Leyes, voluntad y poder

11/08/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los contenidos de las leyes y su cumplimiento dependen de la voluntad y el poder de los individuos y los grupos en un entorno social. La conducta humana está regulada mediante leyes generadas y gestionadas por los propios seres humanos; algunas de sus acciones pueden tener como objetivo intencional o como consecuencia imprevista la determinación del contenido de las reglas sociales; los agentes eligen si respetan las reglas o no, y eligen cómo reaccionar frente a los incumplimientos ajenos, si ignorándolos o denunciándolos e intentando reprimirlos.

Como a la voluntad no le gusta verse restringida u obligada y suele gustarle controlar otras voluntades, los individuos pueden incumplir las leyes, exigir que otros las cumplan o no, e intentar cambiarlas para que reflejen sus propios intereses.

Las leyes son límites o barreras a la conducta: son mecanismos de control que delimitan el ámbito de acción de la voluntad, marcan ciertos terrenos como prohibidos, otros como obligatorios, y otros como opcionales. Las normas prohíben cosas que alguien querría hacer, y obligan a cosas que alguien no quiere hacer: no tiene mucho sentido prohibir lo que nadie desea hacer u obligar a lo que todos hacen voluntariamente.

Las leyes son entidades culturales, ideas producidas, modificadas, aceptadas o rechazadas por los seres humanos: se encuentran en sus mentes y en otras memorias externas (tablas, libros, soportes informáticos). Algunas reglas se consolidan como tradiciones o costumbres cuyo origen quizás se desconoce; otras se atribuyen a héroes de leyenda, a personajes míticos o a la voluntad de dioses imaginarios, probablemente para resaltar su importancia o el poder subyacente a las mismas.

Las leyes vigentes reflejan equilibrios de poderes entre individuos y grupos que pueden ser aliados cooperadores o enemigos competidores. Las normas son las que son, y no otras, y se cumplen o no, como resultado de la interacción de múltiples agentes con distintas capacidades y preferencias: unas personas convencen a otras de la conveniencia de seguir ciertas reglas; los poderosos, bien organizados, pueden expresar su dominio sobre los débiles mediante órdenes concretas o mandatos más genéricos; los colectivos votan qué leyes regulan su convivencia; los legisladores promulgan normas; los agentes pactan reglas mediante contratos.

Los seres humanos actúan con lo que tienen para conseguir lo que quieren: usan su poder, su capacidad de acción, para alcanzar los objetivos deseados. En las relaciones con los demás el poder tiene diversas formas: fuerza (violencia para atacar y dañar o para defender y proteger), riqueza (control sobre bienes y servicios valiosos para regalar, compartir o intercambiar), persuasión (lenguaje y argumentación racional o retórica emocional para influir y convencer), estatus (prestigio, reputación, autoridad, servir como referencia para otros), belleza (atractivo físico o de otro tipo) e inteligencia social para saber cómo usar y organizar todos estos medios y gestionar las interacciones sociales.

Los individuos y grupos con más poder (fuerza, riqueza, capacidad de persuasión, estatus, atractivo e inteligencia social) tienen más influencia sobre los contenidos de las leyes y la gestión de su cumplimiento. Los poderosos inteligentes no suelen usar solamente la violencia para imponerse: también entregan riqueza a sus aliados o compran la voluntad de las masas (pan y circo), y recurren a la persuasión y a la manipulación, intentan presentarse como justos y legítimos según algún criterio moral o ético selectivo.

El hecho de que las normas no sean iguales para todos y que beneficien a unos a costa de otros puede reflejar diferencias de poder en la sociedad. Las leyes pueden servir como defensas protectoras contra las agresiones de otros, pero también pueden utilizarse como armas de ataque, como restricciones para oprimir, parasitar o esclavizar a otros.

Los contenidos de las leyes y sus sistemas de supervisión son realidades diferentes: una cosa es lo que se declara que se debe hacer, y otra cosa distinta es lo que efectivamente se exige que se haga. Algunas culturas tienen pocas leyes pero son muy estrictas con su cumplimiento; otras tienen muchas leyes pero su cumplimiento es laxo.

Algunas normas están internalizadas en la mente de las personas (seguramente tras algún proceso de enseñanza, socialización o adoctrinamiento), de modo que las sienten íntimamente como suyas, les repugna o ni se plantean violar una determinada ley, saltarse una prohibición, incumplir una obligación (y quizás les indigna que otros lo hagan). Otras reglas están acompañadas de incentivos externos como premios o castigos, que requieren algún sistema social de vigilancia y supervisión de la conducta (testigos, policía, justicia) y algún poder para entregar premios o aplicar castigos: estos sistemas son imperfectos, y el agente puede tener en cuenta su capacidad para esquivarlos y no ser descubierto o penalizado.

Los sistemas sociales de control del comportamiento requieren algún tipo de poder: medios para la vigilancia; riqueza para entregar como recompensa; fuerza para capturar y castigar al infractor; persuasión para convencer a otros de la justicia y conveniencia de un veredicto, y si es necesario conseguir que participen en el mismo (boicoteo, exclusión, repudio, ostracismo).

Las sociedades complejas suelen tener especialistas para estas tareas (gobernantes, legisladores, jueces, policías), que pueden actuar como monopolios o en competencia, y de forma centralizada o descentralizada: los ciudadanos pueden ser más o menos activos en estas funciones.

Los sistemas de producción, vigilancia y control de las leyes pueden ser más o menos competentes y eficientes y estar o no corrompidos: las leyes pueden servir para la convivencia armoniosa y la gestión de lo común o para la promoción de intereses de grupos de presión (que pueden ser los propios gobernantes y sus burócratas). La supervisión de la ley es imperfecta: puede ser muy problemático saber quién ha hecho qué y cómo asignar méritos o responsabilidades.

El infractor de una ley que es descubierto y denunciado puede reconocer su falta, avergonzarse, pedir perdón y ofrecer alguna compensación o restitución: pero también puede negarlo todo, ofenderse, presentarse como víctima o incluso amenazar a los denunciantes.

Algunos individuos insisten en obedecer las normas sin importar las consecuencias (deontología), mientras que otros valoran las normas y su cumplimiento según sus resultados, para ellos (probabilidad de ser descubierto y condenado, intensidad del castigo) o para la sociedad (utilitarismo individual o colectivo). Algunas personas insisten en que la ley es la ley y no hay más que hablar, mientras que otros se plantean por qué esa ley y no otra, o qué la fundamenta, legitima o justifica. El cumplimiento estricto y riguroso de la ley hace a las personas más predecibles y fiables, de modo que puede servir como señal y garantía de lealtad en la cooperación: pero esa ley puede tener aspectos nocivos y su acatamiento entonces causa daños a algunos.

Aunque es posible elegir las leyes, no es posible escoger las consecuencias de intentar cumplir y hacer cumplir esas leyes: las diferentes normas funcionan o no, tienen distintos resultados económicos y sociales; algunas fomentan la armonía y el desarrollo (liberalismo), otras provocan conflictividad y pobreza (socialismo, comunismo, estatismo).

El ámbito del razonamiento ético y moral puede servir para argumentar contra la opresión de los poderosos, para resistirse a su persuasión manipuladora: ellos imponen la ley, pero no deciden acerca de cuestiones de justicia o legitimidad sobre las cuales en principio no tienen control. Sin embargo qué criterio se utiliza para definir la justicia (igualdad ante la ley, igualdad mediante la ley, desigualdad ante la ley por algún motivo) depende de la cultura de un grupo, de cómo se eduque o adoctrine a los ciudadanos: y los poderosos pueden utilizar la capacidad de persuasión propia o de otros a su servicio para controlar el pensamiento y el discurso moral.

Los poderosos mandan, legislan y deciden qué es lo que se considera correcto, bueno, permitido, y qué se considera incorrecto, malo, prohibido: might makes right. Pero también es posible que el hacer lo justo, lo ético, lo moral, sea fuente de poder al conseguir un estatus elevado: right makes might.

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Leyes, legalidad y legitimidad

10/04/2014

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los individuos pueden preguntarse por el por qué o para qué de las leyes, su justificación, legitimación y fundamentación, y la necesidad o conveniencia de su cumplimiento. Diferentes respuestas son posibles, desde las que fomentan el sometimiento (irreflexivas y manipuladoras) hasta las que buscan comprensión (con contenido filosófico o científico): la ley es la ley y hay que cumplirla y punto, debes hacer lo que debes hacer; cuestionar las leyes es una impertinencia, un pecado o un crimen muy grave; las leyes expresan la voluntad de alguna autoridad muy poderosa a la cual conviene no enojar con su incumplimiento y así evitar represalias; las leyes expresan la voluntad de una autoridad muy sabia y benevolente y conviene obedecerlas por nuestro propio bien aunque no sepamos por qué; las leyes de menor nivel se justifican mediante leyes de mayor nivel o principios fundamentales; las normas adecuadas son necesarias y útiles porque permiten y fomentan el desarrollo personal, la coordinación social y la convivencia armoniosa.

Las leyes (reglas, normas, principios) pueden proceder del derecho positivo, de la ética, la moral o la religión. Las leyes regulan, disciplinan y ordenan la conducta de los individuos: expresan prohibiciones, obligaciones o derechos de los agentes involucrados respecto a ciertas acciones o estados del mundo en diversas circunstancias. Un acto concreto es ilegal (falta, delito, crimen, pecado) si viola alguna ley, si no es conforme o compatible con ella: hacer algo prohibido, no hacer algo obligatorio.

El incumplimiento de la ley suele implicar la aplicación de algún castigo contra el infractor: daños físicos, encarcelamiento, multa, expulsión de un grupo. Las autoridades (centralizadas o descentralizadas) generadoras y/o gestoras de las leyes deben tener algún poder para conseguir su cumplimiento: fuerza física, persuasión (por amor o por miedo), liderazgo de un grupo organizado.

No sólo hay leyes sobre acciones: también hay leyes sobre leyes (metanormas), leyes más abstractas y de mayor rango que inspiran y deben cumplir las leyes más concretas y de rango inferior. Los reglamentos de un ministerio o departamento deben cumplir y concretar las leyes que emanan del parlamento, que a su vez deben cumplir y concretar la constitución de una nación. Una ley es inconstitucional si es incompatible o contraria a la constitución; un reglamento puede ser no conforme con alguna ley que lo afecta.

La existencia de niveles normativos se aprecia en frases como “las leyes deben cumplirse”, “esto debería estar prohibido” o “prohibido prohibir”, que expresan normas acerca de normas (y probablemente también la opinión del hablante acerca de la conveniencia o no de esas reglas). Algunos pensadores pueden creer erróneamente que un tema queda zanjado simplemente con invocar un principio superior; sin embargo al criticar una ley por ser incompatible con otra norma o idea superior conviene recordar que ese principio superior quizás es a su vez criticable: no es el único posible, o es criticable mediante otra norma más alta.

Las leyes prescriptivas, como órdenes o comandos, no son verdaderas o falsas del mismo modo que las leyes descriptivas, sino que están vigentes o no, se aplican o no, se exigen o no, y se cumplen o no. Lo que es verdadero o falso es si una ley está en vigor o no, si se acata o no, y si se ha violado o no con alguna acción concreta. Pero los contenidos de las normas pueden variar en el tiempo o de un grupo social a otro.

Un buen sistema normativo es consistente y completo en la medida de lo posible: las diferentes partes se apoyan y complementan mutuamente; está libre de contradicciones, incompatibilidades, incoherencias o arbitrariedades; y es capaz de producir una respuesta para todas las preguntas o problemas relevantes.

Los sistemas normativos suelen tener estructura jerárquica: no son conjuntos de leyes desconectadas y todas al mismo nivel o con la misma importancia, sino que algunas normas son más básicas que otras. El sistema legal tiene fundamentos que soportan el sistema, o un núcleo central que lo cohesiona, o una cúspide que lo culmina (según el punto de vista y dónde se coloquen los elementos principales).

Que la estructura sea jerárquica no implica que históricamente primero aparezcan las leyes abstractas fundamentales y a partir de ellas se deduzcan o generen las reglas prácticas, concretas y detalladas. Es posible que primero existan diversas normas específicas independientes cuyas interacciones e intentos de explicación o justificación lleven a una integración y sistematización.

Las leyes pueden utilizarse como herramientas de poder: las normas son armas. Los principios expresados en el nivel superior son muy importantes porque controlan todas las demás normas y conductas: también son muy conflictivos porque los individuos pueden no estar de acuerdo sobre sus contenidos y pelean o discuten para imponer los que cada uno desea. Existen los principios superiores, pero no suele haber acuerdo sobre cuáles son: puede haber consenso sobre términos muy genéricos, pero desacuerdo sobre su interpretación (“libertad”, “igualdad”, “justicia”). También puede suceder que los principios superiores no importen demasiado si su interpretación es tan flexible que permiten implementaciones concretas prácticas muy diferentes (“hagan ustedes las leyes, que yo haré los reglamentos”).

Los seres humanos intentan controlarse mutuamente unos a otros en su propio beneficio: influyendo sobre sus preferencias y sobre el contenido de sus sentimientos morales; e intentando que las leyes sean las que cada uno desea. Con leyes de bajo nivel se controla la conducta concreta, y con leyes de alto nivel se controla la producción de leyes de menor nivel. Es posible denunciar a un individuo por incumplir alguna ley, o denunciar una ley por ser incompatible con otra superior.

Las normas están y operan en las mentes de los agentes (y tal vez en memorias exosomáticas como los libros) para regular su propia conducta y la ajena. Las leyes son generadas y gestionadas exclusivamente por los seres humanos, de forma consciente o inconsciente, y cumplidas mediante acatamiento voluntario o por imposición de los más fuertes y sometimiento de los débiles. Pero es común que muchos individuos crean que algunas leyes proceden de divinidades sobrenaturales, entidades sobrehumanas muy poderosas.

Todo sistema normativo tiene un número finito de niveles (al menos uno y quizás sólo uno) y un nivel máximo o cúspide: este nivel superior no tiene ninguno por encima que lo fundamente o justifique; si se invoca un nivel más alto como apoyo o para rechazarlo, entonces resulta que no se trataba del nivel máximo. El nivel superior es axiomático y no se deduce o infiere de ningún otro: simplemente se acepta o no. Este hecho problemático puede resultar incómodo para algunas personas, quienes lo resuelven de forma intuitiva mediante el recurso a entidades imaginarias omnipotentes, los dioses, quienes presuntamente fundamentan la ley con su voluntad y su poder: este engaño puede resultar práctico y funcional si es creído de forma compartida y sirve así para cohesionar un grupo en torno a unos principios comunes no discutidos.

Las normas morales o éticas también pueden tener diversos niveles. El nivel superior puede ser una presunta voluntad divina, algún criterio filosófico (utilitarismo, consecuencialismo, deontología, ética de las virtudes, liberalismo, comunitarismo, socialismo, comunismo) o un conjunto de principios abstractos de justicia: desigualdad según casta o estatus social, igualdad ante la ley (universalidad, imparcialidad, simetría, aplicación uniforme no discriminatoria; totalmente universal o restringida a los miembros de un grupo), igualdad mediante la ley.

La legalidad y constitucionalidad en el derecho positivo son equivalentes a la justicia y legitimidad en la moral y la ética. Justificar o legitimar es invocar los principios más abstractos, generales y universales. Pero lo que para unos es justo o legítimo para otros es injusto o ilegítimo porque esos principios pueden ser diferentes para distintos individuos.

Para algunas personas las leyes que rigen la sociedad deben estar sometidas a principios morales o éticos. El positivismo jurídico rechaza el sometimiento de la ley a la moral. Pero esto no implica que la ley positiva no tenga fundamentos de ningún tipo. El derecho puede fundamentarse en principios generales y en diversas normas que regulan la producción de leyes vigentes y exigibles: costumbre, ley común producida por jueces y jurisprudencia, definición del sujeto soberano y las autoridades competentes, utilización de procedimientos formales válidos, aprobación democrática explícita (popular directa o mediante representantes en parlamento como poder legislativo que promulga y proclama las leyes), pactos contractuales.


Leyes descriptivas o prescriptivas

27/06/2012

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

– Leyes descriptivas: leyes del movimiento de Newton, leyes de Kepler sobre el movimiento planetario, ley de la gravitación universal, ley de Coulomb sobre la interacción eléctrica, leyes del electromagnetismo, leyes de conservación (energía, momento lineal, momento angular), ley de acción de masas (velocidad de reacciones químicas), leyes termodinámicas (energía, entropía, trabajo), leyes de Mendel (genética), leyes de funcionamiento de un organismo vivo, leyes praxeológicas, leyes económicas de formación de precios en el mercado libre (oferta y demanda), ley de la utilidad marginal decreciente, principio de imposibilidad del socialismo, relación entre beneficio y riesgo de una inversión, etc.

– Leyes prescriptivas: constitución, mandamientos religiosos, código penal, leyes fiscales y presupuestarias, código civil, código mercantil, código de comercio, ley hipotecaria, ley contractual, derecho canónico, derecho militar, derecho natural, derecho internacional, derecho administrativo, reglamentos, regulaciones, convenios, cláusulas contractuales, reglas de juegos y deportes, etc.

Las leyes descriptivas representan cómo es el orden de la realidad: las regularidades presentes en la naturaleza o en el ámbito humano se expresan de forma abstracta mediante proposiciones que establecen relaciones estables entre diferentes entidades o procesos. Estas relaciones pueden ser cuantitativas (ecuaciones) o cualitativas, igualdades o desigualdades, exactas o de tendencia. Las regularidades más simples, fundamentales o profundas generan de forma emergente regularidades más complejas a diversos niveles: de la física a la química, a la biología, y a la cognición, la economía, la moral y el derecho.

Las leyes prescriptivas (o proscriptivas) son normas que regulan la conducta de los agentes afectados por las mismas, indicando qué es obligatorio y qué está prohibido, qué se debe hacer y qué no se puede hacer. Utilizan alguna descripción de la realidad (estados, procesos, acciones) y le añaden un operador lógico deóntico: obligación o prohibición. Estas leyes no pretenden describir el comportamiento de los individuos sino influir sobre él, condicionarlo y ordenarlo mediante incentivos como premios (recompensas) o castigos (sanciones, penas, daños); son advertencias acerca de qué conductas no son aceptables y qué consecuencias pueden esperar quienes las realicen. Las sanciones pueden imponerse mediante el uso de la fuerza o mediante amenazas de exclusión (expulsión de un colectivo, boicoteo).

Las leyes prescriptivas cuyo cumplimiento es adecuadamente supervisado y controlado (policías, jueces) permiten generar expectativas de conducta fiables: los agentes regulados tenderán de forma previsible a hacer lo obligatorio y a no hacer lo prohibido. Ciertas leyes prescriptivas y sus sistemas de vigilancia asociados pueden generar órdenes explicitables mediante leyes descriptivas. Sin embargo algunos sistemas jurídicos pueden ser destructivos o imposibles de cumplir.

Todas las leyes se expresan mediante algún lenguaje natural o formal. El lenguaje puede utilizarse para describir la realidad, para transmitir información sobre el mundo: datos (hechos concretos), o leyes que representan las regularidades que los conectan, lo que tienen en común. El lenguaje también se utiliza para coordinar las acciones de los individuos, dando órdenes imperativas o estableciendo las reglas para la convivencia o para la realización de tareas colectivas.

La vinculación entre los fenómenos presentes en una ley descriptiva está basada en la causalidad. El comportamiento ordenado de la naturaleza no depende de que sus regularidades se describan mediante leyes, ni de la voluntad o la conciencia de un agente cognitivo. El orden natural es espontáneo y no necesita a ningún legislador o creador que lo origine o mantenga. El conocimiento de las regularidades puede alterar la conducta de los agentes cognitivos (la información es relevante para la acción), pero la acción es consecuencia de las leyes naturales más elementales, las cuales no puede violar ni determinar (la voluntad y la conciencia son resultado de las regularidades fundamentales y no su origen o fuente).

Las leyes prescriptivas requieren agentes cognitivos que las produzcan y apliquen para regular la conducta, y pueden ser diferentes para distintos grupos humanos. La determinación de qué actos son ilegales y cuál es su sanción depende de la voluntad de quienes establecen las normas y pueden hacer que se cumplan: un individuo que quiere regular su propia conducta o que pone condiciones para el uso de su propiedad; las partes contratantes que pactan cláusulas y penas por incumplimiento; los legisladores o gobernantes. Las leyes prescriptivas tienen alguna fuente o autoridad que las promulga y supervisa, y unos sujetos afectados a quienes se aplican. Un agente o un colectivo son autónomos si se dotan de sus propias leyes, y heterónomos si las reciben de otros.

Las leyes descriptivas son propias del ámbito de la ciencia positiva; las leyes prescriptivas pertenecen al ámbito de la moral y el derecho. Las leyes descriptivas pueden ser verdaderas o falsas, dependiendo de si se corresponden o no correctamente con la realidad que pretenden representar. Las leyes prescriptivas no son verdaderas o falsas sino útiles o no (para los objetivos que se pretendan con su implantación), justas o injustas, legítimas o ilegítimas, vigentes o no vigentes. Es posible hacer una ciencia moral y jurídica con leyes descriptivas acerca de las respectivas leyes prescriptivas en ambos ámbitos: la ciencia jurídica describe cómo el derecho prescribe; la ética o filosofía moral estudia los sentimientos morales.

Las leyes descriptivas y prescriptivas son proposiciones generales que se refieren a múltiples casos concretos (no son necesariamente universales sino que tienen algún ámbito de validez o condiciones de aplicación). Las leyes descriptivas pueden fallar si no describen correctamente la dinámica de la realidad que representan: un suceso particular no cumple la ley que presuntamente lo determina. Las leyes prescriptivas pueden ser incumplidas si los agentes desconocen su existencia (no están informados sobre las leyes vigentes) o si la expectativa del castigo no es suficientemente disuasoria: un sujeto asume el riesgo del castigo y realiza un acto ilícito.

La ciencia económica permite estudiar las leyes prescriptivas, sus problemas, limitaciones y consecuencias, e ilustrar cómo algunas son perjudiciales. Las capacidades cognitivas humanas son limitadas, y además son comunes el engaño y la manipulación: el conocimiento de la realidad es imperfecto, y las normas que rigen un grupo pueden ser contrarias a su supervivencia y desarrollo; a menudo las leyes se utilizan como herramientas para la dominación, el parasitismo o la depredación, favorecen a unos a costa de otros. Los marcos institucionales estatistas pretenden conseguir un orden que supere al presunto caos del mercado y la sociedad libre, pero en realidad dificultan la coordinación social. El auténtico derecho emerge espontáneamente y de forma evolutiva y adaptativa de abajo hacia arriba y no es impuesto de forma planificada, centralizada y coactiva.

Cuando un intervencionista critica las leyes del mercado libre, puede mostrar su necedad acerca de la naturaleza descriptiva de las leyes económicas, o puede manifestar su desacuerdo con normas prescriptivas como el derecho de propiedad, el principio de no agresión y la libertad contractual: es ignorante o violento, y posiblemente ambas cosas.