Fernando Herrera no entiende la reserva fraccionaria

22/12/2016

Fernando Herrera ha escrito “Lo que sobre la reserva fraccionaria puede decir un economista”. Dados los contenidos de su artículo, un título más acertado habría sido “Lo que sobre la reserva fraccionaria puede decir un mal economista, con pocos conocimientos de teoría monetaria y bancaria, y prototipo de las limitaciones intelectuales y sesgos cognitivos de cierto sector de la Escuela Austriaca de Economía incapaz de reconocer sus errores y aprender”. El artículo falla por lo que dice y por lo que no dice: presenta de forma pobre y confusa la reserva fraccionaria, repite tópicos falaces y no menciona aspectos relevantes de la misma.

Según Herrera:

El profesor Huerta de Soto demostró en su conocido libro “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos” que la banca de reserva fraccionaria equivale a la creación de dinero sin soporte físico, y que por tanto contribuye a producir crisis económicas.

No se puede demostrar algo que es falso: la reserva fraccionaria no es ni necesaria ni suficiente para producir crisis económicas, y no equivale a la creación de dinero sin soporte físico sino que existe porque se usa la deuda a la vista como medio de pago (dinero en sentido amplio). La crítica a la reserva fraccionaria de Jesús Huerta de Soto es un error garrafal. Todo esto ya se ha explicado claramente y en múltiples ocasiones, pero mucha gente no parece poder o querer entenderlo.

Al comparar la posición de Huerta de Soto con los defensores de la banca libre con reserva fraccionaria, Herrera menciona parcialmente el auténtico problema: el descalce de plazos (olvida el descalce de riesgos). Pero asegura que “según estos analistas, la reserva fraccionaria sería así indistinguible de la reserva 100% exigida por Huerta de Soto”: el problema es que “estos analistas” no afirman esto, y las bancas con y sin reserva fraccionaria son perfectamente distinguibles por sus balances y modelos de negocio.

Según Herrera “lo que debería prohibirse es engañar al cliente utilizando la denominación depósito para un contrato que no lo es”, y aclara en nota al pie que utiliza “la denominación depósito también para las cuentas corrientes, que coinciden en términos fundamentales con el carácter de los depósitos”. O sea que hay que prohibir ciertos usos del lenguaje… ¡que en realidad no se producen! Son los críticos de la reserva fraccionaria los que se empeñan en hablar de depósitos, y los que exigen que ese término se utilice solamente con el significado que a ellos les parece correcto. Los bancos no hablan de depósitos sino de cuentas corrientes o de ahorro, pero como estas, según Herrera, son equivalentes a depósitos, hay que denunciar un engaño por utilizar un término que los bancos no suelen usar. Todo un disparate y un caso claro de proyección psicológica e incompetencia lingüística disfrazada de integridad conceptual.

Y es que el concepto de depósito, y ello a pesar de la supuesta evolución semántica que algunos miembros del IJM argumentan para aceptar la reserva fraccionaria, está bastante claro para todo el mundo: lo que tengo en depósito/en la cuenta, lo tengo y lo puedo usar cuando me dé la gana.

La evolución semántica es “supuesta”: tal vez no cree que sea real o no le gusta que se produzca. Herrera afirma que conoce a todo el mundo, y que sabe qué entiende claramente todo el mundo por un depósito bancario: desconocía su faceta de sociólogo y lingüista. Yo dispongo de algunos datos y ejemplos que demuestran empíricamente que su afirmación es falsa: el concepto de depósito no está bastante claro para todo el mundo, y quienes menos claro lo tienen son los críticos de la reserva fraccionaria.

Incluso los economistas mejor conocedores del sistema de reserva fraccionaria no aceptarían que su banco rechazara un recibo contra una cuenta suya con fondos suficientes, aunque sepa positivamente que el dinero puede no estar ahí. Así pues, no hay evolución semántica que valga para justificar la existencia de la banca fraccionaria.

El cacao semántico se transforma ahora en cacao lógico: una cosa es reconocer que el depósito a la vista es deuda y obligación de pago; otra cosa es reconocer que las deudas hay que pagarlas.

[…] aceptando que lo único que no vale es engañar al depositario en su contrato […]

Obsérvese la insistencia en usar el término depósito en lugar de cuenta corriente o ingreso, con el agravante de que se confunde al cliente (depositante) con el banco (depositario).

Herrera se pregunta si la reserva fraccionaria es viable y se responde a sí mismo:

[…] lo cierto es que, como economista, no hay respuesta posible para esta pregunta. Esta es una pregunta para los emprendedores y no para los teóricos. Quizá por ello el debate sea inagotable en el ámbito de los pensadores IJM: porque la teoría no puede resolver esta cuestión, como tampoco un teórico económico puede saber si triunfará el tablet o el teléfono móvil, o si las nuevas tiendas de Mercadona darán mejor resultado que las antiguas.

Herrera confunde al praxeólogo purista e integrista encerrado en su torre de marfil de la teoría más abstracta con el economista que intenta ampliar la teoría y concretarla con el uso de la historia, de los datos empíricos y del sentido común.

Así que este es el camino que les queda a los defensores de la banca fraccionaria en el IJM (y otros ámbitos): pongan ustedes un banco que se gestione mediante las técnicas de encaje de plazos que propugnan, y vean cuán rentable es.

Este experimento o prueba ya se ha realizado y sus resultados son conocidos: la banca con reserva fraccionaria y encaje de plazos y riesgos es perfectamente viable, como muestra la historia de la banca libre. Y además los teóricos o historiadores de un ámbito no tienen por qué ser los que se dediquen profesionalmente a ese ámbito: es posible estudiar la banca sin ser banquero, o estudiar el dinero sin dedicarse a producirlo.

[…] no lo olviden, al cliente no se le puede engañar, y si su dinero no está en un depósito, deberá saber positivamente que no lo está, que está firmando otro tipo de contrato. Por ejemplo, uno de gestión de fondos: nadie confunde sus depósitos con sus fondos de inversión, y todos tenemos claro que en estos últimos nuestro dinero puede NO estar disponible.

Un intermediario financiero puro como un fondo de inversión es algo claramente diferente de un banco: los bancos son además gestores de cobros y pagos y por eso usan la reserva fraccionaria, que no tiene sentido en fondos de inversión. Sobre la confusión entre depósitos y fondos de inversión, la confusión quizás esté entre deuda y acciones: su valor presente oscila en ambos casos, pero la deuda al menos tiene un valor establecido a vencimiento; no se trata de que en los fondos el dinero no esté disponible (quizás por alguna estafa, también posible en un banco), sino de que su cotización varía.

En estas condiciones, consigan dichos defensores clientes que, sabiendo que su dinero puede no estar ahí, se lo dejen a cambio de no pagar comisión de custodia o por otros servicios bancarios. Magra recompensa para tan alto riesgo, yo no se lo dejaría.

Los clientes mínimamente informados hoy día ya saben no solo que su dinero “puede no estar ahí” sino que no está ahí, que está prestado. Y no es que se planteen no pagar comisión de custodia sino que no quieren su cuenta en el banco para que les custodie su dinero (para eso ya están las cajas fuertes o de seguridad) sino para realizar pagos y cobros. Los clientes no tienen dinero en el banco, sino derechos de cobro contra el banco que pueden utilizar como medio de pago generalmente aceptado.

Sobre lo de que la recompensa es magra para tan alto riesgo: ¿se trata de una afirmación teórica, de un dato empírico medible de forma objetiva, o de una valoración personal subjetiva quizás muy peculiar? ¿Está seguro Herrera de que él no se lo dejaría? ¿Entiende que aunque el dinero no esté ahí como reservas de efectivo el banco tiene otros activos líquidos? ¿Entiende que si plazos y riesgos están casados el riesgo es mínimo y además puede reducirse todavía más con colchones de capital adecuados?

[…] si la banca de reserva fraccionaria concebida en la actualidad es tan rentable es, precisamente, porque el cliente asume que su dinero está en depósito y no por ahí.

Completamente falso, y además utiliza algo que en realidad no conoce, que es qué asumen los clientes sobre sus cuentas bancarias.

[…] al hipotético banco de reserva fraccionaria habrá que exigirle que llame a las cosas por su nombre, y no depósito a lo que no es un depósito ni nadie entiende que sea un depósito.

“Hay que” es una expresión que conviene usar con cuidado. “Exigir” en lugar de proponer o pedir es algo arriesgado. “Llamar a las cosas por su nombre” es una expresión típica de personas que no conocen que las cosas no tienen nombre: los usuarios del lenguaje asignan nombres a las cosas, y significados a las palabras, y este proceso es complejo, problemático y dinámico. Herrera aspira a exigir a todo el mundo que utilice la etiqueta “depósito” con el significado que él quiere y con ningún otro.

Además de los problemas de teoría del lenguaje, en los cuales Herrera no parece tener mucho conocimiento o experiencia, hay otros problemas más específicos del sector bancario. Los clientes no suelen “depositar” recursos en los bancos: las cantidades que aparecen en las cuentas corrientes y de ahorro en su mayoría han sido recibidas mediante transferencias desde las cuentas de otros clientes bancarios (ejemplos: cobros de nóminas, pensiones, alquileres). Los recursos que se “depositan” no son dinero mercancía, que ya no existe (el oro y la plata serían buenos dineros pero no se usan como tales), sino derechos de cobro frente a otros clientes o bancos (cheques, billetes del banco central).

Referencias:

Recopilación de artículos sobre dinero, crédito, banca y finanzas (nueva actualización)


Fernando Herrera no entiende los tanques

21/10/2016

Según Fernando Herrera:

[…] es necesario explicar […] cuáles son las causas del progreso tecnológico. Hay gente, demasiada y sobre todo en el ámbito político, que piensan que el progreso tecnológico es algo natural y que pasa por qué [sic] sí. De hecho, los economistas mainstream carecen de una explicación para este fenómeno, y por ello se limitan a configurar la tecnología como algo exógeno a sus modelos. En el modelo de competencia perfecta, por ejemplo, la tecnología viene dada.

¿Alguna cita o referencia sobre toda esa gente que piensa que el progreso económico es algo natural (entiendo que en contraposición a artificial) y que pasa porque sí? ¿Conoce Fernando Herrera toda la economía mainstream? ¿Realmente cree que ningún economista mainstream se dedica a explicar la tecnología? ¿Se ha molestado en buscar un poco? ¿En todos los modelos la tecnología es algo exógeno? ¿Es el modelo de competencia perfecta el único existente? ¿Confía en que sus lectores ignoren tanto de la economía mainstream como él?

Sin embargo, la tecnología es un fenómeno humano, económico, y por la tanto su explicación y la de su progreso ha de encontrarse en la praxeología y la teoría económica. No es el momento ahora de extenderse mucho en el tema, para el cual recomiendo leer a Kirzner o a Rothbard.

¿Alguien cree que la tecnología es un fenómeno no económico? ¿Es la tecnología un fenómeno exclusivamente humano? ¿Qué entendemos por “tecnología”? Aunque la tecnología es un fenómeno esencialmente humano, ¿ningún ser vivo desarrolla nada de tecnología? ¿No es la evolución biológica un proceso de desarrollo de tecnologías orgánicas para sobrevivir y desarrollarse? ¿La praxeología y la teoría económica son necesarias y suficientes para entender todo lo humano? ¿Kirzner y Rothbard son las únicas figuras recomendables o son las únicas que él conoce?

En una nota al pie, al referirse a “las necesidades de los individuos”, Fernando Herrera realiza un interesante comentario:

Entiéndase individuo en sentido amplio, pero sin incluir a los Estados.

¿Qué quiere decir “individuo en sentido amplio”? ¿Quiere incluir a los grupos de individuos como individuos o tal vez como agentes? ¿No sería mejor hablar de agentes en lugar de individuos y aceptar que los grupos pueden actuar? ¿Por qué dejamos fuera a los Estados?

Si volvemos nuestra mirada al desarrollo tecnológico en armas, y siguiendo la hipótesis recién planteada, es claro que él [sic] mismo debería tener su explicación en las necesidades individuales. ¿Es así? Francamente, me cuesta ver de qué forma las necesidades individuales han podido dar lugar a la creación de un tanque o un bombardero, no digamos ya de un portaaviones o la bomba atómica. O planteado de otra forma, ¿para qué puede necesitar un individuo un tanque?

Es evidente que todos los individuos, en mayor o menor medida, tenemos necesidad de protección, de protegernos a nosotros, a nuestras familias y a nuestros bienes. Es esa necesidad de protección la que da lugar a la existencia de armas (sobre la faceta ofensiva hablaré un poco más abajo), y a su consecuente desarrollo tecnológico. Pero también es evidente que la inversión que estemos dispuestos a hacer en nuestra protección depende básicamente del valor de lo que queramos proteger, y de los recursos que tengamos disponibles.

Creo a Fernando Herrera cuando afirma que le cuesta ver todo esto que menciona. Tal vez debe revisarse la vista, pensando un poco sobre la guerra como fenómeno colectivo y sobre muchas tecnologías como algo muy relacionado con la guerra. Los individuos no sólo incrementan su capacidad ofensiva o defensiva con inversión en tecnología bélica (armas): también lo consiguen asociándose con otros individuos, sumando esfuerzos, formando grupos cohesionados y coordinados que atacan y se defienden juntos, como una unidad. Estos grupos son más fuertes cuantos más miembros tengan y cuanto mejor cohesionados y coordinados estén. Para el individualismo metodológico todo esto debe de parecer una herejía, claro está.

En estas condiciones, es hasta cierto punto imaginable que se desarrolle el tanque. Pero, ¿un caza? ¿Qué clase de propiedad ha de tener un individuo para que le sea rentable protegerla con un caza o con un portaaviones?

Un par de párrafos después Fernando Herrera afirma que comienza a ver para qué puede necesitar un individuo un tanque, aunque otras armas pesadas aún se le resisten. El problema es que en realidad no lo ha entendido porque ni menciona el carácter colectivo de la guerra ni, lo que me parece más sorprendente, las carreras de armamentos entre contrincantes, que son un fenómeno esencial para entender el desarrollo de la tecnología, y no sólo la armamentística (mucha tecnología civil se beneficia de avances en el ámbito militar).

[…] Al individuo que invierte en armas le tiene que salir bien el cálculo económico para su empresa: ¿qué beneficios se han de esperar de un asalto o robo para que esté justificada la inversión en un portaaviones? ¿Y en una bomba atómica? Es difícil de imaginar.

Los individuos, individualmente, no suelen utilizar portaaviones (que además no podrían manejar solos) para ningún asalto o robo. La inversión en armas pesadas no es individual sino colectiva, del mismo modo que son empresas con múltiples accionistas (corporaciones) y no personas físicas únicas quienes llevan a cabo grandes proyectos empresariales, industriales o tecnológicos. Los beneficios colectivos de un portaaviones o una bomba atómica pueden ser muy altos: te permiten ser muy poderoso tanto para atacar a otros como para defenderte de otros.

Como Fernando Herrera no encuentra explicación para la aparición de armas pesadas en el mercado libre, culpa de ellas, con acierto, a los Estados. Pero entonces surgen algunas preguntas: ¿las empresas de defensa del mundo anarcocapitalista no tendrían armas pesadas?; ¿cómo tendrían éxito contra enemigos con armamento pesado?; ¿un grupo humano establecido contractualmente para defenderse con armas pesadas es equivalente a un Estado?

Termina Fernando Herrera apelando a los pacifistas para que luchen contra el Estado y que así desparezcan las muy destructivas armas pesadas. Esto tiene varios problemas: los pacifistas pueden intentar desarmar a sus propios Estados (de los que son ciudadanos y en los cuales tienen voto y cuenta su opinión), lo cual podría dejarlos indefensos ante Estados enemigos; una vez hayan desaparecido los Estados y las armas pesadas, ¿el equilibrio resultante sería evolutivamente estable?


Malas respuestas de un presunto economista austriaco

22/12/2014

Fernando Herrera cree que mis preguntas no son relevantes para economistas austriacos, y que en realidad no tienen nada que ver con la economía: él se considera economista austriaco, y quizás esto refleja por qué tan poca gente hace caso a los economistas austriacos; o al menos a los que son como él.

Toda pregunta se puede hacer a quienquiera: pero por su especialización algunas preguntas, y sus respuestas, tienen más sentido para ciertos profesionales que para otros. Cuando un individuo no contesta a una pregunta, puede ser que no la haya recibido, que no le interese responder, o que no conozca la respuesta. Si no conoce la respuesta y lo reconoce, al menos sabe que no sabe, y las preguntas pueden serle muy útiles, sobre todo si creía que sabía. Tal vez no esté seguro de si conoce o no la respuesta e intente averiguarlo aventurando alguna contestación. Si no conoce la respuesta pero no quiere reconocerlo puede pretender que no contesta porque no le parece interesante o porque no ha recibido la pregunta. No haber recibido la pregunta puede reflejar estar mal comunicado. Reconocer que no le interesa informa acerca de sus preferencias. Asegurar que una pregunta es irrelevante para una determinada clase de personas implica conocer lo esencial de esa clase: tal vez el desconocimiento de la persona no se limita a las respuestas a las preguntas, y no sabe distinguir un astrofísico, un ingeniero de minas, un músico profesional y un economista.

Cree Fernando que lo primero que yo debería entender es “hasta dónde llega el ámbito de la teoría económica. Los teóricos economistas nos conformamos con entender y explicar los fenómenos económicos: valor, precio, salario, tipo de interés… No es nuestra ambición explicar las conductas de los seres humanos, ni lo que les mueve a hacer una cosa u otra.”

Tal vez no está tan claro hasta dónde llega ese ámbito, y lo que para unos es teoría económica no lo es para otros: las palabras son etiquetas a las cuales los hablantes otorgan significados que quizás no están completamente claros ni son totalmente compartidos.

Aunque uno sea un téorico economista (que no sé si es lo mismo que un economista teórico) tal vez no debería hablar en primera persona del plural en nombre de todos. Ni tampoco mezclar libremente la teoría económica con la economía austriaca como si fueran lo mismo.

Si uno acaba una lista de fenómenos económicos con puntos suspensivos, no queda claro cuántos faltan, si se trata de unos ejemplos ilustrativos o si la lista pretende ser más exhaustiva. No aparecen términos como acción, elección (decisión, selección), coste, riesgo, incertidumbre, y muchos otros.

Dados esos fenómenos económicos: ¿con qué se entienden y explican?; porque entender y explicar implica relacionar con otras cosas, integrar en un modelo teórico previo.

Tal vez lo que quiere decir Fernando es que el economista teórico (al menos según lo entiende él) no quiere explicar las conductas concretas, específicas, de los seres humanos, por qué en unas circunstancias hacen una cosa y en otras circunstancias algo distinto, o por qué unos hacen una cosa y otros hacen otra en las mismas circunstancias. Eso lo dejan para los ámbitos que ellos llaman historia o psicología. Tal vez por eso la economía teórica dice tantas generalidades, concreta tan poco y se acaba tan rápido.

Ludwig von Mises, claro representante de la escuela austriaca, escribió “La acción humana”, que es una obra que en realidad trata sobre la acción intencional. Pero según Fernando “que la acción sea intencional es irrelevante para el economista”, luego Mises no era economista. Por si no estuviera claro, insiste: “El preguntante asume que los economistas austriacos asumen que la acción humana es intencional, cuando tal asunción no es necesaria; así que es su asunción la errónea.” Si la asunción de intencionalidad no es necesaria hay muchas páginas de “La acción humana” que sobran o al menos cuesta explicar para qué están ahí. Y no es sólo Mises: muchos economistas austriacos, según mi experiencia personal, comienzan a hablar de muchos temas describiendo cómo el ser humano actúa para perseguir objetivos valiosos, es decir intencionalmente.

Según Fernando me corresponde corresponde “explicar de qué forma quedaría alterada la teoría económica si la acción fuera no intencional en vez de intencional”. Es algo que voy haciendo progresivamente en diversos artículos y seminarios, pero que espero no tener que hacer yo solo de forma indefinida. Él no parece muy interesado en la tarea.

Sigue Fernando: “hasta donde alcanzo, la evidencia empírica es abrumadora al respecto de la ausencia de fenómenos económicos visibles en el ámbito animal”. Esto es informativo, pero no de los animales y la economía, sino de su corto alcance en este ámbito. No sólo los animales sino absolutamente todos los seres vivos son agentes económicos: consumen recursos escasos, asumen riesgos, eligen, cooperan y compiten, a menudo intercambian, etc.

Acierta Fernando al asegurar las ciencias sociales “no tratan solo de lo que la gente cree o piensa, sino principalmente de hechos objetivos”. Pero algunos austriacos o no lo ven así, o se expresan mal y parece que sólo se interesan por los fenómenos subjetivos en la mente de los agentes.

Sobre las constancias y la economía, según Fernando “como es sabido, la razón por la que no se puede aplicar el método científico en las ciencias sociales, en particular en la teoría económica, es que no se puede asumir la constancia en el tiempo de las relaciones entre las variables independientes y las explicativas”.

Bastantes economistas parece que no “saben” esto, y tal vez por eso asumen en sus modelos ciertas constancias e intentan probar dichos modelos. Fernando no contesta por qué no se puede asumir esa constancia de las relaciones entre variables: ¿se conocen esas relaciones y se sabe que no son constantes? Y aunque esas relaciones no fueran constantes, ¿cómo de importantes son los cambios? ¿Y si resulta que la constancia es una buena primera aproximación? El economista, contra lo que asegura Fernando, sí se plantea si asumir constancias o no. Y no descarta el método científico sino que trabaja con él y con sus limitaciones.

El hecho de que las preferencias del individuo varíen (más correcto, que puedan cambiar) no significa que no pueda haber ciertas relaciones estables entre fenómenos. Esas relaciones podrían tener en cuenta esas preferencias, pero el economista austriaco parece renunciar a conocer dichas preferencias. O las variaciones de un individuo podrían compensarse con las variaciones contrarias de otros individuos y así los cambios se cancelarían estadísticamente.

Según Fernando confundo ciencias sociales con ciencias humanas, pero él no explica la diferencia. Según él la medicina es científica (“es una disciplina sujeta al método científico”) pero la economía… ¿no? Sobre el cuerpo humano asegura que “es esencialmente inanimado y cuyo funcionamiento responde a leyes físicas, químicas y biológicas, no económicas”. Así que el cuerpo humano es esencialmente inanimado, y sin embargo funciona. Tal vez no imagina que las leyes económicas son un subconjunto o consecuencia de las leyes biológicas, las cuales a su vez son resultado de las leyes físicas y químicas. Tal vez ignora los muchos agentes que constituyen el cuerpo humano que obedecen leyes económicas. La biología no es lo suyo.

Fernando asegura que la teoría económica sólo predice si nada más cambia, es decir nunca. Entonces sería necesario explicar qué utilidad tiene la teoría económica: porque el conocimiento suele existir por su utilidad para conocer el mundo y decidir qué hacer, para lo cual suele ser necesario predecir algo.

Sigue: “La crítica de la intensidad y la irrelevancia se puede extender a cualquier disciplina científica imaginable”. La física y la química tienen nociones de intensidad extremadamente precisas y cuantificadas. Otras ciencias hacen lo que pueden para medir y cuantificar y no decir solamente más que o menos que, crecer o decrecer. Respecto a la relevancia, Fernando cree que se trata de algo meramente subjetivo, de lo que interese al individuo. Pero la ciencia es objetiva e investiga qué factores son importantes, relevantes, y cuáles se pueden descartar, sin importar las preferencias o intereses del científico: la masa resulta ser importante para la gravitación; el color del objeto es irrelevante; las preferencias del observador y el teórico, también.

Fernando anda tan confundido que asegura que para el científico económico son interesantes “la viabilidad y legalidad de la banca de reserva fraccionaria”: la viabilidad, tal vez, pero ¿la legalidad?; ¿es que los juristas o los filósofos morales no tienen derecho a que se respete su ámbito de especialización?

Fernando: “No creo que a Newton le preocupará [sic] mucho el número de manzanas que iban a caer en el mundo cuando decidió investigar la razón por la que caía [sic] al suelo”. Pero a Newton sí le interesaba mucho la dependencia funcional de la fuerza con masas y distancia, y no decía solamente cuándo sería mayor o menor: incluso incluyó una constante de acoplamiento que puede medirse.

Insiste en que “el papel del teórico económico no consiste en preguntarse si sus teorías son relevantes o no, o con qué intensidad aplican en un momento dado. Lo único que pretende es, una vez más, explicar un fenómeno económico observado”. El problema es que los fenómenos observados se observan con datos históricos concretos, y un modelo teórico sin noción de intensidad y sin ninguna cuantificación puede parecer que se ajusta a los datos cuando en realidad lo que pasa es que se interpreta con excesiva libertad.

Mis preguntas no han sacado a Fernando Herrera de su zona de confort: seguramente se trata de sesgo de confirmación. Sin embargo según él es que no eran preguntas incisivas o la mayoría ya estaban resueltas: hay unos dogmas en el credo del culto a la ortodoxia austriaca de los cuales no hay que salirse bajo pena de excomunión.