sus grandes epígonos Reagan, Bush, Thatcher y tantos otros apasionados acompañantes.

La gran falsificación del integrismo liberal fue enclaustrar al individuo en el augusto recinto de sus solos intereses propios, confinarlo en el universo de sus insignificancias, en el cálculo de tendero, de los logros y las pequeñeces de su estricta vida personal.

Esta regresión era además totalmente incompatible con la apertura al mundo, a lo otro y a los otros que caracterizó la modernidad y su principal banderín de enganche: el individuo y su producto, el individualismo, con su reivindicación del descubrimiento, la conquista, el progreso. Por el contrario, el individuo del integrismo liberal, miedoso y acurrucado, huido del mundo y refugiado en el último sótano de su vida particular, tenía, como único posible ámbito de ejercicio la libertad, pero obviamente confinada a su esfera personal. De aquí que la intimidad fuese el objeto privilegiado, que se vive bajo el signo de la autonomía absoluta. La privacidad nos salva y nos protege de la agresión de lo de todos, de la contaminación de lo común; la intimidad es la última trinchera de nuestro ser más auténtico, nos dicen, y el ejercicio de la libertad es la prueba de fuego de ambos. Con lo que la libertad conjugada en lo personal y privado se constituye en el referente máximo del cumplimiento individual.

Es muy propio de los charlatanes esconder su indigencia intelectual tras formas barrocas impenetrables que impresionan a los incautos y que a menudo no significan nada o son completas necedades. Vidal-Beneyto adora la politización colectivista, y por lo tanto tacha a los políticos un poco menos liberticidas de radicales, nocivos (nos “sumían”), imperialistas (¿del individualismo?) y promotores de confusión. El individuo liberal se presenta como malo, el progresista como bueno. Aunque se podría agradecer a este autor que se refiera a la integridad del liberalismo, probablemente no utiliza el término “integrismo” en este sentido positivo: sobre todo al asegurar que el liberalismo fomenta el miedo, el encerrarse en uno mismo, la autonomía absoluta. El liberalismo defiende la existencia de ámbitos de decisión inviolables propios de cada persona (el derecho de propiedad), pero eso no implica en absoluto (hay que ser muy incompetente para no verlo) que no existan relaciones sociales e interdependencia: lo crucial es que esas relaciones sean voluntarias y no impuestas o prohibidas por la colectividad.

La única posibilidad de superar “el cada uno para sí” que todos comparten, es la de insistir en un incondicionado desarrollo total de ese “para sí” que lo ensanche y profundice, es la de confiar a la libertad la realización de su intimidad más originaria, de lo solamente mío, sin intermediarios ni adulteraciones. Búsqueda patética en tantos casos y en tantos ámbitos.

Tantos que Vidal-Beneyto no cita ni uno solo: tal vez sólo está proyectando su particular desprecio por quienes deciden vivir su propia vida en libertad sin hacer caso a necios como él. No es raro ser rechazado cuando aseguras que lo que al otro le interesa es insignificante.

No hace falta ser súbdito de la sociología para aceptar que el yo es en buena medida un producto social y que el repertorio de los posibles personales es necesariamente función del conjunto de determinaciones objetivadas que estructuran cada contexto. Lo que implica no sólo una fuerte limitación del número de esos posibles, sino un inescapable condicionamiento de su contenido y modalidades, que se traduce en una fuerte homogeneización del resultado, en una banalización reiterativa y uniformizadora de las aspiraciones a la diferencia. Todos los estudios empíricos sobre los modos de vida nos confirman que las múltiples posibilidades que inaugura la sociedad de consumo se contraen a unos cuantos pocos usos encardinados desde los imperativos del mercado. Con lo que la intimidad que se nos aparece como la expresión más acabada de lo propio, como la huella más inconfundible de lo irreductiblemente subjetivo, es lo más contaminado, lo más afectado por determinaciones exteriores masivas, consecuencia, por una parte, del repertorio extremadamente limitado de las posibilidades humanas; y por otra, de la estructura absolutamente dominante de la oferta real, organizada por las imposiciones estrictamente mercantiles.

Es cierto que lo que cada persona es y hace depende de su entorno: pero la uniformidad o la diversidad de los resultados dependen en último término de las preferencias y las capacidades humanas. Si los individuos deciden voluntariamente ser homogéneos, ¿quién se cree que es este aspirante a diosecillo de pacotilla para calificarlos como “banales”? Y como no entiende nada de economía ni de ética, le da por hablar de los “imperativos del mercado” o de “imposiciones mercantiles”, como si la oferta y la demanda de productores y consumidores fueran órdenes coactivas: se ha equivocado claramente de ámbito, es la política que él defiende donde abundan los imperativos de los que mandan sobre los que obedecen. La fobia de los totalitarios contra el mercado parece no extinguirse nunca.

Vidal-Beneyto tiene una “última esperanza de un muy viejo europeísta”, “¿Cuándo podremos los Europeos volver al protagonismo mundial y solidario de un mundo de todos y para todos que es nuestro gran proyecto común?” ¿Por qué habla con tanto descaro en nombre de todos los europeos? ¿Es que los conoce a todos y cree representarlos? Si se refiere a “volver” al protagonismo mundial, ¿cuándo ha existido antes? La solidaridad a la que se refiere ¿es resultado de decisiones individuales voluntarias o se refiere más bien la manejo genereso por parte de los políticos de la riqueza confiscada a sus súbditos? El mundo de todos y para todos ¿no suena a comunismo radical? Sólo le vale la unión política europea, porque lo de ahora es un “espacio mercantil blando” (¿debería ser duro?) “en el que el principio más efectivo es obtener el máximo beneficio mediante la especulación y el privilegio”. ¿Quiénes tienen privilegios? ¿Los estados nacionales, los políticos, los empresarios, los ciudadanos? ¿Especular es malo? ¿Sabe lo que es? ¿Es mejor intentar el mínimo beneficio o tal vez el máximo perjuicio?


Loretta Napoleoni, Thatcher y el neoliberalismo

09/05/2009

Loretta Napoleoni, economista italiana, reclama una nueva teoría económica.

Asegura que “Poco después de que quebrara el socialismo, también el neoliberalismo ha caído hecho añicos. Arrollados por semejante cataclismo, los Gobiernos utilizan la economía como los bomberos la manguera: lanzan agua allí donde hay más fuego, tratando de salvar lo salvable. Claro que su misión es la de detener el avance del fuego, no la de reconstruir lo que se quema. Serían necesarios arquitectos e ingenieros para hacerlo, pero no están disponibles.”

No está claro a qué se refiere con “neoliberalismo”, así que su afirmación al respecto es difícil de juzgar. Pero pretende que los gobiernos son bomberos salvadores, cuando en realidad son más bien pirómanos inconscientes. Para entenderlo es necesario ser un buen economista, y no parece el caso de Napoleoni. Según ella “ningún Gobierno tiene a mano una nueva teoría económica, un modelo que seguir, puesto que durante treinta años se han acomodado al sistema creado por Margaret Thatcher, la Dama de Hierro. Y ése es el verdadero peligro de la recesión, la ausencia de una alternativa al modelo del libre mercado.”

El modelo de libre mercado no se ha aplicado de forma consistente: existen los bancos centrales con su monopolio de emisión de moneda de curso legal y las múltiples garantías estatales a bancos y depositantes. El modelo estatal dominante de los últimos años ha sido el socialdemócrata con leves tintes liberales en pocos casos. El monetarismo no es tan diferente del keynesianismo como muchos creen.

“Durante varios años, Reino Unido vende sus joyas: escuelas, parques, hospitales, y hasta los transportes y la telefonía acaban en manos privadas”. Pretender que los “bienes” controlados por el Estado son joyas es un pelín ridículo: más bien son recursos desaprovechados que mejoran en manos privadas. Pero Thatcher no privatizó la enseñanza ni la sanidad, y la afirmación de que vendió los parques resulta descabellada: ¿todos los parques?, ¿a quién? ¿El “hasta” de los transportes y la telefonía implica que tienen algo especial que hace especialmente osada o errónea su privatización en comparación con los otros elementos de su lista?

“El caballo de batalla del nuevo sistema económico pasa a ser la privatización, un virus entero y verdadero. Desde Londres, los bancos internacionales guían su contagio embolsándose cifras de vértigo mediante sus asesorías.”

¿La privatización es un virus? ¿Contagioso? Si Napoleoni está jugando a los médicos (como economista obviamente no da la talla) su diagnóstico es patético. ¿Por las asesorías sólo pueden cobrarse cifras que no den vértigo?

“El modelo thatcheriano se presenta como el esquema económico de la globalización, un modelo que, sin embargo, funciona sólo en algunos países y que no resiste la prueba del tiempo. En Rusia crea la casta de los oligarcas; en Estados Unidos da vida a los abusos financieros que han arrastrado a la economía mundial a la recesión, y hasta en Reino Unido la herencia de la Thatcher consiste en el caos económico.”

O sea que los rusos han copiado a Thatcher pero les ha salido mal: risible. Pretender que lo poco que se ha liberalizado es lo que ha causado la crisis económica revela que no se conocen los problemas que causan los elementos estatales que quedan por privatizar en los ámbitos de la moneda y el crédito.

Algún acierto: “¿Cuál es la solución? No puede serlo el lavado de cara que todos los Gobiernos parecen preferir: elevación de las cuotas fiscales, creación a partir de la nada de más papel moneda, nacionalizaciones y potenciación del sistema social. La alternativa no puede ser el retorno al viejo socialismo, sino una nueva teoría económica. Una que funcione durante los próximos 30 años, hasta la próxima crisis. La economía no es una ciencia exacta y la teoría perfecta no existe.”

Si Napoleoni conociera todas las teorías económicas y fuera capaz de analizarlas con rigor, no reclamaría una nueva, porque ya existe: es la teoría de la escuela austriaca de economía (Menger, Mises, Hayek) complementada con la escuela de la elección pública (Buchanan, Tullock). Como no las conoce o domina, no puede entender lo que ha sucedido.


¿Thatcher ultraliberal?

08/05/2009

Según Lluís Foix:

… la crisis actual ha negado con los hechos la fragilidad de aquella revolución conservadora.

¿Es que no enseñan a los periodistas a pensar y escribir a la vez? Porque Foix está afirmando que la revolución conservadora fue muy fuerte, justo lo contrario de lo que quiere decir.

Cuentan sus fans que hizo posible que todos los británicos pudieran escalar en el ascensor social, que extendió la libertad dentro y fuera de su país y arrancó al Estado el control del modelo económico dando rienda suelta a las leyes del mercado.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo me permito afirmar que aquella filosofía rompía con la hegemonía del laborismo desbordado por los sindicatos, pero introducía unas actitudes ultra liberales que nos han conducido a la presente crisis.

Eso de dar “rienda suelta a las leyes del mercado” suena demasiado bonito para ser verdad, porque no lo es. Liberalizar un poco no es dar rienda suelta al mercado libre.

Lo del ultraliberalismo muestra que los liberticidas están tan alejados del liberalismo que cualquier cosa en esa dirección les parece ultra.

Pretender relacionar las liberalizaciones con la presente crisis revela que no se tiene ni idea de economía o finanzas.

Obama ha sido la primera respuesta para corregir los abusos de aquella ideología.

Obama el salvador. Lástima que nos quedemos sin conocer con un poco de detalle esos presuntos abusos. Deshonestos, seguro.